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ANTMAN & ETHAN HUNT: IRRUPCIONES

7 agosto 2015

Un par de blockbusters rescatables del verano fílmico coinciden en desarrollar un episodio en el que los protagonistas tienen que ingresar a empresas de alta tecnología, convertidas en fortalezas infranqueables, para evitar que los siniestros malosos, ambos en primera instancia formando las filas de los buenos, concreten sus perversos planes salpicados de la usual venganza contra quienes, según ellos, los usaron y después los despreciaron o dejaron de entenderlos: en el fondo, parece un asunto de necesidad de afecto.

HORMIGAS AL RESCATE

A estos maravillosos insectos los hemos visto en plan montonero escenificando Marabunta (Haskin, 1954); como reflejo de la lucha de clases en Hormiguitaz (Darnell & Johnson, 1998) y cual comunidad explotada esperando un libertador en Bichos (Lasseter, 1998). Pero también pueden organizarse en torno a un héroe que se hacía grandote y se hacía chiquito para evitar una catástrofe; un tipo que de pronto puede combinar lo mejor de ellas con lo más rescatable de la raza humana: si arañas y moscas ya se habían mezclado con nosotros, por qué no estas industriosas criaturas de fidelidad a prueba de moches.

Dirigida por Peyton Reed (Yes, Man, 2008) con base en el personaje creado por el trío Lee, Lieber y Kirby, especie de superhéroe menor en contraste con Spiderman, Antman (EU, 2015) resulta ser la grata sorpresa del verano comiquero gracias a la ingeniosa combinación de humor, aventura y adecuada construcción de personajes que se desarrollan a través de un guion, cortesía de Edgar Wright y el propio Paul Rudd, entre otros, que apuesta por un enfoque de sencillez que redunda en un film justo para el entretenimiento, que a estas alturas no es asunto menor.

Cual Increíble hombre menguante (Arnold, 1957), un ladrón recién salido de prisión que busca un trabajo estable para estar cerca de su hija, termina aceptando el clásico último robo que lo llevará a verse en la necesidad de participar en una extrañaAntman misión, junto con el científico creador de un imperio industrial ahora fuera de las decisiones de su propia empresa, y la hija de éste, con todo y sus resentimientos hacia el padre y las dudas respecto al nuevo recluta. Si en Ant Bully. Las aventuras de Lucas (Davis, 2006) un niño se hacía parte del hormiguero, aquí las hormigas se pondrán a las órdenes del insospechado héroe.

Paul Rudd como el portador del traje convertidor, Evangeline Lilly como la férrea mujer aún con asuntos por reclamar y Michael Douglas en el papel del brillante científico intentando que su invento no caiga en las manos equivocadas, muestran una bienvenida química tanto en los momentos tensos como en los de complicidad absoluta. Cumplidor también resulta el villano, encarnado por Corey Stoll, a quien vimos ser manipulado por Kevin Spacey en House of Cards (Willimon, 2013 – ).

Las secuencias narrativas del cómplice interpretado por Michael Peña le aportan la cuota de humor al filme, mientras que el entrenamiento del futuro hombre hormiga le brinda dinamismo a la historia, sobre todo cuando se presentan los tipos de estos insectos y en los momentos en los que se presentan los intentos humanos para adquirir los poderes de los himenópteros. La inserción en el mundo de los Vengadores y la relación entre padres e hijas, respectivamente, redondean un film del que se esperaba una pequeña contribución, pero que terminó engrandecido, como la contribución de cada hormiga para su colonia

SINDICATO FANTASMA

Dirigida y coescrita con confianza por Christophe McQuarrie, quien ya dirigió a Tom Cruise en Jack Reacher (2012), además de escribir los guiones de Al filo del mañana (2014) y las historias de Operación Valquiria (2008) y Sospechosos comunes (1995), Misión: Imposible – Nación secreta (EU, 2015) apuesta por la acción inteligente y cargada de adrenalina, gracias a una fotografía de constantes vaivenes y al arriesgado trabajo de montaje que nos coloca en el vértigo de un avión, en la velocidad de la carretera y nos sumerge en lances con muy poco margen de éxito.

Sin alcanzar las cuotas de su predecesora Protocolo fantasma (Bird, 2011), el filme se inserta en esta renovada tendencia de la saga para presentar más el trabajo en equipo, como sucedía en la serie televisiva, que el heroísmo individual, si bien se sigue manteniendo como claro protagonista Ethan Hunt, con un Tom Cruise echando toda la carne al asador y combinando bien tanto con el infalible Simon Pegg, ya dueño de la vertiente humorística, como con Rebecca Ferguson, funcionando como centro gravitacional de los conflictos.

Misión imposible 5Jeremy Renner, Ving Rhymes y Alec Baldwin, sumándose al cuadro como el jefe de la CIA, complementan un reparto sólido, en el que se incluye Simon McBurney como el jefe espía inglés y Sean Harris, metiéndose en el piel de un manipulador y anticipatorio villano que alcanza buenas dosis de siniestralidad, a pesar de darle una y otra oportunidad a la ambigua mujer que un día parece estar de un lado y al siguiente del otro. Pareciera que el presente de los conflictos bélicos ya no se centra en las naciones que conocemos, sino en esos países deslocalizados que emergen para buscar el control ideológico, político y económico.

Ya se sabe que el que a hierro (no) mata, a hierro muere, por lo que la batalla no admite tregua o empate: estará escenificada por bandos invisibles que parecen no existir pero que se mueven sigilosamente por los pasillos del contraespionaje, causando o evitando daños de proporciones mundiales. Más que una historia articulada, estamos frente a emocionantes episodios como los que se desarrollan en la Ópera, al estilo de diversos filmes; en el avión y en la intromisión acuática al complejo para robar información, así como en la que aparece el Primer Ministro inglés (Tom Hollander) y la correspondiente al desenlace.

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DE LAS CARRERAS CALLEJERAS A LA SALVACIÓN DEL MUNDO

29 abril 2015

La propuesta inicial era simple: coches, acción y personajes entre esculturales y rudos, navegando por los límites de la ley. Ediciones vertiginosas, música callejera que coquetea con el dance y presencia de raperos, habilidosos stunts, mujeres dando la salida con escasez de ropa y tramas apenas suficientes para abrirle paso a las piruetas de los verdaderos protagonistas: modelos automovilísticos cual objetos fetiche a los que se les debe rendir culto más allá de su funcionalidad, cuidadosamente modificados para alcanzar velocidades de espanto, recorriendo ciudades cosmopolitas como Los Ángeles, Miami, Tokyo, Río de Janeiro y la que siga.

Así se presentó el filme Rápido y furioso (Cohen, 2001), centrado en las carreras callejeras y en dos personajes al principio antagónicos: Brian O´Conner, un policía encubierto que duda acerca de su lugar en el mundo, sobre todo después de conocer a la hermana de su objetivo, y Dominic Toretto, tipo rudo corriendo por los márgenes de la legalidad que no aparece en la segunda parte, +rápido y +furioso (Singleton, 2003). Parecía suficiente para una saga a la que ya no se le veían muchas rutas de escape, pero como buena sobreviviente callejera, se resistía a morir.

Cambiando de protagonistas y con el director taiwanés Justin Lin tomando el volante en las siguientes entregas, se produjo Rápido y furioso: Reto Tokyo (2006), cual desvío en el camino secuenciado aunque entroncando ligeramente con la séptima entrega, para retomarlo con el corto Los bandoleros (Diesel, 2009), especie de puente argumental entre la segunda y cuarta cinta, titulada Rápidos y furiosos (2009), ya con los dos rivales en plena misión conjunta, y con Rápidos y furiosos 5in control (2011), en la que se incorpora el rudísimo agente federal Hobbs, quien continuó en Rápidos y furiosos 6 (2013).

Estas dos últimas entregas volvieron a revivir una franquicia que se quedaba sin gasolina. Los argumentos se fueron mejorando un poco conforme avanzaban las cintas y, sobre todo, la forma de construir las relaciones entre los personajes, independientemente de los villanos de rigor, entre los que predominaron narcotraficantes, además de algún británico enloquecido. Como por arte de magia, el equipo transitó de ser un grupito de rebeldes de banqueta metidos a mercenarios, para convertirse en un sofisticado destacamento de salvación mundial.

RÁPIDOS, FURIOSOS Y FAMILIARES

Todos en sus marcas, listos y fuera. Ahora el malayo James Wan, especialista del cine de terror, se convierte en el piloto (no automático, al contrario) de Rápidos y furiosos 7 (Fast & Furious 7, Japón-EU, 2015), en la que Roman (Tyrese Gibson) quiere mostrar sus habilidades directivas entre broma y broma; Letty (Michelle Rodriguez) va y viene con los recuerdos; Tej (Ludacris) continúa haciendo malabares informáticos; Sean (Lucas Black) reaparece desde Tokyo y tanto Toretto (Vin Diesel) como Brian O’Conner (Paul Walker), están más unidos que nunca, protegiendo a Mia (Jordana Brewster) y su retoño, al tiempo que lideran este clan vuelto familia.

Rápidos y furiososCon un guion poroso y simple cuyo conflicto central es el control de un software de alcance apocalíptico que todo lo puede ver como si del ojo de Dios se tratara, aderezado por la búsqueda de venganza por parte del maloso (un bienvenido Jason Statham, metiéndose hasta la cocina), después de que nuestros héroes de asfalto dejaran en coma a su hermano, llegamos a la séptima entrega de la serie como si la carrera apenas hubiera empezado. Para abrir y cerrar, ahí está la imponente figura de Hobbs (Dwayne Johnson), un rompeyesos hecho de roca que aparece en el momento justo, ayudado por una intermitente Elena (Elsa Pataky).

Un villano adicional (Djimon Hounsou, en plan de terrorista somalí), como se estila en las recientes películas de cómics, un personaje nuevo con gran influencia (Kurt Russell, brindando con cerveza belga), una astuta hacker (Nathalie Emmanuel, en pleno juego de tronos) y una superproducción que nos lleva a recorrer ciudades al estilo Bond con una abultada carga de efectos especiales, pirotecnias visuales, las persecuciones y explosiones de rigor, tiroteos por todas partes y las infaltables peleas cuerpo a cuerpo de rivalidades definidas, incluyendo el acostumbrado enfrentamiento femenino, con un cierto aroma callejero.

No hay mucha preocupación por resolver las secuencias (¿Cómo salieron de la fiesta del príncipe? ¿Qué pasó con el hombre que los contrató?), ni por el asunto de la continuidad; las leyes de la física quedan suspendidas (lo cual se entiende) y los peleoneros prácticamente no sangran ni les salen moretones (también se entiende por el asunto de la clasificación), a pesar de los imparables golpes que a cualquier mortal lo hubieran dejado inconsciente desde el principio. Si bien se busca la complicidad del espectador, se pudo haber puesto más atención en el flujo de los acontecimientos.

En el filme se inserta una inevitable metanarrativa que fusiona la vida real con la representación en pantalla: el reciente fallecimiento de Paul Walker en un accidente automovilístico, en el que paradójicamente no iba manejando y se dirigía a una celebración de caridad, le confiere a la historia narrada un halo de nostalgia y tristeza, sobre todo cada vez que el personaje corre el riesgo de morir o bien cuando transcurre un funeral. No obstante, el homenaje explícito hacia el final de la cinta resulta ser un cierre inusualmente conmovedor para este tipo de propuestas.

X-MEN O LOS RECUERDOS DEL PORVENIR

31 mayo 2014

Cuando el presente es insostenible y no se vislumbra ninguna alternativa de cambio, conviene mirar al pasado, analizar las causas y sus relaciones que influyeron en el estado de las cosas y, desde ahí, aventurar algunas opciones de transformación. Si la historia se desconoce, la maldición es repetirla hasta que el tejido social aguante o, como suele suceder, se avizoren posibles modificaciones que a la mera hora terminan siendo más de lo mismo, aunque mantienen la esperanza en un mejor futuro que, paradójicamente, se vuelve un analgésico para intentar trastocar la situación actual y de paso, aceptarla como un mal necesario.
Para los humanos solo nos queda estudiar lo que sucedió, analizarlo y reflexionar sobre ello para tratar de hacer algo diferente y evitar la piedra resbaladiza. Para los X-Men, aparecidos en el universo Marvel en 1963, existe la oportunidad de mandar a alguien al pasado para tratar de modificar la historia justo cuando todavía no ha sucedido; un poco como le hizo la maligna inteligencia artificial en Terminator (Cameron, 1984), aunque no contaba con la astucia de la resistencia de carne y hueso, que hizo lo propio para procrear y salvar al líder del futuro aún no nacido.
En X-Men: Días del futuro pasado (EU-GB, 2014), se presenta un futuro distópico en el que tanto humanos como mutantes, cual Sospechosos comunes (1995), son dominados por los centinelas, unos quemantes robots sin rostro de diseño tan impersonal como paralizante, que se apropian de los poderes de quienes los atacan y, además, están hechos de un material que prescinde del metal, reduciendo el poder de Magneto a la mera añoranza por su comportamiento soberbio y bélico. Marginados, sobreviven en constantes trifulcas abriendo portales en el tiempo para engañar provisionalmente al enemigo y contar con más tiempo para encontrar la solución.
Un grupo de mutantes integrado por Iceman (Shawn Ashmore), Sunspot (Adan Canto), Bishop (Omar Sy), Colossus (Daniel Cudmore), Blink (Bingbing Fan) y Warpath (Booboo Stewart), conforman una célula que resiste una y otra vez la muerte o su acechanza, como sucedía en 8 minutos antes de morir (Jones, 2011) y en Al filo del mañana (Liman, 2014), gracias a la habilidad de Kitty Pride (Ellen Page), quien puede mover conciencias a través del tiempo que avisen con la suficiente anticipación de la llegada de los centinelas.
Así, los otrora antagonistas líderes de los dos bandos de X-Men, deciden enviar, con la ayuda de Pride, al incombustible Wolverine (Hugh Jackman ya asumido como todo un glotón, según traducción literal), único que aguantaría el periplo por los gusanos temporales, justo cuando se estaba cocinando la manufactura de estos artefactos terroríficos, con la misión de convencerlos a ellos mismos, ahora en situación depresiva, para que trabajen juntos y puedan detener el asesinato perpetrado por Raven/Mystique (Jennifer Lawrence con cara de perpetuo rencor) en contra del ambicioso diseñador de las armas (Peter Dinklage, todavía jugando a los tronos), cuyos planes fueron retomados con siniestras consecuencias.
X-Men futuroLa historia de Goldman, Kinberg y Matthew Vaughn (director de la cinta anterior) se plasma en un inteligente guion que combina pertinentemente apuntes históricos –Kennedy, Nixon, Vietnam- con un suficiente desarrollo dramático que sostiene los momentos tanto de acción como de humor, brindándole al film la necesaria variedad que exigen los blockbusters de estos tiempos. Además, se resuelve de manera ingeniosa la integración de las primeras entregas (X-Men, 2000; X-Men 2, 2003; X-Men III: La batalla final, Ratner, 2006) con la oxigenante X-Men: Primera generación (Vaughn, 2011) e incluso con las cintas de X-Men orígenes: Wolverine (Hood, 2009) y Wolverine: Inmortal (Mangold, 2013).
Responsable de las dos primeras entregas, Bryan Singer (Valkiria, 2008; Jack el caza gigantes, 2013) vuelve a dirigir con conocimiento de causa, tanto en relación con los personajes y su desarrollo, como con la lógica de las películas orientadas al entretenimiento inteligente que trasciende la pirotecnia visual para más bien aprovecharse de ella e, incorporando el componente fantástico, destacar la trama con los conflictos de los personajes por delante: mientras la vejez le ha dado una mayor sabiduría a los jefes, en su juventud insisten en operar bajo ciertos esquemas autodestructivos escondidos en comportamientos soberbios o derrotistas.
Claro que se requiere un sólido casting: tanto James McAvoy como Michael Fassbender interpretan con brío a los controladores de mentes y metales, respectivamente, mientras que Patrick Stewart remite de inmediato al profe y Sir. Ian McKellen es garantía para pasar de la maldad al arrepentimiento y de ahí a la grandilocuencia en un solo cambio de gesto: o sea, puede transitar de Gandalf a Magneto sin despeinarse y solo cambiando sombrero por casco. No obstante ciertos cambios de opinión de los personajes parecen demasiado fáciles, los diálogos refuerzan la fuerza de la historia, considerando motivaciones, angustias y afectos de los protagonistas.
No faltan las secuencias absorbentes como la fuga del Pentágono, con todo y el tono humorístico en cámara lenta; la del final de la guerra cuando Mystique hace de las suyas y conocemos al joven Striker (Josh Helman) y la del desprendimiento del estadio, como para que no se nos olvide que todo es parte de la sociedad del espectáculo. La recreación de los setenta no solo pasa por las patillas, la música y las chamarras de cuero café, sino también por la exposición de la idiosincrasia, particularmente la referida a la guerra fría, todavía lejos de enfriarse a pesar del fin del conflicto en Vietnam.
Cierto es que se desperdicia el potencial narrativo de Quicksilver (Evan Peters, siempre en el fugaz cotorreo) y algunos personajes importantes como Storm (Halle Berry), Beast (Nicholas Hoult) y Rogue (Anna Paquin) quedan reducidos en su desarrollo, quedando al nivel de comparsas; el desenlace, por su parte, no está a la altura del resto de la película aunque vale la pena quedarse al final de los créditos para ahora sí entender cómo se construyeron las pirámides de Egipto. Hasta el momento, se trata de la superproducción más sólida, junto con Godzilla, en lo que va de la colección primavera-verano del catálogo fílmico.

HÉROES EN LAS ALTURAS

26 mayo 2014

Ya sea contemplando la ciudad desde la punta de los rascacielos o vigilando a los pasajeros en el interior de un avión en pleno vuelo, tenemos a dos hombres de edades diferentes que se debaten entre el cumplimiento de su deber y sus conflictos afectivos, particularmente lidiando con la pérdida de algún ser querido. Películas de acción orientadas al entretenimiento y a la adrenalina que, no obstante, se dan el tiempo para humanizar a sus protagonistas que difícilmente pueden poner los pies en la tierra.
HOMBRE ARAÑA ELECTRIFICADO
La nueva saga del superhéroe más famoso de Marvel, tras la trilogía dirigida por Sam Raimi (2002; 2004; 2007), inició con una formulación del personaje sin despegarse demasiado de sus premisas básicas, quizá dándole más importancia a ciertos factores pero a fin de cuentas recuperando su perfil característico: acaso el cambio más notable se advierte en la personalidad del humano-arácnido, quien pasó de ser un tímido preparatoriano de pronto probando su lado oscuro, a un joven de buen ánimo dispuesto a bromear mientras se bate a muerte con algún villano.
Para esta transformación también hacía falta otro actor: ahí entra al relevo Andrew Garfield, quien puede desenvolverse en el tono de comedia y al mismo tiempo darle un cierto toque dramático cuando lo amerita, como bien lo hizo en La red social (Fincher, 2010) y Nunca me abandones (Romanek, 2010). De igual manera, se imponía el cambio en la actriz que interpretara el siempre difícil interés romántico: Emma Stone, igual probada en la comedia y en el drama, cumple con el papel de ser la joven con aspiraciones y cierta capacidad de riesgo para no conformarse con caer en las redes del galán saltimbanqui.
Dirigida por Marc Webb, responsable de El sorprendente hombre araña (2012), y con guion escrito por una multitud que se nota por todos los cabos sueltos no del todo cerrados, El sorprendente hombre araña 2: la amenaza de Electro (EU, 2014) plantea las dificultades que enfrenta el protagonista para lidiar con todas sus relaciones y, además, contener a los villanos de cajón, empezando por el desaprovechado rinoceronte Aleksei Sytsevich (Paul Giamatti, furibundo en sus risotadas), continuando con el empleado necesitado de atención ahora electrificado hasta ponerse azul de soberbia (Jammie Fox, lleno de timidez resentida) y terminando con Harry Osborn, en trance de volverse duende verde (Dane Dehaan, repitiendo su papel de Poder sin límites [2012], que tan bien le sale).
Spiderman es un joven que tiene que asimilar su orfandad, aquí explicada con otras aristas, y combinar sus tareas de rescate con sus relaciones familiares, representadas por la tía (Sally Field); amistosas, expresadas en el reencuentro con Harry, y románticas, que lo colocan en estados de efusividad y depresión en un parpadeo. No obstante, se trata de un personaje que no se sume en las profundidades existenciales vistas en otros como Batman o algunos de los X-Men, sino que mantiene ese tono de cierta fantasía comiquera en donde la vida se va armando cuadro por cuadro.Spiderman 2014 1
Como demostró en 500 días con ella (2009), el director sabe construir relaciones amorosas creíbles combinando el drama y la comedia, tal como lo desarrolla en esta entrega del fotógrafo misterioso: el vínculo romántico ocupa un espacio importante de la trama, incluyendo la imposibilidad por la promesa hecha al padre de Gwen Stacy y tanto por su alternativa de irse a estudiar a Londres como por el tipo de actividad que desarrolla su enmascarado novio. Se vuelve a colocar a la empresa, en este caso Oscorp, como villana indirecta y campo de luchas de poder, mientras que los problemas de personalidad una vez más se ven acrecentados cuando se adquieren capacidades más allá de lo esperado.
Con fluida edición para el desarrollo de la secuencias, una ambientación propia del mundo conocido de Spiderman y con un suficiente balance entre puños y palabras que incluyen algunas líneas de diálogo ingeniosas, la cinta funciona justo para lo que fue realizada: brindar entretenimiento y abrir espacios para que la esperada trilogía cierre en una tesitura de cierto desparpajo, pero sin dejar de dibujar las dificultades que implica ser el objeto de tantas expectativas, como si de una telaraña inabarcable se tratara.

SIN TIEMPO PARA EL JET LAG
Dirigida por el barcelonés Jaume Collet-Serra ya instalado en Hollywood (La casa de cera, 2005; La huérfana, 2009) y volviendo a hacer equipo con Liam Neeson como en Desconocido (2011), Non-stop: sin escalas (GB-Francia-EU, 2014) logra generar la tensión suficiente como para que nos pongamos el cinturón de seguridad, a pesar de las arbitrariedades del guion y de ciertas secuencias que terminan siendo ilógicas una vez conocido el desenlace, como la insistencia por inculpar al protagónico, por ejemplo.
El asunto es que en un vuelo de Nueva York a Londres, un policía aéreo medio entregado a la bebida por una pérdida no resuelta, recibe un mensaje amenazante: o se depositan 150 millones de dólares en una cuenta secreta (que luego resulta estar a su nombre) o un pasajero morirá cada 20 minutos. Claro que el protagonista empieza a buscar al sospechoso ayudado por algunos pasajeros, convenciendo con dificultades a los de control aéreo y a la tripulación, mientras que la sentencia empieza a cumplirse en situaciones extrañas.
Ciertas pistas resultan ingeniosas y la presentación de los candidatos para erigirse como culpables, incluyendo el prejuicio racial y social, resulta suficiente para crearnos incertidumbre y mantenernos al filo de la butaca, aunque al salir de la sala todo quede como una turbulencia pasajera que se resolvió de una forma que no nos generó preocupación o sorpresa. Es decir, el trazo de los personajes no alcanzó a que nos interesara, más allá de la curiosidad, quién era la o el extorsionador, ni si tenía motivos más allá del billete.

VIEJOS EN ACCIÓN O EL RETORNO DE LOS HÉROES OCHENTEROS

8 diciembre 2013

El cine de acción se diversifica en personajes y en estrategias visuales, acaso en ciertas resoluciones narrativas, pero la base sigue siendo la misma: uno o dos tipos al filo de la legalidad, sobreviviendo a su propia soledad y demonios internos, que terminan por detener criminales declarados o corruptos representantes de la ley, después de las consabidas explosiones, persecuciones, balaceras, golpizas y rescates de algún ser querido presumiblemente distanciado.
El género tuvo un fuerte auge en los ochenta y ahora parece que los protagonistas están de regreso. Ya lo decía José Felipe Coria en su columna titulada Geriatrón (El Financiero, 04/03/13): “La combinación de géneros resultó interesante al fundar el humor posmoderno y cuando la acción trepidante se llenó de audaces movimientos de cámara”. Si bien las generaciones recientes tienen sus propios héroes de acción rápidos y furiosos, ahora también ubicados en los videojuegos, resulta interesante en términos de audiencia que dentro de esta tendencia retro-ochentera también reaparezcan los personajes que surgieron en aquellos años.
De esta manera, una cinta como Los indestructibles (The Expendables, 2010) convocada y dirigida por Stallone, apela a una nostalgia jocosa en la que se ponen canas y arrugas por delante para reírse de sí mismos, pero al fin demostrar que todavía salen muchas correas de sus cueros: los años no pasan en balde porque aunque se pierdan capacidades físicas se ganan experiencias que permiten resolver las situaciones límite o al menos soltar el comentario ocurrente, como sucede en la inminente secuela Los indestructibles 2 (West, 2012), que anticipa una tercera entrega y así hasta donde se pueda.

JUBILACIÓN POSPUESTA
El propio Sylvester Stallone, quien revivió a sus personajes paradigmáticos en Rocky Balboa (2006) y John Rambo (2008), es dirigido por Walter Hill, otro veterano de regreso y responsable de la modélica 48 horas (1982) y de la memorable El peleador callejero (Hard Times, 1975) con Charles Bronson, en El ejecutor (Bullet to the Head, 2012), en la que se sigue a un matón ya añoso que de pronto es traicionado por sus contratistas y, junto a un policía coreano forma una divertida pareja para desenmascarar a los malosos y salvar, de paso, a su crecidita hija.
Andando como quien se las sabe de todas (casi) todas, pidiendo un bourbon que ningún bar tiene, buscando la salida en auto de lujo si se puede y soltando sarcasmos, balas y trancazos a diestra y siniestra, James Bonomo (Stallone) es un personaje que quizá hemos visto miles de veces en situaciones parecidas: la diferencia, al parecer, radica en la forma de representar a un viejo mercenario que no solo usa el colmillo, sino que todavía puede hablar con los puños y enfrentar a jóvenes gigantones vueltos máquinas de matar.
Mientras tanto Arnold Schwarzenegger, parte del elenco indestructible, ha vuelto al ruedo de la ficción después de su paso por la política (quizá otra forma de ficción, por cierto), que lo llevó a ser gobernador de California del 2003 al 2011. Ahora, en el mundo fílmico, se convirtió en Ray Owens, un sheriff de un pequeño pueblo ubicado en la frontera con México. Al borde el retiro, se convertirá en la oportunidad final para detener a un peligroso narcotraficante, perseguido por medio mundo, que tiene que pasar por sus olvidados dominios para salir de Estados Unidos.
IndestructiblesDirigida por Kim Jee-Won (La maldición de las hermanas, 2009), El último desafío (The Last Stand, 2013) juega creativamente con dos escenarios que van convergiendo en la pelea final, desarrollada a partir de un indudable espíritu western. Ahí queda la frase memorable del sheriff cuando se dirige al escurridizo delincuente para hacerle notar que no haga quedar mal a los inmigrantes hispanos. Y eso que era republicano.
Por su parte, Bruce Willis, además de participar en películas de otros géneros usualmente con buenos resultados (Asesino del futuro, 2012; Un reino bajo la luna, 2012), ha sido figura constante en el cine de acción: recientemente continuó con la saga de John McCLane en Duro de matar: un buen día para morir (Moore, 2012), en la que va a buscar a su hijo en Rusia para verse en medio de un conflicto de proporciones explosivas que deberá ser resuelto, como cabría esperar, por los McClane.
Actuó en las olvidables Dura verdad (The Cold Light of Day, El Mechri, 2012), Fuego con fuego (Barrett, 2012), Un robo con riesgos (Set Up, Gunther,2011) y Catch .44 (Harvey, 2011). Dentro de la tendencia de combinar experiencia, comedia y acción, fue integrante del grupo de agentes de regreso al campo de batalla en las disfrutables dos partes de Red (Parisot, 2013 / Schwentke, 2012) e hizo acto de presencia en G.I. Joe: La venganza (Chu, 2013), otra cinta que pronto pasó a formar parte del montón.

TODAVÍA BUSCANDO PELEA
Finalmente, moviéndose en los circuitos del video (buscar en los botaderos de los supermercados) y cada vez menos llegando a las salas cinematográficas, otro par de héroes de acción siguen haciendo películas, rutinarias si se quiere, pero todavía con ganas de atrapar malosos o ser uno de ellos sin importar la notoria sobreactuación y desgaste. Por una parte, el sueco Dolph Lundgren, quien saltara a la fama como el rival ruso de Rocky, ha entregado recientemente Blood of Redemption (Serafini y Sourgose, 2013), El blanco de los asesinos (One in Chamber, 2013), Entrega explosiva (The Package, 2013), Regreso al presente (Retrograde, 2012) e Icarus (2010).
Por la otra, Jean-Claude Van Damme ha resucitado a su personaje más famoso en Soldado universal 3: Regeneración (2009) y Soldado unviersal 4: Día del juicio (2012),), ambas dirigidas por John Hymas, quien también se encargó de la rutinaria Los ojos del dragón (2012). La saga inició con Soldado universal (Emmercih, 1992) y el mismo Lundgren ha participado activamente. El actor belga sorprendió a propios y extraños con su actuación en JCVD (El Mechri, 2008), en la que se interpreta a sí mismo viviendo similares problemas a los de su vida real, entre adicciones y rupturas familiares. Estos dos actores participaron también en la ahora serie de Los indestructibles.
En fin, ahí siguen los veteranos héroes de acción, medio restirados y hojalateados, con las dotes actorales de siempre, prefiriendo los golpes de sus enemigos fílmicos a ser derrotados por una invencible jubilación. Como muestra de que la mata sigue dando, Plan de escape (Håfström, 2013) vuelve a reunir a Rambo y Terminator para compartir grescas y bromas sobre la vejez.

VIAJE A LAS ESTRELLAS: DIBUJANDO LA OSCURIDAD

21 mayo 2013

Cuando se retoma una franquicia harto conocida con legiones de ortodoxos fans dispuestos al abucheo inmediato si cualquier detalle no les parece, resulta indispensable encontrar el equilibrio entre respetar la esencia y adherir elementos de actualización e innovación que le abra las puertas a nuevos adeptos, sin que los viejos seguidores abandonen la cofradía por la salida de atrás, murmurando molestas palabras indescifrables, quizá del lenguaje propio de su serie o saga favorita. Pero en este caso, como en la vida misma, se impone la disyuntiva de renovarse o morir.
El productor, escritor y director J.J. Abrams, conocedor de las lógicas narrativas apropiadas para el mundo del blockbuster, consiguió transitar por esa delgada línea entre tradición y novedad, primero con Misión Imposible III (06) y después con Star Trek (09), aprovechando su bagaje televisivo en series de resonancia mundial como Lost y Alias, desarrolladas a lo largo de la primera década del siglo XXI; finalmente, se confirmó como digno discípulo de Spielberg con Súper 8 (11) y ahora se ha anunciado que será el responsable de darle vida al séptimo episodio de la Guerra de las Galaxias: parece ser el hombre adecuado, según ha dicho el propio George Lucas.
Estamos frente a una serie televisiva que empezó a mediados de los sesenta creada por Gene Roderberry, aquí conocida como Viaje a las estrellas; saga cinematográfica iniciada en 1979 e integrada por 12 películas, incluyendo ésta, con diferente nivel de calidad y recursos y todo un culto que se manifiesta a través de diversos medios, entre los que no pueden faltar las reuniones llenas de frikis, geeks y demás habitantes de la galaxia trekkie, analizando hasta el más ínfimo detalle y elucubrando sobre hipótesis nunca comprobables acerca de los personajes, planetas, lenguajes y demás simbología de alcance cósmico.
Star Trek: en la oscuridad (Star Trek Into Darkness, EU, 13) es una superproducción que, después de la pequeña decepción que supuso Iron Man 3 (Black, 13), sigue a pie de la letra los cánones de las nuevas películas de los grandes estudios, quienes poco a poco se han dado cuenta que ya no basta con el efectismo y la pirotecnia visual, aunque sigue siendo necesaria, sino que se requiere trabajar en guiones más pensados, con personajes empáticos y situaciones que de alguna manera se vinculen con el espectador, aunque la trama se desarrolle en contextos ajenos o lejanos, tanto en épocas, lugares o ambientaciones físicas y psicológicas.
Después de un prólogo en el que los exploradores salvan un planeta de la destrucción con todo y discusión acerca de la toma de decisiones, sin mayores preámbulos nos vamos directo al desarrollo de los episodios que mantienen un dinamismo envidiable: a la media hora de película ya han sucedido tantas eventualidades que pareciera difícil seguir progresando en la historia, propósito que a fin de cuentas se consigue, gracias a los esperados pero eficaces giros argumentales y a una evolución dramática lo necesariamente compleja, no demasiada, como para conservar el interés no solo en las secuencias de acción interestelar o terrenal, sino en los propios personajes y la construcción de sus afectos.Star Trek
De hecho, el sustento del film está basado en la relación de amistad, el aprendizaje mutuo y los contrastes entre ambos protagonistas (Zachary Quinto como Spock y Chris Pine como Kirk), muy bien nutrida por algunos vínculos adyacentes, como el noviazgo de Spock con Nyota Uhura (Zoe Saldana) o la admiración hacia Pike (Bruce Greenwood), por la eficaz presencia de la tripulación de rigor (Karl Urban, Anton Yelchin, John Cho) y personajes nuevos que le vienen bien a la trama, como el científico interpretado por el siempre simpático Simon Pegg o la hija del jefe (Peter Weller, primer Robocop), experta en armas estelarizada por Alice Eve (Ni en tus sueños, 10), quienes compartieron créditos en Big Nothing (06).
Quien se presenta como el villano, con agenda propia desde luego, aparece en un inicio como prácticamente imbatible, cual vampiro cósmico que plantea una cierta ambigüedad no del todo explotada: aunque la gélida interpretación de Benedict Cumberbatch (Expiación, deseo y pecado, 07; Caballo de guerra, 11; El espía que sabía demasiado, 11; El Hobbit, 12) de voz profunda y mirada paralizante, le brinda el necesario contraste al bienvenido humor que aparece entre naves persecutorias, basura cósmica, salvamentos de último minuto, golpizas inverosímilmente soportadas y lances de riesgo incalculable.
Si nos ponemos políticos, por un momento parecería que la misión para atrapar al “terrorista” se asemeja a la de Bin Laden: el susodicho, después de hacer algunas detonaciones en ciudades impecablemente recreadas, se encuentra oculto en un planeta sumamente hostil, a donde llega un grupo de élite con órdenes de aniquilarlo, en contradicción con las posturas acordes a los Derechos Humanos, promovidas paradójicamente por el vulcano/humano, de que toda persona debe tener la oportunidad de contar con un juicio imparcial. Y todo el asunto de los proyectiles con la misteriosa carga en su interior, puede dar para otro tipo de reflexiones.
Las escenografías y ambientaciones tanto internas como externas ya se ubican en un nivel distinto de realismo: ahí está la nave U.S.S. Enterprise, parecida a la casa de Snoopy por aquello de parecer pequeña por fuera pero que por dentro se agranda increíblemente, así como las tomas panorámicas de las ciudades futuristas, acompañadas por el pertinente score de Michael Giaccino y un poderoso sonido también editado en forma exacta. Para la nostalgia, ahí quedan las múltiples referencias y la presencia de Leonard Nimoy, advirtiendo sobre los riesgos por enfrentar.

DJANGO SIN CADENAS: LIBERTAD CON SANGRE

21 enero 2013

Si ya puso a los nazis en su lugar con Bastardos sin gloria (09), por qué no hacerlo con los esclavistas del sur de Estados Unidos durante el siglo XIX, quienes consideraban a seres humanos como posesiones, justificando su racismo con teorías absurdas como la de las diferencias craneanas. Lástima que en ambos casos sea ficción y tanto unos como otros cometieron toda clase de atrocidades al amparo de una legalidad racista y criminal, por paradójico que parezca. En efecto, Quentin Tarantino parece que ha entrado a una fase de justiciero fílmico a partir de su indudable capacidad para el humor negro, la violencia coreográfica y la pepena entrecruzada de géneros considerados como menores.
Un dentista de origen alemán, convertido en caza recompensas hábil para el verbo (Christoph Waltz, hilarante), convence a un esclavo de espíritu rebelde (Jamie Foxx, concentrado), después de “negociar” con los dueños, para que lo acompañe a buscar unas presas, a cambio de darle una corta y su carta de liberación; la asociación parece ir funcionando y un nuevo objetivo se presenta: rescatar a la esposa (Kerry Washington) del ahora hombre, propiedad de un hacendado (Leonardo DiCaprio, desbocado) que gusta de las peleas a muerte entre esclavos además de otras linduras, para lo cual todo un plan se pone en marcha que requiere temple y teatralidad por partes iguales.
Retomando subgéneros marginales ya revisados en su filmografía (Jackie Brown, 97; Kill Bill Vol. 1/Vol. 2, 03/04; A prueba de muerte, 07), Tarantino construye su mirada al personaje central inspirado en el film de Sergio Cobucci de 1966 interpretado por Franco Nero -también apareciendo aquí, a partir de las lógicas narrativas del spagetthi western, con toda la estética visual expresada en los créditos, el uso del zoom y parte de la banda sonora (Luis Bacalov, por ejemplo), aderezada con otras músicas que rompen el molde, desde el hip-hop de RZA (también actor), Tupac Shakur y Rick Ross, hasta Jim Croce, James Brown y Johnny Cash, integrando al maestro Morricone, Verdi y Beethoven, por no dejar.
A manera de complemento, se incorporan claves del black exploitation, género que floreció en los años setenta y que planteaba diferentes manifestaciones de la comunidad negra, particularmente urbana, utilizando el thriller de acción y las músicas propias de la época, interpretadas por artistas afroamericanos. En este cruce de géneros se despliega un diseño artístico que no se detiene para jugar con vestuarios, escenografías y objetos propios de la época, dándoles presencia en los encuadres plásticamente construidos.
DjangoComo le ha sucedido al exempleado de videoclub en sus recientes filmes, desde sus grandes obras Perros de reserva (92) y Tiempos violentos (94), las brillantes secuencias no terminan cuajando en una cinta integral y articulada, sino más bien en excelsos ejercicios de estilo que dada su innecesaria duración, terminan por resultar obras irregulares con momentos geniales de cine en estado de gracia y con otros que denotan una falta de autocrítica y de capacidad de síntesis: como si se supusiera que todo vale la pena integrarlo a la historia, aunque se provoquen derivaciones que muy poco abonan al conjunto.
Argumentalmente, Django sin cadenas (EU, 12) da demasiadas vueltas y no todas las situaciones y personajes terminan por venir al caso (como la hermana del dueño de la plantación), provocando cierta dispersión en la secuencia de los hechos, siempre suplida por diálogos cargados del consabido fino sentido del absurdo y acciones límite que navegan con soltura entre la comedia y el gore, particularmente cuando se recurre al flashback con cambio de textura visual para explicar orígenes o introducirse en el recuerdo angustiante de los personajes (el ataque de los perros, las torturas), encadenados a sus pasados.
Visualmente la cinta no tiene mancha, incluso cuando la sangre parece salpicar hasta la sala de cine; entre travellings indicativos de que se trata de una historia en la que el viaje es la constante, manejo de las sombras como otros personajes y tomas crepusculares muy en la línea de los westerns fordianos, nos colocamos de inmediato en contexto, tanto físico como psicológico, siempre puesto a prueba por el sarcasmo que permea el relato, en contraste con la violencia explícita y hasta la denuncia social, explícitamente representada y, a través de imágenes como los algodonales ensangrentados, sutilmente expuesta.
En efecto, la ironía resulta un catalizador poderoso para la historia: la carreta con la muela danzante, la ingeniosa burla a los fanfarrones del Ku-Klux Klan y las esperadas venganzas hacia todos los capataces ignorantes que hacían del maltrato un estilo de vida. No falta tampoco el apunte crítico hacia los negros traidores vueltos los peores enemigos de su propia gente, representados por la figura del brazo derecho del villano (Samuel L. Jackson), clásico ejemplo de cómo un poco de poder puede convertir a alguien en un ser incapaz de reconocerse a sí mismo y a los suyos.
Más nos vale recordar que cuando nos dirijamos a Django, no pronunciemos la “d”.

ASESINO DEL FUTURO O CÓMO SOBREVIVIR A MI OTRO YO

27 noviembre 2012

Asesino del futuroSuena atractivo contar con la posibilidad de cambiar el propio futuro cuando lo tienes frente a tus ojos: si lo que ves no es de tu agrado o en lo que te convertirás no te parece que cumpla con tus propósitos presentes, ahí tienes la certeza de saber, al menos, lo que no tienes que hacer. Pero si estás bien contigo mismo y de pronto una serie de eventos destruyen tu estabilidad y feliz estado anímico, qué tal darte una vuelta al pasado para intentar, desde ahí, evitar que tu efusivo presente sea alterado. Una paradoja: no te gusta el tipo que fuiste pero tampoco el sujeto que serás, todo según la perspectiva temporal de donde se mire.
Esta premisa, envuelta en un ingenioso guion que por momentos fuerza ciertas coincidencias pero que desarrolla con equilibrio a los personajes y los sucesos, y desplegada a través de una vibrante y abrasiva puesta en escena con cámaras que juegan a partir de dinámicos desplazamientos editados sin miramientos, plantea y sostiene Asesino del futuro (Looper, EU, 12), el blockbuster cienciaficcional más llamativo del año, que se arriesga a pisar un terreno demasiado conocido y trabajado desde diversos géneros –los viajes en el tiempo- solo para encontrar que siempre habrá un resquicio para volver a darle vuelta a la tuerca, como lo hiciera 8 minutos antes de morir (Jones, 11).
Dirigida y escrita por Ryan Johnson (Brick, 05; Estafa de amor, 08), quien ha colaborado con la serie Breaking Bad, esta cinta sobre mercenarios que se mal viajan en el tiempo, despliega un diseño artístico funcional y discreto, enclavado en los ambientes rurales o en las zonas marginales urbanas y solo por momentos abriendo las tomas para mostrar contextos de mayor amplitud, como la mirada a la ciudad o la imposibilidad para esconderse en los maizales. Hay influencia de Philip K. Dick, desde luego, y de una larga tradición en la que se plantean sociedades distópicas dominadas por algún tipo de totalitarismo.
En el año 2044 la telequinesis es común y una chamba bien remunerada consiste en matar tipos enviados por las mafias del futuro (año 2074), quienes aparecen en una lona blanca puesta junto a un campo en medio de la nada: amordazados y en rodillas, solo esperan que el looper del título los aniquile, les quite las barras metálicas de su pago y los incineren, para no dejar rastro. Los viajes en el tiempo ya son posibles pero no están permitidos y, como suele suceder, quienes aprovechan esta lógica prohibicionista son los malosos. Quizá debieran discutir la despenalización de este tipo de (mal)viajes.
Sin embargo, como ningún empleo es perfecto, resulta que a estos matones que gustan de las drogas oculares, se les acaba el chistecito a los treinta años de contrato, situación que se encarga de controlar un grupúsculo de facinerosos comandados por un pausado jefe (Jeff Daniels en el tono justo) que también proviene del futuro –en el que se consideran ridículas las corbatas-, y que se apoya en un violento joven (¿él mismo?) no del todo eficaz pero con bastante tesón y con ganas de mostrarse cumplidor (Noah Segan), como cuando se trata de atrapar a uno de los escapistas (Paul Dano).
El asunto se complica cuando desde el futuro empiezan a llegar los mismos loopers pero treinta años más jóvenes para ser sujetos de una rara especie de suicidio en abonos: como la rueda de la fortuna o frente al espejo, entre asesinos te veas, unas veces arriba, otras abajo, solo para acabar siendo la serpiente que se muerde la cola. Esta paradoja se consigue potenciar, aunque se extrañen ciertas explicaciones de cauces paralelos de desarrollo, cuando uno de los enviados y sentenciados a muerte logra escapar de sí mismo, confirmando que la experiencia sirve para huir de tu propio pasado y no solo para contar anécdotas.
Entran en escena una madre soltera (Emily Blunt con creíble acento rural estadounidense) que vive en una granja alejada del mundanal ruido con su pequeño hijo (Pierce Gagnon), quien ha desarrollado un notable poder para mover objetos cuando hace algún berrinche: éste sí es un hijo tirano y no tonterías, aunque guste del croar de las ranas. El protagónico en su doble versión, de joven y adulto, tendrá un vínculo con esta familia monoparental que se convertirá en el centro del relato, en un audaz movimiento narrativo que provoca una escalada del aparente conflicto central, llevándolo a un territorio de mayor carga dramática, sin descuidar la acción y el frenesí de los acontecimientos.
Bruce Willis, recordando su participación en Doce monos (Gilliam, 95) y en Mi encuentro conmigo (Turteltaub, 00), interpreta con la solvencia acostumbrada a la versión mayor del looper principal, mientras que en modo metrosexual, Joseph Gordon-Levitt hace lo propio en su versión joven, aun pensando en estar 500 días con ella (Webb, 09) o extraviado en El origen (Nolan, 10): ambos tienen una relación amorosa que parece mantenerlos más o menos estables emocionalmente (Qing Xu y Piper Perabo, respectivamente) y mientras uno voltea a China, el otro mira hacia Francia. Pero tienen algo en común: los dos cuidan su presente, a costa de trastocar el pasado o descarrilar el futuro.

SKYFALL O CÓMO REGRESAR A TU PASADO SIN QUE EL CIELO SE DESMORONE

10 noviembre 2012

Ya son cincuenta años de entregarnos espionaje glamoroso con esmoquin siempre recién salido de la tintorería y martinis secos preparados al punto, solo agitados; chicas que llevan el apelativo del apellido que se menciona dos veces, rodeando al primer nombre, y villanos que se burlan de su propia caricaturización, siempre con malas intenciones de alcance mundial. Autos (Aston Martin, de preferencia), moda y gadgets; salones de juego, ciudades fastuosas y paraísos escondidos para lucir anatomías impecables. Intrigas imposibles, resoluciones inverosímiles que juegan con la complacencia del público y una elegante picardía que nos hace guiños constantes, como para que entremos en la lógica de relumbrón exaltada por el consabido score.
A partir de la llegada de Daniel Craig para encarnar a Bond, James Bond (Casino Royale, 06; Quantum of Solace, 08), un poco ha cambiado y otro tanto se ha retomado, sabiendo mantener la tradición pero mirando a los tiempos que corren: expresa ciertos sentimientos, sangra por dentro y fuera, las tecnologías han evolucionado más rápido que su conocimiento y, mejor aún, tiene un pasado del cual se quiere sacudir pero es como si intentara eludir del peso del cielo caído sobre sus hombros: ni la muerte, ni el rincón tropical, ni el alcohol, ni la compañía femenina, ni la picadura de un alacrán, ni buscando el Camino a la perdición (02), Solo un sueño (08) o El mejor lugar del mundo (09)… hay destinos disfrutablemente convulsos y el del nuevo 007 es uno de ellos.
Basada en el personaje creado por Ian Flemming a principios de los cincuenta en la novela Casino Royale (llevada a la TV en 1954 con Barry Nelson en el papel central y al cine en 1967 con David Niven), con guion de los habituales Neal Purvis y Robert Wade, apoyados por la complicidad de John Logan, quien ha trabajado con Burton, Scorsese, Scott y Stone, y dirigida por Sam Mendes (Belleza americana, 99), mostrando sello personal, Skyfall (RU-EU, 12) es la más inquietante, profunda e interesante película que se ha hecho sobre este agente del servicio secreto británico, gracias a una afortunada combinación de elementos que, por la solvente y significativa mano del director, confluyen en una intensa y estética narrativa que sabe integrar los principios del cine-espectáculo y el cine de autor.
Daniel Craig encarna con humanidad al por momentos falible 007, queriendo ser un Soldado anónimo (05), en constante debate interno por cumplir con los estándares que se esperan de él y la tentación de mandarlo todo al diablo. Judi Dench asume con entereza un rol protagónico como M, lidiando con inquisidoras instancias externas, con el maloso y con su propio equipo, mientras que Javier Bardem contribuye a crear un estilizado y monstruoso villano, como si continuara en Sin lugar para los débiles (07), pero con influencia de Hannibal Lecter. Ralph Fiennes y Albert Finney le dan solidez al reparto secundario, mientras que las chicas Naomie Harris y Bérénice Marlohe cumplen con la tradición.
La privilegiada fotografía de Roger Deakins se presenta con fuerte personalidad desde el prólogo y los dinámicos créditos iniciales, hasta las secuencias de drama contenido, pasando por las lucidoras escenas de acción, por momentos saturadas de luz multicolor –notable la pelea en el edificio de Shangai y las acciones en Estambul y la campiña escocesa- y en otros jugando con la oscuridad como encubridora de intenciones y motivaciones indecibles. No faltan los encuadres de sorprendente plasticidad que capturan una atenta puesta en escena, distintivo de Mendes con todo y su formación teatral, integrada a una fluida edición que hace llevaderas las dos horas y media de metraje, sin que el interés decaiga en ningún momento, también alimentado por la música de Thomas Newman, colaborador frecuente del director, y hasta por la voz de Adele.
Si bien el guion nos pide pronto algunas complicidades o desemboca en situaciones no del todo sustentadas, resulta atrayente por los tintes shakespereanos y de tragedia griega que sostienen las motivaciones y acciones de los personajes principales, mismos que se zafan del simplón maniqueísmo y se construyen con el suficiente grado de densidad como para hacer que nos interesen, más allá de la pirotecnia visual de persecuciones, peleas o salvamentos, de cualquier manera filmadas con puntual eficacia. Las creíbles relaciones que se logran establecer no solo entre el trío protagónico (¿dos hermanos en competencia por el amor materno?), sino con el resto de los personajes, denota una indudable habilidad de escritura y de interpretación.
Por supuesto está presente la eterna disyuntiva de casi cualquier organización entre el trabajo de campo y la labor de escritorio, con todo y la ceguera de taller, así como el papel que juega la tecnología informática en contraste con la labor de a pie, manual o de plano, artesanal, incluyendo la fuerza de los puños. Así, los gadgets son reducidos al mínimo, pero con el máximo de efectividad, proporcionados por el joven Q (Ben Whishaw, el ex John Keats de Bright Star), aún con su acné y esa soberbia propia de ciertos jóvenes informáticos, pronto puesta en evidencia por la experiencia de quien sí se ensucia los zapatos. Entretenimiento de altos vuelos en los que la tragedia del héroe es, justamente, no poder dejar de serlo.

TRANSFORMERS: DESHUESADERO FÍLMICO

4 julio 2009

Primero fueron los juguetes y después la serie televisiva, a la que se le intentó dotar de un contexto complejo que en la película acaba siendo más bien confuso. Apareció también la historieta correspondiente y los videojuegos, para abarcar diversos medios e industrias del entretenimiento. Faltaba, desde luego, el cine: ¿resultaría rentable, ya no digamos artísticamente retador, entrarle a producir una película al respecto? Spielberg pensó que sí y Dream Works se puso a trabajar en darle forma a este sueño que para algunos podría parecer más bien una pesadilla metálica.
Como si no hubiera sido suficiente con la primera entrega de estos camaleónicos seres de hojalata presentada en el 2007 (sin considerar la producción de 1986), ahora nos llega Transformers: la venganza de los caídos (Michael Bay, EU, 09), una secuela con el sello de la casa: saturación visual; duración inútilmente excesiva; acción hueca que por reiterativa se vuelve anestésica; personajes sin un milímetro de atractivo más allá del físico y argumento enredado no por inteligente sino por rebuscado.máscara transformers
Como sucedía con la soporífera Pearl Harbor (Bay, 01), nos enfrentamos a un prolongado desfile de clichés que entre que sí y entre que no, deja ver intensos despliegues militares en zonas cubiertas de arena y hasta en el espacio exterior, como una manifestación de poder. Así es como los Autobots, Decepticons, Constructicons e Insecticons se trenzan en una serie de trifulcas que cautivan a la primera pero que se van convirtiendo en pesada rutina, ante la ausencia de un argumento más interesante.
Uno agradece, aunque tarde, la incorporación de John Turturro a la historia, único personaje de carne y hueso –la güerita felina de cascos pesados no cuenta- medianamente interesante. La presencia de los padres con todo y sus nada graciosos desfiguros, así como de los militares dando órdenes de caricatura y lidiando con el insufrible burócrata, no terminan por tener mayor relevancia. La pareja protagónica (Shia LaBeouf y Megan Fox, cual parte del decorado) acaba perdiéndose en el deshuesadero en el que acaba convirtiéndose el film, al igual que el joven recién integrado al reparto.
transformersMis pequeños acompañantes cinéfilos no dudaron en, a pesar de haberse mantenido razonablemente interesados a lo largo de las dos horas y media de duración, asignarle dos estrellas y media al film sobre un posible de cinco, calificación muy baja para sus estándares: no dudo que pudo haber influido la cara de hartazgo de su padre frente a las peleas como la guerra de los cien años y que no invitaban a estar en favor de nadie.
Más bien se agradecía el momento en el que aparecía la típica foto de postal retocada que anunciaba la victoria de los buenos, por decirlo de alguna manera, después de una batalla en Egipto ante la cual uno pedía esquina no por intensa, sino por larga, confusa y carente de vísceras. La venganza de los caídos más bien parecía estar dirigida al incauto espectador que buscaba entretenimiento y terminaba encontrando, cuando menos, una jaqueca del tamaño de Optimus. Lo único que se acaba obteniendo tras ver la cinta es mirar con cierta desconfianza al horno de microondas.
No se niega, sin embargo, que a los fans del mundo transformer les pueda satisfacer semejante artefacto fílmico que, eso sí, nunca niega su intención ni pretende hacerse pasar por lo que no es, como luego sucede con algunos filmes veraniegos que se hunden sin remedio por querer navegar por aguas desconocidas. Toda la apuesta en la acción y los efectos especiales no es suficiente para convertir a esta secuela en una parada interesante del desfile veraniego. El cine-espectáculo no tiene por qué ser hueco. O no tan hueco.