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CORRECCIÓN POLÍTICA Y CINE

15 febrero 2017

La expresión se refiere a un conjunto de premisas sustentadas en un pensamiento, lenguaje y comportamiento moral que suponen avances civilizatorios para bien de la convivencia social y la igualdad de oportunidades: banderas imprescindibles como la tolerancia a quienes piensan diferente, la conciencia ecológica, la equidad de género, la búsqueda de la paz, la igualdad racial y la libertad religiosa se han enarbolado con fuerza y justicia, haciendo de algunas sociedades ejemplos de ecosistemas sustentados en la ética en las que se valora al individuo en cuanto tal como parte de una colectividad en busca del bien común.

Por otro lado, en aras de mantener este enfoque de lo políticamente correcto se ha caído en ciertos excesos peligrosos que terminan por convertirse en la serpiente que se muerde la cola, favoreciendo un enfoque acrítico: una superioridad moral que apunta con múltiples dedos flamígeros a quien pueda pensar distinto en algún sentido, o bien los cuestionamientos a la libertad de expresión porque no se comulga con tal o cual idea. Los fundamentalismos que cancelan la posibilidad de debatir y argumentar también se presentan en quienes ondean estos estandartes de corrección, sintiéndose con la autoridad para decirle a los demás lo que deben o no hacer, juzgando la paja ajena sin ver la viga propia.

Así, de pronto ser políticamente incorrecto se puede ver como un halago, en tanto se cuestionan ciertos dogmas escasamente discutidos de los bienpensantes siempre pontificando, o como un insulto, en tanto se pretenden anular de un plumazo (u orden ejecutiva) ciertos logros que como humanidad hemos alcanzado en términos de justicia social. Corren tiempos en los que este tipo de corrección política está sufriendo fuertes embates en Estados Unidos y a través de los discursos de ciertos grupos políticos en Europa, cada vez ganando más espacios entre los electorados.

La historia no es lineal y los planteamientos racistas, xenófobos, ignorantes y machistas nunca se fueron y hoy están regresando a la luz con el permiso de quienes detentan el poder político: de un estado de latencia están cobrando peligrosa y envenenada vida. De ahí que parece no estar de más volver a insistir, aunque se peque de exageración o exceso de subrayado, sobre la importancia de promover ciertos valores fundamentales para la cohesión social, como lo hacen un par de películas impecablemente producidas que recuperan sendos hechos reales desde la perspectiva, precisamente, de la corrección política.

Filmes que han sido señalados, por cierto, de ser excesivamente cuidadosos en su discurso para mandar un mensaje que pudiera verse como maniqueo y, por ende, poco creíble o demasiado didáctico. Los protagonistas se presentan como hombres y mujeres inmaculados que se ven envueltos en contextos adversos pero que paulatinamente van transformando el curso de los acontecimientos e incluso a quienes los rodean, en un inicio reacios o escépticos y al final admirándolos y hasta sirviéndoles el café o hablándoles de usted (los excesos innecesarios que comentábamos).

FÉ Y MATEMÁTICAS: LAS VERDADERAS ARMAS

Mel Gibson es una figura ideológicamente polémica en el mundo del cine. Después de darse a conocer como eficaz y simpático actor de memorables cintas de acción, fue alternando su trayectoria tras la cámara, en cuyas películas presenta a hombres ejemplares dispuestos al sacrificio por mantener sus ideales y salvar a los demás, como el profesor Justin McLeod de El hombre sin rostro (1993); William Wallace de Corazón valiente (1995); Jesús de La pasión de Cristo (2004) y Jaguar Paw de Apocalypto (2006); de manera paralela, escenificó algún episodio en el que dejó ver su rechazo a los homosexuales y su animadversión por los judíos en una borrachera y posterior conflicto vial, ya sospechada desde el planteamiento y episodio elegido de la vida de Jesucristo.

Parece consecuencia lógica, considerando que su padre se fue de Estados Unidos a Australia para evitar que sus hijos participaran en la guerra de Vietnam, que su siguiente película fuera Hasta el último hombre (Hacksaw Ridge, Australia-EU, 2016) en la que recupera la vida de Desmond Doss, un soldado que por convicciones personales derivadas de una fuerte experiencia con sus padres, decidió nunca más empuñar un arma; cumpliendo con su deber, su participación en la II Guerra mundial, particularmente en la famosa y cruenta batalla de Okinawa, consistió en salvar la mayor cantidad de combatientes sin disparar un solo tiro.

Notablemente interpretado por Andrew Garfield, Doss se convirtió en un héroe de alcance místico, cuya hazaña está poderosa filmada gracias a una intensa puesta en escena que no teme mostrar el horror de la lucha cuerpo a cuerpo, como rodada con las vísceras. Gibson vuelve a optar por la construcción de escenarios envolventes, que nos introduzcan en la acción y nos permitan palpar los padecimientos y angustias de los soldados peleando por un ideal difuso: se trata de un alegato a favor de la paz a partir de la recreación de un enfrentamiento al final dominado por las ratas, dándose un festín con los cadáveres. Así de absurda es la guerra.

Talentos ocultosPor su parte, Talentos ocultos (Hidden Figures, EU, 2016) narra el caso de tres mujeres afroamericanas que resultaron vitales para el avance de la NASA a principios de los sesenta, cuando la carrera con la Unión Soviética estaba en su apogeo. Padeciendo una doble discriminación, por sexo y raza, tuvieron que salir del sótano institucional a punta de enjundia, saber científico y capacidad adaptativa para insertarse en los proyectos cruciales que se desarrollaban en aquellos años, caracterizados por la segregación racial manifestada en baños, autobuses, restaurantes, miradas y silencios que se reproducían al interior de las organizaciones de manera alarmantemente normalizada.

Con atrayentes actuaciones de Taraji P. Henson, Octavia Spencer y Janelle Monáe, bien cobijadas por un reparto consistente; un guion fluido que va resolviendo los conflictos laborales y personales sin detenerse demasiado, score de pertinente negritud y apuntes contextuales mínimos aderezados con oportuna inserción de secuencias de archivo, suficientes para ubicarnos en el centro dramático de los acontecimientos, la cinta dirigida por Thoedore Melfi (Sn. Vincent, 2014) y basada en el libro de Margot Lee Shetterly, cumple con su cometido más en términos descriptivos que analíticos, si bien alcanzando momentos de genuina emotividad e intensidad argumental.

Quizá desde la perspectiva fílmica, el énfasis en la corrección política de este par de películas las limite en verosimilitud, profundidad y planteamiento de matices y dilemas morales, pero en vista del discurso retrógrada que predomina en el gobierno de Estados Unidos, no está de más recordar la importancia de las conquistas ganadas en materia de derechos humanos y en los procesos de paz a gran escala. Paradójicamente, Hollywood se constituye como uno de los bastiones críticos del poder público y un espacio para el disenso y el despertar de la conciencia. Quién lo fuera a decir.

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GENIOS: TABLEROS Y COMPUTADORAS

20 febrero 2016

Un par de biopics que retratan la personalidad de sendos hombres caracterizados por una notable capacidad de anticipación e innovación, sobre todo manifestada en situaciones de fuerte presión contextual. Filmes que intentan mostrar las diferentes dimensiones de sus respectivos sujetos, reconociendo su grandeza intelectual pero también apuntando sus limitaciones para establecer relaciones más o menos equitativas y funcionales.

Con un ego desbordado, propósitos claros y en apariencia inalcanzables, paranoia en diversos niveles y una evidente dificultad para relacionarse con los demás, clasificados en quienes están con ellos o en su contra, sin medias tintas, se trata de genios que revolucionaron sus campos –la informática en casa y el ajedrez como batalla planetaria- y dejaron su impronta para la posterior evolución tanto en el mundo de las TIC´s como del tablero bicolor. Coincide en ambas cintas la presencia secundaria pero vital del actor Michael Stuhlbarg.

FISCHER FRENTE AL TABLERO

Pocos enfrentamientos deportivos, si aceptamos que el ajedrez es un deporte, reflejaron la tensión entre Estados Unidos y la Unión Soviética como el que llevaron a cabo Bobby Fischer y Boris Spassky en 1972 en Reikiavik, Islandia. Convertida en espectáculo global con una notable carga política, la disputa dejó para la historia ajedrecística momentos únicos como los conflictos “extra tablero”, las suspicacias de los contendientes, su mutuo respeto combinado con recelo y, sobre todo, la brillante sexta partida que quedó como una de las más sorprendentes que se hayan disputado en los campeonatos mundiales.

Dirigida con corrección y cuidado en la contextualización por Edward Zwick con base en la historia de Steven Knight, La jugada maestra (Pawn Sacrifice, EU, 2014) se centra en la vida del controvertido ajedrecista Bobby Fischer (1943 – 2008), de carácter explosivo, inmaduro e impredecible, reflejado en su único estilo de juego. Como se dejaba ver en La estrategia de Luzhin (Gorris, 2000), basada en la novela La defensa (1929) de Vladimir Nabokov, estamos frente a una personalidad de la que se puede esperar una gran genialidad o una reacción de escasa inteligencia, tanto en la vida como en el tablero de juego.

El filme recorre con soltura e ímpetu narrativo pasajes de su infancia, cuando empezó a obsesionarse con el juego; de su adolescencia, en el momento en el que desarrolla su potencial como brillante e impredecible jugador, con todo y la conflictiva relación con su madre (Robin Weigert) y el apoyo de su hermana (Lily Rabe), y de su caótica trayectoria como profesional, con especial atención en el famoso match en el que disputó el título del mundo.

Bobby FischerCon resolutiva edición tanto visual como auditiva para involucrarnos en el deteriorado equilibrio del protagonista y adecuada integración de segmentos a manera de documental –como en Bobby Fischer Against the World (Garbus, 2011)-, el filme alcanza a plasmar con suficiencia la vida del protagonista, sólidamente interpretado por Toby McGuire, quien alcanza su mejor actuación además de fungir como productor, y de las personas que lo rodearon, desde su primer mentor (Conrad Pla), hasta su amigo sacerdote (Peter Sarsgaard), pasando por el abogado promotor (Michael Stuhlbarg).

Como se advertía en Una mente brillante (Howard, 2001), la paranoia, la intolerancia a la frustración y la ruptura con la realidad van invadiendo la psique del ajedrecista, que llega a dudar de todos -principalmente de los judíos y los comunistas, siendo él judío- y se siente perseguido constantemente por agencias secretas, al punto de abandonar partidas o no asistir a encuentros programados, tal como sucedió cuando perdió el título por abandono frente a Anatoli Kárpov, después del histórico enfrentamiento contra Spassky, también asediado por micrófonos ocultos.

El estadounidense no volvió a jugar una partida oficial y los títulos volvieron a manos de jugadores rusos, incluido el gran maestro Garry Kásparov, quien fue derrotado por la inteligencia artificial (encarnada por la computadora de IBM Deep Blue), como se puede ver en el muy recomendable documental Game Over: Kasparov and the Machine (Jayanti, 2003), hasta que llegó el indio Anand y el noruego Carlsen, actual campeón mundial ya con la federación reunificada, aunque sin los reflectores puestos como ocurrió en el pasado.

JOBS TRAS BAMBALINAS

Dirigida en lógica verbalista por Danny Boyle, Steve Jobs (EU, 2015) es un retrato más íntimo que social y más de pensamientos que de hechos o sucesos espectaculares de un hombre que contribuyó a transformar las tecnologías de la información y la comunicación en relación con los usuarios y la estética de su diseño y funcionalidad: su capacidad visionaria se centraba más en los vínculos entre la persona y sus necesidades que propiamente en los procesos de programación, para lo cual se rodeaba de especialistas en el asunto.

El concienzudo guion de Aaron Sorkin basado en el libro de Walter Isaacson se convierte enSteve Jobs la columna vertebral de una cinta basada en una serie fluidamente articulada de fascinantes diálogos al filo del conflicto y el reproche mutuo que el protagonista, encarnado con plena convicción por Michael Fassbender, sostiene con diversos personajes clave en su trayectoria, entre socios, jefes y colaboradores, interpretados de tú a tú por Jeff Daniels, Seth Rogen y Michael Stuhlbarg, actores que expresan en gestualidad y énfasis la dificultad de vincularse con el genio impredecible.

En todos los casos, la médula de la personalidad de Jobs se muestra justo antes de aparecer ante el gran público. En particular destaca la relación que establece con su fiel asistente y consejera (Kate Winslet en precisa actuación de soporte), a quien a pesar de su egocentrismo no deja de escuchar, con la madre de su hija (Katherine Waterston) y con la propia descendiente, tanto en la etapa de su niñez (Makenzie Moss / Ripley Sobo) como en la adolescencia (Perla Haney-Jardine), con quien paulatinamente va mostrando cierto afecto a pesar de sus limitaciones para este asunto de la inteligencia social.

LIENZOS EVOCATIVOS

14 agosto 2015

Un pintor cuyo vehículo de expresión más sensible es el pincel y los colores, cual instrumentos para capturar los misterios de la luz atrapada en las oscuridades de la naturaleza y del alma. Una pintura de significados diversos que no se detienen en la explicación técnica, en la fama alcanzada por el artista o en su valor en el mercado, sino que trascienden a la reconstrucción de un pasado emotivamente doloroso con posibilidades de transformarse en recuerdos vivificadores.

TURNER: LA TORMENTA PERFECTA

Considerado como uno de los pintores más importantes del siglo XIX y para algunos el más grande entre los ingleses, Joseph Mallord William Turner (Londres, 1775-1851) destacó en el ámbito del paisaje, particularmente marítimo, pero desde una perspectiva personalísima y claramente identificable, sobre todo por la tensión inherente en sus cuadros y la presencia de la luz como un elemento para ser reconstruido según los estados anímicos y los momentos del día, con todos sus imperceptibles misterios.

Famosa es su obsesión para capturar el instante amarrándose al mástil de alguna embarcación, según se cuenta, o asistiendo puntualmente a alguna escena natural. Antecesor del impresionismo y con tendencias románticas en cuanto al vínculo entre el ser humano y la naturaleza, Turner se enfrentó al rechazo y mala crítica de su obra, como se retoma en algunos pasajes del filme, enfocado a sus últimos veinticinco años de vida, en los que desarrolló un estilo más libre y arriesgado, alejado de su inicial enfoque academicista.

TurnerCon Mr. Turner (Inglaterra, 2014) Mike Leigh vuelve al género histórico después de Topsy-Turvy (1999), tomándose quizá algunas licencias, para construir una recreación de los gustos artísticos y el esnobismo predominantes de la época, no necesariamente en coincidencia con la propuesta del autor de El incendio de las Cámaras de los Lores y los Comunes (1835), y de ciertas costumbres en términos de relaciones familiares y sociales, así como de la asignación de roles según el género y la posición social.

El filme retoma su trayectoria cuando vivía con su padre (Paul Jesson), quien muere poco después acentuando el aislamiento del artista, y una fiel doncella con la que mantenía una relación ambigua (Dorothy Atkinson), al tiempo que tenía contactos generalmente conflictivos con la madre de sus hijas (Ruth Sheen) y con su colega John Constable (James Fleet). Encontraba cierta empatía en un burdel o con el escritor y crítico John Ruskin (Joshua McGuire), así como con una viuda a la que frecuentaba para hospedarse y con quien tiene un amorío (Marion Bailey).

El contraste entre la hosquedad y la sensibilidad del artista está notablemente encarnado por Timothy Spall, ganador de la Palma de Oro en Cannes y que ofrece una actuación compleja que transita desde el ensimismamiento hasta la expresividad pasional, tal como lo requería el protagonista, más afecto a gruñir que a hablar y a actuar impulsivamente que a dar explicaciones. La dificultad para comunicarse y relacionarse socialmente contrastaba con las escasas explicaciones que daba acerca de su visión estética.

La propuesta visual, cortesía del viejo colaborador Dick Pope, se plantea en consonancia con el estilo del pintor con todo y su paleta cromática, viajando de tonalidades rosáceas a tonos amarillos y cafés, como si el sol estuviera siempre presente o en proceso de abandono; si su propuesta pictórica tendía cada vez más hacia la abstracción, como se puede advertir en Lluvia, vapor y velocidad y en Amanecer con monstruos marinos (1845), la cinta opta por retomar sus clásicos paisajes en los que se advierte la pequeñez humana frente a la enormidad plástica del mundo tangible en plena ebullición.

ENFRENTAR A LOS FANTASMAS

“Mientras todos ven una obra maestra de uno de los artistas más exquisitos de Austria, yo veo a mi tía”, dice María Altman, una mujer judeo-austriaca que huyó de Viena cuando los Nazis ocuparon la ciudad y procedieron, como se advierte en Operación monumento (Clooney, 2014), a robarse las obras de arte de cuanta casa quedaba a su paso, además de someter a la población y devastar a los judíos.

Asentada en Los Ángeles desde entonces, buscó durante los años noventa recuperar el famoso Retrato de Adele Bloch-Dama de oroBauer, pintado por el genial pintor Gustav Klimt, que perteneció a su familia y que terminó en el Belvedere, después de la derrota alemana. Para ello contrata al joven abogado Randy Schoenberg (Ryan Reynolds, convencido), que venía de un fracaso laboral al intentar poner su propio despacho, y que resulta ser nieto del revolucionario músico, también de origen austriaco.

Dirigida por Simon Curtis y recurriendo a la ida y vuelta por el tiempo, inclusive en un momento yuxtaponiendo épocas de manera emotiva, La dama de oro (RU-EU, 2015) es una reflexión acerca del sentido que puede tener una obra de arte en cuanto a su poder para reconstruir recuerdos y llevarlos de un terreno sembrado por la culpa a un paisaje de absoluta reconciliación. Si bien el filme opta más por adentrarse en el asunto legal relacionado con el cuadro, la actuación de Helen Mirren, con una simple mirada, nos sumerge en el proceso de sanación de esta férrea anciana, querida sobrina de una de las mujeres más vistas pero menos conocidas del mundo de la pintura.

FOXCATCHER: POBRE NIÑO RICO

6 junio 2015

El cineasta Bennett Miller (Nueva York, 1966), con solamente cuatro largometrajes en su trayectoria, se ha constituido como un especialista para recrear hechos y personajes de la vida real más allá de la mera descripción, a través de una cuidadosa construcción de personajes y contextos, soportada por una sólida dirección de actores, y una verosímil propuesta narrativa que conlleva a puestas en escena representativas de épocas y momentos. Un artista que hace cine de verdad, en todos sentidos, aprovechando temáticas diversas para revisar la condición humana.

Estas capacidades las puso en juego desde su documental The Cruise (1998), cinta sobre Timothy “Speed” Levitch, un chofer-guía de turistas en Nueva York que es un espectáculo en sí mismo, para continuar sus certeros retratos en Capote (2005), con un enorme Philip Seymour Hoffman, y en la beisbolera El juego de la fortuna (Moneyball, 2011), con Brad Pitt en el protagónico. Además, codirigió el documental corto The Question (2012), acerca de Tyrese, un sobreviviente de un nacimiento prematuro.

Con base en un guion de E. Max Frye y Dan Futterman, quien colaboró con el director en Capote, Foxcatcher (EU, 2014) es una de las mejores películas del año, gracias a una dirección sumamente enfocada que le mereció la Palma de oro a Miller, a un casting brillante y a una narrativa que trasciende la relatoría de un suceso de alguna página roja o revista escandalosa de la farándula, para convertirlo en un detenido análisis microsocial que alcanza la condición psicológica de los involucrados.

DUPONT Y SU HEREDERO

Dupont es una de las empresas emblemáticas de los Estados Unidos con 200 años de vida; de acuerdo al texto de Bárbara Anderson (Milenio, 24/03/2015), México fue el primer país en donde abrió una filial hace 90 años. Ha entrado fuerte al campo de la energía, alimentos y protección, además de los tradicionales polímeros. La biotecnología será también parte de su ámbito de negocios y parecen saberse adaptar con velocidad a estos tiempos globalizados.

La historia sigue al heredero John du Pont y el vínculo que establece con los hermanos Schultz: primero con Mark, ganador de la medalla de oro en Los Ángeles 1984 y de los mundiales de Budapest y Clermot Ferrand, y después con Mark, el entrenador y mentor de éste. La idea es que se incorporen a su equipo de lucha grecorromana y prepararse para varios torneos y en especial la Olimpiada en Seúl de 1988. Fanático de este deporte, tiene su propio equipo, que le da nombre al film, y se dedica a reclutar candidatos para convertirlos veladamente en su propiedad, como en los resabios de la época esclavista.

De manera paralela asiste a celebraciones de beneficencia y apoya proyectos diversos, haciendo caravana con sombrero ajeno gracias a su apellido, al tiempo que cultiva su gusto por las aves y su interés por las colecciones; de mentalidad conservadora y peligrosamente nacionalista, pregona un discurso anacrónico. La gran actuación de Steve Carell nos conduce por su personalidad contradictoria, entre violenta, cercana y prepotente, sojuzgado por su madre y al fin falsamente filántropo, con inclinaciones hacia el consumo de la cocaína y a creer que la realidad se debe adaptar a él.

Todo está bien siempre y cuando los demás hagan lo que él quiere; mientras su voluntad sea cumplida y se mantenga la obediencia a sus dictados y caprichos, las relaciones con sus luchadores fluirán, no obstante la evidente compra de voluntades: una necesidad de ganar al punto de construir farsas para que algún juez le otorgue un triunfo frente a rivales también comprados. Y si hay dudas, ahí está la presencia de un tanque de guerra en su propiedad, nomás porque sí, la elaboración de un documental autobiográfico y la petición de que Mark se dirigiera a él como Águila dorada.

En el filme no se menciona que estuvo casado por un breve periodo, dado que su cónyuge lo dejó después de que la intentó asesinar, y durante los años noventa su frágil equilibrio mental terminó por fracturarse dado su comportamiento paranoico y megalómano, aunado a la confusión entre la realidad y la fantasía. Claro que el análisis puede alcanzar la relación con su padre, quien lo abandonó, y con su madre, de personalidad impositiva; además, está el caso de  Robert H. Richards IV, otro miembro de la familia sentenciado por abuso sexual a su propia hija.

FoxcatcherPor su parte, Chaning Tatum entrega también una intensa interpretación del luchador que alcanzó la gloria entre 1984 y 1986, para recorrer un camino de franco descenso tanto en autoestima como en independencia emocional y económica, sobre todo después de ser despedido como entrenador en Stanford. Mark Ruffalo, encarnando al hermano mayor y mentor del medallista olímpico, muestra su camaleónica capacidad para meterse en la piel de cualquier tipo, en este caso un hábil coach padre de familia y felizmente casado: Sienna Miller cumple con el breve papel de su esposa

Queda el magistral manejo de los silencios que acompañan a una cámara flotante, como en la simbólica secuencia donde libera a los caballos propiedad de su madre y recuerdo de su padre, interpretada con enfática y breve contundencia por la gran Vanessa Redgrave. El trabajo de edición da la pausa necesaria para que la historia se desarrolle a partir de una fotografía que refleja la angustia existencial de estos hombres, acaso atrapados en una extraña red social ausente de meritocracia, tejida con un score que acrecienta el desasosiego moral.

El tono del filme es contenido, evitando en todo momento el maniqueísmo o el desplante melodramático. Más bien construye con precisión el contexto relacional de estos personajes extraviados, cada uno por diferentes motivos, que terminan por encontrarse y alejarse sin terminar de resolver sus respectivas carencias. Se trata de una decidida reflexión acerca de la locura, el (falso) poder del dinero, la pérdida de la gloria y la dificultad para establecer vínculos afectivos más allá de la contaminación del egoísmo o de la imposición de las necesidades no resueltas.

EL REGRESO A CASA COMO SIGNIFICADO DE LA LIBERTAD

28 marzo 2014

A lo largo de nuestra historia como especie, hemos justificado y tratado de legitimar nuestra deshumanización de diversas maneras: creando leyes injustas y abusivas, (mal)interpretando a conveniencia los avances científicos y, una de nuestras favoritas, refugiándonos en una voluntad divina manejada con criterios absurdos y según los propios beneficios. Los genocidios y la barbarie perpetrada por una raza, etnia, religión o país sobre quien piensa o es diferente, encuentran una explicación que en realidad esconde las razones de fondo, más vinculadas con el poder y la hegemonía.
Con el paso de los siglos, estas formas de dominación se han desarrollados de manera más sutil, casi invisible: de ahí la importancia del concepto de violencia simbólica acuñado por el sociólogo francés Pierre Bourdieu. Una violencia que de pronto queda legitimada no solo por el victimario, sino incluso por la víctima y por la normativa imperante; digamos que se legaliza y los actos abusivos no se ven como tales, sino como parte de la convivencia normalizada. El arte puede ser, en este sentido, una posibilidad para develar este tipo de abusos silenciosos y socialmente permitidos que al final terminan por destruir todo intento por construir un tejido social armónico.
Tal es el caso del artista visual Steve McQueen (1969), quien además de consolidarse como un gran director fílmico, se ha distinguido por sus instalaciones visuales que le han dado la vuelta al mundo a través de varias exposiciones museísticas. De las mejores exhibiciones del 2013 en el área del video, según un par de críticos y curadores de la revista Art Forum, fueron Charlotte y View of Steve McQueen presentadas en el Schaulager de Basilea, en colaboración con el Art Institute of Chicago. En ambas, el espíritu transgresor se despliega a través de una edición absorbente: en efecto, uno se queda pasmado, exigido, intrigado y completamente atrapado por las imágenes y sus secuencias.
En el ámbito propiamente cinematográfico, el realizador londinense ha retratado el sufrimiento a partir de ciertas convicciones políticas, vía la desgarradora Hambre (2008), y detonado por una adicción al sexo que imposibilita el compromiso afectivo en Shame: Deseos culpables (2011). En ambos casos, la propuesta visual implica un reto para el espectador no por un tremendismo gratuito, sino por la intensa carga dramática del dolor, en diferentes contextos, expresados por estos personajes al fin librando una batalla en solitario, encarnados por su actor cómplice Michael Fassbender.
Ahora, con la producción de Brad Pitt, quien interpreta un papel tan breve como fundamental, McQueen presenta 12 años esclavo (12 Years a Slave, EU-GB, 2013), historia basada en las memorias de Solomon Northup, un hombre libre que vive con su esposa e hijos en Nueva York en 1841 y que acaba siendo engañado y secuestrado en Washington para ser vendido como esclavo en un humillante mercado manejado por un labioso gestor (Paul Giamatti, incontenible), veinte años antes de que estallara la guerra civil estadounidense, periodo conocido como antebellum.
Con la mira puesta en volver algún día a casa, el ahora esclavo en la región de Louisiana mantiene una postura contenida que lo lleva a enfrentar fuertes dilemas morales, primero en la plantación algodonera de un consecuente patrón al fin esclavista (Benedict Cumberbatch), incapaz de controlar a su propio supervisor (Paul D’ano), y después en la de un desequilibrado hombre que Biblia en mano justifica sus actos (el propio Fassbender, explosivo), mientras lidia con su cruel mujer (Sarah Poulson, implacable) y se encapricha con una atormentada esclava (Lupita Nyong’o, desgarradora), para quien la muerte en los pantanos resulta ser el mejor destino posible.

12 AÑOS ESCLAVO, EL RESTO ABOLICIONISTA
La estructura narrativa basada en el guion del también novelista John Ridley, integra una serie de flashbacks que presentan la vida en libertad del protagonista como un doloroso recuerdo que no consigue aliviar su situación actual de padecimientos y cautiverio, aunque lo motiva para no sumergirse en la absoluta depresión. Desde que viaja hacia su cautiverio, conoce las dos alternativas encarnadas por sendos compañeros de angustias: pelear o asumir, íntimamente relacionadas con la disyuntiva entre vivir o solamente sobrevivir.
En una plantación de caña de azúcar donde pasó algún tiempo, la cámara avanza entre la maleza abriéndose paso para revelarnos una jornada en la nueva vida del protagonista, que termina con el intento fallido de escritura y un incierto encuentro sexual. Gracias a la puntual edición, el armado de la tragedia que atrapa a Solomon transcurre con creciente intensidad dramática, a la que contribuye la notable interpretación de Chiwetel Ejiofor, capaz de sostener la cámara con el rostro derrotado o bien elevando paulatinamente el canto y quien entrega la actuación de su carrera.
Con el visceral sello de la casa a pesar de entregar su filme más convencional, McQueen dirige desde las entrañas resaltando el dolor en la carne y el espíritu, ya sea sosteniendo la cámara con firmeza en los momentos más difíciles y proponiendo encuadres de una dolorosa belleza plástica, cual composición lastimosa siempre con una iluminación de contrastes cortesía del cómplice Sean Bobbit –con quien trabajó en la instalación Western Deep en Sudáfrica y en sus filmes anteriores-, aprovechando los fondos oscuros para resaltar los amarillos emanados de las lámparas (la secuencia donde el patrón le reclama el intento de enviar una carta) y los azules nocturnos que prevalecen cuando todo aparenta estar en calma, aunque las almas sigan padeciendo las vejaciones resistidas a lo largo del día y esperando la misma rutina por el resto de la vida.
El filme se inserta en la vertiente del cine estadounidense reciente que coloca el tema de la esclavitud o de la represión racial en el centro del discurso, aunque ha sido un tema recurrente desde hace muchos años, como en Lincoln (Spielberg, 2013), El mayordomo de la Casa Blanca (The Buttler, Daniels, 2013) y Django sin cadenas (Tarantino, 2013), así como de cineastas que han insistido en darle espacio a esta vergüenza nacional, como el caso del director Spike Lee. No obstante, la obra consigue trascender los contornos específicos del contexto abarcado para convertirse en un canto de protesta hacia las injusticias que comete un grupo humano sobre otro, sea por motivos raciales, religiosos, económicos o sociales.12 años esclavo
Las ideas abolicionistas y la puerta de esperanza pueden venir desde donde menos se espera: un canadiense errante con un discurso de avanzada, hábil para construir donde todo parece que se derrumba, empezando por los lazos mínimos de humanidad. Quizá Dios a su debido tiempo se encargue de cada uno, como plantea Mistress Shaw (Alfre Woodard), pero mientras la justicia parece nunca llegar acá en la Tierra, la expectativa se mantiene intentando negociar el envío de una carta o escapándose alrededor de los bayous solo para confirmar que la muerte acecha en cualquier páramo.
Un violín ahora destrozado que solo sirvió para acompañar bailes de máscaras o falsos festejos en los que únicamente se puede danzar alrededor de la injusticia y la melancolía forzada, exaltada de manera auténtica en los cánticos que acompañan la pizca de algodón o el triste entierro y que dieron origen a uno de los géneros musicales de mayor riqueza en la actualidad. La época histórica se recrea no solo desde el énfasis en los vestuarios y utensilios, sino en la expresión de la mentalidad imperante, así como en los usos y costumbres.
El emotivo tema central de la banda sonora compuesta por Hans Zimmer aparece de manera recurrente, por momentos para acompañar las penurias experimentadas por los esclavos y en otros para elevarse junto con ciertas tomas contextuales, meciéndose junto a los tristes árboles cargados de musgo colgante que bloquean la oportunidad de poder mirar directamente al cielo y preguntar qué es lo que está sucediendo con la humanidad.

UN LOBO DESENFRENADO EN LA ESTEPA DEL CAPITALISMO SALVAJE

4 febrero 2014

Wall Street se ha convertido en un buen enemigo de la corrección política y estandarte de los males económicos que aquejan al mundo: la ausencia de regulaciones por parte del gobierno, las prácticas especulativas alejadas del beneficio de las personas, clientes y consumidores incluidos, y el crecimiento ficticio de los activos financieros generando burbujas tan grandes como frágiles, poco referenciados con la producción tangible y más cerca del polvo de hadas, son algunas de las acciones que han colocado en la palestra de los acusados, con justa razón, a este conglomerado poco identificable y acaso constituyéndose como las nuevas Pandillas de Nueva York (2002).
El estupendo y muy didáctico documental Trabajo confidencial (Inside Job, Ferguson, 2010), explica con pelos y señales las causas y consecuencias de la crisis del 2008, mientras que otras cintas como Enron: Los tipos que estafaron a América (Gibney, 2005), la española Casual Days (Lemcke, 2007), la estupenda El precio de la codicia (Margin Call, Chandor, 2011) y Hombres de negocios (The Company Men, Wells, 2010), muestran los retorcidos comportamientos corporativos para mantener sus ganancias a costa de quien sea, principalmente de los propios empleados y clientes.
Esta desmedida avaricia ya había sido personificada con aterradora frialdad por Michael Douglas en Wall Street (1987), encarnando al siniestro Gordon Gekko, quien volvió por sus fueros en Wall Street 2: el dinero nunca duerme (2010), ambas cintas dirigidas por Oliver Stone. Tampoco es casual que uno de los recientes movimientos de protesta haya tomado, justamente, el nombre de Occupy Wall Street.
Ahora Martin Scorsese, quien sabe cómo retratar al mundo criminal en sus diversas vertientes (Calles peligrosas, 1973; Casino, 1995; Los infiltrados, 2006), nos presenta desde una perspectiva desenfadada, alocada y frenética, sin obviar el filón analítico, la vida de Jordan Belfort basada en sus propias memorias recogidas en un libro que da título al film: El lobo de Wall Street (EU, 2013), abarcando desde sus inicios como empleado de la quebrada firma LF Rothschild a finales de los ochenta, hasta su trabajo como conferenciante motivacional de ventas, después de salir de la cárcel.
La cinta se centra en su meteórica trayectoria, impulsada por una definida ambición, como un hábil defraudador disfrazado de bróker en Stratton Oakmont, la empresa que él mismo fundó con su dientón vecino y un grupo de Buenos muchachos (1990), dedicada desde los contornos de Wall Street, a engañar clientes incautos con compra-venta de acciones centaveras, y una que otra más grande como la de la marca de calzado, que se van inflando irresistiblemente. En el filme Boiler Room (Younger, 2000), por cierto, se retoma un caso similar al aquí narrado.
Con el acostumbrado talento para la edición, soportada por una funcional fotografía de nuestro compatriota Rodrigo Prieto, enfatizando los estados de ánimo y los tipos de ambientes con oportunas iluminaciones, y un soundtrack en consonancia con el empuje de las secuencias, el filme de tres horas de duración avanza a la velocidad de la acumulación de riqueza del protagónico, cada vez más necesitado de drogas y alcohol, particularmente la más importante de todas: los billetes verdes.

LA VIDA COMO EXCESO
En efecto, la historia versa sobre el poder que puede tener El color del dinero (1986) no solo en la transformación individual, sino colectiva: una euforia potenciada por la cocaína primero y la metacualona después, combinadas con bebidas varias y por la constante contratación de prostitutas, buscando una felicidad continua a través de llevar las Vidas al límite (1999) siempre Después de hora (1985).
En una extraña combinación de salvajismo fiestero, ambiente orgiástico y sofisticación para el engaño, la vida cotidiana en la empresa parece un monumento a la frivolidad y al derroche (esas discusiones sobre los hombres-bala o las partes íntimas femeninas), al tiempo que se mantiene una alta motivación para seguir la máxima de que el trabajo se trata de quitarle el dinero a los clientes para meterlo en el propio bolsillo. Cual manada licantrópica, veneran al macho alfa cuando aúlla en el micrófono y se van cuidando unos a otros, hasta que el enemigo se vuelve más poderoso.
La intensidad del film, además de las estrategias narrativas de la voz en off, los discursos dirigidos a la cámara (o sea a nosotros) y el juego de ralentizaciones, corre por cuenta de los intérpretes: Leonardo DiCaprio se destapa con una sobreactuación cautivante, mientras que un desaforado Jonah Hill (desternillante la secuencia en la que se droga junto con el protagonista) y un colmilludo Matthew McConaughey con peinado de salón (esa cancioncita con golpes de pecho), como socio y mentor respectivamente, le brindan un soporte hilarante a las diferentes secuencias, secundados por Jean Dujardin como el cínico banquero suizo.
El lobo de Wall StreetSi bien se trata de una historia con un enfoque básicamente masculino, las intervenciones femeninas de las dos ahora exesposas, representadas por Cristin Milioti y Margot Robbie, y de Joanna Lumley como la tía inglesa cómplice, equilibran un cuadro actoral cargado de testosterona monetaria, bien ejemplificada por el traficante descamisado de explosivo carácter al fin buen vendedor de plumas (Jon Bernthal), inmiscuido en el proceso para sacar dólares del país, cuando todavía los aeropuertos vivían en La edad de la inocencia (1993).
Más que tender a soltar juicios morales, el notable y puntilloso guion de Terence Winter, ampliamente reconocido por su trabajo en Los Soprano, va planteando las situaciones y contextos que describen al personaje en sus diferentes dimensiones y formas de relacionarse con las mujeres, sus empleados, con su padre (Rob Reiner), su familia y hasta con el agente que le pisa los talones (Kyle Chandler), suponiendo que todos tienen un precio y nadie quisiera seguir viajando en metro todos los días con su dignidad intacta.
Claro que está presente el lugar común del rico nuevo y su dosis de vulgaridad, expresada en la necesidad de demostrar su fortuna, vía la compra de una mansión, un yate de lujo, auto listo para destruirse, ropa a tono, joyas y demás objetos simbólicos de poder económico. La simpatía que por momentos pudiera generar el protagonista, no evita que alcancemos a visualizarlo como un hombre egocéntrico y abusivo cuya creciente soberbia le impide darse cuenta de su propia vulnerabilidad legal, a pesar de las sugerencias de su abogado (Jon Favreau).
De alguna manera, estamos frente a un millonario diferente al que había retratado la dupla Scorsese-Dicaprio en El aviador (2004) o a otros con aspiraciones políticas o artísticas: en este caso y ante la ausencia de consideraciones morales, pareciera ser la búsqueda del dinero por sí mismo y de la satisfacción inmediata, lo que provoca la toma de dos decisiones equivocadas: no irse con su esposa cuando está en el departamento de su nueva amiga y no aceptar el trato para desaparecer de la escena.

VIAJAR EN EL TIEMPO

23 enero 2014

Una forma de trasladarse a través de diferentes momentos de la vida es reconstruir con la propia memoria los sucesos experimentados, sus causas, consecuencias y contextos. La otra manera es por cortesía de la imaginación, la fantasía y hasta la ciencia ficción: el tránsito ya no solo es mental, sino físico, y de pronto uno se puede ver en una situación pasada en cuerpo y alma, con la posibilidad de cambiar el curso de los acontecimientos.
Pero ya sabemos que más conviene aprender del pasado para reconstruir el presente que andarse lamentando, pretendiendo cambiarlo o considerarlo como insuperable. Un par de películas que retoman estas posibilidades para viajar por el tiempo en las que las relaciones familiares ocupan el centro del argumento, aderezadas por circunstancias que influyen en cómo padres e hijos van resolviendo sus propios vínculos y, en su caso, manteniéndolos más allá de los espacios temporales, entre la conservación y la ruptura de la tradición: siempre es momento para corregir el rumbo.

LA BATALLA POR LA IGUALDAD: ENTRE LA OBEDIENCIA Y EL PUÑO EN ALTO
Basada en la historia real de Cecil Gaines, quien atendió a ocho presidentes como eficaz y silencioso mayordomo, y dirigida con sentido del equilibrio por Lee Daniels (Preciosa, 2009; Amores peligrosos, 2012) El mayordomo de la Casa Blanca (The Butler, EU, 2013) sigue la azarosa vida del protagonista desde los años veinte, cuando su familia fue destruida en una plantación de algodón y empezó a aprender a ser un “negro de la casa”, hasta su larga trayectoria en el servicio del hogar presidencial, pasando por su proceso de aprendizaje en un hotel y la conformación de su propia familia.
Sustentado en el artículo de Wil Haygod, el abarcador guion de Danny Strong, responsable de Recuento (Roach, 2008), sobre las elecciones del 2000 en Estados Unidos, contextualiza suficientemente todos estos años de historia, en particular los años sesenta y la emergencia del movimiento de los Derechos Civiles en favor de los afroamericanos, clave para entender el núcleo dramático del film: la relación entre el mayordomo, de alguna manera obediente y sumiso, y su primogénito, quien se suma a los esfuerzos contestatarios –de Luther King a Malcolm X- para buscar la igualdad ciudadana. El mayordomo
Además, está la difícil relación matrimonial por las largas ausencias y el hijo menor, buscando equilibrar el vínculo familiar. Dentro de los grandes acontecimientos históricos, están las pequeñas historias personales de gente común, como sucedía en Desde el jardín (Being There, Hashby, 1979), que resulta ser testigo presencial de hechos que cambian el curso de las sociedades, en este caso, con especial énfasis la lucha de los afroamericanos para ocupar los mismos espacios públicos, poder votar y ganar salarios similares a sus pares blancos, con los referentes de Nelson Mandela y, a manera de culminación, la llegada de Obama a la Casa Blanca.
Con una edición que le brinda la necesaria dinámica elíptica al film, no obstante su larga duración y los varios años transcurridos que contempla, el filme avanza de manera consistente y dramáticamente sólida, planteando con claridad los conflictos centrales y contextualizando oportunamente los periodos presidenciales retratados, con todo y cuidadoso diseño de producción que incluye ciertas secuencias de discreto humor, como si de coreografías musicales se tratara.
La mirada por momentos condescendiente, sobre todo con algunos de los presidentes, no priva a la historia de su creciente y sentido tono dramático, impulsado por una contundente actuación de Forest Withaker, contrapunteada por la de David Banner como el hijo desobediente y soportada por Ophra Winfrey, además de las breves actuaciones de rostros conocidos encarnando al equipo de servicio y a los presidentes, luciendo una dedicada labor de maquillaje que se extiende a la vejez del matrimonio protagonista.

TIEMPO PARA LA COTIDIANIDAD
Dirigida y escrita por Richard Curtis (Los piratas del rock, 2009; Realmente amor, 2003) con la amabilidad, gracia y cuidado habitual hacia sus personajes como lo ha hecho en sus guiones (Cuatro bodas y un funeral, 1994; Notting Hill, 1999; El diario de Bridget Jones, 2001; Caballo de guerra, 2011), Cuestión de tiempo (About Time, RU, 2012) es una comedia con tintes de fantasía acerca de un joven común (Domhnall Gleeson) que en su mayoría de edad recibe la noticia por parte de su padre de que los hombres de su familia pueden viajar al propio pasado.
Las relaciones familiares y de pareja se convierten en el centro de esta historia con particular énfasis en la importancia de valorar el presente, más que en lo que pudo haber sido o en cómo se pueden evitar los sucesos no deseados con saltos al pasado. Para complementar el desarrollo argumental, se insertan secuencias acompañadas de una narración en off y música a tono, en especial con la pregunta que esbozan The Waterboys: How Long Will I Love You?
Además de la indudable química entre el actor protagonista y Rachel McAdams, quien ya había participado en cintas románticas con quiebres temporales o de memoria (Te amaré por siempre, 2009; Votos de amor, 2012), las actuaciones de soporte de Bill Nighy como el papá alivianado, de Tom Hollander con el dramaturgo-casero amargado y de Richard Cordery como el tío extraviado, le dotan a los inteligentes y sencillos diálogos una chispa que va del humor a la reflexión bienvenida.
En lugar de vivir dos veces el mismo día, disfrutarlo desde la primera y pensar que la felicidad está escondida en la cotidianidad.

DOCUMENTOS PERSONALES: LA SOBREVIVENCIA DEL RECUERDO

8 agosto 2009

RECORDANDO LA GUERRA
Dirigida por Ari Folman (Santa Clara, 96; Made in Israel, 01), Vals con Bashir (Israel-Francia-Alemania, 08) es un armado de rompecabezas, mediante entrevistas tipo El ciudadano Kane (Welles, 41) con algunos compañeros de aquellos años y otros personajes ficticios, para romper la amnesia protectora acerca de la propia participación como miembro del ejército israelí en la invasión a El Líbano en 1982, así como la presencia en la matanza de palestinos en los campos de Sabra y Chatila (declarada como genocidio), perpetrada por falangistas cristianos (es un decir) libaneses, sin que los israelítas la impidieran, pudiendo hacerlo.
helicópteroEl filme anfibio de originalísima propuesta, se desarrolla a partir de un cruce de géneros –documental, animación, surrealista, histórico- que permite establecer un discurso revelador y particularmente realista: sabemos que nada mejor para conocer la verdad subjetiva que explorar en los sueños y en los recovecos de una memoria que se resiste a desaparecer del todo, como lo muestra el lejano recuerdo de la emergencia del mar junto a otros soldados, entre grises y amarillos de marcado y simbólico contraste.
Con una combinación de técnicas de animación y secuencias finales retomadas de grabaciones televisivas; empleo enfático de los colores según la naturaleza de la pieza narrativa; edición articulada con fundidos y un score que combina música emotiva con ciertos lances rockeros, se edifica un alegato antibelicista no por tardío falto de sinceridad: disparar aunque se siga rezando; penetrar la ciudad con el tanque como si de una violación se tratara; bailar al compás de las balas cual danza macabra; mirar caballos moribundos; recordar la Segunda Guerra Mundial en Stalingrado o acribillar al niño armado con lanzacohetes.mujer lancha
Como sucediera con Persépolis (Satrapi y Paronnaud, 07), el tono autobiográfico bien contextualizado políticamente, se despliega aprovechando las posibilidades de la animación, acá explotadas en el tono pesadillesco del relato, como si de un viaje de LSD se tratara, tal como lo señala uno de los involucrados: persecución canina de venganza jadeante; mujer-bote salvavidas frente a la angustia invasiva; fotogramas de la cámara aislante de la realidad; guerra cual día de campo efímero y el mar como escondite y cómplice en tensa calma.
Folman ha decidido dejar de ser un Soldado anónimo (Mendes, 05) para escarbar en las imágenes en apariencia desechadas pero aún presentes en el inconsciente, liberado usualmente al momento de los sueños. Este documento es parte de una declaración contra la amnesia personal y acaso grupal, necesaria para él y de paso para nosotros: es imprescindible que la guerra no se vuelva parte de la normalidad.pesadilla perros

RECORDANDO LA VIDA
Con retraso pero al fin por estos lares y con el apoyo de Gus Van Sant, Tarnation (EU, 03) es una mirada retrospectiva de la propia existencia que hace Jonathan Caouette (quien aparece en Shortbus, 06), con énfasis particular en la comprensión de su madre psicótica y los orígenes de tal condición, pasando por la revisión de sus etapas vitales, un poco como sucediera con Augusten Burroughs y sus memorias llevadas a la pantalla en Recortes de mi vida (Murphy, 06): infancia caótica entre adopciones y cuidado de los abuelos; definición sexual con los pormenores del caso; aventuras artísticas en el mundo underground, mudanzas definitorias y demás trayectos por la cuerda floja, a veces sin red de contención.
TarnationDesde la apuesta visual, el documental biográfico se articula con declaraciones y cintas recuperadas, así como con imágenes alteradas que intentan dar cuenta de un estado permanente de incertidumbre. Dentro de toda la atropellada ruta vital, se erige la relación madre-hijo como ese vínculo que pese a locuras y corduras, parece imposible de fracturarse, por más electroshocks que se le apliquen.

VOLVER PARA ENFRENTAR

30 julio 2009

PATERNIDAD DOLOROSA
Basada en los pasajes autobiográficos del poeta británico Blake Morrison, con guión de David Nicholls y dirigida por el tailandés-británico Anand Tucker (Saint-Ex, 96; Hilary & Jackie, 98; Chica de mostrador, 05), La última vez que vi a mi padre (And when did you last see your father?, RU-Irlanda, 07) es un recuento obligado de la conflictiva relación del protagónico con su padre: un efusivo, sangre-pesada, inculto, entregado, ventajoso y mujeriego hombre que pese a todo, se le podía extrañar, justamente por todo lo anterior.
Con un par de actuaciones ubicadas en el contraste de sus personajes, cortesía de Colin Firth y Jim Broadbent, y en la esquina contraria de El gran pez (Burton, 03), se desarrolla este drama paterno-filial a través de un recurrente empleo de flashbacks limpiamente editados mediante desplazamientos serenos de cámara, que nos llevan del pasado infantil y juvenil del literato (Bradley Johnson y Matthew Beard) a su desconcertante presente, lejos de su mujer (Gina McKee) e hijos y cerca de su familia originaria, en espera de la muerte del padre y de un posible saldo afectivo de cuentas.la última vez que vi a mi padre
El continuo empleo de las imágenes en los espejos no deja lugar a dudas: somos dos o tres personas en una sola capaz de reflejarse desde diferentes puntos de vista. Así se ve Blake ahora rodeado de las mujeres que fueron definiendo su vida: la mamá con migraña pero aún estoica (Juliet Stevenson); la hermana distante, la demasiado cercana a la familia tía Bety (Sarah Lancashire) y, desde luego, el primer amor (Elaine Cassidy). Música serena, paisajes evocativos y una cámara en círculos ya sea en el coche o en el abrazo definitivo, para ponerle punto y seguido a la vida y poder contestar sin rencor la pregunta que da título al film.

LEVITY
Dirigida por el guionista Ed Solomon, quien debuta tras de cámaras, Levity (EU, 04) presume un sólido reparto aunque un poco desperdiciado –Morgan Freeman, Billy Bob Thornton, Kirsten Dunst, Holly Hunter- para desglosar una reconocible historia de redención que a pesar de sus momentos emotivos, no alcanza a trascender del todo el drama convencional del hombre arrepentido en busca de encontrarse a sí mismo tras pasar muchos años en la cárcel.
Con la acostumbrada solvencia fotográfica de Roger Deakins –esas tomas en el metro son notables con toda la carga simbólica del caso- y un explícito cuidado para no crear héroes donde no los hay, el filme se desarrolla a partir de la historia de este hombre que regresa al sitio donde asesinó a un joven en un asalto, cuya foto periodística y la incomprensión del propio acto lo ha perseguido todo el tiempo. La dirección esquemática y la puesta en escena funcional aunque con dejos de artificialidad, pudieron dar más espacio para profundizar en los personajes, sus secretos y motivaciones.
levityEs en torno a un centro comunitario atendido por un atípico reverendo, que comparte cuadra con un antro, donde confluyen personajes cargados de preguntas sin formular del todo – una joven adicta, la hermana del asesinado ahora madre de un conflictivo postadolescente, chavos a la deriva y el propio recién llegado dando pasos ancestrales rumbo a la reconciliación- y atrapados en un contexto urbano ajeno a sus propias criaturas y sus respectivas problemáticas.

HARVEY MILK: ANIMAL POLÍTICO

17 mayo 2009

Para la mayoría de las personas, llegar a los cuarenta y darse cuenta de que no han hecho nada de lo cual sentirse orgullosas en sus vidas, puede ser más bien deprimente. Pero para algunos otros, los menos, esa toma de conciencia funciona como un impulso dinamizador: asumirse tal cual uno es, encontrar una causa más allá de sí mismo y luchar por ella, aunque en ello se ponga en riesgo la existencia, pareciera un camino al fin liberador.
Harvey Milk 2Dirigida con pulcritud y corrección política por Gus Van Sant, moviéndose entre el cine independiente –Elefante (03), Last Days (05), Paranoid Park (07)- y el mainstream -Mente indomable (97), Descubriendo a Forrester (00)- con soltura inigualable, e interpretada con la convicción acostumbrada por Sean Penn, Harvey Milk: Un hombre, una revolución, una esperanza (EU, 08) es una cuidada biopic capaz de presentarnos al personaje y sus circunstancias de manera cercana y directa, empleando tanto el flashback como el flashforward (el empleo de la prolepsis anunciando su muerte al inicio y cuando está grabando en solitario) para construir estados de ánimo y permitir la sensibilización acerca de la importancia de este hombre, animal político al fin, en cuanto a la lucha por los derechos humanos, particularmente de los homosexuales.
Algunas líneas de discusión como el papel de la familia como sustento social, la discriminación laboral por la orientación sexual –particularmente en el campo de la docencia- y la débil frontera entre la privacidad y los asuntos públicos (por aquello de la invitación a salir del clóset), se van soltando a manera de trasfondo y como banderas tomadas por Milk, ya en absoluta transformación tras asumirse plenamente como luchador social y homosexual, moviéndose hábilmente en los fangosos terrenos de la política. La clave radicaba, según él, en que los homosexuales se mostraran, levantaran la mano y demostraran poder de convocatoria.
Con envolvente recreación de la época, tanto desde el punto de vista social como de diseño de arte, y resolviendo con acertados recursos visuales y narrativos las diversas secuencias –ralentización, posición y distancia de la cámara, división de pantalla, montaje paralelo- Van Sant reconstruye, quizá en forma un cuanto tanto aséptica, la vida de este hombre que en el San Francisco de los setenta, ya con el sueño hippie moribundo y antes de la aparición del fantasma del SIDA, devolvió parte de la confianza perdida en la democracia, la igualdad y las libertades individuales, más allá de posturas insostenibles por ignorantes, aún con ecos treinta y cinco años después.
Tanto el guión, estructurando situaciones y diálogos que contribuyen a configurar al persHarvey Milkonaje en lo íntimo y en su accionar público, como las interpretaciones de soporte tras acertado casting, refuerzan la premisa base del film. Este retrato de Harvey Milk, hombre que gustaba de la ópera al igual que el personaje de Tom Hanks, se suma a cintas como Filadelfia (Demme, 94) y Secreto en la montaña (Lee, 06), que desde los grandes estudios abordan temáticas homosexuales, no exentas de miradas románticas sublimadas.