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¿EL DESENLACE DE UNO DE LOS JAMES BOND POSIBLES?

27 noviembre 2015

Como Christopher Nolan hiciera con Batman, Sam Mendes tomó a un personaje icónico de la cultura popular y desarrolló otra vertiente de su trayectoria y despedida, aunque siempre quedan posibilidades para trazar nuevas rutas argumentales. El retiro parece ser el destino de los héroes con personalidades secretas para poder ser, junto con su pareja, personas comunes y corrientes, o sea, con la posibilidad de ser felices.

La tetralogía del Bond-Craig empezó de manera brillante con Casino Royale (Campbell, 2006), bajando el listón con Quantum of Solace (Forster, 2008). El director de Belleza americana (1999) y Solo un sueño (2008) continuó con esta faceta del espía más apegado a la idea original de Fleming con Skyfall (2012), absorbente filme que funcionó en diversas vertientes, tanto dramáticas como de acción, incluyendo apuntes para profundizar en el origen del personaje y en su dimensión biográfica, incluyendo los fantasmas que la rodean.

Justamente esta línea argumental parece ser la que da sentido a Spectre 007 (RU-EU, 2015), conclusión que se esperaba más intensa, acabada y contundente (igual le sucedió a Nolan con la diferencia entre la segunda y tercera entrega del hombre murciélago, por cierto), pero que al fin finiquita con dignidad una etapa que revivió al espía en tiempos donde la competencia se ha incrementado, tanto en las pantallas como en el mundo real, donde también los muertos parecen estar vivos y viceversa.

La cinta parece debatirse entre serle fiel a la tradición y separarse de ella, tensión que no le ayuda al desarrollo argumental ni a la fluidez del relato, quedando más como secuencias independientes, algunas de ellas de enormes valores fílmicos, que como una historia concatenada que nos va llevando por las angustias entre laborales, familiares y existenciales de James Bond, aquí ya despojado del poco glamour que le caracterizaba, salvo esos trajes impecablemente ajustados, aderezado con lente oscuro de marca inalcanzable y algún coche de diseño exclusivo.

Ahora ni siquiera hay tiempo de tomarse el martini como debe ser o dedicarle más tiempo al coqueteo con las mujeres, salvo con la hija de un antiguo enemigo (Léa Seydoux, dejando la vida Adèle) que por una coyuntura parece estar, forzadamente, de su lado. Los otros dos personajes femeninos reclamaban una mayor participación que no les fue otorgada: la sonorense Stephanie Sigman se queda vestida y alborotada y Monica Bellucci carga con el dramatismo italiano de la viuda liberada y condenada a la vez, esperando un destino inevitablemente trágico pero con tiempo (poco) para la seducción.

LICENCIA PARA NO MATAR

La primera secuencia desarrollada en el corazón de la capital mexicana derrocha sentido fílmico, siguiendo la escuela de Orson Welles: se trata de un plano secuencia que se desliza por las calles en medio de la festividad del día de muertos (nunca he visto una así, con un tono más carnavalesco), para después internarse en un hotel cercano y subir al techo para recorrer desde ahí varias construcciones, volver a bajar y elevarse una vez más en un helicóptero, desde donde vemos una lucidora toma del DF.

El contenido de esta primera parte es la persecución que Bond lleva a caboSpectre para atrapar a un italiano que planea estallar una bomba en un estadio, que a la luz de la barbarie recién vivida en París, cobra otro significado, al igual que toda esta organización secreta que busca imponer su interesada visión a punta de explosiones y matanzas contra la población civil: el miedo genera dividendos y campo abierto para establecer el control y ejercer el poder con altas cuotas de impunidad.

La historia y el consecuente guion de John Logan, quizá trabajado de más con varios colegas entre quienes se encuentran los habituales Purvis y Wade, se mueve en dos niveles con visible ruta de interconexión: el principal, que sigue las acostumbradas peripecias del 007 ahora en plan de renegado debido a la suspensión de la cual fue objeto, y el secundario, que presenta a C (Andrew Scott) un burócrata con mucho poder que pretende transformar todo el sistema de seguridad no solo inglés, sino mundial, ante la resistencia de M (Ralph Fiennes, nunca rebasado) y algunos otros idealistas como Q (Ben Wishaw) y Monepenny (Naomie Harris).

El vínculo entre ambos niveles es justamente esta organización malévola que, muy acorde con los tiempos que corren, no puede ser ubicada en un territorio, sus intenciones son ambiguas y se mueve en las sombras, sin declaraciones de guerra a la vieja usanza: ahí está la lograda secuencia de la reunión a media luz con una mesa interminable y un montón de personas que asustan por su normalidad y su indiferencia ante la salvaje forma de suplir al personal para ganarse una misión.

La personificación del mal se centra en dos villanos de características contrastantes: un forzudo que no parece detenerse ante nada sin que sepamos bien a bien cuáles son sus motivaciones más allá de la chamba en la organización (Dave Bautista, en contraste con su apreciable Drax) y el jefe de éste, siguiendo en la línea de malosos demenciales con inteligencia privilegiada, aparentemente educados y con algún trauma no resuelto (Christoph Waltz), buscando el desmoronamiento metafórico y literal de una estructura que debe ser reemplazada.

Con impecable diseño de producción y edición de sonido, el percusivo score de Thomas Newman acompaña en particular a las secuencias de acción, mientras que los momentos de tenso respiro nos permiten conocer locaciones, cual sello de la casa, de Marruecos, Austria, Inglaterra e Italia, sitios en los que se presentan encuadres que permiten advertir el sello del director, todavía con influencia de la puesta en escena teatral. Solo faltó que se movilizaran más nuestras emociones.

 

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LO ESENCIAL ES INVISIBLE PARA LOS OJOS

23 noviembre 2015

Porque solamente se puede ver bien con el corazón, que además tiene razones que la razón desconoce, como bien señaló Pascal. Parece ser que uno de los problemas de convertirse en adulto es abandonar gradualmente la posibilidad de mirar más allá de lo inmediato y dejarse atrapar por rutinas sin sentido, difícilmente identificables cuando nos encontramos dentro de ellas: el espejismo es que son necesarias para alcanzar la felicidad, confundida con la sed de poder, fama o posesión de cosas únicamente para contarlas una y otra vez.

Con el sello característico de los clásicos de la literatura, la fuerza y enigma de El principito (1943), novela breve escrita por Antoine de Saint-Exupéry (Lyon, 1900 – Isla de Riou, 1944), también periodista y piloto desaparecido en el contexto de la II Guerra Mundial, sigue nutriéndose y su vigencia se acrecienta conforme transcurre el tiempo, en particular por el tratamiento que despliega sobre una temática eterna: el significado de la niñez y su relación con la configuración de la adultez, desde una perspectiva humanista.

El aliento poético y metafórico de su propuesta, centrada en revalorar los El principito 0valores de la infancia como la inocencia sensible y la disposición para crear lazos afectivos, continúa provocándonos reflexiones acerca del sentido y el significado de las acciones que definen nuestra cotidianidad y, como en Momo de Michael Ende, el uso que le damos al tiempo, en cuanto a su cualidad para hacernos transcurrir y trascender como personas en formación, acaso para alcanzar las estrellas y aspirar a sonreír desde allá arriba.

Ideal para producir adaptaciones para diversos medios como el teatro y la televisión –ahí está la serie animada de 1978 y una obra que tuvo cuatro representaciones hace muchos años- la historia de este pequeño viajero con la capacidad de búsqueda y admiración intactas fue llevada a la gran pantalla por Stanley Donen en clave musical bajo el título de El pequeño príncipe (1974), mientras que Will Vinton realizó un corto animado producido en 1979, donde se advierte un antecedente estético para El principito (Francia, 2015), filme dirigido por Mark Osborne (Kung Fu Panda, 2008) con guion interpretativo de Irena Brignull (Boxtrolls, 2014) y Bob Persichetti, especialista en el departamento de la animación.

TE HACES RESPONSABLE DE AQUELLO QUE HAS CULTIVADO

El argumento propone un triple relato, acompañado de una música discreta que pro momentos se dinamiza: primero sobre una madre obsesiva con la eficiencia (Rachel McAdams) cuya vida transcurre entre el trabajo y el control sobre su hija (Mackenzie Foy), en un mundo que valora la homogeneización por sobre todas las cosas, más bien de aspecto grisáceo, cuadrado y aparentemente ordenado cual vehículo para la felicidad, donde el ingreso a la institución escolar de prestigio, vía respuestas prefabricadas, se convierte en finalidad más que en medio.

El principito 1Cuando la niña entra en contacto con un idealista anciano que vive en la casa de junto, todavía con el avión en el jardín (Jeff Bridges/André Dussollier), empezará a conocer la historia de un pequeño príncipe en pleno proceso heurístico (Riley Osborne) que traba amistad con un piloto perdido en el desierto, justo donde se encuentra a sí mismo. Un cordero dibujado adentro de una caja será el detonador del vínculo entre el aventurero extraviado y el pequeño niño que vive en el asteroide B-612, acompañado por una flor (Marion Cotillard), tres volcanes cual deberes y unos latosos baobabs, árboles que crecen como los problemas si no los cortamos de raíz, despacio pero firmes.

Éste es el segundo relato centrado en la obra literaria de referencia y en donde se echan de menos algunos personajes como el bebedor que busca el olvido de su propia condición; el farolero, encendiendo y apagando por consigna sin espacio para la reflexión; el guardagujas, viendo cómo van y vienen personas para no-estar; el geógrafo escritor con el espíritu explorador inerme y el vendedor de la simbólica píldora contra la sed, hecha para ahorrar el tiempo que implica buscar y tomar agua.

Un tercer relato busca integrar los dos previos, a través de un viaje de la protagonista a un mundo en el que se presentan los personajes en un futuro próximo, habitando una ciudad mecanizada en la que no existen los niños y el sentido de la vida está puesta en trabajar sin preguntarse, justamente, para qué se desarrollan las labores más allá de permanecer en el puesto. Aquí nos encontramos con el rey elevadorista siguiendo órdenes (Bud Cort); el vanidoso policía (Ricky Gervais) más interesado en el aplauso que en la seguridad; el empresario cual dueño de todo (Albert Brooks/Vincent Lindon) y un joven que solo busca no descuidar su labor (Paul Rudd).

Estas tres vertientes se distinguen también por el estilo de animación queEl principito 2 fluye gracias a la ingeniosa edición: mientras que la historia de la niña y su madre recurre a imágenes convencionales dentro de los estándares de los filmes actuales del género, la narración del pequeño príncipe retoma los clásicos dibujos de su par literario y les confiere una elusiva textura que pareciera de papel y madera, como hecho a mano; la integración de ambos combina la estética de la primera con las formas de la segunda, como trasladando a los personajes a un mundo “real”. La intensidad de los colores resulta también contrastante, como el interior de la casa del viejo y de la niña.

DOMESTÍCAME PARA CREAR LAZOS

En un sentido contrario del concepto de domesticación que plantean las posturas de la pedagogía crítica, para el contexto de la relación que el Principito establece con el zorro (James Franco/Vincent Cassel), la poderosa y enigmática serpiente (Benicio del Toro) y con la distintiva flor, significa la posibilidad de construir afectos y de hacerse responsable por el otro, dedicándole el tiempo necesario: la saturación de ocupaciones, a veces sin sentido ni rumbo, cancela la oportunidad para establecer vínculos más sólidos, profundos y de largo alcance, más allá de las coyunturas que se imponen ante determinadas situaciones.

La pequeña niña va experimentando esta relación con el viejo piloto y, de alguna manera, intenta hacérsela ver a su propia madre, inmersa en visualizar un futuro sin cimentar un presente infantil, que sirva de base para la conformación de un adulto integrado asumiendo responsabilidades y consecuencias de sus actos, aunque capaz de seguir siendo niño en cuanto a mantener la actitud lúdica y a conservar la permanente disposición para admirarse del mundo y continuar transformándose: no dejar de aprender nunca.

Quizá cuando nos encontremos ante un paisaje árido y en completa soledad, El principito 3sin demasiada esperanza para salir de ahí, puede aparecerse un pequeño niño de rubio cabello desmarañado y con una capa fuera de contexto, sostenido por una espada y calzando unas botas desproporcionadas: vale la pena ir practicando el trazo de un cordero o al menos de una caja, sobre todo si cuando dibujamos una boa digiriendo un elefante, todos creían que se trataba de un sombrero. Podemos transparentar nuestras imágenes para poder comunicarnos con el único habitante de un asteroide lejano.

EN LAS AFUERAS DE CONVENTOS Y MONASTERIOS

16 noviembre 2015

Mujeres de vocación religiosa que viven algunas realidades extramuros, confrontando su vida monacal con los flujos de una cotidianidad que se construye a partir de otras lógicas, entre las que aparecen los lazos familiares, amistosos o de pareja, usualmente relegados en las congregaciones para entregarse más bien a una existencia marcada por la adoración a Dios y el ascetismo. Con Viridiana (Buñuel, 1951) como referente visible, las convicciones se ponen en el territorio del cuestionamiento y el dilema. Las dos primeras disponibles en video y la tercera en la página https://www.filminlatino.mx

DESCUBRIENDO EL ORIGEN

Dirigida por Pawel Pawlikowski (Last Resort, 2000; Mi verano de amor, 2004; La mujer del quinto, 2011) con cuidadoso acompañamiento del recorrido emocional de la protagonista entre campos nevados y parajes aislados, la ganadora del Oscar por mejor película de habla no inglesa Ida (Polonia-Dinamarca-Francia-RU, 2013), arranca justo cuando Ana (Agata Trzebuchowska, equilibrando el recato con el descubrimiento), una huérfana cuidada desde pequeña por una congregación de monjas, está a punto de tomar sus últimos votos para entregarse en definitiva a la vida religiosa.

IdaAntes, la madre superiora le pide que vaya a conocer a una tía (Agata Kulesza, derrotada), única pariente que le queda, quien le va mostrando sus orígenes judíos y algunos sucesos terribles durante la época del nazismo; de manera simultánea, esta mujer, cesada como jueza y ahora sobreviviendo entre la bebida y encuentros sexuales ocasionales, conduce a la joven, quizá de manera involuntaria, hacia un espacio que le permita repensar su decisión vocacional vía la pregunta clave: ¿Y después?

El viaje hacia el pasado emprendido por estas dos mujeres, paradójicamente las coloca frente a un replanteamiento de su futuro, en particular el de la novicia que conoce a un joven cantante y empieza a respirar aires distintos a los que circulan dentro del convento, convertido en su mundo. El riguroso blanco y negro, con sus debidos contrastes fotográficos de deslumbrante belleza, enfatiza este proceso de búsqueda no pedido pero acaso necesario para replantearse o confirmar el camino previamente definido. Conocer el propio origen, por más doloroso que resulte, alumbra el horizonte de enfrente.

AMISTAD INTERRUMPIDA

Escrita y dirigida por Cristian Mungiu (Occident, 2002; 4 meses, 3 semanas, 2 días, 2007), Más allá de las colinas (Rumania-Francia-Bélgica, 2012) se basa en el libro de Tatiana Niculescu Bran que recupera el caso sobre Alina (Cristina Flutur), una joven que llega a un remoto monasterio para encontrarse con Voichita (Cosmina Stratan), su amiga de la infancia y amor adolescente, con el fin de convencerla de que se vaya con ella a Alemania; ante la negativa recibida dado el convencimiento de continuar con la vida religiosa por parte de Voichita, Alina empieza a sufrir extraños padecimientos que en la comunidad se asumen como posesión.

Con planos medios usualmente frontales, como atisbando las conversaciones y atestiguando la cotidianidad del grupo religioso femenino comandado por un severo sacerdote (Valeriu Andriuta), se van construyendo encuadres de composiciones equilibradas y premeditadamente apagadas. Hay una quietud constante, salvo cuando la cámara se pone en movimiento para llevarnos al encuentro inicial de las dos amigas con amplias expectativas una sobre la otra, no necesariamente coincidentes.

Los grandes escenarios exteriores contrastan con la sobriedad y oscuridad al interior del monasterio, en el que parecen bullir tensiones no del todo explícitas que por momentos alcanzan a asomarse hacia fuera: el encuentro de las dos amigas, su posterior estancia y los conflictos que se van generando, movilizan ciertas lógicas monolíticas en el seno de la congregación, incluyendo las ideas previamente asumidas como imposibles de ameritar una discusión y las relaciones de poder firmemente establecidas.

PASIÓN EMERGENTE

Dirigida por Spiros Stathoulopoulos (PVC-1, 2007) a partir de planos prolongados y con bellas estampas de las imponentes estructuras rocosas a manera de conexión entre secuencias, Meteora (Alemania-Grecia, 2012) se ubica en los parajes rurales del centro del país que nos dio la democracia, donde cohabitan unos pastores, un agricultor-flautista, un oso que gusta de los higos y dos congregaciones religiosas ortodoxas, una de hombres y otra de mujeres, asentadas en lo alto de sendas formaciones montañosas, en una de cuyas cuevas sobrevive un ermitaño.

De pausado contraste que incluye una animación simbólica con tríptico indicativo, un amor soterrado entre una joven religiosa de origen ruso (Tamila Koulieva) y un monje (Theo Alexander) avanza de manera abrupta entre neblina inabarcable, mensajes luminosos, arrepentimientos momentáneos, rituales ancestrales y creencias que respiran ascetismo en lo alto de las rocas conventuales. Pequeños sonidos de tambor se encuentran en un eco de oscuridades reinantes, esperando alguna respuesta en las largas escalinatas o el ascenso con una canasta.

Una comida bajo el árbol, largamente preparada desde el sacrificio de la cabra, y el deseo sexual que se aparece en solitario, van derrotando las culpas y dudas, enfrentadas en un encuentro al interior de las cuevas: la sangre de Cristo inundándolo todo, como para recordar que el verdadero pecado es el de la desesperación. Una laberíntica pasión acechada por las fauces del infierno que pareciera ser controlada por una ambigüedad vocacional en espera de definirse.

PELÍCULAS DOBLADAS

Recientemente han estado llegando a nuestra cartelera más funciones dobladas que subtituladas, lo que no deja de ser un riesgo para apreciar en toda su dimensión una obra fílmica. No se discute que haya ambas opciones, sino que las películas en su idioma original estén siendo relegadas por cuestiones de audiencia. He preguntado en varias salas de la ciudad la razón y la respuesta es siempre la misma: la mayor parte de la gente prefiere las cintas dobladas. Vale recordar que parte sustantiva de un desarrollo actoral es la voz, con sus inflexiones, entonaciones y formas de expresar los modismos.

ESPÍAS Y SICARIOS: DE LOS PUENTES A LA TIERRA DE NADIE

8 noviembre 2015

Entre el término de la II Guerra mundial y el colapso de la Unión Soviética, la lógica del poder planetario era bipolar y la lucha por la hegemonía planetaria se realizó, principalmente, de manera soterrada, a pesar de ciertos eventos que estuvieron cerca de provocar una siguiente batalla de la que quién sabe cómo hubiéramos salido librados, considerando el desarrollo bélico. Eso sí: los enemigos eran totalmente visibles, distinguibles ideológicamente y con claras posturas antagónicas sobre temas como el mercado, la política, la organización social y el papel del estado, aunque coincidían en la loca carrera armamentista.

Para el siglo XXI, las reglas no solo han cambiado, sino que algunas de ellas han desaparecido: se inventan pretextos para invadir un país; se recurre constantemente a la tortura; los enemigos no son del todo reconocibles y no necesariamente se ubican en una nación. La mayor parte de las luchas ya no son por la supremacía ideológica, sino por el poder económico y los fines cada vez más justifican los medios; las poblaciones civiles son carne de cañón y ahora ni las familias están a salvo: no quiere decir que antes no sucediera, pero parece ser que ahora es más evidente.

Para ejemplificar estas transformaciones, dos películas notables que muestran las contrastantes características del manejo de los conflictos con una escondida similitud: parece ser que los gobiernos se repliegan y dejan en manos de abogados, asesores, consultores o quien se apunte, la resolución de unas situaciones en las que parecen no querer verse envueltos, aunque estén metidos hasta el cuello. Un caso real en plena guerra fría y una realidad que toca a la puerta, aunque todavía no se introduzca de lleno en nuestra cruenta batalla contra las drogas, hoy cuestionada desde la perspectiva legal, por si hacía falta.

UN HOMBRE DE PIE

En Estados Unidos es capturado un apacible hombre soviético que presuntamente es un espía. Como para mantener cierta imagen, el gobierno norteamericano le pide a un despacho de abogados que lo defienda, a sabiendas que la suerte está echada. Pero resulta que el hombre encargado de llevar el caso se toma en serio su papel y busca dignificar el sistema de justicia estadounidense, evitando que su defendido sea enviado a la muerte, bajo el argumento de que en algún momento puede ser útil. En paralelo, un piloto del famoso avión espía U2, derribado con todo y sus grandes cámaras, es capturado en terreno soviético.

Puente de espías (EU, 2015) es un filme nostálgico en diversos sentidos. El hombre común capaz de realizar una negociación extraordinaria, con una familia cercana y una esposa que prefiere escuchar una mentira con tal de sentirse tranquila. Otro hombre convencido de sus ideales, dispuesto a dar la vida por ellos sin sentirse héroe y con la conciencia de que no sirve de nada preocuparse. Una relación entre ambos de mutua admiración a pesar de representar, aparentemente, bandos contrarios. Sistemas burocráticos que pueden ser vencidos por la entereza individual.

La nostalgia también está en el estilo: siguiendo una larga tradición del cine estadounidense, particularmente del realizado la década de los cincuenta, la narración es pausada y enfocada tanto en los personajes como en los sucesos, con una cámara que busca la funcionalidad combinando planos que van del acercamiento a los rostros, con cierta brusquedad, al nivel puramente descriptivo; la paleta cromática, más bien apagada, acompaña a una puesta en escena rigurosa que se desplaza a través de elegantes transiciones cuyo propósito claro es darle consistencia y clara concatenación a los sucesos. La época se recrea en forma y fondo.

Puente de espíasPara la realización del filme, Steven Spielberg, aquí en la línea histórica de La lista de Schindler (1993), Salvando al soldado Ryan (1998), Munich (2005) y Lincoln (2012), formó un dream team: junto con Matt Charman, los hermanos Coen plantean un guion minucioso y al mismo tiempo abarcativo; Janusz Kaminski cuenta la historia con funcionales imágenes y sus habituales destellos insertados casi subrepticiamente, como si de mensajes dentro de monedas se tratara, e integrados de manera prístina por el también viejo cómplice Michael Kahn.

En las actuaciones, Tom Hanks con la solidez acostumbrada ahora cual caballero sin espada (Capra, 1939), acompañado notablemente por el inglés Mark Rylance, viviendo en un calmo realismo hasta en sus pinturas; ambos soportados por un cuadro actoral como sacado de aquellos tiempos, que incluye a Alan Alda como el jefe del bufete y a Amy Ryan en el papel de la esposa, transitando de la angustia a la confianza en una misma mirada. Sutil y discreto, a tono con las secuencias, se presenta el score de Thomas Newman. Los puentes como metáfora de la negociación.

UNA MUJER ATÓNITA

En la guerra de las drogas las fronteras se difuminan, tanto las de la moral como las geográficas, sobre todo si nos ubicamos en la colindancia entre Estados Unidos y México, zona que ha sido considerada como una tercera nación, con lógicas de hibridación y costumbres particulares que no son ni de aquí ni de allá. El planteamiento reduccionista de que ellos consumen y nosotros producimos ya no alcanza para comprender una dinámica cada vez más compleja que ha rebasado, desde hace tiempo, las estrategias planteadas.

Dirigida con la intensidad acostumbrada por el quebequense ya internacionalizado Denis Villeneuve, como se muestra en los filmes Polytechinque (2009), La mujer que cantaba (2010), Enemigos idénticos (2013) e Intriga (2013), y escrita por Taylor Sheridan, conocido por la serie Sons of Anarchy (2008-2014), Tierra de nadie: Sicario (EU, 2015) es un retrato asfixiante y nada descabellado de lo que podría suceder en esta cada vez menos sostenible batalla completamente bañada de corrupción por todas partes, como se advierte en las novelas de Don Winslow.

Una agente del FBI dedicada a los secuestros (Emily Blunt, notable en su idealismo cargado de fragilidad) es reclutada para una misión especial después de descubrir varios cadáveres en una casa de seguridad que anuncian macabramente los explosivos e incomprensibles terrenos que está por pisar, en los que no se sabe quién es quién y cuáles son las intenciones y propósitos perseguidos. Lo que ella conocía sobre la aplicación de la justicia se pondrá en duda cada minuto y ni siquiera el apoyo de su compañero (Daniel Kaluuya), el regreso al cigarro o algún flirteo evasivo podrán paliar su desconcierto.

Ahora trabajará con un consultor en chanclas (Josh Brolin, desparpajado y anunciando el futuro de esta guerra) y un misterioso hombre latino (Benicio del Toro, siniestro como en todos sus papeles relacionados con el tema), para capturar al jefe del cártel de Sonora, sin tener que dar explicaciones ni preocuparse por los cada vez más relegados derechos humanos. De manera paralela, vamos viendo a un policía cuyo hijo le pide que lo acompañe a jugar fútbol en una cancha de tierra que parece ser un reducto contra la violencia circundante: a pesar de los balazos que hieren al horizonte, el partido debe y puede continuar.

Mientras que el filme se puede ver como un thriller criminal de acción, para nosotros se trata de una película de terror y, por desgracia, cotidiano, a pesar de tratarse de una ficción y de que, hasta donde sabemos, todavía no hay esas incursiones paramilitares estadounidenses en las ciudades fronterizas, en este caso, Ciudad Juárez. La fotografía del gran Roger Deakins captura el estado de las cosas, ya sea desde los cielos o a ras de tierra, en la estrechez de algún túnel o en la lejanía de una urbe que se devora las montañas; además, las constantes secuencias cargadas de tensión se potencian por el inquietante score del islandés Jóhann Jóhannsson, quemando con hielo el desierto de la moral.