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BLADE RUNNER: VOLVER A VER LOS CLÁSICOS

15 octubre 2017

Por lo que refiere a los clásicos fílmicos, podemos ubicar cuatro niveles en su tratamiento: el simple saqueo que no genera mayor interés, ni siquiera para volver al origen; el homenaje que permite la revaloración del texto en cuestión, sin aportar demasiado; la actualización, en donde se busca ponerlo al día según las condiciones actuales y, finalmente, la expansión de su planteamiento, en la que dicho clásico encuentra nuevos territorios para desarrollarse sin perder su esencia, incorporando contextos y ámbitos de los tiempos que en efecto están cambiando.

Dirigida por Ridley Scott, quien venía de realizar la fundacional Alien, el octavo pasajero (1979) y curiosamente de codirigir el video de la exquisita Avalon de Roxy Music, Blade Runner (1982) se convirtió en una de esas películas modélicas que trascienden su discurso más allá de los territorios cinematográficos, haciéndole total justicia visual y argumental a ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), historia perpetrada por la mente paranoica y visionaria del maestro Philip K. Dick, generalmente llevado a la pantalla sin mayor resonancia, salvo en El vengador del futuro (Verhoeven, 1990), Impostor (Fleder, 2011), Sentencia previa (Spielberg, 2002) y Una mirada a la oscuridad (Linklater, 2006).

Al quebequense Dennis Villeneuve, (Polythecnique, 2008) le gustan los proyectos que impliquen riesgo: asumió la responsabilidad de adaptar a Saramago y entrar al tema de la identidad (Enemigos idénticos, 2013); incursionó en el espinoso tema del narcotráfico transfronterizo sin ser de aquí ni de allá (Sicario, 2013); logró aventurarse en la reflexión cienciaficcional de mensajes trascendentes (La llegada, 2016) y se inmiscuyó en los vínculos que se generan entre padres e hijos ante la pérdida y el redescubrimiento (La mujer que cantaba, 2010; Intriga, 2013).

De todos los retos salió bien librado y la tendencia se extendió en Blade Runner 2049 (EU-RU-Canadá, 2017) su excursión por el mundo humeante y grisáceo, devastado ecológicamente y depresivo hasta la cocina de los replicantes y sus cazadores, sobreviviendo en una sociedad construida a partir de la ultra virtualización donde incluso la pasión romántica es una mercancía que se vende susceptible de anidarse en la realidad de los afectos; predomina una especie de capitalismo deprimido, necesitado de complacer ausencias y sostenido por colonias de niños trabajadores tiranizados por algún mercenario, además de una corporación capaz de someter al estado policiaco, como se advierte en la secuencia de las dos mujeres que ostentan el poder.

Ryan Gosling es el señor K de kafkiano, atrapado en una rutina burocrática donde solo le queda obedecer órdenes de su jefa, interpretada por Robin Wright, y que apenas encuentra un cierto respiro en la relación con su novia virtual por conveniencia, encarnada (es un decir) por la cubana Ana de Armas; su misión chocará con los intereses del mandamás invidente de la siniestra compañía voraz, encabezada por un taciturno Jared Leto, siempre bien secundado por la implacable Silvia Hoeks y, para redondear el casting, Harrison Ford ya en su clásico papel de héroe nostálgico venido a menos, aquí como el viejo y estimado Rick Deckard.

Los Ángeles ahora es un lugar menos natural que hace treinta años, si es que ello es posible; San Diego es una especie de cinturón de basura y chatarra y el trazo urbano ha suplantado cualquier posibilidad de paisaje verde. La lluvia continúa en tanto se convierte en nieve ácida, mientras los apabullantes hologramas pretendidamente seductores y los anuncios publicitarios invaden la grisura húmeda y humeante de callejones sin salida, contrastando con esos desiertos rojizos cargados de polución, a su vez atravesados por un score entre ambient y tecno de la dupla Wallfisch-Zimmer, modificando su tono según el hábitat en el que nos vamos encontrando, generalmente de metálica devastación o de extrema aridez.

MÁS QUE HUMANO

Si en ciertos momentos, sobre todo en la primera mitad, se siente que el relato se atora por regodearse sobre sí mismo, la puesta en escena y las resoluciones posteriores anulan dicha sensación. La fotografía del veterano Roger Deakins, colaborado asiduo del director, captura con lucidez los impresionantes escenarios que definen una mitología futurista, tanto en exteriores como en los interiores de la corporación con formas oblicuas por las que avanzan sinuosos haz de luz y que reflejan una racionalidad líquida (diría Bauman), sostenida por una amenazante ambigüedad en la que conviven la creación y la destrucción, la búsqueda del origen y de las respuestas ante la incertidumbre acerca de la propia naturaleza: Pinocho y Frankenstein.

En efecto, crisis de identidad existencial: un nuevo modelo de androides que tiene queBlade Runner 2049 exterminar replicantes, o sea, a los de su propia especie, tal como le espeta uno de los antiguos (Dave Bautista con sorprendente intensidad) al despreciado “portapieles”. Viven con recuerdos implantados con los que parecen sentirse satisfechos justo hasta que dejan de estarlo, sin la inquietud por humanizarse como sus ancestros rebeldes: el proceso de perfeccionamiento entendido como pérdida de sensibilidad, salvo que alguien lance el mensaje de que vale la pena morir por una causa. Claro que uno cambia cuando es testigo de un milagro, a menos que una prueba “nabokoviana” para verificar que todo sigue en orden lo desmienta.

Si en Her (Jonze, 2015) el hombre solitario se enamora de su sistema operativo a través de la conversación, el Blade Runner se apega a una mujer digital que se adapta a la situación e incluso se encarna en otra joven (Mackenzie Davis): la diferencia es que mientras que en el primer caso no hay exclusividad, en el segundo parece sí existir, a pesar de tener que brindar consigo mismo. Claro que se puede incendiar la casa para intentar disipar las dudas existenciales, más fuertes que cualquier fuego pretendidamente liberador. Pocos descubrimientos tan devastadores como el darse cuenta que un recuerdo que creías tuyo, nunca lo fue, por más que no se asuma frente a la joven especialista en dotar de memoria a los necesitados.

El guion del veterano Hampton Fancher en complicidad con Michael Green (Logan, 2017), establece los necesarios nexos con la primera parte pero le dota de identidad propia a la secuela: el gran Edward James Olmos ahora hace ovejas de origami, no unicornios que habitan los sueños imposibles; Rachel (Sean Young) es un recuerdo único que sigue palpitando sin aceptar copias y el protagonista parece derramar lágrimas que fluyen, dijera el policía, extraviándose en la lluvia, tal como lo expresó el líder de los replicantes rebeldes que murió tres decenios atrás (Rutger Hauer). Está, por supuesto, el protagonista de la primera entrega, de quien siempre se dudó acerca de su naturaleza, envuelto en un entorno de escasa interacción social.

Ahí están el árbol muerto que guarda secretos vitales, apenas anunciados por una flor inaudita, así como las esculturas gigantes atrapadas en un rictus que viaja del deseo a los sueños rotos, en los que siempre faltan piezas y que se asumen como un cuadro de Giorgio de Chirico, entre el vacío existencial, la belleza intrigante y la decadencia desértica, como el hotel/casino de Las Vegas, habitado por los fantasmas/hologramas de Liberace, Marilyn Monroe y Frank Sinatra, acompañados de un perro que bebe whisky y que no se sabe si es real pero que sirve de compañía al escurridizo Deckard, recluido después de cumplir a medias su misión de hace treinta años y con el recuerdo palpitante de un amor que creíamos imposible, cual prueba indudable de la humanidad que lo carcome.

 

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TOM PETTY: ROCK PARA ROMPER CORAZONES

5 octubre 2017

Con él aprendimos a volar sin alas rumbo al cielo abierto y nos acompañó en nuestras caídas libres provocadas por escuchar al corazón, aguantando la ruptura sin echarnos para atrás. Eso nunca. En su música cabíamos todos: desde los perdedores que se levantan para volver a fracasar, hasta quienes se la pasan habitando en un mundo romántico lleno de flores silvestres escondidas en la prolongada oscuridad, que nunca termina por asentarse en alguna realidad ligeramente palpable.

El rock guitarrero de aliento sureño se despliega a través de memorables ganchos pop con influjos new wave, bañados en un rock’n’roll de constante actualidad y energía cargada a la mano, ajeno a pretensiones más allá de entregar brillantes canciones de rock clásico, ya de propiedad colectiva y parte del crecimiento vital de quienes andábamos deambulando por ahí sin mayor oficio ni beneficio pero eso sí, con las ganas de trascender a punto de turrón tratando de cumplir con duras promesas.

Ya desde su etapa de bachiller, el oriundo de Florida mostró sus cualidades para el juego de cuerdas y la composición; encontró en una banda conocida como Mudcrutch, su primera y última curiosamente, el ecosistema necesario para iniciar su trayectoria: se hizo cargo del bajo y conoció a colegas clave como el guitarrista Mike Campbell y el tecladista Benmont Tench, escuderos de múltiples gestas y que reencarnaron en The Heartbreakers, la legendaria banda de apoyo que se nutrió con la aportación del bajista Ron Blair y del baterista Stan Lynch, que también le hace a la cantada.

Con la influencia palpable de The Byrds, Buffalo Springfield, The Allman Brothers Band y The Rolling Stones en la construcción musical, así como la de Bob Dylan en el núcleo de la propuesta, Tom Petty debutó en el campo discográfico con el sorprendente homónimo Tom Petty & The Heartbreakers (1976), contrastando con la naciente escalada punk. La costumbrista American Girl comandaba la propuesta tanto sonora como descriptiva de una sociedad en pleno proceso de transformación, reflejada también en Breakdown con una banda que suena prematuramente integrada.

La segunda apuesta fue You´re Gonna Get It! (1978) con canciones memorables como I Need To Know, Hurt y Listen to Your Heart, alcanzando hasta ese momento mayor reconocimiento en Inglaterra que en la propia tierra, cual típico profeta. El rompimiento definitivo llegó con la obra maestra Damn the Torpedoes (1979), saturada con canciones en estado de gracia con Refugge como estandarte, seguida por diversos cortes que ilusionaban a los perdedores con el esperanzador mensaje de que tarde o temprano llegará nuestra chica para remediarlo todo; la estructura sonora se afina y las melodías se vuelven tan cercanas como el fin de una época, gracias también a la punzante producción de Jimmy Iovine.

El impulso y la confianza ganada impregnó a Hard Promises (1981), digno continuista de su predecesor y en el que se mantienen las premisas intactas como se aprecia en la abridora The Waiting. En los años subsiguientes, aparecieron el episódico Long After Dark (1982) y Southern Accents (1985), por medio del cual amplió su radar con el apoyo de la naciente MTV, en donde salió a cuadro como el sombrerero loco en Don’t Come Around Here No More: un disco con aroma a paja que trascendía el localismo aparente. Porque sabemos que el corazón es un pozo no de los deseos reprimidos, sino los que nunca se cumplen pero siempre se anhelan, acompañaron a la bruja blanca Stevie Nicks en la significativa Stop Draggin’ My Heart Around.

EL CIELO HIPNÓTICO NOS ESPERA CON LAS NUBES ABIERTAS

Imposible resistirse a la influencia de Bob Dylan, sobre todo si trabajas con él: ahí está el reflejo de esta experiencia sellada en Let Me Up (I’ve Had Enough) (1987), en donde Petty y los suyos daban muestras de retomar el nivel de finales de los setenta y principios de los ochenta. En estos años, formó The Travelling Wilburys, el súper grupo más renombrado de la historia del rock que entregó un par de discos (Vol. 1, 1988; Vol. 3, 1990: ¿habrá un volumen dos escondido?), en donde participaron íconos absolutos como el propio Dylan, George Harrison, Roy Orbison y Jeff Lyne, vuelto su productor para el fantástico Full Moon Fever (1989), una especie de debut solista que nos puso en disfrutable caída libre para perseguir los sueños sin dar un paso atrás. Ya ni modo, dirían los cínicos.

Los noventa empezaron con los reflectores encima gracias al mediático Into the Great Wide Open (1991), lección de aprendizaje incluida para levantar el vuelo más allá de los límites autoimpuestos, y con el obligado Greatest Hits (1993), con Mary Jane’s Last Dance como carnada para la compra de los coleccionistas. Una vez más prescindiendo de su banda de soporte, se aventuró en una segunda incursión individual para entregar el estupendo e introspectivo Wildflowers (1994) con todo y las orquestaciones de Michael Kamen bajo la producción de Rick Rubin, de moda por aquellos años, compartiendo la dificultad para entender lo que se siente cuando no lo has vivido, sobre todo si alguna vez te ceñiste la corona. Mi favorito.

De regreso con los responsables de tanto ritmo cardiaco suspendido, Tom Petty entró al Tom Pettymundo del celuloide en She’s the One (1996), cuyo score integraba algunas canciones de colegas como Beck y Lucinda Williams. Para cerrar el milenio, apareció Echo (1999), obra menos conocida pero tan consistente como las mejores en la que se refleja su divorcio tras 20 años de matrimonio y un tránsito entre el rock humeante y cierta tristeza. En tono crítico hacia la industria, apareció Last DJ (2002), que tuvo más repercusión en las ventas que en las apreciaciones del público, más recordado por su discurso contestatario que por su apuesta sonora.

Otra vez bajo la batuta de Lyne y con el apoyo de Campbell, grabó el efectivo Highway Companion (2006), se tercer álbum “solista” con Saving Grace y Flirting With Me como canciones representativas y demostrando que solo o bien acompañado podía regalarnos discos no de una sola pieza, sino de varios cortes versátil y fluidamente engarzados a partir de una madurez que lejos de advertir estancamiento, denotaba oficio y creatividad.

Volvió con los rompecorazones, un poco más entrados en años pero todavía en plan de hacer ruido, vía un par de sólidos y energéticos álbumes que demostraban que a veces puede tener más fuerza la experiencia que el músculo juvenil: Mojo (2010) representó un sólido regreso e Hypnotic Eye (2014), toda una confirmación de que lo que bien se aprende no se olvida, sobre todo cuando se cuenta con habilidades para cautivar sicológicamente a la audiencia. También regresó cual viaje a la semilla con su banda primigenia para grabar el homónimo Mudcrutch (2008) y 2 (2016), junto con los compañeros de siempre Tench y Campbell, además de los veteranos Tom Leadon y Randall Marsh.

Un valioso documento para adentrarse en la vida de Tom Petty es Runnin’ Down a Dream (2007), dirigido por Peter Bogdanovich en el que durante cuatro horas nos lleva por la vida y obra del líder de los rompecorazones, retomando una presentación en vivo, imágenes y declaraciones e pietaje, la importancia de Mudcrutch y su intervención en The Travelling Wilburys; cabezas parlantes como George Harrison, Eddie Vedder, Stevie Nicks, Dave Grohl, Jimmy Iovane, Jeff Lynne, Rick Rubin, Johnny Depp, Jackson Browne y varios familiares, entre otros, brindan una buena perspectiva de la importancia de este hombre para la cultura del rock. Al final, también ha estado en las microhistorias de quienes lo incorporamos como parte de nuestras discretas transformaciones.

 

ROSCOE MITCHELL: DESDE LA CIUDAD DE LOS VIENTOS EXPERIMENTALES

2 octubre 2017

Recibió con los pulmones abiertos la influencia de grandes como Coltrane, Coleman y Ayler, con quien participó en su banda, para después insertarse a la camada de excursionistas como Braxton, Jarman y Threadgill, navegando por donde se encuentran las aguas del jazz y la música clásica contemporánea, específicamente el avant-garde, y así arribar a tierras donde las estructuras y formas se metamorfosean constantemente, fundiéndose en una improvisación sustentada y alimentada por una sensibilidad expansiva. En sentido colectivo, ha creado diversas asociaciones para fomentar el crecimiento y consolidación de la manifestación musical en sus diversos estratos.

Roscoe MitchellJugando con los tiempos e intervalos a partir de un espíritu que privilegia la espontaneidad, el saxofonista y ejecutante de lo que le pongan enfrente,, básicamente el saxofón como símbolo inequívoco del jazz Roscoe Mitchell (Chicago, 1941) se ha convertido en toda una institución, por paradójico que parezca, de la renovación del jazz y sus contornos, justo donde habitan la atonalidad, el free y otras propuestas disruptivas. Por supuesto, se incorporó a la venerable Association for the Advancement of Creative Musicians (AACM), organización clave en el desarrollo del jazz de avanzada.

Después de entrar al mundo del Bop y aprender tanto del mencionado Ayler como del compositor y pianista Muhal Richard Abrams, debutó justamente bajo el cobijo del ensamble en formato de sexteto con el ahora clásico Sounds (1966), toda una aventura sonora en la que ya visitaba parajes espesos que se abrían a espacios de mayor nitidez, estrujando el saxo alto y el clarinete hasta obtener sonidos imposibles de timbres envolventes, sostenidos en una base rítmica igual de impredecible y en la combinación del chelo, el trombón y la presencia del propio Bowie, trompeta, armónica y fiscorno en la punta de la lengua, por supuesto armando un circo de tres pistas.

Ahí está su decisiva participación en la conformación del Art Ensemble of Chicago, esencial colectivo de renovadores ente quienes se encontraban Lester Bowie, trompetista de excepción y que ha producido una gran y pujante cantidad de discos: Selected Recordings (ECM, 2002), puede ser un buen inicio. Después de firmar Congliptious (1968), enclavado en el free jazz, formó el Creative Arts Collective en los años setenta, década en la que se mantuvo activo vía resonantes obras como Solo Saxophone Concerts (1974), Quartet (1975), el doble Nonaah (1977), junto con la pandilla conocida y Sketches From Bamboo (1979).

En la década de los ochenta, además de su incansable labor colectiva en la AACM y en el famoso ensamble, empezó a saxofón batiente con Snurdy McGurdy and Her Dancin’ Shoes (1981), al que le seguirían de manera inmediata 3 x 4 Eye (1981) y More Cutouts (1981); para darle continuidad a sus ideas con respecto a las posibilidades de los ensambles con énfasis percusiva, se aventuró con Roscoe Mitchell and the Sound and Space Ensembles (1983), An Interesting Breakfast Conversation (1984) y The Flow of Things (1986), cerrando estos años con memorables trabajos en vivo.

LAS CAMPANAS QUE VIENEN DEL SUR

En los años noventa, participó con intérpretes clásicos y conformó el grupo Nine Factory para seguir explorando sonidos diversos en la frontera de la música contemporánea y el jazz, a partir de estructuras oblicuas e innovadoras como se advierte en This Dance Is for Steve McCall (1993), Nine to Get Ready (1999) y Song for my Sister (2002), entrando al nuevo milenio con la fuerza suficiente para crear texturas desafiantes. Por otra parte se desenvolvió en formatos tradicionales como el trío, a través del cual presentó los dialógicos The Day and the Night (1996), Solo 3 (2004) y el doble No Side Effects (2006), en compañía del intenso chelo de Harrison Bankhead y la dislocada batería de Vincent Davis.

Lejos de tomarse un respiro, en años recientes ha mantenido intensa actividad, tocando con los colegas de antaño y con otras figuras centrales de la escena como el baterista experimental Tyshawn Sorey y el trompetista Ragin (Duets, 2013); Pauline Oliveros, John Tilbury, y Wadada Leo Smith (Nessuno, 2014) y con viejos conocidos como Jack DeJohnette, el pianista Muhal Richard Abrams, el bajista Larry Gray y su colega Henry Threadgill (Made in Chicago, 2013). Como quinteto, destaca Turn (2005), con la presencia del pianista Craig Taborn, con quien produjo los retadores Conversations I y II (2014).

Atendiendo una comisión del Museo de Arte Contemporáneo de Chicago y bajo el Roscoe Mitchell 2prestigioso sello ECM, con el cual ya había grabado, presentó Bells for the South Side (2017), ecléctica y ambiciosa obra en vivo que captura en dos discos el trabajo desarrollado con cuatro tríos, cada uno con características distintas en función de las intenciones y habilidades de los colegas participantes: el resultado es una de las obras clave del jazz del año en la que se integran pasajes de hermosa abstracción con otros de alcance orgánico. Discussions (2017), recién salido del horno, no hace sino confirmar los principios artísticos y didácticos que el gran saxofonista de Chicago ha cimentado a lo largo de 50 años de desafiar y trastocar el ambiente con vientos de cambio.

 

 

DUNKERQUE: SOBREVIVIR AL ENEMIGO INVISIBLE

29 julio 2017

Christopher Nolan es un director que se arriesga formal, temática y presupuestalmente hablando. Aunque en ocasiones sus ambiciones rebasan los resultados alcanzados por sus películas, en todos los casos muestra un sorprendente dominio del lenguaje cinematográfico, sobre todo en cuanto al uso del espacio fílmico y a las lógicas narrativas de temporalidades imbricadas o dislocadas, para ponerlo al servicio de sus ideas que, en efecto, por momentos navegan por una grandilocuencia que obstruye la sustancia. Quizá se convierta en el equivalente de Spielberg para las nuevas generaciones: el tiempo lo dirá.

He disfrutado todas sus películas, incluyendo la vilipendiada –por algunos críticos- Interestelar (2014), pero sigo quedándome con la temprana Memento (2000), su obra más redonda a mi parecer. En el documental Side by Side (Christopher y Chris Kenneally, 2012) y en varias entrevistas posteriores, el realizador de Following (1998) y el corto documental Quay (2015), sobre los creativamente retorcidos hermanos de animada estética stop motion, va dejando clara su postura acerca de lo que debe ser el cine en cuanto al empleo de los recursos digitales y en torno a su función como espectáculo de masas y expresión artística. Lo cierto es que cuando presenta una de sus obras, muchos nos involucramos para dar nuestra trascendente opinión.

SOBREVIVIR ES SUFICIENTE

Dunkerque (RU-PB-Francia-EU, 2017) es un gran ejemplo de concisión y enfoque fílmicos, a diferencia de otras de sus cintas como El origen (2010), en donde la premisa quedaba un cuanto tanto subsumida a la pirotecnia visual; nada parece sobrar en el ensamblaje de esta arrobadora historia de sobrevivencia con sabor a derrota evacuatoria, revisada también en el documental de 1989 dirigido por Michael Campbell y de manera tangencial en Expiación (Anagrama, 2006), la gran novela de Ian McEwan vuelta vibrante película por Joe Wright bajo el título Expiación, deseo y pecado (2007).

Cierto es que la decisión de eliminar del guion los contextos más amplios del suceso, puede ser discutible en términos ideológicos, en el entendido de que no se trata que una película se convierta en clase de historia, a menos que ésa sea su intención: quedan sin apuntarse el sentimiento de abandono de los franceses (aunque cinco años después recibieron como héroe a Churchill en París); la orden de Hitler de no acercarse más a la costa y las disputas políticas entre los altos mandos nazis, entre los que había la idea de rematar al ejército aliado y la necesidad personal de algunos de llevarse el crédito, según ciertas versiones históricas.

El filme arranca en el fantasmal poblado belga que da título al film con un grupo de jóvenes soldados caminando por las calles desoladas, bañadas por una lluvia de papeles propagandísticos que anuncian la derrota. Una manguera moribunda y una colilla de cigarro son objetos buscados por los niños que se atreven a asomarse más allá de sus casas. De pronto y como para ponernos a tono, surge el ataque brutalmente sonorizado dirigido a los caminantes de los que solo uno consigue llegar a la playa, especie de ratonera en donde la muerte acecha en forma de bombardeos aéreos, recordando las secuencia inicial de Salvando al soldado Ryan (Spielberg, 1998).

A partir de aquí, se abren las tres vetas narrativas yuxtapuestas con abundancia de imágenes y escasez de diálogos, porque no había tiempo para hablar, solo para actuar: una semana en tierra, un día en el mar y una hora en el aire. La edición nos conduce por una concatenación de sucesos en alguno de los elementos de batalla que se insertan con plasticidad en algún otro frente, retomando lo ya visto pero desde una perspectiva distinta y apostando por una economía narrativa que impide la reiteración innecesaria.

Los breves y notables Kenneth Brannagh y James D’Arcy a pie de playa; Tom Hardy desde los aires con aspecto de Bane en modo heroico, y el sobrio Mark Rylance en plan de ciudadano comprometido rescatando combatientes caídos (Cillian Murphy, Jack Lowden), integran el reparto de experiencia que trata de apoyar la graciosa huida desde sus distintas trincheras, mientras que Fionn Whitehead, Damine Bonnard, Aneurin Barnard y Harry Styles cumplen con la interpretación de algunos de los soldados en trance de mantenerse con vida, al tiempo que ponen a prueba sus principios morales en condiciones extremas, sobre todo cuando hay que optar por apoyar a los demás o pensar en uno mismo.

Dunkirk

La invitación del filme para sumergirse junto con los directamente involucrados en la evacuación parte desde una decisión de carácter tecnológico –filmar la mayor parte de las secuencias con cámaras IMAX en 70 mm y el resto en 65 mm- hasta una construcción visual y sonora que termina por cautivar y atrapar los sentidos, quizá más que el corazón. La edición de sonido es poderosa en todo momento para incorporar al espectador en la batalla escapista: los disparos iniciales retumban en los tímpanos y de ahí al resto de las secuencias, con ese angustiante tic-tac de un reloj no diegético que sí marca las horas.

La indefensión ante el enemigo que emerge del aire, ante la posibilidad de salir respirando del mar o mantenerse volando en la cabina claustrofóbica del avión, se retratan de manera puntualmente contrastantes, gracias a una edición milimétrica y a la versátil fotografía de Hoyet van Hoytema (El espía que sabía demasiado, 2011; Her, 2013) que además se da el tiempo para proponer encuadres de angustiante belleza, intercalando angulaciones tanto a ras de arena y bajo el agua, como por los aires, capturando sincrónicos movimientos de los soldados como si fuera una especie de danza macabra ante lo inevitable: en ciertos momentos, no queda más que arrodillarse y esperar que la muerte en forma de explosión no venga por ti.

La fuerza de la intrincada sonoridad se complementa con el omnipresente score del habitual socio musical Hans Zimmer, entre cuerdas acezantes, electrónica nebulosa, rítmica que parece tener los minutos contados y cierta luminosidad sobre todo en los títulos finales, a pesar del ambiguo final que desemboca en la toma que plantea interrogantes acerca del futuro. Tanto la banda sonora como el sonido y la edición en función de las secuencias visuales, terminan por ser una puesta en escena audiovisual de impactante fortaleza.

Caminar rumbo al mar despojándose de uno mismo; pasar a la posteridad vía noticia del periódico local, dejar que el ciego ilumine la proeza de mantenerse con vida o avergonzarse porque lo mejor que se logró fue huir con éxito: cinco años más por delante de angustiantes combates que ponían en vilo el futuro de la humanidad, ganando o perdiendo las pequeñas batallas para conservar cierta humanidad o extraviarse en la barbarie; pensar en el hogar como la tierra prometida o involucrarse en la absurda lógica bélica que pone a jóvenes a matar o morir por un conjunto de causas inventadas por sus mayores que de pronto se vuelven tan ajenas y abstractas como la propia noción de hermandad.

CLAUDIO MONTEVERDI EN LEÓN

7 julio 2017

Desde adolescente, este genial músico adelantado a su época, mostró una notable capacidad de aprendizaje con el apoyo de Antonio Ingegnieri, maestro de capilla, y un gran sentido compositivo que fue desparramando primero en ligeros motetes, después en sus elaborados libros de madrigales, particularmente en los últimos, y sobre todo en su música de drama (El regreso de Ulises a la patria, 1641; La coronación de Popea, 1642), donde se evidenciaba su gusto por la exploración de las posibilidades de la polifonía y las formas de rasgos más disonantes, innovadores y trascendentes para el desarrollo de la música tanto religiosa como.

Fue también maestro de coro y director de la catedral de San Marcos de Venecia, donde su talento floreció prolíficamente en la composición de motetes, madrigales y otras formas de composiciones religiosas; terminó ocupando el puesto de Maestro de música de la Serenísima República Veneciana. Sus cautivantes juegos antifonales que invadían las composiciones, más allá de la estructura elegida, anticiparon ciertas tendencias expresivas que explotaron en los años del Barroco; el gusto por el contrapunteo y la yuxtaposición de texturas vocales de distinto rango, que saltan de un tono absolutamente sacralizado a otro que puede sonar mucho más terrenal, según el momento narrativo.

Se ha considerado que Orfeo, favola in música (1607), resultó esencial para la evolución del género operístico y sentó las bases para su ulterior desarrollo, particularmente en Italia. Arianna (1608), de la cual solo conocemos una parte llamada Lamento de Ariadna, lo consolidó como el renovador de esta forma musical y si bien en sus tiempos enfrentó oposición por sus propuestas musicales, como suele suceder con los genios, hoy ocupa el merecido lugar de privilegio entre los grandes maestros del arte sonoro.

LA VÍSPERA

Ahora, como parte de la celebración del cuadrigentésimo quincuagésimo aniversario del nacimiento de este compositor cremonés, también cantante e intérprete de la gamba, sólido puente entre el renacimiento y el barroco tanto en estilo como en temática, llega al Teatro del Bicentenario de nuestra ciudad la presentación de una de sus obras capitales: Vísperas de la beata Virgen, compuesta en 1610 y que será interpretada por la Cappella Barroca de México & I Fedeli de Alemania, bajo la dirección de Horacio Franco a partir de un espíritu que buscará situarnos en aquella época en la que el componente religioso se mantenía presente en buena parte del desarrollo artístico.

Escucho la obra dirigida por Jordi Savall y editada en dos discos compactos en el 2007 por Alia Vox, con el coro del Centro de música antigua de Padua, el conjunto instrumental y vocal catalán La Capella Reial y notables solistas entre los que se encuentran Montserrat Figueras, María Cristina Kiehr, Guy de Mey y Gerd Turk, entre otros. El bien diseñado cuadernillo, escrito en varios idiomas, da buena cuenta de la obra misma y su enfoque sacro, el proceso de grabación en la Basílica de Santa Bárbara, donde probablemente la presentó el propio autor, no obstante las condiciones climáticas difíciles, y el espíritu que alentó el proyecto de esta grabación, previamente.

La interacción entre los instrumentos de aquellos días con los coros, abriendo espacios exclamativos para las voces solistas de orientación mística, nos va absorbiendo paulatinamente, como suele suceder con las experiencias litúrgicas profundas, para ubicarnos por completo en tiempos y espacios de espiritualidad artística donde la búsqueda misma se convierte en el propio sentido de la escucha. Las cuerdas y los vientos se integran de manera orgánica entre los salmos, las antífonas, los conciertos y el himno, generando capas sonoras que se entretejen para formar epifanías de redescubrimiento.

La obra en cuestión, desarrollada predominantemente por la presencia de seis voces e igual cantidad de instrumentos, aunque se dejan escuchar algunas partes con distinto número de involucrados, abre con un suplicante responsorio y cierra con un imponente magníficat, entre los cuales se articulan diversas formas con cantos que van del agradecimiento a Dios, la petición para descubrir los caminos sagrados y la glorificación a la que se aspira en compañía del creador. Como era en el principio, ahora y siempre. Estamos en la víspera.

 

 

ELLE: DESENMASCARAR LA TRANSGRESIÓN

5 mayo 2017

Una mujer es invadida por partida doble: en su casa y en su cuerpo. Después de ser violada por un hombre enmascarado ante la mirada de su gato, se levanta y recoge los vidrios y la vajilla rota. A la mañana siguiente va a trabajar a su empresa de diseño de videojuegos, en donde le señala a los jóvenes entre geeks y gamers que incrementen el realismo de un prototipo en el que una mujer es sometida, y continúa con su vida tomando ciertas precauciones defensivas, pero nada más. Probablemente llegó el momento de entrar en algún sugestivo juego que trascienda la realidad virtual, tomando o soltando el control según convenga al espíritu contraventor.

Elle: Poder y seducción (Francia-Alemania-Bélgica, 2016) está dirigida con la pulsión sobre la mesa por el realizador holandés Paul Verhoeven, quien inició su carrera en su país y tras escuchar el canto de la sirenas hollywoodenses de 1985 al 2000, volvió a tierras europeas para rodar la notable La lista negra (2006) y el mediometraje Steekspel (2012). Ahora con esta contundente propuesta vuelve a los primeros planos del planeta fílmico, dinamitando diversas convenciones resultantes de este tipo de planteamientos argumentativos que arrancan con una violación: de hecho, el tema central del descubrimiento acerca de quién fue el agresor, cede terreno para explorar otros territorios de esta mujer echada para adelante.

CÓMO RECONVERTIR LA AGRESIÓN

Este invasivo y traumatizante ataque, si bien le sigue rondando en la cabeza a Michèle Leblanc, pareciera asunto superado y apenas alcanza el nivel de una mala experiencia: no se victimiza ni le dice a nadie hasta que en una cena con amigos suelta la noticia, un poco como para cubrir el requisito de comunicarlo. Pero paulatinamente, el evento se integra a la complejidad que plantea la personalidad de esta mujer madura, viviendo su sexualidad sin reparos y estableciendo una particular relación con el misterioso delincuente, que continúa acosándola en tono de perversión casi lúdica, no por ello inocente o inocua.

El formidable retrato del personaje central se construye a partir de las relaciones que establece con los demás: nos vamos enterando que vivió en evento traumático en el pasado que la alejó para siempre de su padre, mientras que con su estrafalaria madre (Judith Magre) mantiene un nexo complicado, ya no digamos con el mucho menor novio de ésta. Emprendedora y jefa vertical en sus decisiones, comparte la empresa con su mejor amiga (Anne Consigny), casada con un hombre infiel (Christian Berkel) y a la primera oportunidad gusta de escuchar Lust for Life de Iggy Pop, como para confirmar por dónde andan sus aficiones.

ElleEstá separada del marido con quien se lleva razonablemente bien (Charles Berling), incluyendo a su pareja del momento, una maestra de yoga (Vimala Pons); trata de apoyar a su vástago (Jonas Bloquet) de carácter débil (como en ocasiones sucede con quienes tienen madre fuerte), en el proceso de convertirse en padre de un niño que no es biológicamente su hijo, junto a una casi adolescente (Alice Isaaz) que lo maltrata constantemente y que, en consecuencia, tiene fricciones con la protagonista, su suegra. Y está una pareja de vecinos con la que traba contacto: ella, católica ferviente (Virginie Efire) y él, un hombre común que se desenvuelve en el medio financiero (Laurent Lafitte). Demasiado normales dentro de esta galería de máscaras.

En efecto, Michèle es una mujer compleja que juega por los vericuetos de la realidad con varias caretas a la vez y muestra su auténtico rostro, suma quizá de todas estas máscaras, sin importar mucho las consecuencias: apuesta por un pragmatismo voraz y parece ir por la vida con tal seguridad que es capaz de aventurarse en peligrosos juegos sexuales y afectivos. No obstante, una cierta fragilidad se devela de manera muy sutil y cuando las múltiples verdades van apareciendo y se desencadenan eventos decisivos, con sus consecuentes rupturas y sacudidas, los afectos terminan por tender hacia su sitio, de donde nunca se debieron haber movido o, quizá, solamente así se volvieron del todo reconocibles.

El epicentro de la película es la interpretación de Isabelle Huppert, una de las grandes actrices de nuestro tiempo y con una larga filmografía a cuestas en la que se encuentran directores como Preminger, Pialat, Godard, Chabrol, Tavernier, Robbe-Grillet, Téchiné, Haneke y Sang-soo Hong, entre otros; a sus más de 60 años, sigue siendo capaz de arriesgarse para meterse en la piel de mujeres que lindan con la locura, el atrevimiento y la sensibilidad a flor de angustia, como se advierte en La ceremonia (1995) y La pianista (2001), por ejemplo. Ya desde sus inicios dio muestra de esta disposición natural para asumir papeles complejos, como en Aloïse, (1975), Les indiens sont encore loin, (1977) y Violette Nozière (1978), por mencionar algunos casos.

Con una simple mueca expresa lo necesario y un poco más, abriendo posibilidades para los cuestionamientos; como se muestra en Elle, detrás de esa imperturbabilidad se asoma una profunda necesidad de búsqueda, experimentación y, en ciertos momentos, aceptación. La frialdad a punto de romperse aunque sabemos que no vamos a ser testigos de ello: primero encontrar la forma de resolver el problema antes de pedir ayuda o derramar alguna lágrima que nos confirme la existencia de la necesidad de un poco de comprensión. Por lo menos de la felina mascota que mira impasible la invasión.

 

CUANDO LOS HIJOS MUEREN

27 abril 2017

La vida se convierte en sobrevivencia, en una batalla cotidiana frente a la tentación de morir lo más pronto posible y encontrarle algún sentido al hecho de seguir despertando cada mañana. Al dolor de la pérdida, se le suma el frecuente enfriamiento emocional entre los padres y la dificultad de continuar adelante con los otros hijos, si es el caso. El sentimiento de culpa, mientras tanto, ronda con crueldad los pensamientos incluso cuando no hay justificación, acechando constantemente y atacando el frágil equilibrio a la menor provocación. Un par de filmes en los que el tema se aborda desde perspectivas distintas. Como dice alguno de los personajes, la muerte de un hijo es como tener un permanente grito atorado en las entrañas.

LO QUE PERDIMOS EN EL FUEGO NO ESTÁ EN LAS CENIZAS

Escrita y dirigida con amplio sentido realista por Kenneth Lonergan (Margaret, 2011), dándose tiempo para hacer una breve aparición frente a cámaras increpando al protagonista, Manchester junto al mar (Manchester By the Sea, EU, 2016) es un contenido drama acerca de la pérdida más dura de sobrellevar, que incluso se atreve a insertar un sutil humor sin perder fuerza y que contribuye, al contrario, para profundizar en la cercanía de las situaciones y reacciones de los diferentes personajes y los cambios en los vínculos que establecen entre sí, en particular después de la tragedia central del relato.

Un hosco milusos que atiende los departamentos de varios edificios, recibe la noticia del fallecimiento de su hermano y la consecuente solicitud de que se convierta en el tutor de su sobrino, un adolescente entre simpático, listo, demandante y conflictivo (o sea, un adolescente). Como cabría esperar, la dinámica entre tío y sobrino, que convivían y jugaban años atrás, resulta en principio espinosa y áspera pero al fin afectuosa: ambos se encuentran con una circunstancia que no saben manejar pero que tendrán que afrontar, al menos mientras se ajustan las cuestiones legales y se toman las decisiones sobre el destino del joven.

Con ruptura de la linealidad temporal, más como una estrategia narrativa que como un mero artilugio desgastado, conocemos pasado y presente de este hombre, alguna vez casado y padre de dos hijas, parte de la comunidad y con una relación cercana con su hermano mayor, en dificultades matrimoniales por el alcoholismo de la esposa. Hoy carga una culpa imposible de digerir que asalta sus recuerdos y busca ser castigado, ya sea provocando peleas en los bares o aislándose de cualquier posibilidad de establecer una relación personal, en tanto su ex esposa ha intentado reconstruirse con una nueva pareja.

A la discretamente dolorosa interpretación de Casey Affleck, en la línea de sus papeles en El asesinato de Jesse James por el cobarde Tom Ford (Dominik, 2007), Desapareció una noche (Affleck, 2007) y El asesino dentro de mí (Winterbottom, 2010) se añaden notables secundarios como el joven Lucas Hedges, entre el sarcasmo y el miedo al congelamiento; Kyle Chandler como el hermano apoyador y Michelle Williams, conduciendo notablemente a su personaje a través de un proceso de transformación.

Una foto paisajística y recurrente, acompañada de Handel y Albinioni, contrastando con Ray Charles, Bob Dylan y Ella Fitzgerald, captura los parajes nevados que congelan la posibilidad de seguir adelante, expresada en las miradas extraviadas del protagonista, al tiempo que la notable edición contribuye al ensamble de las secuencias viajando en doble dirección temporal, con el necesario tono dramático y costumbrista, orientado a construir personajes que a pesar de todo terminan por ser entrañables.

ManchesterEl director vuelve a explorar las dificultades del regreso a casa como en Puedes contar conmigo (2000), ahora ubicando el contexto geográfico en Manchester-by-the Sea, un pequeño pueblo de Essex, Massachusetts, nombrado así a partir de 1989 y habitado por poco más de 5,000 personas (censo del 2010), en su mayoría de raza blanca. En este ámbito donde es difícil que exista el anonimato, los intentos por reinsertarse después de haber pasado tiempo fuera y con el estigma de la dolorosa experiencia, serán víctimas de los prejuicios y del auto sabotaje.

Acaso se tiene la esperanza de reparar el pequeño barco como vehículo para explorar los alrededores marítimos y, en su caso, escapar de una realidad incierta y apremiante, apenas soportada por el apoyo de alguna pareja de amigos y la necesidad de resolver trámites pendientes, cual terapia ocupacional siempre interrumpida por algún recuerdo que se clava en el alma: olvidar dónde se dejó el coche, jugar con una pelota y mirar directo hacia el mar, esperando que puedan emerger respuestas o, al menos, sumergir la tristeza en el horizonte.

SUPERAR EL DOLOR

Dirigida con buen sentido de la tensión por Karyn Kusama, La invitación (EU, 2015) aborda desde la lógica del thriller el duro tránsito de una ex pareja, actualmente en compañía de otras personas, para superar la muerte de su hijo. Tras dos años de separación, Eden (Tammy Blanchard) y su novio actual (Michiel Huisman) organizan una cena a la que asiste el ex marido Will (Logan Marshall-Green) y su pareja (Emayatzy Corinealdi), entre otros viejos amigos; a la reunión llega una joven extrañamente confianzuda (Lindsay Burdge), de esas que te dicen que te quieren sin conocerte y un misterioso hombre (John Carroll Lynch), quien cuenta una triste historia acerca de su esposa, demasiado personal para estar frente a un grupo de desconocidos.

La reunión va tomando un giro inesperado cuando los anfitriones muestran un video de alguien que muere pacíficamente para después proponer algunos ejercicios grupales sobre confesiones de secretos, deseos y asuntos por el estilo, a la manera de grupos de autoayuda sospechosamente sectarios. Will intuye que algo raro flota en el ambiente: ya no reconoce a su ex mujer, todos se comportan muy amables y tendrá que dilucidar que está pasando, mientras el dolor de la muerte de su hijo lo invade sin misericordia, sobre todo ahora que volvió a la casa donde lo crió.

De premisa interesante, si bien por momentos predecible y recurriendo a algunas reacciones incomprensibles (como la de no salirse de la reunión cuando surgen las dudas, como sí lo hizo una de las invitadas), el filme funciona con su mezcla de drama familiar, angustia existencial y crítica directa a las puertas falsas y soluciones únicas, sobre todo cuando se quieren imponer a los demás, manipulando con dogmatismos sacados de la manga y tomando decisiones que invaden la alternativa de vivir el propio dolor.

 

CAPITÁN FANTÁSTICO: DE LA UTOPÍA FAMILIAR A LA RUPTURA SOCIAL

20 abril 2017

En los bosques de Oregon, seis hijos entre los 5 y los 18 años aproximadamente y su padre viven alejados del mundanal ruido y, en consecuencia, del capitalismo salvaje. Cual rito de iniciación, en la primera secuencia el mayor de la familia (George Mackay) caza un venado que servirá de alimento para todos los demás, ante la mirada aprobatoria del padre. Sin electricidad pero con algunos utensilios creados por el homo sapiens, la familia pasa los días ejercitando mente, cuerpo y espíritu, hasta que reciben una triste noticia respecto a la madre y esposa que los obligará a entrar en contacto con la decadente, según ellos, sociedad del siglo XXI.

A diferencia de El pequeño salvaje (Truffaut, 1970), los niños exponen ideas sobre el comunismo, la física cuántica y los derechos civiles; explican con precisión quirúrgica la anatomía humana y leen a Nabokov, mientras festejan el cumpleaños de Chomsky en lugar de la Navidad. Manejan con destreza cuchillos y herramientas, al tiempo que cumplen misiones y se expresan en varios idiomas; en la noche, entre lectura y lectura, se avientan alguna canción al calor de la fogata y gustan de la música clásica, repitiendo consignas contra cualquier cosa que huela a institución, sea política, religiosa o social. Es decir, o todos eran sobre dotados de suyo o las estrategias didácticas del padre funcionaban de manera impecable y habría que patentarlas de inmediato.

Dirigida y escrita por el también actor Matt Ross, Capitán fantástico (EU, 2016) plantea con plena convicción idealista la posibilidad de vivir de manera distinta a las tendencias homogeneizadoras, más allá de las estructuras sociales, y las dificultades que ello implica, considerando las inevitables interacciones con una realidad de asfalto, como sucedía en La aldea (Shyamalan, 2004), y abrumantes comercios de cadena. En la utopía propuesta, se retoma lo mejor de los dos mundos: los desarrollos culturales y científicos para ser aplicados en la vida cotidiana, y el contacto directo con la naturaleza, sin mediaciones de ningún tipo. El conflicto central del filme, equilibradamente tratado, se convierte en eje argumental: la socialización más allá del seno familiar.

El tono indie de la cinta encaja con la propuesta narrativa, salpicada de canciones puntualmente insertadas y una bienvenida combinación de momentos dramáticos y de humor (la actuación frente al policía en el camión, las preguntas del más pequeño), abriendo espacios para que el espectador y los propios personajes se cuestionen acerca de sus realidades. Cierto es que las contradicciones empiezan a aparecer cuando la familia decide emprender el viaje a la civilización como se advierte en los saludos afectuosos a los abuelos, el robo en el supermercado, la sumisión ante el suegro, cierta actitud de superioridad moral, las preguntas sobre el pollo que siendo tan conocedores deberían saber y un autoritarismo mezclado con una actitud democrática hacia los hijos: pero quien esté libre de las incongruencias que aviente la primera lección.

SABER CONVIVIR

Los encuentros en el tráiler park –con ese curioso despertar sexual y romántico-, en la cena con los primos convencionales, en la casa de los abuelos y con la comunidad circundante, le darán cierta perspectiva tanto al jefe de familia como a los hijos, algunos de ellos cuestionando ciertas decisiones pasadas y presentes de su padre. De pronto, algunas reacciones de ciertos personajes se sienten un poco estereotipadas, como para responder a una premisa y cumplir con un rol previsto en torno al sentido del relato, más que a un desarrollo coherente de las propias motivaciones y acciones.

Particularmente interesante (término ambiguo que no le gustaba al Capitán porqueCapitán Fantástico implicaba falta de argumentación) resulta el tema de la escuela, incluso trascendiendo hasta la conclusión de la historia: en la discusión con la hermana y el contraste entre los primos clavados en los videojuegos y cuyo proceso académico pasa de noche, pareciera que se le asigna a la escolarización solo un papel enciclopédico memorístico, aunque después se corrija el tono de repetición mecánica con la petición de que la pequeña explique con sus propias palabras, que sería la envidia del modelo educativo recién propuesto en nuestro país. Pero una vez más, queda la discusión acerca de la socialización como una de las funciones clave de la escuela.

El cuadro actoral, liderado por un estupendo y contrastante Viggo Mortensen, moviéndose de la convicción absoluta a la duda reflexiva, y complementado por Kathryn Hahn, Steve Zahn, Frank Langella y Ann Dowd, le brinda la necesaria cuota de sentido a las diferentes secuencias, provocando que en efecto se perciba la tensión en los breves encuentros cargados de puntos de vista contradictorios. Las interpretaciones del resto de los hijos (Samantha Isler, Analisse Basso, Nicholas Hamilton, Shree Cooks, Charlie Shotwell) cumplen su parte para darle cohesión a la historia, que poco a poco va optando más por la conciliación que por el enfrentamiento: de un radicalismo un cuanto tanto chic y snob, asistimos a una focalizada integración social.

La cinta se beneficia de un estrafalario diseño de vestuario, a tono con la configuración familiar alternativa, la puesta en escena, especialmente llamativa en el hogar del bosque, y una fotografía que sustenta el tránsito emocional del film, ya sea en los parajes naturales, durante los trayectos y hasta en las tomas más cerradas de los sueños del protagonista, en los que su esposa refuerza la bondad del proyecto de familia emprendido por ambos. La cinta consigue despertar el interés (otra vez la palabra prohibida) para dialogar acerca de la manera en la que hemos establecido nuestra relación con el mundo que nos rodea y en qué medida se pueden buscar formas diferentes de organización social y de interacción con la naturaleza.

CUARTOS DE FINAL DE LA CHAMPIONS 2017

13 abril 2017

Arranca la esperada ronda del torneo de club más prestigioso del mundo, en el que convive buena parte de los mejores jugadores no solo europeos, sino del resto de las naciones: todo un encuentro muy a tono con las lógicas globales en las que la nacionalidad de los jugadores ya es lo de menos. Ahora importa la identificación con el club al paso de los años, a través de la permanencia sin caer en las tentaciones de los jugoso contratos ofrecidos por el equipo de enfrente. Es la playera y no el acta de nacimiento lo que importa.

FIESTA EN TURÍN

En uno de los partidos más esperados de la jornada, Juventus recibía al inestable Barcelona que últimamente no se sabe cómo va a saltar al campo: puede ser el equipo imparable que tanto tiempo hemos visto o un conjunto esclerótico y plagado de dudas. Ahora se presentó de manera temeraria con formación ofensiva y muy pronto mostraron su vulnerabilidad, bien aprovechada por por los locales e impulsados por su talento sudamericano: el colombiano Cuadrado realiza gran jugada para ceder a Dybala, quien resuelve a segundo palo en un ángulo casi imposible cuando la gente se seguía acomodando en la tribuna.

Quince minutos después, Mandzukic desprende por el costado y mete servicio al propio juvenil argentino para que con disparo fulminante dejara puesto el segundo para él y su equipo: hoy es día de un argentino y no se trata de Messi, quien había filtrado genial pase al movimiento preciso de Iniesta que Buffon salvó en el fondo con manotazo lleno de experiencia. Ajuste tardío para la segunda parte por parte de Luis Enrique que contribuye a establecer un poco de mayor control, no obstante Chiellini anota el tercero en remate de cabeza frente a débil marca de Mascherano, viviendo un día para el olvido junto con el resto del club.

CARNAVAL EN DORTMUND

Después del gran susto por un estallido que provocó que el partido se pospusiera un día y la consecuente solidaridad de los aficionados alemanes, quienes recibieron en sus casas a lo franceses para que no se tuvieran que regresar, Borussia Dortmund y Mónaco nos regalaron un entretenimiento en estado puro, lleno de goles tejidos de formas múltiples, jugadas deslumbrantes y errores que lo hicieron ver todavía más humano. El carnaval inició con elusiva anotación de Mbappé que sumada a un autogol colocaron al visitante, toda una revelación en el certamen, con dos de ventaja en el primer medio.

Para la segunda mitad, los de casa mostraron reacción característica de su origen teutón, se acercaron pronto con tanto de Dembélé, dándole al juego lo único de le faltaba: sentido de incertidumbre. Pero un yerro en defensa le regaló el tercero a los franceses y el segundo para Mbappé, vuelto un jugador digno de los mejores reflectores. Todavía Kagawa, cerca del final, le devolvió la vida al cuadro alemán con elegante gol y por poco consiguen la igualada cuando la luz estaba por apagarse. Dado el ímpetu de ambos, todo puede pasar en la vuelta.

EMBATE EN MADRID

El conjunto local salió dispuesto a resolver la eliminatoria cuanto antes y se lanzó al abordaje sobre la puerta de la visita, pronto rebasada por el talento decidido de los colchoneros. Sin embargo, el gol no aparecía entre fallas en la definición y salvadas del arquero. El Leicester City jugaba contra la intimidación e inexperiencia en estas instancias, mientras que el Atlético de Madrid enfrentaba a su propia resistencia para ser el protagonista de los partidos y quien manda en el campo de juego.

Fue a través del tiro penal, provocado y ejecutado por Griezmann, como los de casa se fueron arriba en el marcador que pudo haberse aumentado en la primera parte. Para el complemento, el equipo inglés intentó mostrar una pequeña reacción rápidamente neutralizada por los madrileños, arrastrando ese colmillo por todo el terreno, y dejando que el tiempo siguiera avanzando, confiando en que si no recibían gol como locales, la vuelta se antojaba para finiquitarla en algún contragolpe. Mucha confianza en sí mismos.

DESCALABRO EN BERLÍN

El lugar común plantea que se trataba de una final adelantada. Pero los demás equipos parecen opinar distinto, sobre todo después de ver que tanto el Bayern Munich como el Real Madrid son falibles. La primera parte fue controlada por el gigante alemán, poniéndose en ventaja con remate implacable de Vidal, celebrando tan efusivamente como lamentándose después tras fallar un penal al término de la primera parte, que pudo significar un golpe casi definitivo a la autoestima del campeón vigente, al que ciertamente nunca se le puede dar por destronado.

Para la segunda parte, Zidane ajustó, acaso aprendiendo de su maestro Ancelotti, y pronto la visita empató el marcador con tanto de Ronaldo, culminando jugada eficaz de sus compañeros. El desconcierto del local se derramó cuando regaló una expulsión que los dejó no solo en inferioridad numérica, sino también anímica, situación aprovechada por el conjunto español para que su estrella portuguesa anotara el segundo, poniendo la eliminatoria en un lugar difícil de revertir para los teutones, aunque conociéndolos, la posibilidad permanece.

LOS SONIDOS DEL SILENCIO

6 abril 2017

Dios se mantiene callado, sin brindar respuesta alguna, acaso ausente. No se complace ni muestra molestia; tampoco juzga. Dios se manifiesta y el ser humano no alcanza a comprender, acaso es incapaz de identificar el mensaje. La comunicación es de carácter simbólico, llena de abstracciones y aparentes contradicciones; es más, ni siquiera parece existir. En el primer nivel de oración se ruega por una señal, se pide, se agradece, incluso se cuestiona; en el segundo nivel se empieza a escuchar la voz divina, todavía interrumpida por nuestras súplicas y prejuicios, y en el tercero, se guarda silencio para reinterpretar sus designios. ¿Qué quieres de mí, Señor? ¿Por qué me has abandonado? ¿Cuál es tu voluntad? ¿Puedes quitar de mí este cáliz?

Silencio (2016) se inscribe en la tradición del cine religioso construida por grandes realizadores como Dreyer (La pasión de Juana de Arco, 1928; Ordet, la palabra, 1955), Bresson (Los ángeles del pecado, 1943; Diario de un cura de aldea, 1951; El proceso de Juana de Arco, 1962; El diablo, probablemente, 1978), Kieslowski (Decálogo, 1989-90) y Bergman, quien abordó la ausencia y presencia de Dios en su conocida trilogía (Como en un espejo, 1961; Luz de invierno, 1962; El silencio, 1963), entre otros. También se inserta en una de las temáticas recurrentes de Martin Scorsese (Kundum, 1997), quien ha reflexionado acerca de la resignificación de la fe y la relación humana con la divinidad.

Basada en la novela homónima de Shûsaku Endô, publicada en 1965 y llevada al cine previamente por Masahiro Shinoda en 1971, aquí respetuosamente vuelta guion por Jay Cocks y por el propio Scorsese, la cinta reflexiona con sobriedad y necesaria parsimonia sobre el sentido de la fe y la acción misionera ante una realidad que parece ir en dirección contraria. Trascendiendo el posible tono panfletario y desde una perspectiva analítica y crítica, el desarrollo del protagonista se conecta directamente con el Jesús de su obra maestra La última tentación de Cristo (1989), en cuanto al dilema sobre renunciar al sacrificio y abrazar una vida normal o continuar con la encomienda que de pronto parece no producir frutos y carecer de significado.

Un par de jóvenes jesuitas portugueses (Andrew Garfield y Adam Driver) convencen a su superior (Ciarán Hinds) para emprender la búsqueda del padre Ferrara (Liam Neeson), cuyo destino no se conoce con certeza, a pesar de los rumores sobre su apostatía. Así, se internan por el Japón medieval y pantanoso del siglo XVII, cuyas autoridades ven a la religión católica como un peligro cultural y una invasión de ideas occidentales ajenas a sus tradiciones, al igual, por cierto, que las salvajes acciones que llevaba a cabo la Santa Inquisición, todo menos santa: la intolerancia religiosa y la necesidad de imponer las propias creencias en una batalla en la que todos pierden.

Como en el caso del sacerdote jesuita en el Quebec del siglo XVII de Black Robe (Beresford, 1991) y de los curas de La misión (Joffé, 1986), ambos religiosos se internan en una realidad, guiados por un huidizo campesino cargando sus propias culpas (Yôsuke Kubozuka, en plan de Judas dubitativo), que los empieza a confrontar y a provocar opiniones diferentes acerca de cómo lidiar con la persecución religiosa que padecen algunos japoneses, celebrando rituales en la clandestinidad y acosados por el pragmático y experimentado inquisidor (Issei Ogata, de dientes para afuera solo en apariencia), aunque sosteniendo su fe a pesar de las torturas.

LA RESPUESTA ES EL SILENCIO

A diferencia de las causas visibles de los sacerdotes de Roma, ciudad abierta (Rossellini, 1945), Adiós a los niños (Malle, 1987) y Escarlata y negro (London, 1983), en el contexto de la II Guerra Mundial, así como del cura de Disparando a perros (Caton-Jones, 2005), en el genocidio de Ruanda y de Romero (Duigan, 1989) en El Salvador, los misioneros se encuentran con un catolicismo decreciente y anclado solo en pequeñas comunidades de creyentes que sufren y padecen por intentar vivir de acuerdo a sus creencias. Como le sucedía a los monjes trapenses en De dioses y hombres (Beauvois, 2010), se tienen que tomar decisiones ante el peligro inminente, porque otros sufren y mueren por la fe, incluso por proteger a los padres.

Por toda la puesta en escena se pasean los espíritus de los grandes maestros japoneses Kurosawa y Ozu, así como en el diseño de arte, buscando una sobriedad a tono con la temática desarrollada; incluso se prescinde de un score propiamente y se privilegian cantos tradicionales provenientes del propio y la estructura narrativa, sobre todo cuando parece ir a la deriva, se conecta con las dudas y angustias de los personajes, luchando con la sobrevivencia terrenal y dándole un sentido a la muerte inminente para encontrar la recompensa de no apostatar: la prometida gloria celestial. Mientras tanto, soportar la ausencia de respuestas en contextos inhóspitos, como se advertía en El último camino (Hillcoat, 2009), apocalipsis con profetas sin Dios a la vista.

SilencePantalla oscura con sonidos de insectos se silencian de golpe. El cinefotógrafo mexicano Rodrigo Prieto coloca su brillante cámara para intentar penetrar la neblina que impide ver con claridad y abre el panorama paisajístico para después internarse en los escondites o en las celdas de madera: no se rinde, sino que busca las rendijas para buscar los exteriores. Captura las manos entrelazadas, los rostros apenas iluminados, los viajes en precarias embarcaciones y los encuadres para denotar el poder de los enjuiciadores, así como la imagen de Jesús que debe ser pisoteada o la que sirve de inspiración, rodeada de oscuridad y reflejándose en el agua salvífica al borde del enloquecimiento.

El argumento plantea la forma en la que las religiones son usadas como instrumentos de control y poder político, ya sea la budista, naturalmente abierta y profundamente espiritual, como lo muestra Kim Ki-duk en la poética y sensibe Las estaciones de la vida (2003), o la católica, en esencia promotora del amor al prójimo como manifestación básica del amor a Dios. Queda la discusión abierta sobre la dificultad de entendimiento cuando una comunidad se considera poseedora de la verdad absoluta, descalificando a las demás: los caminos de Dios son inescrutables y múltiples, no únicos y definidos por los grupos predominantes.

Scorsese ha conseguido cristalizar un proyecto largamante anhelado que se conecta directamente con su mirada profunda y cuestionadora de la religión por la cual se iba a convertir en sacerdote durante su adolescencia. Si en el documental El gran silencio (Gröning, 2005), se muestra el ascetismo de los cartujos como una forma de conectarse directamente con Dios, entonces las señales más claras pueden venir, precisamente, de esa prolongada, angustiante y retadora oscuridad en la que solamente se escucha el sonido de la naturaleza, hasta que dejamos que el silencio se imponga en su totalidad.