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ESTÁ DETRÁS DE TI: THE WALKING DEAD

29 julio 2015

El clásico plantea que el hecho de ser paranoico no significa que no te estén persiguiendo: sentirse acechado puede ser producto de la imaginación, de la realidad misma o de una extraña combinación de ambas. Cuando alguien o algo te sigue constantemente, además de tu conciencia o sentimiento de culpa, resulta difícil sentirse libre sobre todo cuando sus intenciones son destructivas. Quizá sea la muerte, disfrazada de muchas formas, que camina detrás de ti o toca a la puerta y si no le abres, verá la manera de introducirse una y otra vez, aunque tengas varias opciones de salida.

Escrita y dirigida con siniestra creatividad por David Robert Mitchell, Está detrás de ti (It Follows, EU, 2015) es una minimalista historia de horror persecutoria en la que caben lecturas e interpretaciones diversas gracias a su planteamiento abierto, que pueden ir desde los ámbitos de la adolescencia como etapa de angustia, hasta los de la descomposición social, en donde solo te salvas si perjudicas a los demás; surgen también reflexiones relacionadas con el SIDA o con la violencia sexual, así como con análisis de carácter metafísico acerca de la vida y la muerte, con todo y la batalla eterna entre Eros y Thanatos.

El planteamiento se traza de manera gruesa, sin entrar en mayores explicaciones causales. Una especie de entidad que se transmite vía relaciones sexuales, toma formas humanas variadas –hombres, mujeres, niños, jóvenes, viejos, conocidos o desconocidos- y persigue a quien ha sido “contagiado”, apareciendo inesperadamente y caminando pausada pero constantemente hacia la víctima, sin ningún tipo de expresión en la mayoría de los casos, aunque a veces con gesto amenazante.

La única forma de salvarse, que no siempre parece definitiva, es teniendo relaciones sexuales con alguien más para dejar de ser objeto de la persecución de este ente cambiante capaz de volverse corpóreo, sin que sepamos bien a bien qué le sucede a los sujetos que utilizó para sus fines terminales. Desde la fuerte introducción, nos percatamos que el peor de los terrores es el que te persigue de manera invisible y tendrás que asumir una decisión moral: permanecer en angustiante estado de escapatoria, pasarle la maldición a alguien más o prepararte para la muerte.

Cuando todo parece un juego consistente en adivinar en qué persona te gustaría convertirte de las que te rodean en un momento determinado, resulta que la maldad puede ser cualquiera de ellas con la única diferencia de que solo tú eres capaz de verla: el juego se terminó para dar inicio a la angustia existencial, lidiando con la incomprensión de los demás o, en el mejor de los casos, con su apoyo irrestricto. Paradójicamente, el deseo amoroso se convierte en el vehículo directo para enfrentar, cara a cara, a la muerte.

CUIDARSE LAS ESPALDAS

Estamos ante una película de atmósferas, más que de sucesos. El escenario es algún suburbio de la golpeada Detroit, ciudad en la que curiosamente también se desarrolla la vampírica Solo los amantes sobreviven (Jarmush, 2013), que parece permanentemente deshabitado, con casas y calles homogéneas apenas interrumpidas por algún conjunto en ruinas, donde al parecer nunca pasa mayor cosa, salvo el tránsito del día a la noche y de ahí al siguiente amanecer. El filme parece una consecuencia lógica del debut del director titulado El mito de la adolescencia (The Myth of the American Sleepover, 2011).

Está detrás de tiLa protagonista (Maika Monroe) es una joven común que, tras tener relaciones sexuales en una segunda o tercera cita con un presunto interesado en ella, empezará a vivir la pesadilla persecutoria de la que parece no haber final, a pesar de la ayuda de su hermana, una amiga, el vecino de enfrente y el amigo eternamente enamorado de ella. Al adecuado trabajo de casting se añaden unas interpretaciones siempre apuntando al realismo y a la naturalidad de comportamientos.

Es un contexto en el que los adultos están ausentes y distanciados, pueden resultar peligrosos o permanecer ajenos a la realidad de los jóvenes, quienes pasan los días en la escuela, viendo películas serie B o a la orilla del lago, fisgoneando a los vecinos, teniendo una cita romántica o flotando en la alberca del patio, cual entorno más o menos seguro aunque susceptible de ser destruido, o bien en alguna otra piscina donde la existencia puede terminar electrocutada, que puede representar la liberación o el hundimiento definitivo, como sucedía en Déjeme entrar (Alfredson, 2008; Reeves, 2010). En el agua la vida cobra dimensiones inesperadas.

Con las figuras tutelares de La noche de los muertos vivientes (Romero, 1968) y El Resplandor (Kubrick, 1980) y la utilizada premisa de presentar a un grupo de adolescentes luchando contra una criatura sobrenatural, de acuerdo con el propio director, la narración se construye, más que por los hechos, por los certeros desplazamientos circulares o diagonales de la cámara, buscando sus objetivos y encuadres con la misma parsimonia que la entidad persigue a sus víctimas, mientras una versátil y omnipresente electrónica cortesía de Rich Vreeland, aquí firmando como Disasterpeace, acompaña y recrea intenciones de las secuencias según el momento anímico de la historia, pausada pero constantemente elevando los niveles de zozobra.

ESPÍAS DESENFADADOS

22 julio 2015

Las películas de espías se han vuelto muy serias, le dice Samuel Jackson a Colin Firth en una tensa y divertida conversación que sostienen acerca de los clichés que pululan en las cintas de acción en general: además, rememoran los primeros filmes de James Bond mientras saborean unas hamburguesas en bandeja de plata y miden fuerzas una vez que han descubierto su inevitable rivalidad.

El subgénero ha dado pie a diversas tendencias que van de un realismo ajeno a cualquier tipo de glamour (La vida de los otros, 2006; Un enemigo en casa, 2007; El espía que sabía demasiado, 2011; El hombre más buscado, 2014) a la comedia que viaja entre la parodia y el homenaje con la serie, no la película, del Súper Agente 86 como referencia principal (Espías como nosotros, 1985; Johnny English, 2003/2011; Austin Powers, 1997/1999/2002), pasando por el tratamiento deliciosamente idealizado justamente con James Bond a la cabeza, aunque recientemente se haya tenido que manchar las manos en las estupendas películas protagonizadas por Daniel Craig, en la línea de Jason Bourne y otros atormentados y vulnerables personajes.

La veta del espionaje sigue dando buenos frutos, como se puede advertir en la intensa serie Los infiltrados (The Americans, 2013 – ), que ya comentamos en este espacio, y en películas recientes que amplían las posibilidades para seguir disfrutando de estos personajes y sus emocionantes aventuras, ya sea desde la lógica del humor o de la estética comiquera y de videojuego, como sigue.

ESPÍA EN TUBOS Y CHANCLAS

Realizada con preciso sentido cómico y flexible dirección de actores por Paul Feig, Spy: Una espía despistada (EU, 2015)Espía es una hilarante comedia que se sustenta tanto en la creación de situaciones como en ingeniosas líneas de diálogo, además de jocosas interpretaciones con el necesario énfasis para que los personajes se desarrollen más allá de los meros estereotipos chistositos. La trama es más o menos convencional: varios malosos están en busca de adquirir una bomba y una eficiente analista que ayuda a su compañero en el trabajo de campo desde su computadora, tiene que entrar al quite para salvar al mundo.

El director vuelve a hacer mancuerna con Melissa McCarthy, después de Damas en guerra (2011) y Chicas armadas y peligrosas (2013) para desarrollar un papel que pareciera estar pensado para ella, dado su registro interpretativo: así, puede ser una dulce analista, la mejor vendedora de algún estado del medio oeste norteamericano, la loca de los gatos que no falta ni en Los Simpsons, la tía que nadie quiere ir a visitar, una explosiva armapleitos o una lépera guardaespaldas, según se necesite.

El registro cómico de la protagonista se ve potenciado por una serie de interacciones con otros intérpretes para resolver algún tipo de asunto: con Jude Law, su galán inalcanzable apenas susurrándole al oído a kilómetros de distancia y recibiendo espantoso regalo; con Jason Statham, quien no deja de burlarse de sí mismo y de sus personajes anteriores, al tiempo que minimiza a la agente recién integrada en campo; con Rosie Byrne, insultándose de lo lindo mutuamente a través de ingeniosos diálogos y confirmando el lugar común que este tipo de películas son tan buenas como la villana en cuestión; con su amiga Miranda Hart, toda una revelación de caras y gestos, aquí como un ideal complemento de la rotunda espía con peinados diversos y con Allison Janney, en ajustado plan anticlimático.

ESPÍA EN JEANS Y SWAG

Con base en la novela gráfica de Mark Millar y Dave Gibbons The Secret Service, y guion de la colaboradora habitual Jane Goldman, Matthew Vaughn dirige Kingsman: El servicio secreto (Reino Unido, 2014) con la necesaria dosis de picardía, vitalidad y estilacho entre elegante e irreverente. Cierta estética de videojuego, sobre todo en las coreografías de los divertidos pleitos, se combina con elementos de un mayor clasicismo que se refleja en las secuencias de entrenamiento y equipamiento de los futuros espías.

Una agrupación secreta pierde a uno de sus miembros y tiene que darse a la tarea de seleccionar a su reemplazo, para lo cual recluta niños bien de la sociedad inglesa, salvo un adolescente curtido en la lógica de las banquetas y los barrios de alumbrado público insuficiente. Al mismo tiempo, un villano de caricatura, peligroso por inestable y riesgoso por sus conexiones políticas (suena conocido), pretende ayudar al planeta haciendo un proceso de selección antinatural, de acuerdo con sus propios criterios y apoyado por una mortal fémina de aspecto cortante.

Además del dinamismo en la edición y el desarrollo de secuencias explosivas que integran pertinentes elementos deKingsman comedia, el filme cuenta con un reparto tan impecable como la elegancia de los caballeros ingleses: del venerable Michael Cane al contundente Mark Strong y del sofisticado Colin Firth a la impredecibilidad de Samuel L. Jackson, pasando por los cumplidores jóvenes Taron Egerton y Sophie Cookson.

Dentro de la filmografía de Vaughn, esta cinta está más cerca de No todo es lo que parece (Layer Cake, 2004), que por cierto incluía en su reparto al futuro James Bond, y de Kick-Ass (2009), el superhéroe común, que de Stardust (2007) y de la brillante X-Men: Primera generación (2011), aunque el realizador inglés vuelve a demostrar su capacidad para moverse dentro de los estándares del mainstream con gran soltura y astucia, ensanchando sus márgenes con pizcas de innovación e inteligencia.

EL REVISIONISMO COMO ESTRATEGIA DE TAQUILLA

15 julio 2015

Dos de las más importante sagas cinematográficas de fantasía y ciencia ficción del siglo pasado, sobre todo en términos de audiencias e impacto mediático, fueron Parque Jurásico y Terminator. En ambos casos, las dos primeras entregas se convirtieron pronto en integrantes importantes del universo pop fílmico, tanto por sus propuestas argumentales como por la innovación en cuanto a efectos especiales se refiere.

Detrás de ambas franquicias se encontraban dos directores esenciales para entender al cine como fenómeno de masas y forma de entretenimiento inteligente: Steven Spielberg, responsable de Parque Jurásico (1993) y El mundo perdido (1997), cintas que mostraron a los dinosaurios como nunca se habían visto y que nos dejaban, como a los propios personajes del film, con una satisfactoria cara de sorpresa que se fortalecía por las propuestas narrativas de Michael Crichton.

Por su parte, James Cameron contribuyó con el cine cienciaficcional a partir de una idea propia, que en principio parecía pequeña, con los ahora clásicos Terminator (1984) y Terminator 2: El juicio final (1991), planteando una batalla entre la humanidad y sus creaciones robóticas con viajes a través del tiempo, incluida la reflexión acerca del sentido de nuestra especie en un entorno que cambia aceleradamente.

Vinieron después los usos y abusos  en el nuevo milenio que sin ser necesariamente desechables, se quedaron muy  por debajo de sus orígenes: desfilaron Parque Jurásico III (Johnston, 2001) de lado de los reptiles rebeldes y Terminator 3: La rebelión de las máquinas (Mostow, 2003), la rescatable serie televisiva Las crónicas de Sarah Connor (Friedman, 2008-2009) y La salvación (McG, 2009), por parte de los malosos robots. Parecía que todo estaba dicho, salvo que la necesidad de engordar taquillas dijera otra cosa.

Quizá en un afán por recuperar públicos a partir de mitologías ya conocidas y de paso generar nuevos adeptos a propuestas que resultaron sumamente solventes, he aquí que tanto parques de dinosaurios como robóticos apocalipsis están de vuelta. Digamos que los papás cuarentones lleven a sus hijos pubertos al cine y todos, se supone, contentos: unos por la rememoración y otros por la novedad, aunque a estas alturas de múltiples accesos igual los jóvenes ya habían visto los filmes fundacionales.

Y no es proyección (o sea que sí), pero uno a veces se siente parte del mercado meta, como dirían los que saben de estos asuntos: en mi memoria fílmica están insertadas tanto las imágenes iniciales de las diferentes especies de dinosaurios deambulando como en un reverdeciente Africam Safari, con todo y la famosa frase aquella de que la vida se abre paso, dicha por el venerable Richard Attenborough (q.e.p.d), como la implacable persecución a la mamá del héroe antes de que fuera la mamá del héroe por parte de un actor que había sido fisicoculturista y que todavía no era gobernador, incluyendo los rompedores viajes preventivos al pasado.

Jurassic WorldDINOSAURIOS Y ROBOTS MÁS ALLÁ DE LOS MECATRONICS

En el verano fílmico ambas sagas están de regreso con resultados medianos. Por una parte, Mundo Jurásico (Trevorrow, EU, 2015) nos regresa al parque ahora convertido en una especie de Disneylandia en busca de mantener el interés del público, cada vez más volátil y de escasa capacidad de admiración. Un millonario aparece como el dueño y toda una corporación maneja el negocito: en el traspatio, mientras tanto, los científicos han estado jugando a la genética para crear nuevas atracciones, léase dinosaurios más lucidores para el respetable, como si se tratara de meros objetos.

Por la otra, Terminator Génesis (Taylor, EU, 2015) nos trae de un lado para otro jugando con tiempos y espacios en los que figuran los personajes ya conocidos, aunque con algunas variantes en sus roles e intenciones. Los humanos pelean contra Skynet en uno de los futuros, mientras que la mañosa empresa manda enviados para exterminar a la madre del líder, como sucedía en la original, aunque después viene una serie de modificaciones que provocan un batidillo, dejando huecos explicativos y forzando algunas resoluciones.

En ambas cintas las empresas vuelven a ser sospechosas, en particular con algunas alianzas inconfesables, y el desarrollo tecnológico en los campos de la genética y la informática se revierte en nuestra contra, aunque en el caso de las propuestas visuales se aprovecha bastante bien, proponiendo lucidores efectos visuales que si bien no implican mayor novedad, le dan un foco de atención a los filmes de pronto olvidado por los respectivos guiones: los personajes no terminan de cuajar y no parece afectarnos mayor cosa si algunos de ellos pasan a mejor vida.

Claro que están presentes las mezquindades humanas que contrastan con héroes salvíficos, surgiendo de manera inesperada, así como los aliados robots y dinosaurios que se enfrentan a los nuevos malos del cuento, ahora encarnados por personajes híbridos que no son ni de aquí ni de allá, sino una especie nueva con poderes impresionantes que a la mera hora no dan el ancho: a pesar de algunos giros argumentales, en general el desarrollo de las historias resulta predecible.

Cierto es que la química actoral ayuda a las dos películas: Arnold Schwarzenegger, de sonrisa natural, y Emilia Clarke, aquí sin sus dragones, funcionan tanto en las secuencias de acción como en las de humor; Chris Pratt metido a cómo entrenar a tu velocirraptor y Bryce Dallas Howard en plan ejecutivo, interpretan con soltura a sus personajes atravesados por una relación odio/amor que le viene bien al argumento central. El resto de los elencos es cumplidor aunque parecen estar atrapados en papeles de escaso desarrollo caracterológico.

LA MENTE COMO ECOSISTEMA EMOCIONAL

8 julio 2015

Apunta el afamado científico Michio Kaku en su interesantísima y accesible obra El futuro de nuestra mente (Debate, 2014) que en los últimos quince años hemos aprendido más sobre el funcionamiento del cerebro que en toda la historia previa de la humanidad. Plantea que los dos mayores misterios de la naturaleza, paradójicamente, son el universo y la mente humana; en la Vía Láctea existen cien mil millones de estrellas, más o menos la misma cantidad de neuronas que habitan en nuestro cerebro.

El estadounidense de ascendencia japonesa explica que fue a partir de la aparición de las máquinas de imagen por resonancia magnética y otros escáneres cerebrales, cuando la neurociencia se transformó radicalmente, a partir de los años noventa; las ciencias cognitivas, por su parte, también han recibido un desarrollo trascendente desde diversas áreas del conocimiento, sobre todo a desde su interacción en proyectos de investigación de largo aliento.

Claro que nos hemos parado en los hombros de gigantes, desde los filósofos de la antigua Grecia (Anaxágoras dijo que la mente es la más fina y pura de todas las cosas hace 2500 años aproximadamente) y los trabajos de Freud, Jung y Carl Sagan con su clásico Los dragones del Edén (1977), hasta António Damásio con El cerebro creó al hombre (2010), pasando, por supuesto, por los estudios de Sacks, Maturana, Pinker y tantos más que nos han dejado sus hallazgos para seguir investigando.

La manera como pensamos y reconstruimos la realidad, las múltiples formas en las que sentimos y desarrollamos procesos intersubjetivos y la fuerte influencia que tienen los contextos sociales en los que nos desenvolvemos, convierten al estudio del cerebro y la mente en un campo tan apasionante como misterioso, en particular por el cúmulo de factores interdisciplinarios que confluyen en su análisis.

DIALÉCTICA AFECTIVA

Con su habitual talento para contar historias que combinan una gran sensibilidad con emoción y humor, Peter Docter, responsable de clásicos pixarianos como Monsters Inc. (2001) y Up (2009), dirige junto con el filipino Ronnie del Carmen, quien aparece como coautor del relato base, la cinta Intensa-mente (Inside Out, 2015), inmersión a la mente de una niña común de once años que vive feliz con sus padres en Minnesota y de quien vamos conociendo su existencia desde su nacimiento: forma parte del equipo de hockey, tiene una buena amiga y se siente parte de un mundo reconocible.

La estabilidad se rompe cuando la familia se muda a San Francisco, bellamente plasmada, por laIntensamente chamba del papá: el proceso de adaptación a la escuela y el entorno, además del amenazante fin de la infancia y las presiones propias de la vida de los adultos, sacudirán los cimientos relacionales y obligarán a los tres involucrados a reformular sus vínculos y enfrentar las diferencias, poniendo en acción sus neuronas espejo. Si el asunto visto así resulta interesante, más aún si nos sumergimos en los mecanismos mentales que operan en los involucrados, particularmente en los de la protagonista.

La historia parece retomar diversas ideas acerca de indagaciones recientes sobre la actividad de la mente, como las de Michael S. Gazzaniga expuestas en ¿Quién manda aquí? El libre albedrío y la ciencia del cerebro (Paidós, 2012) y Lo que el cerebro nos dice: los misterios de la mente humana al descubierto (Paidós, 2012) de V. S. Ramachandran. El guion del propio Docter en complicidad con Josh Cooley y Meg LeFauve, productora de Historias fantásticas (Cave, 2002) consigue darle un tratamiento accesible y profundo al mismo tiempo a una temática que podría ser sumamente árida o reducida a manual de autoayuda, a pesar de verse en la necesidad de simplificar ciertos  procesos que suceden en nuestras cabezas.

La premisa, entonces, se centra en la forma de tomar decisiones a partir del concurso de cinco emociones –alegría, temor, enojo, disgusto y tristeza- representadas por sendos personajes que, por alguna razón no explicada, en el caso de la niña son mixtos y en el de los papás corresponden al sexo de la persona. Claro que podría pensarse también en la empatía, el afecto, el orgullo, la vergüenza y la sorpresa, por ejemplo. El filme, entonces, juega con los procesos internos de pensamiento y las acciones externas, con todo y el agudo sentido del humor expresado en el recuerdo del piloto brasileño todavía guardado por las dudas.

La alegría y la tristeza terminan fuera del centro de control y se aventuran para buscar el camino de regreso por diversos espacios del cerebro, entre los que se encuentran algunos tipos de pensamiento y los ámbitos de la conciencia, sin quedar muy clara la diferencia entre el basurero del olvido, que es la única cosa que no existe según Borges, y el subconsciente, habitado por un payaso gigante en espera de fiesta. En alguno de los recovecos, las emociones viajeras se topan con un curioso elefante que resulta ser el cada vez más olvidado amigo imaginario, quizá más común en los hijos únicos.

La artística escenificación del pensamiento abstracto, repasando vanguardias pictóricas del siglo XX, y la cómica puesta en escena del apartado de los sueños cual rutinaria producción televisiva, resultan brillantes y con altas dosis de imaginación, al igual que la representación de los pensamientos centrales relacionados con la memoria a largo plazo y las islas vistas como sustentos afectivos, así como la construcción de recuerdos en formas de coloridas esferas convertidas en ideas fijas y certezas instaladas en nuestra mente, sin que nos detengamos a pensar qué tanto nos ayudan a desarrollarnos socialmente: las damos por hecho sin posibilidad de cuestionarlas, vía el pensamiento autocrítico.

Del riesgo de la depresión al hueco optimismo o de la neurosis permanente a la parálisis temerosa, terminamos por corroborar que la imbricación de las emociones es la que les da sentido en la mundo exterior y que dependen unas de otras para construir los propios caminos vitales e incluso para comprenderse entre sí.

Claro que el contraste entre lo que estamos pensando mientras escuchamos a alguien o nos enfrentamos a alguna situación es un banquete para la comedia (como bien lo ha explotado Homero Simpson), aquí aprovechado para evidenciar a papás (que en realidad sí ponemos atención) y mamás e incluso hasta a algunas mascotas, aunque el ejemplo final del gato sea equivocado.

No se había visto el cerebro tan estéticamente animado, lleno de coloridos recovecos y amenazantes oscuridades por las que avanza un tren cargado de pensamientos siempre al borde del descarrilamiento, como en esta nueva obra maestra del cine de animación.