NEBRASKA: GEOGRAFÍA DEL RECONOCIMIENTO

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Es todavía el medio oeste norteamericano, donde se dice que empieza el este, entre parajes fríos de árboles que son puras ramas, acentuando la frondosidad de los pinos, y pequeñas ciudades diseñadas con una funcionalidad tal, que el paso del tiempo no cambia las lógicas de vida: nada es viejo y nada es nuevo. Se palpa el Estados Unidos profundo, en donde la vida transcurre desde la carretera, en la barra de alguna taberna húmeda con rutinas establecidas o en la atención de un negocio que dejó de serlo hace muchos años.

Pero Nebraska, además de ser un estado asediado por tornados, también es el título de una de las obras clave de Bruce Springsteen, grabada con la austeridad del caso con una armónica de tonos lluviosos y en la que desfilan delincuentes, asesinos sin convicción y seres extraviados en las aceras de algún conglomerado urbano, muy lejos del brillo de Atlantic City.

Un hombre mayor camina por la acera con la cabellera apuntando a todas partes. Da la impresión de estar extraviado sin saber que lo está. Un policía lo alcanza y le hace dos de las preguntas que nos resultan más difíciles de contestar: ¿A dónde vas? y ¿De dónde vienes? Para contestar ambas, el anciano señala con la mano hacia el frente y hacia atrás. La introducción nos da la pauta de la propuesta argumental, aunque después de todo permanezcan las preguntas y solamente cambie el sentido de las respuestas.

Con Nebraska (EU, 2013), obra integral que apuesta por un discurso sensible sin sobresaltos y con buenas dosis de humor siempre imbricado a la historia, Alexander Payne, nacido en Omaha, retoma la obsesión por una meta que no parece tener mucho caso como en La trampa (Election, 1999); la búsqueda de sentido durante la vejez propuesta en Las confesiones del Sr. Schmidt (2002); la estructura narrativa del viaje cuyo propósito no está del todo determinado como en Entre copas (Sideways, 2004); y la reedición de los afectos familiares expresados en Los descendientes (2011).

De Billings, Montana a Lincoln, Nebraska: un largo trayecto para recoger el premio de un millón de dólares a todas luces inexistente que se convierte en el objeto de la necedad del anciano alcohólico, medio ausente pero con momentos de lucidez que se dedicaba a arreglar aviones y cuyo deseo ahora es tener una camioneta y una compresora de aire. Interpretado magistralmente por Bruce Dern, de mirada perdida pronto recuperada, el personaje recuerda al tozudo viejo de Una historia sencilla (The Straight Story, Lynch, 1999), encarnado por Richard Farnsworth.Nebraska

Su hijo recién separado de su robusta novia y empleado de una tienda de aparatos de video y sonido (Will Forte), accede a llevarlo a pesar de la reticencia de su elocuente y asertiva madre (June Squibb, sensacional sin pelos en la lengua) y de su hermano presentador de noticias (Bob Odenkirk, el cínico abogado de Breaking Bad), aunque después se unan un momento al disparatado periplo que acaba siendo un reencuentro con un pasado que sigue siendo el mismo.

EL PREMIO ESTÁ EN OTRA PARTE

Sin embargo, esta aventura acaba siendo toda una revelación para el hijo, sobre todo cuando se entera de un pasado oculto y se da cuenta que en el pueblo todos conocen a su padre y ahora hasta le aplauden por su condición de millonario, desde el aprovechado exsocio (Stacy Keach) hasta la exnovia (Angela McEwan), ahora manejando el diario local, pasando por quien simplemente le desea suerte en la calle.

De alguna manera, la road movie se convierte en un historia de reconocimiento, nunca sentimentaloide aunque sí emotiva, de un padre y su hijo, salpicada de apuntes humorísticos (la escena del cementerio, el “asalto” para robar el comprobante del premio, el robo confuso de la compresora de aire) y de sarcasmo e ironía (el regalo de la gorra, la pérdida de los dientes). Se percibe una extraña melancolía en la que se inmiscuye una saludable sátira, como si fuera una especie de capacidad para reírse de sí mismo: ahí están los indicativos encuadres como el que presenta a todos los hermanos del protagonista viendo el fútbol americano.

La edición de Kevin Tent se ajusta con pertinencia a la propuesta episódica del guion, entre paradas a descansar, ver la montaña de los presidentes inacabados, escaparse hacia algún bar medio muerto o bien tener que pasar a casa del hermano, también en su mundo, y su esposa, hablando por todos, con los dos gruesos hijos buenos para nada, burlándose del tiempo que le tomó al primo llegar hasta ahí, como si ello fuera un buen motivo para sostener una conversación, únicamente aumentada con el tema de los coches.

Miembro del Tin Hat Trio, el guitarrista Mark Orton (Una buena chica, 2002; Sueños de vida, 2005) musicaliza las secuencias transicionales del film, complementando la natural y evocativa fotografía en blanco y negro, ya sea en las tomas abiertas de la carretera con paisajes de formas por imaginar o en las miradas a las ciudades que sirven de estancia provisional a este recorrido, en el que lo importante no es el destino ni el motivo, sino el proceso y el impulso implícito del viaje, acaso nunca pensado de antemano pero en palpable construcción afectiva.

Los diversos tonos de grises, por momentos luminosos y en otros tendientes más hacia la oscuridad, reflejan con precisión el amplio enfoque de la historia, evitando los maniqueos blancos y negros para dar paso a personajes capaces de alegrarse por la suerte ajena, envidiarla o intentar aprovecharla, según sea el caso: porque la novedad, aunque sea falsa, es digna de aparecer en el periódico local. Y si el desmentido provoca burlas, el paseo silencioso en la camioneta se convierte en el antídoto perfecto contra el escarnio y, de paso, en la recuperación de un ánimo escondido.

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