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EL ÁRBOL DE LA VIDA: CONEXIONES VITALES

30 noviembre 2011

Las búsquedas inician y terminan con la insistente pregunta del bíblico Job: “¿Dónde estabas?” Un grito en forma de cuestionamiento que se lanza desde un presente remoto para integrarse en un cercano pasado, casi de origen cósmico, que transcurre entre nebulosas apabullantes similares al interior del cuerpo humano; criaturas prehistóricas por fenecer y danzantes seres marinos; subsuelos explosivos o en plena ebullición; paisajes de inacabada belleza poética y una incesante caída de agua que parece servir como vehículo para el transcurrir de la duda ancestral.
Terrence Malick ha realizado cinco películas en casi 40 años y pasó 20 sin dirigir; se trata de un hombre que prefiere hablar a través de sus obras y que nos remite a la imagen del artista aislado y ajeno a los reflectores, entregado a su labor que con El árbol de la vida (The Tree of Life, EU, 11) alcanza una total madurez después de sus dos obras de los años setenta (Tierras malas, 73; Días de gloria, 78) y sus sendas revisiones a los significados personales del belicismo y a las implicaciones del encuentro de cosmovisiones en La delgada línea roja (98) y Nuevo mundo (05), respectivamente.
Ahora, confabulándose con la sensible cámara-pincel de nuestro compatriota Emmanuel Lubezki, en recorridos continuos por los espacios de aperturas infinitas, y con la omnipresente música de Alexandre Desplat, dos artistas en sus respectivos campos al servicio del arte cinematográfico, Malick escribe y dirige una historia de alcances teológicos para cuya recepción, dada la estructura narrativa de alta volatilidad y propensión al exceso, es necesario estar en un calmo estado anímico que nos permita integrarnos con su universo de nexos invisibles pero al fin intuidos.
Es un filme que transcurre en cuatro momentos imbricados: de la infancia definitoria, de la adultez incierta, de un futuro anhelado y de un estadio atemporal de reflexiones que escapan a la lógica terrenal, inmiscuyéndose en una especie de realidades intermedias o paralelas si se quiere, en las que los encuentros son posibles incluyendo el contacto físico al final reivindicador, cual especie de danza celebratoria porque las respuestas extraviadas en los confines de la galaxia parecen haber encontrado mística respuesta.
Un arquitecto (Sean Penn en silencio) rememora su infancia contrastante al filo de la soledad existencial, en ámbitos de modernidad urbana que colindan con parajes rocosos cuyo tránsito parece imprescindible para encontrar la posibilidad de la certeza: un marco de madera pudiera ser la entrada a ese mar de personas y gaviotas en disposición permanente para coincidir en perdones e intenciones. La revisión de sus propios orígenes se conectan, acaso involuntariamente, con el del universo total, en concordancia con 2001: Odisea del espacio (Kubrick, 68).
Entre la severidad del religioso padre militar con aspiraciones musicales, intentando generar fortaleza en sus hijos (Brad Pitt, también productor), y la dulzura acallada de la madre solo resplandeciente ante la ausencia del marido (Jessica Chastain), el hijo en plena etapa de ubicar su lugar en el mundo (Hunter McCracken) se enfrenta al fuerte conflicto interno de los deseos culposos: matar al padre, proteger a la madre, aceptar a los hermanos, rebelarse frente a lo establecido.
Todo el proceso de nacimiento, desarrollo y eclosión familiar con pasajes que reflejan los detalles al interior del hogar -las comidas, las discusiones, la hora de dormir, el acompañamiento musical- y la apertura a realidades que no pueden ser controladas, se van desdoblando a partir de una edición que se bifurca en una narrativa tradicional y otra que, sustentada en compositores clásicos, parece adoptar un principio más caótico, extraviándose en los cuatro tiempos mencionados de la estructura argumental en forma casi azarosa.
De la vida íntima de una familia como muchas en Texas durante los cincuentas, con sus problemáticos desencuentros, sus momentos de algarabía y las pérdidas dolorosas, nos conectamos con las fuerzas que gravitan por encima de nuestras cabezas. Una mano que acaricia superficialmente la hierba mientras el simbólico árbol parece elevarse cada vez más hacia un cielo infinito, allá donde vive Dios y “cantan las estrellas del alba” (Job, 38: 4,7).
Así, vemos lances de un lirismo conmovedor que invitan a formar parte de él, entre impulsos corales que no cejan en su intento de acompañar las dudas en off; los destinos de los personajes cual arena que se lleva el viento orientador, y un matiz poético que estalla en las configuraciones estelares para entender, después del dolor y la frustración, que la mirada se puede poner en lo eterno para no quedarse atrapada en la inmediatez.
Un ático recurrente cuya ventana advierte una posibilidad de salida, un columpio cíclico y una máscara que flota en el océano revelador: las ramas apuntan hacia el cielo con la confianza que implica tener raíces sólidas, aunque a veces sea necesario cortarlas para poder transitar hacia territorios donde puedan existir nuevos cuestionamientos. Una obra maestra.

PETER GABRIEL ORQUESTAL

24 noviembre 2011

Como si entrara a la sala de su casa, el maestro saludó a un sorprendido auditorio completamente iluminado que todavía se estaba acomodando en las butacas. Sin mayores aspavientos y tras agradecer al respetable, presentó a sus dos jóvenes cantautoras que interpretaron sendas canciones a manera de aperitivo, con solo guitarra en mano y vocalizaciones que adelantaban la calidez del acompañamiento a las canciones del ex Genesis y a una que otra versión.
El escenario combinaba los tintes clásicos propios de la distribución orquestal con apoyos visuales que tanto ha trabajado Peter Gabriel, uno de los innovadores primigenios en el terreno de los conciertos, junto a David Bowie, cuya clásica Heroes sirvió para que el creador del sello Real World abriera la puesta en escena con un tono de sobriedad envolvente que anticipa en aquello que nos podríamos convertir durante la noche. Ahí estaban, en una sola canción, dos monstruos de la historia del rock.
El poder de la orquesta dio su primera muestra con la denuncia sobre la tortura desplegada a través de Wallflower, una de esas grandes canciones que por alguna razón había quedado un poco al margen: de esta forma se abría la vertiente política del concierto y los creativos arreglos empezaban a construir atmósferas variopintas, como se confirmó en la relectura de Après Moi, canción original de Regina Spektor basada en un incisivo piano, acá convertida en intenso tejido de cuerdas dislocadas.
Las búsquedas en la oscuridad transcurrieron a partir de Intruder y San Jacinto, con la acostumbrada teatralidad de Gabriel quien, al igual que en su último concierto por estos lares, leyó en español algunas ideas previas sobre las canciones como la historia del rito iniciático apache, permitiéndose alguna que otra broma y empleando la creatividad para que con recursos sencillos –el espejo reflejante de la luz- el espectáculo fuera integral.
Un par de pantallas a los lados, un trío al frente y una especie de marquesina, encuadraban el escenario abundantemente poblado por la New Blood Orchestra, en esta ocasión integrada por músicos londinenses y mexicanos, dirigidos por un larguirucho encopetado de enérgica simpatía, e interpretando los arreglos de John Metcalfe. Después de estos momentos salpicados de un logrado juego de iluminaciones y edición frenética en la cámara, apareció Secret World, una de las más bellas piezas que interpretada con base en cuerdas, devela justamente otro tipo de misterios.
El tramo más personal surgió con Father Son, en honor a su padre por cumplir el siglo de vida, quien aparecía en las pantallas del fondo: un claro ejemplo de emotividad genuina. Con las jóvenes vocalistas alternando, los grupos de cuerdas en intensidad creciente o sensibilidad a tope, según el caso, los metales de uno y otro lado en conversación cíclica, un Peter Gabriel al natural –sin los instrumentos de costumbre- acometía con la profundidad del caso Signal to Noise, sin la abrasiva vocal de Nusrat Fateh Ali Khan, pero con la fortaleza de las cuerdas que lo acompañaban.
Como para bajar un poco la tensión, continuaron Downside Up con un respetuoso diálogo vocal y Diggin in the Dirt, con todo y sus gusanos en espera de la comida del día, para dar paso a Mercy Street, dedicada a la poetisa Anne Sexton, y a The Rhythm of the Heat, con sus explosiones de alta temperatura y que permitió al sexagenario artista total mostrar que eso de mantener la voz no pasa tanto por la edad física, sino por el estado mental.
La parte final entroncó con el álbum So (86) como eje principal, complementada con algunas clásicas infaltables. Red Rain abrió este segmento con la fuerza de costumbre, que dejó paso a la belleza inobjetable y sencilla de Solsbury Hill con los golpes del corazón en todo lo alto. Con mención a las recientes rebeliones en África, Biko mantuvo el tamiz de homenaje político y nos dejó, junto a la orquesta, finalizarla un poco a nuestra manera. La vela puede apagarse, pero el fuego ya quedó encendido para siempre.
Una contenida versión de In Your Eyes antecedió a Don’t Give Up en la que la joven contraparte femenina, a pesar de tener el peso de Kate Bush, encontró su propia voz para vincularse con un exquisito cierre, cortesía del contrabajo. Y para mandarnos a dormir, como bien dijo este viejo sabio ya instalado en el piano, qué tal The Nest That Sailed the Sky, como para terminar de navegar por este intrincado y a la vez reconfortante paseo por los caminos de la reinvención: hacer lo mismo, pero de manera diferente. Sangre nueva, pero sangre al fin.
Como bien dijo Leslie, ir al concierto fue como viajar a un sueño, rodearte de un grupo de duendes y de un par de elfas para estar bajo el cielo un momento y dejar que nos inunde. Dos horas sublimes más las que el recuerdo permita.

CONTAGIO: PANDEMIA GLOBALIZADA

16 noviembre 2011

Por lo general, las películas taquilleras de catástrofes recurren a dos elementos básicos: la construcción del héroe salvador del mundo y unos efectos especiales que terminan por sepultar cualquier recuerdo argumental, incluyendo la jerga pseudocientífica del caso. No obstante, existe otro tipo de filmes dentro del subgénero, que se abocan a puntualizar las emociones humanas y las relaciones que se establecen a partir del desastre: tal es el caso, por ejemplo, de la poderosamente dramática El último camino (The Road, EU, 09), dirigida por John Hillcoat en la que se adapta de manera notable la novela de Cormac McCarthy.
Una de las catástrofes recurrentes en el cine que amenazan a la especie humana es la enfermedad provocada por algún virus o bacteria que detona la muerte de muchas personas, salvo los acostumbrados inmunes como en La amenaza de Andrómeda (Wise, 71), o bien la transformación de las personas en seres monstruosos como veíamos en Exterminio 1 y 2 (Danny Boyle, 02; Fresnadillo, 07), en El día del Apocalipsis (Eisner, 10), en la mutación advertida en los filmes basados en El hombre Omega o en la serie propensa al gusto culposo conocida como Resident Evil.
Ahora Steven Soderbergh (Sexo, mentiras y video, 89; El desinformante, 09), quien va y viene por las lógicas de la independencia y del mainstrem, retoma la temática y le brinda una sensible e inteligente mirada en Contagio (Contagion, EU, 11), filme que nos remite de inmediato a la reciente crisis de la AH1N1, en particular por la realista forma de tratar el tema. Si en Epidemia (Petersen, 95) o El factor Hades (Jackson, 07) se exaltaba el heroísmo de último minuto, en la cinta del ecléctico realizador de Tráfico (00), esta condición redentora se despliega pero de manera contenida y desdramatizada, a través de una discreta y persistente investigadora.
Con reparto de lujo, que se da el ídem de matar a una de las actrices conocidas en las primeras de cambio y recluir a otra de ellas, víctima de la enfermedad sin posibilidad de cura aunque dando la vida por los demás (Kate Winslet), la historia funciona como un brillante armado de rompecabezas que permite contar con un panorama global, sin perder las pequeñas luchas de las personas, en beneficio propio o de los otros según el caso, para sobrevivir ante la incontrolable enfermedad y enfrentar El peor de los miedos (Gorak, 09): la pérdida de los seres queridos en un abrir y cerrar de ojos, sin una explicación que parezca mínimamente razonable.
La edición contribuye a la fluidez de la cinta, no obstante la multiplicidad de tramas abiertas –unas más atendidas que otras- mientras que la música continua de aires setenteros y una cámara de angulaciones varias, que busca el realismo evitando desplazamientos espectaculares o iluminaciones abrasivas, le brindan ese necesario toque de angustia al desarrollo de los acontecimientos. Más bien estamos frente a una puesta en escena funcional que permite dar cuenta de cómo se va propagando la muerte y de qué manera se empieza a descomponer toda posibilidad de convivencia civilizada, generándose el consabido Pánico en las calles (Kazan, 50).
Personajes como el bloguero denunciante (Jude Law); el científico en dilemas continuos (Laurence Fishburne), relacionados con su novia y con el hijo del responsable de la limpieza (John Hawkes); el hombre común en proceso de pérdida (Matt Damon) y de sobre protección de la hija sobreviviente, toman preponderancia frente a la catástrofe en cuanto a personas y no estadísticas. De igual forma, la funcionaria de salud (Marion Cotillard) y su inesperado destino, en la línea de Al otro lado del mundo (Curran, 06), abre un debate acerca de los criterios para determinar prioridades y cómo las políticas mundiales dependen de quienes detentan el control económico y del conocimiento.
Más cercana a películas como la cienciaficcional 12 monos (Gilliam, 95), la doliente Ceguera (Meirelles, 08), Niños del hombre (Cuarón, 06) con todo y la amenaza del fin de los nacimientos y Pandemia (The Dead Outside, GB, 08), dirigida por Kerry Anne Mullaney y en la que se aprecia una desolada campiña británica, apenas poblada por personajes con pasados cargados de culpas y temores, la cinta del director de Vengar la sangre (99) y Bubble (05) es una muestra más del gran potencial que tiene el cine para plasmar fenónemos globales de impacto devastador.
Estructurada a partir de los días que van pasando, la historia inicia en las siguientes 24 horas del origen del problema, presumiblemente dejado para cerrar la cinta en una estructura anunciada como circular desde el inicio mismo. Un buen ejemplo de que los géneros establecidos pueden admitir perspectivas innovadoras, diversas e integradas a realidades circundantes que parecen presentarse cuando menos te lo imaginas.

TRABAJO CONFIDENCIAL: INDIGNACIÓN SIN RESPUESTA

8 noviembre 2011

La plaza pública es tomada por inconformes con sus sistemas políticos: revoluciones en los países árabes y protestas en las naciones de occidente. Libertades y oportunidades. Banderas de indignación frente a abusos históricos y ante crisis recurrentes causadas por la codicia de algunos que termina por quedar en total impunidad, con unos gobiernos incapaces de transformarse. La mano mágica, antes invisible, del mercado y la generosidad del Estado de Bienestar, así con mayúsculas, son conceptos que ya no alcanzan para explicar la compleja y tensa situación mundial.
Más que oportuno aparece el documental Trabajo confidencial (Inside Job, 10) que se suma a otros textos fílmicos con carácter denunciante sobre la depredación económica y los abusos del poder del dinero, como el filme canadiense La corporación (Abbot, Achbar y Bakan, 03), Wall-Mart (Greenwald, 05) y Enron: Los tipos que estafaron a América (Gibney, 05), así como Casual Days (Lemcke, 05) y Capitalismo: Una historia de amor (Moore, 09). Películas que más allá de los acuerdos o desacuerdos, difunden temáticas de imprescindible conocimiento global.
Dirigido por Charles Ferguson, responsable de No End in Sight (07) sobre el conflicto con Irak durante la era Bush, el documental ganador del Oscar aborda de una forma didáctica la crisis que estalló en el 2009 alrededor del mundo, hurgando en las causas, los procesos, los involucrados y las consecuencias que aún hoy vivimos entre catarritos y pulmonías que han dejado una secuela de falta de empleo, pérdida de calidad de vida y ausencia de oportunidades para establecer sociedades sin tales brechas entre ricos y pobres.
Con la canción Big Time de Peter Gabriel, tomas aéreas como para dar contexto y una explicación que arranca en la aparentemente inmune Islandia, se da el banderazo a esta obra dividida en cinco partes como si de lecciones se tratara: una perspectiva histórica en la que se sustentan algunas causas de cómo fue que llegamos aquí; el momento en el que la burbuja se convierte en utilidades-humo, irreales pero presentes dada la complejidad de las estrategias financieras; el advenimiento de la crisis que estalló en la cara; la búsqueda de responsables para que expliquen qué fue lo que pasó y, finalmente, la triste realidad actual marcada no solo por la impunidad, sino por la permanencia de algunos de los personajes y de los sistemas que originaron la catástrofe.
Con una notable edición que le brinda una fluidez difícil de conseguir dada la aridez del tema y por momentos su complejidad, y voz narradora cortesía de Matt Damon, parte de uno de los grupos fuertes de Hollywood con tendencia crítica, junto a George Clooney, el filme puntualiza cómo la industria financiera sin control dese los procesos de desregulación en la época de Reagan, tomó por asalto la política pública controlando tanto a los republicanos como a los demócratas, a través de Alan Greenspan (quien se negó a aparecer en la cinta), primero gurú económico y ahora uno de los chivos expiatorios causantes del desastre.
Lejos de que la innovación financiera ayudara a las clases más desprotegidas, se fueron ideando una serie de mecanismos en los que nadie terminaba siendo responsable de asumir los costos de las inversiones y los préstamos, afectando la estabilidad del sistema: el mercado de los derivados con el crédito subprime y una cadena de bursatilización en la que se coluden acuerdos por debajo de la mesa en francos esquemas corruptos y engaña-clientes. Ahí está la clarísima analogía del barco petrolero que explica George Soros, en la que las divisiones han desaparecido y una inundación, acaba con el navío por completo, dada la falta de controles.

Interesante resulta que otro centro de poder económico e ideológico como Hollywood le haya entregado su máximo reconocimiento, a través de la Academia, a este crítico trabajo respecto a la actuación del gobierno, las famosas calificadoras que a pesar del quemón ahí siguen como si nada hubiera pasado, y el sistema en general de Wall Street, sin dejar títere sin cabeza, forzando las contradicciones y señalando las ausencias de quienes se negaron a participar en el filme o los trastabilleos de una que otra cabeza parlante entre la academia y el poder político.
El documental se centra, desde una perspectiva ideológicamente clara y con una intención decididamente pedagógica, en constituirse como una explicación al alcance de la mano de las causas y las consecuencias de una crisis que ha puesto al descubierto el abuso, el engaño y el cinismo de grupos de poder perversamente enraizados y de una de las caras lamentables de la globalización: la que únicamente ha encrudecido las distancias entre los países, lejos de plantear alternativas para la construcción de una verdadera aldea global.
Una película imprescindible que funciona a manera de espejo exponencial del mundo que vivimos.

15º. TOUR DE CINE FRANCÉS: CARRERA APASIONANTE

1 noviembre 2011

Es una de las pocas fiestas cinematográficas que se pueden celebrar a nivel nacional, ahora junto a la Muestra de Cine y el Foro de la Cineteca. Importantes celebraciones como las llevadas a cabo en algunos estados de la República, cuentan con un alcance mucho más local. El Tour de cine francés se ha convertido en una muy sana tradición que llega este año a sus 15 ediciones. Como buen quinceañero, se encuentra en plenitud de facultades y se mantiene como una buena muestra del nutritivo cine galo.
Un poco de historia: en los años treinta del siglo pasado, surgió la corriente de El naturalismo poético con su crítica a las estructuras, la presentación de un mundo onírico buscando la precisión en la recreación de ambientes, así como la expresión de un idealismo romántico que ponía el énfasis en la pasión y la libertad, en contraste con un realismo negro cargado de personajes marginales y condenados al fatalismo. Sus principales representantes son Jean Vigo, René Clair, Julien Duvivier, Jacques Feyder, Jean Renoir y Marcel Carné.
A finales de los cincuenta, surgió un movimiento que propuso una diferente concepción y forma de hacer y entender el cine, colocando al autor como centro de la realización, lo que no significa que antes no hay tenido un lugar privilegiado en algunos casos, y a la búsqueda de un lenguaje distintivo.
La Nueva Ola inundó el Festival de Cannes con Los cuatrocientos golpes de Francois Truffaut y se consolidó con Hiroshima, mi amor de Alain Resnais y Sin aliento de Jean Luc Godard, obras mayúsculas de este par de debutantes en largometrajes que pronto se convertirían en referencia de innovación y exploración estilísticas.
Aunque no considerado completamente dentro del movimiento, Robert Bresson firmó ese año Pickpocket, virtuoso apunte de considerar al robo como arte. Durante los años 50’s y 60’s, la producción francesa resultó esencial para redefenir la manera en que se hacía cine: la vanguardia e innovación encontraron campo fértil para su desarrollo que nos obsequió algunas de las obras más importantes en la historia mundial del cine.
En los últimos 30 años, la cartelera francesa, como el resto del mundo, se ha visto invadida por ese extraño gigante llamado Hollywood, que predomina en la taquilla; sin embargo, una inteligente política proteccionista le ha permitido mantener el llamado cine de autor, si bien no con la fuerza de antaño, sí lo suficiente para continuar produciendo obras de altos vuelos. Un factor adicional es que parte del público galo se ha mantenido fiel a las producciones nacionales, tal como parece empezar a ocurrir en nuestro país, en donde algunas producciones han alcanzado éxito económico durante su paso por la cartelera.
Además de las propuestas características del cine francés y a pesar de las limitaciones financieras, se han producido algunas cintas de presupuesto considerable que si bien no han recibido el total beneplácito de la crítica, han alcanzado al gran público de otras latitudes. Quizá la industria cinematográfica más fuerte de Europa sea la francesa.

LA ALINEACIÓN
Acaba de terminar la exhibición de las películas galas que integran esta saludable tradición fílmica, ya consolidada en términos de público y exhibición. El cartel del décimo quinto tour se integró por películas de directores consolidados como Mujeres al poder de Francois Ozon; Mi parte del pastel de Cédrick Klapisch y Una visita inoportuna de Bertrand Blier. Curioso que en estas tres cintas se aborde, desde diferentes perspectivas, el conflicto de clases sociales en los ámbitos laboral, romántico y de género, con todo y crisis existenciales incluidas.
Mientras que en la primera de ellas, se destila un toque feminista con delicioso aroma retro y logrado trazo de personajes encabezados por Catherine Deneuve y Gerard Depardieu, en la segunda se contrapone la soberbia de los especuladores que desarreglan los empleos desde su computadora, con la clase trabajadora que padece las consecuencias de manera directa, incorporando de igual forma una mirada de género. Y en el tercer caso, parece que hasta en las enfermedades también hay clases: se parte de una premisa interesante y original aunque el desarrollo no sea tan sólido.
En los tres casos se atiende, con trazos que van de la comedia al melodrama contenido, pasando por el apunte musical, a una serie de problemáticas que van de la soledad existencial al machismo y de ahí a la crisis del empleo.
La alineación se complementó con el documental Un amor loco de Pierre Thoreton, sobre la particular relación entre Yves Saint Laurent y Pierre Bergé; El día que vi tu corazón de Jennifer Devoldere, La oportunidad de mi vida de Nicolas Cuche y Los nombres del amor de Michel Lecrerc, trío de cintas más cargadas al tono de comedia.
Como suele suceder, se trató de una muy buena alternativa para asomarnos al cine actual donde todo empezó y donde pareciera que habrá obras valiosas para rato.