Archive for 29 abril 2015

DE LAS CARRERAS CALLEJERAS A LA SALVACIÓN DEL MUNDO

29 abril 2015

La propuesta inicial era simple: coches, acción y personajes entre esculturales y rudos, navegando por los límites de la ley. Ediciones vertiginosas, música callejera que coquetea con el dance y presencia de raperos, habilidosos stunts, mujeres dando la salida con escasez de ropa y tramas apenas suficientes para abrirle paso a las piruetas de los verdaderos protagonistas: modelos automovilísticos cual objetos fetiche a los que se les debe rendir culto más allá de su funcionalidad, cuidadosamente modificados para alcanzar velocidades de espanto, recorriendo ciudades cosmopolitas como Los Ángeles, Miami, Tokyo, Río de Janeiro y la que siga.

Así se presentó el filme Rápido y furioso (Cohen, 2001), centrado en las carreras callejeras y en dos personajes al principio antagónicos: Brian O´Conner, un policía encubierto que duda acerca de su lugar en el mundo, sobre todo después de conocer a la hermana de su objetivo, y Dominic Toretto, tipo rudo corriendo por los márgenes de la legalidad que no aparece en la segunda parte, +rápido y +furioso (Singleton, 2003). Parecía suficiente para una saga a la que ya no se le veían muchas rutas de escape, pero como buena sobreviviente callejera, se resistía a morir.

Cambiando de protagonistas y con el director taiwanés Justin Lin tomando el volante en las siguientes entregas, se produjo Rápido y furioso: Reto Tokyo (2006), cual desvío en el camino secuenciado aunque entroncando ligeramente con la séptima entrega, para retomarlo con el corto Los bandoleros (Diesel, 2009), especie de puente argumental entre la segunda y cuarta cinta, titulada Rápidos y furiosos (2009), ya con los dos rivales en plena misión conjunta, y con Rápidos y furiosos 5in control (2011), en la que se incorpora el rudísimo agente federal Hobbs, quien continuó en Rápidos y furiosos 6 (2013).

Estas dos últimas entregas volvieron a revivir una franquicia que se quedaba sin gasolina. Los argumentos se fueron mejorando un poco conforme avanzaban las cintas y, sobre todo, la forma de construir las relaciones entre los personajes, independientemente de los villanos de rigor, entre los que predominaron narcotraficantes, además de algún británico enloquecido. Como por arte de magia, el equipo transitó de ser un grupito de rebeldes de banqueta metidos a mercenarios, para convertirse en un sofisticado destacamento de salvación mundial.

RÁPIDOS, FURIOSOS Y FAMILIARES

Todos en sus marcas, listos y fuera. Ahora el malayo James Wan, especialista del cine de terror, se convierte en el piloto (no automático, al contrario) de Rápidos y furiosos 7 (Fast & Furious 7, Japón-EU, 2015), en la que Roman (Tyrese Gibson) quiere mostrar sus habilidades directivas entre broma y broma; Letty (Michelle Rodriguez) va y viene con los recuerdos; Tej (Ludacris) continúa haciendo malabares informáticos; Sean (Lucas Black) reaparece desde Tokyo y tanto Toretto (Vin Diesel) como Brian O’Conner (Paul Walker), están más unidos que nunca, protegiendo a Mia (Jordana Brewster) y su retoño, al tiempo que lideran este clan vuelto familia.

Rápidos y furiososCon un guion poroso y simple cuyo conflicto central es el control de un software de alcance apocalíptico que todo lo puede ver como si del ojo de Dios se tratara, aderezado por la búsqueda de venganza por parte del maloso (un bienvenido Jason Statham, metiéndose hasta la cocina), después de que nuestros héroes de asfalto dejaran en coma a su hermano, llegamos a la séptima entrega de la serie como si la carrera apenas hubiera empezado. Para abrir y cerrar, ahí está la imponente figura de Hobbs (Dwayne Johnson), un rompeyesos hecho de roca que aparece en el momento justo, ayudado por una intermitente Elena (Elsa Pataky).

Un villano adicional (Djimon Hounsou, en plan de terrorista somalí), como se estila en las recientes películas de cómics, un personaje nuevo con gran influencia (Kurt Russell, brindando con cerveza belga), una astuta hacker (Nathalie Emmanuel, en pleno juego de tronos) y una superproducción que nos lleva a recorrer ciudades al estilo Bond con una abultada carga de efectos especiales, pirotecnias visuales, las persecuciones y explosiones de rigor, tiroteos por todas partes y las infaltables peleas cuerpo a cuerpo de rivalidades definidas, incluyendo el acostumbrado enfrentamiento femenino, con un cierto aroma callejero.

No hay mucha preocupación por resolver las secuencias (¿Cómo salieron de la fiesta del príncipe? ¿Qué pasó con el hombre que los contrató?), ni por el asunto de la continuidad; las leyes de la física quedan suspendidas (lo cual se entiende) y los peleoneros prácticamente no sangran ni les salen moretones (también se entiende por el asunto de la clasificación), a pesar de los imparables golpes que a cualquier mortal lo hubieran dejado inconsciente desde el principio. Si bien se busca la complicidad del espectador, se pudo haber puesto más atención en el flujo de los acontecimientos.

En el filme se inserta una inevitable metanarrativa que fusiona la vida real con la representación en pantalla: el reciente fallecimiento de Paul Walker en un accidente automovilístico, en el que paradójicamente no iba manejando y se dirigía a una celebración de caridad, le confiere a la historia narrada un halo de nostalgia y tristeza, sobre todo cada vez que el personaje corre el riesgo de morir o bien cuando transcurre un funeral. No obstante, el homenaje explícito hacia el final de la cinta resulta ser un cierre inusualmente conmovedor para este tipo de propuestas.

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NEIL DIAMOND: UN CAMINO MELODIOSO RUMBO A CASA

22 abril 2015

De voz rasposa y cálida a la vez, a medio camino entre un romanticismo con dejos de ruptura y una épica de estadio paradójicamente intimista, con toques country y R&B que salpican un pop melódico, se constituyó como uno de los cantantes y compositores principales del movimiento conocido como softrock, al que hoy le quieren endilgar la espantosa etiqueta de “adulto contemporáneo”, que más bien parece describir a un tipo acomodado, estancado, conformista, sin ganas de seguir escuchando propuestas nuevas y con la capacidad de riesgo totalmente aterida.

Neil Leslie Diamond (Brooklyn, 1941) fue inspirado por el viejo folklorista Pete Seeger para, en primera instancia, formar un dueto a principios de los sesenta que no prosperó: parece que su destino era emprender el camino como solista. Debutó con The Feel of Neil Diamond (1966), álbum titulado muy en consonancia con la moda y con el que levantaba la mano para llamar la atención a partir de canciones propias como Solitary Man y Cherry Cherry, que ya mostraban su sensibilidad compositiva, además de cantar piezas de algunos colegas.

La década sesentera vio desfilar Just For You (1967), con un mayor refinamiento de la vocal y ya con puras canciones de autoría propia, incluyendo Shilo; Velvet Gloves and Spit (1968), reeditado en 1970 y con algunos cortes aparecidos anteriormente; Brother Love’s Travelling Salvation Show  (1969), especie de calentamiento para su primer gran disco, Touching You, Touching me (1969), con Holly Holy como estandarte compositivo con todo y su aroma gospel. También veía la luz un creyente en la dulce Carolina, acompañado de un rojo, muy rojo vino.

EL RUIDO HERMOSO

Empezaba así una de las mejores épocas para el cantante, justo cuando los setentas hacían su aparición. Con discos como Tap Root Manuscript (1970), Gold (1971), grabado en vivo y en el que se incorporan varios de sus temas más conocidos, y Stones (1972), con algunos covers de colegas de la talla de Leonard Cohen y Joni Mitchell, Randy Newman y Jacques Brel, Diamond se colocó como un artista cuyas canciones despertaban el interés no solo de los escuchas, sino de otros autores para interpretarlas a su estilo, dada la flexibilidad de las composiciones. La pregunta recurrente era: ¿a poco esta canción es de él?

Neil DiamondTras Moods (1973), obra con piezas que mantuvieron el sello distintivo, grabó Hot August Night (1973), muestra imprescindible de su contagiante desempeño en vivo; vendrían Jonathan Livingstone Seagull (1973), score para la película basada en Juan Salvador Gaviota de Richard Bach, bordando el mensaje de autoayuda con el sol al fondo, y el irregular Serenade (1974), para recuperar la intensidad y sensibilidad con Beautiful Noise (1976), una de sus obras insignia con enfática producción de Robbie Robertson.

Love at the Greek (1977), otro álbum en vivo con resultados apenas decentes, y el poco memorable I’m Glad You’re Here with Me Tonight (1977), antecedieron a You Don´t Bring Me Flowers (1978), trabajo con deliciosa miel agridulce a flor de piel, como se deja escuchar en la canción titular con la presencia de Barbra Streisand. La década concluyó en forma discreta con Carmelita´s Eyes (1979) y el demasiado aséptico September Morn (1979), en el que el endulzante se pasó de tueste.

EL AMOR SE ESCAPA

Con una considerable fama a cuestas, Neil Diamond se animó a entrar a la pantalla grande, ni más ni menos que junto al gigante Laurence Oliver, para hacer una revisión del clásico que inauguró el sonido en el cine; el álbum se tituló, como el filme, The Jazz Singer (1980) y se consolidó como uno de sus mayores logros en cuanto a números se refiere. El cantante se hizo acreedor al Razzie como peor actor del año. Sin duda aprendió aquello del zapatero a tus zapatos.

Vinieron años de sequía creativa con álbumes como On the Way to the Sky (1981), Heartlight (1982), Primitive (1984) y Headed for the Future (1986), que apenas sobrevivían por dos o tres piezas recordables y que se encasillaron en un estilo ochentero que parecía ajeno a la esencia del cantautor. Algunos discos en vivo, recopilaciones y hasta uno navideño, parecían anunciar el final creativo, aunque todavía grabó Lovescape (1991), sin resultados demasiado esperanzadores. Más notoria fue la presencia de su clásico Girl, You´ll Be A Woman, Soon en Tiempos violentos: Pulp Fiction (Tarantino, 1994), cantada por Urge Overkill.

Sin embargo, signos de recuperación se empezaron a advertir con Tennessee Moon (1996), grabado en tiempos difíciles por la ruptura con su esposa, y en el que se asentó en la tierra del country; con la decisiva participación de Raul Malo de The Mavericks, dio rienda suelta a su espíritu vaquero, aunque instalada en los tiempos que corren. El milenio cerró de manera más o menos digna con The Movie Album: As Times Go By (1998), obra en la que jugó a lo seguro.

RENACER

Cuando todo parecía finiquitado, Neil Diamond está experimentado una renovación de altos vuelos en lo que va del siglo XXI, manifestada en un cuarteto de álbumes de bienvenida frescura, sin perder el estilo, impecablemente producidos y llenos de canciones a la altura de su trayectoria: se trata de Three Chord Opera (2001), que significó el regreso a las composiciones propias; 12 Songs (2005) y Home Before Dark (2008), ambos guiados de la mano experta del productor Rick Rubin, y el más contenido y cercano Melody Road (2014), con Don Was en la producción.

Tampoco han faltado en estos años, los álbumes en vivo, el navideño de rigor y el de covers, por no dejar, titulado Dreams (2010). Por primera vez nos visita un hombre que considera la creación de canciones una necesidad, más que un gusto o un trabajo. Le debemos muchos momentos de romántica efusividad y de recuerdos que han contribuido a nuestra educación sentimental: aprendimos que el amor se puede tomar en las rocas o solito y que las flores no lo resuelven todo, aunque la luna de septiembre nos sirva de inspiración. Bienvenido.

JULIANNE MOORE: SEGUIR SIENDO ALICE EN EL MAPA DE LAS ESTRELLAS

15 abril 2015

En el 2014, la actriz de origen escocés por el lado materno, apareció en cinco películas: entre ellas, destacaron dos muy distintas entre sí, en las que interpretó a sendas mujeres en angustioso estado de extravío por motivos contrastantes, pero vinculadas por la dificultad de vivir el presente. Por una obtuvo la Palma de Oro, el reconocimiento de mayor prestigio en el mundo del cine, y por la otra el Oscar, la premiación con mayor presencia mediática del orbe. Además, debió acondicionar una repisa en su casa para acomodar el Globo de Oro y los premios BAFTA, SAG, Independent Spirit y el de la BFCA.

Su fuerza expresiva contrasta con su apariencia frágil y vulnerable, y su amplio rango histriónico le ha permitido encarnar a mujeres que van de la angustia existencial a la inacabada búsqueda de la estabilidad emocional, sin dejar de lado la comedia en sus diversas formas o papeles de personajes más estrafalarios. No parece rehuir a ningún género y su versatilidad alcanza para la acción, la comedia, el terror, el drama y la ciencia ficción: sabe incorporarse a grandes producciones sin perder el estilo e insertarse en cintas alternativas o independientes con absoluta naturalidad.

Ciudadana del mundo desde joven, Julianne Moore (Carolina del Norte, 1960) estudió en la escuela de actuación de la Universidad de Boston y, tras mudarse a Nueva York, se curtió en el teatro y apareció en algunos programas y películas televisivas durante los años ochenta. Madre de dos hijos, está casada con Bart Freundlich, quien la ha dirigido en Parejas (2005), Recuperando mi vida (2001) y Volviendo a casa (1997).

UNA TRAYECTORIA ECLÉCTICA

Empezó su carrera en la pantalla grande con Sueño satánico (Tales from the Darkside: The Movie, Harrison, 1990), enclavada en el género de terror y misterio al que la reconocida actriz no le ha hecho el feo: ahí está su participación en La mano que mece la cuna (Hanson, 1992), Psicosis (Van Sant, 1998), Hannibal (Scott, 2001), Misteriosa obsesión (Ruben, 2004), Freedomland (Roth, 2006), 6 espíritus (Mårlind & Stein, 2010) y Carrie (Peirce, 2013).

A principios de los noventa desempeñó algunos papeles de apoyo en películas olvidables como Se busca ama de casa (Moyle, 1992) y El cuerpo del delito (Edel, 1993), para después participar en cintas de mejor nivel como Corazones en conflicto (Chechik, 1993) y El fugitivo (Davis, 1993), que le abrió las puertas a un mayor reconocimiento, pronto impulsado por su presencia en la obra maestra Vidas cruzadas (1993) del gran Robert Altman, quien la volvió a dirigir en ¿Quién mató a Cookie? (1999), y en la chejoviana Vania en la calle 42 (1994), en la que caracterizó con virtuosismo a Yelena bajo la dirección del francés Louis Malle.

Asumió su primer protagónico en Safe (1995) con la guía del realizador Todd Haynes, quien la dirigió también en la intensamente contenida Lejos del cielo (2002) y en Mi historia sin mí (2007), sobre las múltiples caras de Bob Dylan. En esta tesitura, colaboró con Paul Thomas Anderson en las poderosas Boogie Nights (1997) y Magnolia (1999); entre una y otra, se dio el lujo de colaborar con los hermanos Coen en la hilarante comedia negra El gran Lebowski (1998). A este cúmulo de brillantes actuaciones se le podrían sumar las desplegadas en El mapa de la vida (Elliott, 1999), El ocaso de un amor (Jordan, 1999), Las horas (Daldry, 2002) y Un hombre soltero (Ford, 2009).Julianne Moore

Ha estado presente en blockbusters de amplia exposición tales como Jurassic Park: El mundo perdido (Spielberg, 1997), Evolución (Reitman, 2011) y Los juegos del hambre: Sinsajo I (Lawrence, 2014), y en cintas de corte independiente, entre las que se encuentran Chicago Cab (Cybulski y Tintori 1997), Secretos de alcoba (Cairns, 2004), English Teacher (Zisk, 2013) y Un atrevido Don Juan (Gordon-Levitt, 2013).

En su trayectoria no han faltado los filmes de acción como Asesinos (Donner, 1995), El vidente (Tamahori, 2007) y Sin escalas (2014), como tampoco los de ciencia ficción con enfoque social, como se advierte en Ceguera (Meirelles, 2008) y Los hijos del hombre (Cuarón, 2006); ha intervenido en cintas que retoman hechos reales, como Sobreviviendo a Picasso (Ivory, 1996), The Prize Winner of Defiance, Ohio (Anderson, 2005) y Savage Grace (Kalin, 2007).

Ahí están las comedias y dramas de pareja como Nueve meses (1995), Un esposo ideal (Parker, 2009), Las leyes de atracción (Howitt, 2004), Una propuesta atrevida (Egoyan, 2009), y las historias de enredos y conflictos familiares íntimos o de alcance coral: Atando cabos (Hallström, 2001), Secretos de mujer (Miller, 2009), Los niños están bien (Cholodenko, 2011), Loco y estúpido amor (Ficarra y Requa, 2011), ¿Qué hacemos con Maisie? (McGehee y Siegel, 2012) y Conociendo a Flynn (Weitz, 2012).

LA MEMORIA COMO MALDICIÓN O REFUGIO

En Siempre Alice (EU-Francia, 2014), Julianne Moore interpreta a una mujer de cincuenta años, profesora especialista en los procesos cognitivos relacionados con la adquisición del lenguaje, que padece un prematuro alzhéimer de carácter hereditario. La cinta dirigida con la fuerza de la experiencia propia por Richard Glatzer y Wash Westmoreland, se centra y soporta en la figura de la protagonista, quien ofrece una notable interpretación que, en efecto y de manera conmovedora, nos hace sentir extraños en nuestra propia casa.

Por su parte, en Mapa a las estrellas (Canadá-Alemania-Francia-EU, 2014), encarna a Havana Segrand, una actriz que espera hacer un remake de una película de su madre, mientras padece una angustia derivada de la falta de papeles y de buscar afanosamente el sentido de la vida más allá del recuerdo, atrapada en su impecable mansión de oropel. David Cronenberg se entromete en ese Hollywood sombrío donde cohabitan fantasmales presencias, advenedizos inadvertidos, estrellas juveniles en imparable caída, gurúes de ocasión y una atmósfera incestuosa, cual combustible incontrolable para el fuego abrasador.

ENTRE EL HEROÍSMO, LA CRÍTICA Y LA PROPAGANDA

8 abril 2015

El cine se ha usado, en ocasiones, como herramienta ideológica y propaganda política: desde las propuestas soviéticas durante los años veinte y ciertos filmes pro nazis en los treinta, hasta filmes producidos en diversas partes del mundo que responden a una determinada perspectiva de la realidad, como si fuera la única. El caso de buena parte del cine estadounidense referido a la II Guerra Mundial y realizado en los años subsecuentes, rara vez planteaba la visión de los vencidos y tendía a convertir en héroes a los soldados victoriosos.

Actualmente, en países con regímenes totalitarios donde no existen elecciones democráticas y los opositores acaban muertos o en la cárcel, resulta difícil que se puedan ver películas que vayan en contra de las ideas oficiales, a menos que se produzcan fuera del territorio o bien de manera clandestina, con la consecuente privación de la libertad para los creadores, como sucedió con el iraní Jafar Panahi, director de Esto no es una película (2011).

En Estados Unidos, por su parte, también es factible encontrarse con algunas cintas que descaradamente se sustentan en un patrioterismo barato (abundaron en el periodo reaganiano), aunque también otras que plantean críticas directas al poder político propio. Las implicaciones ideológicas de las películas, referidas a cuestiones de raza, religión, género o nacionalidad, exigen un análisis más riguroso, debido a que se pueden presentar de manera soterrada, insertándose en un discurso aparentemente moral y justo pero que esconde exclusión o intolerancia.

En este contexto, el cine bélico plantea interesantes desafíos dada la complejidad de su temática y las tentaciones para convertirse en mero panfleto a favor de uno u otro bando. Por ejemplo, fuera de alguna película que apoyaba la absurda intervención en Vietnam (Boinas Verdes [Wayne, 1968]), predominó el cine crítico (El francotirador, [Cimino, 1978]; Apocalipsis ahora [Coppola, 1979]; Pelotón [Stone, 1986]) a diferencia de lo sucedido en las producciones de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado referidas a la II Guerra Mundial.

En el caso de la engañosa invasión a Irak (La ciudad de la tormentas, [Greengrass, 2010]) la tendencia fílmica se ha orientado más a señalar los abusos (Redacted, [De Palma, 2007]), las adictivas secuelas para los soldados (Zona de miedo [Bigelow, 2008]) y lo absurdo que resulta el envío de tropas hasta en términos prácticos (Soldado anónimo, [Mendes, 2005]), que a enaltecer las inservibles acciones militares; por si no fuera suficiente, ahí está Procedimiento estándar (Morris, 2008) para recordarnos los entretelones de las humillantes fotografías de los prisioneros que le dieron la vuelta al mundo, incluso motivando una exposición de Botero.

EL FRANCOTIRADOR

Así llegamos a la historia de Chris Kyle, un joven con aspiraciones vaqueriles que se compró la idea completa y maniquea de que el mundo se divide en salvajes y civilizados o, de acuerdo con las limitadas enseñanzas de su padre, en lobos, ovejas y perros pastores. Dada su notable habilidad para disparar y su tino casi infalible, desarrolladas desde niño cuando iba a cazar, y al ver encendido su patriotismo, pronto se integró a las fuerzas de la marina conocidas como SEAL para ir a Irak  y hacer justicia desde la azotea o a campo traviesa: de buenas intenciones está empedrado el infierno.

FrancotiradorDirigida con energía de novato por Clint Eastwood con base en el guion de Jason Hall (El poder del dinero, 2013), sustentado a su vez en el libro de McEwen, Defelice y el propio Kyle, El francotirador (American Sniper, EU, 2014) es un filme ambiguo, como lo señaló Jorge Ayala Blanco (Blog de El Financiero, 25/02/15), dado que se puede ver desde una perspectiva antibelicista o bien a partir de una lógica de engrandecimiento del personaje central, aunque habría que considerar que el material base es su autobiografía: en este sentido, el director pareciera más bien plantear la visión de este hombre que se convirtió en leyenda y terminó atrapado en una guerra que nunca previno.

Con su notable capacidad narrativa, aprovechando el uso del flashback y una gramática visual de intencionalidad emotiva, el veterano realizador sienta las bases de la infancia y juventud de su protagónico, en donde se advierte también su disposición para proteger a su hermano, su resistencia al entrenamiento y su romance con la que sería su esposa (Sienna Miller, angustiada) después de ser engañado, para estructurar el relato a partir de las cuatro misiones por Ramandi, Anwar y Bagdad, ciudades en ruinas que padecen la presencia de guerrillas y del ejército estadounidense.

Pero lo difícil parecer ser el regreso a casa, dadas las secuelas que van dejando los sucesos vividos en combate, por más que él se resista a admitirlo: la contemplación de la televisión apagada, la sobre reacción contra la mascota y la ausencia mental frente a los continuos reclamos maritales; apenas el contacto con los excombatientes mutilados parece representar una pequeña posibilidad de encontrarle sentido a la vida civil. Bradley Cooper logra darle realismo a su caracterización, sobre todo cuando sostiene la cámara con su rostro entre presionado y extraviado.

El retrato que el propio Eastwood realizó en su díptico La conquista del honor y Cartas desde Iwo Jima (2006) sí consideraba la mirada a ambos bandos, más allá de preferencias ideológicas; en este caso, como sucede en muchas películas de guerra, solo se atiende a una de las partes, mientras que la otra es anónima e intercambiable, carnicera y traicionera. La historia apenas se detiene a mostrar la familia del durísimo rival iraquí de Kyle/Cooper (que difícilmente se podría conocer), a diferencia de Enemigo al acecho (Annaud, 2001), en la que se jugaba al equilibrio entre ambos rivales.

Una película que más allá de cómo se considere en términos ideológicos, contribuye a mantener el debate acerca de una de las más grandes mentiras en la historia bélica reciente y que finalmente generó una enorme cantidad de costos, en especial para las familias de los involucrados directamente, tanto iraquíes como estadounidenses.

ESPÍAS EN GUERRA FRÍA

1 abril 2015

El imparable desarrollo de las tecnologías de la información y la comunicación ha ensanchado el campo de cultivo para el desarrollo del espionaje, desde la comodidad del bunker o del anónimo cibercafé de la esquina: ahora que todo intercambio, sospechoso o no, deja alguna huella, parece que es más difícil ocultar planes siniestros y pasar inadvertido en un mundo que se desdobla hacia la virtualidad, espacio donde todos somos husmeados o husmeadores, según el caso, sin aparente posibilidad para el secreto o, ya entrados en gastos, para hacer lo que nos plazca sin ser fulminados por el borreguil instinto de superioridad moral.

AMBIGÜEDAD FAMILIAR

Las series televisivas que nos consiguen atrapar a las primeras de cambio no acaban y aumentan nuestra lista de pendientes; si ya tenemos el buró lleno de los libros que van haciendo fila, ahora el mueble de la tele ya le va haciendo competencia. Y para muestra, ahí está Los infiltrados (The Americans, 2013- ), creada por Joseph Weisberg, escritor de algunos capítulos para Damages (2007-2012) y Falling Skies (2011- ), en donde se retoma el ambiente social de tensión política y armamentista, cuando el espionaje era una práctica más de carne y hueso que de habilidades informáticas.

Estamos en los años ochenta, justo cuando la guerra de las galaxias (en la realidad, no la película) estaba en el imaginario de los gobiernos de las dos potencias: corren tiempos de un mundo bipolar (en todos sentidos) y tanto estadounidenses como soviéticos buscaban la primacía del orbe desde una perspectiva ideológica, militar, política y económica, con todo y boicots a juegos olímpicos y valentonadas nucleares: el mundo en blanco y negro, entre cerdos capitalistas y comunistas totalitaristas.

La historia se centra en una pareja de espías soviéticos (Matthew Rhys y Keri Russell, notables en su doble rol) que viven encubiertos en Estados Unidos como una típica familia clasemediera de suburbio con negocio compartido de promotoría de viajes, beneficiaria de la dudosa mano invisible del mercado. Para complementar la mascarada, tienen una hija entrando a la adolescencia en plena confrontación con la madre y un hijo en plena edad de búsqueda de modelos. Pronto tienen que convivir, como buenos vecinos, con un comprometido agente del FBI (Noah Emmerich) y su respectiva parentela.

Ambos se ven envueltos en misiones peligrosas al tiempo que deben mantener a la familia unida, sinAmericans quedar claro cuál de los dos asuntos sea más complicado. Puntual recreación de época y una acertada combinación entre el thriller geopolítico y la intimidad de las relaciones afectivas, así como una constante tensión entre la realidad y la representación de roles sociales, permiten que la serie se mantenga al filo del peligro y la búsqueda de la normalidad, si es que existe, con todo y los esclarecedores flashbacks que redondean el trazo humano de los espías.

La batalla parece estar entre la fidelidad a la patria, cualquier cosa que ello signifique, y el amor a una familia que parece un territorio extraño, pero al fin amado, por más resistencias que se pongan a la propia conciencia moral. Las traiciones y personajes con dobleces terminan por ser una delicia de dudas y afectos encontrados.

AMBIGÜEDAD IDEOLÓGICA

Dirigida por el videoroquero Anton Corbijn y con guion de Andrew Bovell (Al límite, 2010), El hombre más buscado (A Most Wanted Man, RU-EU-Alemania, 2014) se basa en la novela homónima del 2008 de John Le Carré, especialista del género y creador de George Smiley, uno de los personajes de ficción más memorables del submundo del espionaje, ya interpretado por Gary Oldman en la estupenda El espía que sabía demasiado (Alfredson, 2011), por Alec Guiness en la serie televisiva Calderero, sastre, soldado, espía (1979), por Rupert Davies en el clásico Alto espionaje (Ritt, 1965) y por James Mason, nombrado como Charles Dobbs por asuntos de derechos, en Llamada para el muerto (Lumet, 1966).

El hombre más buscado es un musulmán mitad ruso, mitad checheno (Grigoriy Dobrygin) que después de ser torturado, logra llegar de manera ilegal a Hamburgo, en donde se convertirá en el centro de interés de diversos personajes con intenciones distintas: mientras que para algunos representa un peligro terrorista, para otros puede ser un benefactor por el dinero con el que cuenta en algún banco cuidadosamente vigilado por su dueño (Willem DaFoe) o se puede tratar, simplemente, de una persona que busca la paz después del sufrimiento vivido

Una abogada humanitaria (Rachel McAdams) lo empieza a apoyar, mientras es acechado por agencias de inteligencia alemanas con sus respectivas pugnas internas, además de la infaltable presencia estadounidense vía una gélida agente (Robin Wright). Para complicar el asunto, se busca utilizarlo como carnada para atrapar a un prominente empresario musulmán (Homayoun Ershadi) de quien se sospecha su apoyo, a través de sus prominentes negocios, a células terroristas, apoyado por su hijo (Mehdi Dehbi).

El desarrollo argumental consigue vincular con cierto equilibrio aristas políticas, sociales y hasta románticas de manera tensa y creíble, sin necesidad de acción de relleno, estableciendo un constante juego de poder cargado de ambigüedad, al que contribuye la robusta interpretación del enorme Philip Seymour Hoffman, en su papel de despedida (muy recomendable leer la introducción de Le Carré en la edición del 2014 sobre el actor), comandando a un eficaz equipo de espionaje teutón encarnado por Daniel Brühl, Nina Hoss y Vicky Krieps.

Tanto el despliegue fotográfico como la puesta en escena enmarcan el conflicto central del relato y la soledad apremiante de los personajes, siempre al borde de un ataque de laconismo, al tiempo que el trabajo de edición colabora con la necesaria fluidez para acercarnos con interés al desenlace, si bien predecible, cuidadosamente filmado en términos de emotividad y fuerza visual con el telón de fondo de un puerto alemán recibiendo el choque de las olas en la etapa post 11/09.