Posts Tagged ‘Mundos paralelos’

ANIMACIONES PARA CERRAR Y EMPEZAR EL AÑO

16 febrero 2014

Un par de películas que en el papel parecían pronto olvidables terminan por dejar un agradable sabor de boca gracias al simpático diseño de personajes, diálogos imaginativos y una propuesta de animación que por sí misma vale la pena, además del sentido que le otorga a la narración. Incluso para públicos potencialmente rejegos, como mis hijos que se consideraban demasiado “grandes” para semejantes filmes, las historias regalan momentos de emoción y humor que permanecen en la memoria.
“Confíen en mí”, les dije en tono de gravedad a mis pequeños, arriesgando mi discutible credibilidad en gusto fílmico, pero por fortuna tanto el gélido cuento de clásica hechura como la famosa marca de juguetes que inició siendo de madera, dieron sólido sustento a sendas producciones que consiguen hacerse un lugar en el cada vez más poblado mundo de la animación, claramente potenciado por las posibilidades tecnológicas aunque todavía, por fortuna, atento a la importancia de saber contar historias, más allá de los recursos con los que se cuente.

FROZEN: EMOCIONES INCONTROLABLES AL CALOR DEL HIELO
Retomando solo la estructura básica del clásico cuento La reina de las nieves de Hans Christian Andersen -que también de alguna manera influyó en la famosa novela detectivesca La princesa de hielo (2002) de Camilla Läckberg- Frozen: una aventura congelada (EU, 2013) relata las dificultades a las que se enfrentan dos hermanas princesas para poder mantener su relación, dado que la mayor de ellas tiene un poder incontrolable que pone en peligro la vida de la menor: sus emociones se expresan en diversas formas de hielo, monstruo incluido, capaces de sumir a toda la comarca en un invierno perpetuo. Aunque su intención sea la de no dañar a persona alguna.
El cuadro de personajes lo complementa un príncipe advenedizo, un joven campirano acompañado de su reno, un empresario abusivo y, el mejor de todos, un entrañable y simpático muñeco de nieve que responde al nombre de Olaf, además de una comuna de troles en forma de piedra que gustan de la magia que suele acompañar al amor. A pesar de la previsible ruptura de la estructura narrativa dada la inserción de los consabidos números musicales, el guion resulta lo suficientemente entretenido y ágil para mantenernos expectantes sobre el curso de los acontecimientos.
Sobre todo, el filme se desarrolla a partir de una exquisita puesta en imágenes que aprovecha el hielo y la nieve como materiales moldeables, así como los parajes congelados para regalarnos creativas estampas de intrincado diseño, con un énfasis hacia las tonalidades azules que permiten resaltar los rojos y amarillos en ciertas secuencias. Los movimientos de cámara, en particular los que provocan vértigo, brindan el necesario dinamismo al conjunto del relato, si bien conocido, pertinentemente adaptado a los tiempos que corren.Frozen
Supervisada por el mandamás de Pixar John Lasseter y dirigida por el especialista del departamento de animación Chris Buck (Tarzán, 1999; Los reyes de las olas, 2007), junto con la debutante Jennifer Lee (guion de Ralph el demoledor, 2012), la cinta encuentra el tono adecuado para desplegarse en los territorios del humor, la comedia musical y el romance, ubicando públicos infantiles de todas las edades: no se trata, en efecto, de una apuesta original, sino más bien de un filme de continuidad de la marca Disney, que desde el cortometraje previo deja en claro su estilo ancestral.

LEGO: CONSTRUYENDO LA MITOLOGÍA
Basada en la famosa marca de juguetes danesa y dirigida con una inesperada cuota de humor y desenfado por Phil Lord y Christopher Miller (Comando especial, 2009; Lluvia de hamburguesas, 2012), Lego la película (EU, 2013) le brinda vida a los pequeños muñecos y a su cúmulo de piezas ensamblables, siempre posibilitadas a separarse y buscar nuevas edificaciones. El convencional argumento pasa a segundo término gracias al arquitectónico despliegue visual y, sobre todo, al riesgo asumido para romper con ciertos esquemas en el trazo de los personajes.
Entre otros personajes que aparecen brevemente, un Batman entre comodino, depresivo y cercanamente sangrón; un líder invidente que se saca profecías de la manga; un villano vinculado a los negocios (otra vez); un policía que encarna la doble personalidad; una gatita unicornio que descubre la posibilidad de explotar y una joven intensa con la esperanza de ser la elegida, secundan o persiguen a un tipo absolutamente normal y corriente -aunque en el lado opuesto de Homero Simpson- dedicado a seguir las instrucciones no solo en su trabajo, sino en las acciones cotidianas. Es una lástima para este rutinario héroe desconocido que la felicidad no se acompañe de un manual de procesos y procedimientos, por más libros que se sigan publicando al respecto.
La ruptura de la narración del mundo Lego para aterrizar en la relación entre un padre e hijo de carne y hueso, plantea de manera ingeniosa la idea de cómo el juego se traslada de la imaginación a la realidad palpable sin necesariamente hacer distingos, un poco como la forma en la que la cinta establece sus mecanismos para que vayamos acompañando al muñequito amarillo en sus peripecias para salvar al mundo: sorprende que uno acabe sintiendo empatía y echando fanfarrias para este hombre común, de un optimismo un cuanto tanto exasperante.
Se trata de una película bien armada y embonada (Leslie dixit), acorde a la materia prima con la que se construyen los diversos mundos representados, incluyendo la estática mente del protagonista, así como los efectos de movimiento, entre las olas, el polvo, las destrucciones y persecuciones, ensambladas de manera dinámica y creativa, considerando la geometría establecida desde el diseño mismo de los componentes disponibles.

CUMPLEAÑOS DE SONIDO & VISIÓN
Cumplimos cuatro años de colaborar en Milenio León a través de esta columna que intenta seguirle el pulso a las producciones fílmicas y musicales, cada vez más difíciles de abarcar dada la amplitud de propuestas y la mayor posibilidad de acceso. Agradezco a todas las personas del periódico por el espacio y la libertad para escribir sin ninguna otra limitante que mi propio criterio. Y gracias a ustedes, estimados lectores, por darle sentido al esfuerzo aquí realizado. Seguimos con ánimos renovados.

PROMETEO: EN BUSCA DEL FUEGO ILUMINADOR

20 junio 2012

Los dioses pueden tener razones para estar arrepentidos de haber creado al ser humano, aunque por lo que nos cuenta la mitología griega, ellos tampoco eran un dechado de virtudes: siempre es más fácil ver los errores en el otro. Castigar al titán Prometeo, uno de los doce o trece según la versión que se tome, con un águila que le devoraba su hígado una y otra vez por robar y darle el fuego a los simples mortales, parecería excesivo, sobre todo porque las capacidades para usarlo como detonante del progreso, fueron diseñadas por los propios habitantes del Olimpo, quienes a fin de cuentas perpetraron una especie de golpe de estado celestial, mandando a sus rivales al Tártaro.
En una nave que toma el nombre del Titán referido, acaso como una metáfora dada su misión para encontrar las grandes respuestas de la humanidad -¿De dónde venimos? ¿A dónde vamos? ¿Cuál es nuestro propósito?- un grupo de tripulantes conformado por médicos, geólogos, arqueólogos, pilotos, una jefa corporativa, un androide y un fantasma en formato de holograma, se lanzan a buscar certezas en los confines del universo hacia finales de este siglo, específicamente en el planeta LV 223, dados los hallazgos, algunos años antes, de las coincidencias entre los mapas astrales de varias culturas ancestrales llevados a cabo por una pareja de investigadores.
Dirigida por Ridley Scott (Los duelistas, 77; Red de mentiras, 08) recuperando el brío mostrado en Los impostores (03) y Gánster americano (07), que parecía perdido con Robin Hood (10) y otras cintas demasiado genéricas, Prometeo (Prometheus, EU, 12) es una exploración arriesgada por los recovecos del cine de ciencia ficción, con el evidente sustento de Alien (79) y Blade Runner (82), sus dos obras maestras consecutivas del género, que consigue absorbernos como parte de la misión gracias a la abrasiva puesta en escena, al desarrollo de ciertos personajes, el diseño de las criaturas entre monstruosas y divinas, y a una premisa que termina por ser inquietante, a pesar de que el argumento pareciera hacer agua en ciertos lapsos del film.
El arranque de la historia es sumamente poderoso con un doblete de prólogos que saben dejar la mesa bien puesta: un alienígena humanoide destruyéndose y dejando su DNA en el agua cual impronta para la vida y el descubrimiento, milenios después, de una pintura rupestre con un mapa del cielo que confirma un pasado común de todas las grandes civilizaciones. En su desarrollo, se advierten claramente dos episodios: uno que se intenta acercar a 2001: Odisea del espacio (Kubrick, 68) tanto en contenido como en forma y en cierta forma a Misión a Marte (De Palma, 00), y otro que resulta más derivativo y movido con todo y tintes terroríficos, para entroncar y retomar el camino con un abridor y emocionante desenlace que deja puertas abiertas a la imaginería del espectador y de los productores que gustan de secuelas rentables.
La porosidad del guión escrito por Jon Spaihts (La última noche de la humanidad, Gorak, 11) y Damon Lindelof, uno de los responsables de la serie Lost, va soltando intrigantes preguntas abiertas de interesante reflexión, pero también cayendo en una que otra incongruencia que lo hace ver, por momentos, perdido: ¿Por qué algunos de los atacados mueren y otros se vuelven agresivos? ¿Por qué el feto solo tiene forma de calamar y ningún rasgo humano? ¿Por qué la arqueóloga entra tan fácil a la sala para hacerse la cesárea si había tantas restricciones? ¿En qué momento mágico algunos asumen el papel de héroes kamikazes?
Scott vuelve a colocar la dimensión femenina vinculada al heroísmo como lo hiciera en su clásico Thelma & Lousie (91), en la figura de la protagonista, interpretada llena de fe y coraje por Noomi Rapace, en la línea de Sigourney Weaver y su inmortal Ripley. En contraste, Charlize Theron funciona como la gélida mandamás, mientras que Michael Fassbender nos regala una exquisita mixtura entre el Peter O’Toole de Lawrence de Arabia (Lean, 62) y David Bowie en El hombre que cayó a la Tierra (Roeg, 76). Un poco inexplicable resultan la selección de Guy Pearce para interpretar a un anciano y el escaso desarrollo del resto de los tripulantes.
A la Impecable dirección artística y puesta en escena minuciosa y nítida, a pesar de la envolvente construcción de atmósferas lúgubres y hostiles, habría que sumarle una fotografía y manejo de cámara siempre preciso, aprovechando el diseño minimalista de interiores, con los contrastes de grandilocuencia en la nave de los ingenieros, y las explanadas rocosas de Islandia, así como una edición tan fluida como la poderosa sustancia oscura que invade venas y organismos para transformarlos en definitiva.
La presentación de temáticas como la fe no solo en un creador sino en las propias convicciones; la evolución como cadena de eventos ajenos a la linealidad; la maternidad como incomparable posibilidad de crear vida y la reflexión acerca de la compleja naturaleza humana, resultado de la acción de algún ser supremo o de una milenaria concatenación de nexos causales y acaso casuales, permiten que el filme trascienda la sala de cine y se mantenga en las conversaciones posteriores de quienes también nos hacemos estas preguntas, cuando la sobrevivencia nos lo permite.

UNA VIDA CON MUCHAS EXISTENCIAS

19 mayo 2012

De pronto nos podemos encontrar con cierto tipo de películas que vienen antecedidas por encendidos elogios de la crítica y por la cosecha de varios premios alrededor del mundo. Pero cuando nos sentamos a verlas, nos invade la sensación de que no estamos entendiendo nada o que de plano se trata de una cinta con la que no conectamos, dada su estructura narrativa, su propuesta temática o la ausencia de un argumento más o menos asible. Los bostezos empiezan a presentarse con mayor frecuencia y uno se pregunta si vale la pena continuar o dejar la mirada del film por la paz.
En ese momento podemos tomar la decisión, válida desde luego, de abandonar la sala o detener el disco y pasar a otra cosa, sin por ello sentirnos que no estamos a la altura de la obra maestra que nos prometieron. Pero también podemos persistir en el intento de involucrarnos afectiva y emocionalmente con lo que estamos viendo, abriendo los ojos y orejas de una manera más flexible, de tal forma que al final estemos en condiciones de emitir un juicio con más elementos: no se trata de que a fuerza nos guste, pero al menos nuestro dictamen, siempre subjetivo, será con mayor conocimiento de causa.
Los apuntes anteriores vienen a cuento por la llegada a los cineclubes de la Ciudad de La leyenda del Tío Boonmee (varios países, 2010), ganadora de la Palma de Oro en Cannes y dirigida por el nacido en Bangkok Apichatpong Weerasethakul, arquitecto y artista que se ha convertido en un referente dentro del mundo del cine por su capacidad de emplear el medio para expresarse en términos metafísicos: pronunciar correctamente su nombre implica apenas una de las primeras dificultades para poder vincularse con su propuesta fílmica, centrada en la existencia de mundos espirituales que conviven con éste, y en la posibilidad de desdoblar existencias, percepciones, experiencias, recuerdos y visiones, en contextos naturales de exuberancia vital, tal como se puede apreciar en las cintas Malestar tropical (04) y en Síndromes y un siglo (06).
En lo personal, me ha ayudado apreciar las películas de este director, a quien le podemos decir Joe, ubicarme en la lógica de no esperar una historia coherente y a no intentar entender lo que se me está presentando, al menos en un primer momento; tampoco buscar una secuenciación clásica de sucesos, sino más bien pensar en una especie de collage en el que uno va buscando conexiones sugeridas. Por supuesto, ayuda bajar el número de pulsaciones y entender que estoy frente a una cinta ubicada en la tendencia del slow cinema, tratando de fijarme más que en la acción externa –casi inexistente- en los elementos contextuales y en cómo se van trastocando los personajes.

EL TÍO Y SUS RECUERDOS
La idea de la película y del proyecto llamado Primitivo, conjunto de cintas que se presentó en el Museo de Arte Moderno de París, surgió cuando un monje le entregó al director un pequeño libro sobre un hombre, Boonmee, capaz de recordar todas sus vidas pasadas: “No necesitaríamos el cine, si fuéramos capaces de entrenar nuestro espíritu a ver más allá como Boonmee. Desgraciadamente, la mayoría somos demasiado triviales… somos seres primitivos” (El País, 15/12/09).
Con una fotografía prácticamente al natural que encuentra ciertos planos de gran vigor estético, seguimos un hombre con insuficiencia renal que decide ir, en compañía de su cuñada y su sobrino, a la selva donde tenía una especie de granja y así reencontrarse con sus recuerdos, esas luces del pasado que nos permiten apreciar el presente y vislumbrar el futuro. Cercano a la muerte, el sensible tío empezará a tener encuentros fantásticos con el espíritu de la esposa y con su hijo extraviado ahora vuelto mono fantasmal, de una manera tan natural que parecieran sucesos esperados, como en el mundo de El viaje de Chihiro (Miyazaki, 01) o del cine de Tsai Ming Liang.
En una orientación primitivista, tanto en la forma cinematográfica como en el fondo temático, van apareciendo criaturas y personajes diversos, en apariencia inconexos, como un búfalo en un entorno azuloso, un pez, una vaca y una princesa en crisis cuyo reflejo parece ser un llamado del algún dios líquido que cae en la cascada y se inserta en el agua. Vegetación abundante y diversa; una cueva platónica donde todo empezó; la apicultura y la siembra de tamarindo cual vínculo con la naturaleza: buscar las relaciones invisibles entre los diversos elementos y segmentos parece ser una invitación del tailandés como boleto de entrada a su cosmovisión, de fuerte corte orientalista.
Reencarnaciones, vidas presentes y pasadas, viaje del alma que se transfigura y de pronto, la posibilidad de ser ubicuo: quedarse a ver las imágenes televisivas o retirarse de la habitación como parte de la conclusión (es un decir) del film, en donde el inicio de la trayectoria como monje no está exenta de dudas y disyuntivas. Pero los vasos comunicantes se abren en definitiva: entre los vivos y muertos, entre las criaturas y los humanos, entre una modernidad aplazada y un regreso a las formas básicas. Entre la ternura que fluye cual bálsamo curativo y la reconciliación consigo mismo, mediado por el otro, aparece la mirada hacia una necesaria renovación.

MEDIANOCHE EN PARÍS: NO TODO TIEMPO PASADO FUE MEJOR

30 septiembre 2011

Se le puede criticar de reiterativo o de ya no estar a la altura de sus mejores obras de los 70´s y 80´s; se puede argumentar que sus obsesiones ya están demasiado vistas y que su vis cómica ha menguado notablemente. Pero cuando parecería que ya lo ha dicho todo y que más bien debería pensar en el retiro, nos vuelve a sorprender con una gran película dentro de su compulsiva trayectoria que desde 1966 nos ha regalado casi un film al año: 42 obras y contando.
Si por cada cinco filmes nos regala cuatro agradables y uno notable, adelante. Que ya no va a volver a hacer películas La última noche de Boris Grushenko(75), Annie Hall (77), Manhattan (79) o Zelig (83), qué importa, si vamos a poder disfrutar de cintas tan redondas como Crímenes y pecados (89), Poderosa Afrodita (95) y Match Point (05), por mencionar algunas posteriores a su etapa más creativa: el genio permanece, aunque no se manifieste con la misma constancia que antaño.
Muy pocos artistas son capaces de mantenerse en un estándar de realización como el que conserva Woody Allen: aún en sus propuestas menos apreciadas, uno siempre suelta alguna sonrisa o se queda con una línea de diálogo para la posteridad. Influido por los Hermanos Marx y por Ingmar Bergman, entre otros grandes nombres, el director de Robó, huyó y lo pescaron (69) e Interiores (78) ha transitado del terreno de la comedia crítica al drama cerebral.
Medianoche en París (EU-Francia, 11), cuya primera auto referencia es La rosa púrpura del Cairo (85), llega después de Así pasa cuando sucede (09) y Conocerás al hombre de tus sueños (10), ya comentadas en este espacio, y representa su mejor comedia en los últimos 15 años, no solo por la ingeniosa premisa del viaje por el tiempo, sino por las caracterizaciones de los diferentes personajes, tanto reales como ficticios, que se encuentran en un mundo posible pero improbable, buscando lo mismo pero oteando hacia diferentes horizontes.
Un escritor en busca de inspiración y de paso preparar su boda, viaja a la capital francesa junto a su frívola novia cual turista típica de postal que rehúye a la lluvia (Rachel McAdams) y sus republicanos suegros (Kurt Fuller y Mimi Kennedy), unas verdaderas joyitas de criterio disminuido e intolerancia ampliada, capaces de contrata a un detective para seguir a su sospechoso yerno.
Muy pronto la pareja toma caminos distintos: ella se encandila con un insufrible conocido dizque experto en arte (Michael Sheen) que fastidia hasta a la amable guía de turistas (Carla Bruni) y él empieza a deambular en las noches para descubrir la posibilidad de viajar no a otro lugar, sino al mismo París pero de los años veintes, en plena ebullición creativa, capturado con una cámara siempre bien colocada y desarrollado a partir de una evocativa puesta en escena.
A través de un misterioso automóvil que lo recoge a la medianoche, el escritor hará realidad su sueño: toparse de frente con la inspiración buscada, materializada en artistas arquetípicos como la pareja Fitzgerald; Cole Porter al piano; la bailarina Josephine Baker; Picasso en pos de la trascendencia; Hemingway y su tendencia a la agresión; Gertrude Stein cual matriarca comunitaria junto a Alice B. Toklas; T.S. Eliot y Matisse.
No podía faltar un encuentro con los surrealistas, sobre todo tratándose de una historia en la que los sueños parecen jugar un papel central: Dalí y su obsesión con los rinocerontes, el director fílmico Man Ray y, desde luego, un joven de apellido Buñuel que todavía no se planteaba la posibilidad de crear una película en la que los invitados no se pudieran ir de la fiesta, simplemente porque no se podían ir: la referencia, claro, apuntaba hacia el argumento de El ángel exterminador (62), una de sus películas más notables.
Y en estos viajes por el pasado artístico, aparece el interés romántico en la figura de una modelo ficticia (Marion Cotillard) amante del pintor cubista y convertida en un motivo poderoso para querer permanecer atrapado en los veintes del siglo pasado, aunque como cabría esperar, ella también tendría la intención de ir al pasado del pasado y toparse con Toulouse-Lautrec, Degas y Gauguin. No podía faltar el sólido cuadro actoral, cual sello de la casa, entre quienes aparece Owen Wilson en perfecta interpretación de Woody Allen.
La comedia romántica-fantástica se pregunta por las épocas y sus circunstancias, por la idealización continua de pasados que nunca volverán y por la dificultad de encontrar el sentido en el tiempo presente, donde a uno le tocó vivir. Como esa idea que parte del supuesto de que la felicidad está en otra parte o con personas distintas o realizando otras actividades. Quizá valdría la pena encontrar a alguien que disfrute un paseo bajo la lluvia, sin paraguas.

LA NOCHE DEL DEMONIO: VIAJES CON RETORNO INSIDIOSO

15 junio 2011

Género difícil por naturaleza, con lógicas narrativas rígidas y usualmente menospreciado por la crítica especializada, el cine de terror no ha dejado de reflejar los temores de las sociedades del más acá cual espejo del más allá. Ya sea a través de seres fantásticos o malosos de carne y hueso, los filmes procuran generar en el espectador un estado de indefensión, que de pronto puede caer en excesos que terminan en humor involuntario, como para demostrar la vulnerabilidad y fragilidad de la vida misma.
Del maestro Hitchcock al Giallo italiano, de los clásicos de terror de la Warner y del expresionismo alemán al subgénero conocido como Tortura pornográfica, y de ahí al cine oriental y a los seriales del mainstream hollywoodense, este tipo de cine, con todas sus derivaciones que van de la sutileza psicológica a la explosión de vísceras, de pronto parece caer en procesos de estancamiento, advirtiéndose ausencia de renovación y abundancia de repetición de fórmulas que aseguran taquilla pero no necesariamente creatividad.
La noche del demonio (Insidious, EU, 10) es dirigida por el malayo James Wan (Saw: El juego del miedo, 04), quien se ha convertido en puente que conecta el horror oriental con el occidental, considerando los matices según época, país y subgénero. La participación en la producción de Oren Peli (Actividad paranormal, 09) le ha venido a dar ese componente entre esotérico y fantástico al acostumbrado realismo escatológico de Wan, acercando su más reciente propuesta a filmes como Poltergeist: Juegos diabólicos (Hooper, 82).
Escrita por Leigh Whannell (El títere, 09), responsable de los guiones de las tres primeras partes de Saw y acá interpretando a uno de los improbables cazafantasmas que nunca están de acuerdo entre sí, la historia se toma varias licencias que terminan por perdonarse dada la efectividad del argumento, sobre todo en su primera parte, con todo y vuelta de tuerca obligatoria y esperada, según marcan los nuevos cánones del género.
Estamos frente a una familia y una casa en apariencia embrujada. Pronto se van develando causas de los sucesos y las consabidas pistas falsas, escepticismos de rigor y sustos de feria que evitan mantener las palomitas completas. A diferencia de la actitud del protagonista de Sentenciado a morir (Wan, 07) acá el hombre de la casa parece evadirse del problema poniendo de pretexto la revisión de trabajos escolares, al tiempo que su mujer escucha todo tipo de ruidos mientras trata de componer en el piano y cuida al hijo caído en un extraño coma que lo lleva a viajes astrales de dudoso disfrute.
Patrick Wilson y Rose Byrne, de escalofriante delgadez, interpretan con credibilidad al matrimonio en conflicto constante con el más allá que se empieza a traducir en la vida familiar, mientras que Barbara Hershey aparece en la segunda parte revelando secretos junto a una médium que le da un vuelco al desarrollo de la narración: las fotos pueden, ciertamente, revelar la verdadera esencia de las personas.
La cámara se desplaza por los espacios fílmicos para construir acordes atmósferas en función de los momentos del film: ya sea acompañando los andares de los personajes (cual paso por casa de sustos de parque de diversiones) o jugando con el plano-contraplano, de acuerdo a los dos mundos que colisionan en la historia: los del más allá se muestran cada vez más sin pudor alguno, mientras el falsete de Tiny Tim eriza la piel en forma sutil, en contraste con el demonio del título en español, muy parecido, como se ha mencionado, a Darth Maul, señor oscuro de los Sith.
Los fantasmas de Roger Corman y Mario Bava se pasean de manera discreta, como influencias ya incorporadas, mientras que la banda sonora de Joseph Bishara al estilo de Bernard Herrmann (Psicosis, 60), juega su papel disonante como para rendir homenaje y a la vez para apoyar el proceso de poner los pelos de punta. En efecto, esa brusquedad en la aparición del título de la película para abrir y cerrar el film, plantea que estamos frente a una cinta-homenaje (incluyendo el dibujo del villano de la saga Saw en el pizarrón), a una historia de la cual quiere formar parte como un referente importante del nuevo milenio en el que el horror salta fuera de las pantallas.
La artesanía en contraste con el exceso de digitalismo y la ausencia de descuartizamientos frente al aumento de aparecidos que cada vez se esconden menos y recorren la vida de los del más acá, aparece como un recurso constante que pone a prueba primero la atención del espectador y después su ecuanimidad; tanto los maquillajes como las gestualidades (sonrisas, apertura de ojos, sacadas de lengua) operan más en la tradición del cine de horror que buscaba más la inteligencia que la tortura explícita.
La asechanza, que no acechanza, se desglosa cual motivo transversal de los acontecimientos, retomando la apuesta del título original del film: una película tan astuta como insidiosa.

ENTRE OGROS REBELDES Y JUGUETES SENSIBLES

6 agosto 2010

Son las dos joyitas de sus respectivos estudios, competidores en el jugoso mercado de la animación infantil. Pixar está en la cima seguido por Dream Works, acusando cierta irregularidad en sus propuestas que contrasta con la consistencia de los miembros de la casa Disney (excepto Cars, 06), quienes han sabido cuidar muy bien su franquicia emblemática, incluso arriesgando una tercera producción.
Shrek (Adamson/Jenson, 01) fue todo un suceso, al nivel de Toy Story (Lasseter, 95): por diferentes motivos, las dos películas tienen reservado un lugar de privilegio en la historia de la animación; las segundas partes de ambas fueron continuaciones dignas de la trascendencia de sus predecesoras (Toy Story 2, Lasseter, 99; Shrek 2, Adamson/Asbury, 04) pero Dream Works se precipitó y produjo una fallida tercera entrega (Shrek Tercero, Miller/Hui, 07) de la que sólo se recuerda la secuencia del ataque de las princesas impulsadas por el grito de Robert Plant, dejando un pantanoso sabor de boca entre los fieles seguidores del irreverente y ahora domesticado marido de Fiona.
Y esa condición parece que motivó la realización de Shrek para siempre (EU, 10), buscando volver la mirada hacia los orígenes para tratar de cerrar en forma más honrosa las peripecias de los personajes pobladores de este anti-cuento escrito por William Steig. Dirigida por Mike Mitchell (Súper escuela de héroes, 05), la cinta recurre a la estrategia del mundo paralelo para revalorar la cotidianidad como vehículo hacia la felicidad y aunque se extraña más humor, de alguna manera el daño hecho por su predecesora queda resarcido.
Por su parte, Toy Story 3 (Lee Unkrich, 10) es un dechado de inteligencia fílmica y sensibilidad lúdica: la combinación de humor, acción y drama funciona como una precisa relojería narrativa que hace cómplice al espectador; incluso los homenajes a los maestros Orson Welles (Lotso) y Hayao Miyazaki (Totoro) y las consabidas referencias a otros filmes, se insertan orgánicamente en la trama, impecablemente ligada a sus dos predecesoras.
El aprovechamiento de la 3D aquí sí encuentra un sentido para contrastar el juego entre interiores y exteriores, mientras que el manejo de la perspectiva consigue involucrarnos en las aventuras de los famosos juguetes parlantes, a pesar de tratarse de animación. La pérdida como condición de vida y la dureza de los diferentes ambientes entre los que priva la ley del más fuerte, se contrapone con la posibilidad de cambio y la importancia de la amistad al punto de arriesgar, una vez más, el pellejo (o el plástico, en este caso).

ALICIA Y TIM: REGRESO A CASA

22 marzo 2010

Era cuestión de tiempo para que los clásicos escritos de Lewis Carroll entroncaran con la imaginería visual del recreador de seres extraviados en mundos incomprensibles como Pee-Wee, el joven manos de tijera, Beetlejuice, Batman y enemigos, Ed Wood, Edward Bloom de El gran pez, la novia y su cadáver y Sweeney Todd, por mencionar algunos. A esta galería se suma Alicia, personaje seminal de la literatura e inspirador de múltiples películas notables, como El viaje de Chihiro (Miyazaki, 01).
Alicia en el País de las maravillas (EU, 10) es la decimocuarta entrega de la filmografía burtoniana y representa una mirada actualizada al viaje de la joven por el mundo de sus sueños, a punto de iniciar su tercera década de vida. Para encontrar razones de vida y luchar por ellas, inmiscuirse en el propio subconsciente no parece tan mala idea: es necesario adecuar la talla según la ocasión y no menospreciar la locura, al contrario, puede ser una condición muy útil en tiempos de confusión onírica.
El fuerte tono surrealista de los textos originales se logra capturar mejor desde el diseño de arte, maquillaje incluido, que desde el argumento, mismo que sostiene una ágil narrativa de pronto cayendo en esquemas de cierto convencionalismo maniqueo. Parte de esa emoción genuina se fortifica a partir del score de Danny Elfman, nutritivo en cuerdas dinamizantes de las secuencias de acción y tenebroso cuando el suspense lo amerita. Y parte de dicha emoción disminuye cuando aparece el reino blanco, simbolizando el rasgo bondadoso incapaz de hacerle daño a cualquier ser viviente.
Con un mayor protagonismo del sombrerero (Johnny Deep, entre Willy Wonka y Jack Sparrow) y una deliciosa sobreactuación de Helena Bonham Carter secundada por Crispin Glover y Matt Lucas encarnando a los redondos gemelos, el cuadro de personajes –notable el componente animal- se pasea por absorbentes escenografías que saltan discretamente en 3-D. Un buen trabajo de casting, eso sí, para elegir a Mia Wasikowska y a las voces inglesas de las distintas criaturas.
En el regreso a la casa que lo vio nacer, artísticamente hablando, Tim Burton aprovecha con astucia los recursos puestos a su disposición, construyendo un sólido y elusivo mundo paralelo, entre oscuros y dulces sueños, en los que Alicia se redescubre al borde de transitar hacia una vida adulta preestablecida por las estructuras sociales y su propia situación familiar: mejor un onirismo desbocado.
Se advierte, no obstante, cierta tensión entre la acostumbrada mirada del director y las exigencias habituales de la casa productora: sabemos que los escritos de Carroll tienen fuertes subtextos de índole psicológico bien conocidos por Burton, que enturbiarían de más, de acuerdo a la mirada de Disney, una película enfocada a toda la familia. El reto, conseguido en lo general, se planteaba como la producción de una cinta que pudiera atraer a todo público, manteniendo la clasificación A.
Para Tim y Alicia el regreso a casa no ha sido del todo fácil: las convenciones no siempre concuerdan con sus propias perspectivas aunque siempre hay alguien, tanto en el estudio como en el entorno familiar, que sepa correr el riesgo.

AVATAR: ECOLOGISMO INTERPLANETARIO

30 diciembre 2009

Con las expectativas a la altura de su promoción, mis tres pequeños acompañantes, su madre y quien esto escribe, nos encaminamos a ver la sensación de fin de año tras sobrevivir a festivales escolares y demás espectáculos propios de estas fechas. Había que elegir una función doblada y en 3D, dadas las características del grupo y de la importancia que tiene el formato para la propuesta visual. Aunque ya entrada la noche y con el riesgo de que el sueño venciera a más de uno, nos aposentamos golosinas en mano para disfrutar de esta faceta del cine como espectáculo magno.
Y es justo lo que uno se encuentra con Avatar (EU, 09), aparatosa y funcional obra que marca el regreso de James Cameron después de haber estado sumergido con el Titanic, entrarle a la innovación tecnológica y estar fraguando pacientemente esta historia, una especie de Second Life interplanetaria con enfático contenido ecologista de vinculación existencial entre todas las criaturas, retomando la hipótesis de Gaia retomada en Fantasía final (Sakaguchi, 01).
Poco a poco, los tres pequeños que me rodeaban fueron entendiendo esta doble vida enlazada por el sueño de uno y el despertar del otro en un ecosistema donde todo está íntimamente relacionado. A esta puntual relación física entre humano y su respectivo avatar, contribuye un elusivo diseño de los gigantones con cola vinculante y el trabajo digital con los actores de carne y hueso para crear a su otro yo.
La historia se soporta a partir de tres antecedentes fílmicos: por una parte, las películas en las que se retrata el encuentro de dos civilizaciones a través de una persona que se inserta en la otra cultura ya sea para atacarla, como la propia Terminator (Cameron, 84) o para asumirla, como los múltiples relatos de colonizadores transformados o soldados cambiando de bando; por la otra, las cintas de guerra en las que la diferencia en armamento y el abuso es notable -los helicópteros flotantes de Apocalipsis ahora (Coppola, 79)- y, finalmente, las cintas de ciencia ficción con enfoque metafísico -2001: Odisea Espacial (Kubrick, 68), Solaris (Tarkovsky, 72)- aquí mucho más digeribles.
Podríamos agregar un cuarto: los filmes románticos en los que se enamoran personas de distinta condición racial, social, política o económica (las telenovelas no cuentan). Claro que la presencia de Alien (Scott, 79) se advierte en varios detalles: la escena inicial de la nave en el espacio; el diseño de interiores del propio vehículo aunque menos claustrofóbico y, por supuesto, la presencia de la gran Sigourney Weaver, aquí como el brazo científico de la operación siempre contrapunteándose contra el militar.
Persiste, eso sí, una mirada maniquea como sucedía en la inflada Titanic (97) con los ricos y pobres: acá los nativos Na’vi son sensibles y profundos (hasta el celoso termina obedeciendo a su rival de amores), mientras que los militares son unos seres violentos de una escasa capacidad para comprender lo diferente. Salvan un poco esta dualidad en negro y blanco, los elementos en gris que buscan matizarla: la mujer soldado que alcanza a ver más allá de su helicóptero (Michelle Rodriguez) y el asistente científico (Joel Moore).

ENTRE EL ESPECTÁCULO Y LA CRÍTICA POLÍTICA
El desarrollo tecnológico con sentido –a diferencia de muchas superproducciones huecas tipo Transformers y anexas- permite que el desarrollo emocional fluya en forma genuina sin ser opacado por las absorbentes escenografías de Pandora, un mundo idílico con luz propia, y por la dinámica edición que colabora a que las casi tres horas transcurran con buen equilibrio entre sobresaltos con cámaras que se dan vuelo, y momentos de atención al desarrollo de los personajes y sus motivaciones.
La apuesta en 3D, más orientada a explotar la profundidad de campo que al artilugio de feria, y el trabajo de innovación desarrollado por el propio Cameron, propician que el espectador tenga la posibilidad de sentirse parte, desde una perspectiva física que se supone influye en la emocional, de un mundo maravilloso lleno de animales, plantas y símbolos místicos: de ahí que la invasión humana se aprecie aún más despreciable, sobre todo por la insensibilidad y la falta de capacidad para admirar y aprender de quien es diferente.
Es más fácil atacar que negociar; boicotear que acordar; imponer que conciliar. En buena parte de la historia de la humanidad hemos observado este fenómeno: la explotación de los recursos sin importar nada más; y luego se quejan de los procesos migratorios. En estos días de reuniones sobre el calentamiento global parece pertinente reflexionar no sólo en términos de emisión de gases y temperaturas, sino cómo estamos entendiendo al condición humana y la relación que debemos establecer con nuestra patria Tierra.
Del cine ecológico hay saltos al político: “para atacar a alguien conviértelo en tu enemigo y tienes el pretexto perfecto” (¿Irak?), plantea el soldado protagónico (Sam Worthington), envuelto en un dilema que se resuelve con demasiada facilidad, quizá por la falta de matices del maloso jefe militar (Stephen Lang) y el responsable de la operación (Giovanni Ribisi), en contraste con la heroína azulosa de mirada felina, espigada figura y carácter cambiante (Zoe Saldana). Para redondear la crítica, hizo falta una mirada a quienes dirigen las misiones desde sus cómodas oficinas sólo haciendo cálculos electorales.
Queda claro que para valorar el proceso civilizatorio de una cultura, habrá que ver cómo se relaciona con su entorno pensando en el futuro, y no tanto fijarse en qué artefactos ha inventado o a qué mundos ha llegado. El desarrollo tecnológico no tendría que estar peleado, sino al contrario, con la conservación de la armonía entre los seres vivos. Si así fuera, los Na’vi serían mucho más avanzados que nosotros, sobre todo con personajes tan impresentables como los que ahí nos muestran.
Los pequeños resistieron el sueño sin problemas y vivieron la película, más que sólo verla. Disfrutaron de todos los detalles de Pandora, desde las imponentes montañas flotantes hasta el más pequeño insecto. Una pregunta a la salida lo resumió todo. “Papá ¿cuándo la vamos a volver a ver?” Y uno apenas arreglando su vida en estos mundos más bien descoloridos y sin un avatar que nos aliviane en los momentos de realidad pura y llana.

CORALINE: MEJOR LA GRIS REALIDAD QUE LA COLORIDA FANTASÍA

7 febrero 2009

A la memoria de Filemón Cázares, quien nunca dejó de invitarnos a mundos imposibles

Con los lentes bien puestos, que me hicieron recordar a los ratones del corto Viaje a la luna de Wallace & Gromit, mis tres pequeños acompañantes se acomodaban expectantes para disfrutar la nueva película de Henry Selick, el director responsable de la famosa y casi siempre de moda El extraño mundo de Jack (93), así como de Jim y el durazno gigante (96) y de Monkeyboone (00), también considerando la idea de otros mundos (im)posibles. Cuidadoso al extremo con sus proyectos, ahora retoma una historia escrita por Neil Gaiman, de quien recientemente se adaptó El misterio de la estrella (Vaughn, 07).

Seguimos a Coraline (Dakota Fanning / Ximena Sariñana), una niña que se muda a una vieja casona con sus padres, quienes están muy ocupados frente a la computadora y por ende, resultan bastante aburridos (cualquier parecido…). Pronto descubrirá una puerta que la lleva a un mundo paralelo con los mismos personajes en el que, faltaba más, ella es el centro de atención y donde todo resulta muy divertido y satisfactorio.

Pero como frente a tanta belleza uno tiende a dudar, sobre todo en los tiempos que corren, nuestra pequeña Coraline en su país de maravillas empezará a percatarse de algunas cosas que no checan, como los ojos de botón que tienen hasta las ranas. Al parecer los mundos que en primera instancia resultan atrayentes, esconden peligros sólo detectados cuando ya es demasiado tarde: mejor la gris realidad salpicada de rutinas interminables y de platos de acelgas.

Con esta premisa que recoge elementos de Hansel & Gretel, La historia sin fin de Michael Ende (esas invasiones de la nada), El Mago de Oz, la seminal Alicia con todo y su gato guía, y que recuerda las peripecias de Chihiro y su viaje, Selick construye un relato de aventuras y horror que en efecto logró ponerle los pelos de punta a mis acompañantes quienes, no obstante, no podían dejar de observar no sólo el desarrollo de los acontecimientos, sino el absorbente despliegue visual del film, potenciado por escapadas de la pantalla de ciertos elementos.

Aprovechando la técnica del stop motion para formato 3D con alta definición, Coraline y la puerta secreta (EU, 08), apuesta por una orgánica puesta en escena que combina con plasticidad tanto los fondos y las coreografías como los personajes, incluyendo a los extraños vecinos con rasgos expresionistas: un niño parlanchín regañado por su abuela; un par de actrices atemporales y un cirquero entrenados de ratones, además de una nutrida presencia de insectos, aves, flores y hasta algunas almas infantiles en pena.

El contrastante uso de los colores y el notable trabajo de edición tanto visual como sonora, así como las múltiples angulaciones de la cámara, le dan al relato un dinamismo intenso, sobre todo hacia la segunda parte, que remedian en buena medida la ausencia de humor y la poca simpatía de la protagonista, una niña que está dejando de serlo y que reciente la falta de atención de sus padres: ella bastante mandona y él como viviendo en su propia realidad paralela.

“Mejor nos quitamos los lentes para que no nos dé tanto miedo”, planteaban mis fieles compañeros, para rematar: “Hoy nos dormimos contigo papá.” Como podrán imaginar, lo que su servidor pensó en ese momento fue en escaparse al mundo paralelo de Coraline a realizar labores de jardinería, tocar el piano, esbozar una sonrisa anodina o algo así. En mis ensoñaciones, pensaba que ahora los niños podrían valorar a sus aburridos padres que, con todo, terminan por obsequiar los guantes cual símbolo de que no todo está perdido.

ABUNDANCIA FÍLMICA

Como ya se ha hecho sana tradición en nuestra Ciudad, esta época del año es la mejor en cuanto a materia fílmica se refiere. Por una parte, llegan a cartelera las películas consideradas para el Oscar y, por la otra, aterriza la Muestra Internacional de Cine, ahora en su quincuagésima edición que marca la despedida de Juan Meliá al frente del Instituto y a quien le deseamos mucha suerte en su próximo gran compromiso. Además, está la oferta del cineclub de la Casa de la Cultura coordinado por Gerardo Mares, ahora dándoles un breve repasada al musical. Hay un tiempo para todo: ahora parece ser Tiempo de Cine.

Nos leemos después.

Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx

EL LIBRO MÁGICO: LECTURA Y MUNDOS POSIBLES

31 enero 2009

Que uno pueda aventurarse por entornos desconocidos, viajar a lugares que ni en sueños, identificarse con personas a las que nunca se les verá la cara pero con la que se comparten las alegrías y penurias, y vivir aventuras inimaginables con sólo abrir un libro, es una realidad que ya nos había tocado experimentar. El problema surge cuando de pronto la historia y los personajes, en particular los villanos, se escapan de las páginas y se insertan en nuestro mundo, encontrándolo como el mejor lugar para vivir.

 

Con golosinas discretas que apenas sobrevivieron a los cortos y anuncios, incluyendo la nueva promoción anti-pirata que cada vez es más lamentable, chantajista y ridícula, la familia completa se hizo presente en el estreno de El libro mágico (Inkheart, EU, 08), cinta dirigida por Iain Softley (Backbeat, 94; K-Pax, 01; La llave maestra, 05) basada en el ídem de la alemana Cornelia Funke titulado Corazón de tinta –primera entrega de una trilogía- y que se inscribe, con todo y sus limitaciones, en la escalada de cine fantástico que juega con el encuentro de mundos tipo Las crónicas de Spiderwick (Waters, 07).

 

Un joven padre de familia que no sabemos bien a bien a qué se dedica (Brenda Fraser) descubre demasiado tarde que tiene el don de los “Lenguas de Fuego”, personas que al contar un cuento en voz alta pueden atraer a ciertos personajes a nuestra realidad y enviar a alguno de por acá a las páginas del texto. En una de ésas, su esposa (Sienna Guillory) se va a otro mundo y se queda con su hija, dedicado básicamente a intentar traerla de regreso. Nueve años después encuentra una copia del libro y la aventura por el rescate comienza.

 

Junto con su preadolescente retoño (Eliza Hope Bennett); la tía abuela de ésta en cuya mansión todo empezó (Helen Mirren); un ambiguo malabarista de fuego sacado de la susodicha novela que sólo quiere regresar (Paul Bettany); el propio escritor del libro (Jim Broadbent) y un joven de los cuarenta ladrones en proceso de adaptación a la modernidad, emprenderán la recuperación para enfrentarse a un villano y sus secuaces un cuanto tanto de caricatura.

 

Se busca una mayor coherencia narrativa que en Cuentos que no son cuento (Shankman, 08), por poner un ejemplo cercano, y algunos personajes alcanzan a transmitir sus anhelos e inquietudes. Se extraña un poco más de nervio y el guión se va tornando en exceso predecible y acartonado, situación que le resta emotividad al relato. Hay desperdicio de los seres fantásticos, aunque la inserción de El Mago de Oz funciona en términos narrativos.

 

La puesta en escena es funcional y la fotografía de pronto aprovecha algunos descuidos para mostrarnos hermosas panorámicas que se agradecen aunque no tengan mucho que ver con la historia. La idea del maquillaje con letras resulta pertinente, además de dotarles a los personajes cierto carácter difuso. Interesante resulta el planteamiento de cómo se encuentran personajes y creador y de qué manera se asumen como tales los primeros, un poco como habíamos visto en El show de Truman (Weir, 98) y Más extraño que la ficción (Forster, 06).

 

Mis pequeños acompañantes salieron satisfechos de la sala y aprovecharon para lucir su incipiente cinefilia señalando todos los pasajes que copiaban a otras películas, según ellos, y reconociendo a algunos de los actores (ojalá Helen “La Reina” Mirren no se entere que fue comparada con la abuela de Buza Caperuza); al que no pudieron identificar fue a Andy Serkis, mejor conocido como el Gollum, interpretando al maloso Capricornio. Una película pasajera, como este incierto inicio de año. 

 

Nos leemos después

 

Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx