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LAS CINCUENTONAS: PELÍCULAS DE 1961

23 diciembre 2011

Algunos filmes que cumplieron el medio siglo y que se conservan vigentes. Veamos.
El maestro sueco Ingmar Bergman nos puso a reflexionar sobre la dificultad para comunicarse con Dios a través del intenso drama familiar Como en un espejo, en donde una aparentemente relajada vacación familiar se convierte en un encuentro desolador consigo mismos, mientras que Michelangelo Antonioni continuaba su exploración de la monotonía de los ricos en La noche y Luis Buñuel se adentraba en los terrenos de la religiosidad rota y los cambios inesperados a través de Viridiana. Destacaron los documentales Mondo Cane de Pablo Cavara y otros, Chronique D’Un Été de Morin/Rouch y la cinta experimental La Jetée de Chris Marker.
En el contexto de la Nueva Ola, Alain Resnais filmó El año pasado en Marienbad, explorando los recovecos de la memoria a través de una elegante y segura cámara, entre diálogos entrecortados, personajes vueltos parte de la escenografía de la memoria y un triángulo en el que una mujer se mantiene indecisa de irse con el presumible amante o quedarse con el marido, jugando siempre a ganar. Una dama es una dama fue la propuesta de Jean-Luc Godard para continuar aventurando sus teorías implícitas sobre el lenguaje cinematográfico, también a partir de un triángulo amoroso. Para redondear la producción francesa, ahí están Lola de Jacques Demy y Qué alegría vivir de René Clément.
Desde Japón continuaron llegando obras maestras cortesía de sus grandes representantes como La condición humana III: La plegaria del soldado de Masayi Kobayashi, entrega final de la serie bélica que sigue al soldado Kaji y su transformación personal tras vivir una guerra, en la que se mata o se muere; Yojimbo el mercenario con el mítico Toshiro Mifune y El último verano (también conocida como El otoño de la familia Kohayagawa) de los gigantes Akira Kurosawa y Yazijuro Ozu. En tono negro de intriga, Kihachi Okamoto presentó Celebración en el infierno. Desde la India, nos llegó Rabindranath Tagore y Teen Kanya del maestro Satyajit Ray.
El cine italiano gozaba de una salud envidiable como se pudo apreciar con la aparición de Accatone, debut del controvertido Pier Paolo Pasolini; en Divorcio a la italiana de Pietro Germi, con un tono más cercano a la comedia; en Juicio universal de Vittorio De Sica, Viva Italia y Vanina Vanini de Roberto Rossellini, Una vida difícil de Dino Risi y El empleo de Ermanno Olmi, en tono realista con actores no profesionales.
Los maestros del cine estadounidense, si bien no presentaron sus mejores películas, mantuvieron nivel: ahí estuvieron Dos cabalgan juntos de John Ford; Uno, dos, tres de Billy Wilder y Un gángster para un milagro de Frank Capra. Con Paul Newman en brillante actuación y diálogos para la posteridad, Robert Rossen dirigió El audaz, mientras que el atípico western Vidas rebeldes de John Huston, pareció retratar la realidad de sus actores con una Marylin Monroe en problemas de adicción, acompañada –en la película- por Clark Gable y Montgomery Clift. Películas inglesas que vale la pena recuperar: Réquiem por una mujer y Sabor a miel de Tony Richardson, Los inocentes de Jack Clayton, Whistle Down the Wind de Bryan Forbes y Víctima de Basil Dearden.
Desayuno con diamantes de Blake Edwards, se convirtió en la comedia del año gracias a Audrey Hepburn, la novela corta de Capote y Moon River de Henri Mancini; en este tenor se produjo Fanny de Joshua Logan. El romance corrió por cuenta de Esplendor en la hierba de Elia Kazan, en la que Warren Beatty y Natalie Wood debían superar prejuicios propios y paternos. La famosa actriz enfrentó lo mismo en West Side Story de Robert Wise / Jerome Robbins, uno de los musicales icónicos de la historia. El cómico Jerry Lewis dirigió The Ladies Man y la animación pasó lista con 101 dálmatas de Geronimi/Luske.
El cine bélico estuvo muy representado por Los cañones de Navarone de J. Lee Thompson y por Juicio en Nuremberg de Stanley Kramer, mientras que Michael Curtiz se despidió con Los Comancheros y Francisco de Asís, género en el que también apareció Rey de Reyes de Nicholas Ray. Anthony Man firmó El Cid y Marlon Brando se pasó detrás de cámara para presentar El rostro impenetrable, como si le hubiera aprendido a Sam Peckinpah, quien dirigió Compañeros mortales. Por su parte, John Sturges rubricó Brotes de pasión y Robert Mulligan Cuando llegue septiembre y El gran impostor.
Entre el Giallo y el Pulp, Mario Bava se destapó con tres obras: La furia de los vikingos, La maravilla de Aladino y Hércules en el centro de la Tierra, al igual que el estadounidense Roger Corman con Atlas, La criatura del mar encantado y El péndulo de la muerte. Y en esta línea, también se produjo El coloso de Rodas del “espaguetero western” Sergio Leone.

LOS CINCUENTONES: DISCOS DE 1961

16 diciembre 2011

Obras de la música popular que cumplen el medio siglo aún retumbando en orejas y emociones; aquí una pequeña muestra de lo que se estaba realizando en 1961, tiempos en los que el jazz reinaba a través de sus múltiples formas –Free Jazz, Hard Bop, Be Bop, Post Bop, Avant Garde, Cool- y en los que se cocinaba a fuego cada vez más rápido la revolución dentro del rock, que estallaría en definitiva unos cuantos años después.
El intenso saxofonista John Coltrane, una de las figuras centrales de la historia del jazz y cuya carrera fue breve pero sumamente nutrida, grabó cinco álbumes en estudio este año: Africa/Brass, Transcendence, Olé Coltrane, el clásico My Favorite Things y Thelonious Monk with John Coltrane, en asociación con el gigante del piano. Otro gran renovador del jazz, transitando por los terrenos del free, fue Ornette Coleman, quien continuó en su línea indagatoria con el retador The Art of the Improvisers, This is Our Music, Jazzlore: Ornette Coleman, Vol. 29 y Ornette.
Mientras tanto, el sax de Oliver Nelson se desgranaba con cadenciosa energía en el cada vez más revalorado The Blues and the Abstract Truth y Eddie Harris nos invitaba a sumarnos a la escapada con Exodus to Jazz, toda una declaración de principios. El sax hardbopero de Hank Mobley desplegó sus sonidos en Roll Call al tiempo que el siempre intrigante Eric Dolphy, con todo y su inasible clarinete, inundaba las estanterías con más de diez discos, entre los grabados en vivo y en estudio, dentro de los que destacaron The Quest y At the Five Spot, Vol.1 y Vol. 2.
El gran Jimmy Giuffre, quien transitó de la música ancestral norteamericana al jazz, grabó aquel año varios discos, entre los que resaltó Thesis, mientras que los legendarios Louis Armstrong y Duke Ellington se reunieron en The Great Summit. Del mítico Robert Johnson apareció King of the Delta Blue Singers, la compilación más importante, según los especialistas, en la historia del Blues: se trata de canciones grabadas a mediados de los años treinta del siglo pasado. Otro clásico del género corrió por cuenta de Elmore James: Blues After Hours se constituyó como una invitación para entristecerse junto con el amanecer.
El teórico George Russell también se hizo presente en los caminos del jazz modal con Ez-thetics, una de las obras principales para entender la fascinante transformación que vivió el jazz en aquellos años. Miles Davis, su figura tutelar, puede ser apreciado en la intimidad a través de Steamin’ with the Miles Davis Quintet, una recuperación de cortes que pasan por la improvisación con una cercanía muy particular: en efecto, el trompetista también era humano. Otro monstruo de la trompeta, Freddie Hubbard, se apuntó con una de sus obras maestras en tono afirmativo: Ready for Freddy.
Por su parte, el cerebral e introvertido pianista Bill Evans, con una influencia que hoy se puede ver en muchos músicos del calibre de Keith Jarrett y Chic Corea, se destapó con cinco discos de altísimos vuelos: Know What I Mean? en complicidad con Cannonball Adderley, Waltz for Debby, Sunday at the Village Vanguard, Explorations y More From the Vanguard: difícil quedarse con uno solo. Y ya que estamos en éstas, el piano de Jaki Byard se mueve con envidiable versatilidad en Here´s Jaki y Out Front. The Dave Brubeck Quartet levantó la mano con Time Further Out, otra obra a la altura de las expectativas.
El legendario baterista y líder Max Roach nos obsequió el rítmico Percussion Bitter Sweet, mientras que su colega Art Blakey, enclavado en el hard bop, grabó más de diez discos durante 1961, entre los que destaca Mosaic, obra que dibuja al baterista y su banda en plena forma. En esta misma corriente jazzística, el especialista en instrumentos de viento e inclasificable Yusef Lateef, presentó el espléndido Eastern Sounds, con un estilo que hoy lo colocaría en los anaqueles de la llamada música del mundo.
En tono celebratorio y retomando elementos del jazz tradicional que ponía la síncopa como elemento rítmico inconfundible, se presentaron los trompetistas Buck Clayton con su All Stars 1961 y Booker Little con Out Front; Jim Robinson y su New Orlean´s Band y Dexter Gordon con Doin’ Alright. Además de notable pianista de acompañamiento, Mal Waldron se dio tiempo para grabar The Quest. Otras genialidades para terminar: el tormentoso trompetista Stan Getz grabó Focus, mientras que el saxofonista Lee Konitz hizo lo propio con Motion, acaso su obra más acabada. El contrabajista Charles Mingus, otra de las figuras monumentales, produjo Reincarnation of a Lovebird; Bill Barron colocaba Modern Windows Suite y los pianistas Horace Silver y Cecil Taylor proponían Doin’ the Thing y Cell Walk for Celeste, respectivamente.
En anterior entrega abordamos las obras más importantes de jazz de aquel año y ahora acometemos algunos otros géneros vinculados con la música popular, tales como el country, el rock and roll, el R&B, el jazz vocal y la tendencia de los cantantes de standars. Son los inicios de la década que marcaría una profunda transformación de la música popular no solo en su concepción, sino en sus procesos de distribución, mundialización y penetración cultural. Veamos
Primero las damas: la originaria de Chicago, bautizada como Anna Marie Wooldridge y conocida como Abbey Lincoln, mostró su talento vocal en Straight Ahead, mientras que Etta James grabó At Last, obra para de versatilidad pasmosa y Patsy Cline hizo lo propio en Showcase, todo un clásico del country; a Judy Garland la pudimos escuchar en vivo a través de Judy at Carnegie Hall.
La diva del jazz por excelencia, Ella Fitzgerald, pasó lista con Clap Hand, Here Comes Charlie!, Ella Fitzgerald Sings the Harold Arlen Songbook y Twelve Nights in Hollywwod, al tiempo que la luz salía con Bright and Shiny, cortesía de Doris Day y la divinidad se hacía presente a través de After Hours y The Divine One, de Sara Vaughn. Y en el folk, la figura prominente de Joan Baez nos movía la conciencia con su Joan Baez Vol. 2.
Voces que se volvían esenciales dentro del imaginario colectivo: Ray Charles se hizo presente con varios álbumes en este año, dentro de los que destacaron un par con títulos que no conocían la sencillez: The Genius Sing the Blues y The Genius After Hours. Johnny Cash grabó, en tono anunciatorio, Now Here´s Johnny Cash, mientras que Bo Diddley se autodefinía en un par de obras: Bo Diddley is a Lover y Bo Diddley is a Gunslinger. Faltaba más.
Y un joven aparecía de pronto con un par de discos bajo el brazo, voz de amplia tesitura y mirada amigable: Roy Orbison se presentaba en sociedad con Lonely and Blue y At the Rock House y Buck Owens hacía lo propio con Sings Harlan Howard, ya ubicado en el country. Proponiendo un estilo particular de vocalizaciones desde la lógica estilística del jazz, se grabó Letter From Home, álbum firmado por Eddie Jefferson que tiempo después ganaría cierto reconocimiento, también ganado por Ernie K-Doe con su álbum Mother-In-Law.
Bobby Bland avanzó a partir de Two Steps from the Blues y Frank Sinatra mantuvo distinguida presencia con All the Way, Come Swing With Me y Ring-A-Ding Ding! El franco-armenio Charles Aznavour, en su clásico estilo de romántico empedernido, grabó Je M’Voyais Déjà, en la línea del belga Jacques Brel, quien produjo en tono poético Jacques Brel 5; Jimmy Reed se dio tiempo para presentar su disco At Carnegie Hall. Del Shannon, el ídolo juvenil de canciones que respiraban tristeza, logró con Runaway proponer una de sus mejores obras. Freddie King desarrolló a través de Let´s Hide Away and Dance Away, una base fundamental para el posterior encuentro entre el rock y el blues, dentro del que Pink Anderson se destapó con Carolina Blues Man, Vol. 1.
João Gilberto, enclavado en el Bossa Nova, género que empezaba a cobrar una popularidad que alcanzaba a músicos notables del jazz, dio una muestra de su potencial con álbum homónimo. Y el bluegrass encontró en los Foggy Mountain Boys, lidereados por Lester Flatt & Earl Scruggs Foggy, un digno vehículo de su contagiante rítmica, esparcida en Mountain Banjo y en Songs of the Famous Carter Family. El prolífico compositor y cantante de R&B Gary U.S. Bond, se estrenó con Dance ‘til Quarter to Three.
Por supuesto, no faltaron los grupos que rocanroleaban libremente y ponían a la juventud en estado de baile continuo. Bill Halley & His Comets le dieron la vuelta a la playa con Bikini Twist; The Everly Brothers proponían un encuentro en A Date With the Everly Brothers y The Shadows se colocaban como banda de referencia obligada para la época con disco ídem. El Doo Wop, ese género vocal-callejero de las clases populares, encontró gracias al trío Dion and the Belmonts una de sus obras más significativas bajo el título de Runaround Sue.
Desde luego, no faltaron los sountracks: Elvis Presley se puso camisa floreada y collar a tono para cantar en Blue Hawaii, para después irnos con la música disneyana que se despliega en The Parent Trap, con las composiciones de Sherman & Sherman; West Side Story se convirtió en todo un fenómeno, gracias a la película y a las composiciones de Leonard Bernstein y Stephen Sondheim, y Breakfast at Tiffany´s esparció sus piezas, compuestas por Henry Mancini, a lo largo y ancho de las aceras mientras Audrey Hepburn imponía estilo.

CONCIERTOS PARA CERRAR EL AÑO

9 diciembre 2011

Además de la presencia de Morrissey, que ya comentaremos en su momento, conviene atender a ciertas visitas de fin de año, aunque ya andemos con la cabeza puesta en la vacación decembrina. Entre intercambios de regalos con dirección al ropero, posadas llenas de desconocidos que quieren socializar después del segundo ponche, festivales infantiles de infinita duración y comidas laborales en las que por un momento todos somos uno mismo, he aquí una alternativa.

FEIST: JOYA CANADIENSE
De Nueva Escocia y bautizada como Leslie Feist en 1976, esta cantante ya instalada en el radar colectivo, empezó a dar de qué hablar desde chica en una banda de punk en Calgary, pero su mudanza a Toronto resultó determinante para su trayectoria: grabó Monarch (Lay Down Your jeweled Head) (99), su álbum debut; se vinculó con la cantante Peaches, con el ahora famoso colectivo Broken Social Scene y con Apostle of Hustle, de donde desarrolló aprendizajes bien concretados en los años por venir.
Su segundo lance en solitario, Let it Die (04) le permitió compartir su propuesta tanto vocal y compositiva como letrística con un público más amplio: transitando de un jazz pausado cercano al bossa-nova a un folk sajón con los consabidos matices propios del rock que viaja libre por las modas del mercado, sus canciones se deslizan a partir de una sólida calidez en la voz, como cuando se sabe que lo cantado viene del corazón y más allá. Con esta obra, que mereció una lectura de mezclas en Open Season (06), la joven artista entraba en el camino de las grandes promesas femeninas de la música popular actual.
La rendición definitiva llegaría con Reminder (07), álbum en el que el talento compositivo mostraba una mayor pulidez y el armado de las canciones nos permitía transitar por diversos estados de ánimo, gracias a las bellas melodías y la convicción vocal inalterada; si de cierta manera el disco anterior sonaba más natural y fresco, en éste se advierte una cuidada labor de orfebrería para dejar los cortes a punto. Ya con la sombra de la fama, Feist se encontraba en una encrucijada de la cual salió bien librada con Metals (11), un fino acoplado de canciones que no se preocupa tanto por cumplir expectativas ajenas, sino por seguir expresando los sentimientos del momento.

BATTLES: MATEMÁTICAS EN EL PENTAGRAMA
Cuarteto neoyorkino instalado en el llamado Mathrock, subgénero que busca la inspiración en abstracciones relacionadas con lógicas matemáticas. Formado por la cerebral / celebratoria batería de John Stainer (Helmet / Tomahawk); por la rocosa guitarra y los teclados algebraicos de Ian Williams (Don Caballero / Storm & Stress); por la guitarra creadora de atmósferas y el bajo musculoso de David Konopka (Lynx) y por Tyondai Braxton (hijo del gran Anthony), uno de los herederos de la vanguardia jazzera avant garde, quien grabó en solitario el intrigante Central Market (09), la banda en efecto parece encontrarse en un proceso de permanente batalla para encontrar fórmulas que siempre den pie a otras posibilidades estilísticas.
Después de algunos EP´s al fin integrados en el compilatorio EP C / B EP (06), presentaron Mirrored (07) su primer álbum de larga duración en el que ponen a prueba diversas ecuaciones con sorprendentes resultados: viajando del rock progresivo a la electrónica y de ahí a una estética cercana al postrock, se despliegan una serie de estructuras rítmicas que implican todo un reto auditivo, el disco circula por senderos absorbentes, colocando la batería enfrente para determinar orientaciones, tiempos y espacios. Como en un juego de espejos, las piezas van reflejándose unas a otras para formar figuras y apariencias difíciles de asir.
Gloss Drop (11) continúa la tendencia de su antecesor, aunque busca una mayor empatía con el escucha sin perder el alto nivel técnico. La salida de Braxton parecía un escollo difícil de superar por el aporte experimental que le daba al grupo y sus vocalizaciones cual si fuera otro instrumento; sin embargo, el ahora trío se reforzó con invitados especiales que colaboraron desde sus territorios para abonarle al estilo Battles. El chileno Matías Aguayo, Kazu Makino (Blonde Redhead), Yamantaka Eye (Boredoms) y el ancestral Gary Numan, participan en este álbum que consigue mantener el nivel y la actitud hacia la búsqueda de ritmos que detonen posibilidades aritméticas.

INDIAN JEWERLY: LLAMADA DESDE HOUSTON
Con sonidos que mantienen una continuidad intensa dentro de las canciones, perfilando una atmósfera entre psicodélica y alterada, este grupo de noise que gusta de cambiarse el nombre y que de pronto también mira hacia Pink Floyd junto a parajes melódicos, empezó a hacer ruido a inicios de la década y presentaron una síntesis de su trabajo en Sangles Redux (05), seguido de Invasive Exotics (06), We Are the Wild Beasts (08), Free Gold (08) y Totaled (10), conservando una envidiable densidad y energía.

EL JUEGO DE LA FORTUNA: DECISIONES ARRIESGADAS

6 diciembre 2011

De pronto, los deportes profesionales de conjunto parecían ser víctimas de una excesiva comercialización: se llegó a creer que los partidos se ganaban con la cartera, más que con el talento individual puesto al servicio del grupo. En algunos casos se sigue pensando así. Pero el asunto no es tan simple, afortunadamente; de lo contrario, se perdería toda posibilidad de afición y los resultados quedarían predestinados por el poder económico. Ejemplos a la mano: en el fútbol americano, un equipo del pueblo como los Empacadores de Green Bay terminan ganando el Súper Tazón, mientras que en nuestro fútbol, el equipo con más recursos no se cansa de hacer el ridículo.
Si hay un elemento que mantiene la atención sobre los partidos es la esperanza de ver cómo un equipo chico derrota al grande: repetir siempre que sea posible la derrota de Goliat frente a David y así seguir creyendo en la fuerza de lo imprevisible, en la posibilidad de cambiar el estado de las cosas. Claro que nunca cae mal un duelo entre un par de Goliats. Las épicas deportivas han sido retomadas por el cine una y otra vez: cuando todo está en contra, de pronto surge el corazón y la humildad que vence a la arrogancia.
De ahí que una película como El juego de la fortuna (Moneyball, EU, 11) llegue a refrescar al género del cine deportivo: una mirada distinta al héroe que sigue sus convicciones pero no para ganar, sino para transformar la manera de entender, en este caso, al beisbol: ya no se trata de armar equipos con la chequera o a partir de criterios absurdos como si la novia del jugador en cuestión está guapa para de ahí deducir la autoestima. Y para ello, por qué no recurrir a la también discutible estadística proporcionada no por un reclutador de 30 años de experiencia, sino por un tímido gordazo recién salido de la carrera de economía de Yale.
Basada en la biografía Moneyball: The Art of Winning an Unfair Game de Michael Lewis, con impecable guión de los especialistas ya cotizadísimos Aaron Sorkin y Steven Zaillian, producida e interpretada con brío por Brad Pitt y dirigida por Bennett Miller (La travesía, 98), quien ganara notoriedad con Capote (05), la película sobre la vida de Billy Beane, prometedor pelotero al fin mediocre y gerente aventurero que le cambió la lógica al armado de equipos en las Grandes Ligas, termina siendo una reflexión mesurada sobre la capacidad de arriesgarse por una idea, sortear los obstáculos, triunfar en un sentido y fracasar en otro, como suele suceder en la vida.
A la manera de quien gusta ir a contracorriente como veíamos en El nuevo entrenador (Hooper, 09), sobre el tipo que se aventuró a dirigir efímeramente al Leeds United en el fútbol inglés y que tampoco veía los partidos, o en Juego de viernes en la noche (Berg, 04) con la recreación de la figura clave del coach, el gerente de los Atléticos de Oakland estaba dispuesto a buscar justicia en un deporte que se estaba haciendo injusto: frente a la estrategia corporativista de los Yankees, armar un equipo con jugadores cuyas cualidades no estaban a la vista de todos y que funcionarían en conjunto.
Wally Pfister, fotógrafo habitual de Christopher Nolan, consigue establecer un elusivo contraste entre las tomas de estadio con las de espacios más cerrados, entre oficinas, vestidores y pasillos, utilizando una iluminación precisa. La notable edición, insertando flashbacks y secuencias reales, colabora en definitiva a construir tanto al personaje como el interés paulatino, basándose en una lógica más conversacional que de acción. La banda sonora con esos silencios emocionales, violentamente interrumpidos por el grito de los aficionados, involucra en el suspenso incluso a quien nunca ha visto un juego completo.
El director recurre a un par de conocidos de su anterior film: Mychael Danna, quien aporta el refuerzo a ciertos estados de ánimo a partir del score, cuya partitura central funciona como motivo reiterado en momentos de toma de decisión o de consecuencias inesperadas, y el gran Philip Seymour Hoffman, acá como el antipático entrenador en jefe al fin mandado una jugada clave para el récord; como en intensa lección bien aprendida, Jonah Hill se sale de sus papeles habituales y nos regala una brillante interpretación como el geniecillo detrás del monitor.
Este hombre aún está buscando su Campo de sueños (Robinson, 89), que al parecer no estaba en el mítico Fenway Park de Boston. Entre la escucha de la canción que le dedicó su hija, única persona con la que parece mantener un vínculo afectivo, y la construcción de una visión que pueda seguir incidiendo en cambiar la mirada sobre este deporte que se sostiene a pesar de sus problemas, como se vio en el caso de corrupción de la Serie Mundial de 1919, recreado Eight Men Out (Sayles, 88), la pelota caliente no deja de ser lanzada.