Posts Tagged ‘Vejez’

NEBRASKA: GEOGRAFÍA DEL RECONOCIMIENTO

29 agosto 2014

Es todavía el medio oeste norteamericano, donde se dice que empieza el este, entre parajes fríos de árboles que son puras ramas, acentuando la frondosidad de los pinos, y pequeñas ciudades diseñadas con una funcionalidad tal, que el paso del tiempo no cambia las lógicas de vida: nada es viejo y nada es nuevo. Se palpa el Estados Unidos profundo, en donde la vida transcurre desde la carretera, en la barra de alguna taberna húmeda con rutinas establecidas o en la atención de un negocio que dejó de serlo hace muchos años.

Pero Nebraska, además de ser un estado asediado por tornados, también es el título de una de las obras clave de Bruce Springsteen, grabada con la austeridad del caso con una armónica de tonos lluviosos y en la que desfilan delincuentes, asesinos sin convicción y seres extraviados en las aceras de algún conglomerado urbano, muy lejos del brillo de Atlantic City.

Un hombre mayor camina por la acera con la cabellera apuntando a todas partes. Da la impresión de estar extraviado sin saber que lo está. Un policía lo alcanza y le hace dos de las preguntas que nos resultan más difíciles de contestar: ¿A dónde vas? y ¿De dónde vienes? Para contestar ambas, el anciano señala con la mano hacia el frente y hacia atrás. La introducción nos da la pauta de la propuesta argumental, aunque después de todo permanezcan las preguntas y solamente cambie el sentido de las respuestas.

Con Nebraska (EU, 2013), obra integral que apuesta por un discurso sensible sin sobresaltos y con buenas dosis de humor siempre imbricado a la historia, Alexander Payne, nacido en Omaha, retoma la obsesión por una meta que no parece tener mucho caso como en La trampa (Election, 1999); la búsqueda de sentido durante la vejez propuesta en Las confesiones del Sr. Schmidt (2002); la estructura narrativa del viaje cuyo propósito no está del todo determinado como en Entre copas (Sideways, 2004); y la reedición de los afectos familiares expresados en Los descendientes (2011).

De Billings, Montana a Lincoln, Nebraska: un largo trayecto para recoger el premio de un millón de dólares a todas luces inexistente que se convierte en el objeto de la necedad del anciano alcohólico, medio ausente pero con momentos de lucidez que se dedicaba a arreglar aviones y cuyo deseo ahora es tener una camioneta y una compresora de aire. Interpretado magistralmente por Bruce Dern, de mirada perdida pronto recuperada, el personaje recuerda al tozudo viejo de Una historia sencilla (The Straight Story, Lynch, 1999), encarnado por Richard Farnsworth.Nebraska

Su hijo recién separado de su robusta novia y empleado de una tienda de aparatos de video y sonido (Will Forte), accede a llevarlo a pesar de la reticencia de su elocuente y asertiva madre (June Squibb, sensacional sin pelos en la lengua) y de su hermano presentador de noticias (Bob Odenkirk, el cínico abogado de Breaking Bad), aunque después se unan un momento al disparatado periplo que acaba siendo un reencuentro con un pasado que sigue siendo el mismo.

EL PREMIO ESTÁ EN OTRA PARTE

Sin embargo, esta aventura acaba siendo toda una revelación para el hijo, sobre todo cuando se entera de un pasado oculto y se da cuenta que en el pueblo todos conocen a su padre y ahora hasta le aplauden por su condición de millonario, desde el aprovechado exsocio (Stacy Keach) hasta la exnovia (Angela McEwan), ahora manejando el diario local, pasando por quien simplemente le desea suerte en la calle.

De alguna manera, la road movie se convierte en un historia de reconocimiento, nunca sentimentaloide aunque sí emotiva, de un padre y su hijo, salpicada de apuntes humorísticos (la escena del cementerio, el “asalto” para robar el comprobante del premio, el robo confuso de la compresora de aire) y de sarcasmo e ironía (el regalo de la gorra, la pérdida de los dientes). Se percibe una extraña melancolía en la que se inmiscuye una saludable sátira, como si fuera una especie de capacidad para reírse de sí mismo: ahí están los indicativos encuadres como el que presenta a todos los hermanos del protagonista viendo el fútbol americano.

La edición de Kevin Tent se ajusta con pertinencia a la propuesta episódica del guion, entre paradas a descansar, ver la montaña de los presidentes inacabados, escaparse hacia algún bar medio muerto o bien tener que pasar a casa del hermano, también en su mundo, y su esposa, hablando por todos, con los dos gruesos hijos buenos para nada, burlándose del tiempo que le tomó al primo llegar hasta ahí, como si ello fuera un buen motivo para sostener una conversación, únicamente aumentada con el tema de los coches.

Miembro del Tin Hat Trio, el guitarrista Mark Orton (Una buena chica, 2002; Sueños de vida, 2005) musicaliza las secuencias transicionales del film, complementando la natural y evocativa fotografía en blanco y negro, ya sea en las tomas abiertas de la carretera con paisajes de formas por imaginar o en las miradas a las ciudades que sirven de estancia provisional a este recorrido, en el que lo importante no es el destino ni el motivo, sino el proceso y el impulso implícito del viaje, acaso nunca pensado de antemano pero en palpable construcción afectiva.

Los diversos tonos de grises, por momentos luminosos y en otros tendientes más hacia la oscuridad, reflejan con precisión el amplio enfoque de la historia, evitando los maniqueos blancos y negros para dar paso a personajes capaces de alegrarse por la suerte ajena, envidiarla o intentar aprovecharla, según sea el caso: porque la novedad, aunque sea falsa, es digna de aparecer en el periódico local. Y si el desmentido provoca burlas, el paseo silencioso en la camioneta se convierte en el antídoto perfecto contra el escarnio y, de paso, en la recuperación de un ánimo escondido.

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VIEJOS EN ACCIÓN O EL RETORNO DE LOS HÉROES OCHENTEROS

8 diciembre 2013

El cine de acción se diversifica en personajes y en estrategias visuales, acaso en ciertas resoluciones narrativas, pero la base sigue siendo la misma: uno o dos tipos al filo de la legalidad, sobreviviendo a su propia soledad y demonios internos, que terminan por detener criminales declarados o corruptos representantes de la ley, después de las consabidas explosiones, persecuciones, balaceras, golpizas y rescates de algún ser querido presumiblemente distanciado.
El género tuvo un fuerte auge en los ochenta y ahora parece que los protagonistas están de regreso. Ya lo decía José Felipe Coria en su columna titulada Geriatrón (El Financiero, 04/03/13): “La combinación de géneros resultó interesante al fundar el humor posmoderno y cuando la acción trepidante se llenó de audaces movimientos de cámara”. Si bien las generaciones recientes tienen sus propios héroes de acción rápidos y furiosos, ahora también ubicados en los videojuegos, resulta interesante en términos de audiencia que dentro de esta tendencia retro-ochentera también reaparezcan los personajes que surgieron en aquellos años.
De esta manera, una cinta como Los indestructibles (The Expendables, 2010) convocada y dirigida por Stallone, apela a una nostalgia jocosa en la que se ponen canas y arrugas por delante para reírse de sí mismos, pero al fin demostrar que todavía salen muchas correas de sus cueros: los años no pasan en balde porque aunque se pierdan capacidades físicas se ganan experiencias que permiten resolver las situaciones límite o al menos soltar el comentario ocurrente, como sucede en la inminente secuela Los indestructibles 2 (West, 2012), que anticipa una tercera entrega y así hasta donde se pueda.

JUBILACIÓN POSPUESTA
El propio Sylvester Stallone, quien revivió a sus personajes paradigmáticos en Rocky Balboa (2006) y John Rambo (2008), es dirigido por Walter Hill, otro veterano de regreso y responsable de la modélica 48 horas (1982) y de la memorable El peleador callejero (Hard Times, 1975) con Charles Bronson, en El ejecutor (Bullet to the Head, 2012), en la que se sigue a un matón ya añoso que de pronto es traicionado por sus contratistas y, junto a un policía coreano forma una divertida pareja para desenmascarar a los malosos y salvar, de paso, a su crecidita hija.
Andando como quien se las sabe de todas (casi) todas, pidiendo un bourbon que ningún bar tiene, buscando la salida en auto de lujo si se puede y soltando sarcasmos, balas y trancazos a diestra y siniestra, James Bonomo (Stallone) es un personaje que quizá hemos visto miles de veces en situaciones parecidas: la diferencia, al parecer, radica en la forma de representar a un viejo mercenario que no solo usa el colmillo, sino que todavía puede hablar con los puños y enfrentar a jóvenes gigantones vueltos máquinas de matar.
Mientras tanto Arnold Schwarzenegger, parte del elenco indestructible, ha vuelto al ruedo de la ficción después de su paso por la política (quizá otra forma de ficción, por cierto), que lo llevó a ser gobernador de California del 2003 al 2011. Ahora, en el mundo fílmico, se convirtió en Ray Owens, un sheriff de un pequeño pueblo ubicado en la frontera con México. Al borde el retiro, se convertirá en la oportunidad final para detener a un peligroso narcotraficante, perseguido por medio mundo, que tiene que pasar por sus olvidados dominios para salir de Estados Unidos.
IndestructiblesDirigida por Kim Jee-Won (La maldición de las hermanas, 2009), El último desafío (The Last Stand, 2013) juega creativamente con dos escenarios que van convergiendo en la pelea final, desarrollada a partir de un indudable espíritu western. Ahí queda la frase memorable del sheriff cuando se dirige al escurridizo delincuente para hacerle notar que no haga quedar mal a los inmigrantes hispanos. Y eso que era republicano.
Por su parte, Bruce Willis, además de participar en películas de otros géneros usualmente con buenos resultados (Asesino del futuro, 2012; Un reino bajo la luna, 2012), ha sido figura constante en el cine de acción: recientemente continuó con la saga de John McCLane en Duro de matar: un buen día para morir (Moore, 2012), en la que va a buscar a su hijo en Rusia para verse en medio de un conflicto de proporciones explosivas que deberá ser resuelto, como cabría esperar, por los McClane.
Actuó en las olvidables Dura verdad (The Cold Light of Day, El Mechri, 2012), Fuego con fuego (Barrett, 2012), Un robo con riesgos (Set Up, Gunther,2011) y Catch .44 (Harvey, 2011). Dentro de la tendencia de combinar experiencia, comedia y acción, fue integrante del grupo de agentes de regreso al campo de batalla en las disfrutables dos partes de Red (Parisot, 2013 / Schwentke, 2012) e hizo acto de presencia en G.I. Joe: La venganza (Chu, 2013), otra cinta que pronto pasó a formar parte del montón.

TODAVÍA BUSCANDO PELEA
Finalmente, moviéndose en los circuitos del video (buscar en los botaderos de los supermercados) y cada vez menos llegando a las salas cinematográficas, otro par de héroes de acción siguen haciendo películas, rutinarias si se quiere, pero todavía con ganas de atrapar malosos o ser uno de ellos sin importar la notoria sobreactuación y desgaste. Por una parte, el sueco Dolph Lundgren, quien saltara a la fama como el rival ruso de Rocky, ha entregado recientemente Blood of Redemption (Serafini y Sourgose, 2013), El blanco de los asesinos (One in Chamber, 2013), Entrega explosiva (The Package, 2013), Regreso al presente (Retrograde, 2012) e Icarus (2010).
Por la otra, Jean-Claude Van Damme ha resucitado a su personaje más famoso en Soldado universal 3: Regeneración (2009) y Soldado unviersal 4: Día del juicio (2012),), ambas dirigidas por John Hymas, quien también se encargó de la rutinaria Los ojos del dragón (2012). La saga inició con Soldado universal (Emmercih, 1992) y el mismo Lundgren ha participado activamente. El actor belga sorprendió a propios y extraños con su actuación en JCVD (El Mechri, 2008), en la que se interpreta a sí mismo viviendo similares problemas a los de su vida real, entre adicciones y rupturas familiares. Estos dos actores participaron también en la ahora serie de Los indestructibles.
En fin, ahí siguen los veteranos héroes de acción, medio restirados y hojalateados, con las dotes actorales de siempre, prefiriendo los golpes de sus enemigos fílmicos a ser derrotados por una invencible jubilación. Como muestra de que la mata sigue dando, Plan de escape (Håfström, 2013) vuelve a reunir a Rambo y Terminator para compartir grescas y bromas sobre la vejez.

AMOUR: HASTA QUE LA MUERTE NOS REÚNA

29 junio 2013

Se trata de una pequeña palabra quizá inabarcable. Es un acto de la voluntad y una decisión, pero también una invasión de sentimientos que puede ser incontrolable, inexplicable y profundamente espiritual, lejos de toda racionalidad. Se le ha relacionado con el erotismo y su llama doble (Octavio Paz) o se le ha considerado un arte (Erich Fromm); vinculado con el placer, la satisfacción y el sentido de la vida, también se imbrica con el sacrificio, el dolor y la muerte, transición que nos lleva al mayor acto de amor posible, según algunas creencias. No hay amor más grande que dar la vida por los demás, plantea la sabiduría evangélica; las grandes religiones lo tienen como sustento, aunque no falten los fanáticos de todos los signos que maten al que no piensa como ellos en su nombre.

Por amor o por lo que uno cree que es amor, también se cometen locuras o se llega a suponer que lo mejor para el otro es lo mismo que para uno mismo. Esbozar en las manifestaciones artísticas los significados del amor siempre ha implicado un desafío mayúsculo: en el cine, tratar de plasmar en imágenes semejante cúmulo de afectos, parece estar reservado para unos cuantos realizadores, porque no se trata únicamente de hacer una película romántica y listo, sino de envolver al espectador en la experiencia que están viviendo los personajes en torno al amor, en sus diversas manifestaciones, y que puedan, en cierta forma y con las mediaciones del caso, hacerla propia.

En este sentido, el cine de Michael Haneke (71 fragmentos para una cronología del azar, 94; El tiempo de lobo, 03) es penetrante y al mismo tiempo sugerente: busca ahondar en las razones y motivaciones de los comportamientos definitorios de la especia humana, como la proclividad al mal por sí mismo (Juegos sádicos, 97/07) la necesidad de venganza y el eterno regreso al pasado (Caché: El observador oculto, 05), la patología (auto)destructiva (La pianista, 02), la enajenación de la realidad (El video de Benny, 92) y la configuración de las relaciones sociales a partir de las condiciones contextuales (El listón blanco, 09), usualmente esbozadas de manera implícita. No deja títere con cabeza y la obviedad comunicativa no forma parte de su estructura narrativa (Código desconocido, 00), a la que estamos invitados a sumergirnos para profundizar en los detalles, justo donde está el diablo.Amour

Un grupo de bomberos, guiados por un vecino, entra por la fuerza a un departamento para descubrir a una anciana muerta en su cama, cuidadosamente rodeada de flores: el escenario ha quedado abierto y nosotros lo invadimos abruptamente. Y una toma frontal en la que se observa al público acomodándose en un recinto, entre quienes se encuentra la misma anciana con su esposo, sirven de prólogo a este relato tierno y crudo a la vez sobre una pareja de ancianos, elitistas profesores de música económicamente solventes, que llevan muchos años de compartir la vida en un acogedor y elegante departamento, convertido en contexto central del filme, en el cual reciben visitas ocasionales de su hija, entre distante y obsesiva (Isabelle Huppert, implacable y frágil a la vez) y de algún alumno aventajado ya con disco grabado.

Palma de oro en el Festival de Cannes y Oscar al mejor filme extranjero, Amour (Francia-Alemania-Austria, 12) es un retrato de un cada vez más reducido sector de la vejez, con posibilidades económicas, y las consecuentes enfermedades por la ampliación de las expectativas de vida en las grandes capitales del mundo, donde el estado de bienestar pasa por tiempos de crisis y la calidad de la atención depende principalmente de la posición económica, no obstante los beneficios sociales que aún se mantienen en algunas naciones.

Si bien la mirada amplia está presente de manera indirecta, Haneke nos invita a encerrarnos en esta realidad microsocial en la que la esposa empieza a enfermarse de manera irremediable y, por ende, a volverse por completo dependiente de los cuidados de los demás, su marido en primer término y en segundo, alguna enfermera emergente u otra pronto despedida en una pequeña confrontación de clases sociales. En definitiva, la actuación de Emmanuelle Riva –a quien la academia estadounidense debió premiar y de paso homenajear- le brinda una fuerza absorbente a su personaje, aún en la decadencia física y siempre apoyada por la interpretación al nivel de Jean-Louis Trintignant.

Una paloma entra y sale cual mensajera de indescifrables comunicados provenientes de un exterior que parece totalmente ajeno, sobre todo por la inmersión que implica enfrentar la enfermedad y el inevitable deterioro de la persona amada, movilizando los sentimientos hacia caminos casi siempre sin salidas y marcados por la confrontación. La angustia, desesperación y constante arrepentimiento por el trato brusco, se apoderan sin piedad del anciano ya viviendo en función de su amada y dispuesto a cumplir su promesa de no llevarla a ninguna parte y asumir la misión de cuidarla.

La cámara se posa con sobria quietud para enfatizar una perspectiva o una ausencia; recorre los pasillos del apartamento con seguridad contrastante para encontrarse en los diferentes espacios, llenos de Schubert, Beethoven o Bach, como la sala con el piano de cola y los libreros llenos, la discreta cocina con el desayunador, la recámara vuelta escenario fúnebre y el baño testigo de la dolorosa pérdida del sentido de realidad, apenas regresando a través de canciones balbuceadas que sobreviven a la parálisis física, pero nunca emocional.

Una obra maestra de uno de los artistas fundamentales de nuestro tiempo.

SIEMPRE HAY TIEMPO

12 septiembre 2012

Para resarcir grietas afectivas, explorar nuevos territorios anímicos o retomar caminos pendientes a la mitad andados. Pareciera que solo es asunto de voluntad: sabemos que no, pero cómo ayuda mantener una actitud ante la vida en la que nos sigamos riendo de nosotros mismos y que podamos reconocer que los problemas tienen su mayor asidero en nuestras necedades y prejuicios: las culpas se trabajan, ni se obvian ni se asumen sin filtros. Se enfrentan en su momento y se desmenuzan poco a poco.
Ancianos que buscan volver a ver el mundo a colores, librando el negro y blanco que impide disfrutar los detalles o, de plano, reconocer el poder de los recuerdos como una posibilidad de entender y sobrellevar un presente que no ha resultado como se esperaba: remodelar estilos de vida, enterrar sentimientos imposibles de compartir y ya entrados en gastos, atreverse a rememorar eventos que se resisten a ser abandonados, ya sea a kilómetros de distancia o frente a la propia hoguera.

UN HOTEL EN REMODELACIÓN
Un grupo de jubilados ingleses, bien delineados en su situación desde el elusivo prólogo, coincide en pasar un tiempo en la India, dados los costos accesibles y el contraste que implica una región como ésta: una viuda muy dependiente del ex-marido (Judi Dench, en plan narrativo); una mujer tratando de pescar algún millonario otoñal (Celia Imrie); una pareja unida más por el deber ser (Bill Nighy y Penelope Wilton, estupendos); un juez con cuentas sentimentales pendientes (Tom Wilkinson, de fragilidad escondida); un hombre solitario en busca de amor (Ronald Pickup), y una xenófoba que tiene que operarse la cadera fuera de Inglaterra (Maggie Smith, elocuente en sus expresiones).
Todo un un mosaico humano que se va entrelazando con los sueños empresariales del joven indio que los recibe (Dev Patel), sus peripecias con su novia y su madre. La presencia del romance como una fuerte necesidad en cualquier edad, así como la importancia para mantener objetivos vitales y la capacidad de admiración, se van desglosando a través de todos los personajes, ya sea por ausencia y presencia: de ahí que la perspectiva de la cámara se mantenga coherente con la intención dramática de cada una de las escenas, incluyendo aquellas que aprovechan para mostrar la puslión de las calles
La premisa es muy bien aprovechada para crear un equilibrio entre el humor y el drama, con una tendencia hacia generar sensaciones esperanzadoras; si bien se fuerzan por momentos las resoluciones y se tiende hacia la complicidad del especatador para resolver las situaciones de acuerdo a lo que se podría esperar, El exótico Hotel Marigold (The Best Exotic Hotel Marigold, RU-EU-EAU, 11), se basa en la premisa optimista de plantear que todo tiene que acabar bien y si no, quiere decir que no ha acabado: el desenlace, en consecuencia, siempre será mejor que sus antecedentes.
Basada en la novela These Foolish Things de Deborah Moggach, el director John Madden (Al filo de la mentira, 10; Shakespeare enamorado, 98) muestra habiliades para la dirección de grandes actores y para mantener el relato a punto, equilibrando el tiempo en pantalla de todos los personajes, aunque por momentos algunos queden menos desarrollados de otros. No obstante las complacencias argumentales y las licencias tomadas, la cinta funciona como una sensible metáfora de cómo un hotel en reconstrucción puede simbolizar el espacio propicio para poder empezar, continuar o terminar la vida de manera esperanzadora.

ENTERRAR LA CULPA
Un ermitaño rechazado por el pueblo, de muy pocas pulgas y larga barba, vive un aislamiento que se rompe a aprtir de escuchar los comentarios que sobre él se hacen. Para de una buena vez saldar cuentas con todos y en especial con él mismo, decide organizar su propio sepelio en el que cualquiera que conozcan alguna anécdota sobre su vida, la cuente de manera abierta y en público. Para tal efecto, contrata al negocio local dirigido por un hombre que necesita recursos para poder seguir adelante y que derviará en diversos enredos. En este juego de versiones acerca de su propia vida, el protagonista resultará ser todo un depositario de una historia digna de ser aclarada.
Dirigida de manera prístina y en tono intimista por Aaron Schneider, quien debuta como realizador, El funeral (Get Low, EU, 09) muestra la forma en la que los prejuicios van constiutuyéndose como una gran verdad nunca comprobada, siempre al borde de las interpretaciones que de pronto se convierten en vox populi. Robert Duvall y Bill Murray establecen un sólido duelo de actuaciones, contrapunteado por Sissy Spacek y soportado por Lucas Black. Pareciera que solo anunciando la propia muerte es posible exorcizar los demonios internos largamente anidados en una forma de vida que evade todo contacto social y, de paso, toda posibiliad de interiorización.

MIRADAS DESDE LA EXPERIENCIA

17 julio 2011

Películas que enfatizan la importancia de la presencia de mujeres y hombres que aportan perspectivas frescas o renovadoras a las diversas situaciones que se plantean. Disponibles en los videoclubes de la ciudad.

1. Dirigida por el siberiano Aleksandr Sokúrov, conocido acá sobre todo por El arca rusa (02), brillante ejercicio sin edición, Aleksandra (Rusia-Francia, 07) es una pausada mirada que una anciana deposita en en un campamento militar en Chechenia, mientras visita a su nieto: asiste a las rutinas de los soldados jóvenes casi niños y se da tiempo para soltar algunas reflexiones al respecto, sobre todo en cuanto al sentido de estar haciendo maniobras más enfocadas a destruir no construir.
Como en Madre e hijo (97), los acontecimientos parecen detenerse para dar pie a los pensamientos y motivaciones de los personajes, entre los que se incluyen los pobladores de alrededor y quienes acompañan a la anciana en su trayecto para poder estar unos días con su querido nieto, tratando de hacer Un buen trabajo (Denis, 99). Con tonalidades sepia y una fotografía hermosamente polvosa, se desdobla este encuentro de mundos distintos en lógicas y tiempos, pero al fin unidos por la familiaridad intergeneracional.

2. Dirigida con un pie en la comedia y el otro en el drama social por el rumano Radu Mihaileanu (El tren de la vida, 99; Camina sin mí, 05), El gran concierto (Le Concert, coproducción, 09) es una sátira política con trasfondo humano, en la que se aprovecha una premisa muy bien urdida para crear una emotiva cinta acerca de las segundas oportunidades, aún en contextos que parecen diseñados para que cada quien se quede en el sitio que se le ha asignado. Una mirada a la Rusia post soviética aún resintiendo los autoritarismos sello de la casa, con Tchaikovsky elevándose de toda postura oficialista.
En la línea de La visita de la banda, la cinta sigue a un director vuelto conserje (Aleksey Guskov) que se roba una invitación dirigida a la actual orquesta del Bolshoi, que él dirigió hace años, para tomar su antiguo papel con el resto de sus colegas, ahora dedicados a todo menos la música. El divertido proceso de reintegración de la orquesta y las peripecias para poder estar en la cita culminante, se convierten en una adecuada materia para desglosar eventos muy propios de la comedia de situaciones.
La inserción del personaje de la violinista (Mélanie Laurent), así como de la esposa del director, el ex-responsable aún en discursos partidarios y el colega siempre apoyador, le dan versatilidad los logrados pasajes tanto de humor como genuina emoción, hace olvidar las licencias que se toma el argumento, la exagerada necesidad de hacernos sentir bien, algunas resoluciones arbitrarias y ciertos saltos en la narrativa que pueden romper con la secuencialidad de la narración.

3. Dirigida por Robert Benton (Kramer vs. Kramer, 79), Golpe de amor (Feast of Love, 07) intenta ser una película coral que busca explicaciones acerca de las conductas cuando llega ese invitado inesperado, no siempre oportuno, que nos coloca en situaciones que nunca habíamos ni siquiera posibilitado. Aunque sepamos lo que está por suceder, igual nos enamoramos, estado que implicaría, según el caso, darle la libertad a los demás para decidir.
Con actuaciones convincentes de Morgan Freeman, Radha Mitchell, Greg Kinnear, Billy Burke y Selma Blair, se despliegan algunas reflexiones un poco forzadas sobre las idas y vueltas del amor y el sexo, desprendidas a partir de la observación de un viejo que parece haberlo vivido todo, excepto el autoperdón.

4. Dirigida por el español Álex de la Iglesia (El día de la bestia, 95; La comunidad, 00; Crimen Ferpecto, 04), Extraños crímenes de Oxford (Oxford Murders, 08) es un juego fílmico que combina lances detectivescos con lógica matemática y derivaciones de Wittgenstein, escribiendo en la misma línea de fuego. Si la combinación suena interesante, el resultado no lo es tanto, dada la artificialidad que se respira a lo largo de toda la cinta. No obstante, las actuaciones y ciertos episodios bien logrados de intriga, le brindan al film un indudable interés que logra capturar nuestra atención.
Un viejo profesor y un alumno parecen unirse para identificar a un asesino: de aquí, podemos sumirnos en un laberinto de pistas falsas y personajes sospechosos. La intención de retar nuestra inteligencia y nuestra atención en los detalles, así como en el proceso de deducción, se mantienen a flote en esta cinta que puede ser útil más como un trabajo intelectual que como un momento de apreciación artística: claro, lo ideal es que se puedan combinar ambas vertientes.

VOLVER PARA ENFRENTAR

30 julio 2009

PATERNIDAD DOLOROSA
Basada en los pasajes autobiográficos del poeta británico Blake Morrison, con guión de David Nicholls y dirigida por el tailandés-británico Anand Tucker (Saint-Ex, 96; Hilary & Jackie, 98; Chica de mostrador, 05), La última vez que vi a mi padre (And when did you last see your father?, RU-Irlanda, 07) es un recuento obligado de la conflictiva relación del protagónico con su padre: un efusivo, sangre-pesada, inculto, entregado, ventajoso y mujeriego hombre que pese a todo, se le podía extrañar, justamente por todo lo anterior.
Con un par de actuaciones ubicadas en el contraste de sus personajes, cortesía de Colin Firth y Jim Broadbent, y en la esquina contraria de El gran pez (Burton, 03), se desarrolla este drama paterno-filial a través de un recurrente empleo de flashbacks limpiamente editados mediante desplazamientos serenos de cámara, que nos llevan del pasado infantil y juvenil del literato (Bradley Johnson y Matthew Beard) a su desconcertante presente, lejos de su mujer (Gina McKee) e hijos y cerca de su familia originaria, en espera de la muerte del padre y de un posible saldo afectivo de cuentas.la última vez que vi a mi padre
El continuo empleo de las imágenes en los espejos no deja lugar a dudas: somos dos o tres personas en una sola capaz de reflejarse desde diferentes puntos de vista. Así se ve Blake ahora rodeado de las mujeres que fueron definiendo su vida: la mamá con migraña pero aún estoica (Juliet Stevenson); la hermana distante, la demasiado cercana a la familia tía Bety (Sarah Lancashire) y, desde luego, el primer amor (Elaine Cassidy). Música serena, paisajes evocativos y una cámara en círculos ya sea en el coche o en el abrazo definitivo, para ponerle punto y seguido a la vida y poder contestar sin rencor la pregunta que da título al film.

LEVITY
Dirigida por el guionista Ed Solomon, quien debuta tras de cámaras, Levity (EU, 04) presume un sólido reparto aunque un poco desperdiciado –Morgan Freeman, Billy Bob Thornton, Kirsten Dunst, Holly Hunter- para desglosar una reconocible historia de redención que a pesar de sus momentos emotivos, no alcanza a trascender del todo el drama convencional del hombre arrepentido en busca de encontrarse a sí mismo tras pasar muchos años en la cárcel.
Con la acostumbrada solvencia fotográfica de Roger Deakins –esas tomas en el metro son notables con toda la carga simbólica del caso- y un explícito cuidado para no crear héroes donde no los hay, el filme se desarrolla a partir de la historia de este hombre que regresa al sitio donde asesinó a un joven en un asalto, cuya foto periodística y la incomprensión del propio acto lo ha perseguido todo el tiempo. La dirección esquemática y la puesta en escena funcional aunque con dejos de artificialidad, pudieron dar más espacio para profundizar en los personajes, sus secretos y motivaciones.
levityEs en torno a un centro comunitario atendido por un atípico reverendo, que comparte cuadra con un antro, donde confluyen personajes cargados de preguntas sin formular del todo – una joven adicta, la hermana del asesinado ahora madre de un conflictivo postadolescente, chavos a la deriva y el propio recién llegado dando pasos ancestrales rumbo a la reconciliación- y atrapados en un contexto urbano ajeno a sus propias criaturas y sus respectivas problemáticas.

UP: ADIÓS GLOBO

10 junio 2009

Para alcanzar el cielo hace falta tener claro lo que el desprendimiento implica; también aventurarse a escribir nuevas páginas, reconociendo el valor de las ya pasadas y adaptarse a las vicisitudes de la travesía emprendida para incorporar nuevos objetivos, aunque en un principio puedan parecer una carga: ya después descubriremos que en realidad el peso sobrante puede estar en lo que creíamos más importante.
Dirigida por Pete Docter -coautor de la idea para Wall-E (08)- y Bob Peterson -uno de los guionistas de Buscando a Nemo (03)- ambos responsables de Monsters Inc. (01), una de las crestas de la casa, Up: Una aventura de altura (EU, 09), es un regocijante, emocionante y didáctico viaje por la posible transformación de una anciano gruñón, nunca amargoso, que ante las circunstancias decide, con la bandera del más vale tarde que nunca, emprender un periplo a manera de homenaje a su esposa, presente no sólo en la pared del hogar sino en el corazón atravesado por una simbólica X.Up carl
A partir de una estructura que toma prestados elementos de la road movie y el buddy film, se va construyendo una entrañable relación entre el viejo Carl y un inesperado niño explorador, a los que se les sumarán un ave exótica, obsesión del explorador idolatrado desde la infancia, y un perro parlante, miembro de un extraña manada de canes capaces de articular palabras. Si bien hay una peccata minuta en la relación de las edades entre ambos ancianos, la evolución de los personajes se siente cercana, así como sus conflictos y aspiraciones.
La propuesta visual se coloca al servicio de la historia y no al revés: la 3D es más bien discreta –de hecho en algunas partes conviene verla sin lentes para disfrutar más el colorido- y tanto los detalles como las tomas abiertas, particularmente en Sudamérica, son de una eficacia deslumbrante, al punto de lograr transferir la sensación de intimidad y de vértigo respectivamente; el juego de texturas según la época y la combinación de realismo con fantasía, provocan un vistoso ir y venir de imágenes impecablemente ensambladas, dotando a la narración de un ritmo armónicamente sostenido.
UP todosCon todo el riesgo que implica esta premisa, la historia sale avante por el ingenioso manejo de elementos ya conocidos, dándoles original mirada: animales que hablan, vínculo anciano-niño, aventura a la Indiana Jones conociendo a Julio Verne y hasta enloquecido viajero en busca de la reivindicación con el gremio. La precisa combinación de momentos humorísticos, emotivos y de acción, con todo y esa notable capacidad para atrapar a padres e hijos por igual, permite que la sorpresa sea mayor, considerando la aventurada apuesta del desarrollo argumental.
En efecto, parecen infalibles. Hasta la discutible Cars los vuelve más humanos. El minicrítico y sus hermanos han puesto a Up como la mejor de esta verdadera fábrica de sueños; en lo personal me sigo quedando con Wall-E. Lo cierto es que la gente de Pixar continúa colocando el listón de la animación corporativa muy alto, como los globos que levantan esa casa ya sin lastre, sólo conteniendo los recuerdos esenciales de una vida en pareja llena de cosas aburridas y, por ello, memorables.

GRAN TORINO: CARROCERÍA LUMINOSA

28 marzo 2009

Es un modelo clásico, orgullosamente estadounidense y a prueba del tiempo. De impecable manufactura, su maquinaria está en perfecto estado, a pesar de los años, y cuidadosamente engrasada. Nada más de verlo impone de inmediato: su sola presencia ilumina y su vejez lo hace cada vez más interesante. La fuerza de su motor se mantiene intacta y conforme pasan los años, su valía se engrandece: provoca admiración justamente ganada. Es el Gran Torino. Es Clint Eastwood.
De cómo Harry el sucio pasó de rudo y poco expresivo actor a brillante director de dramas poliédricos sigue siendo un misterio: sobre todo a partir de Los imperdonables (92) y realizando poderosas cintas como Los puentes de Madison (95), Río Místico (03), Golpes del destino (04) y Cartas de Iwo Jima (06), el también músico se ha vuelto un personaje capital del cine contemporáneo, acaso como el último gran clásico.
Un hosco excombatiente de la guerra de Corea, con marcadas actitudes xenofóbicas, ha quedado viudo. De origen polaco y jubilado de la Ford, Walt –checar nombre- tendrá que enfrentar su soledad cargando recuerdos, culpas, prejuicios y necedades, un poco como le sucedía al personaje de Las flores del cerezo (Dörrie, 08). Lejos de caer en depresiones, el tipo parece seguir en guerra: contra sus vecinos, nietos, recuerdos, pandilleros, iglesia… su territorio es el césped, único bien cortado.
Distante de sus dos hijos con quienes de plano no se entiende, vive en un barrio que poco a poco se ha poblado de Hmongs, una etnia integrada por personas de diferentes países que fue desplazada por los comunistas tras la guerra de Vietnam y apoyada por Estados Unidos. Por circunstancias extrañas, Walt se convertirá en héroe involuntario de sus vecinos –todos son como chinitos, raros, sucios y poco identificables entre sí- y así empezará su proceso de cambio.
Escrita por Nick Shenk y producida, dirigida e interpretada por Clint Eastwood, Gran Torino (EU, 08) se articula a partir de la posibilidad de transformación personal en el ocaso de la vida, no obstante los enraizados prejuicios con los que uno va construyendo sus certezas, acaso para sobrevivir. Un hombre viviendo en su propia casa pero en un entorno que lo rebasa y que sólo alcanza a observar cómo la realidad se mueve mucho más rápido que su capacidad de adaptación: lo único que queda es soltar gruñidos o mascullar amenazas.
Con pinceladas de humor (la secuencia didáctica para hablar como hombre en la peluquería), ciertos apuntes costumbristas y sólido desarrollo de diálogos y sucesos –ahí están los hermanos (Bee Vang y Ahney Su) con quienes el protagónico construye una especial relación- el film se desarrolla con la soltura narrativa sello de la casa, a partir de una puesta en escena sobria y funcional, y con una edición que permite centrarse en el relato y darle fluido cauce.
Desde el arranque, quedan sentadas las bases para el desarrollo de una historia que gracias a lo impredecible de su desenlace y a la empatía creada por los personajes, nos mantiene siempre cerca, desplegando esa extraña cualidad de colocarnos en diversos estados de ánimo, desde la risa cómplice hasta la angustia y enojo por el curso de los acontecimientos, hasta la reflexión en torno a las conversaciones.
No se descuida el complicado proceso de cambio que va experimentando el protagónico desde sus motivaciones y certezas: aprovechando al personaje del joven sacerdote católico (Christopher Carley), cual improbable espejo que a fuerza de cumplir la misión encomendada por la esposa muerta va poco a poco arrancándole ciertas reflexiones al viejo testarudo, somos testigos del creíble replanteamiento vital que va construyendo este hombre apenas afectuoso con la mascota.
La construcción de ese microcosmos en Michigan queda como reflejo de un mundo multicultural que sigue siendo injusto: aunque eso sí, la herencia de un hombre puede terminar transitando plácidamente por los caminos del destino, aguantando los golpes que sólo consiguen abollar, en pequeña medida, la luminosa carrocería.

Nos leemos después.
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LAS FLORES DEL CEREZO: SUCESOS EFÍMEROS, RECUERDOS PERMANENTES

14 febrero 2009

La muerte del ser más próximo conduce irremediablemente a la tristeza y a la angustia de no volver a mirar el mundo de la misma forma. Sin embargo, cabe la posibilidad de la transformación personal y buscar, en apariencia de forma solitaria, la vivencia de los deseos incumplidos y lejanos, en su momento, de la persona que se fue o que quizá espera, desde algún estado en suspenso, ver cumplidos sus sueños a través de quien se queda: incluso poder, con la fuerza de la imaginación o la fe, hacerse de alguna manera presente para despedirse.

Dirigida con sensibilidad y regocijo por la experimentada directora alemana Doris Dörrie (Nadie me quiere, 94; Desnudos, 02), Las flores del cerezo (Alemania-Francia, 08) sigue a un metódico y rutinario teutón de provincia (Elmar Wepper) que se queda dolorosamente viudo después de visitar, con su esposa (Hannelore Elsner), a los distantes hijos. Atrapado en la soledad y la tristeza, iniciará un reconocimiento póstumo de su mujer, esa fiera enjaulada, a través de un proceso de comprensión vital que lo llevará hasta Japón, donde vive su otro hijo también atrapado en la lógica laboral y donde siempre quiso estar su pareja.

La realizadora alemana vuelve para proponer a Japón, tras la notable Iluminación garantizada (2000), como terreno de búsqueda y muestra una vez más su capacidad para profundizar en la psicología masculina como lo hiciera en su famosa comedia Hombres (85), que la colocó como realizadora visible del cine europeo. Con cámara directa, combina tomas cerradas en las que los personajes y sus contextos cercanos se desarrollan, así como panorámicas de las ciudades y de la grandiosa timidez del monte Fuji, resistente a mostrarse en los primeros encuentros.

Múltiples temáticas se van entrecruzando conforme avanza la trama, además de la ruptura generacional entre padres e hijos, mirándose como extraños e incapaces de mostrar lo que sentían hace años; mientras que los nietos, instalados en el siglo XXI, tienden todavía a un mayor aislamiento emocional. Más empatía recibirán de la novia de la hija, como más cercanía encontrará el viudo, ya en Japón y perdido en la traducción (Coppola, 05), con la joven bailarina callejera de la danza Butoh (Aya Irizuki), pasión de su esposa.

El espíritu de Ozu, el gran maestro japonés de la minimalista comedia familiar, sobrevuela a través de su Historia de Tokio (53), inspiración reconocida por la propia directora teutona, quien enfatiza los contrastes entre Alemania y Japón –occidente y oriente-, insertados en el progreso pero con diferentes resquicios para mirar hacia la trascendencia: contraste del lugar de origen con la cosmopolita Berlín o la bulliciosa capital nipona, entre los edificios interminables y la celebración de las tradiciones.

Las lágrimas caen en el pañuelo o se deslizan mientras se desarrolla la danza, como oportunidad única para dialogar con la sombra cual personaje independiente y con voluntad propia; la música de Claus Bantzer se inserta continuamente en los trances emotivos del hombre ahora solitario con vestimenta femenina como compañía oculta, en camino de la comprensión propia y de la mujer retratada en todas las fases de la gestualización.

La belleza como estado efímero encuentra en las flores del cerezo una celebración a su transitoriedad, en contraste con los recuerdos, usualmente permanentes y presentes. Pero también la fugacidad se refleja en la pasión por vivir todo en un instante como la mosca que ha escapado de la mano para cumplir su inmediato destino cotidiano. Aún después de la muerte, se presenta la oportunidad de reencontrarse en esa belleza calladamente construida, silenciosamente bailada.

Una pareja de viejos que como dos rollos de col, colocados juntos, han sido sorprendidos por la muerte que avisa su llegada a uno pero visita primero a la otra. De cualquier manera, tendrán la oportunidad de danzar juntos, desde distintos mundos, entrelazados con las sombras que los reflejan, que los trascienden. Una película hermosa.

Nos leemos después.

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EL CURIOSO CASO DE BENJAMIN BUTTON: VIDA PERPENDICULAR

24 enero 2009

Una vida en la que cuerpo y mente se mantienen en estado de ruptura casi permanente, salvo algunos momentos alrededor de los cuarenta, justo cuando hay coincidencia entre las potencialidades físicas y cerebrales. El Gran Reloj girará al revés en ese grito de esperanza y dolor por volver atrás el tiempo. Un viaje en busca de la infancia perdida o un inocente recorrido dirigido al encuentro del propio origen, no sólo social o familiar, sino total. Un poco como nos pasa a todos, acaso sin darnos demasiada cuenta.
Dirigida exhaustivamente por David Fincher (después de la notable Zodiaco, 07), El curioso caso de Benjamin Button (EU, 08) se basa, aunque lo modifica, en un cuento de F. Scott Fitzgerald, en el que seguimos a un recién nacido hacia el final de la Primera Guerra Mundial cuya anatomía es la de un hombre de 80 años. Muerta su madre, el horrorizado padre lo deposita en un asilo donde será adoptado por la negraza que cuida de los ancianos (Taraji P. Nelson, estupenda) en la bulliciosa Nueva Orleans.
A partir de aquí seguiremos un largo viaje a la semilla (Carpentier dixit) que incluirá el desarrollo de su infancia, sus primeros pasos de resonancia bíblica con todo y Pastor fallecido, así como la iniciación de una prolongada e intensa, aunque intermitente, relación con Daisy (Cate Banchet); vendrá su adolescencia con la borrachera de rigor, el amigo que nunca falta y la aproximación al sexo para dar paso a la aventurera juventud en alta mar que traerá un amor efímero y clandestino con una nadadora incansable aún en el retiro (Tilda Swinton).
De ahí la adultez para sentar cabeza paternal hasta cumplir la máxima de que todos acabamos en pañales. La dislocación entre la condición física y la madurez provocará la imposibilidad de establecer paralelismos: sólo Vidas perpendiculares (retomando el título de la reciente novela de Enrigue), en las que habrá un momento de coincidencia con su esposa-amiga-madre-abuela. Vidas también en espiral con idas y vueltas a lo Forrest Gump (Zemeckis, 94) y en sentido contrario con la fragilidad memorística a lo Amnesia (Nolan, 00), ya hacia el final de su existencia al revés.
Una vida llena de regresos a la ciudad de origen, amenazada con el Katrina, cual vientre materno en la que se inicia a la inversa de El increíble hombre menguante (Arnold, 57) aunque después coincide en su desarrollo, al estilo de 2001: Odisea del espacio (Kubrick, 68) y el alcance del estado ideal cual feto a salvo de cualquier amenaza del entorno. Si bien la edad intermedia aparece como sinónimo de plenitud, no se dejan de establecer conexiones entre la infancia y la vejez, cuando el mundo es más prístino: la muerte en el asilo se ve natural, a diferencia de las que suceden en combate.
A manera de flashback con una Cate Blanchet postrada ante su hija quien se encarga de leer el diario, voz que se convierte en la narración en off del propio personaje, Fincher apuesta por una fotografía de un preciosismo abrumador, llena de tonalidades apagadas mezcladas con texturas hiperrealistas, considerando un exacto manejo de la iluminación y estudiados encuadres que, más allá de los pertinentes y sorprendentes efecos visuales –incluyendo la labor de maquillaje- le brindan al relato un suficiente poderío visual.
Pero quizá tanta dedicación en la fotografía hizo que el director de Seven (95) y El club de la pelea (99) –ahora cambiando su registro- se olvidara de las tijeras: por momentos la cinta se siente reiterativa y ciertos pasajes parecen sólo dar vueltas sobre lo mismo. La edición no permite que la cinta fluya del todo y los baches narrativos, que bien se pudieron evitar, provocan que hacia el final la sensación sea de prisa: ya habían empleado mucho tiempo y ahora había que apurarse, como si el reloj al revés de pronto funcionara como cronómetro.
Pasada la curiosidad inicial, se percibe dificultad por sostener el interés acerca de un personaje con el que cuesta trabajo involucrarse del todo, así como con sus peripecias. Funcionan ciertos simbolismos que salvan la cursilería previsible como el colibrí, así como la inserción de personajes representativos como el padrastro, el acercamiento del padre biológico, la anciana pianista, el aguantarrayos, el capitán del barco con sus tatuajes artísticos y el pequeño africano cuenta historias. En paralelo, el retrato de las diferentes épocas que acentúa el estado de incomprensión de nuestro improbable botonero, viviendo la desgracia de ir al revés y la fortuna de haber encontrado, en ese tránsito, personas por las cuales preocuparse.

Nos leemos después.
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