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LAS CINCUENTONAS 1960

25 noviembre 2010

DE RUBIAS ESCAPISTAS, ASESINOS Y FOTÓGRAFOS

Una fugaz mirada a ciertas películas que cumplen medio siglo de vida, aún con su fortaleza intacta y su trascendencia esparciéndose desde su estreno en 1960. Veamos.

La primera rubia que viene a la mente es, desde luego, Marylin Monroe. Aquel año actuó en La adorable pecadora (EU), filme musical de Goerge Cukor; también se recuerda a Melina Mercouri en la película de Jules Dassin titulada Nunca en domingo (Grecia-EU), encarnando a una desenfadada prostituta y a Kim Novack en el drama de infidelidades Un extraño en mi vida (EU) de Richard Quin. Pero no todas tuvieron la misma suerte o de plano el hecho de tener el cabello claro podría tener otros significados ocultos como en El pueblo de los malditos (Inglaterra), dirigida por Wolf Rilla.
Ejemplo de influencia fílmica como pocos. Una tormenta cual intervención del destino; una mujer con 40,000 dólares buscada y perseguida (Janeth Leigh, asumiendo la maldición de las rubias en las películas de terror); un desvencijado motel con inocuo cuidador (Anthony Perkins, escalofriante) y en la casona, una vieja madre vigilante, en apariencia distante cuyo rostro no vemos sino hasta el final. Elementos básicos retomados de la novela homónima de Robert Bloch para construir Psicosis (EU), una obra maestra que ha sido objeto de secuelas y homenajes fílmicos incluyendo una calca en 1998, cortesía de Gus Van Sant.
Los mecanismos narrativos tanto visuales (edición brusca, manejo de las sombras, perspectivas múltiples), sonoros (la hiriente música de Bernard Hermann) y argumentales (la maestría para desviar la atención continuamente), así como los atrevimientos –la antológica escena de la regadera- y los riesgos asumidos para invitar al espectador a reformular continuamente el curso de los acontecimientos, convirtieron a este clásico de Alfred Hitchcock en un prototipo dentro del género, también alimentado por un trío de cintas clave de aquel año, además de la disparatada La tiendita de los horrores (EU), obra hoy de culto realizada por Roger Corman, quien también filmó La pavorosa casa de Usher (EU), basada en el clásico de Edgar Allan Poe e interpretada por Vincent Price.
En primer término, La máscara del demonio (Italia), obra precursora de horror fantástico dirigida por Mario Bava con base en un relato de Gogol y con la presencia de Barbara Steella vuelta ícono sesentero; la segunda es Ojos sin rostro (Francia-Italia), filme de terror en blanco y negro dirigido por Georges Franju, donde un cirujano enloquece por culpa y, en tercer lugar, una oscura cinta de Michael Powell que supuso un viraje radical de su propuesta no muy bien asimilado, titulada El fotógrafo del pánico (Inglaterra), en la que se presenta a uno de los asesinos seriales mejor construidos en la historia de este tipo de cintas, cargado de ambigüedad y contrastes, de infancia convertida en experimento detonadora de su locura adulta. La cámara se convierte en la perspectiva subjetiva manipulada por el director y el voyeur, en un macabro juego de contrastes.
Un calculador asesino usurpador creado por la mente de Patricia Highsmith fue retomado por René Clément en A pleno Sol (Francia). Alain Delon interpreta al famoso Tom Ripley en un ambiente de disipación continua que se desarrolla en Roma y Salerno: al igual que su personaje, el director galo consigue seducir con esta obra capaz de combinar elementos antagónicos como la amoralidad y la belleza.
Si nos remitimos a la vida mediterránea y los fotógrafos, cómo no recordar la película que le puso nombre a un oficio muy cuestionado (paparazzi) y que a la manera dantesca de los siete círculos, sigue las peripecias de un reportero de espectáculos con aspiraciones serias como escritor (Marcello Mastroiani, sin más) en contextos saturados de banalidad, oropel, conversaciones que se pretenden inteligentes apenas recubiertas por el sonido de fatuas celebraciones, elegantes vestuarios, lentes oscuros y peinados inamovibles que se mantienen imperturbables ante los falsos milagros, los inesperados asesinatos y las escenas de celos.
Dirigida por Federico Fellini y convertida en una de sus obras mayores, La Dolce Vita (Italia) es una oda a la decadencia disfrazada de esplendor, disoluciones de sentidos vitales apenas encontrados en las rupturas melodramáticas y en los encuentros acostumbrados sin rumbo fijo con compañía a modo (Anouk Aimée); en la mítica fuente de Trevi mientras se musitan frases del corazón inentendibles para la destinataria (Anita Ekberg), o en una adolescente cual esperanza de frescura sólo pasa de largo, dejando una sonrisa marcada en la pupila que todo lo ha visto y nada ha mirado.
Para continuar con la tendencia retratista de la sociedad italiana acomodada, otra obra clave de aquel año. Presentada en el Festival de Cannes prácticamente dividiendo a la crítica en dos y dirigida por Michelangelo Antonioni, La aventura (L’avventura, Italia) empezó a ser reconocida tiempo después como una de las más importantes en la historia del cine. Desde el título, estamos frente a una paradoja: la verdadera aventura parece ser del director, no de sus personajes.
Cual mosaico de la ociosa burguesía romana, el film se construye a partir de largos planos de estética parsimoniosa y un misterio que atraviesa transversalmente toda la historia, aunque con importancia descendente y nunca aclarado del todo, a pesar de ciertas imágenes reveladoras: la desaparición de una joven (Lea Massari) durante una excursión en yate, mientras el resto del grupo descendía en un islote tan inerte y monótono como el ambiente reinante. En el viaje se encontraban su novio (Gabriele Ferzetti) y una amiga (Monica Vitti), quienes continúan la búsqueda cada vez con menor interés, al tiempo que va surgiendo entre ellos algo parecido a una atracción, inevitablemente atrapada en telarañas de incomunicación, miradas al vacío, banalidad omnipresente y una decadencia disfrazada con poses de vacua sofisticación.

LA COMEDIA ES COSA SERIA
Billy Wilder, el gran maestro austriaco avecindado en Hollywood, presentó Piso de soltero (EU) sólo para demostrar porqué se le consideraba uno de los irrepetibles del mainstream norteamericano en el terreno de la comedia, género reservado para los grandes. Un empleado solitario e inocuo es reconocido por los jefes gracias a que les presta su departamento para sus aventuras extramaritales. Poco a poco, irá ascendiendo en la escala jerárquica de una de esas empresas laberínticas que pululaban hace medio siglo, hasta que el interés romántico se atraviesa en su camino. Hábilmente construido, el dilema argumental coloca a nuestro hombre común en una encrucijada que excluye la posibilidad de tenerlo todo, como suele suceder en la vida.
Además del notable entendimiento actoral de la pareja protagónica (Jack Lemmon, quien también apareció en Comando del Pacífico de Richard Murphy, y Shirley MacLaine), tanto los diálogos como el desarrollo de situaciones, nos pasean por diversos estados de ánimo sin dejar de apuntar sutilmente los dardos críticos hacia una sociedad de apariencias, más que de transparencias: machismo desbordado; infidelidad como norma aceptada; ascensos laborales por motivos ajenos a la méritos y demás entretelones finamente bordados, sin caer en el panfleto denunciatorio o el abismo del romanticismo artificial.
Entre la comedia y la aventura transcurrió Alaska tierra del oro (EU) de Henry Hathaway, al tiempo que Jerry Lewis debutaba como director con El botones (EU) y participaba en La cenicienta (EU) de Frank Tashin. El shakespereano Laurence Olivier mostraba su enorme rango actoral en El cómico (UK) de Tony Richardson.

REALIZACIONES ÉPICAS
Stanley Kubrick se aventuró en los resbalosos terrenos de las grandes producciones y como su Spartacus (EU), consiguió dejar una lección acerca de la posibilidad de hacer una película sensible, íntima y al mismo tiempo majestuosa. Un sólido guión junto con la poderosa interpretación de Kirk Douglas, siempre rodeado de un solvente reparto, consolidaron un notable trabajo de edición que hace fluir las más de tres horas, y de arquitectura visual con el sello de la casa del obsesivo director. Por su parte, John Sturges retomó a Kurosawa para filmar Los siete magníficos (EU), clásico western con todo y su famosa partitura, género en el que también se desarrolló Cimarron (EU), remake de Anthony Mann. Desde Asia, Mughal-e-Azam (India) fue una costosa producción dirigida por K. Asif en la que las intrigas palaciegas y familiares sustentan una trama alrededor del imperio mogol.
Este año también nos regaló El manantial de la doncella (Suecia) del maestro Ingmar Bergman, quien adaptó una canción de su tierra del siglo XIII: el ambiente medieval y la historia de venganza se sumaron a la capacidad del genial director para construir atmósferas profundas cargadas de reflexiones morales. John Wayne se ponía en la silla de dirección para rodar El Álamo (EU), sobre la batalla en el fuerte texano.

ROMPIENDO LA NUEVA OLA Y CINE NACIONAL
Un año antes nació la famosa propuesta de los directores franceses que desembocó en el llamado cine de autor (aunque éste ya existía si bien no del todo explícito). En 1960, Jean-Luc Godard propuso El soldadito, con una orientación eminentemente política, mientras que Francois Truffaut dirigía Disparen sobre el pianista con Charles Aznavour y Louis Malle hacía lo propio con Zazie en el metro. Coproducida por Italia, este año fílmico es recordado también por La evasión, poderoso film dirigido por Jacques Becker acerca del caso real de un escape de prisión.
Acá en nuestra tierra, La sombra del caudillo, basada en la novela de Martín Luis Guzmán y dirigida por Julio Bracho, se pudo conocer hasta los años ochenta de forma clandestina y se convirtió en el ejemplo prototípico de la censura fílmica en nuestro País, que también produjo Macario de Julio Gavaldón, con todo y toque mortuorio y Simitrio, centrada en la relación de un viejo profesor rural y el niño del título. Otro profesor fue retratado en Shunko (Argentina), cinta de Lautaro Murúa con base en la novela de Abalos y con guión de Augusto Roa Bastos.

REALISMO SIN MAGIA
En Rocco y sus hermanos (Italia), Luchino Visconti colocaba a una familia en el duro trance del campo a la ciudad en busca de la sobrevivencia y en Todo comienza el sábado (Inglaterra), Karel Reisz se sumergía en la clase trabajadora a través de un rebelde y sus líos relacionales. Con base en la novela de Alberto Moravia, la dirección de Vitorio De Sica y la presencia de Sophia Loren y Jean Paul Belmondo, Dos mujeres (Italia) sigue a madre e hija en plena escapada durante la II Guerra Mundial. Con grandes actuaciones encabezadas por Burt Lancaster, Richard Brooks realizó Elmer Gantry, ni bendito no maldito (EU).
Cuando una mujer sube la escalera (Japón) de Mikio Naruse, coloca a una geisha de mediana edad en una importante disyuntiva para su vida: casarse o comprar un bar, ejemplo de un dilema que persiste en muchas sociedades actuales. Y retratando absolutismos puestos en debate, En Heredarás el viento (EU), Stanley Kramer retomó un caso real de un juicio sucedido en 1925 en contra de un maestro por enseñar la teoría darwiniana de la evolución.
Valga como un fugaz y evidentemente panorámico recorrido por el cine de hace cincuenta años, al que habría que agregar más producciones de países tan variados como Hungría (Rangon Alul), Singapur (Antara Dua Darjart) o Rumania (Homo Sapiens).

HOT CHIP Y KATE NASH: LA FELICIDAD COMO POSIBILIDAD CERCANA

19 noviembre 2010

Para la semana que inicia, un par de visitas a nuestro País que merecen nuestra atención.
En Hot Chip parece caber mucha gente: Prince, Beck, New Order y hasta el patriarca Brian Eno, además de varios contemporáneos como LCD Soundsystem o !!! (dígase chk, chk, chk,). Los entrecortados beats pueden contrastar con las vocales, ya de por sí antagónicas, de Alexis Taylor (quien ha sido definido como una mezcla de Nick Drake y Smokey Robinson por aquello del toque soul) y Joe Goddard, o bien sonar con secuencias más armónicas de ritmos constantes, falso hipnotismo y apenas haciendo las pausas necesarias para darle nuevos aires a la melodía.
Con Londres como su epicentro, el quinteto se mostró con el EP Mexico (00) justo cuando el milenio nacía, para continuar con Sanfrandisco E-Pee (02), obra de menos de 30 minutos en el que ampliaban sus fronteras musicales, ya claramente ubicadas en Coming On Strong (05), álbum en el que un bienvenido desenfado se colaba por los canales auditivos como para ponernos en despreocupada posición de salto directo a la pista de baile, solo o bien acompañado, según posibilidades y estados de ánimo. Lo mejor, como se podía advertir, estaba por llegar.
The Warning (06) anunciaba la consolidación de la banda como un buen ejemplo de la música a seguir en esta década: propositiva, imaginativa y sumando influencias sin necesariamente saquearlas sin pudor alguno, sino más bien aprovechándolas para construir una estética propia, caracterizada por una electrónica orgánica más en forma líquida, buscando cauces sin aspavientos de más y dándose tiempo para entrelazar estilos e intensidades rítmicas, tal como se despliega en Made in the Dark (08), quizá su álbum más consistente a la fecha con todo y su sentencia anunciando que ahora sí estamos listos para la pista. En el entendido de que para esta vida siempre es necesario un soporte que nos acompañe en busca de la felicidad, One Life Stand (10) se vuelve más reflexivo al tiempo que se entreteje con elementos acústicos, sin abandonar del todo el espíritu festivo.
Hija de las nuevas tecnologías, como Lily Allen y anexas, Kate Nash (87) primero vio la luz en las redes sociales y después en los discos. Dublinesa de nacimiento, londinense por adopción, la conocimos por Made of Bricks (07) con influencia de Björk, Regina Spektor y Tori Amos, particularmente en los escarceos vocales y la composición con base en el piano, aunque aún sin la profundidad esperada, sobre todo en las letras, más bien de uso común en el furor adolescente. My Best friend Is You (10) confirma, por el momento, que no es sólo una moda del ciberespacio. Ya veremos.

EN BUSCA DEL ENTRETENIMIENTO PERDIDO

18 noviembre 2010

Como lo hiciera Clint Eastwood en Jinetes del espacio (00), Red (EU, 10) coloca a la edad madura como una etapa en la que se puede combinar la experiencia con la posibilidad de volverla a poner en práctica. El disfrute es por partida doble, por supuesto: regresar al campo de batalla y saber qué hacer ante cada situación que se presente, además de rememorar viejos tiempos y sacudirse la modorra de la rutina asumida con el paso de los años: de paso, demostrarle a los jóvenes lo mucho que les falta por aprender.
Basada en la historieta de Ellis y Hamner, dirigida por Robert Schwentke (Plan de vuelo, 05; Te amaré por siempre, 09) e interpretada por un reparto secundario tan veterano como sólido (Mirren, Freeman, Malkovich, Dreyfuss, Cox), siempre dándose vuelo y arropando a Bruce Willis en el papel de siempre y a una empática Mary-Louise Parker, la narración sabe moverse en los márgenes de la inverosimilitud en complicidad con el respetable. Fuera de los escarceos románticos que salen sobrando, la cinta es un disfrute continuo de acción, humor y uno que otro momento de espectacular edición.
El problema con Todo un parto (EU, 10), por su parte, es su falta de originalidad y su dificultad para mantener la intensidad que toda buena comedia exige. No es que uno ande pidiendo innovación fílmica en cada película que ve, pero sí al menos un dejo de autenticidad aunque se cuente con múltiples referencias. Incluso puede haber formas ingeniosas para incorporar estructuras narrativas ya vistas o vínculos entre personajes disímiles: el fantasma de una cinta como Mejor solo que mal acompañado (Hughes, 87), pesa mucho en la memoria a la hora de seguir el desarrollo argumental.
Claro que se escapan sonrisas y el viaje de este par de seres antagónicos fluye sin problema, pero queda la sensación de que dado el reparto, la premisa y la estructura de la narración, se podía haber incursionado en terrenos si bien conocidos, al menos no del todo explorados. Todd Phillips (Starsky & Hutch, 04, ¿Qué pasó ayer?, 09) estructura su relato a partir de un cruce de géneros, como lo hizo en Viaje censurado (00): road movie, buddy film, comedia de desastres y aventura.
Nos quedamos, eso sí, con varios chispazos: el alucine de la mano de Pink Floyd, los diferentes personajes con los que se van encontrando y ciertos diálogos entre la pareja protagónica, en contraste con secuencias de poca gracia como la de la frontera mexicana (no estamos para bromas) o ya muy expuestas, como todo el asunto de las cenizas del padre.

BENJAMIN BIOLAY: CHANSON PARA ROMÁNTICOS POSTMODERNOS

15 noviembre 2010

Canciones de romanticismo exaltado pero sin perder la compostura. Las lecciones de la chanson francesa bien aprendidas y trasladadas a una época de relativismo sentimental. Con el referente claro de Sergei Gainsbourg en la base y en el horizonte de Brian Ferry, se despliegan instrumentaciones absorbentes nunca marcadas por la timidez o la depresión, sino más bien expresando los contrastes por los que toda relación amorosa, que se precie de serlo, transita sin extraviarse del todo.
Siguiendo los musicales pasos de su padre, Benjamin Biolay (Villefranche-sur-Saône, France, 1973) estudió desde joven en el conservatorio de Lyon, asimilando diversas corrientes musicales que pondría en juego para apoyar a otros artistas de la escena francesa en sus discos y como participante de grupos diversos, particularmente durante la década de los noventa. Su primer largo como solista rondó a la familia Kennedy a manera de temática principal, incluyendo ciertos personajes relacionados como Marilyn Monroe. Rose Kennedy (02), en cuanto álbum conceptual, lo colocó en el mapa de las promesas dentro de las fronteras galas.
El doble Négatif (03) expandió pretensiones y logró constituirse como una obra redonda: la capacidad compositiva dentro de los márgenes de un pop esculpido con cuidado y la participación de su esposa Chiara Mastroianni, parte de la realeza artística del cine europeo, y de Coralie Clément, una de las herederas de cantantes memorables como Jane Birkin y Francoise Hardy, se imbricaron para generar un consistente disco. Ya encarrerado, el también actor grabó el mismo año Clara et Moi (04) y Home (04), obras de consolidación como pieza clave de la renovación de la canción pop francesa, ahora alimentada por ciertos matices de la electrónica siempre supeditados a una estética seductora. Finalmente, el reconocimiento comercial llegó con A L’Origine (05), marcado por ambiciones cubiertas bien continuadas por Trash Yéyé (07), de erotismo sonoro al borde de la explosión.
En La Superbe (09), nutritivo álbum doble que desparrama elegante sensualidad, el irremediable romántico le da vuelo a las pretensiones y sus habilidades no sólo para escribir música sino también diálogos desarrollados por parejas en pleno trance dramático (favor de no comparar con Pimpinela), se expresan con todo la intención de colocar al escucha en la perspectiva de sus propios lances –exitosos o fallidos- amorosos. Este martes se presenta en el D.F. Para brindar con champagne entre sentimientos encontrados.

McCOY TYNER: VIEJO LOBO DE PIANO

9 noviembre 2010

Durante cinco años y medio, de 1960 a 1965, vivió un sólido, prestigiado y virtuoso proceso de aprendizaje y maduración como el pianista del grupo de John Coltrane, saxofonista fundamental de la historia del jazz. Pero su destino le tenía deparado anteponer su nombre a la colectividad: la incansable búsqueda de territorios sonoros y el talento tanto compositivo como interpretativo, lo llevaron a embarcarse en aventuras variopintas que iniciaron de manera paralela con Inception (62) y otros trabajos que producía mientras formaba parte del famoso cuarteto.
La influencia de McCoy Tyner (Filadelfia, 1938) ha sido equiparado con el de los pesos completos Bill Evans y Thelenious Monk. A manera de manifiesto de independencia total, firmó en 1967 –año en que murió Coltrane- los espléndidos The Real McCoy, en formato de cuarteto, y Tender Moments, ya lidereando una banda más amplia llena de metales y texturas absorbentes. Muy acorde a los tiempos que corrían y con una buena dosis de revolucionario hard bop y toques de experimentación, continuó su camino con el imprescindible Expansions (68), quizá el álbum más importante de estos fructíferos años.
Después de algunos trabajos en los que sostuvo su vitalidad expresada en una interpretación que iba del músculo puro a la sutileza indeleble, grabó de nuevo bajo el formato de cuarteto el vigoroso y expansivo Sahara (72), y el deslumbrante Enlightement, cuyo sonido fue capturado el 7 de julio de 1973, justo hace 25 años. La década de los setenta se poblaría con múltiples discos que mantenían un sorprendente nivel de calidad y que cerraría con Horizon (79), otra obra maestra en la que igual cabía cierto espíritu afrocubano y un portentoso violín que aparentaba haber nacido como parte del ensamble.
Parecería que a Tyner nada le era extraño: podía ir de la recreación de la Big Band al jazz modal, de la interpretación de standars a la experimentación, del coqueteo con el rock a la tradición jazzera más profunda. Los años ochenta resultaron igual de prolíficos y vieron desfilar obras como 4 x 4 (80), Dimensions (84), Double Trios (86), Tribute to John Coltrane (87), Revelations (88) y Uptown/Downtown (88), plagado de sonidos propios de las grandes bandas de antaño con un toque de modernidad.
Si se podría presuponer cierto agotamiento, pronto llegó The Turning Point (91) para abrir la década con la fortaleza y solidez acostumbrada, conservando la esencia de las Big Bands y catapultándolas hacia los últimos años del siglo pasado. De regreso a la estructura de cuarteto, ahora acompañado por Michael Brecker, hacia la mitad de la década apareció Infinity (95), que impulsó, por si hiciera falta, la presencia del genial pianista, quien hacia finales del milenio se acercó a la música de Burt Bacharach.
El nuevo siglo se mantuvo en el mismo tenor: con los años, lejos del conformismo de quien parecería haberlo hecho todo, McCoy Tyner mantuvo esa ánima juvenil de aventurero que ahora se mezclaba con un imponente background de haber tocado con los grandes y de que muchos grandes hubieran tocado con él. Con aproximadamente 80 discos a cuestas, provoca una extraña sensación escuchar McCoy Tyner Quartet (07), su más reciente publicación, porque la energía desparramada es propia de un principiante aunque la intrincada arquitectura del sonido nos lleva a reconocer a este viejo lobo de piano.
Junto a Joe Lovano (saxofón), Christian McBride (bajo) y Jeff ‘Tain’ Watts (batería), Tyner nos regala un concierto –grabado en Oakland en vivo durante los dos últimos días del 2006- que termina siendo una conversación de talentosos amigos, en la que igual cabe el respeto, el contrapunto, el acompañamiento, la admiración, el aparente caos, la armonía o las solitarias y apasionantes incursiones: una de esas reuniones a las que uno no puede dejar de asistir para cerrar la boca, abrir los oídos y dejar que el cuerpo reciba los influjos sonoros de tan grata compañía, como bien se deja escuchar en los recientes Guitars (08) y Solo: Live in San Francisco (09).
McCoy Tyner se presenta en la Ciudad de México. Oportunidad única para ser parte de una reunión tan apasionante, como cuando nos juntamos con los viejos y queridos amigos de toda la vida de quienes quizá escuchemos las mismas anécdotas de siempre pero con su infaltable aderezo que las convierte, al pasar de los años, en aventuras épicas.