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ELLE: DESENMASCARAR LA TRANSGRESIÓN

5 mayo 2017

Una mujer es invadida por partida doble: en su casa y en su cuerpo. Después de ser violada por un hombre enmascarado ante la mirada de su gato, se levanta y recoge los vidrios y la vajilla rota. A la mañana siguiente va a trabajar a su empresa de diseño de videojuegos, en donde le señala a los jóvenes entre geeks y gamers que incrementen el realismo de un prototipo en el que una mujer es sometida, y continúa con su vida tomando ciertas precauciones defensivas, pero nada más. Probablemente llegó el momento de entrar en algún sugestivo juego que trascienda la realidad virtual, tomando o soltando el control según convenga al espíritu contraventor.

Elle: Poder y seducción (Francia-Alemania-Bélgica, 2016) está dirigida con la pulsión sobre la mesa por el realizador holandés Paul Verhoeven, quien inició su carrera en su país y tras escuchar el canto de la sirenas hollywoodenses de 1985 al 2000, volvió a tierras europeas para rodar la notable La lista negra (2006) y el mediometraje Steekspel (2012). Ahora con esta contundente propuesta vuelve a los primeros planos del planeta fílmico, dinamitando diversas convenciones resultantes de este tipo de planteamientos argumentativos que arrancan con una violación: de hecho, el tema central del descubrimiento acerca de quién fue el agresor, cede terreno para explorar otros territorios de esta mujer echada para adelante.

CÓMO RECONVERTIR LA AGRESIÓN

Este invasivo y traumatizante ataque, si bien le sigue rondando en la cabeza a Michèle Leblanc, pareciera asunto superado y apenas alcanza el nivel de una mala experiencia: no se victimiza ni le dice a nadie hasta que en una cena con amigos suelta la noticia, un poco como para cubrir el requisito de comunicarlo. Pero paulatinamente, el evento se integra a la complejidad que plantea la personalidad de esta mujer madura, viviendo su sexualidad sin reparos y estableciendo una particular relación con el misterioso delincuente, que continúa acosándola en tono de perversión casi lúdica, no por ello inocente o inocua.

El formidable retrato del personaje central se construye a partir de las relaciones que establece con los demás: nos vamos enterando que vivió en evento traumático en el pasado que la alejó para siempre de su padre, mientras que con su estrafalaria madre (Judith Magre) mantiene un nexo complicado, ya no digamos con el mucho menor novio de ésta. Emprendedora y jefa vertical en sus decisiones, comparte la empresa con su mejor amiga (Anne Consigny), casada con un hombre infiel (Christian Berkel) y a la primera oportunidad gusta de escuchar Lust for Life de Iggy Pop, como para confirmar por dónde andan sus aficiones.

ElleEstá separada del marido con quien se lleva razonablemente bien (Charles Berling), incluyendo a su pareja del momento, una maestra de yoga (Vimala Pons); trata de apoyar a su vástago (Jonas Bloquet) de carácter débil (como en ocasiones sucede con quienes tienen madre fuerte), en el proceso de convertirse en padre de un niño que no es biológicamente su hijo, junto a una casi adolescente (Alice Isaaz) que lo maltrata constantemente y que, en consecuencia, tiene fricciones con la protagonista, su suegra. Y está una pareja de vecinos con la que traba contacto: ella, católica ferviente (Virginie Efire) y él, un hombre común que se desenvuelve en el medio financiero (Laurent Lafitte). Demasiado normales dentro de esta galería de máscaras.

En efecto, Michèle es una mujer compleja que juega por los vericuetos de la realidad con varias caretas a la vez y muestra su auténtico rostro, suma quizá de todas estas máscaras, sin importar mucho las consecuencias: apuesta por un pragmatismo voraz y parece ir por la vida con tal seguridad que es capaz de aventurarse en peligrosos juegos sexuales y afectivos. No obstante, una cierta fragilidad se devela de manera muy sutil y cuando las múltiples verdades van apareciendo y se desencadenan eventos decisivos, con sus consecuentes rupturas y sacudidas, los afectos terminan por tender hacia su sitio, de donde nunca se debieron haber movido o, quizá, solamente así se volvieron del todo reconocibles.

El epicentro de la película es la interpretación de Isabelle Huppert, una de las grandes actrices de nuestro tiempo y con una larga filmografía a cuestas en la que se encuentran directores como Preminger, Pialat, Godard, Chabrol, Tavernier, Robbe-Grillet, Téchiné, Haneke y Sang-soo Hong, entre otros; a sus más de 60 años, sigue siendo capaz de arriesgarse para meterse en la piel de mujeres que lindan con la locura, el atrevimiento y la sensibilidad a flor de angustia, como se advierte en La ceremonia (1995) y La pianista (2001), por ejemplo. Ya desde sus inicios dio muestra de esta disposición natural para asumir papeles complejos, como en Aloïse, (1975), Les indiens sont encore loin, (1977) y Violette Nozière (1978), por mencionar algunos casos.

Con una simple mueca expresa lo necesario y un poco más, abriendo posibilidades para los cuestionamientos; como se muestra en Elle, detrás de esa imperturbabilidad se asoma una profunda necesidad de búsqueda, experimentación y, en ciertos momentos, aceptación. La frialdad a punto de romperse aunque sabemos que no vamos a ser testigos de ello: primero encontrar la forma de resolver el problema antes de pedir ayuda o derramar alguna lágrima que nos confirme la existencia de la necesidad de un poco de comprensión. Por lo menos de la felina mascota que mira impasible la invasión.