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TORNEOS VERANIEGOS DE FÚTBOL (I)

24 junio 2019

Un trío de certámenes futboleros se disputan de manera simultánea: la Copa Mundial femenina de la FIFA, la Copa América y la Copa Oro, correspondientes a CONMEBOL y CONCACAF respectivamente y que después de lograr una unificación hace tres años, vuelven a jalar cada quien por su lado, perdiendo todos, sobre todo el aficionado. En esta primera entrega, va una revisada fugaz al torneo de ellas, al momento.

MUJERES EN EL TERRENO DE JUEGO: PRIMERA FASE

Se celebra en Francia la octava edición del torneo femenil mayor y fueron 24 las selecciones que se clasificaron para la justa deportiva, en la que se ha vuelto a poner de manifiesto la entereza con la que la buena parte de las jugadoras se desempeñan en el campo, lejos de las mañas que aquejan con mayor frecuencia a los hombres. Además, se han podido observar conjuntos muy animosos junto a otros muy sólidos que prometen seguir brindando un gran espectáculo en la siguiente fase, ya con encuentros probablemente más equilibrados.

En el grupo A, las locales consiguieron los tres triunfos posibles y avanzaron al frente solo permitiendo un gol en contra, seguidas por las noruegas, también en la siguiente fase; las nigerianas alcanzaron el pase y las coreanas, con más entusiasmo que talento, se quedaron en el camino. En el grupo B, las teutonas alcanzaron los nueve puntos desplegando un fútbol que extrañan actualmente sus contrapartes masculinas, sobre todo para evitar anotaciones; las españolas se ubicaron el segundo lugar por diferencia de goles con 4 puntos igual que las chinas y al fondo quedaron las sudafricanas que ya habían ganado con asistir al Mundial. Las italianas lideraron el grupo C, en tanto las de Australia ocuparon el segundo puesto por diferencia de goles, seguidas de las brasileñas, alcanzando la calificación, en tanto las jamaicanas quedaron fuera.

Las inglesas ganaron sus tres partidos y encabezaron con autoridad el sector D, seguidas de las japonesas siempre competitivas, mientras que las argentinas y escocesas no alcanzaron el pase. Las holandesas marcaron la pauta en el pelotón E con triplete de victorias, seguidas por las canadienses que consiguieron un par de triunfos, suficientes para mantenerse con vida en el certamen, al igual que Camerún, en tanto la neozelandesas se despidieron del Mundial. Y el grupo F terminó siendo controlado por las estadounidenses con nueve puntos, en tanto las suecas ocuparon la segunda posición dando gran batalla a las vecinas del norte; a pesar del esfuerzo las chilenas se quedaron en el camino al igual que las tailandesas.

Los mejores terceros lugares, todavía con vida en el Mundial para la siguiente fase de acuerdo a las reglas de clasificación, fueron las selecciones de Brasil, China, Camerún y Nigeria, esperando dar alguna sorpresa en los compromisos próximos ante las favoritas. Mención aparte merece la brillante jugadora Marta del conjunto brasileño, quien consiguió anotar en cinco copas del mundo, hazaña que ningún varón ha conseguido a la fecha: además, su buena ejecución del penal frente a Italia les aseguró el pase a su selección a la siguiente ronda.

OCTAVOS DE FINAL

En la fase subsiguiente, las alemanas mostraron su jerarquía y su condición de favoritas derrotando a las entusiastas nigerianas, que merecían un poco de mejor suerte, con engañoso marcador de tres a cero, sin dar precisamente su mejor partido aunque siendo contundentes: Popp hizo el primero y Däbritz de penal el segundo antes de la media hora de juego; ya hacia el final, Schüller sentenció el partido. En tanto australianas y noruegas empataron a un gol: Herlovsen puso al frente a las escandinavas en el primer medio y Kellond-Knight emparejó el encuentro para Australia, así conservado en los tiempos extra. En la instancia de los penales, las nórdicas resultaron ganadoras por cuatro tantos a uno, mostrando el temple gélido característico de la zona del norte del planeta.

Las inglesas aprovecharon bien las oportunidades generadas y derrotaron con suficiencia a las camerunesas. Houghton al cuarto de hora y White al término del primer tiempo le dieron rumbo al partido con sus anotaciones, mientras que Greenwood confirmó el triunfo a poco más de media hora del final. En el mejor partido de la fase al momento, francesas y brasileñas regalaron un sólido y equilibrado juego, extendido hasta los tiempos extra para definir a las triunfadoras: primero las anfitrionas rompieron el cero en los inicios de la segunda parte vía Gauvin, aunque las cariocas reaccionaron pronto e igualaron el marcador minutos después por conducto de Thaisa. El equilibrio se mantuvo hasta que en el complemento del tiempo regular, Henry anotó el definitivo para las galas.

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CHAMPIONS 2019 (III): SEMIFINALES DE IDA

2 mayo 2019

Llegaron a estas instancias un par de equipos con nóminas considerables y otros dos que apuestan más a la austeridad, en contraste con los millonarios presupuestos de varios clubes que se quedaron en el camino. Eso sí, los cuatro son de gran tradición y con una muy fiel base de seguidores que forma parte de la institucionalidad de estos cuadros y que entienden de fútbol: los ingleses rijosos que hicieron destrozos en Barcelona no cuentan como aficionados.

Ante la eliminación del Real Madrid, el título se renueva después de tres años de dominio merengue: se enfrentan el Barcelona y el Liverpool, los acaudalados y de donde se dice saldrá el campeón, y el Tottenham frente al joven Ajax de Holanda, llegando quizá más lejos de lo pensado pero con los méritos necesarios para ser considerados protagonistas, sobre todo ahora que se han convertido en esenciales para la renovación de las selecciones de sus respectivos países.

APROVECHANDO LAS CIRCUNSTANCIAS… Y LA JUVENTUD

El Tottenham salió su hermoso estadio en Londres sin su mejor jugador con nombre de detective, Harry Kane, con la ausencia del coreano Son y de los mediocampistas Dier y Winks: ausencias que obligaron a Pochettino a replantear sistema y estrategias específicas al frente y en el centro del campo, además de saber que se iba a enfrentar al Ajax, un equipo muy joven pero con madurez en ascenso vertiginoso tras eliminar al Real Madrid y a la Juventus, sin perder la desfachatez propia de la etapa del ciclo vital por la que atraviesan la mayoría de los jugadores dirigidos por Ten Hag: el capitán De Ligt tiene 19 años, por ejemplo, que se conjunta bien con compañeros de mucha experiencia como De Jong, ya alcanzando 21 primaveras.

En efecto, si bien durante la primera parte los locales tuvieron más la pelota y daban sensación de dominio, el talento mayor surgió de la visita, al grado de que al cuarto de hora de juego se fueron arriba vía gol de Donny van de Beek, culminando una jugada bien entretejida por el equipo holandés que lo dejó solo frente al campeón del mundo Lloris. Los Spurs reaccionaron con más intensidad que argumentos y más empuje que brillantez, sabiendo que era importante empatar casi como no recibir el segundo. La parte complementaria fue de tónica similar, con el balón como propiedad mayoritaria para el equipo inglés y aguante de los llamados Ajaccied, que estuvieron cerca de ampliar la diferencia con un disparo de Neres que visitó el poste.

APROVECHANDO LAS OPORTUNIDADES… Y MESSI

El Barcelona empezó a querer imponer condiciones desde el arranque, pero el Liverpool se plantó de igual manera, como avisando que en este encuentro no hay equipo favorito presionando en la parte alta. Los primeros veinticinco minutos transcurrieron marcados por el equilibrio, con cierta mayor comodidad para la visita pero con un par de jugadas de mayor peligro para los anfitriones, incluyendo una mano en el área no señalada. Justo apareció un pase filtrado de Coutinho para el buen movimiento de Suárez: se movió el marcador y el cuadro catalán, impulsado por su gente y, sobra decirlo, por un Messi luchón. Tuvo el empate el equipo inglés por medio de Mané, pero el balón se fue por arriba.

Para la segunda parte, la visita empezó no solo a dominar los tiempos, espacios y la posesión, sino a generar llegada por diversos medios que mostraban versatilidad pero falta de contundencia: un disparo de Milner y otro del egipcio Salah que sacó abajo en gran lance el alemán Marc-André ter Stegen; siguieron las llegadas con la suficiente claridad y continuidad como afirmar que el empate era cuestión de tiempo, sobre todo porque no se veía que los blaugranas reaccionaran. Pero apareció el mejor jugador del mundo capaz de hacer la diferencia en un deporte esencialmente de equipo (siempre y cuando no sea un Mundial).

A quince del final, cuando lo que el local estaba haciendo era aguantar, Messi tomó la pelota y tras una serie de rebotes terminó anotando el segundo; pero como no había sido un gol tan lucidor, siete minutos después cobró un tiro libre impecable para incrustarla en el ángulo, a pesar de estar la pelota colocada en el centro de las afueras del área, donde es más difícil acomodar el disparo. El partido al final se abrió: tuvo alguna otra el Liverpool, que pudiera haberle dado más vida a la vuelta y el ingresado Démbelé tuvo más fallas que minutos. Esta vez, el marcador final no reflejó el desempeño de ambos equipos y desafortunadamente el partido de regreso ha perdido parte de emoción, al menos de entrada. 

¿FINAL DEFINIDA?

Los dos equipos ingleses están en problemas, a pesar de que no fueron superados ampliamente por sus rivales en cuanto a desempeño en la cancha. Para el Liverpool la gesta es mucho más complicada: tres goles en contra, no anotó de visita y enfrente está el Barcelona; en tanto, para el Tottenham, si bien se asoma un panorama en contra, tienen la relativa posibilidad, paradójica por supuesto, de que jugando de visita el gol vale oro y solo va por uno. Difícil la presencia inglesa en la final pero de peores circunstancias han salido airosos: Never Surrender.

LIBROS 2018 (III): ESTABAN ALGUNOS MEXICANOS CON UN PAR DE ARGENTINOS…

29 abril 2019

Llegamos a la tercera entrega de los libros publicados en el 2018, siguiendo el recorrido por algunas de las líneas publicadas el año anterior.

Con Ahora me rindo y eso es todo (Anagrama, 2018), el estimado Álvaro Enrigue (Guadalajara, 1969), trenza una soberbia mezcla de vertientes narrativas, incluyendo una que se mira a sí misma en plan metaliterario, y su infaltable y sutil sentido del humor: novela abarcadora y sincrética que va de las particularidades de sus personajes, construidos con sumo nivel de detalle, al trazo preciso de los contextos históricos y sociales en los que se inserta el relato (o los relatos), atravesados por una frontera desértica cargada de historias épicas en los que igual aparecen los colonos sintiéndose dueños, que los apaches; una mujer que huye de sí misma y un hombre que persigue; misioneros buscando transmitir una fe que parece humo y pobladores de lugares vacíos y algún escritor que busca en las grietas de Chihuahua y sus confines hacia el norte, elementos para compartir con un lector que ya llegará. Gran libro.

Un crítico literario aspirante a poeta vive con su novia, escritora a su vez; al querer rentar un departamento conoce al hijo de su futura casera, un tipo de ésos que siempre traen agendas propias entre manos, pero nunca se sabe cuáles y todo se trastoca. En El oficio de la venganza (Alfaguara, 2018), Luis Muñoz Oliveira (México) construye un relato que parte de la conocida situación en la que un tipo normal se ve envuelta en una trama fuera de lo común, para centrarse en la búsqueda de la venganza como sentido de vida, pero sin tener claros los medios y los fines: personajes estrafalarios, sectas prehispánicas y una lógica de sacrificio que únicamente se entiende en la charlatanería como forma de enajenamiento.

Es de esas novelas personales cuya sombra debe ser arrasada para ver la luz: rupturas, herencias no pedidas y conexiones vitales de tres generaciones, escritas por el representante de la tercera que, en un acto necesario de distanciamiento y acaso de redimensionamiento, cuando habla de él lo hace en primera persona y se asume como interlocutor, no tanto en términos de saga familiar, sino más bien como un acuerdo con el propio origen. Corre sangre irlandesa por las venas de la rama materna: el abuelo fingió su muerte, consiguiendo un cadáver y provocando una explosión del negocio del cuñado; el padre se va de Sinaloa a Guerrero y se vuelve guerrillero para terminar como escultor, en tanto el hijo, quien elabora esta catártica y absorbente historia, lidiando con la enfermedad, su linaje y su imaginación para volverse escritor y No contar todo (Random House, 2018), firmando como Emiliano Monge (Ciudad de México, 1978).

También de nietos y abuelos, linajes que se trastocan y herencias que se transfiguran. Un simbólico gusano misterioso que parece dictar la trama que empieza con dos pubertos que huyen a Suecia de la invasión nazi a Dinamarca; de ahí llegan a México y al paso de los años, uno de ellos tiene un nieto de su mismo nombre, al final protagonista de esta historia circular, entre amores con distinto nivel de correspondencia, sustancias recreativas y placeres múltiples, atravesados por la creación teatral y fílmica: la intrigante escritura de Pablo Soler Frost (Ciudad de México, 1965) se entremezcla, cual serpiente sigilosa, con herencias judías intervenidas por nuevas formas de adoración. Europa y los faunos (Random House, 2018) es un recorrido de ida y muchas vueltas por territorios fascinantes. Ignacio Solares (Ciudad Juárez, 1945) nos recetó el muy disfrutable Prolongación de la noche (Alfaguara, 2018), delicioso recuento de cuentos breves para paliar esas prolongadas oscuridades en las que uno acaba irremediablemente solo, y Martín Solares (Tampico, 1970) en tonalidades detectivescas nos entregó Catorce colmillos (Random House, 2018), como para clavarle el diente e ir identificando culpables e inocentes en los oscuros pasillos de París.

Desde Argentina un par de novelas: con nervio casi audiovisual desprendido por Kike Ferrari (Buenos Aires, 1972), que destila con velocidad y veracidad completa a uno de esos personajes despreciables que abundan en Latinoamérica, con eternos cadáveres en el clóset, que se envuelven en su poder y se sienten capaces de todo, muy bien desarrollado en Que de lejos parecen moscas (Alfaguara , 2018, y El libro de las mentiras (Alfaguara, 2018), tejida por Gastón García Marinozzi (Córdoba, 1974) a manera de establecer un presente en su país, contrastando a un joven aspirante a artista con un genocida de la dictadura, representando un pasado que sigue persiguiendo anhelos y esperanzas estudiantiles.

LIBROS 2018 (SEGUNDA PARTE): VIVOS, MUERTOS Y FEMINISMO

13 abril 2019

Seguimos el recorrido por algunas de las páginas que alumbraron el año anterior. Nos tomamos algunas licencias con libros que llegaron en el 2018 aunque su inscripción diga 2017): asuntos de la industria y distribución editoriales.

ENTRE DOS DIMENSIONES VITALES

Escrita por Eka Kurniawan (Tasikmalaya, Indonesia, 1975), La belleza de una herida (2017, Lumen, 2018) es una historia familiar que renace con la aparición de su protagonista, recién llegada del mundo de los muertos y en donde se contextuliza, con notable mezcla de fantasía y realismo social, la historia de una familia y los acontecimientos íntimos,  políticos y sociales que la definieron; en tanto, Jesmyn Ward (Misisipi, 1977) obtuvo el National Book Award con la novela La canción de los vivos y los muertos (2017; Sexto piso, 2018), en la que una familia interracial busca dialogar con quienes ya se fueron e integrarse en entre sí, transitando por pasajes de constantes pruebas emocionales: profunda y emotiva.

Armada ingeniosamente con destellos satíricos a partir de viñetas interconectadas a nivel global, Kentukis (Random Hosue, 2018) de Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) funciona como una alegoría de los vínculos humanos que se establecen con las herramientas tecnológicas, vueltas aquí más fines que medios y corporeizadas por los personajes del titulo, que pueden cobrar formas distintas y se venden bien, aunque tengan estatus de ciudadanía: son invitados a la intimidad del hogar con todo lo que ello implica. Ahora somos huéspedes e invitados inesperados, complicando las relaciones humanas mediadas por las nuevas aplicaciones.

La gran escritora Rachel Cusk (Ontario, 1967) entregó Prestigio (Libros del Asteroide, 1968) a manera de conclusión de su íntima trilogía que confirma la importancia de las conversaciones casuales: una obra clave del año que confirma a su autora como una de las grandes escritoras de su generación. En tanto, Ania tiene que cumplir un encargo de su padre que al mismo tiempo puede ser liberador: despedir a un tío para lo cual hará un viaje de absoluto crecimiento. O no. Alejandra Costamagna (Santiago de Chile, 1970) entrega El sistema del tacto (Anagrama, 2018), saltando en tiempos y memorias alrededor de la protagonista, insertándonos en su periplo, recuerdos y pensamientos por más que nos resistamos.

RELACIONES PELIGROSAS

Un par de amigas desde la infancia que buscan ser bailarinas de ballet se conocen desde muy temprana edad: pero, como suele suceder, los obstáculos son múltiples, desde sociales y personales hasta familiares. La pluma privilegiada de Zadie Smih (Londres, 1975), desata los cordones de las zapatillas y nos pone a pensar, reír y reflexionar en Tiempos de Zwing (2016; Salmandra, 2017), mientras que Kamila Shamsie (Karachoi, Pakistán, 1973) escribió, en absoluta pertinencia en los tiempos que corren, Los desterrados (2017, Malpaso, 2018), en la que una familia sigue atrapada entre sus propias convicciones que representan las crisis entre la intención totalizadora de occidente y los grupos terroristas de oriente.

María Fernanda Ampuero (Guayaquil, 1974) escribió descarnadamente a través de su Pelea de gallos (Páginas de espuma, 2018), un vívido retrato de los que sucede cuando la puerta se cierra en una casa, con todo y la indefensión que ello implica; por su parte, Wendy Guerra (La Habana, 1970) recupera la historia de Adrián Falcón (seudónimo) en El mercenario que coleccionaba obras de arte (Alfaguara, 2017), personaje singular que transitó entre la guerrilla latinoamericana y el espionaje estadounidense: acá el retrato es más personal que político, como para acercarse a un hombre escurridizo que parecía estar en todas partes, sin tomar parte, valga la redundancia.

En la ágil Cara de pan (Anagrama, 2018), Sara Mesa (Madrid, 1976), establece una relación tan extraña como entrañable: una adolescentes que se va de pinta de la escuela y un hombre que va al parque para observar los pájaros. Si bien todo puede suceder, el vínculo entre ambos termina por ser enternecedor. Martine Desjardins (Montréal, 1957) nos entrega un delicioso relato costumbrista en La cámara verde (2016, Impedimenta, 2018), retrato de una familia más o menos críptica y llena de secretos a la que llega una inquilina que invadirá incluso los misterios mejor guardados: novela del siglo  XXI con la gracia y picaresca del XIX.

Alma Delia Murillo (Ciudad de México, 1979) explora la amista de tres niños, recordando la obra maestra Nunca me abandones de Ishiguro, que se expande con soltura hasta la etapa adulta de los personajes, cargando muertes, fantasías, esperanzas y culpas: escritura limpia y personajes entrañables, tanto adultos como pequeños que inevitablemente podrías ser tú que estallan en El niño que fuimos (Alfaguara, 2018), cuestionando que siempre infancia sea destino; por su parte Cristina Morales (Granada, 1985) entregó Lectura fácil (2017; Anagrama, 2018), ganadora del premio Herralde de Novela y en donde las cuatro protagonistas encarnan un feminismo a prueba de patriarcados y superando sus propias limitaciones, sin dejar pie con bola en una Barcelona con vientos de cambio.

Otra mujer que se rebeló fue Tara Waestover (Idaho (1986), quien decidió escaparse de su entorno familiar para ir a la escuela, “travesura” que cuenta en Una educación (Lumen, 2018): no es gran literatura pero que parea efectos de quien esto escribe resulta relevante. En este sentido, se rescata El prado de Rosinka (1974, Impedimenta, 2018), otro experimento familiar para vivir en el bosque, lejos del mundanal ruido, escrito por Gudrun Pausewang (pseudónimo de Gudrun Wilcke, Alemania, 1928). Julie Buntin (Michigan) escribió Marlena, una amistad peligrosa (2017; Seix Barral, 2018), en donde consigue plantear el conflicto que genera la adolescencia a partir de un vínculo intenso y conflictivo.

LIBROS 2018 (PRIMERA): BORD(E)ANDO LA LEY

10 abril 2019

TEJIDO FINO

Frédérique Audoin-Rouzeau, mejor conocida como Fred Vargas (París, 1957), se ha convertido en una de las escritoras más importantes del mundo detectivesco, como lo confirma Cuando sale la reclusa (2017; Siruela, 2018), un duro caso para el comisario Jean-Baptiste Adamsberg, acá de vacaciones pero pronto solicitado para resolver el caso de la muerte de tres ancianos provocada por la picadura (¿o mordedura?) de una araña, que da título al libro funcionando como alegoría del proceso de indagación: lúcida hasta la admiración, sólidamente documentada, justo lo necesario, y diabólicamente fluida. De Louise Penny (Toronto, 1958) apareció, con referencias ineludibles a El nombre de la Rosa de Eco, Un bello misterio (2012; Salamandra, 2018), novela de logrados contextos en la que los inspectores Armand Gamche y Jean-Guy Beauvior deben indagar la muerte del prior de un convento impenetrable en todos sentidos.

Laura Restrepo (Bogotá, 1950) retomó el caso de la desaparición y asesinato de una niña perpetrado por un arquitecto treintón de clase acomodada, que conmocionó a la sociedad colombiana en Los divinos (Alfaguara, 2018): muy pertinente en tiempos de atención a los feminicidios; por su parte, Josefina Licitra (La Plata, 1975) realizó una concienzuda investigación para documentar el caso real de una fuga de mujeres –tupamaras militantes- en Montevideo a principios de los años setenta: 38 estrellas: la mayor fuga de una cárcel de mujeres en la historia (Seix Barral, 2018) es la intensa crónica de tal suceso. Texas Blues (2017; Alianza de novelas, 2017) es un thriller policial en clave campirana, atravesado por elementos racistas de la versátil Attica Locke (Houston, 1974), en el que un par de crímenes remueven el frágil equilibrio social.

Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) recurre a la tensión sicológica con rasgos de terror en Mandíbula (Candaya, 2018), particularmente en clave femenina con sus diversas aristas, para revisitar las relaciones que empujan a las protagonistas –unas estudiantes y su maestra- a realizar ciertos actos extremos, atravesadas por los vínculos maternos y de docencia; entretanto, surge una nueva detective con fuerte personalidad y gustos bien definidos: se trata de Elena Blanco, creación de una tal Carmen Mola (seudónimo), que despliega sus gustos y habilidades en La novia gitana (Alfaguara, 2018), tratando de encontrar la relación entre dos asesinatos de hermanas gitanas a punto de casarse con siete años de diferencia: explosiva y gratamente sorprendente.

Y de Yesterday cierra el abecedario de la detective Kinsey Millhone por el lamentable fallecimiento de su creadora, Sue Grafton (Louisville, 1940 – Santa Bárbara, 2017): aquí un crimen en una fiesta escolar en 1979 tiene repercusiones diez años después y nuestra heroína, al mismo tiempo, está siendo acechada por un asesino no tan “X”. En Los niños desaparecidos (Principal de los libros, 2018) de Patricia Gibney (Mullingar, 1962), la inspectora Lottie Parker tendrá que poner en juego sus habilidades retroactivas para remontarse a la infancia de dos personas encontradas muertas, a las que se suma un par de adolescentes desaparecidos.

TEJIDO INVISIBLE

Los falsificadores (2014; Siruela, 2018) de Bradford Morrow (Baltimore, 1951), se enclava en el género con asesinato inesperado de por medio y los homenajes de rigor, en el mundo del mercado de libros especiales y los timadores que pululan a su alrededor. Ritmo, sospechosos comunes y un acertado entramado que busca leer entre líneas, en tanto del recientemente fallecido Philip Kerr (Edimburgo, 1956 – Londres, 2018), se publicaron Azul de Prusia (2017; RBA, 2018), aventura de su afamado investigador Bernie Gunther en los alrededores del nazismo y la II Guerra mundial, saltando antes y después del conflicto armado, y Falso nueve (2016, RBA, 2018), culminando con la trilogía en el contexto futbolero con el entrenador indagador Scott Manson, quien combina estrategias dentro y fuera del campo de juego para abrir espacios por los extremos y encontrar al jugador extaviado.

Ian Rankin (Cardenden, 1960) entregó Mejor el diablo (2016; RBA, 2018) con el inspector Jon Rebus aquí bien acompañado por Malcolm Fox y Shioban Clark para sumergirse en líos de mafiosos, además de lidiar con una caso añejo que se niega a cerrarse, como el desarrollado en El cuarto mono (Destino, 2018), relato que sigue al asesino serial del título que envía a los padres de sus víctimas tres cajas blancas en las que guarda los ojos, la lengua y una oreja: el detective Sam Porter de Chicago está tras él: J. D. Barker (Lombard, 1971) sabe de adrenalina y de ritmo, además de creación de situaciones espeluznantes. En el terreno del espionaje Mike Herron (Newcastle, 1963) escribió Caballos lentos (2010; Salamandra, 2018), refiriéndose a un sitio dirigido por Jackson Lamb donde son enviados los agentes que han fallado: desde ahí, River Cartwright todavía con esperanza, descubre la amenaza de una decapitación en directo: humor negro inglés y buena dosis de angustia.

Antonio Manzini  (Roma, 1964) coloca al hosco subjefe Rocco Schiavone en una situación complicada, tanto personal, por la partida de su pareja, como legal y moral: 7-7-2007 (2016; Salamandra, 2018) es el recuento que el protagonista tiene que hacer frente a las extensas relaciones que ha ido cultivando a lo largo de su trayectoria, siempre al filo de la ley si bien intentando hacer que se cumpla. Jo Nesbø (Oslo, 1960) se aventura a recrear un clásico en Macbeth (Lumen, 2018), con escenarios plagados de bandas, magnates vengativos, mujeres fatales y algún policía que todavía cree en la justicia y que de paso le da título a esta recreación, parte del proyecto Hogarth, en el que varios escritores retoman las obras de Shakespeare.

Leonardo Padura (La Habana, 1955) nos entregó la ambiciosa La transparencia del tiempo (Tusquets, 2018), hábilmente estructurada en capítulos que entrelazan diversos años de ida y vuelta; el detective Mario Conde va llegando a los sesenta con todas las dudas a cuestas pero también con las premoniciones bien afiladas: enfrenta un peculiar asunto que data desde 1291 y estalla en la Habana actual, a partir de una legendaria historia de la estatua de una virgen negra robada a un amigo. Más cercano al thriller que propiamente a la novela negra, aunque por supuesto haya materia investigativa, John Connolly (Dublín, 1968) lanzó a su detective Charlie Parker a explorar Tiempos oscuros (Tusquets, 2018), relato amplio en el que el protagonista con nombre jazzístico recurre a sus compinches para ayudar a un hombre dedicado al negocio de la joyería que termina hundido en la cárcel de manera injusta, además de ser acechado por un extraño culto que parece fuera de este mundo: la incisiva prosa del escritor irlandés vuelve a sumergirnos en los vericuetos del mal.

Cerramos con el gran Benjamin Black (a. k. a. John Banville, Wexford, 1945), que si bien su libro apareció en el 2017, llegó por estos lares hasta el año pasado; se trata de Pecado (RBA, 1917), la ganadora del premio de dicha editorial en la que aparece un nuevo inspector conocido como Strattford, joven treintón que en esta primera vez se encarga de averiguar qué realmente sucedió en una mansión donde un reverendo fue asesinado y castrado en los años cincuenta: con su brillante estilo para construir épocas y personajes, la trama se desliza con una suavidad que recuerda premeditadamente a los clásicos del género.

LOS DISCOS DEL 2018

7 abril 2019

Por acá el tradicional recorrido por algunas de las obras sonoras que marcaron el año recién terminado.

A) DE APRENDICES AVANZADOS A EXPERTOS CONSUMADOS

Como si de una comunidad de aprendizaje se tratara, van los prometedores discos de los novatos y los de quienes ya saben más por viejos.

1. INICIO PROMETEDOR

Desde Kentucky, Tomberlin se estrenó con At Weddings, a partir de un folk de celebraciones, mientras que la joven de Baltimore Lindsey Jordan, apenas de 18 años y conocida como Snail Mail, se puso reflexiva con el emotivamente contenido y muy elogiado Lush, en la línea de Miya Folick, anunciando con vocal intensa en Premonitions que ha asimilado bien las lecciones de sus colegas más experimentadas, en tanto Ashley McBryde, retomando la música de raíces desde Arkansas y con voz rasposa, se presentó con Girl Going Nowhere.

Boygenius, súper grupo integrado por las cantautoras Julien Baker, Phoebe Bridgers y Lucy Dacus, dejó constancia de cómo aprovechar talentos individuales para la causa común en el ídem EP Boygenius. Jess Williamson voltea con oportunidad hacia atrás para asumir las influencias varias (PJ Harvey, por ejemplo) y aprovecha el gesto recibido de arriba para estrenarse con Cosmik Wink, en efecto todo un guiño femenino, en tanto la galesa Gwenifer Raymond mostró seguridad narrativa con guitarra y banjo bien puestos para hacer aclaraciones pertinentes, a partir de las instrumentaciones, en You Never Were Much of a Dancer.

Cardi B se colocó en la mira mediática con su exitosísimo Invasion to Privacy, similar al conseguido por Kali Uchis en Isolation, muy bien acompañada con todo y su sabor latino; SOPHIE le entró a la experimentación popera con Oil For Every Pearl’s Un-Insides y se dejó escuchar Room 25 de la poetisa-rapera de Chicago conocida como No Name, constituyéndose quizá como el debut del año; en esta vertiente lírica, la oriunda de Filadelfia Tierra Whack entregó Whack World, integrado por 15 reflexiones de un minuto cada una en clave Hip-Hop y R&B. El cuarteto femenino japonés Chai mostró prematura habilidad para combinar géneros y llegar a finales felices en Pink, porque el mundo, en efecto, puede ser color de rosa.

El trío neozelandés The Beths se presentó con Future Me Hates Me, de aliento colegial con salpicadas retro, en similar tesitura que Dream Wife, las chicas de Sussex que le pusieron su cuota de intensidad al homónimo Dream Wife y las londinenses de Goat Girl entregando como para registrar la marca el ídem Goat Girl, tejido con creativa combinación de géneros. Oriundo de Cardiff, el cuarteto Boy Azooga entregó el revitalizante 1 2 Kung Fu!, combinando momentos festivos con efluvios roqueros y el cantautor británico Matt Maltese se estrenó con Bad Constestant. En tanto, los jóvenes británicos conocidos como The Orielles, nos regaló el colorido Silver Dollar Moment.

El cuarteto mixto de Manchester Pale Waves entregó el memorioso My Mind Makes Noises, escuchando los ochenteros sonidos internos, también animados por Ross From Friends y su house festivo destilado en Family Portrait, bien complementado por León Vynehall, que tras algunos sencillos y EP’s, nos sacó a bailar entre penumbras pausadas con Nothing is Still No Name y por los de Brooklyn conocidos como Bodega, adhiriendo la reflexión a su dance-punk en Endless Scroll. Como si de una criatura compleja se tratara, el octeto multicultural Superorganism empezó su trayectoria a partir de un elaborado pop de intrincadas texturas plasmadas en el ídem Superorganism y después de andar experimentando en la pista de baile desde hace rato, Lotic integró su declaración de principios a través de Power, para arriesgarse en el exclusivo club de los sonidos impredecibles.

Amnesia Scanner articuló la voz del futuro con el álbum Another Life, en efecto ubicado en una realidad que no parece de estos contextos. El chelo de Clarice Jensen se diversificó en For This From That Will Be Filled, bien cobijado por capas electrónicas que refuerzan la creación de ambientes. Guttersnipe, dueto de Leeds, produjo su primer largo titulado My Mother the Vent, saturado de un ruidismo que no da respiro, como en estado poseso. Asentado en Glasgow, Cucina Povera desgranó minimalmente Hilja, con juegos vocales a cuentagotas,

Desde Australia surgió una esperanzadora camada de música: Rolling Blackouts Coastal Fever roquearon a gusto con Hope Downs, de los grandes debuts del año, en consonancia con Tropical Fuck Storm, armando un buen relajo punketo con A Laughing Death in Meatspace y dejando que la fiesta continuara gracias al cuarteto Confidence Man, estrenándose con el festivo Confident Music for Confident People, mientras que Middle Kids en calve indiepop nos manda un recordatorio vital lleno de guitarras enriquecidas a través de Lost Friends, bien complementado por el roquero Flow State, el primer largo de la veinteañera Tash Sultana, después de un EP que atrajo buena atención desde el rincón del mundo.

El escocés Proc Fiskal levantó la mano con Insula, dentro del sonido grime tal como el prometedor rimador surlondinense Novelist y su disco, para no dejar dudas del nombre de referencia, titulado Novelist Guy; en esta vertiente, Serpentwithfeet le puso sensibilidad R&B a Soil, su primer largo, tras algunos sencillos.Y  apareció Songs of Praise, firmado por los del sur de Londres Shame, con nombre de programa televisivo en el que retomaron el postpunk con la acostumbrada cuota de rebeldía. The Magic Gang, incorporando con buena capacidad de aprendizaje las influencias sonoras de Weezer, de acuerdo con ellos, firmó el homónimo The Magic Gang.

2. CONTINUIDAD A LARGO PLAZO, EL GRAN DESAFÍO

Uno de mis preferidos: convertida en una reina hada y gitana y armando equipo con Nick Cave, Warren y Rob Ellis, Ed Harcourt y Mark Lanegan, entre otros notables, Marianne Faitfhull grabó con la sensibilidad a flor de piel Negative Capability, entre cuerdas y vientos que apoyan a una voz que destila sabiduría: el disco femenino del año. Por su parte, Barbra Streisand exploró su mente en Walls, con el teatral sello vocal de la casa y la punketa eterna Alice Bag produjo el indicativo cromático Blueprint, su segundo álbum solista tras larga carrera grupal, conservando energía y mirada rebelde.

Joan Baez, con sesenta años de carrera, nos obsequió el evocativo Whistle Down the Wind; y la permanente Loretta Lynn produjo Wouldn’t It Be Great, nutriendo su country clásico con sonidos provenientes de diversos compartimentos de la música popular estadounidnese, en la línea de la folklorista y poeta texana Eliza Gilkyson, conservando propuesta y creatividad con Secularia, disco que confirma su inacabada intención de seguir pensando el mundo, mientras que la experimentada Bettye Lavette retomó a Dylan con alma, corazón y ritmo para producir Things Have Changed.

Otro de mis favoritos: Elvis Costello regresó con Look Now, incluyendo participaciones de Burt Bacharach y Carole King y plagado de composiciones intervenidas por un espíritu jazzero, a través de las que desfilan personajes que cobran vida conforme las sentidas orquestaciones se van desenvolviendo. Paul Weller siguió con su imparable racha creativa vía True Meanings, dándole significado a los sonidos para construir sentidos y Graham Parker buscó en el cielo las interpretaciones necesarias para el Cloud Symbols: ambos con la vena creativa palpitando reposadamente entre el rock, el folk, el blues y acentos jazzeros, campo bien cosechado por Van Morrison and Joey Defrancesco en el revitalizador y confesional You´re Driving Me Crazy.

Richard Thompson siguió con su folk británico que nunca se agota con 13 Rivers, en tanto el kink Ray Davies continuó con su mirada a los Estados Unidos en Our Country: Americana, act. 2; la cabeza parlante principal David Byrne divisó la esperanza con espíritu bailador en American Utopia, apoyado por el patriarca Brian Eno y, cada vez se más lejos que nunca, sin posibilidad de marcar rumbo por los muros impuestos; por no dejar, el ex ZZTop Billy Gibbons con la barba inconfundible, entregó el rocoso The Big Bad Blues y el líder de Dire Straits Mark Knopfler, alejado desde hace tiempo de los reflectores del mainstream, compuso Down The Road Wherever, ya en completo estado country sin ambiciones de reconocimiento masivo, como Rod Stewart en plan ahora de crooner otoñal entregando Blood and Roses.

El ancestral John Prine regresó tras diez años de no grabar canciones nuevas con The Tree for Forgiveness, bien sostenido por raíces largamente plantadas y Paul McCartney mantuvo el tono jovial y genial en Egypt Station, aprovechando que su olfato melódico no caduca a pesar de no tener nada más que demostrar a sus 76 añitos. La leyenda americana Willie Nelson nos recordó que sigue firme y de pie en The Last Man Standing, dejando que Ry Cooder, icónico guitarrista todoterreno, abordara en lenguaje de parábola los regresos filiales vía góspel, country y folk en The Prodigal Son. Coleccionando una serie de covers y versiones, John Mellencamp se dio tiempo para entregar Other People’s Stuff.

B) CONSOLIDADOS, REGRESOS Y POSTMILENARIOS

Vamos con la segunda entrega del recorrido por los discos del año. Van integradas las producciones de grupos y solistas que llevan tiempo con nosotros, algunos que se fueron pero al fin volvieron y los que surgieron en el siglo que corre con envidiable continuidad.

3. DE LO 80’S Y 90’S PARA ACÁ: AÚN SONANDO

Spritualized advirtió con el bello Nothing Hurt que hay paliativos melódicos de alta eficacia, sobre todo cuando se atisba el sentido de vida. There’s a Riot Going On, décimo quinto álbum del trío vuelto ya institución Yo La Tengo, es buen ejemplo de cómo seguir moldeando el ruido para darle un enfoque sensible y reposado, en tanto el trío Beak> con la presencia de Geoff Barrow (Portishead), produjo >>>, como señalando una mayor condensación en sus lances progresivos alimentados con la esencia del krautrock. Ondeando la bandera de la independencia, Superchunk grabó What a Time to be Alive, como sorprendiéndose en clave guitarrera por los tiempos que corren y los galeses de Stereophonics rockearon sin obstáculos en Scream Above the Sounds.

Como afirma George Saunders (el escritor premiado por el Man Booker por su gran novela Lincoln en el Bardo), el reciente disco de Jeff Tweedy (Wilco) se conecta directamente con la gente: Warm es un puente para compartir emociones comunes en ambiente de calidez y de cuestionamiento. El ex Super Fury Animals Gruff Rhys grabó el orquestal Babelsberg, acaso buscando el idioma común y el también ex Supergrass Gaz Coombes entregó su cuarto disco solista titulado World’s Strongest Man, acaso en ánimo confirmatorio. Damien Jurado abrió perspectiva irónica con The Horizon Just Laughed y bordeando una de las líneas divisorias con más vertientes en el mundo, Alejandro Escovedo With Don Antonio realizó The Crossing, virtuoso country pop, mientras que Calexico volvió a levantar polvo fronterizo con The Thread That Keeps Us

El disco del año para algunas publicaciones (UNCUT, Rockdelux) y mencionado en casi todas las listas (MOJO, Pitchfork) y con mucha razón, fue el Double Negative del trío de Minnesota Low, que en el nombre lleva la penitencia, ahora distorsionando la quietud gélida acostumbrada y produciendo una obra clave de los primeros años del siglo XXI. Stephen Malkmus & The Jicks dejaron su huella de rock noventero refinado con Sparkle Hard, al igual que The Smashing Pumpkins, reagrupándose en su mayoría y grabando de la mano de Billy Corgan Shiny and Oh So Bright, Vol. 1: No Past. No Future. No Sun, con ese espíritu noventero entre el rock y la emoción epidérmica que busca el presente.

Steve Perry, el reconocido vocalista de Journey, volvió después de un largo silencio de casi 25 años con Traces, muy disfrutable quizá por su tiempo de reposo, en tanto Simple Minds consiguieron contrastar realidades en Walk Between the Worlds. Desde Manchester, James nos recordó las particularidades de época actual con su pop emocional distribuido en Living In Extraordinary Times y They Might Be Giants se sigue divirtiendo como desde hace más de treinta años: I Like Fun es la muestra de su privilegiada infantil imaginación. La Dave Matthews Band se hizo presente con Come Tomorrow, recurriendo a su eficaz fusión de pop, rock, jazz y funk. Death Cab for Cutie, que iniciaron su actividad en 1999, confeccionó Thank You for Today, rock indie que no olvida agradecer a sus influencias, en tanto que Snow Patrol, banda que debutó en 1998, le puso el sentimiento acostumbrado a Wildness.

Dead Can Dance volvió de la aparente muerte bailable para entregarnos su mezcla de misticismo mortuorio y rock oscuro en Dionysius, con todo y cráneo mexicano en su portada. Otro regreso muy afortunado fue el de The Breeders con alineación completa desde 1994 para entregar All Nerve, mostrando esa vena noventera de guitarras primigenias y todavía vigentes,. The Prodigy siguió moviendo consolas y apretando teclados con énfasis roquero en No Tourists, levantando la voz de muchos ciudadanos que habitan lugares poblados efímeramente por seres temporales usualmente descuidados. The Jayhawks continuaron sus interminables recorridos carreteros con Back Roads and Abandoned Motels, para seguir contando la historia (norte)americana lejos de las grandes ciudades.

El cuarteto canadiense Cowboy Junkies volvió después de seis años con All That Reckoning, enclavado en la tendencia conocida como americana que tanto han cultivado y apelando al recuerdo necesario, como Belle and Sebastian, integrando sus anteriores EP´s en el pop de falso optimismo y Suede empezó a dar el anuncio de que The Blue Hour está llegando, a partir de un sensible britpop, en la ruta de los Manic Street Preachers y su efervescente pop empaquetado en Resistance is Futile, alertando sobre las peligrosas falsas expectativas. Tracy Anne & Danny, sensible dueto formado por Tracyanne Campbell (Camera Obscura) y Danny Coughlan (Crybaby), compusieron el hermoso disco homónimo Tracy Anne & Danny, de melódica y mordaz apuesta sonora.

4. ALGO DEL SIGLO XXI

Father John Misty continuó su imparable producción solista con God’s Favorite Customer, ya en plan de compositor clave del momento y Arctic Monkeys se pusieron elegantes con Tranquility Base Hotel + Casino, retomando a Roxy Music con reverencia e innovación, en tanto Interpol produjo Marauder, conservando el revival como estilo y abordando al personaje que da título al disco, tal como Franz Ferdinand y su positivo Always Ascending, y el disco de MGMT titulado con cierto dejo de parodia Little Dark Age, pasado por una ingeniosa mezcla de atmósferas. The Decemberists cultivaron su folkrock de aire campirano en I’ll Be Your Girl y Django Django hicieron Marble Skies, con ciertos tintes entre roqueros progresivos y bocanadas folk.

El también productor Richard Swift realizó The Hex, integrando estética roquera y country, y por medio de su proyecto conocido como Amen Dunes, Damon McMahon elaboró el evocativo Freedom, gravitando alrededor de una cierta nostalgia que se resiste al encarcelamiento, tal como Dev Haynes y su apelativo Blood Orange, cercano a los conflictos recientes expresados en Negro Swan, navegando con soltura entre el dance y el rock. Kurt Vile sigue mostrándose como uno de los cantautores clave del siglo XXI con Bottle It In, como Ryley Walker lo denota en Deafman Glance, con poco espacio para el optimismo y amplio campo para la reflexión, sin rasgarse la camisa a cuadros ni mucho menos.

El proyecto de Mathew Houck conocido como Phosphorescent, volvió en aparente reposado plan country con C’est La Vie, séptimo disco en estudio que rompió un silencio de cinco años; el quinteto de folk londinense Stick in the Wheel abrió fronteras con Follow Them True, mientras que Beach House, haciendo honor a su agrupación, entretejió su dreampop en Bella Union y Field Music entregó Open Here, ensanchando los márgenes del pop fino con alternativas melódicas que permiten abrir puertas hacia otros derroteros. Formado en Brooklyn, el trío Sunflower Bean trabajó su segundo álbum con aliento rockindie y de ahí el título: Twentytwoinblue, porque crecer duele.

Dirty Projectors regresan al terreno más cercano del sonido indie, sin dejar la sutil experimentación en Lamp Lit Prose, mientras  Go-Kart Mozart presentó Mozart’s Mini-Mart, en efecto lanzando canciones de breve y entusiasta duración, mientras que el trío del sur de Londres Virginia Wing dio en la diana para ensanchar su extático enfoque artpop vía Ecstatic Arrow, buscando trayectorias divergentes. The 1975 se sumergió en los vínculos actuales a la sombra de las redes virtuales en su aclamado A Brief Inquiry into Online Relationships. Gweeno realizó Le Kov, segundo disco más enclavado en una psicodelia proveniente de tierras ignotas; por su parte, The Lemon Twigs se introducen en el mundo de la escuela juvenil con Go To School, su segunda entrega en clave roquera-emocional. Troye Sivan

C) LA VOZ FEMENINA

En esta entrega se repasan algunas de las obras llenas de talento, intuición y convicción concebidas por mujeres, cuya presencia en la música sigue creciendo para fortuna del desarrollo cultural de nuestra especie. Las más veteranas se incluyeron en la primera parte y otras se integran, según el género musical, en otras entregas. Vamos para allá.

5. LAS CONSOLIDADAS

Neko Kase nos condujo por los caminos internos de la duda infernal que suele quemar por dentro a través del luminoso Hell-On, en tanto Tracey Horn, incorporando su bagaje tecnopop, se pregunta sobre la vivencia para la mujer madura en la sociedad actual con el brillante Record: dos de los grandes discos del año. El proyecto de Chan Marshall conocido como Cat Power por fin regresó con Wanderer, refinando canciones y alegorías, en tanto con Rebound, la ex The Fiery Furnaces Eleanor de Friedberger transita entre el análisis calmo sobre los tiempos idos. Ezra Furman, con el pasional Transangelic Exodus, nos conduce por cuerdas sensibles hacia la tierra prometida.

Laura Veirs nos puso de nuevo en la mira con  The Lookout, su décimo disco en el que confirma su convicción por el amor y la sutileza en la composición. Joan as a Police Woman advirtió los peligros de la admiración con Damned Devotion, mostrando las cicatrices en lucha por cerrar y Florence + The Machine volvió a levantar el ánimo con High As Hope, lo suficientemente exultante para tiempos inciertos. La canadiense Mélissa Laveaux retoma raíces haitianas en Radio Siwel, obra que implica atención para ingresar en sus tejidos profundos, como Alela Diane y su obra Cusp, enclavada en un folk de diversas alternativas melódicas y letrísticas, aunado al de Georgia Anne Muldrow, continuando su exploración los recovecos del R&B con el sentido Overload.

6. ORÍGENES DIVERSOS Y ELECTRÓNICA

Un encuentro afortunadamente creativo de una artista total y un conjunto de cuerdas con ecléctico y largo recorrido por tierras y sonidos: Laurie Anderson & The Kronos Quartet produjeron Landfall, entre recitaciones anunciando la esperada y siempre anhelante llegada y las habituales cuerdas absorbentes, mientras que la maliense Fatoumata Diawara, asentada en Italia, grabó el globalista Fenfo con intuitiva mezcla de sabores locales y aromas internacionales, como a la que nos tiene acostumbrados Angelique Kidjo, acá mostrada en Remain in Light. Levantando la mano, Julia Holter entregó Aviary, confirmando su talento para la experimentación entre jazzera, electrónica y folkie orientada a crear desasosiego, en tanto Josephine Foster grabó el sincero y evocador Faithful Fairy Harmony.

Asentada en Estambul, la bajista/cantante/compositora Ipek Gordon, nos envió el usurpador e incisivo Ecce Homo y la japonesa Eiko Ishibashi realizó The Dream My Bones Dream, incorporando la noción occidental del rock a la mano; la de Minnesota Anne Guthrie realizó Brass Orchids, de escucha que amerita una inmersión en los sonidos apenas encontrados, como si se tratara de un trabajo arqueológico, y la oriunda de Hamburgo Helena Hauff produjo el igualmente inquietante Qualm, en la tendencia que ha trabajado Jlin, (Jerrilynn Patton), la joven de Chicago ahora produciendo el intrincado y dancístico Autobiography, como para romper la banqueta a zapatazos. Nordra, apelativo de Monika Khot,ensambló el contrastante Pylon II, opus dos donde imbrican capas sonoras en plan ascendente.

La nipona Phew se encarnó en Voice Hardcore, usando su cuerpo y vocales como fuentes sonoras, envueltas en efectos electrónicos que producen una sensación grata de desasosiego, mientras que  Elysia Crampton, retomando sus raíces bolivianas, se introdujo por rítmicas de orígenes múltiples que avanzan entre sentencias repetidas en el homónimo Elysia Crampton. Por su parte, Whitney Johnson, conocida como As Matchess, grabó Sacracorpa a manera de cierre de una trilogía, abriéndose paso entre tinieblas y ritmos definidamente cortantes. Firmando como Lolina, Inga Copeland se puso en cierto plan disipador con The Smoke, insertando ciertas disonancias bañadas por influjos jazzeros y Ultraviolet, obra de Kelly Moran, también busca rutas alternas para encontrarse con paisajes oníricos.

Desde Canadá, Marie Davidson conversa y reflexiona sobre una electrónica sinuosa en Working Class Woman, abordando temáticas cercanas a su realidad y Sarah Davachi hizo lo propio por partida doble con Let Night Come On Bells End The Day y Gave in Rest, adentrándose en los contornos de la estética digital en vibrante comunicación con la organicidad de los sonidos acústicos. En Metal Aether, Lea Bertucci, confeccionó sonidos alterados y saxofones gozando de absoluta libertad a través de una cuarteta de piezas. Elizabeth Bernholz compuso Pastoral, firmando como Gazelle Twin e imbricando cánticos misteriosos con una rítmica cortante y Laurel Halo, ya habituada a estos ecosistemas electrónicos, grabó el incierto Raw Silk Uncut Wood.

7. POP, COUNTRY, ROCK, R&B: MUJERES EN INTERACCIÓN

Desde Suecia, Lykke Li y su sugerente synthpop inundaron So Sad So Sexy, de aparente contradicción, y Robyn volvió a ponernos en festiva pista de baile con Honey, tras siete años de silencio; compartiendo vertiente, Christine and the Queens, el grupo de la francesa Héloïse Letissier, presentó Chris y también desde tierras galas, Melody’s Echo Chamber entregó el onírico Bon Voyage, para trasladarse por rutas variadas con tintes de sicodelia y dreampop. En tanto, Amanda Shires nos ilumina desde el horizonte con To the Sunset y su reconfortante pop melódicamente consumado, como Lily Allen y su directo No Shame. La actriz emergente y ya cantante en vías de consolidación Janelle Monáe produjo su tercer disco bajo el título de Dirty Computer, bien cobijada por insignes convidados y desparramando un pop salpicado de negritud.

El country pop alcanzó una de sus cimas con el impecablemente producido Golden Hour, tercer álbum de Kacey Musgraves, en el que en cierta forma somos partícipes de alguna de sus canciones, línea a la que se suman Interstate Gospel, integrando raíces y también tercera entrega del trío Pistol Annies; apareció el conciliador By the Way, I Forgive You de Brandi Carlile, plagado de hermosas composiciones que se conectan con el corazón vía cuerdas y vocales por completo entregadas a la causa afectiva, y el conmovedor Sparrow, en el que Ashley Monroe se vuelve mujer ave paseriforme.

Con Be the Cowboy (disco del año para Pitchfork), la japonesa-estadounidense Mitski se instala en el feminismo cuestionador, con intensidades y sensibilidades a tope. Desde Melbourne, Courtney Barnett nos hizo una petición con canciones directas y sin rodeos vía Tell Me How You Really Feel, mientras queMeg Remy entregó el diverso In a Poem Unlimited, firmando como U. S. Girls y combinando con soltura covers y piezas propias, en la línea de tUnE-yArDs, nombre de presentación de Merrill Garbus, también apostando por los caminos inesperados vía I Can Feel You Creep Into My Private Life, como Lucy Dacus aventurándose a producir Historian, su segundo álbum entre la guitarra chirriante y el tono confesional.

I’m All Ear’s del dueto femenino Let’s Eat Grandma, encontró el equilibrio entre el tecnopop y el folk de avanzada, en tanto Natalie Prass viajó  a través de tiempos idos y venidos en The Future and the Pass, y KT Tunstall se derretía en Wax, obra de absoluta continuidad; la experimentada Mary Gauthier confirmó su  capacidad para expresar sentimientos con Rifles and Rosary Beads y la ex The Pipettes, ahora conocida como Gwenno entregó Le Kov, su segundo disco en el que integra un toque atmosférico pero sin separar los pies de la tierra, en contraste con la escocesa Kathryn Joseph, quien compuso en clave oscura con el piano de frente From When I Wake the Want Is, lleno de sentimiento desencarnado.

Dawn Landes siguió en el carril del country con el elusivo Meet Me at the River, mientras que la cantautora Adrianne Lenker (Big Thief) bajó la luz y nos sumergió en Abyskiss, mayormente acústico para enfatizar las emociones cotidianas. Courtney Marie Andrews grabó su etéreo May Your Kindness Remain, coincidiendo con la sutileza de Olivia Chaney expresada en Shelter. Anna Calvi nos persiguió con Hunter, apuntando hacia el conflicto de géneros con la intensidad ya reconocida y Soccer Mommy entregó Clean, uno de los álbumes más celebrados del año, con todo y su acusado espíritu indie.

D) NEGRITUDES Y FORMAS DEL ROCK

Seguimos el recorrido sonoro por las obras producidas en el año recién terminado.

8. UNA RIMA Y UN RTIMO PARA EXPLICAR EL MUNDO

El angelino Earl Sweatshirt produjo Some Rap Songs, uno de los álbumes imprescindibles del género en el año, tal como el FM! de Vince Staples, ya dueño de un beat distintivo; el personalísimo Astroworld de Travis Scott; el melódicamente incisivo Cocoa Sugar de Young Fathers, y el consistente y de rima virtuosa Daytona de Pusha T. Por su parte, Saba aprovechó la coyuntura para plasmar necesidades en Care for Me, porque también uno necesita de pronto ser atendido y el colectivo BROCKHAMPTON entregó Iridescence, con la creatividad bien iluminada y en una feliz asociación, Jean Grae / Quelle Chris nos tranquilizaron con Everything’s Fine. La rapera de Chicago CupcakKe brilló con Ephorize, compartiendo certezas y dudas.

Los veteranos de Cypress Hill se viajaron con Elephant in Acid, acaso rememorando a esa obra maestra fílmica llamada Dumbo y Eminem, el superventas del año, se lanzó al vacío con Kamikaze. Después de sendos discos ventilando dimes y diretes matrimoniales, las mega estrellas Beyence y Jay-Z se confabularon para concebir Everything is Love bajo el nombre unionista de The Carters, como sucedió con Kids See Ghosts, el tándem de West y Kudi entregando el homónimo, como si de un filme de Shyamalan se tratara, Kids See Ghosts. Con energía y mostrando liderazgo a batacazo limpio, Chris Dave and the Drumhedz junto con varios invitados de lujo, integró el homónimo Chris Dave and the Drumhedz.

Por su parte, el reconocido productor asentado en Los Ángeles que gusta de vivir en la provocación conocido como JPEGMAFIA, entregó Veteran, cargado de sátira letrística y retadoras articulaciones instrumentales, en tanto Rae Sremmurd confeccionó SR3MM, un triplete en solitario y en compañía de Swae Lee y Slim Jxmmi.  The Internet grabó Hive Mind, jugando con soltura entre el R&B bienpensante, el soul de tiempos inciertos, visto con optimismo por Leon Bridges,desparramado sentimientos afectuosos y positivos con su cuota de melancolía en Good Thing y Nao volvió después de su aclamado debut con Sturn, haciendo su parte con esencia funkie envuelta en un R&B.

9. DISFRUTABLE PESADEZ

Trayendo a colación a Graham Greene, Ordinary Corrupt Human Love fue el aporte de Deafheaven, banda clave de la escena metalera actual en continuo proceso de búsqueda, acá abordando los diversos sentimientos que rodean al amor, en tanto Sleep,los roqueros de piedra de toque directamente de San José, California, entregaron The Sciences, macizo y bien puesto para no dejar resquicio al silencio. En su octava entrega, el trío de Oregon conocido como Yob produjo Our Raw Heart, directo, desencarnado y sin posibilidad alguna de cocción previa para evitar simulaciones. Los veteranos canadienses de Voivod, le pusieron velocidad progresiva a su trash en The Wake, despertando como si el tiempo no pasara; también de aquellas tierras con sazón asiática, llegó el metal progresivo con tintes sicodélicos capturados en Dirt, obra de Yamantaka // Sonic Titan. La banda polaca de progresivo conocida como Riverside, a pesar de perder a uno de sus miembros, decidió seguir adelante y produjo Wasteland

El quinteto Rolo Tomassi con su Time Will Die and Love Will Bury It, colocó la garganta fuera de control para pensar sobre tiempos y amores, como el disco Holly Hell, de los ingleses Architects, primero sin su fallecido líder Tom Searie y octavo de su trayectoria, bien insertado en su tradicional metalcore y el I Love You At Your Darkest de Behemoth, enérgica declaración de amor que no deja duda de que va para siempre., desde tierras nórdicas, los suecos de Ghost y Therion presentaron Prequelle y Beloved Antichrist respectivamente, con el habitual espacio para la orquestación y el lance teatral, entre musculosos guitarrazos y efusivas vocalizaciones. El subgénero del doom estuvo bien representado por el guturalmente profundo Magus de Thou y el revulsivo Eternal Return de Windhand.

10. ROCK, PUNK Y DERIVADOS

Ty Segall suelta la energía en el prolongado Freedom’s Goblin, mezclando géneros y dejando libre al duende para que haga de las suyas y vía Snares Like a Haircut, el dueto noise No Age, mantuvieron vivo ese punto de tensión entre el rock y la explosión. Jeff Rosenstock produjo con la bravura del punk y el talento melódico acostumbrado POST-PRC-353, mientras que Black Rebel Motorcycle Club generó Wrong Creatures, con la oscuridad suficiente, y Smote Reverser de Thee Oh Sees insiste en la intención de la banda: explorar las fronteras ente géneros y producir un rock de directrices multiplicadoras sin tiempo para el descanso. Screaming Females nos puso en fila dinámica con su roquero All At Once y Whyte Horses le puso dos rayitas de sicodelia a Empty Words, como mostrando que no tienen llenadera.

Los revival punks de Idles siguieron haciendo ruido con Joy As an Act of Resistance, segundo disco que pone al disfrute en el campo del anti-sistema, mientras que Car Seat Headrest reformuló Twin Fantasy del original grabado en el 2011 con sentido de actualidad y búsqueda de innovación. Los roqueros de Hookworms entregaron el consistente Microshift, al parecer su disco final, tras las acusaciones por abuso en contra de su líder. Parquet Courts siguió su notable producción con Wide Awake!, sexto disco de creciente talento para confeccionar canciones que despiertan con sentido y el cuarteto Hop Along insertó su punk actualizado en Bark Your Head Off, Dog, tercer disco en su cuenta. Elephant Micah participó confirmando consistencia roquera con Genericana y los daneses de Iceage entregaron Beyondless, cuarto disco más pulido sin perder filo en el más acá.

E) ELECTRÓNICOS Y EXPLORADORES

Llegamos a la penúltima entrega (se agradece la paciencia) del repaso de la música del 2018 que cada vez se aleja más en el tiempo, pero no lo suficiente como para seguir recuperando la riqueza sonora que se produjo y, sobre todo, la posibilidad de creciente acceso gracias al desarrollo de las tecnologías de la información y los procesos de mundialización: en tiempos donde se escuchan canciones, aquí la propuesta de los discos como objeto artístico y unidad expresiva. Veamos

11. ENTRE BITS Y BYTES LATE UN CORAZÓN

El experimentado dueto Autechre plasmó una sesión integral en el afortundamanete interminable NTS Sessions 1-4, toda una experiencia sonora de largo aliento, en tanto Moby regresa, después de sumergirse en el ambient, a la electrónica emotiva con tintes soul a través de Everything Was Beautiful, And Nothing Hurt, acaso buscando el lado amable de la vida sin necesariamente encontrarlo. Aphex Twin le entró a la lógica de aprovechar el error o lo imprevisto para moldearlo como obra musical en Collapse y ADULT nos colocó en perspectiva con su nocturno bailador de tonalidades dark This Behavior, como cuando los pasados de años quieren seguir la fiesta pero a media luz, como le pasa a mis conocidos (claro, nunca a mí).

El germano DJ Koze, con invitados diversos, concretó en Konck Knock, toda una llamada para abrir las puertas irresistibles fuerzas digitales con texturas orgánicas, en tanto Against All Logic, criatura de Nicolas Jaar, recuperó propuestas de alcance amplio en 2012/2017. Yves Tumor (bautizado Sean Bowie) urdió Save in the Hands of Love, ya en disquera más o menos grande pero manteniendo el espíritu experimental a través de una exigente yuxtaposición de géneros con base en una electrónica subterránea; por su parte, Jon Hopkins construyó Singularity buscando, como suele hacerlo, el apunte distintivo en la era de la digitalización y Harmony Rockets hizo lo propio con el bien desarrollado digitalmente hablando Lachesis/Clotho/Atropos.

Tim Hecker articuló Konoyo a partir de una variante constante de atmósferas, como si estuviéramos en un mundo extraño. Ryan Lee West, mejor conocido como Rival Consoles, entregó el intrigante e hipnóticamente bailable Persona y Nils Frahm puso quietud y reflexión con el absorbente All Melody, incluyendo coros sutiles y discretas notas jazzística, en la línea del proyecto de Wolfgang Voigt conocido como Gas, ahora produciendo el oscuro y por momentos triste Rausch, armonizado a partir de notas e instrumentaciones que nos llevan a un contexto de difícil introspección. Shy Layers nos invitó a disfrutar la noche de manera más pausada que eufórica en Midnight Marker, muy agradable combinación de colores y aromas que despiertan en la oscuridad brillando con luz propia.

Daniel Lanois / Venetian Snares, en otras de esas asociaciones que ayudan a hacer de la vida un trámite mucho más intrincado, produjeron el ídem Daniel Lanois / Venetian Snares, salapicado de las virtudes de ambas partes, mientras que con el sabor inglés de los clubes, Demdike Stare lanzó electrónica con los laberintos correspondientes y sonidos propios del grime y de la jungla iluminada con luces intermitentes en Passion; por su parte, Fire-Toolz nos lleva a un viaje con rumbos inciertos a través de Skinless X-1, de pronto tomando rumbos más asequibles pero a la menor provocación cambiando de ruta a partir de una brújula gutural de miedo.

12. BUSCADORES DE SONIDOS

Oneohtrix Point Never, proyecto ya muy consolidado de Daniel Lopatin, siguió combinando géneros con toques futuristas en Age Of, justamente para no ceñirse a época alguna y mantenernos en ascuas con cada secuencia musical propuesta. El prolífico Fred Thomas, que parece no dormir, ahora ensambló el versátil Aftering, entre un garage que busca la salida hacia la experimentación y ciertos paisajes de reconocimiento mediato y Colin Self armonizó –es un decir-  diversas formas cual si de un patchwork contrastante se tratara, para consolidar Siblings, siempre impredecible y por ello inquietante.

En explosiva asociación del respetado japonés vanguardista y el trío metalero estadounidense-canadiense, Keiji Haino & Sumac perpetraron el pesadísimo y extremo American Dollar Bill – Keep Facing Sideways, You’re Too Hideous To Look at Face On, explorando territorios poco frecuentados y ampliando los márgenes del frenesí, sin entregar una sola concesión, como cabría esperar, en tanto Body/Head, el dueto formado por Kim Gordon y Bill Nace, produjeron The Switch, prendiendo y apagando espacios de un rock inasible y poderoso a la vez. Seth Graham, después de grabar un casete, presentó el experimentador Gasp, colocándonos en esos extraños espacios tan bien expresados por la pintura surrealista de Giorgio de Chirico.

Desde Egipto, Zuli combinó electrónica, Hip-Hop, industrial y lo que estuviera a la mano para producir Terminal y el dueto indonesio Senyawa grabó el sincrético Sujud, entre apuntes roqueros que se inoculan en sonidos autóctonos. Sebastian Gainsborough, el, entregó Queen of Golden Dogs, tercer disco bajo el nombre de Vessel, acá contrastando épocas y estilos, intenciones y resultados, clasicismo y electrónica, generados desde desde Bristol como el homónimo Young Echo, álbum que gusta de combinar géneros y especies, apostando a juventudes que se resisten a irse y confeccionado por el colectivo Young Echo.

El experimentado ambient del primero, la sobrada experiencia en la producción del otro y la electrónica alterna de los terceros, muy bien integrados por las diagonales tal como se muestra Laraaji / Arji OceAnanda / Dallas Acid, produjeron el aparentemente tranquilizador Arrive Without Leaving, aunque no habría que confiarse demasiado, sobre todo después de los efectos tras escucharlo. Por lo que a él le corresponde, el innovador percusionista y baterista Tyshawn Sorey se destapó con casi cuatro horas de música encapsuladas en su triplete llamado Pillars, como para dejarse ir por las continuas sorpresas estilísticas entre ritmos y cuerdas.

F. JAZZ

Cerramos el recorrido por algunos de los discos que inundaron de gratos sonidos el recién terminado 2018. Toca el turno al jazz como esa música que nació popular y poco a poco ha ido abarcando el espacio de todo tipo de oídos.

13. FEMINIDAD

Meshell Ndegeocello retomó composiciones de otros para reconfigurarlas en Ventriloquism, con deliciosos toques entre R&B y jazzeros, también retomados por Cécile McLorin Salvant en el desenvuelto The Window, haciendo equipo con Sullivan Fortneer en el piano y asomándose a clásicos del género con sentida mirada, mientras que desde una perspectiva crítica, Neneh Cherry desde una plataforma electrónica que sirve de base para la integración de géneros, produjo Broken Politics, su tercer álbum como solista. La experimentada cantante inglesa Norma Winstone nos invitó al cine con sus interpretaciones de varios clásicos concentrados en Descansado: Songs for Films.

La gran compositora y pianista acá nombrada como Myra Melford’s Snowy Egret y bien cobijada por su quinteto de excepción, incluyendo la presencia del baterista Tyshawn Sorey, entregó el desenfadado y explorador The Other Side of Air, dándole la vuelta a vientos inesperados, como Mary Halvorson y su ecléctico Code Girl, superponiendo sonidos del free jazz, el noise y el pop tejidos por una guitarra que sabe acompañarse por un equipo de lujo. Elina Duni retoma varias piezas tradicionales en Partir, para darles un tratamiento con discretos apuntes jazzísticos y volviéndose mujer equipo cantando y tocando el piano, la guitarra y las percusiones, en la línea de la carioca Luciana Souza y su disco The Book of Longing, con la presencia poética de Leonard Cohen.

14. EXPERIENCIA

El hallazgo del año, cual descubrimiento arqueológico como bien lo expresó el venerable Sonny Rollins, fue el Both Directions at Once: The Lost Album del gigante John Coltrane, recuperando material grabado en 1963 con su excepcional cuarteto, en tanto Wayne Shorter entregó paquete completo denominado Emanon, consistente en un disco grabado en compañía de la Orpheus Chamber Orchestra, un par grabados en vivo con su cuarteto en Londres y, por no dejar, una novela gráfica: todo un entramado artístico que da cuenta de los alcances de este legendario saxofonista, como Listening to Pictures, invitación del octogenario trompetista e investigador Jon Hassell, en su interminable postura indagatoria.

Por su parte, el Kenny Barron Quintet dibujó con elusivo compás de tradición el Concentric Circles y el vanguardista Henry Threadgill se destapó por partida doble, entregando Double Up, Plays Double Up Plus en formato de peculiar octeto y Dirt and More Dirt, bajo el nombre de Henry Threadgill 14 OR 15 Kestra: AGG, buscando sonidos reveladores hasta por debajo de las piedras. Mientras esto sucedía, puros jefes se confabulan (Evan Parker, Craig Taborn y Ches Smith), bajo la tutela del patriarca del bajo Dave Holland para grabar Uncharted Territories, cartografía sonora que permite adentrarse en los terrenos jazzeros que siguen produciendo metales preciosos.

Joe Lovano & Dave Douglas Sound Prints volvieron a hacer equipo para producir Scandal, en el que saxofón y trompeta incandescente trascienden el volumen para, en efecto, dejar huella. A ratos juguetón y por momentos nostálgico, el sax y clarinete del veterano inglés John Surman se dejan acompañar por el piano del carioca Nelson Ayres y del percusionista neoyorquino Rob Waring en Invisible Threads, álbum de fino bordado, como el country jazz desplegado por Charles Lloyd and The Marvels + Lucinda Williams en el memorioso Vanished Gardens, todo un recorrido por los olores y sabores de la música de raíces y su feliz conjunción.

15. SOLIDEZ

El consolidado Brad Mehldau Trio entregó en carrito de supermercado el delicioso Seymour Reads The Constitution!, mientras que en clave de dream team, Joshua Redman, Ron Miles, Scott Colley, Brian Blade entregaron Still Dreaming, en referencia al padre del primero y con un estructura que invita a dejar la realidad por unos buenos y gustosos momentos. En tono cerebral y como cuarteto, el pianista Florian Weber grabó Lucent Waters, irrigando diferentes áreas sensoriales que se despiertan de manera pausada, abriendo paso al guitarrista austriaco Wolfgang Muthspiel para que desarrolle el viajero Where the Rivers Goes, a partir de una alineación de quinteto; mientras, el saxofonista Miguel Zenón con el Spektral Quartet declaró Yo soy la tradición, título de su elusivo y fortificado álbum retomando rítmica autóctona.

Un par de tercias: Bobo Stenson Trio, liderado por el experimentado pianista sueco, grabó Contra la Indecisión, homenajeando a Silvio Rodríguez desde el título mismo, en tanto el Tord Gustavsen Trio, comandado por el emotivo pianista noruego, volvió para seguir pintando paisajes diversos en The Other Side, ahora cambiando de perspectiva; su compatriota Trygve Seim soltó su saxofón a manera de homenaje en Helsinki Songs y el tecladista suizo Nik Bärtsch continuó su trayectoria extendida a lo largo del siglo con Awase, de minimalista estampa como para incorporarse paulatinamente. Cadenciosa y distintiva, Romaria es la segunda entrega del refinado Andy Sheppard Quartet, si bien el saxofonista británico ya lleva treinta años de carrera

16. BÚSQUEDA

El prolífico guitarrista Bill Frisell se lanzó en solitario para dialogar con sus cuerdas y generar el desnudo Music Is, en tanto The Nels Cline 4 hacía lo propio con el intrincado Currents, Constellations, aunque bien acompañado por, entre otros, el también guitarrista Julian Lage, quien entregó Modern Lore en clave de trío y con ciertos apuntes rockeros. Ambrose Akinmusire produjo el fascinante Origami Harvest, escudriñando en las relaciones dicotómicas de la vida por medio de la intersección de música clásica, jazz, avant-garde y hip-hop, dibujando pasajes de experimentación o belleza melódica, según la cosecha correspondiente. Y el trompetista Arve Henriksen, bien arropado para formar un cuarteto, entregó espacios corales entretejidos de suavidad reflexiva hilvanados en The Height of the Reeds.

Salpicado de diversas músicas negras, Sons of Kemet se convirtió en la revelación con su Your Queen is a Reptile (disco del año para la revista The Wire). El trío australiano The Necks, ya sonando por más de veinte años, entregó Body con su improvisadora energía en continua transformación y el gigante Kamasi Washington, saxofonista que encarna parte del futuro del género en conexión con otros territorios, nos regaló el monumental Heaven and Earth, incorporando la influencia de las figuras que habitan allá arriba y trayéndolas a un presente convulso y rocoso, de revulsivo espíritu cósmico, espacio en el que se mueve también Sonic Fiction, firmado por el Matthew Shipp Quartet featuring Mat Walerian.

Seun Kuti & Egypt 80 propusieron el abiertamente político Black Times, con su cuota de afropop, y justo en momentos turbulentos con regresos explícitos de los discursos xenófobos, sexistas, racistas y anti ambientalistas emanados desde el poder, Marc Ribot hace su parte con Songs of Resistance 1942 – 2018, colección de conocidas piezas interpretadas por ilustres e intervenidas con el toque disonante de quien firma el disco; por no dejar, también se presentó como el Marc Ribot Trio junto con Henry Grimes y Chad Taylor para ser capturado en Live At the Village Vanguard, mítico espacio donde también vio la luz el álbum de Steve Coleman and the Five Elements, otros investigadores de sonidos novedosos, titulado Live at the Village Vanguard , Vol. 1 (The Embedded Sets).

LOS BRITÁNICOS EN EL VIVE LATINO 2019

15 marzo 2019

Como cada año, se celebra el creciente festival en nuestro país, ya llegando a su vigésima edición, que abre las bocinas a bandas y solistas de estas tierras y regiones aledañas hispanohablantes. Qué bueno y ojalá la opción para jóvenes que quieran dedicarse a la música popular como forma de expresión y de vida se abra con mayor énfasis. Acá, un breve comentario de los invitados de otras culturas, herederos de los ambientes donde se inventó y desarrolló el rock como ahora lo conocemos, con algunas de sus variantes.

PATRULLANDO EL CONGELAMIENTO DEL CORAZÓN

Corre 1994 en Dundee, Escocia. Un par de estudiantes irlandeses, Gary Lightbody (guitarra y voz) y Mark McClelland (bajista y tecladista), empiezan a concebir un grupo de rock que primero se llamaría Polar Bear y después Snow Patrol, manteniendo ese interés por la nieve y todo lo que la rodea; pronto se les unió John Quinn (batería) para darle forma de trío al proyecto que presentaría su primer álbum titulado Songs For Polar Bears (1998), cargado de influencias guitarreras y con apuntes punketos que jugaban discretamente con la distorsión.

Tras mudarse a Glasgow, grabaron When It´s All Over We Still Have To Clear Up (2001), en el que se aprecia una mayor compenetración del trío y una integración de herencias con visiones propias: entre ciertas telarañas electrónicas, se yergue un pop barnizado de indie, por momentos interrumpido por las cataratas de cuerdas. Ya como cuarteto, presentaron Final Straw (2004), obra que rompería los márgenes, para bien o para mal, a los que estaban habituados y denotaba una nueva forma de entender el mapa de ruta. Con nueva alineación, sacaron el contrastante Eyes Open (2006), entre un power pop convencional y una indudable capacidad melódica expresada en ciertos recovecos intimistas.

 A Hundred Million Suns(2008) representó su escalada más alta a la fecha gracias a la consistencia mostrada en la mayor parte de los cortes, que tuvo un ligero descenso con el cumplidor LateNigthTales (2009). Volvieron con Fallen Empires (2011), recuperando fondo y forma trazada a lo largo de su trayectoria, y tras un prolongado silencio como banda, considerando lances y proyectos en particular, presentaron el inspirado Wildness (2018), uno de los discos de rockpop del año, recargando combustible y cambiando las llantas para aventurarse con solvencia y emotividad por los paisajes nevados del diverso escenario musical, caracterizado por parajes salvajes de alta exigencia mediática.

BUSCANDO LA TRANSICIÓN

Más que un simple corte y pega. Surgido en 2003 en Birmingham y subiéndose en la ola del post-punk liderada por Interpol, si bien con aportes propios no obstante la inmensa presencia de Joy Division, Editors refleja en su nombre su capacidad para la secuenciación e integrado por Tom Smith (guitarra/vocal), Chris Urbanowicz (guitarra), Russell Leetch (bajo) y Ed Lay (batería), inició su camino a partir de The Back Room (2005), notable debut entre apuntes dramáticos que abría la puerta a la usualmente oscura habitación del fondo de pronto ocupada por una buena cantidad de bandas buscando su identidad; continuaron su tránsito con An End Has a Start (2007), insistiendo en la tendencia aunque ampliando escuchas.

Mantuvieron el mapa de ruta con This Light and on This Evening (2009), incorporando más los teclados que remitían a los grupos ochenteros que se desplazaban entre ciertas sombras, comandados por el afamado productor Flood, con quien trabajaron de nuevo en The Weight of Your Love (2013), generado por nueva alineación y una orientación que buscaba la tribuna ampliada. Tomaron un segundo aire con In Dream (2015), en el que contaron con la oportuna participación de Rachel Goswell (Slowdive), confirmado por Violence (2018), ya en pleno proceso de identificación sonora.

ANTÍDOTOS PARA SALVAR LA PÉRDIDA

Foals es un quinteto de Oxford integrado por los cuates Yannis Philippakis (guitarra), Andrew Mears (vocales), Jack Bevan (batería), Jimmy Smith (guitarra) y Walter Gervers (bajo); debutaron con paso firme y proponiendo un sonido que se balanceaba entre el post-rock, el dance y las escapadas instrumental vía Antidotes (2008), solvente obra que los colocaba en el radar, sobre todo gracias a piezas como Hummer y Mathletics como cartas de referencia, el álbum llamó poderosamente la atención más allá de la isla. Total Life Forever (2010), su segunda entrega, es un disco de contrastes, con avances y convenciones: por momentos parecen caer en ciertos esquemas facilones y en otros logran retomar el camino andado en su debut, que terminan siendo predominantes.

Siguieron en lo suyo con los álbumes Tapes (2012), convocando a diversos artistas para realizar mezclas, y el representativo Holy Fire (2013), cimentando su alternativa sonora y posicionándose como uno de los grupos sin grandes reflectores pero confiables, entregados a su propuesta sin dejar de buscar las audiencias masivas. Sin domirse en laurel alguno, grabaron What Went Down (2015), consolidando la ruta definida para continuar con Everything Not Saved Will Be Lost, Pt. 1 (2019), recurriendo a los sintetizadores y convocando a las mayorías para moverse y salvarse con su alternativa.

DAYS ARE NUMBERS

Surgidos como cuates de prepa en Manchester, ciudad donde las propuestas rockeras gravitan en el ambiente, los integrantes de The 1975 (Matt Healy, vocal, guitarra, piano; George Daniel, batería, teclados, voz; Ross MacDonald, guitarra, bajo; Adam Hann, guitarra) empezaron a buscar sonidos propios de su tierra con ecos de las propuestas del pop-rock que inundaban la segunda década del segundo milenio, como la de Bloc Party. Coqueteando con los adultos vueltos papás, como si quisieran recordarles que pueden bailar y disfrutar del rock, y jalando los hilos de sus propias influencias, grabaron después de algunos sencillos y un trío de EP’s el homónimo 1975 (2013), nutrida obra de 16 canciones, ya producida profesionalmente, que lanzó el mensaje adecuado.

Con este impulsor, presentaron I Like It When You Sleep, For You Are So Beautiful Yet So Unaware of It (2016), consolidando tendencias ochenteras del rock ochentero que se dieron la mano con un soul y un R&B insertado con pericia sorprendente, aunque acaso sobrevalorando sus propias capacidades: como cuando los jóvenes suponemos que todo lo podemos resolver con nuestro talento interminable, dados los alcances previos. Y con esa versátil habilidad para agradar a chicos y grandes, grabaron el consistente Brief Inquiry into Online Relationship (2018), anunciando una segunda parte pero, sobre todo, que esta banda promete ser uno de los referentes en el rock-pop de los años por venir.

GUERRA FRÍA: SOLO LOS AMANTES SOBREVIVEN

5 marzo 2019

El mundo quedó dividido en dos bandos principales liderados por Estados Unidos y la Unión Soviética tras la II Guerra mundial: cada uno creía encarnar el bien y consideraba al de enfrente como el mal en estado puro. Era un maniqueísmo absoluto de blanco y negro, con muy pocos matices de gris. Europa quedaba dividida y luchaba por su reconstrucción. En ese mundo bipolar, la gente buscaba cualquier resquicio para ser feliz, ya sea ante el poder imperativo del mercado o la vigilancia estatal llevada a extremos totalitarios, según el lado del muro que tocara. Y claro, entre esta dicotomía, surgían otras manifestaciones políticas: dictaduras por acá, democracias por allá, oligarquías por acullá.

Un director musical (Tomasz Kot, lacónico) recorre poblados polacos junto con su colega y pareja aparentemente estable (Agata Kulesza, quien ya había trabajado con el cineasta), para rescatar la música folklórica desde su expresión más auténtica y consolidar un grupo de baile de largo alcance que lleve el espíritu artístico original a todos los rincones no solo del país, sino más allá de sus fronteras; en el reclutamiento de jóvenes para formar dicha compañía, aparece una muchacha con talento potencial, carisma evidente y una cuenta pendiente con la justicia por defensa propia (Joanna Kulig, siempre decidida): el romance circular estaba por comenzar, sin saber que volvería al punto de partida.

Retomando ciertos elementos de la historia de sus padres, el director varsoviano asentado en Inglaterra Paweł Pawlikowski, regresa al tema de la desterritorialización como lo hiciera en Last Resort (2000); al del amor extremo, ya sea bordando el horror, planteado en La mujer en el quinto (2011) y al que inunda obsesivamente una relación, en este caso adolescente, en Mi verano de amor (2004), y ahora a través de la emotiva y arrebatada Guerra fría ( Polonia-RU-Francia, 2018), sensible retrato de un par de amantes malditos que rompen fronteras, conservando su individualidad y buscando un resquicio en tiempos convulsos solo para enfrentarse a sus propias diferencias quizá irreconciliables pero al fin insertadas como parte de un vínculo invisible e indisoluble a la vez.

Es la historia de un idilio que busca sobrevivir al constante auto boicot de los involucrados y al tiempo inexorable, además de los obstáculos políticos, burocráticos y geográficos en los que se despliega de manera enfáticamente episódica, obviando a través de las varias elipsis los diversos sucesos que acontecen en la vida separada de cada uno de ellos: una especie de amor líquido (Bauman dixit) que se desliza por los años, las separaciones y las estructuras impuestas, reencontrándose y abandonándose intempestivamente sin terminar del todo pero sin asegurar un futuro. La peor maldición para los amantes es no saber estar juntos y no poder estar separados.

En contraste con Ida (2013), en donde una novicia se lanzaba a un viaje para conocer sus orígenes judíos, es decir, hacia el pasado, aquí ambos apuestan a un futuro siempre mejor que se dilata en demasía y, cuando tienen en sus manos un presente promisorio, no alcanzan a consolidar la oportunidad de estar juntos de una buena vez y para siempre, acaso por el sublime disfrute del reencuentro: los celos invaden la relación, la diferencia de ambiciones se hace evidente y el contraste en el nivel de intensidad para afrontar la vida se inserta en un vínculo que se oxigena, paradójicamente, cada vez que se fractura.

La intensidad de los números bailables y musicales de la compañía, ya en plena gira por los países satélite en ciudades como Croacia y Berlín del este, contrasta con el frenesí decadente de la música occidental (quienes dirían que los números músico bailables de la compañía rinden tributo al dictador y asesino Stalin), como se advierte en la forma en la que París se inunda de jazz y rock´n´roll sin pudor alguno. Llega la melancolía y la escurridiza joven, cobijada por el piano del hombre de sus ausencias asintiendo con discreción, interpreta Dos corazones cual síntesis de la relación que no admite matices de gris, solo blanco o negro, todo o nada, hasta que la muerte, si se atreve, los separe.

La cámara juega con la perspectiva institucional encarnada por el jefe de pronto permisivo (Borys Szyc) y con posiciones que reflejan los puntos de vista tanto de lo protagonistas como de la vigilancia burocrática al estilo de La vida de los otros (Henckel von Donnersmarck, 2006); los contrapicados refieren al inexorable regreso al origen de los amantes y las angulaciones diversas van definiendo el tono emotivo de cada una de las secuencias, estableciendo la distancia entre uno y otra y los estados de ánimo imperantes frente a la dificultad de mantenerse juntos, bien indicados por una edición contundente. Por supuesto, el blanco y negro refuerza la idea del un mundo sin colorido posible, siempre bajo la opresión aún en los escenarios parisinos y la incapacidad para sostener una relación que parece destinada al agotamiento pero nunca a la terminación.

DISCOS 2018 (SEGUNDA): CONSOLIDADOS, REGRESOS Y POSTMILENARIOS

26 enero 2019

Vamos con la segunda entrega del recorrido por los discos del año. Van integradas las producciones de grupos y solistas que llevan tiempo con nosotros, algunos que se fueron pero al fin volvieron y los que surgieron en el siglo que corre con envidiable continuidad.

DE LO 80’S Y 90’S PARA ACÁ: AÚN SONANDO

El disco del año para algunas publicaciones (UNCUT, Rockdelux) y mencionado en casi todas las listas (MOJO, Pitchfork) y con mucha razón, fue el Double Negative del trío de Minnesota Low, que en el nombre lleva la penitencia, ahora distorsionando la quietud gélida acostumbrada y produciendo una obra clave de los primeros años del siglo XXI. Stephen Malkmus & The Jicks dejaron su huella de rock noventero refinado con Sparkle Hard, al igual que The Smashing Pumpkins, reagrupándose en su mayoría y grabando de la mano de Billy Corgan Shiny and Oh So Bright, Vol. 1: No Past. No Future. No Sun, con ese espíritu noventero entre el rock y la emoción epidérmica que busca el presente.

Spritualized advirtió con el bello Nothing Hurt que hay paliativos melódicos de alta eficacia, sobre todo cuando se atisba el sentido de vida. There’s a Riot Going On, décimo quinto álbum del trío vuelto ya institución Yo La Tengo, es buen ejemplo de cómo seguir moldeando el ruido para darle un enfoque sensible y reposado, en tanto el trío Beak> con la presencia de Geoff Barrow (Portishead), produjo >>>, como señalando una mayor condensación en sus lances progresivos alimentados con la esencia del krautrock. Ondeando la bandera de la independencia, Superchunk grabó What a Time to be Alive, como sorprendiéndose en clave guitarrera por los tiempos que corren y los galeses de Stereophonics rockearon sin obstáculos en Scream Above the Sounds.

Como afirma George Saunders (el escritor premiado por el Man Booker por su gran novela Lincoln en el Bardo), el reciente disco de Jeff Tweedy (Wilco) se conecta directamente con la gente: Warm es un puente para compartir emociones comunes en ambiente de calidez y de cuestionamiento. El ex Super Fury Animals Gruff Rhys grabó el orquestal Babelsberg, acaso buscando el idioma común y el también ex Supergrass Gaz Coombes entregó su cuarto disco solista titulado World’s Strongest Man, acaso en ánimo confirmatorio. Damien Jurado abrió perspectiva irónica con The Horizon Just Laughed y bordeando una de las líneas divisorias con más vertientes en el mundo, Alejandro Escovedo With Don Antonio realizó The Crossing, virtuoso country pop, mientras que Calexico volvió a levantar polvo fronterizo con The Thread That Keeps Us.

Steve Perry, el reconocido vocalista de Journey, volvió después de un largo silencio de casi 25 años con Traces, muy disfrutable quizá por su tiempo de reposo, en tanto Simple Minds consiguieron contrastar realidades en Walk Between the Worlds. Desde Manchester, James nos recordó las particularidades de época actual con su pop emocional distribuido en Living In Extraordinary Times y They Might Be Giants se sigue divirtiendo como desde hace más de treinta años: I Like Fun es la muestra de su privilegiada infantil imaginación. La Dave Matthews Band se hizo presente con Come Tomorrow, recurriendo a su eficaz fusión de pop, rock, jazz y funk. Death Cab for Cutie, que iniciaron su actividad en 1999, confeccionó Thank You for Today, rock indie que no olvida agradecer a sus influencias, en tanto que Snow Patrol, banda que debutó en 1998, le puso el sentimiento acostumbrado a Wildness.

Dead Can Dance volvió de la aparente muerte bailable para entregarnos su mezcla de misticismo mortuorio y rock oscuro en Dionysius, con todo y cráneo mexicano en su portada. Otro regreso muy afortunado fue el de The Breeders con alineación completa desde 1994 para entregar All Nerve, mostrando esa vena noventera de guitarras primigenias y todavía vigentes,. The Prodigy siguió moviendo consolas y apretando teclados con énfasis roquero en No Tourists, levantando la voz de muchos ciudadanos que habitan lugares poblados efímeramente por seres temporales usualmente descuidados.

El cuarteto canadiense Cowboy Junkies volvió después de seis años con All That Reckoning, enclavado en la tendencia conocida como americana que tanto han cultivado y apelando al recuerdo necesario, como Belle and Sebastian, integrando sus anteriores EP´s en el pop de falso optimismo y Suede empezó a dar el anuncio de que The Blue Hour está llegando, a partir de un sensible britpop, en la ruta de los Manic Street Preachers y su efervescente pop empaquetado en Resistance is Futile, alertando sobre las peligrosas falsas expectativas. Tracy Anne & Danny, sensible dueto formado por Tracyanne Campbell (Camera Obscura) y Danny Coughlan (Crybaby), compusieron el hermoso disco homónimo Tracy Anne & Danny, de melódica y mordaz apuesta sonora.

ALGO DEL SIGLO XXI

Father John Misty continuó su imparable producción solista con God’s Favorite Customer, ya en plan de compositor clave del momento y Arctic Monkeys se pusieron elegantes con Tranquility Base Hotel + Casino, retomando a Roxy Music con reverencia e innovación, en tanto Interpol produjo Marauder, conservando el revival como estilo y abordando al personaje que da título al disco, tal como Franz Ferdinand y su positivo Always Ascending, y el disco de MGMT titulado con cierto dejo de parodia Little Dark Age, pasado por una ingeniosa mezcla de atmósferas. The Decemberists cultivaron su folkrock de aire campirano en I’ll Be Your Girl y Django Django hicieron Marble Skies, con ciertos tintes entre roqueros progresivos y bocanadas folk.

El también productor Richard Swift realizó The Hex, integrando estética roquera y country, y por medio de su proyecto conocido como Amen Dunes, Damon McMahon elaboró el evocativo Freedom, gravitando alrededor de una cierta nostalgia que se resiste al encarcelamiento, tal como Dev Haynes y su apelativo Blood Orange, cercano a los conflictos recientes expresados en Negro Swan, navegando con soltura entre el dance y el rock. Kurt Vile sigue mostrándose como uno de los cantautores clave del siglo XXI con Bottle It In, como Ryley Walker lo denota en Deafman Glance, con poco espacio para el optimismo y amplio campo para la reflexión, sin rasgarse la camisa a cuadros ni mucho menos.

El proyecto de Mathew Houck conocido como Phosphorescent, volvió en aparente reposado plan country con C’est La Vie, séptimo disco en estudio que rompió un silencio de cinco años; el quinteto de folk londinense Stick in the Wheel abrió fronteras con Follow Them True, mientras que Beach House, haciendo honor a su agrupación, entretejió su dreampop en Bella Union y Field Music entregó Open Here, ensanchando los márgenes del pop fino con alternativas melódicas que permiten abrir puertas hacia otros derroteros. Formado en Brooklyn, el trío Sunflower Bean trabajó su segundo álbum con aliento rockindie y de ahí el título: Twentytwoinblue, porque crecer duele.

Dirty Projectors regresan al terreno más cercano del sonido indie, sin dejar la sutil experimentación en Lamp Lit Prose, mientras  Go-Kart Mozart presentó Mozart’s Mini-Mart, en efecto lanzando canciones de breve y entusiasta duración, mientras que el trío del sur de Londres Virginia Wing dio en la diana para ensanchar su extático enfoque artpop vía Ecstatic Arrow, buscando trayectorias divergentes. The 1975 se sumergió en los vínculos actuales a la sombra de las redes virtuales en su aclamado A Brief Inquiry into Online Relationships. Gweeno realizó Le Kov, segundo disco más enclavado en una psicodelia proveniente de tierras ignotas; por su parte, The Lemon Twigs se introducen en el mundo de la escuela juvenil con Go To School, su segunda entrega en clave roquera-emocional.

PELÍCULAS CENTENARIAS (1918): EL FIN DE LA GUERRA

31 diciembre 2018

El acontecimiento central de 1918 fue el fin de la I Guerra Mundial. La cinta Vendémiaire de Louis Feuillade, especialista en seriales (también entregó la secuela La Nouvelle Mission de Judex), se enfocó en los efectos de la guerra hacia los civiles, mientras que D. W. Griffith retomó también el suceso para grabar Corazones del mundo, acompañada de escenas reales en los campos de batalla y Lo más grande en la vida, posando su mirada sobre una mujer que busca la felicidad en tiempos de guerra, también aprovechados para la abierta propaganda como en The Kaiser, the Beast of Berlin de Rupert Julian.

Chaplin dirigió con su cuota de riesgo humorístico Armas al hombro y Winsor McCay, considerado como el iniciador de los dibujos animados en el cine, recreó con notable dechado técnico el hecho histórico del ataque alemán a un barco civil en El hundimiento del Lusitana, ocurrido cerca de las costas de Irlanda, en tanto Allen Holubar presentó The Heart of Humanity, sobre una mujer que se convierte en enfermera durante la gran guerra. En otra vertiente, Cecil B. De Mille produjo un picante (para la época) drama romántico titulado Old Wives for New, mostrando su capacidad para revisitar diversos géneros.

Los proscritos fue una de las obras centrales del gran cineasta Victor Sjöstrom, con el habitual trazo profundo de personajes acá con toque romántico incluido; el maestro sueco se dio tiempo también para actuar en El mejor hijo de Thomas Graal, comedia rodada por su compatriota Mauritz Stiller; también de aquellas tierras, Georg af Klercker filmó con ojo privilegiado Fyrvaktarens dotter, Nobelpristagaren y Nattliga toner; por su parte, el danés Holger-Madsen anduvo muy activo y realizó, entre otras, la política Folkets ven y la ciencia ficcional pacifista Viaje a Marte. El alemán Ernest Lubitsch generó ocho filmes entre los que se encuentran No quiero ser un hombre, de anticipada tendencia feminista, y Carmen, su versión de la famosa historia de Propser Mérimée, musicalizada previamente en clave de ópera por Bizet.

Charles Chaplin presentó la encantadoramente graciosa Vida de perro, asociándose con un can callejero para vagabundear a gusto. En la grandilocuente La décima sinfonía, Abel Gance entreteje la historia de cómo el dolor producido por un supuesto engaño detona la creación artística y Mary Pickford se lució en doble papel para Stella Maris de Marshall Neilan. Marion Davies actuó en dos de los filmes más importantes del año bajo las órdenes de Julius Steger: como una joven irlandesa que enfrenta la pobreza y la próxima muerte de su madre en el drama Cecilia of the Pink Roses, así como en The Burden of Proof, con la co-dirección de John G. Adolfi.

Maurice Torneur llevó a la pantalla el cuento El pájaro azul con su característico buen ojo para el detalle visual y la construcción de encuadres, mostrados también en A Doll’s House, basada en la clásica obra de Ibsen. El afamado Rodolfo Valentino se mostró en la comedia de enredos All Night, rodada por Paul Powell y en el drama The Married Virgin de Joseph Maxwell. El famoso niño crecido en la selva mereció un digno traslado a la pantalla en Tarzán de los monos bajo la dirección de Scott Sidney, en tanto la actriz Mabel Normand, muy activa ese año, participó en Mickey (1918), éxito rotundo de taquilla dirigido por F. Richard Jones y James Young en el que representó a una huérfana que se va a vivir con su tía.

En la lógica western, John Ford entregó ocho filmes, entre los que destacó El barranco del diablo (Hell Bent) con Harry Carey como protagonista, uno de sus actores favoritos, aquí interpretando a un héroe falible; hicieron mancuerna también en Tres hombres a caballo, mientras que Tod Browning realizó Revenge, con base en la novela de Edward Moffat. John H. Collins filmó poco antes de morir Riders of the Night, transitando del melodrama al thriller rural, en tanto Chester Withey se encargó de filmar On the Quiet, filme de menos de una hora en el que una pareja decide casarse a pesar de los obstáculos familiares, en la línea de The Beloved Blackmailer del canadiense Dell Henderson.

El cine ruso apenas iniciado el régimen comunista tras la revolución de 1917, estuvo sólidamente representado por La señorita y el granuja de Evgeni Slavinsky y VladimirMayakovsky, en donde una maestra trabaja con un grupo de adultos, entre los que se encuentra un vándalo que se enamora de ella, así como por El padre Sergio dirigida por Yakov Protazanov con base en el texto sin acabar de Tolstoi, siguiendo las desventuras del personaje central. El también actor Pyotr Chardynin regaló Calma, Tristeza, Calma, sobre una pareja de cirqueros, sus esfuerzos para mantenerse a flote y su ruptura, lección moral incluida. En tesitura terrorífica con inseminación artificial integrada, Alraune es una cinta de Eugen Illés y Joseph Klein con claras referencias a Frankenstein.