Archive for 24 julio 2011

FLYING LOTUS: GRAFICANDO EL COSMOS

24 julio 2011

La fuerte presencia de la música electrónica en el tramo final del siglo XX ha trascendido hasta ya rebasada la primera década del XXI, ahora aprovechando las múltiples posibilidades tanto estéticas como tecnológicas aplicadas al mundo del arte. Parándose en los hombros de los gigantes, gente como DJ Shadow, Burial y Aphex Twin entre muchos más, han tomado el estandarte con la necesaria creatividad que el caso amerita, invitando a jóvenes enjundiosos para sumarse a la travesía de conservar y evolucionar el género al ritmo de la imparable inventiva en el campo informático.
Uno de ellos es Steven Ellison (Los Ángeles, 1983) mejor conocido como Flying Lotus, sobrenombre derivado de su actividad como músico para la cadena de televisión por cable Adult Swim, en la que se transmiten animaciones alternativas y programas contrastantes de diverso origen. Como parte del clan Coltrane -es sobrino de Alice, quien fue esposa de John- parece haber heredado el gen de la intuición sonora y de la búsqueda como forma de aproximación artística.
Después de andar pinchando y navegando en el mar de datos de la virtualidad, debutó con el largo 1983 (06), integrando cortes de Madlib, J Dilla y Ammoncontact del ambiente de vanguardia en el mundo hipopero. Con un cierto sabor carioca expresado en Sao Paulo y Orbit Brazil, y hasta sabores árabes desplegados en Unexpected Delight, el disco transcurre a través de cortes en su mayoría breves, de cuidadoso ensamblaje y contención armónica en la que confluye un ruidismo de atrayente combinación.

LOS ÁNGELES AL DESNUDO
El joven angelino grabó el EP Reset para posteriormente darse a conocer, ahora sí más allá de las banquetas de su ciudad, con Los Angeles (08), una obra de mayor complejidad en la que se inserta una serie de mensajes como cifrados y encriptados, cuyo destinatario parecería comprender después de varias escuchas. Voces infantiles, bucles auditivos y una configuración de variedad sorpresiva hicieron de esta obra una de las principales aportaciones de la electrónica para aquel año. Cuando un disco se titula con el nombre de una ciudad, las expectativas están puestas en cómo se plasma la idea que se tiene acerca del centro urbano en cuestión: en este caso, caótico, divergente, complejo, fascinante.
Cosmogramma (10) lo catapultó en definitiva como una figura clave de la estética de la edición sonora: un corta y pega orgánico, de alcance ecológico con tintes siderales. Constituido como uno de los mejores discos electrónicos del año, junto a las propuestas de Four Tet con toda su sutileza, de la elegancia rítmica de Caribou, el ambient de Autechre y la fiesta a oscuras de Matthew Dear, podemos atesorarlo para explicar una de las tendencias de la música popular actual: el sincretismo cibernético para cuya instrumentación se ha sumado la laptop.
Como escribió Juan Cervera, el disco “convida a abrir el diccionario de los calificativos: intergaláctico, fascinante, denso, infeccioso, hermoso, progresivo, maduro, modernista, espiritual, arriesgado… suban al cohete del Loto Volador: un géiser de música non stop que condensa lecciones de historia y olfatea en los pliegues del tiempo presente y futuro. Sin escafandra” (Rockdelux, 285, junio, 2010). La crítica especializada lo colocó como uno de los mejores álbumes del año.
En efecto, entrar a la escucha de este álbum implica ingresar, sin previo aviso y sin pastillas para dormir, a un mundo onírico lleno de sorpresas y pasajes contrastantes, desde el idilio de un sueño reparador, hasta la pesadillesca reiteración de algún tipo extraño de acechanza: lo cierto es que no hay descanso posible, sino emoción continua en distintos niveles y ámbitos. Cuerdas angelicales, teclados rastreros, vocalizaciones fantasmales y una articulación en capas que nos van absorbiendo por más resistencia que pretendamos poner.
Con la presencia de su primo Ravi Coltrane y de Tom Yorke, entre otros invitados, las 17 estaciones pasan por dramas cósmicos, narices experimentadoras, basuras zodiacales e inexorables planes astrales, satélites improvisados, rostros informáticos con peinado estilo germánico, bytes que cobran vida en falsas ninfas, una improbable partida de ping-pong sin gravedad y una galaxia en pleno proceso expansivo que elude cualquier probable agujero negro, solo para seguir siendo energía creativa y vital.
Recientemente, ha colaborado con la música en vivo para el filme experimental Heaven and Earth Magic (62), dentro del festival de Ann Arbor y con la cantante Erykah Badu. Ahora nos visita el sábado 6 para invitarnos a ingresar a su jungla de sonidos con variedad de formas y estructuras, colocando la estética de la digitalización al servicio de la pulsión emotiva. Una oportunidad para estar en el cosmos de la música que se deconstruye dentro de la sociedad red, plagada de interacciones y vinculaciones de circuitos elípticos.

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MIRADAS DESDE LA EXPERIENCIA

17 julio 2011

Películas que enfatizan la importancia de la presencia de mujeres y hombres que aportan perspectivas frescas o renovadoras a las diversas situaciones que se plantean. Disponibles en los videoclubes de la ciudad.

1. Dirigida por el siberiano Aleksandr Sokúrov, conocido acá sobre todo por El arca rusa (02), brillante ejercicio sin edición, Aleksandra (Rusia-Francia, 07) es una pausada mirada que una anciana deposita en en un campamento militar en Chechenia, mientras visita a su nieto: asiste a las rutinas de los soldados jóvenes casi niños y se da tiempo para soltar algunas reflexiones al respecto, sobre todo en cuanto al sentido de estar haciendo maniobras más enfocadas a destruir no construir.
Como en Madre e hijo (97), los acontecimientos parecen detenerse para dar pie a los pensamientos y motivaciones de los personajes, entre los que se incluyen los pobladores de alrededor y quienes acompañan a la anciana en su trayecto para poder estar unos días con su querido nieto, tratando de hacer Un buen trabajo (Denis, 99). Con tonalidades sepia y una fotografía hermosamente polvosa, se desdobla este encuentro de mundos distintos en lógicas y tiempos, pero al fin unidos por la familiaridad intergeneracional.

2. Dirigida con un pie en la comedia y el otro en el drama social por el rumano Radu Mihaileanu (El tren de la vida, 99; Camina sin mí, 05), El gran concierto (Le Concert, coproducción, 09) es una sátira política con trasfondo humano, en la que se aprovecha una premisa muy bien urdida para crear una emotiva cinta acerca de las segundas oportunidades, aún en contextos que parecen diseñados para que cada quien se quede en el sitio que se le ha asignado. Una mirada a la Rusia post soviética aún resintiendo los autoritarismos sello de la casa, con Tchaikovsky elevándose de toda postura oficialista.
En la línea de La visita de la banda, la cinta sigue a un director vuelto conserje (Aleksey Guskov) que se roba una invitación dirigida a la actual orquesta del Bolshoi, que él dirigió hace años, para tomar su antiguo papel con el resto de sus colegas, ahora dedicados a todo menos la música. El divertido proceso de reintegración de la orquesta y las peripecias para poder estar en la cita culminante, se convierten en una adecuada materia para desglosar eventos muy propios de la comedia de situaciones.
La inserción del personaje de la violinista (Mélanie Laurent), así como de la esposa del director, el ex-responsable aún en discursos partidarios y el colega siempre apoyador, le dan versatilidad los logrados pasajes tanto de humor como genuina emoción, hace olvidar las licencias que se toma el argumento, la exagerada necesidad de hacernos sentir bien, algunas resoluciones arbitrarias y ciertos saltos en la narrativa que pueden romper con la secuencialidad de la narración.

3. Dirigida por Robert Benton (Kramer vs. Kramer, 79), Golpe de amor (Feast of Love, 07) intenta ser una película coral que busca explicaciones acerca de las conductas cuando llega ese invitado inesperado, no siempre oportuno, que nos coloca en situaciones que nunca habíamos ni siquiera posibilitado. Aunque sepamos lo que está por suceder, igual nos enamoramos, estado que implicaría, según el caso, darle la libertad a los demás para decidir.
Con actuaciones convincentes de Morgan Freeman, Radha Mitchell, Greg Kinnear, Billy Burke y Selma Blair, se despliegan algunas reflexiones un poco forzadas sobre las idas y vueltas del amor y el sexo, desprendidas a partir de la observación de un viejo que parece haberlo vivido todo, excepto el autoperdón.

4. Dirigida por el español Álex de la Iglesia (El día de la bestia, 95; La comunidad, 00; Crimen Ferpecto, 04), Extraños crímenes de Oxford (Oxford Murders, 08) es un juego fílmico que combina lances detectivescos con lógica matemática y derivaciones de Wittgenstein, escribiendo en la misma línea de fuego. Si la combinación suena interesante, el resultado no lo es tanto, dada la artificialidad que se respira a lo largo de toda la cinta. No obstante, las actuaciones y ciertos episodios bien logrados de intriga, le brindan al film un indudable interés que logra capturar nuestra atención.
Un viejo profesor y un alumno parecen unirse para identificar a un asesino: de aquí, podemos sumirnos en un laberinto de pistas falsas y personajes sospechosos. La intención de retar nuestra inteligencia y nuestra atención en los detalles, así como en el proceso de deducción, se mantienen a flote en esta cinta que puede ser útil más como un trabajo intelectual que como un momento de apreciación artística: claro, lo ideal es que se puedan combinar ambas vertientes.

MODIFICAR EL PASADO PARA VIVIR EL FUTURO

10 julio 2011

Hacer que cada segundo cuente de tu último minuto de vida. Lo malo es saberlo, o no. Estar atrapado en una especie de bucle controlado que te lleva a la misma situación una y otra vez hasta que puedas romper el Hechizo del tiempo (Ramis, 93) a través de un cambio drástico en el curso de los acontecimientos: ocho minutos pueden ser un suspiro o una eternidad en función de cómo signifiques esos momentos. Reasignación temporal como contraparte a los viajes a través del tiempo de H.G. Wells o de un Regreso al futuro (Zemeckis 86) para trastocar destinos pendientes de ser reconvertidos en otra ocasión.
Escrita por Ben Ripley y dirigida por Duncan Jones, 8 minutos antes de morir (Source Code, EU-Francia, 11) sigue a un piloto caído en batalla ahora en una nueva misión de la que poco entiende: descubrir quién colocó una bomba en un tren que viajaba hacia Chicago para evitar futuros atentados. Así, vía un experimento que trastoca la temporalidad de los eventos, volverá una y otra vez hasta que consiga su objetivo, mientras es guiado por el creador del nuevo juguete antiterrorista (Jeffrey Wright) y por una militar empática (Vera Farmiga), solo aparecida en un monitor desde el cual sigue los protocolos del caso que incluyen una extraña recitación sobre una mujer llamada Lily y unas cartas de la baraja.
En las idas y vueltas por la explosión, cual permanente Déjà vu (Scott, 96), el fallecido combatiente viviendo horas extras se dará tiempo para fortalecer su relación con una pasajera (Michelle Monaghan) y de ir buscando al culpable, empezando por un primer sospechoso contra el que se ciernen los prejuicios raciales post 11 de septiembre, como para aplicarle una Sentencia previa (Spielberg, 02). Pero antes, tendrá que asumir su extravío incluso frente al propio espejo y ante los ocupantes del tren para quienes se puede convertir en una verdadera amenaza: no importa, ya están todos muertos, él incluido.
Como en Luna (09), su evocativo debut que nos llegó directamente en video, el hijo aventajado de David Bowie, vuelve a colocar a un hombre que experimenta la posibilidad de vivir a través de otros, ya sean clones o personas cuyo último aliento de memoria aún palpita, no obstante que el cuerpo yace inerme. Existir en la conciencia capturada de otro hombre, al menos durante los últimos ocho minutos, para intentar convertirse en el héroe que marcan los cánones para los miembros del ejército.
Las aventuras siderales de su padre, como en El hombre que cayó a la tierra (Roeg, 76), a través del Mayor Tom o con Ziggy Stardust y sus arañas marcianas, parecen haberle servido a Jones para enfocar su talento fílmico en el pantanoso terreno de la ciencia ficción, con todo y la conjunción de términos que en apariencia conforman un oxímoron: si es ciencia, entonces no puede tener nada fuera de la realidad tal como la conocemos; y si es ficción, se aleja del rigor científico para buscar explicaciones lógicas. Sin embargo, como la ciencia es también contextual, lo que hoy parece imposible mañana acaso se convierta en pequeña probabilidad.
Atrapados en una base lunar, o en una cápsula más producto de la imaginación, manteniendo contacto con una pantalla cual única ventana al mundo, los personajes protagónicos de sus filmes buscan conservar algún tipo de vínculo, aunque sea a través de algún Avatar (Cameron, 09), con aquello que alguna vez tuvo algún significado en sus vidas. Con un juego de reflejos y personalidades desdobladas dentro del contexto de la física cuántica, parece que todo es posible: incluso modificar futuros trastocando pasados o inocularse en la conciencia de otro, como sucedía en El origen (Nolan, 10).
Tanto la interpretación de Jake Gyllenhaal como la de Sam Rockwell en la citada Luna, consiguen darle los diversos matices que el caso amerita: incredulidad, fragilidad, desesperación, violencia, súplica. Y sobre todo, una sensación de soledad que únicamente se puede paliar en la búsqueda de respuestas imposibles, formulando preguntas posibles, como la obsesión por comunicarse con el padre y borrar la última impresión.
Y hablando de tiempo, sorprende la capacidad del filme para decir tanto en tan poco tiempo (93 minutos): a diferencia de otras películas cuyo metraje parece interminable, acá se antojaba seguir en la sala, quizá contando con alguna reasignación temporal mientras la cámara se desliza con enérgica elegancia, como si fuera prediseñada a través de unos cálculos parabólicos, manejada con botones rojos como los de antes.
Aunque el desenlace parece arbitrario, como buena parte de la película, uno pasa por alto las licencias del argumento en aras de acompañar a este hombre en su sacrificio continuo, aún profiriendo con inquebrantable fe y contra toda la lógica dentro del ilógico desarrollo de los acontecimientos la frase definitiva: “Mírame: todo va a estar bien.”

¿LA TERCERA ES LA VENCIDA?

5 julio 2011

La lógica del blockbuster mastodóntico va en contra de la idea minimalista de menos es más: muchos efectos, larga duración, más acción, patrioterismo al máximo y así. Los personajes, paradójicamente, se vuelven decorativos y los diálogos auténticos trámites para ver la siguiente explosión, batalla, persecución. Así operaron las dos primeras películas de 2007 y 2009 basadas en los juguetes robóticos: un esquematismo tal que la emoción quedaba aterida entre tanta confusión de acero oxidable. Nada contra la acción, siempre y cuando no se vuelva fin en sí misma.
Dirigida por Michael Bay, especialista en recetarnos superproducciones que parecen nunca acabar y con pinkfloydesco título, Transformers 3: El lado oscuro de la luna (EU, 11) se rige bajo la idea de que la tercera es la vencida, mostrando ciertos aprendizajes con respecto a sus predecesoras aunque sin ubicarse como un producto del cual se vaya a tener memoria más allá de las ganancias desparramadas en taquilla, mismas que se antojan jugosas dado lo flojo que ha resultado este verano fílmico.
Se insiste, eso sí, en presentar una película con una duración excesiva, como si lo que tuviera que decir requiriera tanto tiempo: en realidad, se le podría quitar bastante metraje y el resultado hubiera sido igual, nada más que mucho más eficaz. Como todo quedó tan bien, han de pensar, mejor no quitamos nada para no privar a nuestro público de nuestras maravillas cinematográficas. Ajá.
Se intenta dar cierta consistencia argumental, consiguiéndolo sólo en parte, con el prólogo del alunizaje y los años que siguieron de guerra fría (como en los X-Men), en el que se combina realidad con ficción (¿o todo ha sido una puesta en escena?) para después volver al consabido esquema del pleito entre los bandos de robots con los humanos en medio y con la tierra como campo de batalla, particularmente la hermosa ciudad de Chicago lastimosamente reducida a desagradable territorio Decepticon a punto de someter a los Autobots y personas que los acompañan.
Las secuencias de acción representan el mejor avance con respecto a las dos películas previas: acá los efectos sí funcionan para darle la suficiente espectacularidad pero sin perder de vista la necesaria identificación de los contendientes, así como el desarrollo mismo de las batallas: la imaginería visual se desboca en aras de brindar una lograda puesta en escena, siempre apoyada por una tajante edición que no da respiro ni a la serpiente metálica. Los vuelos por los aires y las caídas por los edificios pueden alcanzar a promover cierta acrofobia, gracias a lo cuidadoso de la apuesta visual, mientras que las transformaciones de electrodomésticos y equipo de oficina aportan su cuota de sorpresa.
En cuanto al casting, se mantiene la rutinaria presencia de Shia LaBeouf como el protagónico, acompañado de sus padres metidos con calzador, un líder del ejército (Josh Duhamel) y un grupo de mercenarios al fin patriotas de suburbio: Aparecen una serie de actores respetados ganándose la quincena sin mayor esfuerzo salvo un poco de ridículo (Malkovich, Turturro, McDormand); un antagónico encarnado con poca convicción por Patrick Dempsey y una nueva novia sacada de alguna tienda Victoria Secret (Rosie Huntigton-Whiteley), vestida de blanco cual ángel terrenal y buscando no parecer parte de una pasarela, sino de un set de filmación en el que se trata de actuar, y no de modelar, aunque en este caso la diferencia no importe.
En fin, tras ver las dos primeras entregas, uno nunca pensaría que se llevara a cabo la tercera, a menos que:
a) Se quisieran sacar la espina.
b) Fuera negocio.
c) Anduvieran escasos de ideas nuevas.
d) Quisieran vengarse de Megan Fox.
e) Todas las anteriores.
Parece que lograrán todos sus propósitos, al menos en parte y aunque no se lo merezcan.

PASANDO LISTA
En esta tendencia a integrar seres con algún superpoder dentro de las convencionales sociedad humanas, podemos encnontrar un poco de todo: desde las historias que remiten al análisis de la tolerancia como principio básico de convivencia con una buena dosis de análisis caracteriológico, hasta relatos más bien simplones y maniqueos que aprovechan esta idea básica de la diferencia para desarrollar una trama reiterativa y carente de genuina emoción. Quizá los escolares en edades de trasnformación diaria la puedan disfrutar.
Dirigida por el oficioso D.J. Caruso, Soy el número 4 (EU, 10) es una película convencional, como el resto de su cinematografía, bien hechecita pero ausente de algún distintivo; se trata del realizador ideal para rodar con eficiencia fórmulas probadas sin cuestionarlas ni andar haciendo sugerencias atrevidas. La historia del chavo diferente que se enamora de una chica común con rival incluido, con una misión particular y asediado por fuerzas oscuras –en este caso unos malosos que parecen tener problemas mentales- acaba siendo demasiado familiar, en todos sentidos. Creo que se fue directo al video.