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EL FESTIVAL DE CANNES: ENTRE EL GLAMOUR Y LA VANGUARDIA

27 mayo 2010

Aún es considerado el más importante del mundo. Fundado el 2 de septiembre de 1939 por el Gobierno francés para promover la calidad y el desarrollo de la industria, no fue sino hasta 1946 cuando se llevó a cabo más o menos como lo conocemos hoy en día. Para su celebración, se eligió a la bella ciudad balnearia de la costa azul que lleva su nombre.
El Festival se compone a partir de diversos apartados. La Sección Oficial, acaso la más importante, presenta cuatro categorías: largos y cortometrajes en competencia para obtener la llamada Palma de Oro, máximo galardón que se otorga (en esta edición fue a parar a manos de la cinta tailandesa Lung Boonmee Raluek Chat de Apichatpong Weerasethakul, quien se apunta como el nuevo director de moda en estos círculos); trabajos fuera de competencia que más bien se proyectan ahí para buscar prestigio (las obras de Hollywood son un buen ejemplo); la categoría llamada Una cierta mirada, integrada por trabajos de autores no muy conocidos fuera de sus fronteras y Cinéfundation, compuesta por trabajos de jóvenes cineastas e instituida en 1998.
Para que una película pueda ingresar a concurso debe cubrir algunos requisitos, además de ser seleccionada por la Delegación General: haberse producido en los doce meses anteriores a la fecha de realización del Festival; que se hay exhibido sólo en su país de origen; no haber participado en ningún otro certamen; los cortometrajes no pueden durar más de quince minutos; no haber aparecido en Internet y que respete el espíritu del Festival.
Los reconocimientos son la Palma de oro para mejor largo y cortometraje; el Gran Premio para la cinta con mayor capacidad de innovación (la premiada fue De hombres y dioses de Xavier Beauvois; mejor actriz y actor (Juliette Binoche y Javier Bardem fueron los ganadores); director (Mathieu Amalric por Tournée); guionista (ahora para Lee Chang-dong por Shi) y el llamado Premio del Jurado (para Un hombre que grita de Mahamat-Saleh Haorun).
Además, se entrega el reconocimiento de la Cámara de Oro para el talento joven, ganado esta vez por Año bisiesto, producción mexicana dirigida por Michael Rowe, australiano avecindado en nuestro país. En esta 63ª. edición, la presencia de México fue constante, aunque sin duda lo más significativo fue esta distinción.
La otra gran sección es la que se conoce como Las categorías paralelas, entre la que se encuentra la Semana Internacional de la Crítica, auspiciada por el Sindicato de críticos de Cine; La quincena de los directores, organizada por la Sociedad de Realizadores y que busca preservar el cine de autor; Cinemas in France y el Premio de la Juventud. Además, una tercera sección es la del Mercado de Cannes, que funciona más bien como feria de intercambios comerciales.
Pero el festival no nada más es competencia. También se organiza una retrospectiva, un tributo y una charla de algún director consagrado en la que detalla su visión sobre este arte y narra su historial. El Festival es una mezcla de reventón sin límites, arte, snobismo a todo lo que da, espacio político, vanguardia, negocio y quién sabe cuántas cosas más.
Todavía se recuerda aquel intento de arranque en 1939 interrumpido por la Guerra, en el que se proyectó Quasimodo de Dieterlé, y su resurrección siete años más tarde, en la que, junto a otras diez cintas, María Candelaria de Emilio Fernández resultó ganadora.

PRECIOSA: SOBREVIVIR EN EL INFIERNO

16 mayo 2010

Corre la década de los ochenta, cuando el barrio de Harlem era de los más hostiles de Nueva York. Ahí vive Precious, una obesa joven afroamericana de apenas 16 años. Sistemáticamente maltratada por su madre y violada por su padre; madre de dos hijos, el primero con síndrome de down, producto de estos abusos sexuales. Expulsada de la escuela en donde apenas leía y escribía, será mandada a una institución de casos desesperados donde encontrará cierto sentido vía la maestra y compañeras, mientras el fantasma del SIDA recorre el ambiente y su propio cuerpo.
Si potencialmente la vida de Precious se podía prestar a un morboso reality show, la artista y activista Sapphire, en cambio, escribió una sensible y poderosa novela titulada Push (96), publicada por Anagrama. De ahí se derivó la mal titulada en español Preciosa (Precious, EU, 09), dirigida por el habitual productor Lee Daniels (Shadowboxer, 05) a partir de un contenido guión oscarizado cortesía de Geoffrey Fletcher, insertando con cierta sutileza duros trozos del pasado a un presente sombrío.
Escrito de manera realista en primera persona, el libro permite adentrarse no sólo en los terribles sucesos que rodean a Claireece Precious Jones, sino en cómo los asume y de qué forma los evade para no desmoronarse por completo. “Me hicieron repetir a los doce porque tuve un crío de mi padre.” Incluye un interesante diario escrito por las compañeras y ciertos pasajes, como la reunión del grupo de mujeres con vivencias incestuosas o eventos de cruel violencia doméstica, que comprometen al lector con este drama extremo de abuso doméstico.
La película, por su parte, tiene algunas dificultades para conseguir este retrato completo aunque logra construir con suficiente detalle a la protagonista, a través de una creativa combinación de texturas y colores (el predominante rojo para la realidad, como el infierno, divagaciones mentales muy bien iluminadas), a lo que ayudan las actuaciones de madre e hija, interpretadas con absoluta credibilidad por Gabourey Sidibe y Mo’Nique.
Precious ha tenido que empujar para dar a luz y para encontrarla: con todo en contra, empieza a descubrir su propia dignidad y a elevar sus pensamientos al terreno de lo posible, ya no como evasión, sino como alternativa transformadora. Recibir una caricia, intercambiar una sonrisa, aceptar una invitación y compartir una broma, pueden dejar de ser vivencias excepcionales y convertirse en pequeños e inmensos motivos para seguir empujando. Push, Precious.

El ÚLTIMO CAMINO: APOCALIPSIS AHORA

8 mayo 2010

Encontrarle sentido a una realidad que se resiste a mostrarlo, con la permanente tentación de acabar de una vez con la vida propia y la del único ser querido, convertido en único motivo para seguir adelante hacia un destino tan incierto como el recorrido, tan desesperanzador como los fugaces recuerdos que asaltan los frágiles momentos de descanso. Éste parece ser el trabajo de un sobreviviente a la devastación del mundo, a la pérdida de su esposa y a la débil conexión con la vida.
Cormac McCarty, uno de los grandes escritores norteamericanos vivos –junto a Pynchon, Roth y Ford- escribió La carretera (Mondadori, 07), un crudo relato en el que un padre y su hijo viajan hacia la costa en un mundo desolado, donde el canibalismo se ha vuelto forma de sobrevivencia y la Tierra se resquebraja en pedazos. Un mundo en el que Dios ha guardado silencio, mientras los pocos seres humanos que quedan intentan mantenerse en pie, a costa de los demás o cargando el fuego interno de la esperanza.
La novela se fortalece por las apabullantes analogías, los poderosos y breves diálogos desarrollados entre los dos personajes y una tensión en ascenso. Ahora, el director John Hillcoat presenta El último camino (The Road, 09), filme sumamente respetuoso de su par literario al que consigue, a fin de cuentas, rendirle digno traslado a la pantalla, no obstante la dificultad que implicaba convertir en imágenes las poderosas evocaciones a las que invita el texto escrito: si bien se escapan algunas de ellas, las principales consiguen insertarse funcionalmente, vía voz en off del propio padre.
Apoyado en sentidas actuaciones cortesía de Viggo Mortensen como el estoico padre en la línea del de Sobrenatural (Darabont, 07), y del pequeño Kodi Smith-McPhee, con todo y breves pero elocuentes apariciones de Robert Duvall, Guy Pearce y Charlize Theron, entre la luminosidad y la desesperación, el director estructura su relato como un éxodo continuo sólo interrumpido por flashbacks que despliegan recuerdos de una época imposible de revivir y cada vez más difícil de retener en la memoria.
Una fuerte y desolada escenografía en la que predominan los tonos grisáceos, y una cámara en permanente tensión para abrir el foco de su atención o centrarse en la batalla de poder despertar nuevamente, contribuyen a crear una atmósfera absorbente y estrujante, acentuada por las efímeras notas de Nick Cave y la permanente sensación de cómo se puede seguir adelante en un mundo inundado por el sinsentido.