Posts Tagged ‘Francia’

AMIGOS: HAY COSAS QUE EL DINERO NO PUEDE COMPRAR

23 octubre 2012

La vida es más llevadera si tienes un amigo, aunque sea uno. No es asunto de cantidad, sino de calidad. Claro que están los hijos, la pareja, los padres, los hermanos y los colegas, pero la amistad es una relación que te permite ser como te dé la gana, porque no hay un rol social que dicte un deber ser del amigo: cada relación de amistad se construye como se quiera y como se pueda. No hay una letanía de Melchor Ocampo o cursos para saber cómo ser amigo, simplemente lo somos porque sí.
Hay menos obligaciones y más derechos; más complicidad que exigencia y menos expectativas que realidades, porque los defectos del otro se asumen como parte del conjunto. Nadie mejor que un amigo para descargar en él toda nuestra creatividad irónica, porque con él hay más comedia y menos melodrama, a diferencia de la pareja o los padres. Pero un amigo te puede salvar la vida o, mejor aún, tú se la puedes salvar a él. Y lo mejor: probablemente ni cuenta nos damos.
Dirigida por el dueto ya con trayectoria Olivier Nakache y Eric Toledano (Tellemen proches, 09; Nos jours heurex, 06, Je préfère qu’on reste amis, 05), a partir de un enfático trazo de personajes y un coqueteo con las feel good movies, Amigos (Intouchables, Francia, 12) es una entrañable historia de amistad, nunca sentimentaloide, tejida a través de la capacidad de compartir sin complejos y de poner las diferencias en la mesa para burlarse de ellas: de cómo dos hombres transformaron el destino de sus vidas justamente con quien menos esperaban hacerlo, probablemente porque no esperaban hacerlo. Cuando el espacio para el victimismo se cancela, existe una mayor posibilidad de rozar momentos llenos de plenitud.
Philippe es un millonario tetrapléjico (François Cluzet, expresivo en su parálisis aun como Serpico) que busca candidatos para ocupar el puesto de su cuidador personal; tras entrevistar a sosos parisinos de buenas intenciones pero con perspectiva lastimera, aparece un joven negro de los barrios apodado Driss (Omar Sy, de risa descomunal) que solo busca una firma de rechazo para poder cobrar el seguro de desempleo. Su desfachatez y ausencia absoluta de complejos, llama la atención del empleador y decide contratarlo, ante la mirada sorprendida de una de sus asistentes.
La relación entre ambos, con ese dejo infantil del recién llegado y de la búsqueda de cambio del contratante, se sustentará en la ausencia de lástima y conmiseración: nada de piedad, mucho de apertura y humor negro. A pesar de las obvias diferencias, el trato es de igual a igual, como suele ser entre amigos, y del vínculo laboral transitamos a una construcción paulatina de lo que conocemos como amistad, en donde se comparten las bromas, se sigue la máxima del que se ríe se lleva y también los momentos complicados, propios de la condición física y anímica de Philippe y de la situación familiar de Driss.
Cuando se anuncia que una película se basa en hecho real, uno se queda pensando si se trata de una estrategia publicitaria para darle verosimilitud a la cinta o, en efecto, el hecho sucedió tal cual se narra. En este caso, el guion parece que retoma el hilo argumental principal y quizá lo aderece con algunas licencias –personajes secundarios, situaciones románticas- que le den ese toque fílmico a la historia, en el que cae en ciertos maniqueísmos como cuando presenta a la gente rica como estirada, aburrida y antipática –que los hay, sin duda- y a los de colonias populares como tipos sonrientes y divertidos al filo de la banqueta –que también los encuentras- disfrutando de la vida sin ningún resentimiento.
Algunos de los mejores momentos del filme (la secuencia de las barbas rasuradas), que sabe mantenerse en el terreno de la comedia apenas salpicándose de sustancioso y contenido dramatismo, transcurren en los encuentros de Driss con las manifestaciones artísticas, develando el snobismo y mercantilismo en el que ha caído parte de este ambiente: nos carcajeamos con él en la Ópera y cuando relaciona la música clásica con las caricaturas, así como cuando critica una pintura que asemeja una mancha de sangre y, al enterarse del precio, piensa “de aquí soy” y explora la posibilidad de entrarle a la creación artística para atrapar algún incauto con euros en la cartera.
El juego de contrastes expresado en las dicotomías blanco/negro, culto/popular, rico/pobre, desinhibido/reprimido, sano/enfermo, al que han acudido otras cintas como Historias cruzadas (Taylor, 06) y El chofer y la señora Daisy (Beresford, 89), funciona acá con mayor amplitud dada la ausencia de didactismo y de intenciones al menos un poco menos obvias de manipularnos. Ambos personajes se presentan como reflejo de la sociedad francesa, segmentada por razones económicas, culturales y étnicas, que intenta avanzar en la comprensión de las nuevas realidades migratorias y en las inéditas configuraciones comunitarias.
Los incisivos primeros planos se entremezclan en momentos de transición no solo de los propios personajes sino de la relación que se va construyendo entre ellos, mientras la música del sensible pianista italiano Ludovico Einaudi le aporta la cuota de emoción afectiva a las secuencias, entre el contraste de Vivaldi, Bach, Earth, Wind & Fire y Kool & The Gang. La edición mantiene el ritmo del relato y la estructura narrativa que inicia con una secuencia que refleja la ya avanzada relación entre estos dos hombres, funciona para introducirnos en el cuestionamiento de cómo fue que siendo tan distintos, terminaran bromeando a costa de la policía. Creo que porque se hicieron amigos.

EL ARTISTA: SONIDO Y SILENCIO

1 marzo 2012

La transformación tecnológica más importante que ha experimentado el cinematógrafo fue la inserción del sonido, incluso por encima de la llegada del color, del cinemascope, de la digitalización y de la ahora renacida tercera dimensión, cuyas posibilidades fueron bien aprovechadas por James Cameron y Martin Scorsese. Pero como las alternativas para desarrollar una película no se van excluyendo, sino más bien sumando, y la historia no es lineal, siempre queda el campo abierto para que en la segunda década del siglo XXI se produzca un film con las lógicas de hace noventa años.
Cierto es que la aparición del sonido supuso, como ninguna otra innovación, una mirada estética alternativa pero sobre todo un fuerte impulso de carácter comercial: el cine como industria y la noción de clasicismo se consolidaron durante la década de los treinta del siglo XX y los estudios hollywoodenses empezaron a constituirse como emporios de largo alcance; aunque fue a partir de los cuarenta, sobre todo, que el lenguaje fílmico como tal dio un salto cuántico: “la fotografía plana es sustituida por la profundidad de campo, el montaje rápido y las figuras repartidas por el plano desaparecen a favor de los encuadres más compuestos y los grupos de personajes situados a diferentes distancias de la cámara. En los años treinta lo más habitual es que los personajes se recorten sobre fondos difusos o indefinidos. En los cuarenta empezamos a ver espacios: perspectivas.” (Losilla, Carlos. La invención de Hollywood. Ed. Paidós, 2003, p.13).
También la llegada del sonido, a partir de la exhibición de The Jazz Singer (Alan Crosland, 1927), provocó que algunos artistas se quedaran en el museo del cine mudo, unos lograran dar el salto y que otros aparecieran para configurar lo que se conoció como el star system, alrededor del cual rondaba un fuerte potencial económico y un cambio social en la forma de entender la cultura de la fama y el estrellato. No obstante, las obras maestras del cine mudo y sus creadores aún permanecen con la vigencia y trascendencia intactas: Murnau, Lang, Griffith, Melies, Wienes, Clair, Epstein, Dulac, Sjöström, Chaplin, Keaton, Lloyd, Vertov, Eisenstein y Pabst, por mencionar algunos apellidos, siguen siendo referencia obligada para cinéfilos y nuevos creadores.
Es así como El artista (Francia-Bélgica, 2011), se inscribe en el ámbito del metacine o del cine visto por el cine y en el de las cintas que prescinden de diálogos hablados como Tuvalu (Helmer, 1999). A través de la historia de una actor (Jean Dujardin, gesticulante) que ve cómo su trayectoria entra en decadencia con la llegada del sonido, inversamente proporcional a la de su compañera (Bérénice Bejo, mostrando habilidades para la mímica y la comedia física), el director aparecido como de la nada Michel Hazanavicius, realizador de cintas de espías y ahora con flamante Oscar en la repisa de su casa, propone una mirada entre nostálgica, cómica y melodramática de aquellos años en los que el cine cambió para siempre.
Sin embargo y a pesar de que el filme es mudo –no silente por la presencia continua de la música indicativa y algunos sonidos ocasionales como en la pesadilla donde el protagónico se queda sin voz- parece rendírsele homenaje también a grandes nombres que fortalecieron su carrera a partir de los cuarenta, como Wilder, Hitchcock (partitura prestada) y Welles (la secuencia del desayuno con Penelope Ann Miller, la esposa distanciada) y hasta a directores posteriores como Brooks y su cinta La última locura de Mel Brooks (Silent Movie, 1976).
El artista en depresión total ya sin esposa, con objetos en subasta, haciendo películas soporíferas y sin el respaldo del estudio dirigido con criterios más mercadológicos que artísticos por un dubitativo ejecutivo (John Goodman), será apoyado hasta las últimas instancias por su fiel perro, el chofer que se resiste a dejarlo a pesar de la falta de pago (John Cronwell) y, desde luego, su silenciosa enamorada con lunar impuesto, ahora vuelta diva de la pantalla gracias a su capacidad para sortear el cambio del silencio al sonido.
El blanco y negro, la inserción de letreros, el vestuario exacto y la fluida edición aún usando la mirilla para embonar las secuencias, consiguen que nos traslademos a la época propuesta en términos cronológicos y afectivos: en los encuadres se combinan las distancias –el de las escaleras, los close-ups- y las formas de la composición, en las que los elementos presentes interactúan en diferentes planos según la necesidad comunicativa de la toma.
El baile como alternativa se va anunciando paulatinamente, como presagiando la entrada del musical y, en particular, el fuerte impacto que tuvo Fred Astaire y Ginger Rogers, al grado que hasta Fellini los recordó en su Ginger & Fred (1986). Claro, mientras se le pueda dar al público lo que pida, o convencerlo de que le gusten los productos ofrecidos, puede resucitar una estrella que aunque los jóvenes no conocen, podrán aplaudirle gracias a su innegable talento histriónico.

BENJAMIN BIOLAY: CHANSON PARA ROMÁNTICOS POSTMODERNOS

15 noviembre 2010

Canciones de romanticismo exaltado pero sin perder la compostura. Las lecciones de la chanson francesa bien aprendidas y trasladadas a una época de relativismo sentimental. Con el referente claro de Sergei Gainsbourg en la base y en el horizonte de Brian Ferry, se despliegan instrumentaciones absorbentes nunca marcadas por la timidez o la depresión, sino más bien expresando los contrastes por los que toda relación amorosa, que se precie de serlo, transita sin extraviarse del todo.
Siguiendo los musicales pasos de su padre, Benjamin Biolay (Villefranche-sur-Saône, France, 1973) estudió desde joven en el conservatorio de Lyon, asimilando diversas corrientes musicales que pondría en juego para apoyar a otros artistas de la escena francesa en sus discos y como participante de grupos diversos, particularmente durante la década de los noventa. Su primer largo como solista rondó a la familia Kennedy a manera de temática principal, incluyendo ciertos personajes relacionados como Marilyn Monroe. Rose Kennedy (02), en cuanto álbum conceptual, lo colocó en el mapa de las promesas dentro de las fronteras galas.
El doble Négatif (03) expandió pretensiones y logró constituirse como una obra redonda: la capacidad compositiva dentro de los márgenes de un pop esculpido con cuidado y la participación de su esposa Chiara Mastroianni, parte de la realeza artística del cine europeo, y de Coralie Clément, una de las herederas de cantantes memorables como Jane Birkin y Francoise Hardy, se imbricaron para generar un consistente disco. Ya encarrerado, el también actor grabó el mismo año Clara et Moi (04) y Home (04), obras de consolidación como pieza clave de la renovación de la canción pop francesa, ahora alimentada por ciertos matices de la electrónica siempre supeditados a una estética seductora. Finalmente, el reconocimiento comercial llegó con A L’Origine (05), marcado por ambiciones cubiertas bien continuadas por Trash Yéyé (07), de erotismo sonoro al borde de la explosión.
En La Superbe (09), nutritivo álbum doble que desparrama elegante sensualidad, el irremediable romántico le da vuelo a las pretensiones y sus habilidades no sólo para escribir música sino también diálogos desarrollados por parejas en pleno trance dramático (favor de no comparar con Pimpinela), se expresan con todo la intención de colocar al escucha en la perspectiva de sus propios lances –exitosos o fallidos- amorosos. Este martes se presenta en el D.F. Para brindar con champagne entre sentimientos encontrados.

ASUNTOS DE FAMILIA

13 octubre 2009

Películas de la vigorosa cinematografía francesa en la que conviven leyendas con promesas, alrededor de los misteriosos vínculos que sostienen a las familias, las más de las veces difíciles de asir. Como parte del Tour de Cine Francés y de las sorpresas que aún nos depara la cartelera habitual.

LIBERAR A LA FAMILIA
La historia de un hombre común (Vincent Lindon) atrapado en una situación extrema: el encarcelamiento injusto de su esposa (Diane Kruger, frágil) y la pérdida de toda esperanza legal para hacer justicia, por lo que ésta tendrá que correr por cuenta de nuestro decidido héroe que hace las veces, en forma simultánea, de papá soltero e hijo distante, a pesar del velado y silencioso cariño de su padre, las muestras de afecto de su madre y la preocupación de su hermano.Por ella
Dirigida de manera vigorosa por Fred Cavayé, Por ella (08) opta por la ruta del thriller para seguir a este hombre, a través de un fotografía en tono con la angustia y pasajes musicalizados que acompañan el trazo del plan, en su intento por rescatar a su mujer, con viaje al submundo urbano incluido que estalla desde el inicio en la pantalla, y volver a un estado de felicidad apenas mostrado por la abrupta irrupción de la supuesta justicia que, como vemos, no sólo aquí atropella derechos elementales.

SALVAR A LA FAMILIA
Tras un historial de enfermedades incurables, destierros fraternos, distanciamientos casi definitivos, disputas tanto explícitas como implícitas y secretos románticos larga y dolorosamente guardados, una familia se reúne durante la Navidad, convocada por el padre tintorero fan del jazz (Jean-Paul Roussillon), en torno a la enfermedad de la matriarca (Catherine Deneuve, imponente y distante) y la necesidad para que alguien de su progenie le done su médula ósea para salvarle la vida.
Confesiones de familiaDirigida por Arnaud Desplechin (Reyes y reinas, 04), Confesiones de familia (Un conte de Nöel, 08) transcurre en un presente herido por el pasado -esa representación de sombras chinescas- en el que confluyen personajes absortos con dificultades siempre externalizadas que dificultan la posibilidad de la reconciliación, acaso por nadie buscada pero por todos anhelada. Reparto sólido, edición atenta al conglomerado de situaciones, guión equilibrante apoyado en un score oportuno y una cámara que se mantiene en el drama continuo de la familia pero que se atreve a escapar mientras el padre cohesionador convierte la ruptura en momento poético.

ENTENDER A LAS FAMILIAS
Un niño no cumple con las expectativas Un secretodeportivas de su padre e imagina a un hermano que sí lo consigue. Ya de adulto, se convierte en terapeuta y contará con alguna oportunidad para entenderlo. Pero hay otra historia que se quiere develar, la de la otra familia, desarrollada en el contexto de la ocupación nazi. Tres momentos interrelacionados quizá contra la voluntad, fantasmalmente regresivos, que impiden vivir el presente a todo color para apenas entenderlo en la bruma de los tonos grises.
Basada en el libro de Philippe Grimbert y dirigida por Claude Miller (La pequeña Lily, 03), Un secreto (07) es un recorrido por el drama de una familia que parece desdoblarse en un contexto histórico puntualmente detallado, con una fotografía de elegancia melancólica que atisba en las culpas, el deseo y la necesidad de comprender las situaciones presentes cual consecuencias de sucesos que permanecen en la negación. Reparto reconocible y sensible desarrollo de personajes que pronto nos comprometen con su entorno familiar.

JUNTOS CON CLAUDE BERRI

19 enero 2009

La primera dolorosa noticia fílmica del año que recién empieza fue el fallecimiento de un gran productor, director, guionista y actor francés: un hombre de cine, en el preciso sentido del término. A partir de su cortometraje Le puolet (1962), premiado con un Oscar en 1965, y analizando toda su trayectoria, no es difícil percatarse qué caracterizó su prolongada y nutritiva carrera: films de calidad, cercanos a los grandes públicos y estructurados a partir de los grandes géneros –comedia y drama- con algunas variantes, como la mirada histórica o literaria, plasmada en cintas como El manantial de las colinas (86) y Germinal (93). Fue productor de una lista pesada de directores: Polanski (Tess, 79), Costa-Gavras (Amen, 02) y sus compatriotas Pialat (La infancia desnuda, 68), Chéreau (El hombre herido, 83; La reina Margot, 84), Annaud (El oso, 88; El amante, 92), Sautet (El camarero, 83) y Miller (La pequeña ladrona, 88), entre otros. También se animó para apoyar el traslado del cómic de Asterix y Obelix a la pantalla, mientras que igual podía aparecer en cuadro con desparpajo como en De qué se ríen las mujeres (99) o ponerse nostálgicamente autobiográfico como en El viejo y el niño (67), El enchufado (69), El cine de papá (70) y Sex Shop (72). Claude Berri murió a los 74 años el pasado lunes 12 de enero y cual homenaje acaso involuntario, llega a nuestras pantallas Juntos, nada más (Ensemble c’est tout, Francia, 2007), sencilla y evocativa comedia de búsqueda en la que una serie de personajes van construyendo una pequeña comunidad afectiva que los ayuda a encontrar lo mejor de sí mismos, sobre todo cuando empiezan a pensar más en los demás que en sus propias angustias. El también conocido como último sultán del cine francés, nos presenta a tres personajes atravesando esa etapa en la vida dentro de la que se supone empiezan las definiciones más duraderas: una trabajadora de limpieza delgada en extremo (Audrey Tatou), un vendedor de postales afuera de algún museo (Laurent Stocker) y un cocinero agobiado siempre con relaciones fugaces (Guillaume Canet). Con base en la novela homónima de Anna Gavalda, el director de Uno se queda, el otro se va (05), muestra las dotes que tenía para la adaptación de los textos literarios a los fílmicos. Alrededor de ellos, la madre amargada de la primera, la familia ultra religiosa del segundo y la abuela del tercero (Francoise Bertin), personaje al fin clave que ahora desde luego remite al propio director del film. Es la anciana la que de alguna manera funciona como pivote para que estos tres seres un cuanto tanto extraviados en sus propias certezas, empiecen a dejar la rutina como forma de sobrevivencia y aventarse a vislumbrar otras posibilidades vitales. Este trío se encuentra para darse cuenta que la vida puede tomar otro curso y casi de manera fortuita, como de pronto se presentan las señales orientadoras, establecen una comunidad no exenta de conflictos en la que se pondrá a prueba la durísima necesidad de aprender a vivir juntos. El director de Adiós Pelele (83) cuida y desarrolla con afecto a sus personajes, evitando cualquier estridencia dramática y todo tipo de chantaje fácil: propone a personas como tú y yo para que los acompañemos en este trance que resultará definitorio. Con algunas irrupciones musicales para abrir secuencias, un ritmo pausado y funcional, actuaciones solventes y una puesta en escena sencilla bien capturada por una cámara parsimoniosa, que siempre sabe donde ponerse, el film se deja ver como una reflexión al alcance de la mano, nada rebuscado ni de profundidades insondables, acerca de cómo se configuran las decisiones y de qué manera el otro puede ser no sólo un espejo, sino una especie de diario ruta para transitar por este paraje extraño y sorpresivo que llamamos vida. Sirva como homenaje póstumo la llegada de este film a nuestras tierras. Nos leemos después. Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx

RESARCIR HERIDAS

13 noviembre 2008

Entre la búsqueda de justicia y venganza puede haber márgenes estrechos, sobre todo porque se puede pensar que la primera sólo es posible a través de la segunda. Un par de cintas que centran sus premisas en estas pesquisas.

LA CAPTURA
Dirigida por la actriz Carole Laure (Los hijos de María, 02; CQ2, 04) en tono de onírica tragedia familiar, La captura (Canadá-Francia, 07) sigue el presente de la joven Rose (Catherine de Léan) viviendo en apariencia con plenitud al lado de su novio y siendo parte de un grupo teatral-terapéutico. Pero los sueños acezantes y el pasado familiar con padre golpeador (Laurent Lucas) impiden una completa liberación.
Es así como decide, siendo de armas tomar –literalmente- y convirtiéndose en una especie de señorita venganza (Park Chan-Wook, 05) rescatar a la madre extraviada en el humo del cigarro y una sumisión enfermiza (Pascale Bussières) y al hermano adolescente (Thomas Lalonde) en trance de convertirse en raterillo: secuestra al padre con la ayuda de dos colegas de su grupo y consigue que un par de ancianas vecinas al teatrito donde lo encerró, se hagan cargo de él, mientras las relaciones a su alrededor se van complicando sin freno.
Desde el prólogo, con el tren saliendo del túnel y los pequeños hijos siendo depositados en alguna casa justo al momento de tomar la ajena foto familiar, se plantea un esquema que entrelaza la dura realidad con secuencias de carácter simbólico cual latigazos del inconsciente, a partir de un continuo lenguaje teatral en el que la vida pareciera una cruda puesta en escena, entre tierna y bestial, entre solidaria y abusiva pero rara vez de convivencia entre iguales.
Un discurso feminista de denuncia ante la violencia familiar y sus salvajes consecuencias, se entrelaza con los sonidos de Arvo Part, mil veces invitado al cine, y de Brahms, entre secuencias de persecución angustiante, sexo gozoso y dominación ensoñadora, todas ellas enmarcadas en un bosque encantado, más allá de la civilización posible. La familia destruida y destructora enmudecerá acaso para ya no volverse a mirar a los ojos.

CAMINO A LA REDENCIÓN
Dirigida por Terry George, responsable de la sólida Hotel Rwanda (04), centrándose en la cruda experiencia de la pérdida de un hijo, Camino a la redención (Reservation Road, EU, 07), sigue a un abogado y padre divorciado (Mark Ruffalo) atrapado entre la culpa por haber huido tras haber golpear accidentalmente con el coche al hijo de un profesor (Joaquin Phoenix) y la indecisión de confesar la verdad, en particular a su propio vástago con el que mantiene una cercana relación alrededor de las Medias Rojas de Boston.
El desarrollo de la cinta, que por momentos parece empantanarse aunque en el desenlace recupera parte de la tensión perdida, retrata el proceso doloroso de estos dos hombres, así como el de la madre del niño fallecido (Jennifer Connelly) y de la exesposa del abogado (Mira Sorvino), padeciendo la incertidumbre de la situación. Si bien es cierto que se fuerzan las coincidencias y los personajes no terminan por redondearse del todo, las actuaciones sacan a flote una película discontinua en su tono narrativo y dramático.

Nos leemos después.
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EL LLANTO DE LA MARIPOSA O CÓMO ESCAPARSE DE LA ESCAFANDRA

5 noviembre 2008

Ante la casi absoluta inmovilidad corpórea, apenas dejando un componente para conectarse con el exterior, se engrandecen dos de los recursos característicos de nuestra especie que por inherentes, de pronto no reconocemos en toda su magnitud: la memoria y la imaginación. La primera como sostén básico de la identidad y la segunda como proyección necesaria más allá de los límites que nos impone la propia realidad: entre ambas se reconstruyen y alimentan, como ese círculo siempre en espera de ser no sólo remarcado, sino ensanchando a manera de espiral.
Dirigida por el neoyorquino Julian Schnabel, además pintor ya especialista en biopics de creadores (Basquiat, 96; Antes que anochezca, 00), con sensible guión que no sensiblero de Roland Harwood, y basada en el escrito autobiográfico de Jean-Dominque Bauby, editor francés de la revista Elle, El llanto de la mariposa (La scaphandra et le papillon, Francia-EU, 07) es un relato de las posibilidades escondidas del poder creador del ser humano, aún frente a limitaciones extremas que parecerían definitivas para la inacción absoluta.
El protagonista, interpretado con absoluta inmersión por parte de Mathieu Amalric, despierta tras 20 días en estado de coma con la dolorosa novedad de que su cuerpo se encuentra completamente inmóvil, salvo uno de sus párpados, por un ataque masivo que lo ha dejado en tal situación, aunque sus capacidades racionales se encuentran intactas, al punto de reconocer a la madre de sus hijos (Emanuelle Seigner), que no su mujer, a sus pequeños vástagos, al amigo que se mantiene al pie de la cama y al hombre con quien cambió de lugar en el avión.
Así, con sólo uno ojo funcionando mientras que el otro queda definitivamente cerrado, empezará a reconstruir su visión del mundo con la ayuda de terapeutas angelicales y una especialista en lenguaje (Marie-Josée Croze), quien continúa la paciente labor de ayudarle a que se comunique a través de una especie de sistema binario, en el que se deletrea el abecedario en otro orden y él selecciona la letra a través de un abrir y cerrar de ojo. Mientras se mantenga la capacidad de ser parte de un lenguaje, seguirá habiendo vida humana.
La metáfora de la escafandra, como ese cuerpo que se ha convertido en una prisión, y de la mariposa, como la posibilidad de recordar e imaginar rompiendo el capullo, se construye visualmente desde una explícita combinación de cámara subjetiva y objetiva, potenciando el relato al punto de involucrarnos completamente con el personaje. Los pensamientos que van de la angustia al humor se plantean con una voz en off que por momentos se combinan con la música de, entre otros, Bach, Tom Waits, Velvet Underground y piezas de la tradición pop francesa.
La fotografía del veterano Janusz Kaminski, recurrente colaborador de Spielberg, consigue sustentar el relato a partir del juego de texturas y perspectivas, en el que igual caben los viajes por hacer, los recorridos realizados y los momentos históricos constitutivos de un hombre que en apariencia lo tenía todo. El flashback se entrelaza con la visión actual del rostro paralizado y tanto la versatilidad en las posiciones de la cámara, como esos encuadres que enfatizan una soledad en trance de superarse, fortalecen el trazo del protagónico.
El hombre-ojo vive a partir del recuerdo pero lo trasciende para convertirlo en creación, en texto pacientemente guiñado-escrito para reconfigurarlo y dejar evidencia de los alcances de su propia condición. La presencia del padre (Max Von Sydow, conmovido-conmovedor) y de la novia, sólo capaces de comunicarse por teléfono, conmueven al editor postrado, ya más revoloteando como mariposa con todo y acercamiento místico, que sumergido como buzo a la deriva víctima de la autocomplacencia.

Nos leemos después.
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EL AMOR COMO CAMPO DE BATALLA

25 octubre 2008

Donde a pesar de todo, aún quedan sobrevivientes y con ganas de emprender nuevas luchas. Mientras que los escenarios pueden ser una lujosa casa, hoteles en Hawai o la Costa Azul, una escuela, un campo de fútbol americano o un supermercado, las historias confluyen en el campo minado que implica esa rara sensación de andar pensando en alguien incluso contra tu voluntad. De veras que uno no aprende. Películas en cartelera y en los videoclubes. Vamos para allá.

I. Basada en la obra del premio Nobel Harold Pinter y dirigida por el shakespereano Kenneth Branagh a partir de una estructura teatral en tres actos, a excepción del empleo de sutiles recursos fílmicos, Juegos siniestros (Sleuth, GB, 07) implica a dos duelistas (Michael Caine y Jude Law en intensa batalla actoral) involucrados con una mujer ausente, pretexto para establecer una cerrada partida de venganzas en espiral, pintadas con engañosos tonos azules y desarrolladas en cancha nunca neutral, de incierta definición. Se trata de un remake de la cinta de Mankiewicz

II. De la factoría de Judd Apatow y dirigida por Nicholas Stoller, Sobreviviendo a mi ex (Forgetting Sarah Marshall, EU, 08) plantea, en tono de comedia que por momentos no se decide a pisar más a fondo el acelerador, la dificultad de superar una ruptura amorosa. Con ciertos momentos de franco humor satírico, personajes bien delineados –aunque poco empáticos salvo los empleados del hotel- y una que otra secuencia más bien evitable, navegamos en una tabla de surf que nos lleva de un oleaje entretenido a momentos de convencional calma innecesaria, dada la pretensión general de la cinta.

III. Dirigida por Pierre Salvadori, Enamórate de mí (Hors de Prix, Francia, 06) coloca a una cazafortunas (Audrey “Amelie” Tatou) frente a una inesperada posibilidad de concebir la relación de pareja, gracias a la presencia de un empleado de hotel (Gad Elmaleh), como algo más allá del beneficio económico. Comedia agradable y predecible que plantea la forma en la que el enamoramiento se va abriendo paso sin necesidad de pedir permiso, muy al estilo del cine de antaño: la cosa es darse cuenta antes de que resulte tarde.

IV. Dirigida por Terry Zwigoff (Mundo fantasma, Un santa no tan santo, 03), El arte de la seducción (Art School Confidencial, EU, 06) combina, con un dejo de ironía expresado en la subtrama del asesino serial, una mirada a la creación artística en un entorno escolar con las aspiraciones juveniles alrededor del reconocimiento y la búsqueda del amor. A partir de un sólido elenco y un aire oxigenado de la tradición del cine independiente norteamericano, la cinta se deja ver en diversos niveles de disfrute, desde el desencanto hasta la esperanza, siempre pensando en mantener la sonrisa, aunque sea para no llorar.

V. Dirigida por George Clooney a manera de relajamiento, tras sus dos grandes películas anteriores, Jugando sucio (Leatherheads, EU, 08) se remonta a los años 20´s cuando el fútbol americano profesional estaba en proceso de conformación entre comisionados y promotores. Un jugador veterano y una naciente estrella considerada héroe de guerra se trenzan en una divertida gresca en la que está de por medio, entre otras joyas, el cariño de una arrojada periodista (Renée Zellweger). Limpia ambientación, efectivo uso del montaje de transiciones y diálogos tan cándidos como ingeniosos configuran esta relajada propuesta.

VI. Dirigida por Sean Ellis, Belleza invaluable (Cashback, Inglaterra, 06) arranca con brío pero se va desinflando paulatinamente, como suele ocurrir con los cortometrajes que se quieren volver largos. Con imaginativas estrategias de edición, empleo oportuno de flashback y una narración en off que se vuelve cansina, estamos frente a otro caso de ruptura que afecta hasta la pérdida del sueño cual maleficio que sólo se podrá romper, obviamente, con el beso del primer amor verdadero: así de típico, así de convencional, ¿así de real? Lástima, daba para mucho más.

Nos leemos después.
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