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BLADE RUNNER: VOLVER A VER LOS CLÁSICOS

15 octubre 2017

Por lo que refiere a los clásicos fílmicos, podemos ubicar cuatro niveles en su tratamiento: el simple saqueo que no genera mayor interés, ni siquiera para volver al origen; el homenaje que permite la revaloración del texto en cuestión, sin aportar demasiado; la actualización, en donde se busca ponerlo al día según las condiciones actuales y, finalmente, la expansión de su planteamiento, en la que dicho clásico encuentra nuevos territorios para desarrollarse sin perder su esencia, incorporando contextos y ámbitos de los tiempos que en efecto están cambiando.

Dirigida por Ridley Scott, quien venía de realizar la fundacional Alien, el octavo pasajero (1979) y curiosamente de codirigir el video de la exquisita Avalon de Roxy Music, Blade Runner (1982) se convirtió en una de esas películas modélicas que trascienden su discurso más allá de los territorios cinematográficos, haciéndole total justicia visual y argumental a ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), historia perpetrada por la mente paranoica y visionaria del maestro Philip K. Dick, generalmente llevado a la pantalla sin mayor resonancia, salvo en El vengador del futuro (Verhoeven, 1990), Impostor (Fleder, 2011), Sentencia previa (Spielberg, 2002) y Una mirada a la oscuridad (Linklater, 2006).

Al quebequense Dennis Villeneuve, (Polythecnique, 2008) le gustan los proyectos que impliquen riesgo: asumió la responsabilidad de adaptar a Saramago y entrar al tema de la identidad (Enemigos idénticos, 2013); incursionó en el espinoso tema del narcotráfico transfronterizo sin ser de aquí ni de allá (Sicario, 2013); logró aventurarse en la reflexión cienciaficcional de mensajes trascendentes (La llegada, 2016) y se inmiscuyó en los vínculos que se generan entre padres e hijos ante la pérdida y el redescubrimiento (La mujer que cantaba, 2010; Intriga, 2013).

De todos los retos salió bien librado y la tendencia se extendió en Blade Runner 2049 (EU-RU-Canadá, 2017) su excursión por el mundo humeante y grisáceo, devastado ecológicamente y depresivo hasta la cocina de los replicantes y sus cazadores, sobreviviendo en una sociedad construida a partir de la ultra virtualización donde incluso la pasión romántica es una mercancía que se vende susceptible de anidarse en la realidad de los afectos; predomina una especie de capitalismo deprimido, necesitado de complacer ausencias y sostenido por colonias de niños trabajadores tiranizados por algún mercenario, además de una corporación capaz de someter al estado policiaco, como se advierte en la secuencia de las dos mujeres que ostentan el poder.

Ryan Gosling es el señor K de kafkiano, atrapado en una rutina burocrática donde solo le queda obedecer órdenes de su jefa, interpretada por Robin Wright, y que apenas encuentra un cierto respiro en la relación con su novia virtual por conveniencia, encarnada (es un decir) por la cubana Ana de Armas; su misión chocará con los intereses del mandamás invidente de la siniestra compañía voraz, encabezada por un taciturno Jared Leto, siempre bien secundado por la implacable Silvia Hoeks y, para redondear el casting, Harrison Ford ya en su clásico papel de héroe nostálgico venido a menos, aquí como el viejo y estimado Rick Deckard.

Los Ángeles ahora es un lugar menos natural que hace treinta años, si es que ello es posible; San Diego es una especie de cinturón de basura y chatarra y el trazo urbano ha suplantado cualquier posibilidad de paisaje verde. La lluvia continúa en tanto se convierte en nieve ácida, mientras los apabullantes hologramas pretendidamente seductores y los anuncios publicitarios invaden la grisura húmeda y humeante de callejones sin salida, contrastando con esos desiertos rojizos cargados de polución, a su vez atravesados por un score entre ambient y tecno de la dupla Wallfisch-Zimmer, modificando su tono según el hábitat en el que nos vamos encontrando, generalmente de metálica devastación o de extrema aridez.

MÁS QUE HUMANO

Si en ciertos momentos, sobre todo en la primera mitad, se siente que el relato se atora por regodearse sobre sí mismo, la puesta en escena y las resoluciones posteriores anulan dicha sensación. La fotografía del veterano Roger Deakins, colaborado asiduo del director, captura con lucidez los impresionantes escenarios que definen una mitología futurista, tanto en exteriores como en los interiores de la corporación con formas oblicuas por las que avanzan sinuosos haz de luz y que reflejan una racionalidad líquida (diría Bauman), sostenida por una amenazante ambigüedad en la que conviven la creación y la destrucción, la búsqueda del origen y de las respuestas ante la incertidumbre acerca de la propia naturaleza: Pinocho y Frankenstein.

En efecto, crisis de identidad existencial: un nuevo modelo de androides que tiene queBlade Runner 2049 exterminar replicantes, o sea, a los de su propia especie, tal como le espeta uno de los antiguos (Dave Bautista con sorprendente intensidad) al despreciado “portapieles”. Viven con recuerdos implantados con los que parecen sentirse satisfechos justo hasta que dejan de estarlo, sin la inquietud por humanizarse como sus ancestros rebeldes: el proceso de perfeccionamiento entendido como pérdida de sensibilidad, salvo que alguien lance el mensaje de que vale la pena morir por una causa. Claro que uno cambia cuando es testigo de un milagro, a menos que una prueba “nabokoviana” para verificar que todo sigue en orden lo desmienta.

Si en Her (Jonze, 2015) el hombre solitario se enamora de su sistema operativo a través de la conversación, el Blade Runner se apega a una mujer digital que se adapta a la situación e incluso se encarna en otra joven (Mackenzie Davis): la diferencia es que mientras que en el primer caso no hay exclusividad, en el segundo parece sí existir, a pesar de tener que brindar consigo mismo. Claro que se puede incendiar la casa para intentar disipar las dudas existenciales, más fuertes que cualquier fuego pretendidamente liberador. Pocos descubrimientos tan devastadores como el darse cuenta que un recuerdo que creías tuyo, nunca lo fue, por más que no se asuma frente a la joven especialista en dotar de memoria a los necesitados.

El guion del veterano Hampton Fancher en complicidad con Michael Green (Logan, 2017), establece los necesarios nexos con la primera parte pero le dota de identidad propia a la secuela: el gran Edward James Olmos ahora hace ovejas de origami, no unicornios que habitan los sueños imposibles; Rachel (Sean Young) es un recuerdo único que sigue palpitando sin aceptar copias y el protagonista parece derramar lágrimas que fluyen, dijera el policía, extraviándose en la lluvia, tal como lo expresó el líder de los replicantes rebeldes que murió tres decenios atrás (Rutger Hauer). Está, por supuesto, el protagonista de la primera entrega, de quien siempre se dudó acerca de su naturaleza, envuelto en un entorno de escasa interacción social.

Ahí están el árbol muerto que guarda secretos vitales, apenas anunciados por una flor inaudita, así como las esculturas gigantes atrapadas en un rictus que viaja del deseo a los sueños rotos, en los que siempre faltan piezas y que se asumen como un cuadro de Giorgio de Chirico, entre el vacío existencial, la belleza intrigante y la decadencia desértica, como el hotel/casino de Las Vegas, habitado por los fantasmas/hologramas de Liberace, Marilyn Monroe y Frank Sinatra, acompañados de un perro que bebe whisky y que no se sabe si es real pero que sirve de compañía al escurridizo Deckard, recluido después de cumplir a medias su misión de hace treinta años y con el recuerdo palpitante de un amor que creíamos imposible, cual prueba indudable de la humanidad que lo carcome.

 

TOM PETTY: ROCK PARA ROMPER CORAZONES

5 octubre 2017

Con él aprendimos a volar sin alas rumbo al cielo abierto y nos acompañó en nuestras caídas libres provocadas por escuchar al corazón, aguantando la ruptura sin echarnos para atrás. Eso nunca. En su música cabíamos todos: desde los perdedores que se levantan para volver a fracasar, hasta quienes se la pasan habitando en un mundo romántico lleno de flores silvestres escondidas en la prolongada oscuridad, que nunca termina por asentarse en alguna realidad ligeramente palpable.

El rock guitarrero de aliento sureño se despliega a través de memorables ganchos pop con influjos new wave, bañados en un rock’n’roll de constante actualidad y energía cargada a la mano, ajeno a pretensiones más allá de entregar brillantes canciones de rock clásico, ya de propiedad colectiva y parte del crecimiento vital de quienes andábamos deambulando por ahí sin mayor oficio ni beneficio pero eso sí, con las ganas de trascender a punto de turrón tratando de cumplir con duras promesas.

Ya desde su etapa de bachiller, el oriundo de Florida mostró sus cualidades para el juego de cuerdas y la composición; encontró en una banda conocida como Mudcrutch, su primera y última curiosamente, el ecosistema necesario para iniciar su trayectoria: se hizo cargo del bajo y conoció a colegas clave como el guitarrista Mike Campbell y el tecladista Benmont Tench, escuderos de múltiples gestas y que reencarnaron en The Heartbreakers, la legendaria banda de apoyo que se nutrió con la aportación del bajista Ron Blair y del baterista Stan Lynch, que también le hace a la cantada.

Con la influencia palpable de The Byrds, Buffalo Springfield, The Allman Brothers Band y The Rolling Stones en la construcción musical, así como la de Bob Dylan en el núcleo de la propuesta, Tom Petty debutó en el campo discográfico con el sorprendente homónimo Tom Petty & The Heartbreakers (1976), contrastando con la naciente escalada punk. La costumbrista American Girl comandaba la propuesta tanto sonora como descriptiva de una sociedad en pleno proceso de transformación, reflejada también en Breakdown con una banda que suena prematuramente integrada.

La segunda apuesta fue You´re Gonna Get It! (1978) con canciones memorables como I Need To Know, Hurt y Listen to Your Heart, alcanzando hasta ese momento mayor reconocimiento en Inglaterra que en la propia tierra, cual típico profeta. El rompimiento definitivo llegó con la obra maestra Damn the Torpedoes (1979), saturada con canciones en estado de gracia con Refugge como estandarte, seguida por diversos cortes que ilusionaban a los perdedores con el esperanzador mensaje de que tarde o temprano llegará nuestra chica para remediarlo todo; la estructura sonora se afina y las melodías se vuelven tan cercanas como el fin de una época, gracias también a la punzante producción de Jimmy Iovine.

El impulso y la confianza ganada impregnó a Hard Promises (1981), digno continuista de su predecesor y en el que se mantienen las premisas intactas como se aprecia en la abridora The Waiting. En los años subsiguientes, aparecieron el episódico Long After Dark (1982) y Southern Accents (1985), por medio del cual amplió su radar con el apoyo de la naciente MTV, en donde salió a cuadro como el sombrerero loco en Don’t Come Around Here No More: un disco con aroma a paja que trascendía el localismo aparente. Porque sabemos que el corazón es un pozo no de los deseos reprimidos, sino los que nunca se cumplen pero siempre se anhelan, acompañaron a la bruja blanca Stevie Nicks en la significativa Stop Draggin’ My Heart Around.

EL CIELO HIPNÓTICO NOS ESPERA CON LAS NUBES ABIERTAS

Imposible resistirse a la influencia de Bob Dylan, sobre todo si trabajas con él: ahí está el reflejo de esta experiencia sellada en Let Me Up (I’ve Had Enough) (1987), en donde Petty y los suyos daban muestras de retomar el nivel de finales de los setenta y principios de los ochenta. En estos años, formó The Travelling Wilburys, el súper grupo más renombrado de la historia del rock que entregó un par de discos (Vol. 1, 1988; Vol. 3, 1990: ¿habrá un volumen dos escondido?), en donde participaron íconos absolutos como el propio Dylan, George Harrison, Roy Orbison y Jeff Lyne, vuelto su productor para el fantástico Full Moon Fever (1989), una especie de debut solista que nos puso en disfrutable caída libre para perseguir los sueños sin dar un paso atrás. Ya ni modo, dirían los cínicos.

Los noventa empezaron con los reflectores encima gracias al mediático Into the Great Wide Open (1991), lección de aprendizaje incluida para levantar el vuelo más allá de los límites autoimpuestos, y con el obligado Greatest Hits (1993), con Mary Jane’s Last Dance como carnada para la compra de los coleccionistas. Una vez más prescindiendo de su banda de soporte, se aventuró en una segunda incursión individual para entregar el estupendo e introspectivo Wildflowers (1994) con todo y las orquestaciones de Michael Kamen bajo la producción de Rick Rubin, de moda por aquellos años, compartiendo la dificultad para entender lo que se siente cuando no lo has vivido, sobre todo si alguna vez te ceñiste la corona. Mi favorito.

De regreso con los responsables de tanto ritmo cardiaco suspendido, Tom Petty entró al Tom Pettymundo del celuloide en She’s the One (1996), cuyo score integraba algunas canciones de colegas como Beck y Lucinda Williams. Para cerrar el milenio, apareció Echo (1999), obra menos conocida pero tan consistente como las mejores en la que se refleja su divorcio tras 20 años de matrimonio y un tránsito entre el rock humeante y cierta tristeza. En tono crítico hacia la industria, apareció Last DJ (2002), que tuvo más repercusión en las ventas que en las apreciaciones del público, más recordado por su discurso contestatario que por su apuesta sonora.

Otra vez bajo la batuta de Lyne y con el apoyo de Campbell, grabó el efectivo Highway Companion (2006), se tercer álbum “solista” con Saving Grace y Flirting With Me como canciones representativas y demostrando que solo o bien acompañado podía regalarnos discos no de una sola pieza, sino de varios cortes versátil y fluidamente engarzados a partir de una madurez que lejos de advertir estancamiento, denotaba oficio y creatividad.

Volvió con los rompecorazones, un poco más entrados en años pero todavía en plan de hacer ruido, vía un par de sólidos y energéticos álbumes que demostraban que a veces puede tener más fuerza la experiencia que el músculo juvenil: Mojo (2010) representó un sólido regreso e Hypnotic Eye (2014), toda una confirmación de que lo que bien se aprende no se olvida, sobre todo cuando se cuenta con habilidades para cautivar sicológicamente a la audiencia. También regresó cual viaje a la semilla con su banda primigenia para grabar el homónimo Mudcrutch (2008) y 2 (2016), junto con los compañeros de siempre Tench y Campbell, además de los veteranos Tom Leadon y Randall Marsh.

Un valioso documento para adentrarse en la vida de Tom Petty es Runnin’ Down a Dream (2007), dirigido por Peter Bogdanovich en el que durante cuatro horas nos lleva por la vida y obra del líder de los rompecorazones, retomando una presentación en vivo, imágenes y declaraciones e pietaje, la importancia de Mudcrutch y su intervención en The Travelling Wilburys; cabezas parlantes como George Harrison, Eddie Vedder, Stevie Nicks, Dave Grohl, Jimmy Iovane, Jeff Lynne, Rick Rubin, Johnny Depp, Jackson Browne y varios familiares, entre otros, brindan una buena perspectiva de la importancia de este hombre para la cultura del rock. Al final, también ha estado en las microhistorias de quienes lo incorporamos como parte de nuestras discretas transformaciones.

 

ROSCOE MITCHELL: DESDE LA CIUDAD DE LOS VIENTOS EXPERIMENTALES

2 octubre 2017

Recibió con los pulmones abiertos la influencia de grandes como Coltrane, Coleman y Ayler, con quien participó en su banda, para después insertarse a la camada de excursionistas como Braxton, Jarman y Threadgill, navegando por donde se encuentran las aguas del jazz y la música clásica contemporánea, específicamente el avant-garde, y así arribar a tierras donde las estructuras y formas se metamorfosean constantemente, fundiéndose en una improvisación sustentada y alimentada por una sensibilidad expansiva. En sentido colectivo, ha creado diversas asociaciones para fomentar el crecimiento y consolidación de la manifestación musical en sus diversos estratos.

Roscoe MitchellJugando con los tiempos e intervalos a partir de un espíritu que privilegia la espontaneidad, el saxofonista y ejecutante de lo que le pongan enfrente,, básicamente el saxofón como símbolo inequívoco del jazz Roscoe Mitchell (Chicago, 1941) se ha convertido en toda una institución, por paradójico que parezca, de la renovación del jazz y sus contornos, justo donde habitan la atonalidad, el free y otras propuestas disruptivas. Por supuesto, se incorporó a la venerable Association for the Advancement of Creative Musicians (AACM), organización clave en el desarrollo del jazz de avanzada.

Después de entrar al mundo del Bop y aprender tanto del mencionado Ayler como del compositor y pianista Muhal Richard Abrams, debutó justamente bajo el cobijo del ensamble en formato de sexteto con el ahora clásico Sounds (1966), toda una aventura sonora en la que ya visitaba parajes espesos que se abrían a espacios de mayor nitidez, estrujando el saxo alto y el clarinete hasta obtener sonidos imposibles de timbres envolventes, sostenidos en una base rítmica igual de impredecible y en la combinación del chelo, el trombón y la presencia del propio Bowie, trompeta, armónica y fiscorno en la punta de la lengua, por supuesto armando un circo de tres pistas.

Ahí está su decisiva participación en la conformación del Art Ensemble of Chicago, esencial colectivo de renovadores ente quienes se encontraban Lester Bowie, trompetista de excepción y que ha producido una gran y pujante cantidad de discos: Selected Recordings (ECM, 2002), puede ser un buen inicio. Después de firmar Congliptious (1968), enclavado en el free jazz, formó el Creative Arts Collective en los años setenta, década en la que se mantuvo activo vía resonantes obras como Solo Saxophone Concerts (1974), Quartet (1975), el doble Nonaah (1977), junto con la pandilla conocida y Sketches From Bamboo (1979).

En la década de los ochenta, además de su incansable labor colectiva en la AACM y en el famoso ensamble, empezó a saxofón batiente con Snurdy McGurdy and Her Dancin’ Shoes (1981), al que le seguirían de manera inmediata 3 x 4 Eye (1981) y More Cutouts (1981); para darle continuidad a sus ideas con respecto a las posibilidades de los ensambles con énfasis percusiva, se aventuró con Roscoe Mitchell and the Sound and Space Ensembles (1983), An Interesting Breakfast Conversation (1984) y The Flow of Things (1986), cerrando estos años con memorables trabajos en vivo.

LAS CAMPANAS QUE VIENEN DEL SUR

En los años noventa, participó con intérpretes clásicos y conformó el grupo Nine Factory para seguir explorando sonidos diversos en la frontera de la música contemporánea y el jazz, a partir de estructuras oblicuas e innovadoras como se advierte en This Dance Is for Steve McCall (1993), Nine to Get Ready (1999) y Song for my Sister (2002), entrando al nuevo milenio con la fuerza suficiente para crear texturas desafiantes. Por otra parte se desenvolvió en formatos tradicionales como el trío, a través del cual presentó los dialógicos The Day and the Night (1996), Solo 3 (2004) y el doble No Side Effects (2006), en compañía del intenso chelo de Harrison Bankhead y la dislocada batería de Vincent Davis.

Lejos de tomarse un respiro, en años recientes ha mantenido intensa actividad, tocando con los colegas de antaño y con otras figuras centrales de la escena como el baterista experimental Tyshawn Sorey y el trompetista Ragin (Duets, 2013); Pauline Oliveros, John Tilbury, y Wadada Leo Smith (Nessuno, 2014) y con viejos conocidos como Jack DeJohnette, el pianista Muhal Richard Abrams, el bajista Larry Gray y su colega Henry Threadgill (Made in Chicago, 2013). Como quinteto, destaca Turn (2005), con la presencia del pianista Craig Taborn, con quien produjo los retadores Conversations I y II (2014).

Atendiendo una comisión del Museo de Arte Contemporáneo de Chicago y bajo el Roscoe Mitchell 2prestigioso sello ECM, con el cual ya había grabado, presentó Bells for the South Side (2017), ecléctica y ambiciosa obra en vivo que captura en dos discos el trabajo desarrollado con cuatro tríos, cada uno con características distintas en función de las intenciones y habilidades de los colegas participantes: el resultado es una de las obras clave del jazz del año en la que se integran pasajes de hermosa abstracción con otros de alcance orgánico. Discussions (2017), recién salido del horno, no hace sino confirmar los principios artísticos y didácticos que el gran saxofonista de Chicago ha cimentado a lo largo de 50 años de desafiar y trastocar el ambiente con vientos de cambio.