Archive for 23 febrero 2014

CONDUCTORES NOTICIOSOS

23 febrero 2014

Han pasado de ser simples lectores de noticias a voceros corporativos, mediáticos o ideológicos, según sea el caso: de pronto, se convirtieron en líderes de opinión para juzgar las políticas públicas, quizá más por su manejo y selección de la información que por el propio despliegue argumentativo. Como suele suceder, las excepciones destruyen las generalidades. Las noticias también se transformaron en parte sustancial de la sociedad del espectáculo, al grado de ser objeto de programación televisiva las 24 horas.
Hace muchos años, en México solo teníamos una opción de noticiario televisivo que respondía básicamente a los intereses del gobierno en turno y, por supuesto, a los de la empresa en cuestión: se fueron abriendo opciones y, tiempo después y tras una intentona fallida de Televisa, Milenio optó por abrir un canal de televisión a partir de una estructura de noticas de todo el día, idea retomada por otros corporativos. Años antes, cadenas de televisión en Estados Unidos ya lo hacían con importante éxito en niveles de audiencia: cualquier cosa puede ser noticia, siempre y cuando alimente el interés o morbo del respetable.
Así, los programas de noticias se mueven entre elevados principios morales –búsqueda de la verdad, pluralidad en las perspectivas, respeto por la integridad de las personas – y tentaciones de fuerte acechanza –manipulación, beneficio económico en primera instancia, favoritismo, destrucción de quien piensa diferente- que de alguna manera influencian la forma de presentar los temas y, en ocasiones, hacer pasar la opinión como un hecho. No se niega la necesaria postura y subjetividad implícita que está presente en todo programa; preocupa que la agenda subyacente en estos programas y conductores de pronto no esté a la luz, sino más bien, arropada en discursos socialmente aceptables, en apariencia.
¿Por qué en los programas aparecen algunos actores políticos y en otros no? ¿Por qué ciertas entrevistas son duras y otras a modo, según la persona que se trate? ¿A qué se debe que ciertos hechos tienen una relevancia distinta en cada uno de los programas? ¿Cuáles son las razones por las que una noticia se sigue en un programa y en otro pareciera enterrarse? ¿Qué tipo de información se privilegia en uno y otro noticiero? ¿Desde cuándo algunos conductores pontifican, sintiéndose poseedores de la verdad absoluta, en lugar de abrir espacios para la reflexión? ¿En qué momento el mensajero se volvió más importante que el mensaje?
Parece que una de las claves es la creación de audiencias críticas, capaces de analizar la información que reciben, y buscar diferentes posturas, de preferencia contrastantes, para formarse una opinión más consistente, más allá de acuerdos y desacuerdos.

EL CUARTO DE NOTICIAS
Una serie televisiva que nos permite entender ciertos mecanismos empresariales, editoriales e ideológicos que sustentan las decisiones de un noticiero es la interesante The Newsroom (2012-2013, ya se firmó el acuerdo para una tercera y última temporada), creada por el escritor fílmico Aaron Sorkin (Cuestión de honor, 1992; Malicia, 1993; Mi querido presidente, 1995; Juego de poder, 2007; La red social, 2010; Moneyball, 2011), también responsable de El ala oeste de la Casa Blanca (1999-2006) y de las miradas al mundo de la televisión, uno de sus objetos de análisis, tituladas Sports Night (1998-2000) y Studio 60 (2006-2007).
Un famoso conductor de noticias llamado Will McAvoy, entrañablemente arrogante, tiene un conflicto en una universidad al contestarle de manera grosera, soberbia y prepotente a una estudiante que preguntaba por qué Estados Unidos es el mejor país del mundo. De tendencia republicana, aunque opuesto al Tea Party y con pensamiento crítico, se retiró un corto tiempo para volver al noticiero aunque con algunos cambios orquestados por su jefe, un tipo desfachatado, listo sin que se note y de buenas intenciones (Sam Waters).
El nuevo panorama para el conductor incluye a su exnovia Mackenzie MacHale –con la que no terminó muy bien pero aun con sentimientos a flor de piel- como productora ejecutiva, nuevos integrantes en el equipo y, se supone, un espíritu más crítico y profundo. La estructura narrativa de la serie retoma un suceso reciente de la vida real (derrame petrolero, revuelta en Egipto, Ley de Arizona, muerte de Bin Laden, accidente nuclear en Fukushima) para imbricarlo con la forma en la que el canal lo aborda, considerando todo el proceso de investigación propio de una empresa de estas características.Newsroom
Además, se integran los conflictos humanos inherentes en los lugares de trabajo, entre amores no correspondidos, diferencias en los criterios para la resolución de los problemas y, sobre todo, las presiones que reciben los realizadores del programa por parte de patrocinadores, de la prensa chismosa, de la rudísima dueña (Jane Fonda, infranqueable) y de su hijo, un junior insufrible que no tiene idea de casi nada pero cree saberlo todo (Chris Messina). Se consigue transmitir la adrenalina que genera la llegada de noticias de grueso calibre y la forma en la que debe ser tratada.
Los roles principales son encarnados con una naturalidad aplastante por Jeff Daniels, dándole al personaje los necesarios matices que van de una seguridad inhibidora a una fragilidad oculta, y Emily Mortimer, empapada de feminidad pura, manteniendo ambos una tensión profesional y afectiva que recuerda, en otro tono, a la de los agentes de Los expedientes secretos X. A lo largo de los capítulos, además del tortuoso pasado, se interponen entre ellos algunas personas que terminan por ser efímeras.
Los personajes secundarios, integrantes del equipo noticioso, cuentan con un trazo que los hace interesantes por sí mismos, quizá forzados y artificiales por momentos, pero que complementan convenientemente a los protagónicos: ahí están la joven entregada (Allison Pil) y su novio, en conflicto permanente (Thomas Sadoski); el analista recién llegado, de nobles propósitos pero entrando en diferencias (John Gallagher Jr.); la responsable del área económica, siempre directa y solidaria (Olivia Munn) y el fantasioso poblador del mundo virtual (Dev Patel), de pronto salvando el día.
Las secuencias acompañadas de música (notable el final de un capítulo con Fix You de Coldplay) y la edición cual programa noticioso contribuyen a mantener el equilibrio en la narrativa racional y afectiva, además de los ingeniosos diálogos, en ocasiones demasiado intelectualizados para el momento, la situación y el emisor, pero que consiguen transitar entre el discurso concientizador, la cita de culto y el humor inteligente. La serie apunta sus dardos hacia cómo las relaciones de poder pervierten la posibilidad de contar con información fidedigna para entender el mundo en que vivimos.
Recomendable para los estudiantes de comunicación y para todos quienes tienen relación con los medios masivos y, en particular, el mundo de las noticias. También para nosotros que disfrutamos esta época dorada de las series televisivas.
Los conductores se han reconfigurado quienes están al frente de un programa noticioso: de únicamente leer de corridito las notas que le eran proporcionadas, a casi casi estrellas del espectáculo, pasando por convertirse en figuras centrales para atrapar audiencias de diferente signo ideológico, económico y cultural. Algunas películas han retomado la temática de los programas noticiosos desde diversos ángulos. Veamos.
En Poder que mata (Network, 1976), dirigida con gran sentido actoral por Sidney Lumet, el conductor Howard Beale (Peter Finch, ganador del Oscar en forma póstuma) es despedido por el bajón de audiencia pero antes anuncia al aire que se suicidará y a partir de ella se convierte en una figura revulsiva para la televisión: el filme es una reflexión acerca de cómo se comportan las audiencias, la banalización de las noticias y las estrategias detrás de cámaras para mantener el raiting.
George Clooney en su faceta de director ha abordado la temática televisiva desde la mirada a un productor con doble vida en Confesiones de una mente peligrosa (2002) y en la sobria Buenas noches, buena suerte (2006), retomando los avatares del famoso noticiero comandado por Edward R. Murrow (David Strathairn) en contra del yugo de la intimidatoria política del senador McCarthy. Un buen ejemplo de integridad más allá de las prebendas y de las propias agendas.
Por su parte, Detrás de las noticias (Broadcast News, 1987) de James L. Brooks, centró su atención en un viejo dilema que plantea la disyuntiva de elegir entre un presentador carismático aunque un cuanto tanto superficial (William Hurt) y otro más consistente, aunque menos simpático (Albert Brooks): la responsable de tomar la decisión era una mujer (Holly Hunter) y la situación trasciende el ámbito meramente profesional.

UN CONDUCTOR TAN IMPROBABLE QUE SE SIENTE REAL
Dirigida por Adam McKay, El periodista: La historia de Ron Burgundy (Anchorman: The Legend of Ron Burgundy, EU, 2004) aborda la historia de un conductor -inspirado en Mort Crim- y su inusual equipo que trabajan en una televisora de San Diego. El hombre del título, interpretado con astucia por el también guionista Will Ferrell, es un tipo machista, inculto y melodramático, extrañamente infantil y, a pesar de todo, poseedor de cierta simpatía, con todo y su habilidad para la flauta transversa y su excesivo afecto hacia su pequeño perro.
Al diablo con las noticiasSu pandilla está conformada un gritón de deportes (David Koechner), un patán que hace reportajes (Paul Rudd) y un friki que parece vivir en otro mundo, responsable de la sección del clima (Steve Carell). Corren los años setenta del siglo pasado y el equilibrio se desajusta con la llegada de una reportera con aspiraciones (Christina Applegatte, recordando en otro tesitura a Faye Dunaway en el film de Lumet) para convertirse en una conductora al nivel del protagonista: en un mundo donde las mujeres asumen solo papeles secundarios, se constituirá como una mezcla de amenaza y oscuro objeto del deseo.
También abordado en Un despertar glorioso (Morning Glory, Michell, 2011), aunque desde una perspectiva más accesible y enfocándose en una joven productora y un hosco presentador (Harrison Ford, en papeles similares), el tono de comedia se mantiene entre el trazo grueso, la farsa y cierto absurdo en Al diablo con las noticias (Anchorman 2: The Legend Continues, EU, 2013), tal como se despliega en esa metáfora de la guerra por el rating, escenificada en un campo de batalla cual juego de mesa y en la que intervienen comediantes conocidos del mundo del cine y la televisión conocidos como el Frat Pack, además de otros rostros famosos.
Dirigida también por Mckay, ahora el equipo resurge de sus cenizas y tras un proceso de reintegración decididamente humorístico, se presenta en un canal neoyorquino que está innovando al presentar noticias todo el día. Primero ubicados en un horario de madrugada, empezarán a tomar decisiones arriesgadas, como mantener un tono optimista y patriotero, así como decididamente simplón, dándole prioridad a noticias con potencial morboso. Ahora el jefe no solo es mujer, sino también afroamericana (Meagan Good), como para seguir rompiendo prejuicios absurdos más presentes en la actualidad de lo que uno pudiera imaginarse.
Si en la primera entrega la noticia clave era el nacimiento de un panda en el zoológico, acá el asunto se convierte en plantear un continuo de información que mantenga los niveles de audiencia altos, sin importar si la nota es una intrascendente persecución en auto al fin despertando más interés que una entrevista al líder palestino, por ejemplo. No falta el insufrible rival interno (James Marsden), el productor locuaz (Dylan Baker), la secretaria siempre en otro mundo (Kristen Wiig) y la nueva pareja de la ahora reconocida presentadora, un psicólogo que complementa el cuadro deliciosamente inverosímil del filme (Greag Kinnear).
Una cinta que entre broma y broma devela ciertos mecanismos de cómo funcionan los noticieros, cuáles son sus intenciones no siempre visibles y de qué manera influye la presencia de un conductor para reportar descensos y ascensos de audiencia, factor tristemente determinante para tomar decisiones editoriales y laborales.

Anuncios

ANIMACIONES PARA CERRAR Y EMPEZAR EL AÑO

16 febrero 2014

Un par de películas que en el papel parecían pronto olvidables terminan por dejar un agradable sabor de boca gracias al simpático diseño de personajes, diálogos imaginativos y una propuesta de animación que por sí misma vale la pena, además del sentido que le otorga a la narración. Incluso para públicos potencialmente rejegos, como mis hijos que se consideraban demasiado “grandes” para semejantes filmes, las historias regalan momentos de emoción y humor que permanecen en la memoria.
“Confíen en mí”, les dije en tono de gravedad a mis pequeños, arriesgando mi discutible credibilidad en gusto fílmico, pero por fortuna tanto el gélido cuento de clásica hechura como la famosa marca de juguetes que inició siendo de madera, dieron sólido sustento a sendas producciones que consiguen hacerse un lugar en el cada vez más poblado mundo de la animación, claramente potenciado por las posibilidades tecnológicas aunque todavía, por fortuna, atento a la importancia de saber contar historias, más allá de los recursos con los que se cuente.

FROZEN: EMOCIONES INCONTROLABLES AL CALOR DEL HIELO
Retomando solo la estructura básica del clásico cuento La reina de las nieves de Hans Christian Andersen -que también de alguna manera influyó en la famosa novela detectivesca La princesa de hielo (2002) de Camilla Läckberg- Frozen: una aventura congelada (EU, 2013) relata las dificultades a las que se enfrentan dos hermanas princesas para poder mantener su relación, dado que la mayor de ellas tiene un poder incontrolable que pone en peligro la vida de la menor: sus emociones se expresan en diversas formas de hielo, monstruo incluido, capaces de sumir a toda la comarca en un invierno perpetuo. Aunque su intención sea la de no dañar a persona alguna.
El cuadro de personajes lo complementa un príncipe advenedizo, un joven campirano acompañado de su reno, un empresario abusivo y, el mejor de todos, un entrañable y simpático muñeco de nieve que responde al nombre de Olaf, además de una comuna de troles en forma de piedra que gustan de la magia que suele acompañar al amor. A pesar de la previsible ruptura de la estructura narrativa dada la inserción de los consabidos números musicales, el guion resulta lo suficientemente entretenido y ágil para mantenernos expectantes sobre el curso de los acontecimientos.
Sobre todo, el filme se desarrolla a partir de una exquisita puesta en imágenes que aprovecha el hielo y la nieve como materiales moldeables, así como los parajes congelados para regalarnos creativas estampas de intrincado diseño, con un énfasis hacia las tonalidades azules que permiten resaltar los rojos y amarillos en ciertas secuencias. Los movimientos de cámara, en particular los que provocan vértigo, brindan el necesario dinamismo al conjunto del relato, si bien conocido, pertinentemente adaptado a los tiempos que corren.Frozen
Supervisada por el mandamás de Pixar John Lasseter y dirigida por el especialista del departamento de animación Chris Buck (Tarzán, 1999; Los reyes de las olas, 2007), junto con la debutante Jennifer Lee (guion de Ralph el demoledor, 2012), la cinta encuentra el tono adecuado para desplegarse en los territorios del humor, la comedia musical y el romance, ubicando públicos infantiles de todas las edades: no se trata, en efecto, de una apuesta original, sino más bien de un filme de continuidad de la marca Disney, que desde el cortometraje previo deja en claro su estilo ancestral.

LEGO: CONSTRUYENDO LA MITOLOGÍA
Basada en la famosa marca de juguetes danesa y dirigida con una inesperada cuota de humor y desenfado por Phil Lord y Christopher Miller (Comando especial, 2009; Lluvia de hamburguesas, 2012), Lego la película (EU, 2013) le brinda vida a los pequeños muñecos y a su cúmulo de piezas ensamblables, siempre posibilitadas a separarse y buscar nuevas edificaciones. El convencional argumento pasa a segundo término gracias al arquitectónico despliegue visual y, sobre todo, al riesgo asumido para romper con ciertos esquemas en el trazo de los personajes.
Entre otros personajes que aparecen brevemente, un Batman entre comodino, depresivo y cercanamente sangrón; un líder invidente que se saca profecías de la manga; un villano vinculado a los negocios (otra vez); un policía que encarna la doble personalidad; una gatita unicornio que descubre la posibilidad de explotar y una joven intensa con la esperanza de ser la elegida, secundan o persiguen a un tipo absolutamente normal y corriente -aunque en el lado opuesto de Homero Simpson- dedicado a seguir las instrucciones no solo en su trabajo, sino en las acciones cotidianas. Es una lástima para este rutinario héroe desconocido que la felicidad no se acompañe de un manual de procesos y procedimientos, por más libros que se sigan publicando al respecto.
La ruptura de la narración del mundo Lego para aterrizar en la relación entre un padre e hijo de carne y hueso, plantea de manera ingeniosa la idea de cómo el juego se traslada de la imaginación a la realidad palpable sin necesariamente hacer distingos, un poco como la forma en la que la cinta establece sus mecanismos para que vayamos acompañando al muñequito amarillo en sus peripecias para salvar al mundo: sorprende que uno acabe sintiendo empatía y echando fanfarrias para este hombre común, de un optimismo un cuanto tanto exasperante.
Se trata de una película bien armada y embonada (Leslie dixit), acorde a la materia prima con la que se construyen los diversos mundos representados, incluyendo la estática mente del protagonista, así como los efectos de movimiento, entre las olas, el polvo, las destrucciones y persecuciones, ensambladas de manera dinámica y creativa, considerando la geometría establecida desde el diseño mismo de los componentes disponibles.

CUMPLEAÑOS DE SONIDO & VISIÓN
Cumplimos cuatro años de colaborar en Milenio León a través de esta columna que intenta seguirle el pulso a las producciones fílmicas y musicales, cada vez más difíciles de abarcar dada la amplitud de propuestas y la mayor posibilidad de acceso. Agradezco a todas las personas del periódico por el espacio y la libertad para escribir sin ninguna otra limitante que mi propio criterio. Y gracias a ustedes, estimados lectores, por darle sentido al esfuerzo aquí realizado. Seguimos con ánimos renovados.

PHILIP SEYMOUR HOFFMAN: UN HOMBRE BUSCADO

9 febrero 2014

Hay ciertos artistas con los que uno establece un vínculo que parece ir más allá de sus obras, acaso por alguna afinidad y admiración hacia la conjunción de su trabajo y su forma de conducirse frente a la fama. Uno de mis actores favoritos, de los mejores de mi generación y que se ubica en esta dimensión de particular cercanía es Philip Seymour Hoffman (Rochester, Nueva York, 1967 – Greenwich Village, 2014), quien desde su trayectoria escolar se inclinó por el arte dramático y que sacudió al mundo del arte con su trágica muerte.
Además de que la mayoría de las películas en las que actuó son buenas, su simple presencia era un bienvenido plus para disfrutarlas aún más, en particular por su capacidad para desaparecer como actor y dejar crecer al personaje, aunque manteniendo un sello particular incluso en producciones de la maquinaria hollywoodense como Las cosas de la vida (Nobody´s Fool, Benton, 1994), Tornado (de Bont, 1996), Patch Adams (Shadyac, 1998), Nadie es perfecto (Flawless, Schumacher, 1999), escenificando a una drag queen enfrentado a Robert de Niro; Mi novia Polly (Along Came Polly, Hamburg, 2004); Misión imposible III (Abrams, 2006), caracterizando con plena convicción al villano y Los juegos del hambre: en llamas (Lawrence, 2013), encarnando al misterioso brazo derecho del dictador.
Notable para representar a tipos comunes, también podía construir personajes ambiguos y llenos de matices, transitando entre la timidez, la repulsión, la empatía y la compasión, como los desarrollados en Felicidad (1998) drama marginal de Todd Solondz con una interpretación de callada intensidad patológica; en La duda (Shanley, 2008), incluyendo el excepcional duelo actoral con Meryl Streep; en las durísimas Con amor, Liza (Louiso, 2002), escrita por su hermano, y Antes que el diablo sepa que has muerto (2007) de Sidney Lumet, que tristemente ahora remiten a su muerte, así como en New York en escena (Synechdoque New York, 2008), la intrincada cinta de Charlie Kaufman en la que integró un personaje de múltiples dimensiones.

CREANDO TRAYECTORIA
Primero apareció en un capítulo de La ley y el orden en 1991 y empezó a participar en producciones independientes como Triple Bogey on a Par Five Hole (1991), comedia criminal de Amos Poe y My New Gun (1992) de Stacy Cochran, su debut como protagónico. Salto de fe (Pearce, 1992) fue su primera intervención en una cinta de mayor presupuesto, a la que le siguieron Perfume de mujer (Brest, 1993) y Cuando un hombre ama a una mujer (Mandoki, 1994): en las tres se mostró como un sólido actor de reparto, condición que mantuvo incluso cuando ya tenía papeles principales.
Después trabajó en cintas poco conocidas como Joey Braker (Starr, 1993), My Boyfiriend´s Back (Balaban, 1993) y Money for Nothing (Menéndez, 1993), hasta que participó en La huida (Donaldson, 1994) y en el filme polaco de época La última apuesta (Szuler, 1994) de Adek Drabinski, ampliando fronteras y posibilidades, como también le representó su presencia en El despertar (The Yearling, Hardy, 1994) película para televisión, medio en el que volvió con Liberty! The American Revolution (1997) y con la realista miniserie de HBO El imperio caído (Empire Falls, 2005) dirigida por Fred Schepisi y basada en la novela de Richard Russo, ganadora del Pulitzer.
Por no dejar, también prestó su voz para personajes animados como Max Jerry Horovitz, un judío neoyorquino cuarentón con síndrome de Asperger y diversas obsesiones, protagonista de la sensacional Mary and Max (Elliot, 2009). Fue dirigido por grandes realizadores como los hermanos Coen en la hilarante Identidad peligrosa (The Big Lebowski, 1999); por el dramaturgo David Mamet en Cuéntame tu historia (State and Main, 2000); por Spike Lee en la angustiante La hora 25 (2002) y por Anthony Minghella, también fallecido de manera prematura, en El talentoso Mr. Ripley (1999) y en Regreso a Cold Mountain (2003).

ACTOR DE REGISTRO AMPLIO
El rock y la política fueron territorios revisitados por sus actuaciones, entre el desenfado y la suspicacia: crítico roquero de cepa en Casi famosos (Crowe, 2000) y experto programador radial en Los piratas del rock (The Boat That Rocked, Curtis, 2009), al tiempo que le entraba a las intrigas palaciegas en Juego de poder (Charles Wilson’s War, 2007) de Mike Nichols, quien también lo dirigió en la obra teatral La gaviota, y en Poder y traición (The Ides of March, 2011) de George Clooney.
Sus hábitats también fueron el intimismo familiar, como se advierte en la agridulce y evocativa La Familia Savage (The Savages, Jenkins, 2007) coprotagonizada por Laura Linney, así como la comedia independiente, representada por Próxima parada, Wonderland (Anderson, 1998), De vuelta al “insti” (Dinello, 2005) y La primera mentira (The Invention of Lying, 2009) divertida historia fantástica de la dupla Gervais / Robinson.
Formó uno de los más consistentes duetos actor-director del mundo cinematográfico con Paul Thomas Anderson, realizador clave del cine contemporáneo. El vínculo inició con Sydney: Juego, prostitución y muerte (Hard Eight, 1996), en la que el actor interpretó a un jugador de dados, quizá anticipando su gran encarnación como Brian Mahowny, el joven banquero con problemas de ludopatía que perpetró el fraude personal más grande en la historia de Canadá, puntualmente recreada en Mahowny, obsesión por el juego (Owning Mahowny, 2003) de Richard Kwietniowski.
Continuó su relación con Anderson actuando como un par de asistentes: de cine pornográfico en Juegos de placer (Boogie Nights, 1997) y de un moribundo en la brillante Magnolia (1999); posteriormente representó a un chantajista dueño de una colchonería fachada en Embriagado de amor (Punch Drunk Love, 2002) y, en su mejor papel bajo la dirección de este enorme realizador, como un contradictorio líder de una secta en la poderosa The Master: Todo hombre necesita un guía (2012). Entre estas películas participó en Montana (Leitzes, 1998), y en El dragón rojo (Ratner, 2002), interpretando al arriesgado periodista entrando a la boca del lobo.
Philip Symour HoffmanBajo la dirección de Bennett Miller, desarrolló una de sus más célebres actuaciones en Capote (2005), recreando al famoso escritor desde una perspectiva que transitó de los rasgos físicos –imagen, vocalización, manierismos- a los sentimientos generados sobre todo al imbuirse en el caso que lo llevó a escribir su célebre relato A sangre fría: un gran ejemplo de cómo meterse en la piel de un personaje de la vida real. El propio Miller lo volvería a dirigir en la sólida El juego de la fortuna (Moneyball, 2011), una de las grandes cintas deportivas de los años recientes. Posteriormente grabó El último concierto (A Late Quartet, Zilberman, 2012), junto a su admirado Christopher Walken.
Debutó como director con Jack Goes Boating (2010), cinta basada en una obra de Robert Glaudini en la que también llevó el papel principal interpretando a un tipo común en el que no resultaba difícil verse reflejado, sobre todo por su loable e inocente espíritu aspiracional. Memorable, según se ha reseñado, resultó su participación en Broadway con obras como Muerte de un viajante, en la que interpretó a Willy Loman, Largo viaje hacia la noche de Eugene O’Neill, El mercader de Venecia dirigido por Peter Sellers y True West en versión de Sam Shepard, entre otras. El famoso conglomerado teatral le rindió simbólico homenaje apagando las luces durante un minuto.
Todavía lo veremos en God´s Pocket (Slattery, 2014), estrenada en el festival de Sundance, en A Most Wanted Man (Corbijn, 2014) y en la tercera entrega de Los juegos del hambre. Seguía siendo un actor sumamente buscado gracias a su enorme versatilidad para encarnar personajes de diferente naturaleza. La muerte, supongo, también lo acechaba de manera peligrosa a través de una de sus estrategias más letales y silenciosas que no se detiene ante nadie, independientemente de su posición, talento y situación.
Una triste pérdida para las artes dramáticas y, desde luego y principalmente, una noticia devastadora para sus familiares y amigos. Al parecer, su esposa le había pedido que se fuera de la casa para que sus tres pequeños hijos no vieran a su padre atrapado por la adicción a la heroína: ¿Qué lleva a un hombre en estas circunstancias y con estas condiciones a recaer en las drogas después de tantos años de sobriedad? El interior del ser humano sigue siendo un misterio, a veces esperanzador y en ocasiones profundamente lastimado y doloroso. Descanse en paz.

UN LOBO DESENFRENADO EN LA ESTEPA DEL CAPITALISMO SALVAJE

4 febrero 2014

Wall Street se ha convertido en un buen enemigo de la corrección política y estandarte de los males económicos que aquejan al mundo: la ausencia de regulaciones por parte del gobierno, las prácticas especulativas alejadas del beneficio de las personas, clientes y consumidores incluidos, y el crecimiento ficticio de los activos financieros generando burbujas tan grandes como frágiles, poco referenciados con la producción tangible y más cerca del polvo de hadas, son algunas de las acciones que han colocado en la palestra de los acusados, con justa razón, a este conglomerado poco identificable y acaso constituyéndose como las nuevas Pandillas de Nueva York (2002).
El estupendo y muy didáctico documental Trabajo confidencial (Inside Job, Ferguson, 2010), explica con pelos y señales las causas y consecuencias de la crisis del 2008, mientras que otras cintas como Enron: Los tipos que estafaron a América (Gibney, 2005), la española Casual Days (Lemcke, 2007), la estupenda El precio de la codicia (Margin Call, Chandor, 2011) y Hombres de negocios (The Company Men, Wells, 2010), muestran los retorcidos comportamientos corporativos para mantener sus ganancias a costa de quien sea, principalmente de los propios empleados y clientes.
Esta desmedida avaricia ya había sido personificada con aterradora frialdad por Michael Douglas en Wall Street (1987), encarnando al siniestro Gordon Gekko, quien volvió por sus fueros en Wall Street 2: el dinero nunca duerme (2010), ambas cintas dirigidas por Oliver Stone. Tampoco es casual que uno de los recientes movimientos de protesta haya tomado, justamente, el nombre de Occupy Wall Street.
Ahora Martin Scorsese, quien sabe cómo retratar al mundo criminal en sus diversas vertientes (Calles peligrosas, 1973; Casino, 1995; Los infiltrados, 2006), nos presenta desde una perspectiva desenfadada, alocada y frenética, sin obviar el filón analítico, la vida de Jordan Belfort basada en sus propias memorias recogidas en un libro que da título al film: El lobo de Wall Street (EU, 2013), abarcando desde sus inicios como empleado de la quebrada firma LF Rothschild a finales de los ochenta, hasta su trabajo como conferenciante motivacional de ventas, después de salir de la cárcel.
La cinta se centra en su meteórica trayectoria, impulsada por una definida ambición, como un hábil defraudador disfrazado de bróker en Stratton Oakmont, la empresa que él mismo fundó con su dientón vecino y un grupo de Buenos muchachos (1990), dedicada desde los contornos de Wall Street, a engañar clientes incautos con compra-venta de acciones centaveras, y una que otra más grande como la de la marca de calzado, que se van inflando irresistiblemente. En el filme Boiler Room (Younger, 2000), por cierto, se retoma un caso similar al aquí narrado.
Con el acostumbrado talento para la edición, soportada por una funcional fotografía de nuestro compatriota Rodrigo Prieto, enfatizando los estados de ánimo y los tipos de ambientes con oportunas iluminaciones, y un soundtrack en consonancia con el empuje de las secuencias, el filme de tres horas de duración avanza a la velocidad de la acumulación de riqueza del protagónico, cada vez más necesitado de drogas y alcohol, particularmente la más importante de todas: los billetes verdes.

LA VIDA COMO EXCESO
En efecto, la historia versa sobre el poder que puede tener El color del dinero (1986) no solo en la transformación individual, sino colectiva: una euforia potenciada por la cocaína primero y la metacualona después, combinadas con bebidas varias y por la constante contratación de prostitutas, buscando una felicidad continua a través de llevar las Vidas al límite (1999) siempre Después de hora (1985).
En una extraña combinación de salvajismo fiestero, ambiente orgiástico y sofisticación para el engaño, la vida cotidiana en la empresa parece un monumento a la frivolidad y al derroche (esas discusiones sobre los hombres-bala o las partes íntimas femeninas), al tiempo que se mantiene una alta motivación para seguir la máxima de que el trabajo se trata de quitarle el dinero a los clientes para meterlo en el propio bolsillo. Cual manada licantrópica, veneran al macho alfa cuando aúlla en el micrófono y se van cuidando unos a otros, hasta que el enemigo se vuelve más poderoso.
La intensidad del film, además de las estrategias narrativas de la voz en off, los discursos dirigidos a la cámara (o sea a nosotros) y el juego de ralentizaciones, corre por cuenta de los intérpretes: Leonardo DiCaprio se destapa con una sobreactuación cautivante, mientras que un desaforado Jonah Hill (desternillante la secuencia en la que se droga junto con el protagonista) y un colmilludo Matthew McConaughey con peinado de salón (esa cancioncita con golpes de pecho), como socio y mentor respectivamente, le brindan un soporte hilarante a las diferentes secuencias, secundados por Jean Dujardin como el cínico banquero suizo.
El lobo de Wall StreetSi bien se trata de una historia con un enfoque básicamente masculino, las intervenciones femeninas de las dos ahora exesposas, representadas por Cristin Milioti y Margot Robbie, y de Joanna Lumley como la tía inglesa cómplice, equilibran un cuadro actoral cargado de testosterona monetaria, bien ejemplificada por el traficante descamisado de explosivo carácter al fin buen vendedor de plumas (Jon Bernthal), inmiscuido en el proceso para sacar dólares del país, cuando todavía los aeropuertos vivían en La edad de la inocencia (1993).
Más que tender a soltar juicios morales, el notable y puntilloso guion de Terence Winter, ampliamente reconocido por su trabajo en Los Soprano, va planteando las situaciones y contextos que describen al personaje en sus diferentes dimensiones y formas de relacionarse con las mujeres, sus empleados, con su padre (Rob Reiner), su familia y hasta con el agente que le pisa los talones (Kyle Chandler), suponiendo que todos tienen un precio y nadie quisiera seguir viajando en metro todos los días con su dignidad intacta.
Claro que está presente el lugar común del rico nuevo y su dosis de vulgaridad, expresada en la necesidad de demostrar su fortuna, vía la compra de una mansión, un yate de lujo, auto listo para destruirse, ropa a tono, joyas y demás objetos simbólicos de poder económico. La simpatía que por momentos pudiera generar el protagonista, no evita que alcancemos a visualizarlo como un hombre egocéntrico y abusivo cuya creciente soberbia le impide darse cuenta de su propia vulnerabilidad legal, a pesar de las sugerencias de su abogado (Jon Favreau).
De alguna manera, estamos frente a un millonario diferente al que había retratado la dupla Scorsese-Dicaprio en El aviador (2004) o a otros con aspiraciones políticas o artísticas: en este caso y ante la ausencia de consideraciones morales, pareciera ser la búsqueda del dinero por sí mismo y de la satisfacción inmediata, lo que provoca la toma de dos decisiones equivocadas: no irse con su esposa cuando está en el departamento de su nueva amiga y no aceptar el trato para desaparecer de la escena.