Archive for 15 marzo 2019

LOS BRITÁNICOS EN EL VIVE LATINO 2019

15 marzo 2019

Como cada año, se celebra el creciente festival en nuestro país, ya llegando a su vigésima edición, que abre las bocinas a bandas y solistas de estas tierras y regiones aledañas hispanohablantes. Qué bueno y ojalá la opción para jóvenes que quieran dedicarse a la música popular como forma de expresión y de vida se abra con mayor énfasis. Acá, un breve comentario de los invitados de otras culturas, herederos de los ambientes donde se inventó y desarrolló el rock como ahora lo conocemos, con algunas de sus variantes.

PATRULLANDO EL CONGELAMIENTO DEL CORAZÓN

Corre 1994 en Dundee, Escocia. Un par de estudiantes irlandeses, Gary Lightbody (guitarra y voz) y Mark McClelland (bajista y tecladista), empiezan a concebir un grupo de rock que primero se llamaría Polar Bear y después Snow Patrol, manteniendo ese interés por la nieve y todo lo que la rodea; pronto se les unió John Quinn (batería) para darle forma de trío al proyecto que presentaría su primer álbum titulado Songs For Polar Bears (1998), cargado de influencias guitarreras y con apuntes punketos que jugaban discretamente con la distorsión.

Tras mudarse a Glasgow, grabaron When It´s All Over We Still Have To Clear Up (2001), en el que se aprecia una mayor compenetración del trío y una integración de herencias con visiones propias: entre ciertas telarañas electrónicas, se yergue un pop barnizado de indie, por momentos interrumpido por las cataratas de cuerdas. Ya como cuarteto, presentaron Final Straw (2004), obra que rompería los márgenes, para bien o para mal, a los que estaban habituados y denotaba una nueva forma de entender el mapa de ruta. Con nueva alineación, sacaron el contrastante Eyes Open (2006), entre un power pop convencional y una indudable capacidad melódica expresada en ciertos recovecos intimistas.

 A Hundred Million Suns(2008) representó su escalada más alta a la fecha gracias a la consistencia mostrada en la mayor parte de los cortes, que tuvo un ligero descenso con el cumplidor LateNigthTales (2009). Volvieron con Fallen Empires (2011), recuperando fondo y forma trazada a lo largo de su trayectoria, y tras un prolongado silencio como banda, considerando lances y proyectos en particular, presentaron el inspirado Wildness (2018), uno de los discos de rockpop del año, recargando combustible y cambiando las llantas para aventurarse con solvencia y emotividad por los paisajes nevados del diverso escenario musical, caracterizado por parajes salvajes de alta exigencia mediática.

BUSCANDO LA TRANSICIÓN

Más que un simple corte y pega. Surgido en 2003 en Birmingham y subiéndose en la ola del post-punk liderada por Interpol, si bien con aportes propios no obstante la inmensa presencia de Joy Division, Editors refleja en su nombre su capacidad para la secuenciación e integrado por Tom Smith (guitarra/vocal), Chris Urbanowicz (guitarra), Russell Leetch (bajo) y Ed Lay (batería), inició su camino a partir de The Back Room (2005), notable debut entre apuntes dramáticos que abría la puerta a la usualmente oscura habitación del fondo de pronto ocupada por una buena cantidad de bandas buscando su identidad; continuaron su tránsito con An End Has a Start (2007), insistiendo en la tendencia aunque ampliando escuchas.

Mantuvieron el mapa de ruta con This Light and on This Evening (2009), incorporando más los teclados que remitían a los grupos ochenteros que se desplazaban entre ciertas sombras, comandados por el afamado productor Flood, con quien trabajaron de nuevo en The Weight of Your Love (2013), generado por nueva alineación y una orientación que buscaba la tribuna ampliada. Tomaron un segundo aire con In Dream (2015), en el que contaron con la oportuna participación de Rachel Goswell (Slowdive), confirmado por Violence (2018), ya en pleno proceso de identificación sonora.

ANTÍDOTOS PARA SALVAR LA PÉRDIDA

Foals es un quinteto de Oxford integrado por los cuates Yannis Philippakis (guitarra), Andrew Mears (vocales), Jack Bevan (batería), Jimmy Smith (guitarra) y Walter Gervers (bajo); debutaron con paso firme y proponiendo un sonido que se balanceaba entre el post-rock, el dance y las escapadas instrumental vía Antidotes (2008), solvente obra que los colocaba en el radar, sobre todo gracias a piezas como Hummer y Mathletics como cartas de referencia, el álbum llamó poderosamente la atención más allá de la isla. Total Life Forever (2010), su segunda entrega, es un disco de contrastes, con avances y convenciones: por momentos parecen caer en ciertos esquemas facilones y en otros logran retomar el camino andado en su debut, que terminan siendo predominantes.

Siguieron en lo suyo con los álbumes Tapes (2012), convocando a diversos artistas para realizar mezclas, y el representativo Holy Fire (2013), cimentando su alternativa sonora y posicionándose como uno de los grupos sin grandes reflectores pero confiables, entregados a su propuesta sin dejar de buscar las audiencias masivas. Sin domirse en laurel alguno, grabaron What Went Down (2015), consolidando la ruta definida para continuar con Everything Not Saved Will Be Lost, Pt. 1 (2019), recurriendo a los sintetizadores y convocando a las mayorías para moverse y salvarse con su alternativa.

DAYS ARE NUMBERS

Surgidos como cuates de prepa en Manchester, ciudad donde las propuestas rockeras gravitan en el ambiente, los integrantes de The 1975 (Matt Healy, vocal, guitarra, piano; George Daniel, batería, teclados, voz; Ross MacDonald, guitarra, bajo; Adam Hann, guitarra) empezaron a buscar sonidos propios de su tierra con ecos de las propuestas del pop-rock que inundaban la segunda década del segundo milenio, como la de Bloc Party. Coqueteando con los adultos vueltos papás, como si quisieran recordarles que pueden bailar y disfrutar del rock, y jalando los hilos de sus propias influencias, grabaron después de algunos sencillos y un trío de EP’s el homónimo 1975 (2013), nutrida obra de 16 canciones, ya producida profesionalmente, que lanzó el mensaje adecuado.

Con este impulsor, presentaron I Like It When You Sleep, For You Are So Beautiful Yet So Unaware of It (2016), consolidando tendencias ochenteras del rock ochentero que se dieron la mano con un soul y un R&B insertado con pericia sorprendente, aunque acaso sobrevalorando sus propias capacidades: como cuando los jóvenes suponemos que todo lo podemos resolver con nuestro talento interminable, dados los alcances previos. Y con esa versátil habilidad para agradar a chicos y grandes, grabaron el consistente Brief Inquiry into Online Relationship (2018), anunciando una segunda parte pero, sobre todo, que esta banda promete ser uno de los referentes en el rock-pop de los años por venir.

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GUERRA FRÍA: SOLO LOS AMANTES SOBREVIVEN

5 marzo 2019

El mundo quedó dividido en dos bandos principales liderados por Estados Unidos y la Unión Soviética tras la II Guerra mundial: cada uno creía encarnar el bien y consideraba al de enfrente como el mal en estado puro. Era un maniqueísmo absoluto de blanco y negro, con muy pocos matices de gris. Europa quedaba dividida y luchaba por su reconstrucción. En ese mundo bipolar, la gente buscaba cualquier resquicio para ser feliz, ya sea ante el poder imperativo del mercado o la vigilancia estatal llevada a extremos totalitarios, según el lado del muro que tocara. Y claro, entre esta dicotomía, surgían otras manifestaciones políticas: dictaduras por acá, democracias por allá, oligarquías por acullá.

Un director musical (Tomasz Kot, lacónico) recorre poblados polacos junto con su colega y pareja aparentemente estable (Agata Kulesza, quien ya había trabajado con el cineasta), para rescatar la música folklórica desde su expresión más auténtica y consolidar un grupo de baile de largo alcance que lleve el espíritu artístico original a todos los rincones no solo del país, sino más allá de sus fronteras; en el reclutamiento de jóvenes para formar dicha compañía, aparece una muchacha con talento potencial, carisma evidente y una cuenta pendiente con la justicia por defensa propia (Joanna Kulig, siempre decidida): el romance circular estaba por comenzar, sin saber que volvería al punto de partida.

Retomando ciertos elementos de la historia de sus padres, el director varsoviano asentado en Inglaterra Paweł Pawlikowski, regresa al tema de la desterritorialización como lo hiciera en Last Resort (2000); al del amor extremo, ya sea bordando el horror, planteado en La mujer en el quinto (2011) y al que inunda obsesivamente una relación, en este caso adolescente, en Mi verano de amor (2004), y ahora a través de la emotiva y arrebatada Guerra fría ( Polonia-RU-Francia, 2018), sensible retrato de un par de amantes malditos que rompen fronteras, conservando su individualidad y buscando un resquicio en tiempos convulsos solo para enfrentarse a sus propias diferencias quizá irreconciliables pero al fin insertadas como parte de un vínculo invisible e indisoluble a la vez.

Es la historia de un idilio que busca sobrevivir al constante auto boicot de los involucrados y al tiempo inexorable, además de los obstáculos políticos, burocráticos y geográficos en los que se despliega de manera enfáticamente episódica, obviando a través de las varias elipsis los diversos sucesos que acontecen en la vida separada de cada uno de ellos: una especie de amor líquido (Bauman dixit) que se desliza por los años, las separaciones y las estructuras impuestas, reencontrándose y abandonándose intempestivamente sin terminar del todo pero sin asegurar un futuro. La peor maldición para los amantes es no saber estar juntos y no poder estar separados.

En contraste con Ida (2013), en donde una novicia se lanzaba a un viaje para conocer sus orígenes judíos, es decir, hacia el pasado, aquí ambos apuestan a un futuro siempre mejor que se dilata en demasía y, cuando tienen en sus manos un presente promisorio, no alcanzan a consolidar la oportunidad de estar juntos de una buena vez y para siempre, acaso por el sublime disfrute del reencuentro: los celos invaden la relación, la diferencia de ambiciones se hace evidente y el contraste en el nivel de intensidad para afrontar la vida se inserta en un vínculo que se oxigena, paradójicamente, cada vez que se fractura.

La intensidad de los números bailables y musicales de la compañía, ya en plena gira por los países satélite en ciudades como Croacia y Berlín del este, contrasta con el frenesí decadente de la música occidental (quienes dirían que los números músico bailables de la compañía rinden tributo al dictador y asesino Stalin), como se advierte en la forma en la que París se inunda de jazz y rock´n´roll sin pudor alguno. Llega la melancolía y la escurridiza joven, cobijada por el piano del hombre de sus ausencias asintiendo con discreción, interpreta Dos corazones cual síntesis de la relación que no admite matices de gris, solo blanco o negro, todo o nada, hasta que la muerte, si se atreve, los separe.

La cámara juega con la perspectiva institucional encarnada por el jefe de pronto permisivo (Borys Szyc) y con posiciones que reflejan los puntos de vista tanto de lo protagonistas como de la vigilancia burocrática al estilo de La vida de los otros (Henckel von Donnersmarck, 2006); los contrapicados refieren al inexorable regreso al origen de los amantes y las angulaciones diversas van definiendo el tono emotivo de cada una de las secuencias, estableciendo la distancia entre uno y otra y los estados de ánimo imperantes frente a la dificultad de mantenerse juntos, bien indicados por una edición contundente. Por supuesto, el blanco y negro refuerza la idea del un mundo sin colorido posible, siempre bajo la opresión aún en los escenarios parisinos y la incapacidad para sostener una relación que parece destinada al agotamiento pero nunca a la terminación.

MARK HOLLIS Y TALK TALK: HABLANDO DESDE EL SILENCIO

1 marzo 2019

Tenía veinte años en retiro, al menos en cuanto a publicar canciones se refiere. Formó uno de los grupos clave de los ochenta, de ésos que sin negar su época y cruz de parroquia, lograron retomar y trascender los géneros predominantes para crear un estilo sonoro diferenciado, respondiendo más a las propias inquietudes artísticas que al imperativo de las disqueras. Ensanchó los márgenes del new wave a través de la incorporación de influencias diversas –del jazz al avant garde, del popart al tecno y del rock al ambient– y de una búsqueda que siempre implicó mirar hacia delante, sin anclarse a pasados exitosos y arriesgando la aceptación de contratistas y seguidores.

Originario de Tottenham, Mark Hollis (1955-2019) pintaba para sicólogo infantil pero en un momento determinado decidió cambiar de trayecto profesional, quizá en perjuicio de los pequeños a los que pudiera haber atendido pero en beneficio de millones de orejas, niños incluidos. Formó a mediados de los setenta una banda llamada the Reaction, con la que grabó un demo y unas canciones que aparecieron en alguna recopilación o como sencillo, sin llegar a cuajar en disco largo. A través de su hermano mayor, productor y disc jockey, entró en contacto con Paul Webb (bajo), Lee Harris (batería) y Simon Brenner (tecladista), con quienes integró Talk Talk en 1981.

CAMBIANDO DE ATMÓSFERAS: EL HAZMERREÍR AL FINAL DE LA FIESTA

Su trayecto fue de la luz a la oscuridad, como corriendo en sentido contrario a la salida del túnel. En su debut, The Party’s Over (1982), anunciaron el final del regocijo enclavado en un synthpop muy propio de la época, cercano al de bandas como New Order, OMD, Ultravox y Human League, con matices del estilo conocido como new romantic, abonado por grupos dueños del mainstream entre los que se ubicaba Duran Duran, con el que compartieron productor (el reconocido Colin Thurston, quien venía de trabajar con David Bowie e Iggy Pop) y presentaciones en vivo, fungiendo como teloneros. La presencia de Roxy Music se paseaba como una influencia mayor en la propuesta del grupo.

La llamada de atención del álbum corrió, sobre todo, por cuenta de algunos cortes memorables que mostraban un talento prematuro, si bien todavía en desarrollo y no del todo distintivo, para el uso de los teclados en rítmicas enfáticas, melodías emergiendo del suelo con dosis emocionales y letras de mayor alcance lírico, como Talk Talk, especie de carta de presentación para propios y extraños; Today, vuelto esperado sencillo por su estructura pronto identificable; la pausada y denunciatoria Have You Heard the News? y Mirror Man, presentada en un inicio como sencillo que abriera las tiendas.

Abriendo con la zona grave del teclado, estrategia que permaneció durante todo su recorrido, Dum Dum Girl dio el banderazo a It’s My Life (1984), segundo álbum de la banda ya en plena evolución creativa y cuya canción titular permanece como una de las más importantes de la década no tan perdida, planteando un himno sobre la autonomía personal, en tanto Such a Shame, segunda pieza más conocida aún manteniendo intacta su anhelante tesis cual hombre que lanza los dados, expandía los momentos para expresar cierta imposibilidad ante el cambio frente a las tendencias imperantes.

La emotividad de Renée con todo y la profundidad de los teclados y esa vocalización de particular angustia contenida (por momentos recordando a Peter Gabriel), contrasta con el elástico bajo que guía Does Carolina Knows: ambos cortes contribuyeron, además de los éxitos radiales que abrieron fronteras y le dieron reconocimiento popular a la banda, a posicionar al grupo en el escenario rockero siempre en proceso de reformulación, así como la contribución de Tim Friese-Green, productor, responsable de los teclados y en los hechos un miembro más del trío, supliendo a Brenner.

Con la participación de Steve Winwood y David Rhodes, The Colour of Spring (1986) representó otro paso hacia la indagación y apertura, sin dejar del todo el camino andado como en Give It Up y la fantasiosa Living in Another World, pero incorporando una vertiente más acústica y aireada por momentos, con sutiles acordes jazzeros, como se advierte desde Happiness is Easy, incluyendo presencia infantil en los coros; las tonalidades rockeras aparecen con mayor preponderancia y hasta el influjo del krautrock invade en Life’s What You Make It, con ese piano en convivencia con la guitarra, transitando a la media luz de April 5th y Chamaleon Day para cerrar con Time It’s Time, o más bien dejar la puerta entreabierta cual vaso comunicante para mirar por el retrovisor pero como soporte para otear el horizonte de alguna imprevisible tierra prometida.

Gracias al inesperado éxito comercial, la banda consiguió que la disquera EMI no se metiera y ni siquiera escuchara previamente el material para su siguiente disco: Hollis aprovechó la oportunidad y profundizó su mirada etérea, oscura y con tamiz experimental. Los músicos invitados se introdujeron en una iglesia abandonada para grabar e improvisar bajo extraños juegos de luces durante largos periodos, en tanto el trío ensamblaba los resultantes seis cortes finales pasados por una atmósfera de tenso sosiego y estructuras rupturistas, incluyendo guitarras en espiral y pasajes de penumbra auditiva. El resultado fue Spirit of Eden (1988), uno de los discos esenciales de la década refiriendo a ese deseado jardín en tonos de oscura abstracción, retomando un ambient con sutiles sonidos de plena organicidad.

El álbum provocó un desacuerdo con la casa disquera por la dificultad para encontrar un sencillo como tal y tras algunas diferencias, rompieron el contrato; Polydor le entró al quite para darle cobijo a Laughing Stock (1991), el disco final del grupo que significó todo un broche de oro, ya sin Paul Webb en la formación y con influencia de Robert Wyatt: seis cortes otra vez en los que se desliza por las cuerdas un artrock de bucólicas texturas, en cierto sentido anticipando lances noventeros relacionados con el postrock y sus oscuros parientes. Después de un silencio de siete años, el líder del grupo grabó en solitario el homónimo Mark Hollis (1998), retomando toda la vertiente dejada a inicios de aquella década. Y después, otro prolongado silencio que alcanzó dos decenios hasta la triste noticia de su fallecimiento.