LIGUILLA DEL APERTURA 2017 (III): SEMIFINALES EN DESNIVEL

3 diciembre 2017 by

Con los equipos del norte como favoritos, arrancaron los partidos que definirían a los finalistas del presente certamen: la posibilidad de un desenlace regio se empezó a dibujar desde los inicios de la liguilla, dado el nivel con el que llegaron ambos conjuntos y las dudas que el resto de los equipos clasificados seguía sin despejar. Los pronósticos se hicieron buenos, aunque se esperaba más emoción y resistencia por parte de los rivales en la instancia de semifinales, prácticamente derrotados desde los encuentros de ida en los que fungieron como anfitriones, sobre todo a partir de recibir el tanto en contra.

En los dos primeros enfrentamientos, ambos con marcador idéntico decididos por sendos penales, los visitantes mostraron una superioridad que no alcanzó a reflejarse en una mayor ventaja pero que ya anunciaba el desnivel en el que se encontraban los equipos. Mientras que los regios se mostraban embalados y bien conjuntados, el equipo capitalino, sobre todo, y el michoacano se veían superados, en busca de respuestas sin tener claras las preguntas que les ponían los de enfrente. Para el regreso, la diferencia se desbordó y desafortunadamente tuvimos unas semifinales, para el espectador en general, ausentes de interés y decididas con mucho tiempo de antelación.

MANTENER LA TENDENCIA

El América venía exhibiendo cada vez una menor idea colectiva de juego, no solo reflejada en su falta de gol, sino en la disposición de la mayor parte de los futbolistas para desempeñarse como un sistema integrado: extraviados en el campo, salvaron la eliminatoria frente al Cruz Azul pero muy poco mostraron como para asustar a nadie. Desde la banca tampoco se veían señales claras o soluciones a la mano, sino gestualidades y gritos sin mucho impacto. El cuadro de la UANL tampoco clasificó con facilidad pero mostraba el dominio de un estilo y un enfoque comunitario a la hora de atacar y defender: falibles pero orientados.

La tendencia observada se mantuvo en el enfrentamiento de ambos conjuntos. Las Águilas aterrizaron en su casa para brindar un partido de pena ajena. Ni en la generación de jugadas de peligro, ni en la lucha por el balón y menos en el manejo de la pelota pudieron destacar. El itinerario del vuelo no estaba claro y los errores empezaron a inundar sus intentos por ligar dos o tres servicios; en tanto, los Tigres generaban llegadas y asediaban la puerta rival, pisando y rugiendo fuerte. Tras un primer medio sin goles, muy pronto el marcador reflejó el dominio de la visita gracias a un dudoso penal. Lejos de reaccionar, los de casa siguieron en su modo errático y solo una chilena representó un peligro real para la puerta felina.

Para la vuelta, la intensidad parecía volver al mundo de las Águilas. Sin construir demasiado peligro, pelearon más por la bola y se notaba un mayor convencimiento para buscar los dos goles necesarios. Pero el empuje sin talento colectivo casi nunca es suficiente; menos cuando el equipo de enfrente es superior a ti. La primera parte se fue sin anotaciones pero con oportunidades sobre todo para los de casa. Para el segundo tiempo, muy pronto los Tigres anotaron y el partido seguía igual en términos de lo que tendría que hacer el América. Pero siguiendo la tendencia de su entrenador, la entrega se empezó a convertir en agresión y la primera expulsión terminó por marcar destino, confirmado por una segunda roja: como respuesta, dos goles más para finiquitar el titubeante vuelo del águila que deberá recomponerse en su también maltrecho nido.

INCREMENTAR LA TENDENCIA

El conjunto de Morelia clasificó con más dificultades de lo esperado y pidiendo más o menos la hora, aunque merecidamente, mientras que el Monterrey no tuvo demasiados problemas para avanzar a esta instancia, sobre todo mostrando su poderío al momento de jugar en casa, si bien desde la ida ya contaba con ventaja. Por los visto en el torneo regular y en la fase de cuartos de final, los Rayados aparecían como claros favoritos ante unos Monarcas que ya estaban más lejos de lo que habrían supuesto al inicio del torneo, sobre todo después de salvarse, justamente en el campo de sus ahora rivales.

En el primer encuentro, los de casa salieron a buscar y generaron una primera llegada de peligro que se quedó perdida en el poste; poco a poco los visitantes empezaron a controlar el partido y a inclinar el terreno de juego hasta que vía el penal se fueron arriba en el marcador hacia el final del primer medio, ante el desconcierto del rival que no obstante siguió luchando con entereza a pesar de ser inferiores en funcionamiento colectivo, nómina y demás. Para la segunda parte, poco cambió y se veía más probable el segundo de los del norte que el empate para los michoacanos: manejo de partido, le llaman.

La vuelta terminó por definir la serie demasiado pronto para las expectativas de los visitantes y de quienes quisiéramos haber visto un partido con un poco más de nervio. Antes de la media hora, el Monterrey ya había convertido tres anotaciones y el asunto podía ser de escándalo, sobre todo considerando la instancia en la que se estaba disputando el partido: tanta diferencia entre ambos cuadros mandaba una señal del desnivel en el que también puede caer nuestro fútbol, siempre presumiendo que se trata de una liga muy pareja. Eso sí, el Morelia siguió jugando con honor y a pesar de recibir el cuarto en el segundo tiempo, mantuvo la entrega para cerrar una buena participación si se considera todo el torneo. Los de casa, en tanto, incrementando la tendencia.

 

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LIGUILLA DEL APERTURA 2017 (II): MARCADORES ESPEJO

27 noviembre 2017 by

Terminó la ronda de cuartos y clasificaron los equipos que quedaron mejor posicionados en la tabla, tres de ellos aprovechando esa condición. Antes que el criterio del gol de visitante, debiera estar ubicado justamente el de quién quedó arriba en el torneo regular, dado que la liguilla no es un certamen independiente, sino consecuencia del desempeño durante las 17 jornadas. En estos partidos, curiosamente se premió a quienes le echaron más ganitas en la fase regular: alguna recompensa habrían de obtener.

Llama la atención que los marcadores fueron idénticos en la ida y la vuelta, salvo en un partido en el que se sí se vio la diferencia entre el líder y el octavo puesto. Queda la sensación de que los visitantes en los encuentros de vuelta tuvieron la oportunidad de dar la sorpresa pero en el momento definitivo carecieron del empuje necesario y del talento para concretar: estuvieron a un gol de ganar con suficiente tiempo por delante ante rivales solo mejores en el papel, pero no en el tránsito de los 180 minutos.

RUGIDOS AL PAREJO

Con una buena y convencida actitud, el León saltó al campo mostrando vigorosa melena para ponerle una raya más al tigre. El cuadro de la UANL parecía consciente del asunto y se fue también a buscar la guarida de enfrente. El resultado: un muy atractivo primer medio en el que cada equipo tuvo sus llegadas y consiguieron anotar sendos goles para dejar el destino abierto en la segunda mitad. Ahí fue cuando la visita ya no dio el ancho y paulatinamente se fue diluyendo, si bien todavía se presentaron algunas opciones que se quedaron en el mundo de los deseos (ese fuera de lugar inexistente: ante la duda no se marca). Por su parte, el cuadro local empezó a manejar los tiempos y espacios sin dejar de inquietar al frente, sabiendo que un gol en contra los obligaba a marcar dos: no fue necesario y con lo justo se mantienen con vida en el certamen.

UN PARTIDO DE 20 MINUTOS

Ambos equipos salieron con todo como para sorprender al rival desde temprano. Primero fue el Toluca quien se puso arriba con gran jugada cuando apenas el partido iba naciendo. Morelia, obligado ahora a anotar dos goles, respondió con enjundia y cuando seguía el festejo de los visitantes ya el marcador estaba empatado: de la algarabía a la preocupación en un instante. El impulso le alcanzó a los locales para anotar el segundo en lucidora jugada polémica por apretado fuera de juego: ante la duda, hay que dejar correr las acciones. A partir del minuto 21, ambos equipos se dieron un respiro y tras la intensa escaramuza bajaron el ritmo. El problema es que a los Diablos Rojos les duró el pasmo todo el segundo tiempo y terminaron por despedirse del certamen en la medianía, mientras que Monarcas aguantó a pesar del riesgo implícito.

EL PESO DEL LÍDER

Entusiasta y todavía manteniendo cierta esperanza, el cuadro rojinegro empezó a hacer su partido hasta que los Rayados decidieron poner las cosas en orden. Sin miramiento alguno, se lanzaron al cubil de los Zorros y lo invadieron con tres anotaciones que pusieron punto final a las expectativas de la visita. No obstante, reaccionaron y se pusieron en el marcador por la vía penal, pero como para continuar con la claridad de planteamientos, los locales aprovecharon un choque entre arquero y defensor para empujar a la red el cuarto en la frente. El resto del primer medio y todo el segundo se convirtieron en un trámite para poner a prueba la entereza del Atlas, mientras la tribuna festejaba con anticipación el pase a la siguiente ronda. El Monterrey confirma su condición de serio candidato al título, jugando por encima del resto de los competidores.

DECEPCIÓN EN LA CAPITAL

La serie más atractiva en el papel resultó la más sosa en el campo de juego. No solo porque no se anotó un solo gol, sino por la disposición de juego de los dos equipos, sobre todo del América, supuestamente el equipo que debe gustar y ganar, no una u otra. En efecto, el Cruz Azul mostró un poco más de convencimiento para ir al frente, a sabiendas que un gol obligaba al anfitrión a meter dos, meta imposible para como estaban jugando. Pero una vez más la falta de contundencia, las circunstancias adversas y esa extraña predisposición que alcanza ya veinte años, operaron en contra del cuadro cementero, que jugó mejor ante unas irreconocibles águilas, incapaces de levantar el vuelo y apostando por una lógica resultadista que no corresponde con el discurso que suelen manejar en Coapa. Decepcionante incluso para quien avanzó a las semifinales.

 

LIGUILLA DEL APERTURA 2017 (PRIMERA)

25 noviembre 2017 by

Concluyó el torneo (ir)regular de nuestro fútbol nacional dejando decepciones y sorpresas a la par: entre las primeras, Chivas, Pumas y Tuzos abarcan la lista; las segundas las encabeza Monarcas, seguidos por el Atlas y los ofensivos Lobos. Del resto, más o menos lo que se esperaba, navegando con bandera de clasificarse sin mayores esfuerzos, salvo el Monterrey, único conjunto que mostró consistencia y empaque durante casi todas las jornadas. Es la 43ª. edición de los certámenes cortos y la XCVIII desde que iniciaron tal como los conocemos, con sus respectivas variantes en términos de competencia y organización.

La liguilla del Apertura 2017 inició en estadios que mostraron huecos en sus tribunas yLiguilla 2017 partidos con una rayita mayor de intensidad que lo visto durante las semanas previas: privó el equilibrio en todos los encuentros. Salvo algunos penales no señalados, el arbitraje cumplió con todo y que varios jugadores siguen sin entender que fingir faltas o exagerarlas en nada ayuda al espectáculo: suponer que se trata de ganar como sea, engaño incluido, habla muy mal de su profesionalismo y roza el ridículo. La mayor parte de los técnicos, mientras tanto, continúan con niveles de autocrítica cercanos a cero: la culpa siempre es de alguien ajeno al equipo y mucho menos de ellos.

EL INFIERNO ARDE EN LA COMPENSACIÓN

El Toluca fue un equipo irregular que de pronto se sentía repetitivo, sin posibilidades de variantes más allá de las probadamente agotadas. En contraparte, Morelia mostró un mejor entendimiento y compromiso tras haberse salvado del descenso. La primera parte del juego fue decepcionante por la escasa imaginación de los locales y el conformismo de los visitantes: parecía un enfrentamiento de la jornada 5. Para la parte complementaria, una segunda mano en el área de los Diablos, la primera no se marcó, le dio la oportunidad a Monarcas para irse arriba sin merecerlo demasiado. Pero contra todo pronóstico, el diablo siguió suelto y fue más allá de los detalles: un poco antes de apagar el infierno cayó el empate y, por no dejar, la pelota visitó la red tras un desvío para darle una voltereta al marcador absolutamente impensada.

FIERECILLAS INDOMADAS

Fiel a su costumbre, el León empezó el torneo para llorar y terminó para reír a carcajadas; también siguiendo un guion conocido, el equipo de la UANL hizo solo lo necesario para meterse a esta instancia, a pesar de su evidente potencial. Durante la primera parte, ambos equipos tuvieron opciones y la explosión parecía llegar pronto: fue hasta la segunda parte cuando los de casa se fueron arriba con relampagueante jugada y el partido se abrió para beneficio de propios y extraños. La visita presionó, dejando espacios que aprovecharon los verdes para generar peligro, pero terminó consiguiendo el empate emulando el gol que había recibido en contra: tiro raso, sólido e inalcanzable. En los minutos posteriores todavía se sentía la posibilidad del desempate pero privó la paridad, con ventaja para los de Nuevo León.

CLÁSICO EMPATE

Cruz Azul volvió a la liguilla después de una prolongada e inverosímil ausencia. El América confirmó su estatus de presencia frecuente en estas instancias. En el duelo más mediático de estos cuartos de final, pronto se empezó a confundir la pasión con las entradas sucias y la entrega con la calentura. La visita se quedó con diez hombres a la media hora y casi de inmediato tuvo la oportunidad para irse arriba pero erró un penal: ambas circunstancias correctamente pitadas por el juez con el apoyo de su asistente. Las Águilas se reacomodaron bien con diez hombres y los Cementeros intentaron pero mostraron sus carencias en el terreno de la creatividad. Todavía desperdiciaron cinco minutos con dos hombres más en el campo, tras una segunda expulsión, también justa. Si sirve de consuelo, no recibieron gol en su condición de local.

DOCE PUNTOS DE DIFERENCIA

No obstante la distancia entre ambos equipos, unos aguerridos rojinegros del Atlas saltaron al campo con la convicción que el caso ameritaba. Muy pronto, sin embargo, recibieron su dosis de realidad: el Monterrey mostró porqué fue el mejor cuadro del certamen y sin decir agua va se puso al frente en el marcador, como para dejar en claro con quién estaban tratando. Por si quedaban dudas, los rayados tejieron un segundo gol y parecía que el asunto devenía goliza. Los locales respondieron con entereza y empezaron a equilibrar el partido, superando sus miedos, las fallas arbitrales y el temible rival de enfrente: se pusieron en la pizarra con una soberbia anotación y no dejaron de buscar la igualada durante todo el segundo medio. No llegó, pero los zorros dejaron constancia de compromiso y de evitar cualquier amedrentamiento por parte del líder.

CORONA CAPITAL 2017 (I)

18 noviembre 2017 by

Una breve revisión de algunos de los invitados ilustres a este festival que aprovecha bien los recursos y patrocinadores para incluir en su cartel a diversos artistas que están presentes en la agenda del rock y anexas.

ELLAS MARCAN TENDENCIA

La inglesa PJ Harvey lleva 25 años convertida en una de las mujeres clave de la escena roquera por su constante capacidad para tejer letras descarnadas expulsadas con vocalizaciones intimidantes y lanzarlas a sugerentes redes armónicas que van de la intensidad femenina, con todo y perspectiva histórica, a la explosión sentimental apenas contenida entre cuerdas de diverso acento. Sentó sus bases en la primera mitad de la década de los noventa con tres álbumes esenciales al hilo, como si se tratara de una interminable cascada creativa: Dry (1992), Rid of Me (1993) y To Bring You My Love (1995) mostraron a una artista integral con necesidad de compartir sus preocupaciones vitales más allá de requerimientos mediáticos.

Presentó después, tras grabar una canción con Nick Cave, Dance Hall at Louse Point (1996) junto con el guitarrista John Parish, con quien también concibió A Woman a Man Walked By (2009). Cerró el siglo con el cuestionador Is This Desire? (1998) y el pegador Stories from the City, Stories from the Sea (2000), marcando rumbo hacia el nuevo milenio, en el que ha mantenido un sorprendentemente alto nivel de energía con álbumes como el personal Uh Huh Her (2004); White Chalk (2007), en donde destaca la presencia del piano, y Let England Shake (2011), obra mayor de miras políticas que la ubicó en la tesitura de la música de protesta, retomada en The Hope Six Demolition Project (2016), mostrando que la madurez no implica ablandamiento ideológico.

Por su parte, Angel Olsen es una heredera y transformadora de tradiciones estilísticas. Oriunda de San Luis Misuri, se mudó a Chicago y empezó a cosechar su vena alternativa a través de los surcos del folk y el indie rock. Tras colaborar con Bonnie “Prince” Billy, lanzó desde la absoluta confección casera Strange Cacti (2011), en el que levantaba la mano para participar en la escena del movimiento folkrock, recibiendo la palabra con Half Way Home (2012). Vendrían después dos discos excepcionales: Burn Your Fire for No Witness (2013) y My Woman (2016), de alcance directo sin concesiones, dándole la bienvenida a un acento roquero bien integrado a la contagiante sensibilidad folk.

Y ELLOS TAMBIÉN

Elbow es uno de los grupos esenciales del siglo XX. Comandados por Guy Garvey, vocalista con profunda sensibilidad melódica e influencia directa y sin intermediarios de Peter Gabriel, los originarios de Manchester han construido un rockpop vital e inteligente, plagado de instrumentaciones entre orquestales y esencialmente guitarreras que viajan de la abundancia roquera a la intimidad catártica, atravesando sutilmente por las fronteras estilísticas del progrock intervenido con dosis de actualidad que plantea miradas a los tiempos en donde las relaciones están marcadas por la incertidumbre.

Asleep in the Back (2001) y Cast of Thousands (2004) sirvieron para poner el pie firme y con Leaders of the Free World (2005) ganaron total reconocimiento con todo y el enfoque deliberativo. El brillante The Seldom Seen Kid (2008) mostró el rango de sensibilidad de lo que eran capaces y Build a Rocket Boys! (2011) acabó por resultar confirmatorio de la compenetración del concepto estético de la banda. Para confirmar el estatus y la capacidad para hacer un rock adulto (no en el sentido conformista), ahí están The Take Off and Landing of Everything (2014), pleno de sensibilidad melódica, y Little Fictions (2017), apostando por las esperanzas de las realidades paralelas; entre ambos, Garvey grabó en solitario Courting the Squall (2015), de mirada introspectiva.

 

BLADE RUNNER: VOLVER A VER LOS CLÁSICOS

15 octubre 2017 by

Por lo que refiere a los clásicos fílmicos, podemos ubicar cuatro niveles en su tratamiento: el simple saqueo que no genera mayor interés, ni siquiera para volver al origen; el homenaje que permite la revaloración del texto en cuestión, sin aportar demasiado; la actualización, en donde se busca ponerlo al día según las condiciones actuales y, finalmente, la expansión de su planteamiento, en la que dicho clásico encuentra nuevos territorios para desarrollarse sin perder su esencia, incorporando contextos y ámbitos de los tiempos que en efecto están cambiando.

Dirigida por Ridley Scott, quien venía de realizar la fundacional Alien, el octavo pasajero (1979) y curiosamente de codirigir el video de la exquisita Avalon de Roxy Music, Blade Runner (1982) se convirtió en una de esas películas modélicas que trascienden su discurso más allá de los territorios cinematográficos, haciéndole total justicia visual y argumental a ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? (1968), historia perpetrada por la mente paranoica y visionaria del maestro Philip K. Dick, generalmente llevado a la pantalla sin mayor resonancia, salvo en El vengador del futuro (Verhoeven, 1990), Impostor (Fleder, 2011), Sentencia previa (Spielberg, 2002) y Una mirada a la oscuridad (Linklater, 2006).

Al quebequense Dennis Villeneuve, (Polythecnique, 2008) le gustan los proyectos que impliquen riesgo: asumió la responsabilidad de adaptar a Saramago y entrar al tema de la identidad (Enemigos idénticos, 2013); incursionó en el espinoso tema del narcotráfico transfronterizo sin ser de aquí ni de allá (Sicario, 2013); logró aventurarse en la reflexión cienciaficcional de mensajes trascendentes (La llegada, 2016) y se inmiscuyó en los vínculos que se generan entre padres e hijos ante la pérdida y el redescubrimiento (La mujer que cantaba, 2010; Intriga, 2013).

De todos los retos salió bien librado y la tendencia se extendió en Blade Runner 2049 (EU-RU-Canadá, 2017) su excursión por el mundo humeante y grisáceo, devastado ecológicamente y depresivo hasta la cocina de los replicantes y sus cazadores, sobreviviendo en una sociedad construida a partir de la ultra virtualización donde incluso la pasión romántica es una mercancía que se vende susceptible de anidarse en la realidad de los afectos; predomina una especie de capitalismo deprimido, necesitado de complacer ausencias y sostenido por colonias de niños trabajadores tiranizados por algún mercenario, además de una corporación capaz de someter al estado policiaco, como se advierte en la secuencia de las dos mujeres que ostentan el poder.

Ryan Gosling es el señor K de kafkiano, atrapado en una rutina burocrática donde solo le queda obedecer órdenes de su jefa, interpretada por Robin Wright, y que apenas encuentra un cierto respiro en la relación con su novia virtual por conveniencia, encarnada (es un decir) por la cubana Ana de Armas; su misión chocará con los intereses del mandamás invidente de la siniestra compañía voraz, encabezada por un taciturno Jared Leto, siempre bien secundado por la implacable Silvia Hoeks y, para redondear el casting, Harrison Ford ya en su clásico papel de héroe nostálgico venido a menos, aquí como el viejo y estimado Rick Deckard.

Los Ángeles ahora es un lugar menos natural que hace treinta años, si es que ello es posible; San Diego es una especie de cinturón de basura y chatarra y el trazo urbano ha suplantado cualquier posibilidad de paisaje verde. La lluvia continúa en tanto se convierte en nieve ácida, mientras los apabullantes hologramas pretendidamente seductores y los anuncios publicitarios invaden la grisura húmeda y humeante de callejones sin salida, contrastando con esos desiertos rojizos cargados de polución, a su vez atravesados por un score entre ambient y tecno de la dupla Wallfisch-Zimmer, modificando su tono según el hábitat en el que nos vamos encontrando, generalmente de metálica devastación o de extrema aridez.

MÁS QUE HUMANO

Si en ciertos momentos, sobre todo en la primera mitad, se siente que el relato se atora por regodearse sobre sí mismo, la puesta en escena y las resoluciones posteriores anulan dicha sensación. La fotografía del veterano Roger Deakins, colaborado asiduo del director, captura con lucidez los impresionantes escenarios que definen una mitología futurista, tanto en exteriores como en los interiores de la corporación con formas oblicuas por las que avanzan sinuosos haz de luz y que reflejan una racionalidad líquida (diría Bauman), sostenida por una amenazante ambigüedad en la que conviven la creación y la destrucción, la búsqueda del origen y de las respuestas ante la incertidumbre acerca de la propia naturaleza: Pinocho y Frankenstein.

En efecto, crisis de identidad existencial: un nuevo modelo de androides que tiene queBlade Runner 2049 exterminar replicantes, o sea, a los de su propia especie, tal como le espeta uno de los antiguos (Dave Bautista con sorprendente intensidad) al despreciado “portapieles”. Viven con recuerdos implantados con los que parecen sentirse satisfechos justo hasta que dejan de estarlo, sin la inquietud por humanizarse como sus ancestros rebeldes: el proceso de perfeccionamiento entendido como pérdida de sensibilidad, salvo que alguien lance el mensaje de que vale la pena morir por una causa. Claro que uno cambia cuando es testigo de un milagro, a menos que una prueba “nabokoviana” para verificar que todo sigue en orden lo desmienta.

Si en Her (Jonze, 2015) el hombre solitario se enamora de su sistema operativo a través de la conversación, el Blade Runner se apega a una mujer digital que se adapta a la situación e incluso se encarna en otra joven (Mackenzie Davis): la diferencia es que mientras que en el primer caso no hay exclusividad, en el segundo parece sí existir, a pesar de tener que brindar consigo mismo. Claro que se puede incendiar la casa para intentar disipar las dudas existenciales, más fuertes que cualquier fuego pretendidamente liberador. Pocos descubrimientos tan devastadores como el darse cuenta que un recuerdo que creías tuyo, nunca lo fue, por más que no se asuma frente a la joven especialista en dotar de memoria a los necesitados.

El guion del veterano Hampton Fancher en complicidad con Michael Green (Logan, 2017), establece los necesarios nexos con la primera parte pero le dota de identidad propia a la secuela: el gran Edward James Olmos ahora hace ovejas de origami, no unicornios que habitan los sueños imposibles; Rachel (Sean Young) es un recuerdo único que sigue palpitando sin aceptar copias y el protagonista parece derramar lágrimas que fluyen, dijera el policía, extraviándose en la lluvia, tal como lo expresó el líder de los replicantes rebeldes que murió tres decenios atrás (Rutger Hauer). Está, por supuesto, el protagonista de la primera entrega, de quien siempre se dudó acerca de su naturaleza, envuelto en un entorno de escasa interacción social.

Ahí están el árbol muerto que guarda secretos vitales, apenas anunciados por una flor inaudita, así como las esculturas gigantes atrapadas en un rictus que viaja del deseo a los sueños rotos, en los que siempre faltan piezas y que se asumen como un cuadro de Giorgio de Chirico, entre el vacío existencial, la belleza intrigante y la decadencia desértica, como el hotel/casino de Las Vegas, habitado por los fantasmas/hologramas de Liberace, Marilyn Monroe y Frank Sinatra, acompañados de un perro que bebe whisky y que no se sabe si es real pero que sirve de compañía al escurridizo Deckard, recluido después de cumplir a medias su misión de hace treinta años y con el recuerdo palpitante de un amor que creíamos imposible, cual prueba indudable de la humanidad que lo carcome.

 

TOM PETTY: ROCK PARA ROMPER CORAZONES

5 octubre 2017 by

Con él aprendimos a volar sin alas rumbo al cielo abierto y nos acompañó en nuestras caídas libres provocadas por escuchar al corazón, aguantando la ruptura sin echarnos para atrás. Eso nunca. En su música cabíamos todos: desde los perdedores que se levantan para volver a fracasar, hasta quienes se la pasan habitando en un mundo romántico lleno de flores silvestres escondidas en la prolongada oscuridad, que nunca termina por asentarse en alguna realidad ligeramente palpable.

El rock guitarrero de aliento sureño se despliega a través de memorables ganchos pop con influjos new wave, bañados en un rock’n’roll de constante actualidad y energía cargada a la mano, ajeno a pretensiones más allá de entregar brillantes canciones de rock clásico, ya de propiedad colectiva y parte del crecimiento vital de quienes andábamos deambulando por ahí sin mayor oficio ni beneficio pero eso sí, con las ganas de trascender a punto de turrón tratando de cumplir con duras promesas.

Ya desde su etapa de bachiller, el oriundo de Florida mostró sus cualidades para el juego de cuerdas y la composición; encontró en una banda conocida como Mudcrutch, su primera y última curiosamente, el ecosistema necesario para iniciar su trayectoria: se hizo cargo del bajo y conoció a colegas clave como el guitarrista Mike Campbell y el tecladista Benmont Tench, escuderos de múltiples gestas y que reencarnaron en The Heartbreakers, la legendaria banda de apoyo que se nutrió con la aportación del bajista Ron Blair y del baterista Stan Lynch, que también le hace a la cantada.

Con la influencia palpable de The Byrds, Buffalo Springfield, The Allman Brothers Band y The Rolling Stones en la construcción musical, así como la de Bob Dylan en el núcleo de la propuesta, Tom Petty debutó en el campo discográfico con el sorprendente homónimo Tom Petty & The Heartbreakers (1976), contrastando con la naciente escalada punk. La costumbrista American Girl comandaba la propuesta tanto sonora como descriptiva de una sociedad en pleno proceso de transformación, reflejada también en Breakdown con una banda que suena prematuramente integrada.

La segunda apuesta fue You´re Gonna Get It! (1978) con canciones memorables como I Need To Know, Hurt y Listen to Your Heart, alcanzando hasta ese momento mayor reconocimiento en Inglaterra que en la propia tierra, cual típico profeta. El rompimiento definitivo llegó con la obra maestra Damn the Torpedoes (1979), saturada con canciones en estado de gracia con Refugge como estandarte, seguida por diversos cortes que ilusionaban a los perdedores con el esperanzador mensaje de que tarde o temprano llegará nuestra chica para remediarlo todo; la estructura sonora se afina y las melodías se vuelven tan cercanas como el fin de una época, gracias también a la punzante producción de Jimmy Iovine.

El impulso y la confianza ganada impregnó a Hard Promises (1981), digno continuista de su predecesor y en el que se mantienen las premisas intactas como se aprecia en la abridora The Waiting. En los años subsiguientes, aparecieron el episódico Long After Dark (1982) y Southern Accents (1985), por medio del cual amplió su radar con el apoyo de la naciente MTV, en donde salió a cuadro como el sombrerero loco en Don’t Come Around Here No More: un disco con aroma a paja que trascendía el localismo aparente. Porque sabemos que el corazón es un pozo no de los deseos reprimidos, sino los que nunca se cumplen pero siempre se anhelan, acompañaron a la bruja blanca Stevie Nicks en la significativa Stop Draggin’ My Heart Around.

EL CIELO HIPNÓTICO NOS ESPERA CON LAS NUBES ABIERTAS

Imposible resistirse a la influencia de Bob Dylan, sobre todo si trabajas con él: ahí está el reflejo de esta experiencia sellada en Let Me Up (I’ve Had Enough) (1987), en donde Petty y los suyos daban muestras de retomar el nivel de finales de los setenta y principios de los ochenta. En estos años, formó The Travelling Wilburys, el súper grupo más renombrado de la historia del rock que entregó un par de discos (Vol. 1, 1988; Vol. 3, 1990: ¿habrá un volumen dos escondido?), en donde participaron íconos absolutos como el propio Dylan, George Harrison, Roy Orbison y Jeff Lyne, vuelto su productor para el fantástico Full Moon Fever (1989), una especie de debut solista que nos puso en disfrutable caída libre para perseguir los sueños sin dar un paso atrás. Ya ni modo, dirían los cínicos.

Los noventa empezaron con los reflectores encima gracias al mediático Into the Great Wide Open (1991), lección de aprendizaje incluida para levantar el vuelo más allá de los límites autoimpuestos, y con el obligado Greatest Hits (1993), con Mary Jane’s Last Dance como carnada para la compra de los coleccionistas. Una vez más prescindiendo de su banda de soporte, se aventuró en una segunda incursión individual para entregar el estupendo e introspectivo Wildflowers (1994) con todo y las orquestaciones de Michael Kamen bajo la producción de Rick Rubin, de moda por aquellos años, compartiendo la dificultad para entender lo que se siente cuando no lo has vivido, sobre todo si alguna vez te ceñiste la corona. Mi favorito.

De regreso con los responsables de tanto ritmo cardiaco suspendido, Tom Petty entró al Tom Pettymundo del celuloide en She’s the One (1996), cuyo score integraba algunas canciones de colegas como Beck y Lucinda Williams. Para cerrar el milenio, apareció Echo (1999), obra menos conocida pero tan consistente como las mejores en la que se refleja su divorcio tras 20 años de matrimonio y un tránsito entre el rock humeante y cierta tristeza. En tono crítico hacia la industria, apareció Last DJ (2002), que tuvo más repercusión en las ventas que en las apreciaciones del público, más recordado por su discurso contestatario que por su apuesta sonora.

Otra vez bajo la batuta de Lyne y con el apoyo de Campbell, grabó el efectivo Highway Companion (2006), se tercer álbum “solista” con Saving Grace y Flirting With Me como canciones representativas y demostrando que solo o bien acompañado podía regalarnos discos no de una sola pieza, sino de varios cortes versátil y fluidamente engarzados a partir de una madurez que lejos de advertir estancamiento, denotaba oficio y creatividad.

Volvió con los rompecorazones, un poco más entrados en años pero todavía en plan de hacer ruido, vía un par de sólidos y energéticos álbumes que demostraban que a veces puede tener más fuerza la experiencia que el músculo juvenil: Mojo (2010) representó un sólido regreso e Hypnotic Eye (2014), toda una confirmación de que lo que bien se aprende no se olvida, sobre todo cuando se cuenta con habilidades para cautivar sicológicamente a la audiencia. También regresó cual viaje a la semilla con su banda primigenia para grabar el homónimo Mudcrutch (2008) y 2 (2016), junto con los compañeros de siempre Tench y Campbell, además de los veteranos Tom Leadon y Randall Marsh.

Un valioso documento para adentrarse en la vida de Tom Petty es Runnin’ Down a Dream (2007), dirigido por Peter Bogdanovich en el que durante cuatro horas nos lleva por la vida y obra del líder de los rompecorazones, retomando una presentación en vivo, imágenes y declaraciones e pietaje, la importancia de Mudcrutch y su intervención en The Travelling Wilburys; cabezas parlantes como George Harrison, Eddie Vedder, Stevie Nicks, Dave Grohl, Jimmy Iovane, Jeff Lynne, Rick Rubin, Johnny Depp, Jackson Browne y varios familiares, entre otros, brindan una buena perspectiva de la importancia de este hombre para la cultura del rock. Al final, también ha estado en las microhistorias de quienes lo incorporamos como parte de nuestras discretas transformaciones.

 

ROSCOE MITCHELL: DESDE LA CIUDAD DE LOS VIENTOS EXPERIMENTALES

2 octubre 2017 by

Recibió con los pulmones abiertos la influencia de grandes como Coltrane, Coleman y Ayler, con quien participó en su banda, para después insertarse a la camada de excursionistas como Braxton, Jarman y Threadgill, navegando por donde se encuentran las aguas del jazz y la música clásica contemporánea, específicamente el avant-garde, y así arribar a tierras donde las estructuras y formas se metamorfosean constantemente, fundiéndose en una improvisación sustentada y alimentada por una sensibilidad expansiva. En sentido colectivo, ha creado diversas asociaciones para fomentar el crecimiento y consolidación de la manifestación musical en sus diversos estratos.

Roscoe MitchellJugando con los tiempos e intervalos a partir de un espíritu que privilegia la espontaneidad, el saxofonista y ejecutante de lo que le pongan enfrente,, básicamente el saxofón como símbolo inequívoco del jazz Roscoe Mitchell (Chicago, 1941) se ha convertido en toda una institución, por paradójico que parezca, de la renovación del jazz y sus contornos, justo donde habitan la atonalidad, el free y otras propuestas disruptivas. Por supuesto, se incorporó a la venerable Association for the Advancement of Creative Musicians (AACM), organización clave en el desarrollo del jazz de avanzada.

Después de entrar al mundo del Bop y aprender tanto del mencionado Ayler como del compositor y pianista Muhal Richard Abrams, debutó justamente bajo el cobijo del ensamble en formato de sexteto con el ahora clásico Sounds (1966), toda una aventura sonora en la que ya visitaba parajes espesos que se abrían a espacios de mayor nitidez, estrujando el saxo alto y el clarinete hasta obtener sonidos imposibles de timbres envolventes, sostenidos en una base rítmica igual de impredecible y en la combinación del chelo, el trombón y la presencia del propio Bowie, trompeta, armónica y fiscorno en la punta de la lengua, por supuesto armando un circo de tres pistas.

Ahí está su decisiva participación en la conformación del Art Ensemble of Chicago, esencial colectivo de renovadores ente quienes se encontraban Lester Bowie, trompetista de excepción y que ha producido una gran y pujante cantidad de discos: Selected Recordings (ECM, 2002), puede ser un buen inicio. Después de firmar Congliptious (1968), enclavado en el free jazz, formó el Creative Arts Collective en los años setenta, década en la que se mantuvo activo vía resonantes obras como Solo Saxophone Concerts (1974), Quartet (1975), el doble Nonaah (1977), junto con la pandilla conocida y Sketches From Bamboo (1979).

En la década de los ochenta, además de su incansable labor colectiva en la AACM y en el famoso ensamble, empezó a saxofón batiente con Snurdy McGurdy and Her Dancin’ Shoes (1981), al que le seguirían de manera inmediata 3 x 4 Eye (1981) y More Cutouts (1981); para darle continuidad a sus ideas con respecto a las posibilidades de los ensambles con énfasis percusiva, se aventuró con Roscoe Mitchell and the Sound and Space Ensembles (1983), An Interesting Breakfast Conversation (1984) y The Flow of Things (1986), cerrando estos años con memorables trabajos en vivo.

LAS CAMPANAS QUE VIENEN DEL SUR

En los años noventa, participó con intérpretes clásicos y conformó el grupo Nine Factory para seguir explorando sonidos diversos en la frontera de la música contemporánea y el jazz, a partir de estructuras oblicuas e innovadoras como se advierte en This Dance Is for Steve McCall (1993), Nine to Get Ready (1999) y Song for my Sister (2002), entrando al nuevo milenio con la fuerza suficiente para crear texturas desafiantes. Por otra parte se desenvolvió en formatos tradicionales como el trío, a través del cual presentó los dialógicos The Day and the Night (1996), Solo 3 (2004) y el doble No Side Effects (2006), en compañía del intenso chelo de Harrison Bankhead y la dislocada batería de Vincent Davis.

Lejos de tomarse un respiro, en años recientes ha mantenido intensa actividad, tocando con los colegas de antaño y con otras figuras centrales de la escena como el baterista experimental Tyshawn Sorey y el trompetista Ragin (Duets, 2013); Pauline Oliveros, John Tilbury, y Wadada Leo Smith (Nessuno, 2014) y con viejos conocidos como Jack DeJohnette, el pianista Muhal Richard Abrams, el bajista Larry Gray y su colega Henry Threadgill (Made in Chicago, 2013). Como quinteto, destaca Turn (2005), con la presencia del pianista Craig Taborn, con quien produjo los retadores Conversations I y II (2014).

Atendiendo una comisión del Museo de Arte Contemporáneo de Chicago y bajo el Roscoe Mitchell 2prestigioso sello ECM, con el cual ya había grabado, presentó Bells for the South Side (2017), ecléctica y ambiciosa obra en vivo que captura en dos discos el trabajo desarrollado con cuatro tríos, cada uno con características distintas en función de las intenciones y habilidades de los colegas participantes: el resultado es una de las obras clave del jazz del año en la que se integran pasajes de hermosa abstracción con otros de alcance orgánico. Discussions (2017), recién salido del horno, no hace sino confirmar los principios artísticos y didácticos que el gran saxofonista de Chicago ha cimentado a lo largo de 50 años de desafiar y trastocar el ambiente con vientos de cambio.

 

 

DUNKERQUE: SOBREVIVIR AL ENEMIGO INVISIBLE

29 julio 2017 by

Christopher Nolan es un director que se arriesga formal, temática y presupuestalmente hablando. Aunque en ocasiones sus ambiciones rebasan los resultados alcanzados por sus películas, en todos los casos muestra un sorprendente dominio del lenguaje cinematográfico, sobre todo en cuanto al uso del espacio fílmico y a las lógicas narrativas de temporalidades imbricadas o dislocadas, para ponerlo al servicio de sus ideas que, en efecto, por momentos navegan por una grandilocuencia que obstruye la sustancia. Quizá se convierta en el equivalente de Spielberg para las nuevas generaciones: el tiempo lo dirá.

He disfrutado todas sus películas, incluyendo la vilipendiada –por algunos críticos- Interestelar (2014), pero sigo quedándome con la temprana Memento (2000), su obra más redonda a mi parecer. En el documental Side by Side (Christopher y Chris Kenneally, 2012) y en varias entrevistas posteriores, el realizador de Following (1998) y el corto documental Quay (2015), sobre los creativamente retorcidos hermanos de animada estética stop motion, va dejando clara su postura acerca de lo que debe ser el cine en cuanto al empleo de los recursos digitales y en torno a su función como espectáculo de masas y expresión artística. Lo cierto es que cuando presenta una de sus obras, muchos nos involucramos para dar nuestra trascendente opinión.

SOBREVIVIR ES SUFICIENTE

Dunkerque (RU-PB-Francia-EU, 2017) es un gran ejemplo de concisión y enfoque fílmicos, a diferencia de otras de sus cintas como El origen (2010), en donde la premisa quedaba un cuanto tanto subsumida a la pirotecnia visual; nada parece sobrar en el ensamblaje de esta arrobadora historia de sobrevivencia con sabor a derrota evacuatoria, revisada también en el documental de 1989 dirigido por Michael Campbell y de manera tangencial en Expiación (Anagrama, 2006), la gran novela de Ian McEwan vuelta vibrante película por Joe Wright bajo el título Expiación, deseo y pecado (2007).

Cierto es que la decisión de eliminar del guion los contextos más amplios del suceso, puede ser discutible en términos ideológicos, en el entendido de que no se trata que una película se convierta en clase de historia, a menos que ésa sea su intención: quedan sin apuntarse el sentimiento de abandono de los franceses (aunque cinco años después recibieron como héroe a Churchill en París); la orden de Hitler de no acercarse más a la costa y las disputas políticas entre los altos mandos nazis, entre los que había la idea de rematar al ejército aliado y la necesidad personal de algunos de llevarse el crédito, según ciertas versiones históricas.

El filme arranca en el fantasmal poblado belga que da título al film con un grupo de jóvenes soldados caminando por las calles desoladas, bañadas por una lluvia de papeles propagandísticos que anuncian la derrota. Una manguera moribunda y una colilla de cigarro son objetos buscados por los niños que se atreven a asomarse más allá de sus casas. De pronto y como para ponernos a tono, surge el ataque brutalmente sonorizado dirigido a los caminantes de los que solo uno consigue llegar a la playa, especie de ratonera en donde la muerte acecha en forma de bombardeos aéreos, recordando las secuencia inicial de Salvando al soldado Ryan (Spielberg, 1998).

A partir de aquí, se abren las tres vetas narrativas yuxtapuestas con abundancia de imágenes y escasez de diálogos, porque no había tiempo para hablar, solo para actuar: una semana en tierra, un día en el mar y una hora en el aire. La edición nos conduce por una concatenación de sucesos en alguno de los elementos de batalla que se insertan con plasticidad en algún otro frente, retomando lo ya visto pero desde una perspectiva distinta y apostando por una economía narrativa que impide la reiteración innecesaria.

Los breves y notables Kenneth Brannagh y James D’Arcy a pie de playa; Tom Hardy desde los aires con aspecto de Bane en modo heroico, y el sobrio Mark Rylance en plan de ciudadano comprometido rescatando combatientes caídos (Cillian Murphy, Jack Lowden), integran el reparto de experiencia que trata de apoyar la graciosa huida desde sus distintas trincheras, mientras que Fionn Whitehead, Damine Bonnard, Aneurin Barnard y Harry Styles cumplen con la interpretación de algunos de los soldados en trance de mantenerse con vida, al tiempo que ponen a prueba sus principios morales en condiciones extremas, sobre todo cuando hay que optar por apoyar a los demás o pensar en uno mismo.

Dunkirk

La invitación del filme para sumergirse junto con los directamente involucrados en la evacuación parte desde una decisión de carácter tecnológico –filmar la mayor parte de las secuencias con cámaras IMAX en 70 mm y el resto en 65 mm- hasta una construcción visual y sonora que termina por cautivar y atrapar los sentidos, quizá más que el corazón. La edición de sonido es poderosa en todo momento para incorporar al espectador en la batalla escapista: los disparos iniciales retumban en los tímpanos y de ahí al resto de las secuencias, con ese angustiante tic-tac de un reloj no diegético que sí marca las horas.

La indefensión ante el enemigo que emerge del aire, ante la posibilidad de salir respirando del mar o mantenerse volando en la cabina claustrofóbica del avión, se retratan de manera puntualmente contrastantes, gracias a una edición milimétrica y a la versátil fotografía de Hoyet van Hoytema (El espía que sabía demasiado, 2011; Her, 2013) que además se da el tiempo para proponer encuadres de angustiante belleza, intercalando angulaciones tanto a ras de arena y bajo el agua, como por los aires, capturando sincrónicos movimientos de los soldados como si fuera una especie de danza macabra ante lo inevitable: en ciertos momentos, no queda más que arrodillarse y esperar que la muerte en forma de explosión no venga por ti.

La fuerza de la intrincada sonoridad se complementa con el omnipresente score del habitual socio musical Hans Zimmer, entre cuerdas acezantes, electrónica nebulosa, rítmica que parece tener los minutos contados y cierta luminosidad sobre todo en los títulos finales, a pesar del ambiguo final que desemboca en la toma que plantea interrogantes acerca del futuro. Tanto la banda sonora como el sonido y la edición en función de las secuencias visuales, terminan por ser una puesta en escena audiovisual de impactante fortaleza.

Caminar rumbo al mar despojándose de uno mismo; pasar a la posteridad vía noticia del periódico local, dejar que el ciego ilumine la proeza de mantenerse con vida o avergonzarse porque lo mejor que se logró fue huir con éxito: cinco años más por delante de angustiantes combates que ponían en vilo el futuro de la humanidad, ganando o perdiendo las pequeñas batallas para conservar cierta humanidad o extraviarse en la barbarie; pensar en el hogar como la tierra prometida o involucrarse en la absurda lógica bélica que pone a jóvenes a matar o morir por un conjunto de causas inventadas por sus mayores que de pronto se vuelven tan ajenas y abstractas como la propia noción de hermandad.

CLAUDIO MONTEVERDI EN LEÓN

7 julio 2017 by

Desde adolescente, este genial músico adelantado a su época, mostró una notable capacidad de aprendizaje con el apoyo de Antonio Ingegnieri, maestro de capilla, y un gran sentido compositivo que fue desparramando primero en ligeros motetes, después en sus elaborados libros de madrigales, particularmente en los últimos, y sobre todo en su música de drama (El regreso de Ulises a la patria, 1641; La coronación de Popea, 1642), donde se evidenciaba su gusto por la exploración de las posibilidades de la polifonía y las formas de rasgos más disonantes, innovadores y trascendentes para el desarrollo de la música tanto religiosa como.

Fue también maestro de coro y director de la catedral de San Marcos de Venecia, donde su talento floreció prolíficamente en la composición de motetes, madrigales y otras formas de composiciones religiosas; terminó ocupando el puesto de Maestro de música de la Serenísima República Veneciana. Sus cautivantes juegos antifonales que invadían las composiciones, más allá de la estructura elegida, anticiparon ciertas tendencias expresivas que explotaron en los años del Barroco; el gusto por el contrapunteo y la yuxtaposición de texturas vocales de distinto rango, que saltan de un tono absolutamente sacralizado a otro que puede sonar mucho más terrenal, según el momento narrativo.

Se ha considerado que Orfeo, favola in música (1607), resultó esencial para la evolución del género operístico y sentó las bases para su ulterior desarrollo, particularmente en Italia. Arianna (1608), de la cual solo conocemos una parte llamada Lamento de Ariadna, lo consolidó como el renovador de esta forma musical y si bien en sus tiempos enfrentó oposición por sus propuestas musicales, como suele suceder con los genios, hoy ocupa el merecido lugar de privilegio entre los grandes maestros del arte sonoro.

LA VÍSPERA

Ahora, como parte de la celebración del cuadrigentésimo quincuagésimo aniversario del nacimiento de este compositor cremonés, también cantante e intérprete de la gamba, sólido puente entre el renacimiento y el barroco tanto en estilo como en temática, llega al Teatro del Bicentenario de nuestra ciudad la presentación de una de sus obras capitales: Vísperas de la beata Virgen, compuesta en 1610 y que será interpretada por la Cappella Barroca de México & I Fedeli de Alemania, bajo la dirección de Horacio Franco a partir de un espíritu que buscará situarnos en aquella época en la que el componente religioso se mantenía presente en buena parte del desarrollo artístico.

Escucho la obra dirigida por Jordi Savall y editada en dos discos compactos en el 2007 por Alia Vox, con el coro del Centro de música antigua de Padua, el conjunto instrumental y vocal catalán La Capella Reial y notables solistas entre los que se encuentran Montserrat Figueras, María Cristina Kiehr, Guy de Mey y Gerd Turk, entre otros. El bien diseñado cuadernillo, escrito en varios idiomas, da buena cuenta de la obra misma y su enfoque sacro, el proceso de grabación en la Basílica de Santa Bárbara, donde probablemente la presentó el propio autor, no obstante las condiciones climáticas difíciles, y el espíritu que alentó el proyecto de esta grabación, previamente.

La interacción entre los instrumentos de aquellos días con los coros, abriendo espacios exclamativos para las voces solistas de orientación mística, nos va absorbiendo paulatinamente, como suele suceder con las experiencias litúrgicas profundas, para ubicarnos por completo en tiempos y espacios de espiritualidad artística donde la búsqueda misma se convierte en el propio sentido de la escucha. Las cuerdas y los vientos se integran de manera orgánica entre los salmos, las antífonas, los conciertos y el himno, generando capas sonoras que se entretejen para formar epifanías de redescubrimiento.

La obra en cuestión, desarrollada predominantemente por la presencia de seis voces e igual cantidad de instrumentos, aunque se dejan escuchar algunas partes con distinto número de involucrados, abre con un suplicante responsorio y cierra con un imponente magníficat, entre los cuales se articulan diversas formas con cantos que van del agradecimiento a Dios, la petición para descubrir los caminos sagrados y la glorificación a la que se aspira en compañía del creador. Como era en el principio, ahora y siempre. Estamos en la víspera.

 

 

ELLE: DESENMASCARAR LA TRANSGRESIÓN

5 mayo 2017 by

Una mujer es invadida por partida doble: en su casa y en su cuerpo. Después de ser violada por un hombre enmascarado ante la mirada de su gato, se levanta y recoge los vidrios y la vajilla rota. A la mañana siguiente va a trabajar a su empresa de diseño de videojuegos, en donde le señala a los jóvenes entre geeks y gamers que incrementen el realismo de un prototipo en el que una mujer es sometida, y continúa con su vida tomando ciertas precauciones defensivas, pero nada más. Probablemente llegó el momento de entrar en algún sugestivo juego que trascienda la realidad virtual, tomando o soltando el control según convenga al espíritu contraventor.

Elle: Poder y seducción (Francia-Alemania-Bélgica, 2016) está dirigida con la pulsión sobre la mesa por el realizador holandés Paul Verhoeven, quien inició su carrera en su país y tras escuchar el canto de la sirenas hollywoodenses de 1985 al 2000, volvió a tierras europeas para rodar la notable La lista negra (2006) y el mediometraje Steekspel (2012). Ahora con esta contundente propuesta vuelve a los primeros planos del planeta fílmico, dinamitando diversas convenciones resultantes de este tipo de planteamientos argumentativos que arrancan con una violación: de hecho, el tema central del descubrimiento acerca de quién fue el agresor, cede terreno para explorar otros territorios de esta mujer echada para adelante.

CÓMO RECONVERTIR LA AGRESIÓN

Este invasivo y traumatizante ataque, si bien le sigue rondando en la cabeza a Michèle Leblanc, pareciera asunto superado y apenas alcanza el nivel de una mala experiencia: no se victimiza ni le dice a nadie hasta que en una cena con amigos suelta la noticia, un poco como para cubrir el requisito de comunicarlo. Pero paulatinamente, el evento se integra a la complejidad que plantea la personalidad de esta mujer madura, viviendo su sexualidad sin reparos y estableciendo una particular relación con el misterioso delincuente, que continúa acosándola en tono de perversión casi lúdica, no por ello inocente o inocua.

El formidable retrato del personaje central se construye a partir de las relaciones que establece con los demás: nos vamos enterando que vivió en evento traumático en el pasado que la alejó para siempre de su padre, mientras que con su estrafalaria madre (Judith Magre) mantiene un nexo complicado, ya no digamos con el mucho menor novio de ésta. Emprendedora y jefa vertical en sus decisiones, comparte la empresa con su mejor amiga (Anne Consigny), casada con un hombre infiel (Christian Berkel) y a la primera oportunidad gusta de escuchar Lust for Life de Iggy Pop, como para confirmar por dónde andan sus aficiones.

ElleEstá separada del marido con quien se lleva razonablemente bien (Charles Berling), incluyendo a su pareja del momento, una maestra de yoga (Vimala Pons); trata de apoyar a su vástago (Jonas Bloquet) de carácter débil (como en ocasiones sucede con quienes tienen madre fuerte), en el proceso de convertirse en padre de un niño que no es biológicamente su hijo, junto a una casi adolescente (Alice Isaaz) que lo maltrata constantemente y que, en consecuencia, tiene fricciones con la protagonista, su suegra. Y está una pareja de vecinos con la que traba contacto: ella, católica ferviente (Virginie Efire) y él, un hombre común que se desenvuelve en el medio financiero (Laurent Lafitte). Demasiado normales dentro de esta galería de máscaras.

En efecto, Michèle es una mujer compleja que juega por los vericuetos de la realidad con varias caretas a la vez y muestra su auténtico rostro, suma quizá de todas estas máscaras, sin importar mucho las consecuencias: apuesta por un pragmatismo voraz y parece ir por la vida con tal seguridad que es capaz de aventurarse en peligrosos juegos sexuales y afectivos. No obstante, una cierta fragilidad se devela de manera muy sutil y cuando las múltiples verdades van apareciendo y se desencadenan eventos decisivos, con sus consecuentes rupturas y sacudidas, los afectos terminan por tender hacia su sitio, de donde nunca se debieron haber movido o, quizá, solamente así se volvieron del todo reconocibles.

El epicentro de la película es la interpretación de Isabelle Huppert, una de las grandes actrices de nuestro tiempo y con una larga filmografía a cuestas en la que se encuentran directores como Preminger, Pialat, Godard, Chabrol, Tavernier, Robbe-Grillet, Téchiné, Haneke y Sang-soo Hong, entre otros; a sus más de 60 años, sigue siendo capaz de arriesgarse para meterse en la piel de mujeres que lindan con la locura, el atrevimiento y la sensibilidad a flor de angustia, como se advierte en La ceremonia (1995) y La pianista (2001), por ejemplo. Ya desde sus inicios dio muestra de esta disposición natural para asumir papeles complejos, como en Aloïse, (1975), Les indiens sont encore loin, (1977) y Violette Nozière (1978), por mencionar algunos casos.

Con una simple mueca expresa lo necesario y un poco más, abriendo posibilidades para los cuestionamientos; como se muestra en Elle, detrás de esa imperturbabilidad se asoma una profunda necesidad de búsqueda, experimentación y, en ciertos momentos, aceptación. La frialdad a punto de romperse aunque sabemos que no vamos a ser testigos de ello: primero encontrar la forma de resolver el problema antes de pedir ayuda o derramar alguna lágrima que nos confirme la existencia de la necesidad de un poco de comprensión. Por lo menos de la felina mascota que mira impasible la invasión.