HIJOS INESPERADOS

30 junio 2020 by

Dos parejas viviendo en situaciones extrañas, incómodas e impredecibles, sobre todo cuando aparecen sendos bebés en sus vidas, presentando características anómalas que se insertan en el ámbito de la fantasía. Habitan en sus respectivas casas de las que no terminan por apropiarse, acaso porque se trate de lugares heredados o de alguna manera impuestos, demasiado parecidas al resto de los vecinos, ausentes casi siempre. Una miniserie disponible en Apple TV y una película en Cinépolis Click que coinciden en centrar sus relatos alrededor de una pareja y sus respectivos hijos con dosis de miedo psicológico y, sobre todo, revestidos de una buena carga de incertidumbre invadiendo las rutinas. Viajes redondos de la cordura a la locura salpicados de surrealismo.

SERVIR A LA CORDURA

Creada por Tony Basgallop y producida por M. Night Shyamalan, también participando en la dirección junto con Sackheim, Antal y Ostrander, Servant (EU, 2019) presenta a lo largo de diez capítulos la vida del matrimonio Turner, integrado por Dorothy (Lauren Ambrose, al borde), reportera televisiva y Sean (Tobby Kebbell, confundido), chef en pleno home-office; deciden contratar a una niñera para cuidar a su hijo (Nell Tiger Free, hermética), que resulta ser una imperturbable joven de Wisconsin de religiosas costumbres. Reciben la visita continua del hermano de la madre primeriza (Rupert Grint, ya lejos de Hogwarts) y de pronto su padre, la terapeuta, el ayudante de cocinero y el indescifrable tío de la recién llegada, que no se sabe si va a incendiar la casa o a bendecirla.

Con una cámara que contribuye a generar esa sensación de incomodidad que invade los rincones de la casa (cava incluida), a través de angulaciones inciertas y perspectivas interrumpidas, se van presentando una serie de sucesos que desconciertan el rumbo que puedan tomar los vínculos entre los protagonistas, incluyendo al pequeño hijo cual sujeto de diversos afectos y tensiones. Entre la mirada hipnótica de los reportajes de la mujer, los preparativos de platillos peculiares del hombre (helado de langosta, grillos endulzados, anguilas descabezadas) y la enigmática presencia de la adolescente cuidadora, comiendo sopa de tomate y ajena a cualquier reacción agresiva, como si despertara a un mundo ajeno.

La sólida construcción de inquietantes atmósferas se alimenta de un incierto tránsito entre la probable acción sobrenatural y el realismo en torno a la presencia del bebé y los sucesos que desata, además de la inescrutable actitud de la niñera y los cambiantes comportamientos de la pareja, por momentos entrando en estados de alejamiento emocional y de aislamiento; las inserciones de los flashbacks sueltan información para ir nutriendo la comprensión de la situación actual en la que vive ese matrimonio, junto con las constantes visitas del hermano/cuñado y los incómodos encuentros que se suscitan entre los involucrados.

SEMBRAR LA LOCURA

Como si de una crítica se tratara a la homogenización de la vida en los suburbios estadounidenses, Lorcan Finnegan escribe y dirige Vivarium (EU, 2019), pesadilla surreal de vivo colorido en la que una pareja (Imogen Poots y Jesse Eisenberg, atrapados de manera inexplicable) es convencida por un extraño agente inmobiliario (Jonathan Aris, imperturbablemente siniestro) para ir a ver un nuevo conjunto de casas; al llegar ahí, descubren que el vendedor en cuestión, después de mostrarles las habitaciones, ha desaparecido sin dejar rastro y ellos se quedan en esa especie de fraccionamiento en el que todo es angustiantemente igual: las calles interminables, las casas con diseño idéntico, la comida proveída a la puerta del hogar y la ausencia de personas.

Llega después y de bizarra manera un bebé, o eso parece, que resulta presentar un crecimiento acelerado y conductas imitativas que ponen los pelos de punta; el tiempo avanza a través de una monotonía exasperante en la que solo queda cavar, ver programas ininteligibles, perder la cabeza o seguir buscando la inexistente salida. Si bien la historia se estira un poco en cuanto al metraje, la cinta captura la incomprensión de los protagonistas acerca de lo que están experimentando y las tomas abiertas nos remiten a esos fraccionamientos en los que la vida ha dejado de dar sorpresa, incluyendo los colores que de tan vivo, acaban apagando la espontaneidad. La existencia como un ciclo interminable y sin sentido.

VUELTAS Y REGRESOS: ANIMACIÓN EN TIEMPOS DE PANDEMIA

22 junio 2020 by

Ahora que los escolares están por salir de vacaciones, después de concluir sus clases en condiciones inéditas, se asoman diversas alternativas para aprovechar y disfrutar el tiempo libre. Una de ellas es el cine en casa. En seguida, un breve recuento de películas animadas disponibles en diversas plataformas y confeccionadas por distintos estudios con sello propio, originarios de varias partes del mundo. Claro que esperamos con ansia la reciente producción de Ghibli dirigida por Goyo, el hijo del legendario fundador Hayao Miyazaki, anunciada para estrenarse en Cannes 2020. Se trata de cintas que pueden ser disfrutadas por humanos de cualquier edad y seres de otras especies o mundos que quizá se vean reflejados.

VOLVER A ESCUCHAR

Con reconocida apuesta visual enclavada dentro del clásico anime y en la línea de la evocativa Your Name (Shinkai, 2016), el drama juvenil Una voz silenciosa (Japón, 2017) es un relato de reconciliación y segundas oportunidades, no siempre o por todos aprovechadas, en el que se despliegan genuinos sentimientos entre los personajes alrededor de bellos paisajes nipones. Dirigida con sutileza por Naoko Yamada (Tamako Love Story, 2014; Liz and the Blue Bird, 2018), de amplia trayectoria televisiva, la historia se compone de dos grandes capítulos, retomando el manga de Yoshitoki Oima: en el primero, una niña sorda llega a una escuela en la que es molestada por algunos compañeros, en especial uno de ellos, hasta que termina por salirse; en el segundo, años después, el niño acosador se ha convertido en un joven más consciente y busca resarcir su comportamiento con quien fue víctima de sus ataques, aún inmersa en sí misma. La salvación personal también está en ayudar a la salvación de la persona a la que se le hizo daño.

REGRESAR A FESTEJAR

A manera de lección, un joven es enviado a un remoto y frío poblado dividido por rencillas añejas y donde la alegría está escondida, con la finalidad de reactivar el difunto servicio postal. Ahí empezará a conocer gente, entre la que se encuentra un veterano fabricante de juguetes que vive en medio del bosque, apartado del resto de los habitantes. A partir de ese vínculo, se abre la posibilidad de reactivar el correo y, de paso, empezar a incidir en el ánimo general, procurando que los buenos actos se conviertan en cadena de transformación, sobre todo entre los niños. Dirigida por Sergio Pablos y Carlos Martínez López, Klaus (España-RU, 2019) aprovecha con ingenio la imaginería navideña y con un sagaz uso de las formas y los colores para contrastar momentos y estados de ánimo compartidos, propone un relato que juega con el humor, el apunte afectivo y la capacidad redescubierta para establecer otro tipo de relaciones sociales.

VOLVER AL CUERPO

La separada mano de Naoufel, con sus rerencias surrealistas incluidas las hormigas, busca reencontrarse con él, mientras se repasa su difícil vida desde niño y de joven, entre la pérdida constante, las aspiraciones musicales y cosmonáuticas, la captura de sonidos y el romance anhelado, viviendo El mundo según Garp. Dirigida y coescrita por el debutante en largometrajes Jérémy Clapin, contando con el apoyo de Guillaume Laurant en cuya novela se basa la cinta, Perdí mi cuerpo (Francia, 2019) combina de manera orgánica el realismo con la fantasía, entreverando las peripecias de la mano y las de su dueño en épocas distintas que transitan hacia el punto de encuentro. El cuidadoso detalle urbano parisino en el planteamiento visual, con todo y la abundancia de insectos en primerísimos planos, se soporta por el constante uso de las sombras y la combinación de perspectivas (sobre todo de la mano), así como el empleo del blanco y negro para integrar las vivencias de años pasados, discreta y emotivamente musicalizados por Dan Levi.

REGRESAR A CASA

Con el característico humor de finos dardos y la reconocible presentación stop-motion con figuras de plastilina, distintivo de la conocida casa Aardman, vuelve nuestra oveja consentida y todo el entrañable rebaño que la acompaña, a quienes hemos conocido en varios cortos y en el largometraje Shaun el cordero (Burton y Starzak, 2015), para regalarnos otra aventura ahora cercana temáticamente a E. T. El extraterrestre (Spielberg, 1982), a la que sirve de homenaje. Dirigida por la dupla Will Becher/Richard Phelan, Shaun, el cordero: La película: Granjagedón (RU-Bélgica-Francia-EU, 2019) plantea la aparición de una pequeña criatura alienígena que pronto es buscada por las autoridades, mientras que los corderos lo protegen ayudados por el infaltable Bitzer, obediente perro pastor que tiene que atender al granjero, ocupado en hacer una feria aprovechando el fenómeno extraterrestre que se instala en el imaginario colectivo. Saber confiar y poner la imaginación a funcionar para reencontrarse con los padres.

VOLVER AL ORIGEN

La quinta película del estudio de animación Laika, Sr. Link (Missing Link, 2019), mantiene el nivel de la casa tanto en desarrollo argumental como en el estilo de animación, aquí combinando paisajes imposibles con trazos que definen de manera nítida a los personajes, tanto en imágenes como en diálogos. Dirigida por Chris Butler(Paranorman, 2012), seguimos a un expedicionario (Hugh Jackman) que quiere pertenecer a una asociación de descubridores que lo rechaza, liderada por un siniestro sir (Stephen Fry); decide ir en busca del eslabón perdido (Zach Galifianakis) y tras un acuerdo, se lanzan a encontrar a sus congéneres, junto con un antiguo amor de armas tomar (Zoe Saldana) que se suma al viaje hacia el mundo nevado, donde gobierna una imperturbable y gélida reina (Emma Thompson). El relato se da tiempo para soltar apuntes anticlasistas y antirracistas sin forzar el mensaje y manteniendo el tono de comedia de aventuras.

REGRESAR A LA VIDA

A pesar de que Pixar lleva algún tiempo sin alcanzar los niveles de sus propios clásicos, sigue siendo garantía, tal como se advierte en Unidos (Onward, EU, 2020), filme dirigido por Dan Scanlon (Monsters University, 2013) en tono de búsqueda y reencuentro familiar, resuelto de manera inteligente y con solvencia para la creación de emociones, sobre todo en lo que se relaciona con el vínculo fraterno. En un suburbio común, salvo que sus habitantes son seres mitológicos, un par de hermanos elfos adolescentes de contrastantes personalidades (Tom Holland y Chris Pratt), se lanzan a completar el hechizo que les permita pasar un último día con su padre fallecido, para lo cual, como cabría suponerse, tendrán que sobrevivir a varias pruebas, además de contar con el apoyo de su madre (Julia Louis-Dreyfus) y de una mantícora (Octavia Spencer). El atractivo se fortalece de manera considerable con la aparición de otros personajes fantásticos –faunos, cíclopes, centauros, hadas motociclistas- y el esperado retrato humorístico de los detalles de la vida cotidiana que como humanos experimentamos.

VOLVER A LA FAMILIA

Con un original estilo visual en el que predominan las figuras exageradas y las texturas de estambre, no solo de las bolas para tejer, Kris Pearn dirige Los hermanos Willoughby (Canadá-EU-RU, 2020), retomando el libro de Lois Lowry en la línea de Roald Dahl. Si bien la historia por momentos se extravía, al igual que la búsqueda de los pequeños hijos primero para deshacerse de sus odiosos e irresponsables padres, mandándolos a un viaje alrededor del mundo, y después para intentar recuperarlos, por aquello de evitar la amenaza de la orfandad que los podría colocar en un peor destino, el sampler hecho a partir de otro tipo de conocidos relatos se integra con naturalidad y tono oscuro por momentos. Una nana, un bebé abandonado y el dueño de una fábrica de dulces con aspecto militar, aparecerán en el camino de los niños del título para apoyarlos en sus propósitos. Destaca el gato narrador (Ricky Gervais, incisivo y relamiéndose los bigotes) y los gemelos entre genios y atemorizantes, conviviendo con su hermana cantante y su temeroso hermano mayor, en trance de crecimiento.

ACTORES EDUCATIVOS ALREDEDOR DEL AULA

6 abril 2020 by

Tres películas relacionadas con el sistema escolar que se ubican principalmente fuera del aula, el escenario más importante para el desarrollo de los programas curriculares. Alrededor de las dos figuras clave de la institución escolar –alumnos y docentes-, gravitan personas con funciones de diversa índole que, en el mejor de los casos, están para apoyar y fortalecer dicha actividad central. Directivos, supervisores, coordinadores, asesores, administrativos, becarios y organizaciones externas, ponen sus capacidades para que el proceso didáctico, donde al final del día se manifiestan, o no, todos los ideales educativos, se pueda desarrollar de la mejor manera posible. Cintas disponibles en las plataformas de confianza.

DE LA SIMULACIÓN A LA CORRUPCIÓN

Uno de los grandes problemas de nuestro sistema escolar es la corrupción en diferentes niveles y ámbitos, así como la tendencia a la burocratización orientada al control más que al apoyo: la cultura de la desconfianza genera más supervisión que no consigue erradicar desvíos de recursos o malos manejos; incluso en ocasiones los promueve directa o indirectamente. Así, del presupuesto para el sistema escolar, muy poco se alcanza a percibir en el aula, dado que la mayor parte se queda en el entramado organizacional y en las citadas corruptelas. Pero no solo aquí se cuecen habas: en el sistema escolar estadounidense, mucho más federalizado, se presentan fenómenos similares, como dejó claro el libro y correspondiente documental Esperando a Superman (Guggenheim, 2010).

Dirigida por Cory Finley (Thoroughbreds, 2017) con base en un guion de Mike Makowski, retomando a su vez el artículo The Bad Superintendent de Robert Kolker publicado en la New York Magazine, Bad Education (EU, 2019), centra su atención en un caso real de corrupción dentro de un distrito escolar de Long Island durante los primeros años del siglo XXI, relevante por ser el mayor identificado en el contexto de la escuela pública estadounidense y en el que se advierte con nitidez la manera en la que el poder trastoca los ideales de las personas, llevándolas a cometer actos ilícitos que van escalando ante la impunidad y la disminución de la conciencia personal: se van dejando de ver como inmorales ciertas atribuciones y surge el infalible “me lo merezco”: creer que por hacer bien tu trabajo, o a veces ni eso, mereces abundancia.

Aprovechar el presupuesto para llevar a alguien más a un viaje del trabajo en primera clase; hacer remodelaciones en la propia casa, mientras el techo de la escuela se cae a pedazos; cirugías plásticas, favores a parientes y gastos suntuarios, así como contratar empresas afines que después se mochaban, fueron algunos de los actos que se cubrían en la oscura contabilidad y se olvidaban en las auditorías hasta que, afortunadamente, se develó la red de transas gracias a un descuido y a las indagaciones de una alumna (Geraldine Viswanathan), publicadas en el periódico escolar. Cuando estos personajes se sienten intocables, tienden a caer en ostentaciones y desatenciones que pueden ser aprovechadas por la justicia, o no (como tantas veces hemos visto y seguimos viendo por estos lares), para echarles el guante.

La historia sigue en particular al carismático Frank Tassone y a la eficiente Pam Gluckin (notables interpretaciones de Hugh Jackman y Allison Janney), quienes dirigen con éxito cada vez más notorio en los rankings (les gusta la competencia en todo a los vecinos del norte) el distrito Roslyn a su cargo, en plena armonía cómplice, compartiendo hasta el sándwich y alternando encuentros con padres de familia, estudiantes, personal a su cargo y el superior (Ray Romano), también de casa grande aunque cada vez con más dudas acerca de la probidad de sus colegas, quienes se encuentran impulsando un ambicioso proyecto de construcción, ideal para continuar con sus opacos manejos financieros. Cuando todo se empieza a descubrir, las lealtades se ponen a prueba y los secretos, incluso de la vida íntima, empiezan a revelarse. Disponible en HBOGO.

QUEDA ESPERANZA

Un par de cintas francesas que visitan los territorios de las good feel movies, en las que se muestran entornos difíciles para los estudiantes, tanto en los barrios donde viven, como en sus hogares e incluso los centros escolares. Jóvenes que conviven en contextos de cierta marginación, abundancia de drogas y familias fracturadas por ausencias o presencias abusivas, cuya esperanza puede estar depositada, justamente, en las posibilidades que los entornos educativos o institucionales les puedan ofrecer, no solo en términos prácticos o inmediatos, sino para encontrar sentidos de vida que los ayuden a trascender las situaciones actuales en las que sobreviven: tienen, al menos, la oportunidad de pertenecer a una escuela (que ciertamente no es garantía para evitar abusos) y conectar con otras miradas y formas de ser.

Escrita, dirigida e interpretada por el franco-iraní aún treintón Kheiron (O los tres o ninguno, 2015), Mala hierba (Francia-Bélgica, 2018) se enfoca en la vida de un joven inmigrante y una mujer mayor que sobreviven cometiendo algunos atracos menores, como robarse el carrito del súper de algún incauto, hasta que coinciden con un antiguo conocido de ella, quien los descubre y a cambio de no denunciarlos, les pide que le ayuden en su centro de regularización para alumnos que han tenido problemas en la escuela. El improvisado tutor, de olfato agudo para la vida callejera, sabrá conectar poco a poco con los estudiantes, que recuerdan a El club de los cinco (Hughes, 1985), aunque acá son seis, mientras que su cuidadora funge como asistente del director del centro.

Con buen sentido del humor e insertando algunas subtramas sin demasiada complicación (el policía corrupto, la hermana de una de las estudiantes), la cinta transcurre con un tono de amenidad, a pesar de algunos duros temas tratados, insertando flashbacks explicativos de la relación entre los dos protagonistas y construyendo vínculos sinceros entre el improbable guía y los jóvenes en dificultades académicas. Además del realizador, la experimentada presencia de Catherine Deneuve y André Dussollier le brinda al desarrollo de la historia un buen marco interpretativo, considerando también la atinada edición (esa secuencia musicalizada en silencio) y el evocativo trazo de los demás personajes.

Por su parte, los realizadores Mehdi Idir y Grand Corps Malade escriben y dirigen La vida escolar (Francia, 2019), enfocándose en un centro educativo que atiende a estudiantes de un multicultural barrio popular en las afueras de París. Ante la llegada de una nueva coordinadora (Zita Hanrot), ciertas prácticas y costumbres empezarán a cambiar, sin caer en resoluciones mágicas ni inmediatas. Se muestran conflictos entre los docentes, de diversos estilos, y los estudiantes también con características particulares, así como con el cuerpo directivo y los padres de familia. El filme apuesta por el realismo y por presentar personajes de carne y hueso, con sus atributos y fallas, secretos y limitaciones, con motivaciones que no siempre son presumibles y con sus respectivos problemas a cuestas, expresados en la escuela donde todos confluyen, convirtiéndola en un ecosistema para la expresión de múltiples sentimientos y creencias sobre la vida más allá del currículo oficial. Ambas películas disponibles en Netflix.

MAX VON SYDOW: EL ACTOR DE LAS MÚLTIPLES MIRADAS

18 marzo 2020 by

Encarnó al caballero plagado de dudas, entre la desazón frente a la ausencia de Dios y ante la fuerza de satanás; sobre todo, ante la oscuridad de respuestas que le permitiera seguir adelante. También se plantaba con la sabiduría propia de quien al menos entiende lo que se le pregunta, más allá de tener respuestas definitivas, conviviendo con la realidad tajante y los mundos fantásticos en los que las encomiendas resultaban distintas. Con esos ojos caídos siempre reflexivos y un gesto largo de gravedad que de pronto regalaba una sonrisa, parecía entender el papel que le tocaba jugar según la situación presentada, ya fuera ésta urgente o decisiva, apacible o angustiante.

Originario de Lund, Suecia, el bautizado como Max Carl Adolf von Sydow (1929-2020) nació en una familia acomodada y con un entorno cultural favorable, dado que sus padres eran profesores; pronto fue descubriendo su vocación actoral, subiendo a las tablas desde su etapa escolar y estudiando en forma el arte dramático a finales de los años cuarenta del siglo pasado. En esas andaba cuando debutó en el cine bajo la dirección de Alf Sjörberg en Solo una madre (1949) y La señorita Julie (1951). Después de aparecer en Mujer de ningún hombre (Kjellrgren, 1953), se mudó a Malmö a mediados de los cincuenta, en donde entraría en contacto con el maestro Ingmar Bergman: todo cambiaría en definitiva.

Primero montaron una obra teatral y tras rodar Ahí viene el Señor Sleeman (1957), filmarían las obras maestras El séptimo sello (1957) con todo y esa mítica partida de ajedrez contra la muerte (una de mis películas favoritas de siempre); la profundamente evocativa Fresas salvajes (1957) y la confirmatoria en definitiva El manantial y la doncella (1960), cintas que consolidarían a ambos en sus respectivas especialidades. Entre tanto, actuó en El derecho a amar (Pollak, 1956); El cura de Uddarbo (1957), dirigido por Kenne Fant, con quien también participó en El día de la boda (1960) y en Las aventuras de Nils Holgersson (1962), y Spion 503 (Jeppsen, 1958); en este periodo, con Bergman también fue intérprete en Tres almas desnudas (1958), Rabies (1958) y El rostro (1958).

En la primera mitad de la década de los 60’s se mantuvo en su tierra y alrededores, destacando sus sólidas interpretaciones en A través de un espejo (1961) y Luz de invierno (1963), dos cintas integrantes de la llamada trilogía de El silencio de Dios del propio Bergman, con quien volvería a rodar otras tres clásicas a finales de este decenio: La hora del lobo (1968), La vergüenza (1968) y La pasión de Ana (1969), ya entrando en vínculo actoral con Liv Ullman. Un poco antes, se daría a conocer ante el gran público por La historia más grande jamás contada (Stevens, 1965) encarnando ni más ni menos que a Jesús; por el filme de espías ¿Quién es Quiller? (Anderson, 1966) y Hawaii (1966), dirigido por George Roy Hill, en el que asumió el rol de un reverendo junto con Julie Andrews.

CONTRA LAS FUERZAS DEL MÁS ALLÁ

En los años setenta y principios de los ochenta entró en contacto con varios directores de renombre (además de rodar con Bergman El toque [1971]), como John Huston (La carta del Kremlin, 1970; Escape a la victoria, 1981), Sydney Pollack (Los tres días del cóndor, 1975); Francesco Rosi (Excelentísimos cadáveres, 1976; Quo Vadis?, 1985) y Bertrand Tavernier (La muerte en directo, 1980) e incluso se le vio en Foxtrot (1976) de Arturo Ripstein. Abordó la obra y vida de Knut Hamsun en El lobo estepario (Haines, 1974) y en Hamsun (1996) de Jan Troell, quien ya lo había dirigido en Aquí tienes tu vida (1966), Los emigrantes (1971) y La nueva tierra (1972), ambas de largo alcance, Huracán (1979) y El vuelo del águila (1982).

Claro que su papel como el padre Merrin en la obra maestra del terror El exorcista (Friedkin, 1973), buscando liberar a una niña poseída, terminó siendo una especie de síntesis de anteriores interpretaciones vinculadas con el ámbito religioso. Todavía se dio el tiempo de integrarse al elenco de Exorcista II: El Hereje (Boorman, 1977) y terminar la década consolidándose como un consistente actor de reparto para producciones globales y un solvente protagónico para cintas de corte más intimista, mostrando buen registro para encarnar personajes de diverso espectro moral. Su capacidad para parecer ciudadano del mundo, lo llevó a participar en diversas cintas italianas, nórdicas y estadounidenses.

Coqueteó con el naciente cine de súper héroes en Flash (Hodges, 1980), con el subgénero pulp en Conan el Bárbaro (Milius, 1982) y ahora sí en la saga del 007 vía Nunca digas nunca jamás (Kershner, 1983), además de integrarse a algunas series televisivas. Y en estos años ochenta volvió a trabajar con grandes nombres como David Lynch (Dunas, 1984); Woody Allen (Hannah y sus hermanas, 1986), quien declaró que era tan bueno que todos le aplaudían en el rodaje; Andrei Konchalovsky (Tiempo de amar [Duet for One], 1986); Billie August (Pelle, el conquistador, 1987; Las mejores intenciones, 1992; Jerusalem, 1996); Lars von Trier (narrador en Europa, 1991) y Wim Wenders (Hasta el fin del mundo, 1991), entre otros. Además probó suerte tras las cámaras con Katinka (1989) y actuó en Mientras nieva sobre los cedros (Hicks, 1999), la afamada Despertares (Marshall, 1990) y en Padre (Power, 1990), que le valió un premio en Australia.

Durante la última década del siglo pasado combinó su presencia en películas propias de la industria (Juez Dredd, Cannon, 1995) con otras que remitían a sus años en tierras nórdicas, como Conversaciones privadas (1996), realizada por su vieja amiga Liv Ullmann, o producciones europeas como la española Intacto (Fresnadillo, 2001) y la franco-belga Oscar et la dame rose (Schmitt, 2009). Y para el siglo XXI trabajó con Dario Argento (Insmonio, 2001), Steven Spielberg (Sentencia previa, 2002), Uli Edel (El reino del anillo, 2006), Julian Schnabel (El llanto de la mariposa, 2007), Ridley Scott (Robin Hood, 2010) y Martin Scorsese (La isla siniestra, 2010), quien declaró:

“Fue un actor consumado, con un orgullo en su arte y una dedicación a su carrera que he encontrado en muy poca gente en mi vida… tuve la oportunidad de trabajar una vez con él y estuve encantado desde el primer minuto. En el rodaje fue notable y fuera del set era una completo caballero… lo que él e Ingmar Bergman encontraron juntos es más valioso que el oro. Esta noche veré una de estas películas, quizás Shame, La hora del lobo, Los comulgantes o El séptimo sello, y me encontraré sorprendido y asombrado otra vez de nuevo”. (https://cinemania.20minutos.es/noticias/martin-scorsese-se-despide-de-max-von-sydow/)

Ya hacia el final de su carrera, y por no dejar, entregó una gran actuación en Tan fuerte, tan cerca (Daldry, 2011) y le entró sin prejuicios al reparto de Solomon Kane (2009, Bassett), Star Wars: Episodio VII – El despertar de la Fuerza (Abrams, 2015) y a la serie Juego de Tronos (Benioff y Weiss 2015), por supuesto encarnando a un sabio místico, cual cuervo de tres ojos, en clave momento de pasar la estafeta a su joven e inesperado aprendiz. Prestó su voz a Los Simpson y a conocidos videojuego y fue parte del elenco de la estupenda Atrapados: una historia verdadera (Kursk, 2018), dirigida por Thomas Vinterberg; tras nacionalizarse francés en el 2002, vivió sus últimos años en París y murió en la región de Provenza. Uno de los actores fundamentales y de más amplios horizontes, temáticos, estilísticos y dramáticos, en la historia del cine.

DISCOS 2019: MUJERES

29 diciembre 2019 by

Continuamos con el repaso breve sobre algunos de los álbumes que sonaron fuerte durante el año que recién terminó y que seguramente trascenderán más allá del acuciante inmediatismo. En esta entrega, las obras creadas por mujeres entre las que se volvió representativa The Highwomen, fruto del súper grupo formado por Brandi Carlile, Maren Morris, Amanda Shires y Nathalie Hemby, quienes se asumieron bajo el mismo apelativo, The Highwomen, mandando mensaje contundente de acuerdo con los tiempos que corren.

SONIDOS FEMENINOS

Lana del Rey entregó el sensible Norman Fucking Rockwell!, su mejor disco a la fecha en el que repasa el incumplido sueño americano, entrando en fase de pesadilla, y algunos amores extraviados a través de un agudo sentido de la composición pop con sutiles pasajes de folk alterado, vertiente que aprovecha la originaria de Nueva York Natalie Mering, bien conocida como Weyes Blood, para derrochar sensibilidad pop en el emergente Titanic Rising, tercera obra que derrite el iceberg y la confirma como una de las compositoras a seguir, al igual que Sharon Van Etten con su Remind Me Tomorrow, paradójico mensaje que sirve de envoltorio diverso a una base folkpop que nos lanza en espiral por el tiempo.

Jessica Pratt buscó los significados ocultos en la quietud aparente del folk vía Quiet Signs, su tercera obra ya alcanzando madurez compositiva y la ex Veronica Falls conocida como Patience produjo Dizzy Spells, disfrutable synthpop que recuerda décadas idas, mientras que la australiana Julia Jacklin confirmó con Crushing, su segundo álbum, que sabe manejar los contornos del countrypop con soltura sorprendente; dentro del pop Ariana Grande retomó fuertes vivencias personales en cuanto a sus parejas para generar el no obstante dinámico thank u, next, apuntando a seguir con adelante a pesar de las pérdidas, en tanto la canadiense Carly Rae Jepsen obsequió Dedicated, cuarta obra que insiste en buscar la anhelada distinción

La mítica Kim Gordon (Sonic Youth), tras compartir penas y alegrías, regresó al campo de batalla en plan solista con No Home Record, todo un aviso cambiante en el que cabe el noise y la ralentización. En el orquestal y arriesgado All Mirrors, la talentosa cantautora Angel Olsen nos pone a lo largo de los 14 cortes de frente a la imagen que refleja un mundo en constante reacomodo, en el que incluso puede haber espacio para el romanticismo, a pesar de todo. Designer es el opus 3 de Aldous Harding: luminoso, directo y de una belleza abrumadora. Vocales limpias que se abren paso entre melodías pronto reconocibles e instrumentaciones sutiles. Diseño íntimo, en suma.

La galesa Cate Le Bon apostó por la profundización del tono íntimo, con fuerza instrumental, en su quinto disco titulado enfática y propositivamente Reward. Uno de los discos del año, como el experimental PROTO, también tercero de Holly Herndon en el que aprovecha las herramientas de la inteligencia artificial para crear una electrónica vital, combinando lo mejor de los mundos posibles, el orgánico y el que vive entre los bytes. La noruega Jenny Hval compuso The Practice of Love, entre apuntes de sintetizadores con miras a poner en juego los aprendizajes adquiridos en los siempre cambiantes contextos del amor y Kim Lenz siguió reflexionando en diferentes tiempos la velocidad del amor con Slowly Speeding.

Mientras que Beyoncé se embarcó en el ambicioso Homecoming: The Live Album, su virtuosa hermana Solange entregó When I Get Home, cuarto álbum que representa la confirmación de una trayectoria propia y sumamente creativa, más allá de vínculos familiares, revisitando estampas en clave R&B con acentos jazzeros del significado del origen sociofamiliar, en tanto FKA twigs entregó Magdalene, su largamente esperado segundo disco en el que a través de cantos casi susurrantes, explora sentimientos de soledad y fragilidad tomando como referente a la figura bíblica. Charlie XCX continuó en su tránsito por el pop alternativo con Charlie, mostrando con sensibilidad el cobre.

La también docente Jamila Woods puso en acción su activismo por medio de un R&B de alcance poético en LEGACY! LEGACY! y Brittany Howard, en plan solitario, presentó Jaime, álbum poderoso y rico en sabores, así llamado en honor a su hermana fallecida. Lizzo se introdujo de lleno en las relaciones pasionales con Cuz I Love You, componiendo sin rodeos acerca de la intimidad y Miranda Lambert pone el juego en la mesa con Wildcard, séptima obra llena de efusivas notas country-pop, en la línea del afortunado regreso de Tanya Tucker tratando de domar el caballo con While I’m Livin’, entendiendo el transcurso de los acontecimientos.

De todas partes: las hermanas israelíes nombradas A-Wa produjeron el contagiante Bayti Fi Rasi y la mexicana Lila Downs se fue directo a la cabeza con Al chile. La suiza Eva Reiter produjo Noch sind wir ein Wort… y la italiana Caterina Barbieri, quien visitó México en este año, entregó el arriesgado Ecstatic Computation, a partir de una electrónica que suena por completo atemporal. Con fundamento carioca, Elza Soares grabó Planeta Fome, Dona Onete se revolvió con Rebujo y Lia de Itamaracá nos regaló Ciranda Cem Fim, trío de obras concebidas desde la vejez como expresión fundamental del recorrido artístico de estas mujeres virtuosas.

DISCOS CINCUENTONES 1969

7 diciembre 2019 by

LA TRINIDAD

Por supuesto empezamos con el Abbey Road de The Beatles, con una de las portada más famosas de la historia y una bienvenida mayor participación de George Harrison en la composición (quien grabó Electric Sound ese mismo año), entregando la cumbre Something y anunciando la llegada del sol: mi favorito de ellos, llegando juntos y cuando la respuesta para siempre es “no lo sé”: el último disco en el que más o menos funcionaron como banda. Let it Bleed puede ser el segundo mejor disco de The Rolling Stones. Invitados de lujo y canciones que van del honky-tonk a la balada blues anunciando el final de los 60’s. Sexo y decepción: que por favor alguien parta el pastel pero solo para dejarlo sangrar. Purga absoluta que supura.

En tanto, Bob Dylan se metió a los terrenos del country con absoluto conocimiento de causa, faltaba más, a través de Nashville Skyline, su noveno álbum en el que se muestra extrañamente sonriente, haciendo caravana con sombrero porpio e invitando a otro ícono, Johnny Cash (al tiempo que presentaba su Johnny Cash at San Quentin), para juntos cantarle a esa chica del indefinido país del norte o a la dama que se resiste a quedarse por más que se le pida lo contrario, además de repasar melódica, temática e instrumentalmente las claves del género y entregar, por supuesto, una obra maestra.

RECIÉN LLEGADOS

Irrumpiendo atronadoramente por partida doble, Led Zeppelin fue un cuarteto que encarnó de manera ejemplar la noción del rock como manifestación musical y actitudinal; formado en Londres por cuatro gamberros cada uno representando un arquetipo en su rol, entregó sus dos primeras obras, sin pensar mucho sus títulos, sentando algunas de las bases del rock duro, bañado por apuntes folk y blues: firmaron, para no complicarse, Led Zeppelin y Led Zeppelin II, combinando folk, hard rock, blues intenso y mucha convicción que los convirtió en referente ineludible para entender el significado de esta cultura a lo largo de los años.

El rock progresivo, en plena conformación, se cimbró y potenció con la llegada de King Crimson, ambiciosa agrupación comandada por Robert Fripp que presentó el clásico In the Court of the Crimson King, álbum con otra de esas portadas legendarias y que incorporaba elementos que se volverían esenciales del género: letras enclavadas en el análisis social y el folklore, según la tónica elegida; grandes pasajes instrumentales de corte clásico cargados de recovecos y una épica a prueba del tiempo, rindiendo homenaje al rey carmesí, siempre esperando que su trono entregara justicia musical.

Phallus Dei marcó el debut de los muniqueses Amon Düül II, enclavados en un naciente krautrock con escapes hacia la experimentación y el rock progresivo en sus tiempos primigenios: días de mostrar el poder a grito pelado. En similar vertiente con todo y el extendido y distintivo corte You Doo Right, Monster Movie representó el banderazo de salida para Can, grupo clave del rock abriendo las fronteras británico-estadounidenses y avant-garde durante los años setenta.

FOLKIES Y EXTRAVIADOS

Desde luego, aquel año apareció con mayor fuerza -había grabado un disco un par de años antes- un extraño joven andrógino que después cambiaría la historia de la música popular: se puso de nombre artístico David Bowie y presentó, extraviado en el espacio exterior y confiando en las decisiones arriesgadas del Major Tom, el homónimo David Bowie (Space Oddity); además de la clásica, se incluye una canción poco conocida de él quizá demasiado orquestal, Wild Eyed Boy From Freecloud, anunciando lo que estaría por venir en términos de composición. Por lo que se ofreciera, los integrantes de The Youngbloods, grupo bostoniano de inclinaciones folk, buscaron la luz en plena oscuridad, ya como trío, con Elephant Mountain, barnizado de cierto barroquismo pop y paisajes desenfadados.

Scott Walker grabó un doblete aún en plan crooner: Scott 3, con diez cortes propios y tres de Brel, inspiración clave, y Scott 4, ya con puras originales lanzándose hacia la propuesta en absoluto personal. Ambos fueron un paso decisivo hacia la innovación y el avantpop, cual viaje al siglo XXX manifestado en sus posteriores producciones, esporádicas y poderosas. Neil Young & Crazy Horse infectó el country con un virus guitarrero y de sensibilidad adherida en el clásico Everybody Knows This Is Nowhere, para encontrarse justo en un lugar donde el árbol y el can acompañan la soledad, asomando un tono pastoral que se entromete entre las aguas del río.

Desde San Francisco con todos los colores revoloteando por las pupilas, los guitarreros y sicodélicos de Quicksilver Messenger Service, grabaron el épico-ácido Happy Trails, último álbum entregado por el cuarteto original. El álbum Basket of Light de la banda The Pentangle, liderada por los virtuosos guitarristas Jansch y Renbourn viaja sin problemas del folk inglés a las esencias arabescas, con infusiones deliciosas de jazz que se entrometen cuando nadie se lo espera. Al final del día, su escucha se vuelve un recipiente cómodo y extrañamente afectivo para encontrar la luz en tiempos de confusión psicodélica. Nick Drake, aún estudiante de Cambridge, debutó con Five Leaves Left entre sutiles orquestaciones y un folk barroco de orientación poética, capaz de trasladarnos a esos lugares extraños donde el amor y la pérdida se encuentran, acaso para buscar una imposible reconciliación.

El revulsivo Trout Mask Replica, tercer álbum de Captain Beefheart and his Magic Band continuó con la alterante apuesta por intervenir un folk blusero con sonidos disonantes de manera cautivante, por completo capturando el espíritu de la época, mientras que Moondog, conocido como el vikingo de la sexta avenida, compuso al filo de la banqueta el homónimo Moondog, avant-garde sensible, entre transeúntes y bocinazos, armonizando cuerdas y alientos con crecientes texturas. Y por no dejar, ahí está la experimentación entre irritante y revolucionaria, expansiva y arrogante de Unfinished Music No. 2: Life With the Lions y ya entrados en el romance total, Wedding Album de John Lennon & Yoko Ono, expresado el primero en cinco cortes entre el tono íntimo y la recitación sobre la maternidad al borde de la cama.

OLAS Y PERMANENCIAS

The Velvet Underground encontró cierta calma y aparente quietud sin perder la tensión acostumbrada en su tercer álbum, el homónimo e igualmente clásico The Velvet Underground, enclavado en el rock pero con influjos folk, ya sin el vanguardista Cale y con un Reed en plan exorcista buscando la liberación. El doble álbum Ummagumma, integrado por cortes en vivo y composiciones de cada uno de los miembros del ya cuarteto, fue la aportación de Pink Floyd como reacomodándose para la siguiente etapa de la banda, en tanto The Doors entregó The Soft Parade, buscando otras alternativas armónicas en contraste con sus álbumes anteriores y Soft Machine mantuvo el rumbo de vanguardia con Volume Two.

Conocimos a un londinense en Australia tras la 2da. Guerra mundial con The Kinks, integrando sonidos diversos a partir de brillantes composiciones, del folk al hardrock primigenio y de los espacios acústicos al humor subversivo. Arthur or the Decline and Fall of the British Empire es una joya mucho más grande que cualquiera de las que ostente la corona británica. La ambiciosa ópera rock Tommy, escrita principalmente por Pete Townshend acerca de un joven ciego y sordo vuelto estrella, se convirtió en una obra paradigmática que abrió posibilidades para la expansión del rock, en la que The Who, de paso y entregando su cuarto disco, confirmaba su importancia en la escena.

Fleetwood Mac se despachó por partida doble en su plena etapa blusera con English Rose y Then Play On, obras de consolidación de la banda que empezaba a otear ciertos horizontes distintos a su enfoque de arranque, mismo que abrazaron Clapton, Winwood y Baker para formar Blind Faith, súper grupo que propuso el ídem con todo y portada polémica Bind Faith, también enclavado en un blues de roquero espíritu colectivo que terminó pronto y dejó solo este testamento. Otro debut fue el de The Chicago Transit Authority, banda llena de metales e instrumentaciones elaboradas que se desdoblan en el homónimo Chicago Transit Authority, mientras que The Band sacaba de la tierra las raíces en su sólida obra de igual nombre The Band.

El quinteto The Moody Blues, ya con reconocimiento en determinados ámbitos del creciente circuito progresivo, entregó On the Threshold of a Dream, uno de sus mejores álbumes en el que nos llevan a los límites del despertar a partir de piezas contenidas bañadas por una sicodelia sonriente y algunos acentos propios del clasicismo. Jethro Tull nos puso en posición alerta con su barroca flauta mágica a través de Stand Up y Procol Harum hizo lo propio con las amigables progresiones insertadas en A Salty Dog.

Frank Zappa and the Mothers of Invention entregaron el doble álbum de tendencia instrumental Uncle Meat, buceando en las experimentaciones aquí a manera de búsqueda de nuevos derroteros y ya sin las Madres, el bigotón visitó los territorios del jazz-rock en Hot Rats, apoyado por varios invitados que le entraron convincentemente a la excursión sonora. Anticipándose a los caminos del punk, The Stooges apostaron a la crudeza con su disco inicial, el ídem The Stooges, mientras que MC5 se presentaba en la palestra con Kick Out the Jams, de carácter plenamente revulsivo.

DE ALMA Y RITMO

Ahí está Stand!, disco de uno de los primeros grupos interraciales conocido como Sly and the Family Stone, aprovechando la madurez alcanzada para ponernos de pie con su disfrutable mezcla de R&B y rock psicodélico. No me llames negro, blanquito: mejor hagamos música juntos. Soul y R&B expansivo y contagiante es el que se desliza en River Deep – Mountain High de Ike & Tina Turner, álbum producido por Spector, el de la pared del sonido. De la profundidad acústica de la montaña, a la altura expresiva del río, en el que nunca es posible bañarse dos veces.

En su segundo álbum, Isaac Hayes le puso poder vocal e instrumental a Hot Buttered Soul, convertido en uno de los referentes del género, al igual que el vocalmente soberbio Cloud Nine, opus de los ya consolidados a esas alturas The Temptations: se trata de una de las obras cumbre del sonido Motown; no contentos, se dieron a la tarea de grabar The Temptations Show, el de orientación social Puzzle People de mayor contenido social, y Together, en complicidad con Diane Ross & The Supremes, quienes a su vez entregaron, entre otros, el iluminativo Let the Sunshine In.

ELLAS EN SOLITARIO

Un soul con momentos orquestales y con sustento R&B, se desgrana cortesía de la cantante Dusty Springfield, llevándonos de paseo a tierras donde crecen raíces sonoras a través de Dusty in Memphis (de donde surgió también el imprescindible From Elvis in Memphis, por supuesto firmado por Elvis Presley). Roberta Flack detonaba todas sus capacidades vocales en su primer disco titulado elocuentemente, como los arreglos y las composiciones, First Take, en tanto Dolly Parton despuntaba con su country a la mano en The Fairest of Them All.

En su segundo lance ya alcanzando una prematura madurez como cantautora, con todo lo que ello implica, Joni Mitchell volteó al cielo para inspirarse y entregó el brillante Clouds, a partir de una poética que va de la protesta a la pérdida y de ahí a la dificultad para mantenerse con la mirada en alto, mientras que Janis Joplin se lanzó en plan solitario con I Got Dem Ol’ Kozmic Blues Again Mama!, inoculado con un poco de soul que contrastó con su habitual enfoque.

RECORRIENDO SENDEROS

En plan prolífico y sin bajar el nivel en ningún caso, Creedence Clearwater Revival se destapó con tres discos en los que el blues y el country servían de vehículo para recorrer diversos paisajes americanos: Bayou Country, Green River y Willy and the Poor Boys consolidaron al grupo comandado por John Fogerty como uno de los esenciales de la transición entre los años sesentas y setentas. También alcanzando la tripleta de álbumes, los británicos de Fairport Convention desglosaron un exquisito folk en What We Did on Our Holidays, Unhalfbricking y, para cerrar con broche de oro un año de elusiva creatividad, vía Liege & Lief. Un debut clave: Crosby, Stills & Nash en plan de dream team se presentaron con su folkrock único expresado en el tocayo Crosby, Stills & Nash.

Con Gram Parsons como mente maestra, The Flying Burrito Brothers debutó con The Gilded Palace of Sin, country salpicado de diversas formas musicales sobre las que se expresaban deseos no cumplidos y culpas asumidas sin plena conciencia. Desde San Francisco: Jefferson Airplane nos revolucionó con Volunteers, bandera desplegada incluida; Grateful Dead brindó al respetable Live/Dead, capturando a la banda en vivo con todo su esplendor, y Aoxomoxoa, para ver el mundo con formas ondulantes; el grupo bautizado como Santana y liderado por nuestro estimado compatriota Carlos, inició su trayectoria con el homónimo Santana, psicodelia jazzera metida al caldo en plena ebullición del rock latino.

Merle Haggard produjo el vuelto tributo a Jimmie Rodgers Same Train, A Different Time, uno de sus mejores discos en el que nos condujo a través de parajes evocativos para revivir las tradiciones del folk y el country, terreno que el gran Jerry Lee Lewis sembró con maestría en los memorables Another Place Another Time y She Still Comes Around (To Love What’s Left of Me). Por su parte, Leonard Cohen presentó su segunda obra, Songs From a Room, incursionando en la intimidad de la habitación, integrando sutiles arreglos que acompañan a su grave vocalización, desde una perspectiva poética que abre puertas a la sensualidad.

Con el álbum Odessa, el grupo de los hermanos Gibb, mejor conocido como Bee Gees, alcanzaron su cima de la década de los sesenta a partir de un pop orquestal sensible y encantador, como se plantea desde el nombre mismo del álbum, desarrollando además un espíritu reconciliador, en tanto un joven de nombre cambiado que había hecho algunas pruebas por aquí y por allá debutaba con Empty Sky, abriendo la puerta rumbo al futuro camino amarillo: se rebautizó como Elton John.

FIAC 2019: TERRY RILEY EN LEÓN

23 noviembre 2019 by

Músico esencial de las vanguardias del siglo XX, particularmente la vinculada con el minimalismo, ha visitado con mente abierta diversos géneros y especies derivadas, tanto de las estéticas predominantes de occidente como de las propuestas sonoras de oriente, sobre todo de las reiteraciones meditativas provenientes de la India que entran por los oídos e invaden todo el sistema nervioso para colocarlo en otra dimensión. Sus famosas sesiones que duraban toda la noche hasta el amanecer, se convertían en una especie de viajes astrales cuyo vehículo era esa creación de una envolvente atmósfera sonora capaz de trasladarnos a (im)posibles mundos mentales.

Terry Riley (California, 1935) empezó a tocar piano en los años cincuenta del siglo pasado, mientras estudiaba composición en Berkeley, donde tuvo de compañero a La Monte Young, otro prominente exponente del avant-garde. Con una mano puesta en las ideas minimalistas de John Cage, compartidas con Philip Glass, y con la otra en el jazz que ampliaba sus fronteras justo en esos años buscando atonalidades significativas, compuso Mescalin Mix (1960), aprovechando las posibilidades de la música concreta en cuanto a tratar ciertas secuencias de sonido en forma separada, para después realizar innovadores procesos de cortar y pegar, insertando las reconocidas repeticiones que terminan por ser hipnóticas.

Compuso Music for the Gift (1963) para la obra de Ken Dewey que abrió paso para el clásico In C , compuesto en 1964 aunque editado en disco en 1968, una de las obras pioneras del minimalismo integrada por 53 fraseos rigurosamente organizados que podrían ser interpretados por un grupo numeroso de músicos: insignes colegas como Steve Reich, Jon Gibson, Pauline Oliveros y Morton Subotnick fueron de los primero en interpretar la hipnótica pieza. Una notable recreación de la obra fue la que se realizó Malí por parte de Africa Express, uno de los múltiples proyectos apoyados por Damon Albarn, líder de Blur (https://www.youtube.com/watch?v=_FXQ68ZkWVw).

Fueron años de producciones clave con la incorporación del saxofón como instrumento distintivo que entraba como anillo a la partitura de absorbentes loops: Poppy Nogood and the Phantom Band (1968), conformado por un solo corte en continua involución cual escalera que parece ir hacia abajo o para arriba pero nunca se sabe (cual dibujo de Escher) y el mayúsculo A Rainbow in Curved Air (1969), muy a tono con los tiempos progresivos y sicodélicos que se respiraban en el ambiente, cerraron la década en la que Riley cimentó su propuesta musical y, aun sin saberlo, su enorme legado para la música por venir.

Empezaron los viajes a la India y entretanto produjo con John Cale (The Velvet Underground) Church of Anthrax (1971), seguido de Les Yeux Fermes (Happy Ending) (1972), oscuro soundtrack para el corto francés homónimo y Persian Surgery Dervishes (1972), capturando un par de narcóticos conciertos de órgano. Vinieron después el score Le Secret de la Vie (Lifespan, 1975),  Descending Moonshine Dervishes (1975) y Songs for the Ten Voices of the Two Prophets (1983), experimentando con sintetizadores y acaso buscando clamar en los distintos ámbitos musicales los nuevos sonidos por venir.

El feliz encuentro con David Harrington del mítico Kronos Quartet derivó en varias presentaciones y grabaciones de impecable interpretación y cautivante composición como se deja escuchar en Terry Riley: Cadenza on the Night Plain (1985), el afamado Salome Dances for Peace (1989), Terry Riley: Requiem for Adam (2001), Sun Rings (2002), The Cusp Of Magic (2004) y G Song (2015), éstos últimos para celebrar su septuagésimo y octagésimo cumpleaños, respectivamente. El prestigiado cuarteto le rindió un homenaje vía One Earth, One People, One Love (2015), una caja de 5 discos que es todo un tesoro.

Vendría Aleph (2012), desplegado a partir del sintetizador y creado para un proyecto del Museo contemporáneo judío de San Francisco, si bien puede remitir a sumergirse un par de horas en el famoso concepto borgiano. Con su hijo Gyan, después del álbum Live (2011), compuso el score para el filme canadiense Hochelaga, Land of Souls (2017) y Way Out Yonder (2019); a partir de un entusiasta piano, presentó The Lion’s Throne (2019) con la cantante Amelia Cuni en una especie de diálogo litúrgico. Su presencia en nuestra ciudad por segunda vez, todo un acontecimiento cultural.

Shri Camel (1980), The Harp of New Albion (1986) y Terry Riley and Krishna Bhatt (1984), en conjunto con el maestro de la cítara indio, son muy buenos ejemplos de la lograda imbricación de elementos musicales provenientes de tradiciones distintas, interviniendo el órgano para experimentar con sonidos y secuencias, y aludiendo a los espíritus de la India para crear paisajes de inquietante relajación. Continuó grabando en diversas direcciones como lo muestran el paisajismo del destierro de No Man´s Land (1985) y Chanting the Light of Foresight (1987), explorando pequeñas frecuencias con el Rova Saxophone Quartet.

Entre guitarras españolas y tangos argentinos, grabó The Book of Abbeyozzud (1999), seguido por el casi imposible de conseguir en físico Atlantis Nath (2001); con el poeta Michael McClure grabó I Like Your Eyes Liberty (2005) y con el bajista experimental Stefano Scodanibbio hizo lo propio en Lazy Afternoon Among the Crocodiles (1997) y Diamond Fiddle Language (2005); siguieron Reed Streams (2007) con todo y enfáticos mantras; Banana Humberto (2008), concierto de piano de corte más lúdico con Paul Dresher, y Autodreamographical (2010), en el que se volvió hombre equipo, incluso narrando historias.

MUTEK 2019: FEMINISMOS INTERCULTURALES

18 noviembre 2019 by

La 16ª edición de esta fiesta de artes visuales, creatividad digital, performance y música cuyo origen se remonta a Montreal, llega a la Ciudad de México nuevamente, como uno de los centros urbanos donde se desarrolla, junto a Tokyo, Buenos Aires, Barcelona, San Francisco y Dubai; además algunos de los artistas, aprovechando el viaje, visitan otras ciudades de nuestro país. En esta entrega, un breve recuento sobre algunas de las distinguidas participantes.

DONDE LA VIDA SÍ VALE MÁS QUE ALGO

Orgullosamente leonesa y haciendo carrera en Guadalajara y la Ciudad de México, Concepción Huerta (1986) se ha movido por los terrenos de la experimentación tanto visual como sonora, igual en proyectos individuales que colectivos: aprovecha casi cualquier ruido para convertirlo en fuente de creación. Recientemente publicó el álbum Personal Territories (2019), transitando por un rasposo noise plagado de entrecortes que deconstruye paisajes de alteración impredecible, configurados por orgánicas estructuras digitales y análogas, según el medio empleado. De acuerdo con la página del festival, presentará un performance titulado A-way From Fiction, representación en la que confluyen varios elementos audiovisuales y escénicos para contar diversas historias de personajes inventados.

En tanto, la italiana asentada en Berlín Caterina Barbieri (Boloña, 1990), quien estudió en el conservatorio de su ciudad natal y se especializó en Estocolmo, gusta de jugar con ritmos e instrumentos, entreverando tiempos, secuencias y arreglos, recurriendo a secuencias de teclados que parecen permanecer y drones que ponen gravedad en el sonido, brindando una sensación de rítmica dislocada, como se advierte en el prematuro Vertical (2014) y sobre todo en Patterns of Consciousness (2017), álbum matizado de lances experimentales entre teclados y apuntes electrónicos para despertar, en efecto, patrones orientados a detonar los impulsos de conciencia personal y colectiva (si se vale el oxímoron).

Tras participar en diversas presentaciones y festivales, grabó junto con Carlo Maria el EP Remote Sensing (2017), tratando de ir a la médula y abriendo boca para Born Again in the Voltage (2018), en el que incorporó otros elementos tanto instrumentales como vocales, enriqueciendo su apuesta cual si se tratara de un renacimiento eléctrico; ese mismo año grabó otro álbum con Eleh, artista que se mantiene en las penumbras. Ecstatic Computation (2019), en tanto, se orienta a un sonido de carácter más informático, casi desnudo pero que juega con las temporalidades que transitan entre la falsa calma y el movimiento imprevisto.

Originaria de Nueva York y con formación clásica, la ecléctica compositora Kelly Moran (1988) se ha movido de manera natural por géneros tan contrastantes como el dream pop y el black metal, pasando por la electrónica y el jazz; gusta de trabajar con pianos preparados a los que les exprime diversas posibilidades sónicas y que terminan sumergidos en un ambient que, a su vez, deja una cierta sensación de alterada quietud, buscando las contradicciones desde los ecos auditivos que se van generando, a partir de un disfrazado minimalismo.

Debutó con Optimist (2016), de manufactura casera, en el que ya lanzaba sus ideas musicales entre el avant-garde y el énfasis electroacústico; presentó posteriormente Bloodroot (2017), apuntando hacia esa conjunción de atmósferas calmas que esperan el momento para escaparse de la tierra y se adentró a buscar la invisibilidad en Ultraviolet (2018), indagando sobre tonos y vibraciones para expandir el oído. Entre colaboraciones con otros artistas, se dio tiempo para mantener la producción propia en activo y grabó el EP Origin (2019) con un enfoque temático más naturista, entre noches reflexivas y aves de múltiples intenciones que se reflejan en el duelo entre las teclas y los rasgueos de las cuerdas.

RAÍCES Y ESPÍRITUS

Por su parte, la multifacética Deena Abdelwahed (Qatar, 1989), quien llegó a Francia a los 26 años, inserta sus orígenes tunecinos en texturas electrónicas para construir intrigantes y sinuosos callejones sonoros, como si se atravesaran esas enigmáticas edificaciones que conviven con ambientes arenosos: produjo el EP Klabb (2016) para poner en práctica su estética urbana que logró desarrollar en su debut largo titulado Khonnar (2018), álbum de nueve cortes en los que conviven rítmicas electrónicas de cierto frenesí, matizadas por improntas arabescas que sostienen unas intermitentes vocalizaciones.

Por su parte, la nacida en Suiza Aïsha Devi, quien durante los primeros años del nuevo milenio se dio a conocer en los circuitos de la electrónica como Kate Wax (álbumes Reflections on the Dark Heat, 2005; The Dark Heat Collection vol. 2, 2007), regresó a sus orígenes tibetanos ubicados en los vericuetos de los montes de Nepal, cual viaje a la semilla, para integrar los sonidos electrónicos con un enfoque espiritual, buscando conexiones significativas entre una estética musical que usualmente ha estado más asociada al cuerpo que al alma, más al movimiento que a la quietud, más a la respiración pausada y profunda que al frenesí.

Con el EP Aura 4 Everyone (2013) nos puso en plan meditativo, al que le siguieron algunos sencillos y el EP Conscious Cunt (2015), abriendo justamente el pensamiento con orientación feminista, continuada en Aurat (2015), otro EP que, junto con los dos anteriores, se integraron en el debut largo Of Matter and Spirit (2015), tecno reflexivo de largo alcance insertándose en la eterna dualidad cuando el espíritu está dispuesto pero el cuerpo apunta hacia otros derroteros. Tras otro EP de remezclas, grabó DNA Feelings (2018) entre coros infantiles, teclados efervescentes y cánticos ancestrales, acaso buscando el origen imposible de afectos ocultos siempre impredecibles.

CORONA CAPITAL 2019: DOS MOVIMIENTOS

16 noviembre 2019 by

MOVIMIENTO CÓSMICO

Tomando su nombre de un cierto tipo de peinados en forma de colmena, The B-52’s se formó como un lúdico quinteto mixto en Atenas, Georgia, a mediados de los setenta del siglo pasado. Los hermanos Ricky (guitarra) y Cindy Wilson (voz y percusiones), Keith Strickland (multiinstrumentista), Fred Schneider (vocales) y Kate Pierson (voz y teclados) decidieron formar una banda un poco de la nada y confiando en ir aprendiendo sobre la marcha, basados en la coincidencia de sus gustos por Yoko Ono, sus inclinaciones retro, sus aficiones cienciaficcionales de serie B y sus tendencias kitsch, enfatizadas en vestuarios y peinados.

Inesperadamente, debutaron con el clásico homónimo The B-52’s (1979), cual sueño bailable en tonos fosforescentes, vividos a través de cortes como Planet Claire, donde podrían crecer flores parlantes y por supuesto, las afamadas 52 Girls y, sobre todo, Rock Lobster, lanzándonos gozosamente de regreso a los años sesenta y que todavía sigue sonando en toda fiesta que se digne de ser recordada. Muy pronto nos volvieron a llevar de viaje con su peculiar combinación de voces casi en forma de alocada conversación en Wild Planet (1980), manteniendo el nivel de su efusiva obra predecesora con Private Idaho como corte pronto identificable.

Después del EP Party Mix! (1981), integrado por seis remixes que le metían buena vibra las conocidas canciones, y colaborar con David Byrne, presentaron Whammy! (1983) con fuerte tendencia new wave muy en consonancia con los tiempos que corrían, incluso explorando ciertos acentos postpunk, como se deja escuchar en Legal Tender. Vendría posteriormente la trágica muerte de Ricky Wilson a causa del SIDA en 1985 y el resto de los integrantes terminaron Bouncing Off the Satellites (1986), el disco que estaban grabando cuando sucedió la desgracia, acaso a manera de homenaje póstumo: desde luego, la pérdida sacudió a la banda.

Tras un periodo de duelo, se volvieron a reunir apoyados por una experimentada producción para entregar Cosmic Thing (1989), sonando fuerte y claro con Love Shack y Roam como sencillos que los volvían a poner en el radar de la efusividad acostumbrada, buscando los colores en los objetos no identificados; sin Cindy Wilson y en formato de trío, grabaron Good Stuff (1992), que pasó más o menos desapercibido y tras algunas grabaciones de sencillos, la propia Wilson volvió para producir dos temas nuevos que se integraron en el muy completo recopilatorio Time Capsule: Songs for a Future Generation (1998). Tras actividades diversas, se reunieron una década más tarde para generar el más electrónico Funplex (2008), último disco en estudio de este grupo que tanto nos ha puesto en movimiento retrocósmico. Están por despedirse de los escenarios.

MOVIMIENTO GEEK A COLORES

Colocados entre las vertientes guitarrera postgrunge y el artpop que levanta a la tribuna, pero con facha de empleados de algún gran corporativo de Silicon Valley, Weezer es un cuarteto liderado por Rivers Cuomo, un estudiante de arte que empezó a tocar en bandas de metal al mudarse a Los Ángeles de Massachusetts, y que al conocer al bajista Matt Sharp y al baterista Patrick Wilson formó la banda a la cual se sumó el guitarrista Brian Bell, poco después de empezar a grabar su álbum debut, bajo las órdenes de Ric Ocasek, ni más ni menos; por si fuera poco, Spike Jonze les dirigió el video de Undone (The Sweater Song), pieza integrada en Weezer  [Blue Album] (1994), su imparable primer disco con Say It Ain’t So y Buddy Holly como canciones que le dieron la vuelta al mundo.

Mantuvieron el listón a tono con Pinkerton (1996), salpicado de punkpop y revalorado tiempo después, maltratado en su momento de salida. De pronto el silencio: otros proyectos, rumores de ruptura definitiva y bloqueos creativos, entre otras causas. Pero contra todo pronóstico, volvieron a presentarse en sociedad, salvo Sharp, suplido por Mikey Welsh (bajista de Juliana Hatfield), para entregar Weezer [Green Album] (2001), un bienvenido regreso otra vez de la mano de Ocasek que incluyó canciones como Hash Pipe e Island in the Sun, confirmando que se mantenían en forma para ponerle la suficiente cadencia a las cascadas de guitarras. En aquella época, Welsh enfermó y murió en el 2011; fue sustituido por Scott Shriner, quien se integró para grabar el roquero Maladroit (2002), su siguiente álbum de estudio, cual ejercicio de búsqueda.

Tras algunos otros lances en paralelo y proyectos alternos y alguna edición especial, la banda se reagrupó para entregar Make Believe (2005), mostrando cierto enmohecimiento a pesar de contar con la mano experta de Rick Rubin y algunas canciones de rápido disfrute como Beverly Hills; más cohesionado y participativo resultó Weezer [Red Album] (2008), pronto seguido de Raditude (2009), con todo y can saltando fuera de la foto, y de Hurley on Epitaph (2010), con el famoso y entrañable personaje de la serie Lost sonriendo en la portada: ambos discos, desde la independencia, buscaron volver a las bases del sonido del grupo.

Retornaron bajo las órdenes del recientemente fallecido exlíder de The Cars para, de manera más cuidada, tejer un estimable y equilibrado poprock desparramado en Everything Will Be Alright in the End (2014), brindando impulso creativo que alcanzó para Weezer [White Album] (2016), incluyendo agradecimientos directos (Thank God for Girls) y preguntas sin rodeos (Do You Want to Get High?). Pacific Daydream (2017) pareció un intento por buscar nuevos caminos que se quedó en eso: salvo algunas canciones, el conjunto se asienta en la normalidad que indica quizá apresuramiento. Y para no perder el ritmo, grabaron Weezer [Teal Album] (2019), integrado por versiones en tonalidades verde azulosas de canciones del gusto popular y Weezer [Black Album] (2019), en tesitura luminosa como curándose las heridas de tiempos oscuros donde todo parecía perdido.

RESPLANDORES EN TIERRA DE ZOMBIES

9 noviembre 2019 by

Un par se secuelas no del todo esperadas, dado el tiempo transcurrido a partir de la realización de sus predecesoras, con enfoques contrastantes que recurren a sus mejores armas para alcanzar sus propósitos. El terror combinado con la fantasía y la comedia, según el caso, con resultados acordes a lo esperado.

DOCTOR SUEÑO: HASTA EL ÚLTIMO ALIENTO

Al igual que la lograda Blade Runner 2049 (Villeneuve, 2017), su realización cargaba con el peso de ser la continuación de un clásico absoluto del género y a partir de ahí, el nivel de riesgo era alto; una buena alternativa era asumirse como un tributo al filme sin descuidar su referente literario y al mismo tiempo desmarcarse y buscar nuevas vías narrativas: acertada decisión no del todo llevada con eficacia a la práctica, sobre todo por ciertos episodios que se antojan derivativos y algunas resoluciones fáciles que carecen de justificación, aún en la propia fantasía de la trama (el protagonista de pronto experto tirador, transiciones que pierden nociones temporales).

Si bien se supo que al estimable Stephen King no le gustó El resplandor (1980), obra maestra de terror con toda la carga obsesiva de Kubrick, la película se volvió un referente argumental y visual, no solo para el género, sino para el mundo del cine en general. Incluso hubo una miniserie televisiva de tres episodios que pasó relativamente desapercibida en 1997 apoyada por King sobre su novela: cada quien sus gustos. Después, el que quizá sea el escritor más conocido del mundo, publicó una continuación de su célebre relato en el 2013, base para el filme homónimo Doctor sueño (EU, 2019), escrito y dirigido por el oriundo de Salem Mike Flanagan (Oculus, 2013; El juego de Gerald, 2017), quien se encarga de la serie La maldición de Hill House (2018-2020).

La historia sigue a Dan Torrance (Ewan McGregor, ejercitando la contención) en su etapa adulta, el pequeño que sobrevivió a la locura de su padre en el hotel Overlook (el brillantemente desquiciado Jack Nicholson), con saltos que van y vienen en el tiempo que regresan a su infancia en Florida, ya sin su madre en vida, ahora buscando la misión imposible de huir de sí mismo entre el alcohol, la vagancia, pleitos de billar y mujeres ocasionales, apenas contando con el apoyo del viejo cocinero que habita todavía en su cabeza, hasta que termina asentándose en un pueblo de New Hampshire gracias a un comprensivo hombre que lo apoya (Cliff Curtis), capaz de reconocer cuando alguien está extraviado.

Consigue alojamiento y algunas chambas entre las que se encuentra la de fungir como enfermero para acompañar a personas moribundas, labor de donde se deriva, gracias a uno de los pacientes que está por lanzar un último suspiro, su sobrenombre de Doctor sueño, en complicidad con un sagaz gato de habilidades premonitorias que le avisa el momento justo para servir como especie de Caronte gratuito y benévolo a los pacientes para guiarlos hacia el más allá, brindándoles la esperanza que necesiten, ya sea que existe algo más o que se reencontrarán con quien los están esperando: el sueño eterno.

En tanto, un grupo conocido como The True Knot acecha, liderados por una especie de hechicera entre encantadora y siniestra (Rebecca Ferguson, en tesitura precisa): aunque al argumento le falta información sobre el origen de estos personajes que andan cual gitanos en casas rodantes cuya personalidad queda un poco difuminada, salvo el abuelo y el apodado cuervo, se trata de una especie de secta que se alimenta del temor de los niños que tienen el don de la telepatía y de meterse en la cabeza de los demás, para lo cual los atrapan y se alimentan de su vapor o bien lo guardan en recipientes por si se ofrece en tiempos de escasez. Andan por ahí de ociosos alrededor de fogatas en bosques o playas sin mayor oficio o beneficio.

No son inmortales pero pueden vivir mucho tiempo y necesitan detectar a quienes tengan lo que el protagonista llama, justamente, el resplandor, ya sea para sumarlos a su clan, como en el caso de la joven vengadora contra pederastas (Emily Alyn Lind), aprovechando la función de Casablanca, o para devorarlos hasta su último aliento, y los torturan con el fin de alimentarse del vapor que exhalan mientras son lastimados, como se muestra en la dura escena con el niño que adivinaba los lanzamientos del pitcher rival (Jacob Tremblay, padeciendo La habitación una vez más) o la ingenua pequeña que va a recoger flores en la tensa secuencia inicial.

La trama se entrelaza cuando una puberta (Kyliegh Curran) con fuertes poderes relacionados con la telequinesis entra en contacto con Dan para advertirle sobre los crímenes del susodicho grupo, a la vez que es detectada por éste, particularmente por su lideresa, y se vuelve oscuro objeto de su deseo en aras de su sobrevivencia, volviéndose casi asunto personal: quedan atados los cabos argumentales, acaso un poco tarde, pero que terminan siendo recuperados en la secuencia climática que regresa a donde todo comenzó, como suele suceder en la vida de toda persona con o sin resplandor, en la infancia que transita los pasillos montada en un triciclo buscando la aventura de la existencia donde se abren y cierran cajas según las posibilidades de la mente.

La propuesta visual se apoya en su referente kubrickiano, apostando por las transiciones difuminadas, los desplazamientos de cámara con acercamientos y alejamientos enfáticos y los picados reiterados, como para ubicar los contextos de incertidumbre de los personajes, incluyendo explosiones como el viaje astral que modifica la lógica de la física: no saber dónde se está, si en la realidad tangible o en la cabeza de alguien más, si se trata de un truco o de una situación que implica peligro corporal. Especial atención se puso en la similitud de los actores y las escenografías, así como en los movimientos y acciones, como por ejemplo en la famosa secuencia del padre caminando con el hacha; la banda sonora remasterizada e incidental, hace su parte para este trabajo de recreación, en parte, y de búsqueda de diferenciación.

ZOMBIELAND: GRACIAS POR EL TIRO

Dirigida con soltura por Ruben Fleischer, retomando al equipo original salvo Bill Murray que hace un cameo postcréditos por no dejar, Zombieland: tiro de gracia (EU, 2019) es una tardía pero entretenida secuela de su Tierra de Zombies (2009), que conserva la frescura de su predecesora y transmite la humorística interacción entre sus integrantes, con adhesiones oportunas (Rosario Dawson, Zoey Deutch, Avan Jogia, Luke Wilson) y un tono que se mantiene en la tesitura justa entre la comedia y la aventura, sin pretender excederse en la segunda; tiene la virtud, también, de no entrar al territorio del melodrama o la camaradería excesiva, o la acción angustiante.

Peca, quizá que el guion parece no ir a ninguna parte y resultar convencional, articulándose a partir de un conjunto de viñetas propias de la fórmula de “nos vamos”, “te buscamos”, “te encontramos” y “nos regresamos”, pero se sostiene por la inserción de personajes que aparecen y desaparecen en los momentos precisos, algunos diálogos ingeniosos e interacciones que capturan el interés en el contexto de un mundo devastado y los absurdos que ello provoca, con buenos efectos y maquillajes que ya quisieran series al respecto que vienen a la baja. Cuando intérpretes como Harrelson, Stone, Eisenberg y Breslin se divierten y disfrutan su trabajo, lo transmiten a la audiencia. Se nota.

Colaboraron: Gonzalo y Max Cuevas.