Archive for 28 agosto 2008

FÁBRICA DE SUEÑOS O PRODUCTORA DE PESADILLAS

28 agosto 2008

La fama, como buen animal traicionero, puede revertirse en cualquier momento, sobre todo cuando se busca como fin en sí mismo. La obsesión de convertirse en alguien conocido más allá del vecindario, sea como sea, provoca que se inicie un recorrido sobre una cuerda floja y veleidosa, siempre a expensas de los poderes mediáticos y de las conveniencias monetarias de quienes, usualmente desde el anonimato, la balancean según indiquen los vientos mercantilistas. Cuando el o la candidata a famosa ya no reditúa, simplemente la cuerda se quita para recibir a la próxima y efímera superestrella.

Interesantes análisis sobre la fama, la influencia de los medios masivos de comunicación, las camarillas alrededor del arte y la propia condición humana, se pueden desprender de Fábrica de sueños (Factory Girl, EU, 07), biopic puntualmente contextualizado acerca de los años neoyorquinos de la pobre niña rica aspirante a artista Edie Sedgwick, interpretada con brío y plena convicción por Sienna Miller, en los que se involucró con un abusivo-pasivo Andy Warhol (Guy Pearce) y su Factoría por una parte y, por la otra, con un famoso cantante innombrable –no se permitió que se usara el nombre de Bob Dylan- (Hayden Christensen) de pedantería inaguantable.

Dirigida por el documentalista y fotógrafo George Hickenlooper (El hombre de los placeres, 01), la cinta inicia con el recorrido frenético de una mujer extraviada para regresar con ella justo al momento de abandonar a su compañero (Shawn Hatosy) y a su escuelita de arte para irse, junto a su arribista amigo Chuck (Jimmy Fallon), al ambiente convulso de la Gran manzana a mediados de los sesenta, en donde la guerra de Vietnam sólo pasa en un canal de televisión que no hay porqué ver, teniendo la opción de Mi bella genio.

Pronto ensalzada por Warhol como fetiche actriz fílmica (Pobre niña rica, Vinilo y Caballo), por el mundo de la moda y por el cantante famoso, Edie se introduce en un laberinto de drogas y fama en el que su propia fragilidad y su dramático pasado familiar le estallan en la cara –recordado por las preguntas frente a cámara de su supuesto amigo-, destrozando los sueños de grandeza que sólo sobrevivían en el imaginario de su inadvertida inocencia, incapaz de percatarse de los riesgos implícitos que acechan en un ambiente tan selvático como el artístico.

Al igual que la caótica vida que se representa, el guión parece ir navegando sin un rumbo determinado, mientras que la apuesta visual combina texturas y formatos en función de la secuencia presentada, imprimiéndole un aliento documentalista y buscando introducirse con verosimilitud en la psique del personaje central, quien va narrándole con cierta tranquilidad diversos sucesos a una terapeuta: esta estructura de collage, si bien disminuye la intensidad del relato, permite contar con un panorama amplio de la vida de la malograda socialité, al final rechazada por todos, ella incluida.

Si bien se obvian personajes y se suponen algunos hechos no del todo comprobados, la recreación de la época y la iconografía de ambientes y personas, consiguen trasladarnos a aquellos años de efervescencia artística que nos dejó, en el ámbito del rock, a Velvet Underground con todo y la gélida Nico, sustituta de la Sedgwick en las preferencias del ambiguo patriarca del popart, además de su madre, claro.

El fenómeno de la fama devoradora lo vemos hoy más que nunca en casos sobremediatizados como el de Britney Spears o Amy Winehouse, o en los concursos orientados a crear ídolos desechables que sólo sirvan para engordar carteras y entretener a públicos babeantes, sedientos de desagracias ajenas y descensos en caída libre, mientras aparece el nuevo numerito de moda.

Nos leemos después.

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TROPA DE ÉLITE: APOCALIPSIS AQUÍ Y AHORA

16 agosto 2008

Cinta tristemente oportuna y pertinente al contexto tanto local como nacional que estamos viviendo en nuestro País. Si en Ciudad de Dios (Meirelles-Lund, 02) la mirada se posaba sobre los casi niños vueltos delincuentes por predestinación, ahora nos topamos de frente contra las corporaciones policíacas y sus complejas redes de corrupción, simulaciones y complicidades con las que operan en las favelas de Río de Janeiro, territorios donde la pobreza se sienta a la mesa con el narcotráfico y, a pesar de lo que se podría pensar, con un juvenil espíritu celebratorio.

Basada en el texto de André Batista, coescrita y dirigida por el documentalista José Padhila debutando en el cine de ficción, Tropa de Élite (Brasil, 07), ganadora del Oso de Oro en el 58º Festival de Berlín, es un descenso a los frágiles equilibrios infernales de una favela, trastocados por la visita del Papa en 1997 y su petición de pernoctar ahí, con la consecuente necesidad de limpiar la atmósfera al menos durante esa noche, en la que no se pueden escuchar ni las rencillas ni los habituales disparos que parten el efímero silencio del enturbiado ambiente.

Con prólogo en el que el implacable comandante Nascimento (Wagner Mora) presenta con voz en off la situación que pronto se desarrollará, seguimos a dos posibles sucesores del susodicho, quien ha decidido dejar el puesto por la próxima paternidad y la evidente afectación psicológica que padece. Como parte de la BOPE (Batallón de Operaciones Policíacas Especiales), corporación que va contra todo y contra todos (narcos, policías corruptos, vigilantes y hasta civiles si es necesario), empleando cualquier medio con tal de alcanzar el fin, tortura incluida, el comandante requiere un digno sustituto que haya decidido entrar a la guerra y convertirla en casi su única razón de vida.

Tras un cruento proceso de entrenamiento, que recuerda los que hemos visto en las cintas sobre la guerra de Vietnam, sólo dos han resultado candidatos viables para suceder al comandante con esporádicos ataques de culpa frente a una madre que ha perdido a su hijo: un joven impulsivo que parece dispuesto a morir por nada (Caio Junqueiro) y un cerebral e idealista novato (André Ramiro) que también estudia para abogado con algunos compañeros aburguesados que participan a manera de limpiaconciencias en una ONG incrustada en el torbellino.

Mientras desde la comodidad del salón de clase se discuten las tesis de Foucault sobre los micropoderes y sus vínculos perversos, en el campo de batalla no hay tiempo para teorizar sino sólo para buscar la sobrevivencia con la única consigna de nunca dejarse matar. Las pirámides de corrupción en los cuerpos policíacos y sus acuerdos con los distribuidores de droga se han convertido en una pasmosa e inamovible normalidad, con la consecuente degradación moral que a todos invade: no hay héroes, sólo guerreros. No hay quien tire la primera piedra.

La pretensión de verismo permea todo el relato, con el dinamismo nervioso de la cámara de Lulha Carvalo, un cromatismo deslavado y una edición implacable a manera de espiral en la que también caben las secuencias paralelas, así como una permanente combinación de planos contextuales o de mirada de francotirador, junto a los que nos permiten adentrarnos en las casuchas y callejuelas, mientras la música eleva peligrosamente la tensión entre gritos distantes y balas nunca perdidas.

La realidad, conocida por nosotros, nos va estallando en el rostro como el balazo terminal con el que se pone fin a un proceso, sólo para abrir múltiples puertas de un terror que parece no conocer salidas definitivas. El campo de batalla lo ha invadido todo: el hogar con la esposa reclamante, la escuela como punto de venta, la oficina enrarecida por la tensión y hasta las posibles relaciones personales y amorosas, ya trastocadas en definitiva por las llamas de un infierno que no se detiene: el Apocalipsis aquí y ahora.

Nos leemos después

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BÚSQUEDAS EN SOLITARIO

13 agosto 2008

Personajes que esperan, regresan y se alejan; quieren encontrar significados o acaso extraviar recuerdos.

1. Una mujer interpretada por la jazzera Norah Jones, inicia un periplo que empieza en un café atendido por un hombre que sabe esperar (Jude Law), que la llevará a toparse con un policía alcohólico destrozado (David Strathairn) y su exesposa (Rachle Weisz), y con una jugadora compulsiva (Natalie Portman), mientras envía postales al sitio donde todo empezó. Llaves simbólicas para mantener la posibilidad de abrir la puerta, un coche como alternativa para el desplazamiento emocional y un pastel con helado para encontrar el hogar perdido.

Noche púrpuras (My Blueberry Nights, 07) es la primera incursión del maestro Wong Kar Wai en terrenos estadounidenses y aunque no alcanza la intensidad de sus volátiles obras maestras –Deseando amar, 2046- mantiene su particular plástica visual y sus permanente mirada a la ruptura siempre rozando la integración definitiva entre luces de neón. Angulaciones impredecibles, planos detalle, música contundente y juegos cromáticos que acompañan estados de ánimo a punto de estallar.

2. El agente Fox Mulder (David Duchovny) vive retirado buscando respuestas; su colega Dana Scully (Gillian Anderson) ejerce la medicina y atiende el caso de un niño con una grave enfermedad. Sobreviven, cada quien como puede, a la pérdida de su hijo y a un pasado que los colocó en los límites de la verdad, siempre ubicada allá afuera. La desaparición de una detective del FBI los regresa a la investigación, junto a un visionario cura paidófilo (Billy Connolly) en plena expiación. Tonos oscuros, nieve constante y escenografías sórdidas predominan en la apuesta visual.

El centro de la trama, que descuida algunos cabos y adolece por momentos de consistencia, está más bien ubicado en la relación de los personajes centrales y su búsqueda de certezas por caminos contrastantes. Los expedientes secretos X: Quiero creer (EU, 08) está dirigida por el debutante en cine Chris Carter, creador de la serie predominante durante los noventa, y se ubica seis años después de que todo, aparentemente, había terminado. Quizá la primera entrega fílmica llegó muy pronto, quizá ésta, demasiado tarde. El “No te rindas” acaba por convertirse en el hilo conductor.

3. Una eficiente ejecutiva despreciada a la hora de los ascensos (Demi Moore), dedica toda su vida a su empleo en la más grande compañía productora de diamantes en el mundo, durante los primeros años de los sesenta en Londres. Un solitario empleado de limpieza detecta la frustración (Michael Caine, con la película a cuestas) y la invita a participar en un plan para robar unos cuantos diamantes que les aseguren un retiro o despido, según sea el caso, sin contratiempos. ¿Cuánto tiempo puede esperar la venganza?

Un plan brillante (Flawless, RU-Luxemburgo, 07) se mueve en una estructura convencional a partir de un largo flashback, intentando recuperar el estilo de la época y centrándose en las motivaciones de los dos personajes centrales. El director Michael Radford consigue articular un relato fluido que sin embargo falla al final en la improbable e innecesaria transformación moral de la ejecutiva –al igual que en su maquillaje-, rozando apenas las temáticas de discriminación laboral contra la mujer y las implicaciones políticas de la producción de diamantes.

Nos leemos después.

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CINE OLÍMPICO

8 agosto 2008

El gran cineasta chino Zhang Yimou (Sorgo Rojo, Ni uno menos, Héroe) fue el responsable del magno espectáculo que acompañó a la inauguración oficial de los Juegos Olímpicos de Pekín. Con lances poéticos cobijados por un despliegue tecnológico absorbente, el devenir histórico de una de las culturas más prominentes del planeta se fue desplegando cual rollo de papel lleno de vida. El fantasma de la intolerancia y los cuestionamientos sobre los derechos humanos, sobrevolaban entre la magnificencia de los fuegos artificiales y los llamados a la integración mundial.

La inevitable mirada política a los Juegos ha estado presente de manera continua. Y si hacemos un recorrido fílmico del tema, tendríamos que empezar por esa obra maestra conocida como Olimpíada (38), imponente documento de la genial y cuestionada por partes iguales Leni Riefenstahl, quizá la directora más dotada en la historia del cine que carga con el estigma de haber servido al régimen Nazi. Dividida en dos partes, El festival de los pueblos y El festival de la belleza, el film navega entre la propaganda y la poética del movimiento, con un inusual despliegue técnico y una plástica imponente.

Considerada como la obra cumbre del cine deportivo, la cinta también instituyó la tradición de que cada celebración contara con su propio documental. Directores tan notables como Kon Ichikawa, Milos Forman, Claude Lelouch, John Schlesinger, Yuri Ozerov y Carlos Saura, entre otros, contribuyeron con su talento para perpetuar los principales sucesos de la historia de este encuentro deportivo, el más importante de la humanidad a pesar de poderosos enemigos como los boicots, el mercantilismo y el dopaje.

Memorable resultó también Carros de Fuego (Hudson, 81), historia centrada en la Olimpiada de París en 1924, donde un corredor judío y otro cristiano se enfrentan a sus propias convicciones y a las presiones dentro del contingente inglés: ahí quedan las imágenes de los atletas corriendo en la playa mientras se escucha la clásica partitura de Vangelis. Estamos frente a un clásico del cine no sólo olímpico, sino mundial.

Dos deportistas indoamericanos fueron recuperados en sendas películas: Jim Thorpe. All American (52), cinta dirigida por Michael Curtiz con la interpretación de Burt Lancaster, en la que se planteó el ascenso y caída de este mítico atleta que terminó solo y en la ruina, y Running Brave (Everett, 83), que recuperó la vida de Billy Mills, ganador de la medalla de oro en los 10,000 metros durante los Juegos de Tokio 1964.

El género del biopic ha encontrado campo fértil en los atletas olímpicos: ahí está el docudrama The Bob Mathias Story (Lyon, 54), donde el ganador a los 17 años en Londres 1948 y Helsinki 1952 dentro de la prueba del decatlón, se interpreta a sí mismo; o el par de cintas sobre Steve Prefontaine (Sin límites, Towne, 98 y Prefontaine, James, 97), participante en Munich 1972 y que falleciera de manera prematura a los 24 años. Las imparables velocistas Wilma Rudolph y Gail Devers, así como el rompesquemas Jesse Owens fueron también sujetos de sendas producciones televisivas, así como Roger Bannister, primero en recorrer la distancia de una milla en menos de cuatro minutos.

Un desconocido Michael Mann dirigió un telefilm titulado La milla de Jericó (79), sobre un condenado a cadena perpetua que encuentra en el acto de correr una escapatoria a su situación y una oportunidad para participar en una olimpiada; en este tenor, Michael Douglas interpretó en Running (Stern, 79) a un veterano corredor cargado de problemas que busca competir en Montreal 1976. Steven Spielberg, por su parte, recuperó la tragedia ocurrida en los juegos olímpicos de Munich en 1972, en los que el grupo Septiembre Negro secuestró y mató atletas judíos, provocando la sistemática venganza de los israelitas.

Cerramos este minimaratón filmicolímpico con una película que vi hace muchos años en la televisión y que recuerdo muy bien: se trata de The Games (Winner, 70), centrada en el proceso de preparación de cuatro corredores de diferentes nacionalidades que participarían en el Maratón (un acercamiento al origen de esta prueba se puede ver en La batalla de maratón, cinta de 1959 dirigida por Jacques Tourner). Las motivaciones y condiciones personales, los contrastantes entornos y el adecuado desarrollo de los personajes, consiguen hacer de esta cinta un certero retrato de cómo se construyen los anhelos desde la perspectiva de los atletas y a qué presiones pueden estar sometidos.

Nos leemos después.

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