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AQUELARRE MORAL

7 junio 2016

Vivir constantemente bajo el manto de la culpa, adquirida por el simple hecho de nacer como ser humano, puede generar un caldo de cultivo para que el mal, con todo y su angustiante abstracción, se anide en forma permanente cual orientador de conductas no deseadas. El fanatismo religioso opera en contra: en lugar de acercarnos a la divinidad cuyo conducto es el amor al prójimo, nos coloca en la posición de acusar al de junto a partir de los propios prejuicios y orientarnos, en consecuencia, hacia el destino contrario.

Si la existencia se entiende a partir de ciertas ideas religiosas que conciben a Dios como una entidad vigilante y castigadora, prácticamente todas las acciones y situaciones se convierten en motivo de pecado, explicadas por la presencia y manipulación del maligno: así que las personas se reducen a marionetas que actúan por designios más allá de su responsabilidad y el asunto se trata solamente de resistir las tentaciones aunque ya de entrada sean templos pecaminosos.

EN LO PROFUNDO DEL BOSQUE

Dirigida y escrita en inquietante tono austero y contenido por David Eggers (cortos Hansel y Gretel, 2007; El corazón cuentacuentos, 2008), La bruja (The Witch, A New England Folktale, EU-Canadá-RU-Brasil, 2015) es un relato que se inserta en la tradición del género de horror, pero con miras a nutrirlo desde una perspectiva histórico-social con resonancias actuales, y a partir de una profundización en las racionalidades de sus personajes, dominados por una apabullante ideología religiosa. No es un miedo de sobresaltos, sino de angustias existenciales.

En la Nueva Inglaterra de 1630 una familia de puritanismo extremo, si cabe, termina expulsada de su comunidad por diferencias religiosas; se instala a orillas de un bosque, cual espacio representativo de los embates hacia sus creencias y explicaciones que pronto dejan de alcanzar para justificar los eventos desafortunados. De la difícil condición de migrantes, los padres y sus cinco hijos ahora se convierten en exiliados, buscando asentarse y encontrar cierta paz en territorio de salvaje sobrenaturalidad.

Pero las dificultades se presentan de inmediato: el recién nacido desaparece, mientras estaba al cuidado de su hermana mayor aún adolescente (Anya Taylor-Joy, ambigua), a manos de una siniestra entidad femenina. La pérdida sume en la depresión a la madre (Kate Dickie, desolada) y las tensiones van creciendo, reforzadas por una mala cosecha, la puesta de trampas para animales que no funcionan, con todo y la liebre escapista, y la aparición de mentiras piadosas que suelta el creyente padre (Ralph Ineson, atribulado) para no complicar más la situación.

En tanto, los pequeños gemelos (Ellie Grainger y Lucas Dawson) canturrean y hacen travesuras en compañía del macho cabrío negro Black Phillip, y el otro hijo en plena pubertad (Harvey Scrimshaw), empieza a cuestionarse los designios divinos y a convertirse en el apoyo del rol del proveedor, sobre todo ahora que los alimentos escasean y el jefe de la familia está cada vez más atribulado. De manera simultánea, el naciente deseo sexual experimentado, asomándose en cada oportunidad, puede convertirse en una trampa o en una mortal liberación.

Si bien la premisa de arranque suena conocida –una familia en medio de la nada acechada por alguna presencia atormentadora- el desarrollo transita por caminos alejados de cualquier efectismo y, por ende, mucho más inquietante, además del expresivo diseño de producción que nos envuelve en una atmósfera lúgubre donde no parecen existir alternativas para cambiar el curso de los acontecimientos, ni siquiera en sueños efímeros pronto convertidos en pesadilla tangible.

UN CUENTO SIN MORALEJA

Los diálogos expresados de acuerdo con el contexto lingüístico de la época le brindan el necesario realismo a las conversaciones, en particular cuando surgen las acusaciones mutuas, los reproches y las búsquedas de culpables en el propio seno familiar, contrastando con los momentos de oración comunitaria. El convencido desempeño actoral, incluyendo a los hijos en quienes recaen sucesos centrales de no fácil interpretación, redondea la intención de verosimilitud.

La cámara se desplaza con acercamientos paulatinos que parecen introducirse tanto en las razones y motivaciones como en las dudas y angustias; el movimiento inicia con frecuencia a espaldas de los personajes para posarse sin prisa y de frente en los rostros devastados, o bien se aleja para presentar imágenes contextuales que dan cuenta de la difícil circunstancia en la que la familia quedó atrapada. El score de Mark Korven incide en el ánimo con su intensidad percusiva y esas vocalizaciones extáticas que terminan por encontrar la alteración nerviosa pretendida.

BrujaEl naturalismo como estética narrativa y gráfica remite a encuadres pictóricos con decidida focalización en el contraste y el punto de fuga: aprovechando la luz de las velas y su rango de iluminación, se construyen puestas en escena que contribuyen a la inmersión no solo de la época, sino del momento emocional de la familia en pleno derrumbamiento, vinculado a ese maíz podrido o los animales extraviados. Incluso cuando es de día, las tonalidades grises y verdes apagadas acentúan la sensación de absoluto desamparo, sin que se advierta alguna solución factible.

A finales del siglo XVII, en parte causada por la malinterpretación de estas leyendas en las que se basa el filme, cuyas raíces se pueden rastrear en el clásico docudrama La hechicería a través de los siglos (Häxan, Christensen, 1922), y a manera de buscar chivos expiatorios frente a las desgracias comunitarias, se desató la famosa cacería de Brujas en Massachusetts, que tuvo su mayor presencia en Salem, comunidad en la que se anidó una histeria colectiva enraizada en una equivocada religiosidad (cuando a Dios se le usa como pretexto…).

Aquellos juicios se han convertido en toda una alegoría, potenciada por la obra teatral de Arthur Miller inspiradora de los filmes Les sorcières de Salem (Rouleau, 1957) y Las brujas de Salem (Hytner, 1996), por la obra de Nathaniel Hawthorne y por el texto de Shirley Jackson, acerca de la intolerancia y la injusticia que, por lo visto, continúan en la actualidad globalizada como bien se puede constatar en algunas redes virtuales que gustan del juicio fácil, rápido, lapidario y sin sustento.

Al filme se le ha comparado con la impresionante El listón blanco (Haneke, 2009) por la forma en cómo el mal se va introduciendo casi de manera imperceptible en los vínculos familiares y comunitarios, en contrapunto de la trilogía de Dario Argento (Suspiria, 1976; Inferno, 1980; La madre de las lágrimas, 2007), que apuesta más bien por un tono impresionista con abundancia de hemoglobina. Las tentaciones circundantes, como la de la necesidad de éxito del marido en El bebé de Rosemary (Polanski, 1968), rondan entre los impávidos pinos que saturan el bosque.

Cortar leña como fallida actividad evasiva o despojarse de los ropajes para levantarse sobre la tierra y poder disfrutar de todas las tentaciones propuestas, sin tiempo para plantearse las posibles consecuencias. Regresar a la comunidad sin oportunidad para el orgullo o enfrentar la amenaza de frente, aunque ésta prefiera atacar de manera oblicua, sin previo aviso. La película de horror del año.

SALIR AL MUNDO

24 abril 2016

Un par de coproducciones en las que participan Canadá e Irlanda donde los personajes viven la experiencia de buscar insertarse en un contexto mucho más amplio que el que habían conocido hasta entonces. Ya sea por imposiciones externas o limitaciones propias, nos desplazamos por los territorios que conocemos hasta que se presenta una alternativa o bien decidimos ensanchar el margen de maniobra. Y las coincidencias también juegan.

Cual cajas de resonancias, un pueblo y una habitación parecían representar toda la realidad vital hasta que una serie de eventos abren los horizontes con las dificultades y posibilidades del caso, incluyendo la tentación de regresar a lo conocido, no necesariamente por ser mejor opción, sino por la necesidad de certidumbre. Queda la inquietud de saber qué sucederá con los personajes en un futuro, una vez que han tomado ciertas determinaciones sobre su pasado.

LA HABITACIÓN: EL ORIGEN

Dirigida con cercana sensibilidad por Lenny Abrahamson (Adam & Paul, 2004; Frank, 2014) a partir de un guion de Emma Donoghue basado en su propia novela, La habitación (Room, Irlanda-Canadá, 2015) es, por una parte, una mirada a la fortaleza de una mujer para sobrevivir en condiciones de extrema depresión, contando con la fuerte motivación de la maternidad como impulso primigenio y, por la otra, el durísimo proceso de adaptación a un entorno por completo desconocido, como si de otro planeta se tratara.

La primera parte del filme contrasta el infierno del secuestro que vive una joven a manosHabitación de un tipo peligrosamente común en la superficie, como el pedófilo retratado en Michael. Crónica de una obsesión (Schleinzer, 2011), con el luminoso vínculo que establece ella con su hijo, nacido en cautiverio y para quien todo el mundo se reduce a las cuatro paredes donde vive y los objetos a los que saluda cada mañana, incluyendo el día que cumple cinco años con pastel sin velas.

En tanto, la segunda mitad de la historia consigue transmitir las tonalidades agridulces que implica un pasado traumático y el esfuerzo para adaptarse y mantenerse a flote: como nunca, se requiere la fuerza del cabello de Sansón para querer seguir viviendo a pesar de la dificultad para enfrentar la necesaria despedida emocional. Realidades más allá de la televisión, como si de un jardinero sin suerte se tratara: mascota, amigo, cómplice, médico, abuelo ausente y abuela pendiente.

Para construir una interacción materno-filial creíble y emotiva, resultan esenciales las interpretaciones dela ganadora del Oscar Brie Larson, llena de matices dadas las situaciones que vive su personaje, y Jacob Tremblay, escenificando la capacidad de admiración y los temores de la infancia en forma natural. Joan Allen termina por redondear las notables actuaciones como la abuela y madre que entiende la necesidad de convertirse en la figura fuerte de la inédita situación.

La cámara combina diversas perspectivas y potencia la utilización del espacio narrativo con encuadres que anuncian los sucesos por venir (la cena en silencio, por ejemplo), sobre todo cuando se ubica al interior del cuarto: la mirada desde y hacia el clóset, el tragaluz como único contacto con un exterior celestial, opacado por una hoja podrida o el recorrido pausado por los diversos objetos, cual país de las maravillas cotidianas, contrapunteando con los desplazamientos nerviosos que la situación plantea y rompiendo la sincronía entre imagen y palabra.

BROOKLYN: EL DESTINO

Dirigida por John Crowley (Intermission, 2003; Boy A, 2007; ¿Hay alguien ahí?, 2008; Circuito cerrado, 2013) con atención en los detalles y centrada en la toma de decisiones de la protagonista y las racionalidades para llegar a ellas, Brooklyn (Irlanda-RU-Canadá, 2015) es un relato de crecimiento, reconocimiento y apertura en el que las circunstancias se van presentando explícitamente para dejar que sea la joven, con sus recursos, saberes y limitaciones, quien opte desde un omnipresente deber ser largamente inculcado que puede ponerse en duda.

Una inmigrante irlandesa llega al sitio del título tras aleccionadora travesía en barco en la década de los años cincuenta, cuando no había ideas absurdas relacionadas con muros y deportaciones masivas. Deja a su madre (Jane Brennan), a su querida hermana (Fiona Glascott) y su mejor amiga, además de un trabajo que no le gustaba bajo el mando de una grosera y metiche mujer. Sobre todo, deja una forma de ver la vida para intentar adaptarse a otras perspectivas.

BrooklynSaoirse Ronan interpreta con enjundia a Eilis Lacey, contagiando sus disyuntivas y asumiendo las inevitables transformaciones que implica dejar el nido, incluyendo la bifurcación romántica encarnada por un sencillo galán de origen italiano (Emory Cohen), de esas personas que tienen el encanto de la simpleza y por un agradable joven de su pueblo que le ofrece la posibilidad de sentirse en casa por el resto de sus días (Domhnall Gleeson).

Las actuaciones de soporte de los siempre entrañables Jim Broadbent y Julie Walters, además de las compañeras de casa de la recién llegada a tierras americanas y el hermano pequeño del novio, le brindan un necesario toque de humor, sobre todo considerando la formalidad de la puesta en escena, el score y la vistosidad del diseño de producción, dándose vuelo con las modas cincuenteras que reflejan también los cambios en los estados de ánimo de la protagonista.

El estupendo guion de Nick Hornby basado en la novela homónima de Colm Tóibín, que se deja leer en una sentada, permite acompañar a la protagonista en sus procesos decisorios, así como entender las formas de pensamiento y los contrastes entre ambos sitios separados por el Atlántico, sobre todo relacionados con un urbanismo creciente de multiculturalidad y un localismo de tradiciones arraigadas y únicas.: ahí está el emotivo canto en la cena para los viejos migrantes irlandeses que se han quedado en el vacío material y anímico, solo rescatados por la memoria musical.

 

 

ESTÁ DETRÁS DE TI: THE WALKING DEAD

29 julio 2015

El clásico plantea que el hecho de ser paranoico no significa que no te estén persiguiendo: sentirse acechado puede ser producto de la imaginación, de la realidad misma o de una extraña combinación de ambas. Cuando alguien o algo te sigue constantemente, además de tu conciencia o sentimiento de culpa, resulta difícil sentirse libre sobre todo cuando sus intenciones son destructivas. Quizá sea la muerte, disfrazada de muchas formas, que camina detrás de ti o toca a la puerta y si no le abres, verá la manera de introducirse una y otra vez, aunque tengas varias opciones de salida.

Escrita y dirigida con siniestra creatividad por David Robert Mitchell, Está detrás de ti (It Follows, EU, 2015) es una minimalista historia de horror persecutoria en la que caben lecturas e interpretaciones diversas gracias a su planteamiento abierto, que pueden ir desde los ámbitos de la adolescencia como etapa de angustia, hasta los de la descomposición social, en donde solo te salvas si perjudicas a los demás; surgen también reflexiones relacionadas con el SIDA o con la violencia sexual, así como con análisis de carácter metafísico acerca de la vida y la muerte, con todo y la batalla eterna entre Eros y Thanatos.

El planteamiento se traza de manera gruesa, sin entrar en mayores explicaciones causales. Una especie de entidad que se transmite vía relaciones sexuales, toma formas humanas variadas –hombres, mujeres, niños, jóvenes, viejos, conocidos o desconocidos- y persigue a quien ha sido “contagiado”, apareciendo inesperadamente y caminando pausada pero constantemente hacia la víctima, sin ningún tipo de expresión en la mayoría de los casos, aunque a veces con gesto amenazante.

La única forma de salvarse, que no siempre parece definitiva, es teniendo relaciones sexuales con alguien más para dejar de ser objeto de la persecución de este ente cambiante capaz de volverse corpóreo, sin que sepamos bien a bien qué le sucede a los sujetos que utilizó para sus fines terminales. Desde la fuerte introducción, nos percatamos que el peor de los terrores es el que te persigue de manera invisible y tendrás que asumir una decisión moral: permanecer en angustiante estado de escapatoria, pasarle la maldición a alguien más o prepararte para la muerte.

Cuando todo parece un juego consistente en adivinar en qué persona te gustaría convertirte de las que te rodean en un momento determinado, resulta que la maldad puede ser cualquiera de ellas con la única diferencia de que solo tú eres capaz de verla: el juego se terminó para dar inicio a la angustia existencial, lidiando con la incomprensión de los demás o, en el mejor de los casos, con su apoyo irrestricto. Paradójicamente, el deseo amoroso se convierte en el vehículo directo para enfrentar, cara a cara, a la muerte.

CUIDARSE LAS ESPALDAS

Estamos ante una película de atmósferas, más que de sucesos. El escenario es algún suburbio de la golpeada Detroit, ciudad en la que curiosamente también se desarrolla la vampírica Solo los amantes sobreviven (Jarmush, 2013), que parece permanentemente deshabitado, con casas y calles homogéneas apenas interrumpidas por algún conjunto en ruinas, donde al parecer nunca pasa mayor cosa, salvo el tránsito del día a la noche y de ahí al siguiente amanecer. El filme parece una consecuencia lógica del debut del director titulado El mito de la adolescencia (The Myth of the American Sleepover, 2011).

Está detrás de tiLa protagonista (Maika Monroe) es una joven común que, tras tener relaciones sexuales en una segunda o tercera cita con un presunto interesado en ella, empezará a vivir la pesadilla persecutoria de la que parece no haber final, a pesar de la ayuda de su hermana, una amiga, el vecino de enfrente y el amigo eternamente enamorado de ella. Al adecuado trabajo de casting se añaden unas interpretaciones siempre apuntando al realismo y a la naturalidad de comportamientos.

Es un contexto en el que los adultos están ausentes y distanciados, pueden resultar peligrosos o permanecer ajenos a la realidad de los jóvenes, quienes pasan los días en la escuela, viendo películas serie B o a la orilla del lago, fisgoneando a los vecinos, teniendo una cita romántica o flotando en la alberca del patio, cual entorno más o menos seguro aunque susceptible de ser destruido, o bien en alguna otra piscina donde la existencia puede terminar electrocutada, que puede representar la liberación o el hundimiento definitivo, como sucedía en Déjeme entrar (Alfredson, 2008; Reeves, 2010). En el agua la vida cobra dimensiones inesperadas.

Con las figuras tutelares de La noche de los muertos vivientes (Romero, 1968) y El Resplandor (Kubrick, 1980) y la utilizada premisa de presentar a un grupo de adolescentes luchando contra una criatura sobrenatural, de acuerdo con el propio director, la narración se construye, más que por los hechos, por los certeros desplazamientos circulares o diagonales de la cámara, buscando sus objetivos y encuadres con la misma parsimonia que la entidad persigue a sus víctimas, mientras una versátil y omnipresente electrónica cortesía de Rich Vreeland, aquí firmando como Disasterpeace, acompaña y recrea intenciones de las secuencias según el momento anímico de la historia, pausada pero constantemente elevando los niveles de zozobra.

LAS ESTRELLAS MIRAN HACIA ARRIBA

21 julio 2014

Los hombres en algún momento son dueños de su destino:
La culpa, querido Bruto, no está en nuestras estrellas,
Sino en nosotros mismos, que somos subalternos
(William Shakespeare,
La tragedia de Julio César, 1599 aprox.).

Los prejuicios pueden acercarte o alejarte de la oportunidad de conocer, comprender y disfrutar de los fenómenos que nos circundan. En el caso de una película, ahora que se cuenta con tanta información entre opiniones de a pie, críticas fílmicas, páginas con todo tipo de puntajes y campañas publicitarias, resulta relativamente fácil dejarse llevar por este mar de comentarios o bien por los propios supuestos concebidos a lo largo de la vida: que si es de tal director, debe ser buena; si sale x actor seguro es pésima; si es hollywoodense va ser lo mismo de siempre; si es europea voy a ver pura pretensión pseudointelectual; si es asiática va a estar aburridísima o va a ser una deslumbrante obra maestra, aunque no le entienda nada.
El asunto viene a cuento porque puse a prueba mis propios prejuicios: una película basada en un libro súper ventas no puede ser buena; si el tema está dirigido a un público treinta años menor que yo, a mí no me interesa, porque se supone que soy un adulto ya pasé por ésas; si es sobre un romance juvenil con fuerte carga lacrimógena, enfermedad terminal de por medio, entonces debe ser una historia manipuladora que solo te quiere arrancar lágrimas, aunque sean de cocodrilo; si la protagonista está de moda por participar en alguna trilogía futurista de carácter distópico, debe ser todo muy prefabricado; si aparece un par de actores de renombre, entonces solo es para darle imagen de solidez al casting; si el soundtrack se integra por canciones de un pop sensible, seguro las van a usar para darle emoción a algunas secuencias que por sí mismas no la tienen. Y así.
En el caso de Bajo la misma estrella (The Fault in Our Stars, EU, 2014) la mayor parte de estas ideas preconcebidas acabaron siendo equivocadas. No es ninguna obra maestra pero se trata de una película genuinamente emotiva, que sabe combinar rasgos de humor, romance y drama en dosis adecuadas para construir una relación humana cercana y realista, de tal manera que te va importando lo que les sucede a estos dos jóvenes con los días contados y al amigo en proceso de quedarse ciego (Nat Wolff), sin sentir lástima por ninguno de ellos: padecen algún tipo de cáncer que los afecta de diferente forma, tanto física como anímicamente.Bajo la misma estrella
Con algunos apuntes en off por parte de la protagonista, que nos advierte desde el inicio que no todo es felicidad y que solo tener una hija con cáncer es peor que padecerlo, el guion escrito por la dupla Neustadter / Webber (Aquí y ahora, 2013; 500 días sin ella, 2009) sigue muy de cerca a su par literario escrito por John Green y publicado en el 2012, modificando pequeños detalles pero conservando la esencia que tanto encandiló a jóvenes de todo el mundo, en particular por la facilidad para la identificación con la pareja, más allá de su condición de salud.
Diversas cintas han retomado la situación de los enfermos terminales y la forma en la que viven sus últimos días en cuanto a sus relaciones románticas, pero la virtud de esta cinta dirigida por Josh Boone (Un lugar para el amor, 2012), consiste en trascender este contexto dramático y conectar afectivamente con jóvenes que no se encuentran en esa difícil circunstancia, pero que sí experimentan los sinsabores de las relaciones románticas en sus etapas iniciales.
Las interpretaciones de Shailene Woodley y Ansel Elgort son convincentes y en todo momento consiguen transmitir la sensación de que en realidad se están enamorando (química, le llaman): ella, inteligentemente pesimista, y él, efusivamente contagiante, con tiempo para el humor negro y para apoyarse mutuamente en los momentos difíciles, cada vez más frecuentes. Pero el tono propuesto tiende más al optimismo y a rescatar el efímero disfrute de la vida, incluyendo los pequeños placeres que ayudan a sobrellevar las grandes tribulaciones e incluso a darles cierto sentido.
La posibilidad de conocer al admirado escritor (Willem Defoe, en perfecto plan antipáticamente desquiciado cargado de dolor, escuchando rap sueco) en una Ámsterdam muy bien retratada para promocional turístico, se convierte en uno de esos motivos que tanto se necesitan en la vida para seguir adelante, a pesar de las evidentes adversidades: si el objetivo alcanzado decepciona, se descubre que lo importante estuvo en el proceso, como le sucedió a Ana Frank. Un cigarro se convierte en un arma que tú controlas y una palabra compartida se transforma en símbolo de un vínculo amoroso que aunque se crea para siempre, está sujeto a los avatares de las emociones trastocadas.
El contexto social es más o menos idílico y acaso poco realista: clases acomodadas viviendo en un suburbio de una ciudad funcional; padres al pendiente de los jóvenes (Laura Dern con creíble y permanente rictus de angustia), buscando lo mejor para ellos e incluso planeando el futuro ya sin la hija; alternativas médicas a la mano (no hay problema con las dificultades del obamacare) y de soporte psicológico o religioso al alcance de la mano, con grupos de ayuda que se reúnen sobre el corazón de Jesús bordado en un tapete.
La inferioridad ante las estrellas queda compensada gracias a la posibilidad de llegar a ellas con una historia de amor para ser compartida. Quizá sea un infinito menor que otro, pero infinito al fin.

MUJERES JÓVENES: ENTRE EL FIN DE LA INOCENCIA Y EL INICIO DE LA ESPERANZA

15 abril 2014

Películas de diferentes partes del mundo que desde posturas temáticas, estilísticas y orientaciones contrastantes, centran su propuesta argumental en niñas y jóvenes atravesando ritos de pasaje, enfrentando pérdidas y asumiendo condiciones inéditas de vida, reconfigurando sus perspectivas ideológicas y topándose de frente con realidades inesperadas, solo para volver a intentar acomodarse en el mundo.
Guerras fuera y dentro del hogar; demonios y fantasmas acechando en el ambiente y en el interior del alma; aliados emergiendo de la nada y confusiones que lejos de esfumarse, parecen tomar formas cada vez más consistentes. Niñas en cuerpos de jóvenes o viceversa, librando acontecimientos y crisis propias. Todas disponibles en la ciudad en formato de video o sitios virtuales.

LIBRANDO PÉRDIDAS FAMILIARES
Una carta para Momo (Japón, 2012) es una sensible cinta animada que retoma la tradición de dos grandes maestros del cine nipón: de Yasujiro Ozu, incorporando sus apuntes costumbristas (esas comidas en familia) y de Hayao Miyazaki, en su artesanal propuesta visual e inserción del componente mágico, con todo y protagonista femenina: en este caso, una niña de ciudad que se muda junto con su mamá a Shio, una isla lejana, después de la muerte de su padre, de quien conserva una carta inconclusa y con el que se enojó la última vez que lo vio.
En su nuevo hábitat, como si de una novela de Banana Yoshimoto se tratara, Momo empezará el duro proceso de adaptación y, por supuesto, de redescubrimiento, acompañada por nuevos amigos tanto humanos como de origen misterioso. Escrita y dirigida por Hiroyuki Okiura (Cazadores de recompensas: Cowboy Bebop, 2001), la cinta propone una colorida animación desplegada a través de una edición que imprime un ritmo acorde a la aventura reveladora, combinando la necesaria acción con la propia transformación de la niña, incluyendo una brillante puesta en escena que nos sumerge en el natural ambiente de fantasía.Carta para momo
La vida según Attenberg (Attenberg, Grecia, 2010) es un relato de crecimiento emocional con dosis de humorismo, cuidando evitar el melodrama y resaltando la presencia de su protagonista, la joven Marina, interpretada con una perspicaz combinación de contención y explosividad por Ariane Labed, a quien vimos en Antes de la medianoche (Linklater, 2013). Se dedica a llevar y traer huéspedes de un hotel en un pueblo ubicado en Viotia, Grecia, mientras escucha a Suicide y ve los videos de animales de Sir Richard Attenborough, con quienes se siente más afín.
Sus contactos humanos se reducen a su padre enfermo, con quien mantiene una relación lúdica cargada de humor negro y juegos de frases cortas, y a una amiga que intenta promover su socialización; posteriormente, se vincula con un ingeniero que anda de paso. Dirigida por Athina Rachel Tsangari (The Slow Business of Going, 2000), la cinta apuesta por romper la narrativa vía las coreografías en las que las amigas simulan rituales animales y por medio de la inserción de encuadres que enfatizan los tránsitos vividos por la veinteañera. Evocativa y agridulce.
Fish Tank (GB-PB, 2009) se inscribe en la tradición del realismo social inglés, enfocándose en la agresiva adolescente quinceañera Mia (Katie Jarvis, notable), quien vive en un departamento con su también joven madre (Kierston Wareing) y su pequeña hermana precoz, entre una constante violencia verbal y un entorno entre apático y hostil. Su vida parece estar en estado de paro, si no fuera por su gusto para bailar hip-hop y alguno que otro enfrentamiento con otros jóvenes del rumbo. La llegada del nuevo galán (Michael Fassbender) de su madre provocará reacomodos impensados.
Dirigida por Andrea Arnold (Wasp, 2003, corto ganador del Oscar) con una fotografía traslúcida, encuadres arriesgados y tomas prolongadas, la cinta propone algunos apuntes simbólicos –caballo, pez- y va tejiendo una creciente tensión que puede explotar hacia cualquier dirección. En una clara necesidad de contar con un poco de atención, Mia puede despojarse en algún momento del enojo que la agobia, aderezado con la amenaza de ir a un internado, y mostrar interés en otra persona o en un proyecto, acaso en sí misma: bailar también puede ser una forma familiar para comunicarse.

LIBRANDO DILEMAS IDEOLÓGICOS
Hadjewich (Francia, 2009) es una meditación acerca de los misterios de la fe religiosa como liberación y, en la confusión, como posible estado de enajenación. Escrita y dirigida por Bruno Dumont (Camille Claudel 1915, 2013), quien tiende a explorar la bondad y la maldad (Fuera de Satán, 2011), así como la soledad brutalmente interrumpida (29 palmas: pasiones salvajes, 2003) y la violencia en sus diversas formas (La humanidad, 1999; Flanders, 2006), la cinta enfatiza los procesos de transformación religiosa experimentados por su doliente personaje.
En efecto, somos testigos de la forma en la que Céline, una pudiente joven veinteañera interpretada con devoción por Julie Sokolowski, es expulsada de un convento para regresar a casa de sus padres en París. Tras conocer a un joven árabe y todavía con el misticismo a flor de piel, decide involucrarse con un grupo religioso islamista. Como hiciera en La vida de Jesús (1997), aquí vuelve a contrastar posturas religiosas cristianas y musulmanas, a través de la búsqueda divina emprendida por la joven protagonista.
Secreto de estado (Secret Défense, Francia, 2008), sigue los pasos de Diane (Vahina Giocante, convincente), una estudiante que termina siendo reclutada por el servicio secreto francés para luchar contra el terrorismo, causa a la que se une Pierre (Nicolas Duvauchelle), un joven problemático que busca respuestas en un grupo extremista. Dirigida por Philippe Haïm (Barracuda, 1997; Les Dalton, 2004), la cinta se entromete en los procesos de adoctrinamiento y de cómo le pueden dar sentido a vidas vacías, a pesar de los desengaños.
Personajes con doble juego, involucramiento inoportuno de afectos y misiones de espionaje al borde de la resistencia física y emocional para concluir que, ciertamente, un agente no es una persona, sino un arma: al final terminas solo y con la identidad destrozada, si es que sobrevives. Realizada con nervio a partir de un guion que incluye sólidas vueltas de tuerca y un estilo suficientemente turbio, se alcanzan a presentar las dos posturas del Islam, evitando el acostumbrado maniqueísmo, y las tácticas oscuras de quienes se supone son los defensores de la libertad.

LAS VENTAJAS DE JUGAR CON UN DESTINO INVISIBLE

19 marzo 2013

Un par de películas en las que se combina el proceso de crecimiento y superación de eventos desastrosos con un poco de locura, siempre al borde de regresar, como para aderezar las propias vivencias y convertirlas en fundamento para nuevos comienzos sin negar el pasado, sino más bien incorporándolo. Ambas tituladas de manera extraña en español, por decir lo menos, y desprendidas de sendas novelas que aparecen en los estantes de best-sellers, de lectura fluida y atrapante, sin ser hitos literarios ni mucho menos (o sea: ideales para adaptarlos al cine y no apurarse mucho por leerlos). Las dos integran elementos de comedia con drama, romance y relaciones familiares, se apoyan en pertinentes soundtracks y se desarrollan en ciudades cercanas: Filadelfia y Pittsburgh.

EL LADO POSITIVO DE LAS COSAS
Juegos del destinoBasada en la novela de Matthew Quick, con algunos cambios –la amnesia, el intercambio de cartas- pero sustrayendo su esencia, y con guion y dirección efectiva, en particular del cuadro actoral, de David O. Russell (Tres reyes, 99; El peleador, 10), Los juegos del destino (Silver Linings Playbook, EU, 12) constituye un seguimiento a la posibilidad de recuperación de un hombre tras un evento frustrante, buscando siempre el lado positivo de las cosas, como señala su título original, sin perder el ánimo por recuperar lo perdido: un matrimonio fracturado que terminó de romperse por la infidelidad.
Frente a los optimistas irredentos se encuentran los pesimistas confesos: en ambos el juicio crítico parece cancelado y la oportunidad de cambiar el estado de las cosas es muy limitada, dado que para los primeros todo está bien y para los segundos todo seguirá mal. Entre ellos, quizá se ubique un tipo de persona cuyo optimismo le sirve para seguir adelante sin desentenderse de que sigue habiendo cosas por mejorar: la cuerda es muy delgada y resulta sencillo caer de un lado o del otro, desconociendo la realidad. El manejo de la cámara parece reflejar esta dualidad, por momentos encimando a los personajes con nerviosismo y en otros ampliando su perspectiva, como para dar respiro y repensar las cosas.
En este caso parece encontrarse Pat (Bradley Cooper, en su mejor papel), recién salido del hospital psiquiátrico tras una estancia de ocho meses y de regreso a la casa de sus padres (Jacki Weaver y Robert De Niro, estupendos), con miras a recuperar su vida, para lo cual se dedica a leer y hacer ejercicio, dos factores que parecieron haber influido en la ruptura: ferviente creyente de los finales felices, arroja a Hemingway por la ventana como para seguir convenciéndose de que su vida debe terminar bien, con su trabajo de profesor sustituto y al lado de su esposa (Brea Bee), controlando su bipolaridad y sin alterarse por escuchar esa canción de Stevie Wonder
Mientras tanto, será apoyado por su estoica madre, tendrá que convivir con su fanático padre cuya vida se va en apostarle a las Águilas de Filadelfia, y tendrá encuentros ocasionales con su amigo (John Ortiz) y su pesadita mujer (Julia Stiles), con un comprensivo terapeuta (Anupam Kher) y su compañero de hospital (Chris Tucker), además de reencontrarse con su hermano (Shea Whigam) a quien la vida parece sonreírle. Es en este trance donde entronca la comedia romántica a través del personaje de Tiffany (Jennifer Lawrence, explosiva aunque con Oscar sobrevalorado), una viuda locuaz que buscó respuestas en el sexo y que ahora se encuentra, también, en un estanque emocional. Juntos pero no revueltos, emprenderán una constante carrera para encontrarse a sí mismos.

EL OTRO LADO DEL TAPIZ
Con base en su propia novela y su consecuente guion, el cuarentón oriundo de Pittsburgh Stephen Chbosky dirige Las ventajas de ser invisibleLas ventajas de ser invisible (The Perks of Being a Wallflower, EU, 12), que lejos de ser un reiterado mosaico de adolescentes en conflicto, resulta una sensible y evocativa reflexión sobre el duro trance de solventar los traumas (puntuales flashabcks in crescendo), satisfacer el sentido de pertenencia y encontrar tu lugar en un mundo que parece solo interesado en los escandalosos y no en los discretos, tímidos o que pasan desapercibidos: ahora resulta que lo importante es la fama, aunque sea mala.
Las cercanas interpretaciones de los tres personajes centrales (Logan Lerman, Emma Watson y Ezra Miller), cada uno con sus respectivos problemas y angustias, entre los que caben el flechazo del primer amor, el suicidio de un amigo, el desprecio por ser gay y los sueños aún vivos a pesar de los obstáculos, sostienen una historia que intenta sumergirse en motivaciones y sentidos, incluyendo diversas perspectivas adultas como la de los padres, así como apuntes sobre la cultura escolar y juvenil, la trascendencia que puede tener un docente al detectar un interés, los prejuicios de diversa índole, la fundamental importancia de la amistad en esas edades de constante transformación y el papel evocativo que puede jugar la música.
Solo así se podrá atravesar ese túnel festivo mientras resuena, con toda su fuerza, Heroes, la clásica de David Bowie (ni modo que no supieran de quién es aunque fueran de los años noventa), que los podrá acompañar hacia la liberación, al menos momentánea, de sus demonios internos, exorcizados en parte gracias a la escritura epistolar.

IRREVERENCIAS

4 noviembre 2012

Ya sea recurriendo al humor negro o a la comedia con tintes escatológicos, a continuación algunos filmes que intentan, con más o menos fortuna, desafiar ciertos estereotipos y proponer recorridos argumentales que escapen de las estructuras de género convencionales, aunque apoyándose en definitiva sobre ellos.

JUSTICIA ALTERNATIVA
Dirigida por John Michael McDonagh en el tono justo de la pareja dispareja, El guardia (Irlanda, 11) es una inteligente puesta en escena que combina con equilibrio el humor negro, el thriller detectivesco y la construcción de los dos personajes en cuestión, estupendamente interpretados por Brendan Gleeson, como un desenfadado policía irlandés y Don Cheadle, como un correcto agente del FBI enviado a resolver un caso que va tomando dimensiones mayores: el choque cultural y de perspectivas acerca de la vida se establece de manera ingeniosa, sin caer en caricaturas pero tampoco sin pretender recetarnos las grandes verdades.
Casi sin proponérselo, el filme acaba resultando más profundo y evocativo que lo que parecería en una primera instancia. Además, la forma en la que ambos protagonistas van construyendo su relación, en un inicio sumamente ríspida, se percibe de manera creíble y sentida, sin obviar los destellos de humor no como viñetas, sino como elementos sustantivos del desarrollo argumental. Los criminales hacen su parte para redondear este film que pasó inadvertido por las carteleras comerciales y que resulta mejor que la mayoría de los que se exhiben con bombo y platillo.

DEJANDO LA ADOLESCENCIA
Con base en una premisa ya explorada pero llevada a un terreno diferente –la relación de un hombre con un juguete de la infancia que cobra vida- Seth McCarflane escribe, dirige y pone la voz al protagonista de Ted (EU, 12), historia que el creador de The Cleveland Show y Padre de familia centra en la relación de un tipo común de esos que no acaban de crecer son su inseparable amigo, un oso de peluche que cobró vida desde la infancia solitaria y que ahora se ha convertido en un absorbente adolescente perpetuo: en medio, la novia del primero y un amenazante tipo que junto con su hijo buscan apoderarse del mágico plantígrado.
El humor negro funciona por momentos dentro de una estructura argumental que termina por ser demasiado esquemática y previsible, aunque cabe resaltar que ciertos apuntes y secuencias alcanzan un nivel de carcajada, así como algunos diálogos y parodias asumidas e impuestas de personajes de la cultura pop: ahí está Flash en papel preponderante. No hay duda que quien se roba la película, frente a interpretaciones más bien rutinarias, es el intenso oso que entre broma y broma, también sabe querer.
De ahí en más, no parecen aprovecharse del todo algunas rutas como la fuerza de la amistad, la adolescencia a perpetuidad o la incapacidad para comprometerse que tanto padecen los treintones de ahora; tampoco se corrieron riesgos más allá en términos del desenlace de la historia. Vale advertir que no es una película para niños, aunque la cara del osito por momentos parezca tierna: conviene acordarse de Lotso, el púrpura oso pixariano inspirado en el Orson Welles de Sed de mal (58) o del castor que se posesionó de la mano de Mel Gibson en Mi otro yo (Foster, 11).
Por su parte, Un niñero sinvergüenza (The Sitter, EU, 11) es una comedia irregular que bebe de las cintas en las que dentro de una noche sucede todo lo que no pasaba en años; apenas con algunos destellos sobre todo cortesía de Jonah Hill, el director David Gordon Green, quien encontró mejor puntería en Piña Express (08), nos lleva por esta premeditadamente inverosímil trayectoria de crecimiento emocional de un bueno para nada entre niños contrastantes, padres descuidados y malosos de caricatura: ninguno de ellos lo suficientemente memorable como para escribir a casa.

POESÍA AL MARGEN
Con la columna vertebral del poema que le da título, Juicio escandaloso: Howl (EU, 10) combina un poco de pietaje con animaciones y recrea una entrevista con el personaje, el juicio y algunos pasajes de su vida. En efecto, la lectura del mítico poema va sirviendo como una especie de hilo conductor de este film dirigido por la dupla Epstein/Friedman que resulta más descriptivo que analítico, sobre todo en términos de intentar recuperar el alma de Allen Ginsberg, figura emblemática de la contracultura, y de capturar el espíritu de una época. Eso sí, puede servir a manera de introducción al mundo Beat y sus secuelas.

HERMANDAD CONTRASTANTE
Dirigida por el también actor Tim Blake Nelson buscando los contrastes que se dan en las familias, Gemelos opuestos (Leaves of Grass, 09) es una comedia negra que coloca en situación de complicidad forzada a dos hermanos idénticos interpretados con los matices del caso por Edward Norton: uno es profesor de filosofía mientras que el otro es un pequeño productor de mariguana metido en probelmas. Con una mezcla de comedia familiar y criminal, así como de las relaciones que se pueden establecer entre las drogas y el pensamiento filosófico, la película tarda en encontrar su enfoque, quizá ubicándolo cuando ya es demasiado tarde.

ROMANCES INTERMITENTES O HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE

23 septiembre 2012

Van y vienen a lo largo del tiempo. Separados por diferencias reconciliables, presencia de incómodos terceros o eventualidades de esas que la vida va poniendo ya sea como pruebas involuntarias o como obstáculos que si no matan, fortalecen o hieren relaciones que se sostienen más por la carencia de opciones que por convencimiento propio: la costumbre es más fuerte que el amor, dicen los realistas-pesimistas; el amor mueve montañas, dicen los idealistas-optimistas. En medio, nosotros los mortales creyendo que la felicidad se construye en la cotidianidad, más que en sucesos grandilocuentes o eventos con alta dosis de intensidad.
Tres cintas, una en cartelera y dos en los videoclubes, que abordan las relaciones románticas desde la perspectiva ya sea del primer amor o del primer compromiso serio. Ya sabemos que este tipo de cintas funcionan si la pareja protagónica resulta cercana y creíble, el guion ofrece alguna variante de la estructura ya sabida (encuentro-enamoramiento-pleito-reencuentro) y si podemos acompañar a los personajes en sus risas y sus momentos difíciles: es decir, qué tanto nos interesa lo que les suceda.

BODA POSPUESTA
Un chef con promisoria carrera en San Francisco (Jason Segel, también participando en el guion) le propone matrimonio a su novia inglesa (Emily Blunt, confirmando sus dotes para la comedia), siempre a la espera de una oportunidad para continuar con sus estudios de posgrado. La ceremonia se tiene que retrasar por diversos motivos –otra boda, cambio de ciudad, desarrollo profesional, resquebrajamiento afectivo- al punto de la ruptura y de la consecuente reflexión acerca de dónde está el hombre-mujer de tu vida. A falta de secundarios sólidos, la pareja protagónica lleva todo el peso de esta cinta que reflexiona acerca de las dificultades que implica primero establecerse como pareja y después construir el resto de la vida. Y no al revés.
Por momentos derivativa y al mismo tiempo funcional, como suele suceder con las películas producidas por Judd Apatow y dirigidas por Nicholas Stoller (¿Cómo sobrevivir a mi ex?, 08; Misión: Rockstar, 10), Eternamente comprometidos (The Five-Year Engagment, EU, 12) combina con astucia el humor, bien construido con estrategias de edición, y las vicisitudes amorosas de una pareja que entra en procesos continuos de desnivelación: tener que sacrificarse por el otro, ver cómo la pareja destaca académicamente y tú te hundes profesionalmente, estar fuera de lugar y ser testigo de la felicidad ajena, son circunstancias que se van planteando con un bienvenido realismo que no pierde la capacidad de integrar diálogos ingeniosos y situaciones de una cercana ridiculez.

UNA RELACIÓN Y CUATRO FUNERALES
Un joven cuya actividad consiste en platicar con un amigo fantasma kamikaze japonés y asistir a sepelios en los que no conoce a nadie, se topa de pronto con una adolescente fanática de la naturaleza, particularmente de las aves, y ambos empiezan a compenetrarse en sus marginales mundos. Con dolorosas historias detrás y en tono de evocación continua, la naciente pareja enfrenta la vida y la muerte con la inocencia y desenfado de quien pareciera no tener nada que perder.
Dirigida con languidez por Gus Van Sant (Drugstore Cowboy, 89; Milk, 08), quien vuelve a explorar el corazón juvenil pero ahora desde una perspectiva romántica, y producida por los Howard, padre e hija, Cuando el amor es para siempre (Restless, EU, 11) se apoya en la notable interpretación de Mia Wasikowska y en una mirada contenidamente esperanzadora sobre la posibilidad de cambiar el estado vital: la música de Danny Elfman y la inserción de canciones que van de Sufjan Stevens a The Beatles, pasando por Bon Iver, Nico y Pink Martini, termina por envolver esta sencilla pero cercana radiografía del primer amor.

AMOR EN TIEMPOS DEL VISADO
Y a manera de análisis del significado del primer amor, cuyo cliché reza que nunca se olvida aunque después vengan otras relaciones, Drake Doremus dirige Con locura (Like Crazy, EU, 11), aprovechando una convencida interpretación de los jóvenes Anton Yelchin y Felicity Jones como un par de estudiantes que se enamoran más pronto de lo que se podrían imaginar, aunque como cabría esperar, se verán envueltos en múltiples situaciones que se presentarán a lo largo de los años, ya cuando él es un diseñador de muebles y ella una escritora en ascenso asentada en su natal Inglaterra.
A partir de un eficaz uso de la elipsis para darle fluidez al desarrollo de los protagonistas, la inserción de flashbacks y de secuencias en silencio o acompañadas con música, la cinta nos permite transitar por la relación y de alguna manera involucrarnos en ella, no obstante ciertos lugares comunes que bien pudieron evitarse. La presencia de personajes interesantes alrededor de la pareja, en particular los padres de ella, colaboran a dimensionar en forma más amplia los contextos que van rodeando la solidificación o derrumbamiento de la primera relación romántica. Para recordar Matrimonio por conveniencia (Weir, 90).

JUEGOS DEL HAMBRE O CÓMO SOBREVIVIR AL AUTORITARISMO

20 abril 2012

En la sociedad del espectáculo, hasta la sobrevivencia puede convertirse en programa televisivo: la realidad no se vive, sino se captura a través de cámaras y pantallas colocadas en todas partes; las emociones se desarrollan por medio de lo que le sucede a los otros, a los protagonistas forzados de un reality show en el que deben salvar el pellejo a costa de los demás. Desde luego, el control político pasa por dar cierta esperanza, no demasiada, y mantener el miedo: qué mejor que una serie transmitida en vivo y a todo color en donde los bárbaros se destrocen entre sí, mientras la clase privilegiada brinda por la carnicería.
Basada en el guión y novela de Suzanne Collins, primera de una trilogía sobre un futuro distópico en el que El Capitolio (centro) selecciona periódicamente a una pareja mixta de jóvenes por cada uno de los 12 distritos (periferia) para pelear a muerte hasta que solo quede uno vivo, al tiempo que los eventos se transmiten cual programa en horario estelar, y dirigida por el también escritor Gary Ross (Seabiscuit, 03), Los juegos del hambre (The Hunger Games, EU, 2012) termina siendo una atractiva combinación de videojuego, circo romano, cine de aventuras con contenido político y melodrama juvenil, con todo y una crítica a los sistemas autoritarios.
En un país que se supone es Estados Unidos dentro de algunos años –no tantos, por lo visto- y después de un periodo de rebeldía, el poder ha sido concentrado y mantenido a punta de sumisión: como una forma de seguir demostrándolo, cada año se realiza la selección de jóvenes para que participen en un juego a muerte. Este año, los habitualmente ganadores del sector 1 y 2 tendrán que enfrentarse a una estrella naciente: la arrojada joven del sector 12 (Jennifer Lawrence, aún en el Invierno profundo cazando ardillas) que se ofreció como voluntaria para salvar a su hermana (Willow Shields), a quien acompañará el dubitativo trabajador de una tienda regenteada por su madre (Josh Hutcherson), con habilidades para el decorado de pasteles y el lanzamiento de bultos.
Si bien el director ya había explorado la presencia de la televisión como realidad paralela en Amores a colores (Pleasantville, 98), acá más bien se acerca a propuestas como El Show de Truman (Weir, 98), donde una especie de orwelliano Big Brother mediático -acá encarnado por Wes Bentley como el operador en jefe y por el gran Donald Sutherland como el mero mero preciso- mete mano negra para hacer del programa todo un suceso (bolas de fuego, caninos gigantes), desde el efusivo presentador (Stanley Tucci, desatado) y su colega (Toby “Capote” Jones), hasta el staff de cada distrito (Elizabeth Banks, cual reina del país de las maravillas; Woody Harrelson en deliciosa sobreactuación y el roquero Lenny Kravitz), como si de una burocracia costosa se tratara.
Con abundancia de primeros planos y una cámara flotante y nerviosa cual joven en combate no pedido, combinando una lógica subjetiva con una perspectiva objetiva, como de espectador distante, las secuencias se desarrollan entre el trazo afectivo de los personajes, en algunos casos demasiado maniqueos, y los eventos en los que despliegan las secuencias de acción, alcanzando niveles de tensión que nos mantienen involucrados con el desarrollo de los acontecimientos: en algún momento, el filme consigue que nos interesen los personajes, tanto los protagónicos como los de soporte.
El diseño de arte le brinda un atractivo adicional al filme: de los maquillajes y peinados estrafalarios a los vestuarios de diseñador retrofutrista, nos instalamos en decorados de interiores con sofisticada ambientación –de buen y mal gusto, según el caso- y a diseños urbanos que combinan la idea de la vanguardia citadina con zonas marginadas aún atrapadas en una época anterior al siglo XX. El uso de los silencios entronca con secuencias de emotividad capturada vía música de James Newton Howard y T- Bone Burnett, como en la muerte de la diminuta Rue (Amandla Stenberg) o en los flashbacks de paleta deslavada, que muestran la tragedia familiar y el primer encuentro entre los protagonistas.
La perspectiva de la sobrevivencia adolescente adquiere dimensiones sociológicas en deuda con El señor de las moscas, creando alianzas para fortalecerse, generando odios irracionales y aún manifestándose sentimientos de solidaridad, apoyo y sacrificio. No obstante, se asume el papel asignado por las estructuras de poder y, como en la guerra, se cae en el absurdo de matar a desconocidos, sólo porque alguien más lo manda: todo sea para mantener el status quo.
La trilogía parece destinada a ocupar algunos espacios en el gusto juvenil, ahora que Harry Potter ha depuesto la varita, y convertirse en uno de los fenómenos mediáticos importantes para los inicios de esta nueva década. Si bien se trata de una obra que retoma elementos ya revisitados en otras propuestas, su amalgama funciona en términos narrativos y afectivos.

HARRY POTTER: PUNTO FINAL

1 agosto 2011

Tras diez años de calidad desigual en sus propuestas, a pesar de mantener los controles creativos bastante férreos, termina la saga fílmica más rentable de la historia, impulsada por un fenómeno literario de ventas y una sólida campaña promocional, que llegó hasta quienes no formamos parte del culto potteriano y que tampoco lo vemos como si se tratara de una plaga de la evasión intrascendente y copiona. Como si fuéramos cualquier muggle hijo de vecino, nos vimos arrastrados si no por los libros, sí por los filmes que parecían aparecerse como por arte de magia en todos lados: uno acababa viendo alguna cinta en el restaurante, el camión, el puesto de tacos o la sala de espera.
Parte integral del sello generacional, más allá de gustos o rechazos, las aventuras del mágico mundo paralelo han generado un importante culto entre los jóvenes: interesante analizarlo en términos de fenómeno de masas, de acercamiento a la lectura y como influencia en formas de comportamiento a partir de su generalización vía las películas, cuidadas más en términos de producto comercial que en cuanto a su potencial artístico: en efecto, por momentos se dificultó la combinación entre la calidad y el entretenimiento, lograda en ciertos filmes como la anterior entrega de esta parte final.
Escrita por Steve Kloves y dirigida por David Yates, Harry Potter y las reliquias de la muerte 2 (Harry Potter and the Deathly Hallows 2, EU, 11), pone el punto final a las peripecias del mago adolescente en constante enfrentamiento con Lord Voldemort, su némesis más vinculado con él de lo que se podría pensar. Entre la trifulca de los dos antagónicos, se vive la lucha permanente entre el bien y el mal que involucra a profesores, alumnos y criaturas mitológicas, además de un territorio clave desde donde se desglosa toda la trama: la escuela Hogwarts, bastión ideológico para tener el control del universo mágico.
A manera de suma, la segunda parte del desenlace viaja a lo largo de toda la historia, desde el nacimiento del mismo protagonista, hasta el final ya bastante conocido por todos, centrándose en la búsqueda de los últimos horrocruxes, cual partes diseminadas del alma perversa del villano cada vez con más forma humana: curioso, mientras más perversamente poderoso, más se parece a un tipo normal. Lo bueno es que solo lo llegamos a ver recién salido a una fallida cirugía estética de esas que abundan en tiempos de homogeneización de la belleza.
A diferencia de su predecesora, esta segunda parte vuelve a acusar cierta estructura episódica, como la que caracterizó a prácticamente todas las entregas de la serie: por momentos los problemas de continuidad y secuenciación rompen con la construcción paulatina de emociones, depositando toda la fuerza en ciertos pasajes y no tanto en la vinculación entre ellos. Cierto, hay alcances épicos de rotunda eficacia y poderosos lances de bien pensada nostalgia, además de un ritmo que se va acelerando conforme se acerca el ansiado desenlace.
El guión, a pesar de los saltos en ocasiones bruscos, captura la esencia del relato conclusivo, combinando los momentos de acción con una mirada retrospectiva que indaga en las razones por las cuales se da el enfrentamiento final. El humor cede terreno a la seriedad: la niñez se ha ido para siempre. Buscando redondear la historia, se brindan explicaciones largamente guardadas que involucran asuntos del corazón, difíciles de predecir dado el desarrollo de los acontecimientos.
Con un reparto adulto envidiable y uno juvenil cada vez más cumplidor, aunque en ocasiones esquematizándose, la cinta va retomando las transiciones de los diversos personajes entre esta vida, la otra y la de más allá: de lo mejor de la cinta son las secuencias que se desarrollan con fantasmas y en recovecos más cercanos a la muerte o al recuerdo siempre reparador, entre limbos blanquísimos y serpientes pausadamente amenazantes, cual representación ancestral del mal.
La fotografía consigue establecer estos contrastes a través de juegos de texturas y coloridos con intensidad diversa según el escenario: no falta el encuadre de postal junto a la consistente creación de atmósferas, potenciada por elusivos efectos visuales, nunca superpuestos al momento emocional del film, al igual que la vigorosa música de Alexandre Desplat, siempre a tono con la intensidad pretendida.
El maniqueísmo que ha permeado todo el relato se rompe apenas gracias a dos o tres personajes que transitan de la oscuridad a la luz, con todo y vuelta de tuerca incluida. Sigue pesando mucho la deuda con El señor de los anillos y con otros relatos de carácter fantástico; sin embargo, la capacidad para conectar con la psique adolescente deI siglo XXI y convertir una realidad omnipresente y frecuentemente aburrida como la escuela, en un mundo donde se usa la varita mágica en lugar del lápiz (o la laptop), se constituyó como una de las claves de su expansión mediática.