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THE MASTER: DEL RECUERDO A LA IMAGINACIÓN

28 mayo 2013

Dos hombres que representan el estado de una nación después de la II Guerra Mundial, buscando respuestas o inventando preguntas; aunque la batalla se ganó, pareciera que los combatientes perdieron su centro y ahora buscan adaptarse a un contexto que los considera héroes la primera semana para después dejarlos en el limbo de la sospecha y la desconfianza. Ante el extravío absoluto, una improbable embarcación se puede convertir en la guía rumbo a cualquier parte, desde el análisis de vida pasadas hasta la imaginería de nuevos universos: da igual, súbete al barco y mañana a ver qué se nos ocurre para reparar tu torcida mente.
Un país en el que empiezan a proliferar las sectas alternativas a las grandes religiones y a las teorías psicológicas dominantes, sustentadas en principios pseudocientíficos, mientras la sociedad industrial entra en un auge económico creciente. Terapias al uso, despojando de la responsabilidad al individuo (la culpa es de una vida anterior o alguna entidad ajena a ti), usando el recuerdo y la repetición como analgésico o la imaginación como escapatoria, y agotando física y mentalmente al paciente para que pueda ser programado sin oponer resistencia alguna, entregándose a los preceptos y al endiosamiento del gurú de amable apariencia.
Un líder carismático que sí se la cree (al estilo del “dianético” L. Ron Hubbard), de evidente simpatía y paciencia, con exabruptos incluidos,, navega entre la auto convencida charlatanería, la curación de insondables males del alma, y hasta algunos del cuerpo según él, y la exploración de verdades trascendentales al vapor; su secta está formada por allegados y parientes, entre quienes se encuentra la sutilmente controladora esposa actual (Amy Adams, de congelante dulzura), la hija mosca muerta (Ambyr Childers) y su inocuo prometido después casados por las leyes de La Causa (que ha sido comparada con la Cienciología, aunque en ningún momento se menciona), y su reservado hijo que parece seguir los designios de su padre sin oponer resistencia ni expresar mayor entusiasmo (Jesse Plemons).
Después de andar deambulando por la vida y tener problemas en sus actividades anteriores –como fotógrafo en un gran almacén y en la cosecha de coles- un ex marine traumatizado y alcohólico, obsesionado con el sexo, de volátil carácter y gesto paralizado, se sube al barco que lleva al grupo y pronto es aceptado por el jefe cósmico, quien le pide que siga preparando las bebidas con solventes, perfumes o lo que haya, y que se someta a una de sus terapias: sin más, lo convierte en su conejillo de indias y su protegido, iniciando una extraña relación que incluirá el sometimiento a ejercicios de repetición absurda, un paso por la cárcel con efervescente discusión incluida, defensas mutuas frente a las críticas y necesarias rupturas para seguir adelante.
Escrita y dirigida por Paul Thomas Anderson (Sidney, 96; Punch-Drunk Love, 02) con arrasadora fuerza expresiva y con el aliento de las grandes obras cinematográficas que con el paso del tiempo se irán valorando cada vez más, como sucedió con El ciudadano Kane (Welles, 41), The Master: todo hombre necesita un guía (EU, 12), es una profunda mirada a los contextos relacionales de un hombre roto y de una secta a principios de los años cincuenta, cual microcosmos que al momento de entrar en contacto con el mundo exterior, experimenta los rechazos por las lógicas distintas de entender la vida o las adhesiones absolutas y acríticas: frente a los dogmas y al maniqueísmo no existen los grises y cualquier cuestionamiento, cuando viene de afuera, no puede generar reflexión, sino solo rechazo a gritos y sombrerazos.The Master
Con una narrativa argumental dislocada, premeditadamente episódica y aprovechando las elipsis para tensar un amplio arco en el que los personajes se desarrollan con profundidad, enfatizando su humanidad cargada de convicciones, contradicciones y formas de vincularse entre sí, con las pulsiones de vida y muerte en batalla campal, el filme se articula a partir de brillantes planos secuencia y tomas abiertas que se entremezclan con una abundancia de primeros planos soberbiamente sostenidos por el implacable duelo de actuaciones: Joaquin Phoenix, quien venía de hacer el falso documental I´m Still Here (Affleck, 10), le imprime una psicótica fuerza angustiante a Freddie Quell y confirma sus altísimos vuelos actorales, mientras que Philip Seymour Hoffman despliega su enorme solvencia en la piel de Lancaster Dodd, como si se tratara de Elmer Gentry (Brooks, 60) o El Apóstol (Duvall, 97), filmes con los que se le ha relacionado.
El argumento alcanza niveles de complejidad que ameritan diversas perspectivas de índole social y psicológica, orientadas a la revisión del comportamiento de las sectas y su devenir histórico; las secuelas de las guerras y los procesos de reinserción; las adicciones evasivas, la megalomanía pseudoreligiosa y las reacciones sociales frente a estos líderes carismáticos que van de la veneración traducida en apoyo económico, como en el caso de la benefactora tímidamente cuestionadora (Laura Dern), a la confrontación directa, señalando que el libro al fin publicado, pudiera haber sido un panfleto de tres hojas para repartirse en el Metro.
La mujer de arena, compañía silenciosa y concreta de principio a fin, contrasta con la novia ya inasible e imposible de recuperar, con la modelo de tienda departamental, con las telefonistas recibiendo recaditos o con las convidadas al baile que se van desnudando en su mente como en un cuadro renacentista de alguna escena de la mitología griega. La moto cual vehículo para la liberación o la llamada telefónica en la sala cinematográfica vacía. Anderson, cuyas influencias incluyen a Malick y Altman, vuelve a la mirada fundacional de Petróleo sangriento (07), al retrato sociocoral de Magnolia (99) y a la intromisión de un submundo particular como en Boogie Nights: Juegos de placer (97).
El score avant-garde de Jonny Greenwood se inserta en la notable captura del espíritu de una época, con dejos de objetivismo que propugna la primacía del individuo para pensar que su cura está al alcance de la mano, con el debido soporte económico y la sumisión del caso: si no eres profeta en tu tierra, ahí está Inglaterra o cualquier otro destino donde los acólitos y la aceptación social se manifiesten en los discursos y las sanaciones grupales. The Master es, valga la redundancia, toda una obra maestra compleja, intensa, difícil, absorbente, fascinante, y su creador, Paul Thomas Anderson, uno de los directores imprescindibles de nuestros días.

VIAJE A LAS ESTRELLAS: DIBUJANDO LA OSCURIDAD

21 mayo 2013

Cuando se retoma una franquicia harto conocida con legiones de ortodoxos fans dispuestos al abucheo inmediato si cualquier detalle no les parece, resulta indispensable encontrar el equilibrio entre respetar la esencia y adherir elementos de actualización e innovación que le abra las puertas a nuevos adeptos, sin que los viejos seguidores abandonen la cofradía por la salida de atrás, murmurando molestas palabras indescifrables, quizá del lenguaje propio de su serie o saga favorita. Pero en este caso, como en la vida misma, se impone la disyuntiva de renovarse o morir.
El productor, escritor y director J.J. Abrams, conocedor de las lógicas narrativas apropiadas para el mundo del blockbuster, consiguió transitar por esa delgada línea entre tradición y novedad, primero con Misión Imposible III (06) y después con Star Trek (09), aprovechando su bagaje televisivo en series de resonancia mundial como Lost y Alias, desarrolladas a lo largo de la primera década del siglo XXI; finalmente, se confirmó como digno discípulo de Spielberg con Súper 8 (11) y ahora se ha anunciado que será el responsable de darle vida al séptimo episodio de la Guerra de las Galaxias: parece ser el hombre adecuado, según ha dicho el propio George Lucas.
Estamos frente a una serie televisiva que empezó a mediados de los sesenta creada por Gene Roderberry, aquí conocida como Viaje a las estrellas; saga cinematográfica iniciada en 1979 e integrada por 12 películas, incluyendo ésta, con diferente nivel de calidad y recursos y todo un culto que se manifiesta a través de diversos medios, entre los que no pueden faltar las reuniones llenas de frikis, geeks y demás habitantes de la galaxia trekkie, analizando hasta el más ínfimo detalle y elucubrando sobre hipótesis nunca comprobables acerca de los personajes, planetas, lenguajes y demás simbología de alcance cósmico.
Star Trek: en la oscuridad (Star Trek Into Darkness, EU, 13) es una superproducción que, después de la pequeña decepción que supuso Iron Man 3 (Black, 13), sigue a pie de la letra los cánones de las nuevas películas de los grandes estudios, quienes poco a poco se han dado cuenta que ya no basta con el efectismo y la pirotecnia visual, aunque sigue siendo necesaria, sino que se requiere trabajar en guiones más pensados, con personajes empáticos y situaciones que de alguna manera se vinculen con el espectador, aunque la trama se desarrolle en contextos ajenos o lejanos, tanto en épocas, lugares o ambientaciones físicas y psicológicas.
Después de un prólogo en el que los exploradores salvan un planeta de la destrucción con todo y discusión acerca de la toma de decisiones, sin mayores preámbulos nos vamos directo al desarrollo de los episodios que mantienen un dinamismo envidiable: a la media hora de película ya han sucedido tantas eventualidades que pareciera difícil seguir progresando en la historia, propósito que a fin de cuentas se consigue, gracias a los esperados pero eficaces giros argumentales y a una evolución dramática lo necesariamente compleja, no demasiada, como para conservar el interés no solo en las secuencias de acción interestelar o terrenal, sino en los propios personajes y la construcción de sus afectos.Star Trek
De hecho, el sustento del film está basado en la relación de amistad, el aprendizaje mutuo y los contrastes entre ambos protagonistas (Zachary Quinto como Spock y Chris Pine como Kirk), muy bien nutrida por algunos vínculos adyacentes, como el noviazgo de Spock con Nyota Uhura (Zoe Saldana) o la admiración hacia Pike (Bruce Greenwood), por la eficaz presencia de la tripulación de rigor (Karl Urban, Anton Yelchin, John Cho) y personajes nuevos que le vienen bien a la trama, como el científico interpretado por el siempre simpático Simon Pegg o la hija del jefe (Peter Weller, primer Robocop), experta en armas estelarizada por Alice Eve (Ni en tus sueños, 10), quienes compartieron créditos en Big Nothing (06).
Quien se presenta como el villano, con agenda propia desde luego, aparece en un inicio como prácticamente imbatible, cual vampiro cósmico que plantea una cierta ambigüedad no del todo explotada: aunque la gélida interpretación de Benedict Cumberbatch (Expiación, deseo y pecado, 07; Caballo de guerra, 11; El espía que sabía demasiado, 11; El Hobbit, 12) de voz profunda y mirada paralizante, le brinda el necesario contraste al bienvenido humor que aparece entre naves persecutorias, basura cósmica, salvamentos de último minuto, golpizas inverosímilmente soportadas y lances de riesgo incalculable.
Si nos ponemos políticos, por un momento parecería que la misión para atrapar al “terrorista” se asemeja a la de Bin Laden: el susodicho, después de hacer algunas detonaciones en ciudades impecablemente recreadas, se encuentra oculto en un planeta sumamente hostil, a donde llega un grupo de élite con órdenes de aniquilarlo, en contradicción con las posturas acordes a los Derechos Humanos, promovidas paradójicamente por el vulcano/humano, de que toda persona debe tener la oportunidad de contar con un juicio imparcial. Y todo el asunto de los proyectiles con la misteriosa carga en su interior, puede dar para otro tipo de reflexiones.
Las escenografías y ambientaciones tanto internas como externas ya se ubican en un nivel distinto de realismo: ahí está la nave U.S.S. Enterprise, parecida a la casa de Snoopy por aquello de parecer pequeña por fuera pero que por dentro se agranda increíblemente, así como las tomas panorámicas de las ciudades futuristas, acompañadas por el pertinente score de Michael Giaccino y un poderoso sonido también editado en forma exacta. Para la nostalgia, ahí quedan las múltiples referencias y la presencia de Leonard Nimoy, advirtiendo sobre los riesgos por enfrentar.

TRILOGÍA DE LA TRANSFORMACIÓN CHILENA

14 mayo 2013

El triunfo de Salvador Allende en 1970, el golpe de estado tres años después, la dictadura militar de Augusto Pinochet (posteriormente desnudado en toda su dimensión), y el regreso a la democracia en 1990, fueron una serie de sucesos históricos que marcaron a una nación y que de alguna manera se convirtieron en experiencias, algunas luminosas y otras muy oscuras, que en los últimos veinticinco años han sabido aprovechar en términos políticos, económicos y sociales, no obstante las recientes manifestaciones estudiantiles y los problemas que se enfrentan a escala global, también vividos en el país andino.
El director Pablo Larraín, quien debutó con Fuga (06), retomó este contexto histórico para desarrollar una trilogía en la que se internó por un par de historias más bien deprimentes que suceden tras bambalinas, y una más centrada en un hecho crucial: en todos los filmes, los sucesos políticos y sociales funcionan como un caldo de cultivo que influye de manera más o menos directa en el curso de los acontecimientos que conforman relatos de seres marginales, solitarios o incluso patológicos, que de alguna manera son invadidos por estas transformaciones macrosociales.
Las películas tienen en común un estilo visual que contrasta la imagen deslavada y capturada con insistente cámara en mano, buscando primeros planos o bien manteniéndose a la distancia en espera del evento, con encuadres evocativos que enfatizan el aislamiento y la dificultad para la comunicación desde una perspectiva subjetiva, entremezclada con tensos planos y contraplanos con abundancia de desenfoques y una grisácea recreación de la época, ya sean los años setenta u ochenta, con ciertos apuntes sobre la sociedad del espectáculo en su decadente dimensión.
Además, la notable presencia de Alfredo Castro en las tres cintas, recordando por momentos a Al Pacino y a Ricardo Darín, le brinda una inusual fuerza a las secuencias que transcurren de manera pausada: se trata de esos actores capaces de sostener un plano sin pronunciar palabra, transmitiendo múltiples sensaciones que pueden ir del rechazo absoluto hasta la sutil perversidad acomodaticia; junto a él, otros intérpretes como Antonia Zegers, Marcial Tagle y Jaime Vadell, conforman un sólido elenco para darle verosimilitud a los diversos personajes secundarios. Las tres películas disponibles en video, gracias a la oportuna distribución de Canana Films.

PARA NO MORIR DESPUÉS DEL SÁBADO POR LA NOCHE
Tony Manero (2008) es un duro retrato del nivel de amoralidad a la que puede llegar un pobre diablo monstruoso con tal de alcanzar sus objetivos: montar un deplorable show y ganar un concurso televisivo de imitadores del personaje interpretado por John Travolta en Fiebre del sábado por la noche (Badham, 77). Este cincuentón frustrado y violento ve la película continuamente y ensaya en solitario o junto a otras personas que viven alrededor de una fonda en la que presumiblemente se presentará un espectáculo mágico y musical, que poco tiene de ambos y que más bien mueve a la depresión y al malestar anímico.
Vive obsesionado en imitar a un ícono fílmico, al estilo de esas personas que dedican su vida a ser quienes no son, buscando fama, afecto o reconocimiento a partir del disfraz de la estrella mediática. La soberbia actuación de Castro redondea la construcción de uno de los personajes más desagradables y repulsivos que se ha visto en el cine reciente y que por supuesto, no deja a nadie indiferente.
Post Mortem (2010) es un relato tan sórdido como su título: un silencioso y reservado funcionario de la morgue (Castro, otra vez) se enamora de su vecina, una bailarina que parece vivir en otro planeta (Zegers), con amigos altamente politizados. La irrupción del golpe militar provoca que el ejército tome posesión del centro de trabajo y que la presión vaya en aumento; mientras tanto, la mujer ha desaparecido y su casa ha quedado hecha un desastre. El protagonista, a pesar de su contención afectiva, puede reaccionar de formas inesperadas, en medio de la desestabilización nacional.
Los prolongados planos hacen pensar en la necesidad de la inacción, justo cuando el país entra en una fase de persecución política, así como en el cuidado con el que las personas se deben desempeñar en ambientes hostiles. En efecto, ahora los cadáveres que llegan no son producto de muerte natural, sino de un sistema criminal y asesino que está en la disposición de restringir cualquier tipo de disidencia. Con una iluminación que muestra las oscuridades de los pasillos y unos encuadres que capturan las miradas por la ventana, el filme se conduce lentamente hacia un destino desolador.
NOBasada en la obra teatral El plebiscito de Antonio Skármeta, No (2012) es una recreación, con todo y pietaje real, de las campañas políticas en torno a la continuidad de Pinochet, forzado por la presión internacional para convocar a este ejercicio democrático en 1988. La oposición, a pesar de las diferencias por la polémica entre pragmatismo mercadológico y dogmatismo revolucionario, decide contratar a un publicista y padre soltero (Gael García Bernal, convincente), quien propone una campaña fresca, como viendo más para adelante que para atrás, orientada a promover el no del título; del otro lado, su jefe en el despacho (Castro, oportunista) se alinea con el gobierno para apoyar la campaña del sí.
A pesar de que la historia y su desenlace es conocido, Larraín consigue estructurar el relato con la suficiente tensión dramática, a partir de una incansable cámara persecutoria, como para mantener la atención en la forma en la que fue transformándose el proceso político, con todo y los coletazos y estertores del aparato dictatorial; como viene sucediendo desde entonces, las elecciones parecen quedar en manos de los publicistas más que de los candidatos o de las opciones: el tren eléctrico puede descarrilarse en cualquier momento por las presiones internas y el espionaje externo.
Los mensajes en contraposición eran claros: la bonanza económica del país gracias a la mano dura (que también resultó bastante larga, como se supo después), contra la represión y las desapariciones forzadas. Como suele suceder con las dictaduras en las que se cooptan los medios de comunicación, se impiden elecciones libres y se neutralizan las opiniones diferentes, segmentos de la población parecen estar a favor, acaso por las dádivas recibidas, la ignorancia inducida o por la conveniencia egoísta. Un filme que retrata con nitidez éstas y otras siniestras realidades de los regímenes dictatoriales.

RUFUS WAINWRIGHT O CÓMO SEGUIR DENTRO DEL JUEGO AFECTIVO

7 mayo 2013

El talento le viene de familia: sus padres Loudon Wainwright III y Kate McGarrigle traían la vena compositiva por todos los rincones de su casa; al separarse, el pequeño Rufus se quedó con su madre (fallecida en el 2010), quien junto con su hermana Anne, formaron un prolífico dueto de folk, mientras su exmarido continuaba una brillante e imparable trayectoria, como lo muestra en el estupendo Older Than My Old Man Now (12).
Con estas creativas raíces y entorno cercano, no resulta extraño que la sensibilidad se desarrolle con amplio potencial y encuentre terreno fértil para la expresión a través de las manifestaciones artísticas, en este caso la música. Prueba de ello es que Martha, la hija menor, ya está en plena carrera discográfica con algunas joyas que merecerían más atención de la recibida, tal como se manifiesta en Come Home To Mama (12).
Rufus Wainwright nació en el estado Nueva York en 1973 y desde muy pequeño se fue con su madre a Montreal después de la ruptura matrimonial; a partir de los seis años empezó a recorrer los teclados del piano y a los trece ya andaba de gira con el grupo familiar, por lo que sus encuentros con el mundo de la música han formado parte de prácticamente toda su vida, incluyendo géneros como la ópera y los musicales.
Hay tensión melodramática desenrollada en las notas del piano, como si ocupara el lugar central de un cabaret extraviado en el siglo XXI, cual contexto ideal para celebrar la pérdida amorosa con la elegancia del caso, por momentos salpicadas jazzeras a media luz, vívidas orquestaciones y un pop sin complejos, meticulosamente articulado y bebiendo sin pudor de las grandes tradiciones sesenteras, en particular las que huelen a la costa oeste estadounidense. Su asumida homosexualidad ha estado presente en ciertos matices de su propuesta y es una referencia para la comunidad gay.
Debutó con bombo y platillo, después de algunos ires y venires, con Rufus Wainwright (98), álbum homónimo que resultó una gran revelación y en el que ya se advertía a plenitud esa teatralidad contenida, el romanticismo deshojado entre el humo y la declaratoria franca, y una inmediata habilidad para la composición basada en el piano, con la ayuda orquestal de Van Dyke Parks. Muy pronto apareció en las listas de lo mejor del año y las comparaciones con Jeff Buckley, entre otros, empezaron a establecerse.
Sin bajar la guardia y sumando talento a la causa, grabó Poses (01), álbum más condimentado en el que participó su hermana, Teddy Thompson (hijo de Richard y Linda) y compositores como el versátil Damian LeGassick y Alex Gifford, quienes le adhirieron atractivas rutas al conjunto: un segundo disco en el que demostraba no ser flor de un día o simplemente un junior con suerte, sino un tipo dispuesto a seguir expresando ideas, motivos y razones del corazón, sin importar la fama.Rufus

SI QUIERES ALCANZAR LAS ESTRELLAS
Con el reconocimiento a cuestas y después de las consecuentes giras y tours, regresó con un proyecto de álbum doble, compuesto por Want One (03) y Want Two (04): a pesar de que la segunda parte resultó mejor (caso raro), la primera se deja escuchar por el sello característico en letras y armonías cargadas de ese pop incandescente que parece explotar en cualquier momento; la segunda, más enfocada, incluye un DVD de un concierto en el mítico teatro Fillmore de San Francisco, en el que se puede apreciar la transparencia de este crooner frente a su público: sin mayores aspavientos visuales, ahí están él, su piano y el grupo de acompañamiento, compartiendo florituras corales, cuerdas en ebullición, rítmica discreta y bailecitos de probada suficiencia.
Durante el 2007 aparecieron un par de discos: Release the Stars, con ecos de aparente tristeza como cayendo en cascada, a veces en forma escandalosa, y expresando una necesidad escapista, y el doble Rufus Does Judy At Carnegie Hall, en el que recreó el concierto de 1961 de una de las figuras femeninas más importantes del mundo del entretenimiento norteamericano: por supuesto, esta producción resultó ser toda una declaración de filias por parte de Wainwright. Y si no fuera suficiente, este mismo año colaboró en la compilación de Yellow Lounge.
Como para volver a mirarse al espejo tras la obra en vivo Milwaukee At Last! (09), presentó el intimista All Days Are Nights: Songs for Lulu (10), dedicado a su hermana y que incluye algunos sonetos de Shakespeare, encontrando al compositor con su piano, sin más acompañamiento que sus profundos sentimientos de pérdida, expulsados a través de vocalizaciones honestas, de pausado dramatismo y apasionado virtuosismo. Para su visita a México, trae consigo Out of the Game (12), producido por Mark Ronson y cuyo aliento retro nos remite a un cierto rock setentero radial: queda claro que Rufus Wainwright, además de saber compartir sentimientos, puede ser un conocedor guía que nos lleve por géneros y épocas musicales en apariencia pasadas, pero nunca en fuera de juego.

MEMORIA EN TRANSICIÓN, IDENTIDAD EN RECONSTRUCCIÓN

2 mayo 2013

Sabemos que los recuerdos constituyen parte esencial de nuestra personalidad: somos lo que nos acordamos. Sin ellos, podemos ser quien sea, menos quienes solíamos ser, y estamos a merced, aún más, de las eventualidades del momento, de lo que los demás nos dicen y de los caprichos del azar. El extravío de la memoria ha servido como detonante para diversas películas como la románticamente enigmática El año pasado en Marienbad (Resnais, 61) o la angustiantemente laberíntica Amnesia (Nolan, 00), por mencionar un par de ejemplos notables. Ahora, dos filmes, en cartelera y en el circuito de video, que rondan el asunto de la importancia de mantener alguna noción de quién eres, para saber quién quieres llegar a ser.

EN TRANCE
El versátil director inglés Danny Boyle (Vidas sin reglas, 97; Sunshine, 07; Quisiera ser millonario, 08; 127 horas, 10) regresa al enfoque de Tumba al ras de la tierra (94), tras participar en los Juegos Olímpicos de Londres, para proponernos un rompecabezas cuidadosamente armado, soltando trampas que esperan convertir en cómplice al espectador y estableciendo un juego de espejos en el que nos invita a participar sin hacer demasiadas preguntas, porque entonces se pierde el chiste. La historia transita en dos dimensiones –la realidad objetiva y la cabeza del protagonista- presentadas como partes de un mismo desarrollo argumental en forma intrigante, salvo la innecesaria escena del tipo hablando con media cabeza volada por un tiro.
La clave de En trance (Trance, RU, 13) es el desarrollo de la ambigüedad de sus personajes con agendas propias, abriendo diversas posibilidades para el despliegue del guion escrito a cuatro manos por Joe Ahearne, conocido en la televisión, y John Hodge, quien ha colaborado varias veces con el director; a pesar de ciertas acciones y decisiones de los involucrados poco creíbles o sostenidas con alfileres, la historia avanza de manera hipnótica, con sutiles toques de humor, y consigue atraparnos desde el mismo arranque, con la secuencia del robo de la pintura y a través de sus diversas perspectivas que se pasean por el thriller criminal, el romance apasionado y el apunte artístico.
En tranceLas actuaciones de James McAvoy, como el jugador empedernido de inestable carácter, de Vincent Cassel como el líder de los ladrones de arte y de Rosario Dawson como la hipnoterapista entrando a territorios peligrosos, le brindan a este extraño triángulo entre cómplice, explosivo y amoroso, el suficiente peso actoral como para que nos olvidemos de ellos y pensemos más en sus criaturas, enclavadas en un contexto de relaciones que apuntan hacia diferentes motivaciones con todo y secretos guardados voluntaria o involuntariamente, en los que se les puede ir La vida en el abismo (96), acabar como Millonarios (04) o de plano sufrir un Exterminio (02) mutuo.
Gracias al notable trabajo de edición se pueden soltar cabos sueltos que van cayendo en la lógica de la historia sin que se desperdicie ninguno, estableciendo procesos de ida y vuelta entre los recuerdos y el presente, entre las causas y consecuencias solo comprendidas hasta que se develan ante la memoria y la consciencia. A tono con la temática está la propuesta visual: el uso de las tomas oblicuas, alterando la horizontalidad y verticalidad del encuadre, además del intenso empleo de las paredes amarillas y verdosas, entremezcladas con los rojos intensos o las penumbras, provocan que en efecto nos podamos sentir en un mundo que salta de la imaginación mental a la concreción pura y dura, con un score de electrónica creciente que nos pone en estado de alerta, nunca en trance.

PÉRDIDA TOTAL
Un hombre despierta en el interior de un auto en medio del bosque, herido y sin memoria alguna no solo de lo que lo llevó ahí, sino de quién es; otros hombres cerca de él están muertos, hay armas y por más que trata de reconstruir con algún indicio, no lo consigue: la presencia de un perro y de una mujer que aparece y desaparece inadvertidamente, lo empiezan a movilizar física y mentalmente. ¿Qué tan necesarios son los recuerdos y el reconocimiento de la identidad propia para poder sobrevivir en un medio hostil? ¿Qué sentido tiene luchar por mantener una vida que ni siquiera sabes en qué consiste?
Dirigida por el debutante Michael Greenspan, Pérdida total (Wrecked, EU, 11) es una asfixiante mirada a la lucha de un hombre para recuperar la cordura y la conciencia de sí mismo, aunque el descubrimiento final pueda no ser lo que más le agrade: quizá resulta que eres un ser despreciable pero con todo, mejor saberlo a no tener la menor noción de quién se supone que eras. La película juega con la idea de que acompañemos a este extraviado sujeto en su lucha por seguir con vida y descubrir su identidad, viaje al cual colabora en definitiva la notable actuación de Adrien Brody, quien sin mayores problemas se echa el film al hombro.