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HOBBIT 3: LA FIEBRE DEL ORO

31 diciembre 2014

Ha llegado el final de las adaptaciones al mundo del cine de los dos principales libros de Tolkien. Sendas trilogías para El señor de los anillos y para El Hobbit, que de hecho sucede antes y que trata sobre la aventura que vive Bilbo Bolsón en compañía de un grupo de enanos escandalosos y un mago gris de inconfundible sombrero, para evitar que el Mal reine sobre la Tierra Media, hábitat en el que confluyen seres de diversas especies por momentos con intenciones contrapuestas. Eran tiempos en los que los buenos son simpáticos o bonitos, mientras que los malos son feos o antipáticos… o las dos a la vez.

Pero más allá de maniqueísmos, estamos frente a la interminable batalla que se libra contra fuerzas oscuras que optan por la violencia, la ambición desmedida y el poder como forma de control y sometimiento hacia los que no están de su lado. Es el Mal con mayúscula, primero en abstracto, que va tomando peligrosamente forma cada vez que hay una batalla y que la muerte se aparece sin permiso (una idea retomada en la Guerra de las Galaxias y en Harry Potter), mientras que las diferentes comunidades optan por la lucha armada en lugar de la construcción pacífica de acuerdos.

Dirigida y coescrita con un dejo de nostalgia por Peter Jackson, junto con Guillermo del Toro entre otros, El Hobbit 3: La batalla de los cinco ejércitos (NZ-EU, 2014) se nutre de ideas de otros textos de Tolkien y culmina la serie iniciada por El Hobbit: Un viaje inesperado (2012) y continuada por El Hobbit: La desolación de Smaug (2013). El filme arranca justo con la devastación de la ciudad del Lago a cargo del furioso dragón (voz gravísima de Benedict Cumberbatch) y la aparición de un héroe que conduce a los sobrevivientes rumbo a la montaña Erebor que guarda un gran tesoro, motivo de disputa entre diversos grupos más o menos dominados por la ambición y el ansia de poder.

Hobbit 3Sin alcanzar el nivel de las películas sobre Frodo y la comunidad del anillo, la trilogía acerca del Hobbit fue de más a menos y terminó resultando una digna extrapolación al mundo de las imágenes, con todo y la discutida innovación puesta en práctica de los 48 fotogramas por segundo: mientras que algunos opinan que ayuda a sentirte adentro de la acción, otros consideran que pierde realismo y naturalidad. Ya sabemos que la sola precisión en la imagen no consigue generar las emociones que los propios personajes nos detonan.

En este caso, la empatía que uno siente con Bilbo, Gandalf, Tauriel y Galadriel, por ejemplo, desde que los conocimos a través de los libros y después con todas las películas, contribuye a considerarlos, más allá de la forma o del nivel de nitidez, cercanos y entrañables: todos tenemos nuestro propio anillo que por momentos nos domina y nos transforma en lo que no queremos ser, aunque ahí podemos tener a nuestro mago gris que nos ayude en esta lucha interna.

Independientemente del tipo de tecnología empleada, la propuesta fotográfica del habitual Andrew Lesnie vuelve a ser envolvente, desde la cercanía a los sucesos tanto dramáticos como de acción, hasta las características tomas panorámicas con locaciones ya convertidas en atractivo turístico, bien acompañadas por el score de Howard Shore, ampliando miradas y contextualizando la fragilidad de los personajes en un mundo que parece destinado a cubrirse de sombras, en particular por la incapacidad de construir alianzas más allá de las propias fronteras.

A los viejos conocidos encabezados por Ian Mckellen, ya en total posesión de Gandalf el Gris; Cate Blanchet, breve pero crucial; Hugo Weaving en plena batalla; Orlando Bloom soltando flechas y el gran Christopher Lee, se sumaron intérpretes que cayeron como anillo al dedo, valga la peligrosa expresión: Martin Freeman consigue transitar de la comedia a los momentos emotivos con soltura; Richard Armitage le pone intensidad a los desvaríos de Thorin; Evangeline Lilly asume con fuerza femenina su papel de elfa y Luke Evans encarna con credibilidad al héroe popular.

El resto del reparto le brinda ese necesario realismo a la oportuna combinación y equilibrio de emociones, entre las batallas, el desarrollo de vínculos personales, la toma de decisiones y hasta un romance imposible. Quizá se abusó de las secuencias de acción aunque, eso sí, todas están impecablemente coreografiadas y editadas. Como de costumbre, el diseño de producción resulta impecable (criaturas, vestuarios, maquillaje, utilería) y la edición permite estructurar la historia de manera ágil, en la que cinco ejércitos van en pos de la montaña que alguna vez perteneció a los enanos, saturada de oro y perdición.

Un sólido cerrojazo a la incursión propuesta por Peter Jackson al mundo del cine de los clásicos tolkinianos, obras de poderosa imaginación en las que, en efecto, se crea un mundo propio con seres, claves, lógicas, lenguajes, ritos y conflictos claramente diferenciados aunque sumamente cercanos: la alegoría del anillo está más presente que nunca. Todo empezó así, cuando el escritor quería contarle una historia a sus hijos: “En un agujero en el suelo, vivía un hobbit. No un agujero húmedo, sucio, repugnante, con restos de gusanos y olor a fango, ni tampoco un agujero seco, desnudo y arenoso, sin nada en qué sentarse o qué comer: era un agujero-hobbit, y eso significa comodidad” (J. R. R. Tolkien, El Hobbit, 1937).

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INTERESTELAR: LAS ESTRELLAS MIRAN HACIA ABAJO

25 diciembre 2014

“Do not go gentle into that good night,

Old age should burn and rave at close of day;

Rage, rage against the dying of the light”.

Dylan Thomas

Que el amor pueda trascender tiempos y espacios es una perspectiva poderosa, no cursi. Si ese amor se fortalece con los hijos y se conecta a la humanidad, entonces somos capaces de emprender hazañas que no hubiéramos pensando lograr: porque acercarse al final con la imagen del rostro de los vástagos invadiendo la mente, quizá motive a dar marcha atrás y volver a la vida, acaso en alguna dimensión paralela donde podamos seguir acompañando y ayudando a quienes se quedaron en un hábitat moribundo.

Dirigida y coescrita con familiar aproximación por Christopher Nolan, en colaboración con su hermano Jonathan, cual nueva fase para la historia de la humanidad y con el referente del gigante 2001: Odisea del espacio (Kubrick, 1968), hasta en el contraste del esquinado TARS (voz de Bill Irwin) con Hal-9000, Interestelar (Interstellar, EU, 2014) es una alegoría de la relación entre padres e hijos como base para la continuidad de la especie: la posibilidad de perpetuarnos no parece estar en la búsqueda un nuevo planeta donde vivir –no hay otro más que el que tenemos- sino en ayudar a que las próximas generaciones sean la mirada a futuro de las actuales.

Un hombre viudo, ex piloto de la NASA ahora convertido en agrónomo (Matthew McConaughey, confirmando su estatus actoral), vive con su suegro (John Lithgow, ya instalado en la tercer roca del sol) y sus dos hijos, un joven obediente (Timothée Chalamet) y una niña de inteligente rebeldía con problemas en la escuela (Mackenzie Foy) que recibe misteriosos mensajes de una especie de fantasma en la máquina (recordando a Koestler), a manera de inesperados Encuentros del tercer tipo (Spielberg, 1977) y refiriendo a Solaris (Tarkovsky, 1972) en su dimensión metafísica.

Todavía mirando más el polvo de estrellas que el de sus zapatos, el explorador que nunca ha dejado de serlo, se topa con un proyecto secreto para viajar por el cosmos y buscar un nuevo planeta para la humanidad si es que hay regreso (Plan A) o dejar una especie de impronta para florecer allá, sacrificando a todo mundo conocido (Plan B). Lo acompañan tres tripulantes, incluyendo a la hija (Anne Hathaway, intentando sonar creíble en sus disquisiciones teóricas) del científico al mando, interpretado por el habitual Michael Caine, siempre sólido.

Hay actuaciones venerables como la de Ellen Burstyn tan breve como emotiva. Además, Cassey Affleck y Jessica Chastain asumen sus papeles con solvencia, al igual que Matt Damon con su debida cuota de ambigüedad y tanto Wes Bentley como David Gyasi cumplen con su rol de buenos acompañantes. La historia está atravesada argumental y evocativamente por cintas como Los elegidos de la gloria (Right Stuff, Kaufman, 1983), Contacto (Zemeckis, 1997), Horizonte final (Anderson, 1997); Misión a Marte (De Palma, 2000), Alerta solar (2007, Boyle), En la luna (2009) y Gravedad (Cuarón, 2013).

InterestelarSi en El origen (Inception, 2010) el viaje era al mundo de los sueños donde despierta el inconsciente, ahora es hacia otras dimensiones donde se espera que la especie perviva, una vez que el hogar originario está desfalleciendo: las cosechas solo pueden ser monocultivos y muy pronto ya ni eso. El maíz en sus diversas formas de consumo mantiene a una polvosa humanidad, a punto de colapsar. Aquí resalta el contraste de la fotografía a partir de las tomas panorámicas tanto en la Tierra como en el espacio y en los encuadres de los pequeños detalles que hacen la diferencia: visualmente sobria, inlcuyendo el diseño de naves y artefactos, la cinta propone constante intersección de texturas con aliento científico.

El enfático score del veterano Hans Zimmer, colaborador frecuente del realizador de El gran truco (2006), encuentra momentos de explosividad sentimental, justo cuando la suerte parece estar echada: una electrónica retro por momentos y actual en otros, acompaña buena parte de las secuencias sin saturarlas y evitando forzar las emociones generadas a partir de las arriesgadas decisiones, bien conocidas en este tipo de films. La edición de sonido resulta notable gracias al contraste logrado cuando el silencio lo invade todo, incluyendo las esperanzas de quienes se lanzaron en busca de un sueño atemporal.

EMOTIVA LECCIÓN DE FÍSICA

Nolan se apoyó en el notable físico Kip Thorne, fungiendo también como productor ejecutivo, quien colaboró con el diseño científico del agujero de gusano y del hoyo negro (ver los artículos de Martín Bonfil en Milenio), basado en los trabajos de relatividad general. El interés del director de Following (1998), Memento (2000) e Insomnia (2002) era dotar al film de cierta verosimilitud para que se ubicara en el terreno de la ciencia ficción y no de la fantasía, en el entendido de que no es un documental sobre Física. Así, nos colocamos en un contexto de singularidad en el que nada puede escapar, ni siquiera la luz, al fin atrapada: justo cuando se atraviesa el horizonte de sucesos donde la aleatoriedad predomina en el comportamiento de los átomos.

Para la sobrevivencia humana, aparecen atajos como el agujero de gusano, en donde el tiempo y las dimensiones espaciales se curvan de tal manera que permiten viajar distancias astronómicas en un intervalo de tiempo muy corto: es entonces cuando la vida humana adquiere total relatividad y un instante se puede convertir en una eternidad. Si la cuarta dimensión es temporal, entonces la quinta sería otra de carácter espacial, inconcebible para la mente humana: quizá aquí entramos a terrenos de mecánica cuántica y relatividad espacial.

¿Por qué cuando el protagonista entra al agujero negro no se colapsa en un punto de densidad infinita? Ahí aparecen los seres que viven en una dimensión superior (¿Dios? ¿Los humanos del futuro? ¿Nosotros mismos?) para orientar al héroe en la resolución del enigma de la gravedad y soltarse las manos atadas a la espalda, como operaban las indagaciones terrestres. Paradojas que implican desarrollos en diferentes dimensiones de la propia especie. Aunque al final, en efecto, sea el amor y la necesidad de estar con los seres queridos el móvil fundamental para empezar de nuevo, las veces que sea necesario.

La muerte no necesariamente es una noche amable y la luz puede alcanzar a recuperar su intensidad vital. La lucha dependerá de motivaciones asumidas, aunque por momentos nublen el juicio objetivo, si es que tal cosa existe. Porque la fuerza del propósito afectivo termina por ser un revulsivo para cumplir con la misión, aunque la decisión haya sido tomada desde una racionalidad distinta y la opción elegida implique mayores riesgos: el corazón conoce razones que la razón desconoce, decía Pascal iluminado por sus sentimientos.

p.d. Agradezco la asesoría de José Pablo Cuevas, prometedor físico que a sus 14 años ya sabe y se apasiona con estos asuntos que escapan a mi comprensión.

PERDIDA: ESCENAS DE UN MATRIMONIO

24 diciembre 2014

Al conocerse, un hombre y una mujer suelen mostrar su mejor cara en caso de que exista interés en el otro. Si la relación se consolida, entonces saltan a la vista las costuras que nos hacen humanos y reales, aunque puedan no ser tan agradables como aquellas primeras impresiones: surgen los puntos de quiebre que llevan a la ruptura, la indiferencia para sobrellevar el asunto o la aceptación y las ganas de seguir creciendo en conjunto. El problema surge cuando se deja de coincidir en expectativas y propósitos, cualquiera que éstos sean.

En cualquier caso, se busca alcanzar ese estado difuso y siempre lejano que llamamos felicidad, peligrosamente obstaculizado por la simulación. Sabemos que en toda pareja que se precie existen luchas de poder, negociaciones interminables, momentos luminosos, melodramas intramuros y contrastes afectivos: se trata de la relación humana en la que se puede pasar del amor absoluto al odio profundo con sorprendente velocidad, dada la intensidad de los vínculos establecidos.

Ingmar Bergman nos presentó una nítida radiografía de una pareja en la miniserie Escenas de un matrimonio (1973) y tanto Woody Allen como Ang Lee reflexionaron al respecto en Maridos y esposas (1992) y La tormenta de hielo (1997), respectivamente; verse reflejados en otros puede ser confrontante como en ¿Quién le teme a Virgina Woolf? (Nichols, 1966), basada en la clásica obra escrita por Edward Albee o bien la relación puede terminar en batalla campal de humor negro como en La guerra de los Roses (DeVito, 1989).

Pero también el matrimonio puede ser una salida como sucede en el filme En contra la pared (Akin, 2004) y un motivo por el que vale la pena luchar a pesar de que todo parezca finiquitado, como en la agridulce Triste San Valentín (Cianfrance, 2010). Sarah Poley ha puesto la mirada en la infidelidad implícitamente reconocida en Take This Waltz (2011) y en Lejos de ella (2006), con base en un cuento de Alice Munro, atravesado por el tema del Alzheimer como en la obra maestra Amor (2012) de Michael Haneke.

EL MATRIMONIO COMO CAMPO DE BATALLA

Con una estructura narrativa que evita la linealidad y se detona a partir de una desaparición, como lo hizo en ambos sentidos aunque con distinto propósito François Ozon en 5 x 2 (2004) y en Bajo la arena (2000), respectivamente, David Fincher dirige Perdida (Gone Girl, EU, 2014), con su habitual capacidad para la creación de atmósferas que reflejan procesos de enrarecimiento (Seven, 1995; El club de la pelea, 1999; Zodiaco, 2007) y giros en los que lo que parece no es y viceversa (House of Cards, 2013) para entroncar con el thriller como lógica de género (Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres, 2011), siguiendo al maestro Hitchcock, toda proporción guardada.

La novela escrita por Gillian Flyn se desarrolla con la suficiente fluidez argumental y al mismo tiempo con la necesaria profundización en los contextos, circunstancias, sentidos y significados de los personajes, en la línea de la gran Patricia Highsmith (otra vez: toda proporción guardada), de la que parece haber aprendido ciertas claves literarias del género negro. El contraste de la vida neoyorquina con el medio oeste norteamericano, la omnipresencia de los centros comerciales, la crisis del empleo y sus consecuencias económicas, la voracidad de la prensa cual poder enjuiciador y los secretos que se escurren por las paredes de las casas una vez que la puerta se cierra.

La historia se organiza a partir de las percepciones de marido y mujer en diferentes etapas temporales para después confluir: él nos cuenta a partir de que su esposa desapareció justo cuando cumplen cinco años de casados, ya viviendo en Missouri, y ella nos va platicando desde que se conocieron y la gradual descomposición del vínculo afectivo, detonado en apariencia por la dependencia económica de él hacia el dinero de su esposa, una paulatina desvalorización mutua y un cambio de lugar de residencia no del todo asumido.

El guion escrito por la misma autora va siguiendo a su par literario, sintetizando pasajes y ajustando ciertos episodios que en el libro no valían tanto la pena, como la descripción del romance extramarital, aunque dejando de lado ciertos apuntes que impiden compenetrarse por completo con los esposos. En términos generales la adaptación funciona en pantalla, gracias a una adecuada selección y énfasis de los pasajes, además de la modificación que se propone para el desenlace.

Amy es una sofisticada mujer que escribe tests para revistas (Rosamund Pike, llena de matices), cuya vidaPerdida 2 fue idealizada por sus padres en una serie de novelas, un poco como le sucedía al personaje de Rachel Griffiths en Six Feet Under (2001-2005), sujeta a experimentación psicológica por parte de sus progenitores, mientras que Nick es un tipo común y corriente sin mayores méritos, más o menos agradable y que además de mentiroso, dice poco de lo que piensa (Ben Affleck, confirmando que es mejor director que actor).

Se consigue retomar con verosimilitud a los personajes secundarios clave, gracias a un notable trabajo de casting: la solidaria melliza con la que regentea el bar (Carrie Con); los padres de ella entre estirados y aprovechados (David Clennon y Lisa Bannes); la insulsa vecina, carne de cañón (Casey Wilson); la encargada del caso (Kim Dickens), en la vena de Frances McDormand como la policía de Fargo (Hermanos Coen, 1996); el oportunista abogado de risa al estilo del doctor de Los Simpson (Tyler Perry) y el misterioso exnovio (Neil Patrick Harris).

El desarrollo de la trama resulta cautivante, al grado de estar dispuesto a dejar pasar ciertas inconsistencias, particularmente referidas a las transformaciones de los personajes: quizá por momentos se abusa de la elipsis y es difícil pensar que una persona puede cambiar tan quitada de la pena, mostrando rasgos y formas de pensar que no se entiende bien de dónde salieron. ¿Será que el odio y rencor acumulado trastoque a tal grado la personalidad de alguien? Desde luego, ahí está la astucia para darle una nueva vuelta de tuerca al siniestro suceso cuando parecía haberse resuelto.

Los vaporosos teclados de la dupla habitual Reznor / Ross le brindan a las secuencias un extraño tono inicuo, bien contrastadas por la fotografía del viejo cómplice Jeff Cronenweth, en particular las tomas en interiores y capturando el indicativo trabajo de maquillaje y vestuarios para fortalecer los momentos anímicos de los protagonistas. Si uno quisiera abrir la cabeza de la pareja para desenrollar su cerebro y saber todo lo que piensa, hay que asumir las consecuencias. Cuidado con lo que deseas porque se te puede cumplir; o peor aún: cuidado cuando ni siquiera sabes qué deseas.

LA FAMILIA COMO CÍRCULO SIN CERRAR

22 diciembre 2014

El tema de la pérdida de un hijo, tan contrario a los procesos naturales de vida y por ende tan desestructurante, ha sido objeto de diversas películas que pusieron el énfasis en distintas situaciones presentes en esta tragedia: el proceso de la enfermedad, la atención médica y los tratamientos elegidos, las causas del fallecimiento y la forma de enfrentar la desgracia por parte del vástago y los padres, así como por las personas afectivamente involucradas.

Lars Von Trier proponía en Anticristo (2009) un viaje lleno de dolor en el que el mal se va apoderando de la pareja en desgracia y cargada de culpa por la muerte de su pequeño, justo en una especie de contaminado y boscoso jardín del edén. En contraste, la directora Valérie Donzelli propuso en Declaración de guerra (2011), con tintes autobiográficos, la dedicación de una joven pareja para salvar a su bebé del tumor cerebral detectado.

Si seguimos el enfoque sistémico para entender la conformación familiar, sabemos que el cambio de uno de sus miembros afecta y modifica al resto, trastocando todo el funcionamiento del sistema y las formas de relación entre las partes: el enclave familiar puede adaptarse a la nueva situación y continuar, o bien romperse en definitiva dada su imposibilidad para asumir las nuevas condiciones, usualmente llenas de dolor y desasosiego. La primera película en la cartelera de nuestra ciudad, una grata sorpresa, y las otras dos disponibles en video.

EL CÍRCULO ROTO

Didier es un músico de bluegrass admirador de Bill Monroe (Johan Heldenbergh, quien coescribió la obra en la que se basa el filme) y Elise, una creativa y luminosa tatuadora (Veerle Baetens): se conocen, se enamoran y empiezan a vivir juntos en un ambiente rural, cercano a una pequeña ciudad en la región de Flandes; ella se suma al conjunto de cuerdas como vocalista y ahora parecen compartirlo todo. El asunto parece idílico incluso después del inesperado arribo de una simpática hija, al principio creando desazón en él pero al final llenando la casa de vida, como suele suceder con los niños. El círculo parece perfecto.

Pero ante la enfermedad de la pequeña Maybelle (notable Nell Catrysse), el círculo empieza a mostrar sus fisuras. El doloroso proceso del tratamiento del cáncer y el mantenimiento de un espíritu esperanzador por parte de la familia se presentan con sensibilidad y con el suficiente realismo para involucrar al espectador en el duro trance que viven los padres y la niña, apoyados siempre por los músicos con quienes no solo comparten el escenario, sino también las vicisitudes de la cotidianidad.

Todo empieza a volverse triste: las canciones antes celebratorias, las animadas conversaciones, los encuentros sexuales, los momentos en la cocina… se acentúan las diferencias ideológicas y religiosas, salen a la luz los rencores, se buscan culpabilidades en la pareja y en quien se ponga enfrente: ahí está el veto de George Bush a la investigación con células madre y la arenga evolucionista a medio concierto, soltando los dardos contra la idea del dios vengativo, sádico y violento. Estados Unidos es objeto de odio y admiración al mismo tiempo: vibrante cultura popular y gobierno retrógrado de los primeros años del siglo XXI.

Dirigida y adaptada con punzante estilo visual a la pantalla por Felix van Groeningen (Steve & Sky, 2004; LaCírculo roto vitalidad de los afectos, 2009), El círculo roto (The Broken Circle Breakdown, Países Bajos-Bélgica, 2012) se estructura a partir del uso de la prolepsis (plantear primero el futuro, rompiendo la secuencia temporal), en una lógica de circularidad dramática donde las consecuencias y las causas se convierten en parte de un mismo ciclo. La dislocación entre imagen y sonido y los desplazamientos de la cámara acompañados de las contagiantes canciones, consiguen crear un interesante contraste con el drama que inunda buena parte de la historia.

Mejor ahora llamarse Alabama, como para reinventar la dura realidad, o proteger a las aves de su incapacidad para aprender a evitar chocar contra el cristal, aunque sea con soluciones temporales; voltear a ver las estrellas para ubicar al pájaro muerto y encender una vela en el altar de sincretismo religioso. Los tatuajes pueden cambiarse o taparse, pero hay dolores que se quedan insertos para siempre en la piel.

EL CÍRCULO POR CERRAR

Adaptada de la novela Abaire de David Lindsay (Pulitzer en drama) y dirigida por John Cameron Mitchell en cambio radical de registro después de Shortbus (2006), Al otro lado del corazón (Rabbit Hole, EU, 2010) sigue a un matrimonio que pierde a su hijo de cuatro años, el proceso de duelo y los intentos de cura, cada uno por su cuenta y separándose paulatinamente: ella se encuentra con el adolescente que provocó el adolescente fatal y él recurre a la evasión vía el pasado o el encuentro con otras personas.

Aaron Ekhart y Nicole Kidman, también productora, encuentran buen soporte actoral en Dianne Wiest Miles Teller, Tammy Blanchard, Giancarlo Esposito y Sandra Oh, quienes le brindan emotividad al relato. Después de la distancia, queda el encuadre silencioso que anuncia un pequeño resquicio de esperanza para salir de un hoyo que se ha convertido en guarida y obstáculo a la vez.

Por su parte, No pudo decir adiós (The Greatest, EU, 09) de Shana Feste coloca a un matrimonio maduro (Susan Sarandon y Pierce Brosnan) en la situación de aceptar la presencia de la solitaria novia (Carey Mulligan) de su hijo recién fallecido, mientras que el hermano lucha con sus propios demonios y la consecuente desatención (Johnny Simmons). El filme despliega una primera parte de solidez dramática que flaquea hacia el desenlace, no obstante consigue presentar una radiografía cercana de una familia en pleno proceso de recomposición.

ENCIERROS INEXPLICABLES

19 diciembre 2014

Sin decir agua va, una persona se encuentra prisionera por alguna razón que no es clara; puede conocer a su captor, como acontecía en la agobiante El encierro (An American Crime, O’Haver, 2007), basada en un caso real, o ni siquiera eso: simplemente está atrapada y aislada del exterior como le sucedía al personaje de 5 días para vengarse (Old Boy, 2003), la durísima cinta de Chan-wook Park ya con todo y remake cortesía de Spike Lee.

Películas de tonos distintos que van del futurismo distópico juvenil, en la lógica del blockbuster postveraniego, a la crudeza de la vida real, con pequeños que sufren la privación de la libertad en cintas de carácter independiente disponibles en los videoclubes de la ciudad.

CORRE THOMAS, CORRE

Con múltiples referencias que van de El señor de las moscas (Brook, 1963; Hook, 1990), basadas en el clásico de William Golding, a la asfixiante El cubo (Natali, 1997), pasando por Lost (JJ Abrams, 2004-2010) y de ahí entroncando con la serie de películas sobre jóvenes luchando en sociedades ultra organizadas de tintes totalitarios, aunque considerando que la novela de James Dashner es anterior a las de Veronica Roth y Suzanne Collins, Maze Runner – Correr o morir (EU, 2014) busca centrarse en la forma en la que una tejido microsocial conformado por jóvenes varones, se organiza en un valle rodeado de un gran laberinto sin minotauro o fauno a la vista, al tiempo que reciben el sustento y a un nuevo miembro de vez en vez, vía un misterioso elevador.

Por supuesto, perdieron la memoria y apenas algunos de ellos alcanzan a ver destellos del pasado en formas pesadillescas; mantienen cierta armonía con liderazgos definidos, rituales y mitos estructurantes y división de roles, entre quienes se encuentran los corredores, responsables de lanzarse por las rutas cambiantes del laberinto cuando se abren las puertas, procurando regresar a tiempo antes de que se cierre y evitando caer en el aguijón de los penitentes, criaturas biomecánicas cual alacranes gigantes peores que nuestros güeros.

Pero a partir de que aparece Thomas, interpretado con ímpetu por Dylan O’Brien y Teresa (Kaya Scodelario), la primera mujer, además del mensaje que anuncia el fin de la entrega de víveres, empiezan las recomposiciones y los conflictos sociales, sobre todo por la toma de decisión entre seguir dentro del valle con sus limitantes pero al fin seguridades, o bien aventurarse por las murallas movibles y tratar de llegar hasta donde se pueda, arriesgándolo todo: una zona de confort son muy pocas comodidades, por cierto.

El director Wes Ball consigue en su primer largometraje sostener el interés no solo por la trama sino por sus personajes adolescentes, gracias a su habilidad para dirigirlos y a que varios de ellos ya cuentan con cierta trayectoria actoral. El guion es funcional y las secuencias de acción, bien dosificadas y montadas, consiguen equilibrar el ritmo de la narración. Quizá se antojaba aprovechar mejor el concepto del laberinto como alegoría de la ausencia de memoria y de los caminos sin principio ni destino plenamente definidos.

ABUSO A MENORES

Una temática tan necesaria como difícil de tratar en el cine, en particular porque las dolorosas situaciones de trata y abuso infantil siguen presentes en nuestras sociedades, no obstante la creación de leyes al respecto. Un par de películas sobre el tema en tesituras distintas.

Michael. Crónica de una obsesión (Austria, 2011), escrita y dirigida con sobriedad por Markus Schleinzer, cuya colaboración con Michale Haneke se le nota en el estilo, sigue a un pedófilo durante 5 meses y la forma en la que combina una vida rutinaria de empleado anodino con la retención de un niño de 10 años en el sótano de su casa, a quien por momentos trata como su hijo o como el objeto de su patología, según su capricho, estableciendo una relación perversa de premio-castigo cuya injusticia se puede diluir ante la mirada de la víctima, aunque aquí el pequeño parece darse cuenta de la situación en la que está y por ende, poder dar cierta batalla.Michael

Solitario como cabría esperar, este monstruo enfermo evade el contacto social aunque de pronto se da tiempo para salir con algunos amigos o hablar con sus familiares. Una cinta que dada la fuerte temática que plantea, logra eludir el tremendismo sin dejar de exponer con claridad el peligro social que representan estas personas de una siniestra normalidad aparente, incluso susceptibles de algún ascenso laboral, y que por lo tanto se convierten en criminales más difíciles de descubrir.

En contraste, Encadenado (Chained, Canadá, 2012) se mueve en los terrenos del gore, siguiendo a un asesino serial de mujeres que hace las veces de taxista; en uno de sus secuestros se queda con el hijo de nueve años de la víctima y lo convierte en su acompañante involuntario, obligándolo a ser testigo de sus crímenes y, en cierta forma, esperando que continúe su enfermo legado: sin embargo, la cordura y la moral tienen formas de resistirse ante contextos amenazantes.

Con una firme dirección de Jennifer Lynch, hija del ilustre David Lynch, quien ya había explorado la locura criminal en Vigilancia extrema (2008); un guion que todavía se da tiempo para una vuelta de tuerca que termina por desazonar; precisa iluminación generadora de atmósferas terroríficas por su realismo y una justa actuación de Vincent bien D’Oonfrio, la cinta funciona en su fuerte propuesta argumental.

REENCUENTROS FILIALES

12 diciembre 2014

Las relaciones entre padres e hijos suelen tener una fuerte carga de complejidad, dados los fuertes vínculos que la naturaleza establece más allá de formas de ser, afinidades de carácter o simpatías ocasionales. Filmes que abordan esta relación desde la ausencia y el reencuentro con las implicaciones psicológicas del caso y explorando, de paso, las configuraciones familiares en continua transformación. Todas disponibles en nuestra ciudad en formatos varios.

PHILOMENA: EL PERDÓN COMO FORMA DE VIDA

PhilomenaUna mujer busca a su hijo cincuenta años después. Tras ser internada en un convento, como los bien retratados en el filme En el nombre de Dios (Magdalene Sisters, Mullan, 2002), cuando se embarazó siendo adolescente y dado su hijo en adopción, decide emprender una travesía emocional que acaso incluya la expiación de una culpa asumida, simplemente por haber procreado fuera del matrimonio. Para tal efecto, la ahora anciana contará con el impulso de su hija y del inesperado apoyo de un arrogante exfuncionario gubernamental caído en desgracia y que en alguna época fue corresponsal periodístico.

Coescrita, producida e interpretada por Steve Coogan y dirigida con gran equilibrio emocional por el veterano Stephen Frears (de Gumshoe, 1971 a Lady Vegas, 2012), Philomena (RU-EU-Francia, 2013) retoma el caso real de una sencilla madre irlandesa que emprende un periplo que la lleva hasta Washington para rastrear a su vástago. Como ya lo hiciera con La reina (2006), el realizador inglés sabe qué hacer con un material lleno de potencial que, en otras manos menos experimentadas, se hubiera convertido en una cursi película de algún canal televisivo especialista en proyectarlas e incluso producirlas.

Con prudente empleo del flashback y de imágenes grabadas en medios caseros, se reconstruye este proceso en el que finalmente los dos protagonistas terminan por entender no quiénes son, sino qué posibilidades tienen de transformarse: por supuesto que está presente un discurso explícito al respecto de la importancia de la tolerancia. De ahí se desprende una estructura conocida como buddy film, en la que las diferencias entre ambos terminan por ser los vínculos que los unen, sin caer en obviedades ni afectos artificiosos y hasta abriendo una discreta ventana para esbozar una sonrisa.

Las pequeñas historias humanas suelen ser más interesantes que las andanzas de los políticos (detrás está la gente, diría Serrat), como seguramente le quedó claro al periodista Martin Sixmith, siempre y cuando sean contadas como lo hizo Frears, dejando que sean los mismos personajes y sucesos quienes conmuevan, sin manipulaciones y chantajismos. Claro que para ello necesitas una actriz del tamaño de Judi Dench, capaz de transmitir todo el dolor, el perdón y la reconciliación posible solamente con una mirada de profunda comprensión y una actitud que oscila entre la sencillez de una mujer creyente y la sabiduría de una progenitora que sabe lo que significa el amor materno.

DE TAL PADRE, TAL HIJO: NATURA NO MATA CULTURA

Dos matrimonios contrastantes en nivel económico y comportamientos (considerando que son de Japón, donde las variaciones son mucho menores que en nuestro país), cuyos hijos rondan los siete años, son llamados por el hospital donde nacieron los pequeños para informarles que por un error fueron cambiados al momento de nacer; es decir: quien durante muchos años se pensaba que era sangre de tu sangre, resulta que es hijo biológico de otra pareja, aunque la educación que has propuesto sea propia de tus creencias, valores y supuestos. El dilema se dibuja de inmediato: natura o cultura.

Escrita y dirigida con la sensibilidad justa por el originario de Tokyo Hirokazu Kore-eda (Después de la vida, 1998; Nadie sabe, 2004; Kiseki, 2011) De tal padre, tal hijo (Japón, 2013) es una sencilla mirada a cómo se construye la personalidad con base en los contextos familiares donde los niños se desarrollan. Las expectativas depositadas en los hijos, por momento distantes de su propia felicidad, parecen dotar del contraste buscado por el realizador. La buena dirección de actores infantiles refuerza la verosimilitud del relato.

Mientras que los dos tipos de padres presentados bordan el estereotipo –un exitoso hombre de negocios medio histérico y un oportunista más alivianado- las madres parecen ser más conciliadoras, jugando un papel secundario en las decisiones que se van tomando dadas las circunstancias. El filme consigue mantenerse en la delgada línea que divide el melodrama genuino del típico esquema forzado de la sensiblería, gracias también a un sentido del humor no exento de momentos que invitan a la acción de los lagrimales, jugando con el esquema de los opuestos.

DULCE HIJO: FRANKENSTEIN POSTMODERNO

Un director teatral realiza una serie de audiciones en su departamento, mientras un joven intenta regresar a casa de su madre después de pasar muchos años en una institución. Ambos coinciden en el mismo edificio y el recién llegado, al hacer una prueba termina matando a una chica con la que realizaba una improvisada audición, dada su incapacidad para socializar. A partir de este desafortunado suceso, el adolescente se convierte en una especie de fugitivo al interior de esta construcción que funciona como alegoría de una vida sin posibilidad de futuro, por más que se busquen las salidas con la hermana o con el apoyo de la madre.

Escrita, dirigida e interpretada en tono seco y enérgico por Kornél Mundruczó (Delta, 2008), Dulce hijo (Hungría-Alemania-Austria, 2010) es una mirada actualizada y deprimente del Frankenstein de Mary Shelley, que retoma las dificultades de los jóvenes para insertarse en un tejido social tan cerrado como inhóspito, como bien se refleja en los encuadres de los interiores asfixiantes y de los espacios abiertos que solamente terminan por ofrecer vacío y soledad, incluso cuando por fin el protagonista parece encontrar cierta comprensión por parte de su padre.

CINE GALO

5 diciembre 2014

Alguna muestras del cine donde se escupieron las primeras imágenes en movimiento públicamente: el arte cinematográfico mucho le debe a esta nación no solo por darle vida, sino por las tendencias de vanguardia que han nutrido su desarrollo y por la continuidad que mantienen como sólida industria en la que cabe todo tipo de propuestas.

TOUR DE CINE FRANCÉS EN LEÓN

La habitual y bienvenida presencia de este conjunto de películas galas a nuestra ciudad, representa una bocanada de aire fresco a una cartelera que se ha estado volviendo cada vez más predecible, perdiendo terreno frente a la variedad de posibilidades más allá de las salas cinematográficas. Un par de ejemplos del Tour que dan muestra de la amplitud de intenciones y temáticas que se desarrollan en una filmografía tan vital como propositiva.

El novelista y guionista Philippe Claudel, ganador del premio Gouncourt y publicado en español por Salamandra, incursionó en el cine con el drama Hace mucho que te quiero (2008), seguido de la comedia Silencio de amor (2011). Ahora vuelve a la dirección con Antes del invierno (Francia-Luxemburgo, 2013) cual mirada a las clases acomodadas cuya estabilidad emocional y física se ve amenazada, muy al estilo del gran realizador Claude Chabrol, aunque sin alcanzar los tonos punzantes al tono punzante del realizador de La ceremonia (1995) y La flor del mal (2003), por poner un par de ejemplos en esta tesitura.

El planteamiento y el manejo del suspenso, con esas identidades sin ser reveladas del todo incluyendo a quien envía las flores, consiguen inmiscuir al espectador en la obsesión de un cirujano intachable y siempre amable (Daniel Auteuil, a quien le había pasado una intrusión similar en Caché: El observador oculto [2005] de Michael Haneke) por una joven misteriosa (Leïla Bekhti, enigmática), mientras que la esposa, encerrada en su palacio minimalista y acaso enseñando de vez en vez el bosque que la rodea (Kristin Scott Thomas, con rostro de eterna melancolía), va siendo testigo del comportamiento errático de su habitualmente confiable marido.

Frente a la trama central se anidan las presencias de la hermana de ella, con problemas mentales, y el amigo de él, un terapeuta que en cierta forma parece ser parte de un triángulo afectivo junto con el matrimonio; además, está el hijo con su insaciable discurso neoliberal y la mujer, cuidando al hijo y guardándose una infelicidad que salta a la vista. Con buen equilibrio narrativo y sin mayores recursos visuales, los acontecimientos se van precipitando al grado de irrumpir directamente en la seguridad que se suponía eterna de este matrimonio en condiciones tan privilegiadas como neutralizantes.

Estas rupturas de la normalidad también se advierten en la reflexiva y muy entretenida comedia Chicos y Guillermo, ¡A comer! (Francia-Bélgica, 2013), en la que el protagonista nos comparte diversas experiencias relacionadas con la construcción de su identidad sexual, en concreto el vínculo que ha establecido con su madre. Mientras que su familia lo considera homosexual o incluso una mujer, la vida va transcurriendo con estancias en internados, algún viaje vacacional y eventos varios que lo ponen a pensar acerca quién es él en realidad y cuál es su orientación sexual.

Con inserciones de un monólogo teatral, el actor, escritor y ahora director de contrastante cabellera a la afro Guillaume Gallienne, muy dotado para la comedia tal como se advierte en su doble interpretación como el joven en definición y su madre, comparte con humorística sensibilidad este proceso de búsqueda, jugando con estereotipos y desplegando logradas secuencias como la de la alberca con Don´t Leave Me Now de Supertramp sonando al fondo. A veces se puede ser heterosexual y no atreverse a asumirlo. Sumamente disfrutable.

DESPERTANDO LA SENSUALIDAD

Otro ejemplo de este proceso de construcción identitaria que pasa por el componente sexual y romántico se aprecia en La vida de Adèle (Francia, 2013), sexto largometraje del turco Abdellatif Kechiche que recibió la Palma de Oro en el festival de Cannes de manos de Steven Spielberg presidente del jurado, quien de paso acalló rumores sobre que él no premiaría una película tan distinta a la manera en como él ve el cine: al contrario, el director estadounidense demuestra su amor por este arte, más allá de estilos o propuestas.

Vida de AdeleAdaptada de la novela gráfica Le Bleu est une couleur chaude (2010) de Julie Maroh, quien expresó sus diferencias creativas con la cinta y no fue invitada a participar, según se ha dicho, el filme sigue a la joven que da título al filme (Adèle Exarchopoulos) en su tránsito por la adolescencia a la adultez (no necesariamente cronológica) a través de la explosión de sus sentidos y sentimientos, desde artísticos hasta sexuales. El conflicto también se vivió fuera de la pantalla entre el director y las dos actrices: en ocasiones el proceso de realización de una película se entromete en la narración misma.

Después de probar el sexo sin mayor pasión con un compañero escolar, tras leer en clase La vida de Marianne, conoce a una pintora de cálido cabello azul (Léa Seydoux, arriesgada), algunos años mayor que ella y con quien establecerá un profundo vínculo que la coloca en un estado de enamoramiento aparentemente pleno: la realidad con su terquedad en señalar diferencias de intereses, edades, objetivos, educación y hasta clase social, empezará a incidir en esta pareja de inmediato nivel de compenetración. Quizá esta intensidad de relación está destinada a ser efímera, dada la imposibilidad de sostenerse en el tiempo.

El uso de la perspectiva y la combinación de planos, en particular el frecuente uso del close-up y la forma de posar la cámara en sus personajes femeninos (a pesar de las múltiples acusaciones de sexismo, pornografía y voyeurismo), le brindan a la cinta la necesaria dosis de realismo pero también de cierto espíritu onírico, en el que vamos advirtiendo que el viaje emprendido, con toda la carga de dolor y reencuentro, irá sembrando una serie de semillas para el aprendizaje y el crecimiento personal, no obstante el sufrimiento inherente que va destilando ya no la calidez de una tonalidad, sino la fiereza de una ruptura anunciada que aun a sabiendas, no iba a impedir la transgresión de las propias certezas y expectativas.