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INFANCIA BUSCA DESTINO

4 agosto 2016

Para entender quién eres ayuda saber de dónde vienes, si bien es necesario seguir reflexionando sobre la propia condición presente como base mínima para más o menos dibujar un futuro deseable, sobre todo porque uno nunca termina de configurarse del todo. En general, incluso los niños que tienen claro su origen se hacen preguntas al respecto, pero con la seguridad de saber que ocupan un lugar en una comunidad o familia; los que no, se invaden de cuestionamientos acerca de su propia identidad y buscan adherirse a su entorno próximo, aunque de inicio no pertenezcan a él.

Un par de películas en las que un niño y una niña respectivamente, tratan de entenderse a sí mismos: porqué son como son, cuál es la historia de sus familias y cómo pueden interpretar las claves que se les van presentando, sobre todo las que parecen venir de otros lugares y épocas. Ambas están curiosamente vinculadas con la hermosa y sutil obra animada La leyenda de la princesa Kaguya (Takahata, 2013), una por temática similar y otra por pertenecer a la misma casa productora, la imprescindible Ghibli, y por ende compartiendo orientación estilística y en cierto sentido argumental. Luminosidad y luminiscencia como fenómenos cercanos pero distintos en cuanto al grado de temperatura, en este caso emocional.

NIÑO LUMINOSO

Escrita y dirigida por el aún treintón oriundo de Arkansas Jeff Nichols (Shotgun Stories, 2007; Atormentado, 2011; El niño y el fugitivo, 2012), uno de los directores actuales más consistentes de la escena fílmica, El elegido (Midnight Special, EU-Grecia, 2016) transita con fluidez entre la fantasía, el apunte social y el drama familiar, centrándose en Alton, un niño con habilidades sobrenaturales y una particular fragilidad que le impide entrar en contacto con el sol. Un ser diferente ante el cual las estructuras sociales no saben qué hacer, a diferencia de su núcleo familiar, que lo protege con fe y por un amor lejos de la conveniencia relacional.

ElegidoDadas sus notables e indescifrables capacidades, el pequeño de gogles permanentes se convirtió en una especie de enviado para El rancho, la secta donde ha vivido -que recuerda en parte a la retratada en Red State (Smith, 2011)- cuyo líder interpreta sus aparentes desvaríos y monólogos en clave como mensajes de la divinidad, anunciando eventos trascendentes y dignos de ser materia para el sermón adoctrinante; por su parte, el gobierno y sus diferentes agencias no siempre en sintonía, detectaron el caso y lo ubican como un aliado, o un peligro según el caso, para efectos de seguridad nacional.

Pero entre estos dos grupos de interés está el padre del niño, quien ayudado por un amigo de la infancia, lo consigue extraer del grupo religioso para emprender la huida y reunirse con la madre, dando pie a una inquietante persecución en la que confluyen los distintos y antagónicos propósitos de los involucrados. Entre algunos episodios extraños padecidos o provocados por el protagonista, entretenido en leer un cómic de Superman, va descubriendo de dónde viene y, en consecuencia, quién es y cuál es su propósito.

Con intrigante edición que deja suspendidas las secuencias, dosificando la información para que el espectador vaya insertándose en las ambigüedades del relato, el filme se despliega a la par de los amplios horizontes y espacios capturados en las escenas transicionales, enfocadas a cimentar la noción del trayecto como búsqueda, sin destinos claros pero con acciones definitivas. El enigmático y atmosférico score de David Wingo, por momentos con intenciones de acelerar la marcha, se integra de manera puntual, reforzando significados explícitos cuando se trata de escape o resignación ante las fuerzas militares y sectarias.

Michael Shannon, habitual del director, brinda otra de sus grandes actuaciones como el decidido padre del pequeño, interpretado con la necesaria dosis de inocencia por Jaeden Lieberher y acompañado por un eficaz Joel Edgerton, como el amigo incondicional, y por un dubitativo agente encarnado por Adam Driver, asumiendo por entero la confusión. El gran Sam Shepard, como el mandamás de la secta, y Kirsten Dunst como la madre confundida pero siempre amorosa, complementan un reparto que contribuye a trascender la anécdota del infante con poderes.

La cinta acaba por ser una confirmación de la competencia narrativa y de dirección de actores de Jeff Nichols, aprovechando los recursos propios del lenguaje cinematográfico, para convertir una historia que podría quedarse como una buena anécdota, en campo para la emoción y reflexión, con todo y un mundo imaginario de diseño arquitectónico emparentado con las vanguardias.

NIÑA LUMINISCENTE

En El mundo secreto de Arrietty (2011), el director Hiromasa Yonebayashi plasmaba el Marnieemotivo encuentro entre un niño enfermo y la diminuta adolescente del título, pertenecientes a dos especies humanas diferentes, en particular distinguidas por el tamaño. Ahora, en El recuerdo de Marnie (Japón, 2014), construye la amistad entre una niña adoptada que gusta del dibujo, y otra jovencita que habita una casa misteriosa en un pantano, cuidada por una severa ama de llaves con todo y su castigadora forma de peinar, y un par de mucamas que no parecen guardarle demasiado aprecio.

Basada en la novela de Joan G. Robinson, la historia sigue a Anna, una niña introvertida que tiene que mudarse a un pueblo por cuestiones de salud; ahí será bien recibida por un matrimonio, cuya hija ya voló del nido, que le ayudará a cambiar de aires tanto físicos como emocionales. Pronto logra hacer amistad con la misteriosa habitante de una casa que parece transformarse ante su mirada, como si de otra época se tratara: se trata de una rubia jovial que poco a poco la va sacando de su ensimismamiento, mientras un silencioso barquero y una estilizada pintora aparecen en escena cual testigos de tiempos idos.

El halo de misterio y la posibilidad de la luminiscencia se articulan en una animación sello de la casa, cuidadamente artesanal y evocativa, tal como la experiencia que empieza a vivir Anna cual viaje a un mundo pasado cargado de explicaciones acerca del propio origen: la posibilidad de comprender los sucesos anteriores en relación con sus padres fallecidos abre la puerta para reparar en los propios rencores entremezclados con la culpa, presentes desde hace tiempo pero difícilmente explicables a partir de la confusa información que tenía: nada como saber para perdonar(se).

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LO ESENCIAL ES INVISIBLE PARA LOS OJOS

23 noviembre 2015

Porque solamente se puede ver bien con el corazón, que además tiene razones que la razón desconoce, como bien señaló Pascal. Parece ser que uno de los problemas de convertirse en adulto es abandonar gradualmente la posibilidad de mirar más allá de lo inmediato y dejarse atrapar por rutinas sin sentido, difícilmente identificables cuando nos encontramos dentro de ellas: el espejismo es que son necesarias para alcanzar la felicidad, confundida con la sed de poder, fama o posesión de cosas únicamente para contarlas una y otra vez.

Con el sello característico de los clásicos de la literatura, la fuerza y enigma de El principito (1943), novela breve escrita por Antoine de Saint-Exupéry (Lyon, 1900 – Isla de Riou, 1944), también periodista y piloto desaparecido en el contexto de la II Guerra Mundial, sigue nutriéndose y su vigencia se acrecienta conforme transcurre el tiempo, en particular por el tratamiento que despliega sobre una temática eterna: el significado de la niñez y su relación con la configuración de la adultez, desde una perspectiva humanista.

El aliento poético y metafórico de su propuesta, centrada en revalorar los El principito 0valores de la infancia como la inocencia sensible y la disposición para crear lazos afectivos, continúa provocándonos reflexiones acerca del sentido y el significado de las acciones que definen nuestra cotidianidad y, como en Momo de Michael Ende, el uso que le damos al tiempo, en cuanto a su cualidad para hacernos transcurrir y trascender como personas en formación, acaso para alcanzar las estrellas y aspirar a sonreír desde allá arriba.

Ideal para producir adaptaciones para diversos medios como el teatro y la televisión –ahí está la serie animada de 1978 y una obra que tuvo cuatro representaciones hace muchos años- la historia de este pequeño viajero con la capacidad de búsqueda y admiración intactas fue llevada a la gran pantalla por Stanley Donen en clave musical bajo el título de El pequeño príncipe (1974), mientras que Will Vinton realizó un corto animado producido en 1979, donde se advierte un antecedente estético para El principito (Francia, 2015), filme dirigido por Mark Osborne (Kung Fu Panda, 2008) con guion interpretativo de Irena Brignull (Boxtrolls, 2014) y Bob Persichetti, especialista en el departamento de la animación.

TE HACES RESPONSABLE DE AQUELLO QUE HAS CULTIVADO

El argumento propone un triple relato, acompañado de una música discreta que pro momentos se dinamiza: primero sobre una madre obsesiva con la eficiencia (Rachel McAdams) cuya vida transcurre entre el trabajo y el control sobre su hija (Mackenzie Foy), en un mundo que valora la homogeneización por sobre todas las cosas, más bien de aspecto grisáceo, cuadrado y aparentemente ordenado cual vehículo para la felicidad, donde el ingreso a la institución escolar de prestigio, vía respuestas prefabricadas, se convierte en finalidad más que en medio.

El principito 1Cuando la niña entra en contacto con un idealista anciano que vive en la casa de junto, todavía con el avión en el jardín (Jeff Bridges/André Dussollier), empezará a conocer la historia de un pequeño príncipe en pleno proceso heurístico (Riley Osborne) que traba amistad con un piloto perdido en el desierto, justo donde se encuentra a sí mismo. Un cordero dibujado adentro de una caja será el detonador del vínculo entre el aventurero extraviado y el pequeño niño que vive en el asteroide B-612, acompañado por una flor (Marion Cotillard), tres volcanes cual deberes y unos latosos baobabs, árboles que crecen como los problemas si no los cortamos de raíz, despacio pero firmes.

Éste es el segundo relato centrado en la obra literaria de referencia y en donde se echan de menos algunos personajes como el bebedor que busca el olvido de su propia condición; el farolero, encendiendo y apagando por consigna sin espacio para la reflexión; el guardagujas, viendo cómo van y vienen personas para no-estar; el geógrafo escritor con el espíritu explorador inerme y el vendedor de la simbólica píldora contra la sed, hecha para ahorrar el tiempo que implica buscar y tomar agua.

Un tercer relato busca integrar los dos previos, a través de un viaje de la protagonista a un mundo en el que se presentan los personajes en un futuro próximo, habitando una ciudad mecanizada en la que no existen los niños y el sentido de la vida está puesta en trabajar sin preguntarse, justamente, para qué se desarrollan las labores más allá de permanecer en el puesto. Aquí nos encontramos con el rey elevadorista siguiendo órdenes (Bud Cort); el vanidoso policía (Ricky Gervais) más interesado en el aplauso que en la seguridad; el empresario cual dueño de todo (Albert Brooks/Vincent Lindon) y un joven que solo busca no descuidar su labor (Paul Rudd).

Estas tres vertientes se distinguen también por el estilo de animación queEl principito 2 fluye gracias a la ingeniosa edición: mientras que la historia de la niña y su madre recurre a imágenes convencionales dentro de los estándares de los filmes actuales del género, la narración del pequeño príncipe retoma los clásicos dibujos de su par literario y les confiere una elusiva textura que pareciera de papel y madera, como hecho a mano; la integración de ambos combina la estética de la primera con las formas de la segunda, como trasladando a los personajes a un mundo “real”. La intensidad de los colores resulta también contrastante, como el interior de la casa del viejo y de la niña.

DOMESTÍCAME PARA CREAR LAZOS

En un sentido contrario del concepto de domesticación que plantean las posturas de la pedagogía crítica, para el contexto de la relación que el Principito establece con el zorro (James Franco/Vincent Cassel), la poderosa y enigmática serpiente (Benicio del Toro) y con la distintiva flor, significa la posibilidad de construir afectos y de hacerse responsable por el otro, dedicándole el tiempo necesario: la saturación de ocupaciones, a veces sin sentido ni rumbo, cancela la oportunidad para establecer vínculos más sólidos, profundos y de largo alcance, más allá de las coyunturas que se imponen ante determinadas situaciones.

La pequeña niña va experimentando esta relación con el viejo piloto y, de alguna manera, intenta hacérsela ver a su propia madre, inmersa en visualizar un futuro sin cimentar un presente infantil, que sirva de base para la conformación de un adulto integrado asumiendo responsabilidades y consecuencias de sus actos, aunque capaz de seguir siendo niño en cuanto a mantener la actitud lúdica y a conservar la permanente disposición para admirarse del mundo y continuar transformándose: no dejar de aprender nunca.

Quizá cuando nos encontremos ante un paisaje árido y en completa soledad, El principito 3sin demasiada esperanza para salir de ahí, puede aparecerse un pequeño niño de rubio cabello desmarañado y con una capa fuera de contexto, sostenido por una espada y calzando unas botas desproporcionadas: vale la pena ir practicando el trazo de un cordero o al menos de una caja, sobre todo si cuando dibujamos una boa digiriendo un elefante, todos creían que se trataba de un sombrero. Podemos transparentar nuestras imágenes para poder comunicarnos con el único habitante de un asteroide lejano.

LA MENTE COMO ECOSISTEMA EMOCIONAL

8 julio 2015

Apunta el afamado científico Michio Kaku en su interesantísima y accesible obra El futuro de nuestra mente (Debate, 2014) que en los últimos quince años hemos aprendido más sobre el funcionamiento del cerebro que en toda la historia previa de la humanidad. Plantea que los dos mayores misterios de la naturaleza, paradójicamente, son el universo y la mente humana; en la Vía Láctea existen cien mil millones de estrellas, más o menos la misma cantidad de neuronas que habitan en nuestro cerebro.

El estadounidense de ascendencia japonesa explica que fue a partir de la aparición de las máquinas de imagen por resonancia magnética y otros escáneres cerebrales, cuando la neurociencia se transformó radicalmente, a partir de los años noventa; las ciencias cognitivas, por su parte, también han recibido un desarrollo trascendente desde diversas áreas del conocimiento, sobre todo a desde su interacción en proyectos de investigación de largo aliento.

Claro que nos hemos parado en los hombros de gigantes, desde los filósofos de la antigua Grecia (Anaxágoras dijo que la mente es la más fina y pura de todas las cosas hace 2500 años aproximadamente) y los trabajos de Freud, Jung y Carl Sagan con su clásico Los dragones del Edén (1977), hasta António Damásio con El cerebro creó al hombre (2010), pasando, por supuesto, por los estudios de Sacks, Maturana, Pinker y tantos más que nos han dejado sus hallazgos para seguir investigando.

La manera como pensamos y reconstruimos la realidad, las múltiples formas en las que sentimos y desarrollamos procesos intersubjetivos y la fuerte influencia que tienen los contextos sociales en los que nos desenvolvemos, convierten al estudio del cerebro y la mente en un campo tan apasionante como misterioso, en particular por el cúmulo de factores interdisciplinarios que confluyen en su análisis.

DIALÉCTICA AFECTIVA

Con su habitual talento para contar historias que combinan una gran sensibilidad con emoción y humor, Peter Docter, responsable de clásicos pixarianos como Monsters Inc. (2001) y Up (2009), dirige junto con el filipino Ronnie del Carmen, quien aparece como coautor del relato base, la cinta Intensa-mente (Inside Out, 2015), inmersión a la mente de una niña común de once años que vive feliz con sus padres en Minnesota y de quien vamos conociendo su existencia desde su nacimiento: forma parte del equipo de hockey, tiene una buena amiga y se siente parte de un mundo reconocible.

La estabilidad se rompe cuando la familia se muda a San Francisco, bellamente plasmada, por laIntensamente chamba del papá: el proceso de adaptación a la escuela y el entorno, además del amenazante fin de la infancia y las presiones propias de la vida de los adultos, sacudirán los cimientos relacionales y obligarán a los tres involucrados a reformular sus vínculos y enfrentar las diferencias, poniendo en acción sus neuronas espejo. Si el asunto visto así resulta interesante, más aún si nos sumergimos en los mecanismos mentales que operan en los involucrados, particularmente en los de la protagonista.

La historia parece retomar diversas ideas acerca de indagaciones recientes sobre la actividad de la mente, como las de Michael S. Gazzaniga expuestas en ¿Quién manda aquí? El libre albedrío y la ciencia del cerebro (Paidós, 2012) y Lo que el cerebro nos dice: los misterios de la mente humana al descubierto (Paidós, 2012) de V. S. Ramachandran. El guion del propio Docter en complicidad con Josh Cooley y Meg LeFauve, productora de Historias fantásticas (Cave, 2002) consigue darle un tratamiento accesible y profundo al mismo tiempo a una temática que podría ser sumamente árida o reducida a manual de autoayuda, a pesar de verse en la necesidad de simplificar ciertos  procesos que suceden en nuestras cabezas.

La premisa, entonces, se centra en la forma de tomar decisiones a partir del concurso de cinco emociones –alegría, temor, enojo, disgusto y tristeza- representadas por sendos personajes que, por alguna razón no explicada, en el caso de la niña son mixtos y en el de los papás corresponden al sexo de la persona. Claro que podría pensarse también en la empatía, el afecto, el orgullo, la vergüenza y la sorpresa, por ejemplo. El filme, entonces, juega con los procesos internos de pensamiento y las acciones externas, con todo y el agudo sentido del humor expresado en el recuerdo del piloto brasileño todavía guardado por las dudas.

La alegría y la tristeza terminan fuera del centro de control y se aventuran para buscar el camino de regreso por diversos espacios del cerebro, entre los que se encuentran algunos tipos de pensamiento y los ámbitos de la conciencia, sin quedar muy clara la diferencia entre el basurero del olvido, que es la única cosa que no existe según Borges, y el subconsciente, habitado por un payaso gigante en espera de fiesta. En alguno de los recovecos, las emociones viajeras se topan con un curioso elefante que resulta ser el cada vez más olvidado amigo imaginario, quizá más común en los hijos únicos.

La artística escenificación del pensamiento abstracto, repasando vanguardias pictóricas del siglo XX, y la cómica puesta en escena del apartado de los sueños cual rutinaria producción televisiva, resultan brillantes y con altas dosis de imaginación, al igual que la representación de los pensamientos centrales relacionados con la memoria a largo plazo y las islas vistas como sustentos afectivos, así como la construcción de recuerdos en formas de coloridas esferas convertidas en ideas fijas y certezas instaladas en nuestra mente, sin que nos detengamos a pensar qué tanto nos ayudan a desarrollarnos socialmente: las damos por hecho sin posibilidad de cuestionarlas, vía el pensamiento autocrítico.

Del riesgo de la depresión al hueco optimismo o de la neurosis permanente a la parálisis temerosa, terminamos por corroborar que la imbricación de las emociones es la que les da sentido en la mundo exterior y que dependen unas de otras para construir los propios caminos vitales e incluso para comprenderse entre sí.

Claro que el contraste entre lo que estamos pensando mientras escuchamos a alguien o nos enfrentamos a alguna situación es un banquete para la comedia (como bien lo ha explotado Homero Simpson), aquí aprovechado para evidenciar a papás (que en realidad sí ponemos atención) y mamás e incluso hasta a algunas mascotas, aunque el ejemplo final del gato sea equivocado.

No se había visto el cerebro tan estéticamente animado, lleno de coloridos recovecos y amenazantes oscuridades por las que avanza un tren cargado de pensamientos siempre al borde del descarrilamiento, como en esta nueva obra maestra del cine de animación.

MUD: EL RÍO COMO HOGAR Y ESCAPE

23 septiembre 2013

Entre las diversas vertientes fílmicas estadounidenses, el llamado cine independiente tuvo un auge importante durante la década de los noventa del siglo pasado (aunque heredero de las obras de finales de los sesenta), sobre todo porque empezó a llegar a un mayor público y tuvo una difusión que trascendió el territorio de los festivales.
Un cine en el que prevalecen los retratos de gente común, alejado de grandes producciones y centrado en las emociones, vivencias y experiencias de los personajes, interpretados primero por actores desconocidos y después por rostros reconocibles, que alternan las cintas mainstream de los estudios con producciones más discretas, aunque con frecuencia de mayor profundidad.
En esta tendencia se inscribe El niño y el fugitivo, (Mud, EU, 2012), notable ejemplo de cómo contar un historia a través de imágenes evocativas, cargada de diálogos sensibles y creíbles, con motivos e intenciones claramente visibles e inteligentemente develados: una serie de situaciones cocinadas a fuego lento en las que se van involucrando hechos pasados con consecuencias presentes y miradas hacia un incierto horizonte de futuro, a pesar de las cruces protectoras contra los malos espíritus.
Escrita y dirigida por Jeff Nichols (Shotgun Sories, 2007), quien vuelve a posar su mirada en una comunidad entre la ruralidad y el urbanismo como lo hiciera con Atormentado (Take Shelter, 2011), la cinta se centra en la relación que establece un hombre en estado de huida con dos preadolescentes que deciden ayudarlo para cumplir con sus propósitos: el vínculo se va fortaleciendo, además, porque este efímero Robinson Crusoe comparte con uno de ellos la difícil toma de conciencia acerca de la finitud de las relaciones amorosas: por más que duela, en determinadas circunstancias, conviene sepultarlas.
Es así como se va entendiendo que el amor no puede ser sencillo: la historia termina siendo un proceso de intensa educación sentimental, conformado por momentos de alcance poético –las aves en el cielo y en las manos, el beso silencioso- con otros de violencia directa que deja marcas en el rostro y en el alma apenas insertándose en el campo de batalla de las relaciones de pareja. Pero también la terquedad de la realidad termina por ser contundente para aprender a desaparecer con lacónico despido a la distancia, cuando ya no hay nada más que construir.
El conflicto central se instala para empezar a incorporar otro tipo de problemas, como si se tratara de una serpiente de río apoderándose del contexto cargado de rencillas añejas, vínculos fracturados y secretos por develarse. En el asoleado panorama, cada vez quedan menos espacios para esconderse, incluso para las ostras irremediablemente capturadas por ese buzo de cabeza metálica con luces incandescentes. El hogar queda a expensas de la destrucción simbólica y la balsa sobre el árbol se convierte en la última esperanza para navegar por otras aguas.
MudMientras que el espíritu de Mark Twain se pasea libremente por los parajes agrestes, justo como el Mississippi, la historia va incrementando la tensión de manera paulatina, como dando tiempo a que las situaciones queden por completo narradas y las relaciones totalmente establecidas: este ritmo narrativo le confiere al film una particular emotividad que se desliza casi de manera silenciosa pero que llegado el momento de la conclusión, ya estamos metidos hasta el cuello en las emociones generadas.
La música country, particularmente expresada a través de sutiles guitarras que abren o cierran episodios definitorios, contribuye a la creación de la atmósfera del Estados Unidos alejado de las grandes ciudades y los suburbios relucientes, retratado en filmes recientes como Una niña maravillosa (Zeitlin, 2012); Invierno profundo (Granik, 2010), Río Helado (Hunt, 2008), Río maldito (Estes, 2004) y, desde luego, Cuenta conmigo (Reiner, 1986), basada en la novela de Stephen King: en efecto, detrás del poderío imperial subsisten pequeñas comunidades a las que la mano invisible del mercado parece nunca haber tocado, como ésta ubicada en Arkansas.
El director sabe sacar provecho de sus intérpretes tanto adultos como infantiles: Matthew McConaughey entrega una sólida actuación como este forajido eterna y enfermamente enamorado, mientras que Tye Sheridan (El árbol de la vida) encarna con verosimilitud al joven en proceso de soltar los puños y abrir los ojos al mundo, junto a su inseparable amigo (el debutante Jacob Lofland), al tiempo que resiste una relación a punto de romperse entre sus bienintencionados padres (Sarah Paulson y Ray McKinnon).
Además, el filme es una muestra de cómo presentar y desarrollar a personajes secundarios: ahí está el hermano vengador y su padre, alejados de la hueca figura de los villanos inmisericordes; de la novia detonadora del conflicto (Reese Witherspoon, buscando el anti-glamour); del tío buscador de joyas en el mar (Michael Shannon, viejo conocido del director) y del misterioso vecino solitario (el gran Sam Sheppard): todos ellos encuentran un sitio justo y pertinente en el desarrollo argumental, con la implícita carga de misterio que los acompaña.
Las tomas abiertas de coherente transición, mostrando paisajes de angustiosa quietud o montadas en los vehículos por agua y tierra, permiten acentuar las expectativas y acompañar a los personajes en sus procesos de toma de decisiones, además de aquéllas movidas por el impulso inmediato, detonador de consecuencias que difícilmente pueden preverse y que conducen a la necesidad de seguir actuando al filo del río, donde se puede encontrar mucha basura pero de vez en vez, objetos valiosos: como la posibilidad de volver a creer en los demás.

HEROÍSMOS NOSTÁLGICOS

5 agosto 2011

Un par de películas que se despliegan a partir de una estructura clásica de entretenimiento, recreando épocas próximas pasadas y combinando emoción, heroísmo, pérdida de la inocencia y cierta sensibilidad insertada con pertinencia en las respectivas tramas, incluyendo cierto aroma nostálgico en contextos bélicos –activos y latentes- cuando los enemigos eran visibles y claramente identificables y cuando un sencillo muchacho se podía convertir en el ídolo del pueblo, siempre crédulo o dictaminador de culpables según los tiempos que corren: en este caso, los nazis o los soviéticos.
Con estas cintas se cierra de manera digna un verano fílmico más bien olvidable, apenas rescatado por dos o tres obras que respondieron a las pretensiones generadas por las omnipresentes campañas: aunque se plantee lo contrario, existe crisis creativa en la escritura de historias para los grandes estudios o bien sus mecanismos y criterios de selección están fallando: quizá no se entienda que la taquilla se da por añadidura, no por buscarla como primer objetivo.

SÚPER 8: FORMATO DE ENTRETENIMIENTO
El tema de la presencia alienígena sirve como metáfora para presentar el ancestral temor a lo diferente, como en Gremlins (Dante, 84); el aprovechamiento de cualquier oportunidad para convertirla en armamento y la permanente tensión entre el centro y la periferia, con todo y teorías conspiratorias incluidas. Además, el planteamiento del crecimiento personal, el interés artístico desde edades tempranas y la posibilidad del perdón frente a la pérdida, redondean una trama que no se conforma con la estructura del perseguido monstruo aterrorizante, sino que lo trasciende a un mayor nivel de significación.
En un pueblo de Ohio a finales de los setenta, un grupo de niños a punto de dejar de serlo desarrollan un proyecto fílmico de zombies para un concurso. Mientras rodaban una escena, un misterioso tren es descarrilado por un profesor de la escuela local, provocando una infernal explosión: más pronto que tarde, el sitio es invadido por el ejército, abandonado por los perros y el desarrollo argumental se instala con precisión, soltando sus hilos narrativos por diferentes cauces pero siempre articulados en torno a un epicentro conflictivo.
Si bien algunas resoluciones se plantean de manera facilona y quedan preguntas que el guión no alcanza a contestar -y que debiera-, la cinta mantiene un acertado equilibrio entre el desarrollo de sus personajes, emocionalmente bien definidos, y los momentos de acción, siguiendo la premisa básica de que el miedo se genera a partir de lo que se oculta, no de lo que se muestra, como magistralmente se empleó en Alien (Scott, 79). La dirección de los jóvenes actores, el abarcador manejo de la cámara y el enfático uso de la perspectiva, se constituyen como elementos clave para el funcionamiento del film en cuanto a su fluidez y conexión con el espectador.
Dirigida por J.J. Abrams (Misión imposible III, 06; Viaje a las estrellas, 09), Súper 8 (EU, 11) opera como entretenimiento para distintas generaciones, refiriendo en primera instancia a cintas como Cuenta conmigo (Reiner, 86) y E.T. (82) de Steven Spielberg, quien funge acá como productor, para entroncar con otras más cercanas en tiempo como la coreana El huésped ( Joon-ho, 06) o Cloverfield (Reeves, 08), producida por el propio Abrams. Hay que quedarse a ver los créditos.

CAPITÁN AMÉRICA: PRIMER VENGADOR
Un iluso y debilucho joven cree que alistarse en el ejército e ir a la guerra es una contribución para la sociedad. Tras varios rechazos dadas sus condiciones, termina por someterse a un experimento para convertirlo en un súper soldado y así servir como showman animador de tropas, convocante al ejército y elemento patriotero más bien de irrisoria factura. Pero como se trataba de un tipo comprometido y con verdadera madera de héroe, el ahora anabólico joven se aventurará para combatir a un desquiciado oficial nazi, también metido en pruebas químicas modificadoras de anatomías.
Siguiendo con la idea de plantear paralelismos a la historia oficial, como lo hiciera Bastardos sin gloria (Tarantino, 09), Capitán América: Primer vengador (EU, 11) se basa en el exitoso cómic creado en plena Segunda Guerra Mundial por Joe Simon y Jack Kirby, que después vino a menos para volver a resurgir de la mano de Stan Lee, quien hace su habitual cameo en la película dirigida con dinamismo y de acuerdo a los cánones del género por Joe Johnston (El hombre lobo, 09; Hidalgo, 04).
Con reparto competente, un guión que arriesga poco y una puesta en escena de estética retro pero aprovechando las posibilidades visuales de hoy, el filme es una muestra de cómo el entretenimiento clásico puede seguir funcionando para responder a las expectativas del público actual, ciertamente sin rebasarlas por su evidente maniqueísmo y su ausencia de matices. La contextualización del origen del personaje permite entender su dimensión y proyectarlo con mayor sentido para los tiempos que corren: de ahí el interesante desenlace.

LOCO POR ELLA: MADRE SOLITARIA, PADRE POR DESCUBRIR

17 septiembre 2010

Decido ver la película de Speck y Gordon por tres motivos: se basa en Baster, cuento publicado en el New Yorker de Jeffrey Eugenides, autor de la sutilmente dolorosa Las vírgenes suicidas (93), después vuelta película por Sofia Coppola, y de la monumental Middlesex (02); en segundo lugar, por la presencia siempre confiable de Jason Bateman, actor capaz de moverse por los distintos rangos de la comedia y, en tercer término, por volver a ver a dos actores medio desaparecidos que siempre me parecieron poco aprovechados: Juliette Lewis y, sobre todo, Jeff Goldblum.
En contra estaba la presencia de Jennifer Aniston, empeñada en actuar de sí misma –mala señal si se habla más de tu vida personal que de las películas en las que actúas- y que con obras como Una buena chica (02) y Amigos con dinero (06), prometía mucho más de lo que hemos terminado por ver en cintas perfectamente olvidables como Mi novia Polly (04), Dicen por ahí… (05), Viviendo con mi ex (06), Un amor inesperado (09) o El cazarecompensas (10). La serie Friends terminó por pesar más de lo que debiera.
Con título en español de absoluto lugar común y sin tener que ver con la trama, Loco por ella (The Switch, EU, 10) es una comedia romántica en tensión: por una parte, respondiendo a las convenciones del género y por la otra, buscando mantenerse fiel a su origen literario. De hecho, la primera mitad más o menos lo consigue, justo hasta el cumpleaños que es donde termina el cuento de Eugenides, en el que también aparece un aborto y el protagonista es bastante más feo que Bateman; después, empiezan a predominar los clichés con triángulo amoroso incluido (Patrcik Wison es el donador vuelto tercero en discordia) y reconciliaciones improbables.
Temáticas como la búsqueda de la maternidad más pensando en evitar la soledad que en generar vida; las nociones darwinianas de la selección natural; la fecundación in vitro y la importancia del rol paterno, apenas se esbozan: de hecho, los mejores momentos del film transcurren en la relación que establecen padre e hijo, con diálogos sombríamente chispeantes y recordando a Un gran chico (Weitz, 02) basada en la novela de Nick Hornby.
Una película que optó por la convención a pesar de contar con la oportunidad de transitar un camino distinto, bien delineado por la fuente en la que se basa: seguramente le irá mejor en taquilla pero no resistirá demasiado el paso del tiempo.

ENTRE MONSTRUOS Y MENTIRAS

8 septiembre 2010

Un par de opciones en los videoclubes de la ciudad que dibujan mundos en apariencia fantásticos pero directamente conectados con realidades posibles, sobre todo aquellas que habitan en las mentes y que en cualquier momento se instalan en el mundo tangible. Ambas inadvertidas para nuestra cartelera. Veamos.
Con un notable guión estirado de David Eggers y Spike Jonze (¿Quieres ser John Malkovich?, 99; El ladrón de orquídeas, 02), quien también dirige esta fantasía demasiado cercana, Donde viven los monstruos (Where the Wild Things Are, EU, 09) es una obra que representa un inteligente traslado a la pantalla del brevísimo y famoso cuento sesentero de Maurice Sendack, con todo el trasfondo psicológico desplegado entre la inocencia a punto de extraviarse y el descubrimiento de mundos incivilizados más cercanos de lo pensado.
La mente de los niños es mucho más compleja de lo que los adultos podemos imaginar. Todo tipo de monstruos caben en ella: furia, necesidad de protección, egoísmo, reconciliación, depresión, exaltación, negatividad, calma… es un reino lleno de sentimientos encontrados que poco a poco van acomodándose y entendiéndose entre sí, en el mejor de los casos. Conforme pasa el tiempo, el asunto se puede ir complicando más allá de nuestra comprensión.
Logrados encuadres de emotiva plástica; música entre amable e histérica de Karen O; actuaciones monstruosas de reparto conocido y un trabajo artesanal que guía el apoyo digital para la creación de las diferentes botargas, se constituyen como elementos puntualmente amalgamados para seguirle la pista al siempre difícil proceso de crecimiento en el que está inmerso Max, entre la sensación de abandono y la necesidad del siempre agradecible abrazo materno, llegando justo cuando la aventura rebasa la posibilidad de autocontrol.
Por su parte, el director y comediante inglés Ricky Gervais (The Office, Extras, Cemetery Junction, 10) presenta La mentira original (The Invention of Lying, EU, 09), de atractiva premisa e hilarante, por momentos, desarrollo. En tono de comedia, la cinta explora cómo falsear la verdad “objetiva” puede ser una estrategia para encontrar no sólo un beneficio personal, sino para brindar cierta esperanza colectiva más allá de lo que sólo se alcanza a ver frente a las narices. La colorida fantasía se abre paso en medio de la grisura de la realidad, con todo y sus falsos profetas o los escépticos de siempre.

ENTRE OGROS REBELDES Y JUGUETES SENSIBLES

6 agosto 2010

Son las dos joyitas de sus respectivos estudios, competidores en el jugoso mercado de la animación infantil. Pixar está en la cima seguido por Dream Works, acusando cierta irregularidad en sus propuestas que contrasta con la consistencia de los miembros de la casa Disney (excepto Cars, 06), quienes han sabido cuidar muy bien su franquicia emblemática, incluso arriesgando una tercera producción.
Shrek (Adamson/Jenson, 01) fue todo un suceso, al nivel de Toy Story (Lasseter, 95): por diferentes motivos, las dos películas tienen reservado un lugar de privilegio en la historia de la animación; las segundas partes de ambas fueron continuaciones dignas de la trascendencia de sus predecesoras (Toy Story 2, Lasseter, 99; Shrek 2, Adamson/Asbury, 04) pero Dream Works se precipitó y produjo una fallida tercera entrega (Shrek Tercero, Miller/Hui, 07) de la que sólo se recuerda la secuencia del ataque de las princesas impulsadas por el grito de Robert Plant, dejando un pantanoso sabor de boca entre los fieles seguidores del irreverente y ahora domesticado marido de Fiona.
Y esa condición parece que motivó la realización de Shrek para siempre (EU, 10), buscando volver la mirada hacia los orígenes para tratar de cerrar en forma más honrosa las peripecias de los personajes pobladores de este anti-cuento escrito por William Steig. Dirigida por Mike Mitchell (Súper escuela de héroes, 05), la cinta recurre a la estrategia del mundo paralelo para revalorar la cotidianidad como vehículo hacia la felicidad y aunque se extraña más humor, de alguna manera el daño hecho por su predecesora queda resarcido.
Por su parte, Toy Story 3 (Lee Unkrich, 10) es un dechado de inteligencia fílmica y sensibilidad lúdica: la combinación de humor, acción y drama funciona como una precisa relojería narrativa que hace cómplice al espectador; incluso los homenajes a los maestros Orson Welles (Lotso) y Hayao Miyazaki (Totoro) y las consabidas referencias a otros filmes, se insertan orgánicamente en la trama, impecablemente ligada a sus dos predecesoras.
El aprovechamiento de la 3D aquí sí encuentra un sentido para contrastar el juego entre interiores y exteriores, mientras que el manejo de la perspectiva consigue involucrarnos en las aventuras de los famosos juguetes parlantes, a pesar de tratarse de animación. La pérdida como condición de vida y la dureza de los diferentes ambientes entre los que priva la ley del más fuerte, se contrapone con la posibilidad de cambio y la importancia de la amistad al punto de arriesgar, una vez más, el pellejo (o el plástico, en este caso).