Posts Tagged ‘Naturaleza del mal’

EL LISTÓN BLANCO O CÓMO EL MAL NO SIEMPRE FUE BANAL

25 septiembre 2012

El Mal se anida de manera silenciosa entre la represión, el dogmatismo, la ignorancia y la negación de la posibilidad para la reflexión: la obediencia irrestricta aún en la injusticia parece ser la única conducta viable. Las relaciones personales se basan en la independencia y la verticalidad, donde siempre uno manda, uno decide, uno impone: el otro, agacha la cabeza y asiente. Las puertas se cierran y en la intimidad de las habitaciones desaparece la bondad y el amor a Dios, solo para dar paso al castigo como forma privilegiada de aprendizaje y a la humillación como manera de vincularse con los demás. La ley de la selva con un falso barniz de espiritualidad religiosa.
Un campo fértil para que la violencia ya no solo simbólica (Bourdieu dixit), sino física y explícita, vaya emergiendo hasta alcanzar un estado de naturalidad y, al mismo tiempo, se ejerza como una reacción soterrada para alterar el estado de las cosas, el orden impuesto por los adultos hombres con cierta posición social o económica. Mientras tanto, las formas de rebeldía apuntan hacia la misma racionalidad destructiva, enfocada a quien se merece un correctivo ejemplar, a aquél que por alguna razón es diferente o considerado inferior o a quien representa, incluso sin quererlo, algún tipo de poder, ya sea económico, político o social: clases y generaciones enfrentadas.
Con solo tres años de retraso, después de ganar la Palma de Oro en el Festival de Cannes del 2009, el premio a la mejor película europea y el Globo de Oro, por fin llega a nuestra ciudad en formato de video, desde luego, El listón blanco (Alemania, 09), una de las grandes películas de la década pasada que confirmó al director austriaco Michael Haneke (El séptimo continente, 89; 71 fragmentos para una cronología del azar, 94; El castillo, 97; Amor, 12) como uno de las principales realizadores contemporáneos, capaz de crear un mundo propio en el que la perversidad, de manera velada o al descubierto, se confronta con la posibilidad de la armonía, usualmente mantenida solo de manera epidérmica.
En un pueblo al norte de Alemania, tres o cuatro años antes del estallido de la Primera Guerra Mundial, empiezan a suceder eventos que trastocan el férreo devenir de la vida cotidiana, cuya concatenación parece responder a una lógica de castigo o desprecio hacia ciertos personajes de la comunidad, niños y adultos. La vida transcurre entre la faena, la escuela, la fiesta de la cosecha y la misa dominical, pero al terminar o a media jornada, como una especie de Luz silenciosa (Reygadas, 07), surgen conflictos relacionados con la violencia doméstica, explotación laboral, abuso infantil, necesidad de venganza, secretos escuchados solo por los pasillos hogareños: doble moral.
Narrada por el maestro del pueblo (Christian Friedel), ya en su vejez y como tratando de entender qué sucedió, la cinta se ha interpretado como una explicación de la situación que privó en el país veinte años después, cuando la aparición del nazismo respondió a factores raciales, ideológicos, sociales y también económicos y morales: la generación de los niños de esta época es la que condujo las riendas de Alemania durante los años 30´s y 40´s del siglo pasado. ¿Qué fue lo que aprendieron a partir de la transmisión cultural de sus padres y maestros? ¿Con qué principios morales se formaron? ¿En qué contextos se desarrollaron?
Con marcada influencia de los grandes maestros Bergman y Dreyer, el director de El video de Benny (92) y La pianista (01), construye una narrativa seca, basada en una cámara por momentos de una quietud apabullante que guarda su distancia y que se entromete en la vida del pueblo, a manera de extrapolación de la condición humana en contraste: un pájaro amenazantemente sacrificado y otro amorosamente cuidado para su remplazo, todavía donde cabe un acto de bondad. Un Código desconocido (00) amenaza con apropiarse de la convivencia social en el que se permiten Juegos divertidos (97) y Juegos sádicos (07) que apuntan hacia la llegada de El tiempo del lobo (03).
La iluminación en interiores, desarrollada a partir de la luz natural y de las lámparas de aceite de la época, le brinda ese tono entre lúgubre y aparentemente meditativo que contrasta con ciertas tomas en exteriores de una plástica absorbente, reforzada por el riguroso blanco y negro, en el que los planos generales denotan los rasgos esenciales de este pueblo chico, pronto convertido en un infierno a fuego lento avivado por el rígido Pastor (Burghart Klaußner); el siniestro doctor (Rainer Bock) y la partera (Susanne Lothar); el barón cual señor feudal (Ulrich Tukur) y su esposa (Ursina Lardi); el administrador, los granjeros y un grupo de niños lidereados por la hija del primero (Maria-Victoria Dragus).
Como sucediera en Caché: observador oculto (05), donde el encuadre final a la salida de la escuela puede ser revelador, aquí la cámara se posa en el altar de la iglesia y permite que veamos cómo van llegando todos los feligreses -el Pastor incluido sentándose en una de las bancas- cuando la Guerra ha estallado y todo en la aldea parece volver a una frágil normalidad. Fundido a negro, créditos en silencio. Un filme que admite interpretaciones múltiples, desde sicológicas hasta sociológicas, pasando por una mirada filosófica. Un listón blanco que lejos de purificar, solo termina estigmatizando. Una obra maestra.

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JUEGOS SÁDICOS: EL MAL COMO PERVERSIÓN LÚDICA

20 diciembre 2008

Mucho se ha reflexionado en torno a la banalidad del mal. Hannah Arendt reflexionó en torno a esta idea mientras cubría para el New Yorker en Jerusalén el juicio contra el criminal de guerra nazi Adolf Eichmann, durante 1961. Formar parte de un entramado de exterminio que absorbe la responsabilidad individual, ausencia de conciencia sobre lo que se está haciendo, imposibilidad de reflexionar en torno a los actos cometidos: la culpa persiste, desde luego, pero acaso habría necesidad de replantearse ciertas concepciones en torno a la naturaleza del mal.
Mirar el mal desde la perspectiva del sadismo, nos conduce por otros territorios, acaso de índole psicopatológico; convertir el daño al otro en un juego de poder no parece ser muy distante: los niños que se divierten lastimando pequeños animales; los compañeros escolares que humillan al más débil hasta hacerlo llorar (era una broma, dicen); y desde luego, la práctica de la tortura en la que se esconden, además de móviles políticos o de seguridad, perversiones lúdicas que buscan satisfacer esa enferma necesidad de sentirse superior a los demás, aunque en la realidad no hagan sino degradarse a sí mismos.
El director austriaco-alemán Michael Haneke (71 fragmentos para una cronología del azar, 94) consiguió una perturbadora aproximación al mal como pasatiempo juvenil en Juegos divertidos (Funny Games, 97), reflexión profunda acerca de la violencia y la crueldad humana en apariencia sin motivo alguno, un poco en la línea de Naranja mecánica (Kubrick, 71), pero sin experimentaciones de por medio, más bien productos de una sociedad que parece haber extraviado sus límites de contención pretendiéndolos sustituir con muros fronterizos.
Ahora, como lo hicieran Capra, Hitchcock y Shimizu, ha realizado un auto remake titulado acá Juegos sádicos (EU, 07), con la presencia de Tim Roth, Naomi Watts, Michael Pitt y Brady Corbet, manteniendo la esencia de su origen y confirmando algunas de sus temáticas recurrentes como la crítica a los medios y su vinculación con la juventud (El video de Benny, 92), así como sus propuestas de trastocamiento del lenguaje cinematográfico como en Código desconocido (2000).
Interesado en lanzar algunos de sus dardos a las élites económicas y culturales como en La pianista (02) y en la angustia contenida de Caché: Observador oculto (05), el realizador de El tiempo del lobo (03) coloca a una familia acomodada que va a su casa de campo para pasar una vacaciones: un picado captura la camioneta en donde padre y madre juegan a adivinar qué disco está puesto, ante la presencia interesada del hijo (Devon Gearhart).
De escuchar a Mozart y Händel se establece un contraste radical con la aparición sonora del incansable explorador vanguardista John Zorn y la agresividad gutural de Mike Patton. Un pequeño anuncio, desde la selección musical del film, de lo que está por venir: en torno a un lago, un conjunto de casas que van recibiendo la visita inesperada del mal en una cadena que se va eslabonando siniestramente y sin fin probable a la vista. Es la invasión de un mundo cada vez más enfermo al engañosamente seguro entorno familiar para vivir Horas desesperadas (Wyler, 56).
En efecto, Haneke plantea un claro contraste: los jóvenes educados ataviados con guantes y vestimenta impecablemente blanca, en apariencia con un desarrollado sentido de convivencia social, que resultan ser, porque sí, sádicos profesionales con sensaciones de compasión, culpa o remordimiento totalmente canceladas: no sabemos nada de ellos e incluso se dan el tiempo de inventarse pasados traumáticos. Sus nombres son, con toda la carga referencial del caso, Pedro y Pablo, aunque gusten de llamarse Beavis y Butthead.
Al apoderarse de la situación y someter a la familia sin alterarse en ningún momento, establecerán una serie de juegos macabros en los que se tiene que participar, quiérase o no. La quietud de la cámara juega un papel central en la construcción de encuadres cargados de claroscuros y largos planos que aumentan la ansiedad, siempre fortalecida por el enfático manejo del fuera de campo en el que los sucesos referidos terminan por ser devastadores mientras la toma captura un hecho intrascendente: la preparación de un alimento y el sonido de un balazo.
Haneke también juega con nosotros, los espectadores, enfatizando la idea de no permitir concesiones, en contraposición a cierto cine hollywoodense que justo se sustenta en los pactos no escritos con el público: ahí está el rewind cuando habíamos pensando que por fin la víctima le aplicó su justo castigo por cochino proceder a uno de los victimarios. Humor macabro que pone las neuronas de punta sin siquiera permitir el esbozo de una sonrisa nerviosa.

Nos leemos después.
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WDZ: LOS EXTREMOS DE LA CONDICIÓN HUMANA

29 noviembre 2008

¿Somos seres solidarios por naturaleza o sólo un conjunto de genes diseñados para sobrevivir? Con esta pregunta no exenta de cierta trampa, vale la pena reflexionar sobre la condición humana en cuanto a su egoísmo o su capacidad de anteponer el bien del otro al propio: a lo largo de la historia, hemos visto que predomina lo primero, aunque ciertos casos nos permiten afirmar lo segundo. Eso sí, a una persona se le conoce en situaciones límite, cuando el miedo parece apoderarse de la posibilidad de sobrevivencia.
Llamada a convertirse en película de culto, WDZ (Reino Unido, 07) centra su premisa en cómo es posible demostrar la inexistencia de tal cosa como el amor y de toda pizca de altruismo en la naturaleza, de la cual somos parte. Dirigida en tono angustiante por Tom Shankland, seguimos a un hosco detective (Stellan Skarsgard) y a su compañera (Melissa George) en la investigación de una serie de crímenes en los que aparecen parejas de cadáveres con una relación afectiva (una pareja que espera un bebé, unos hermanos gemelos) en cuyos cuerpos aparece la ecuación del título.
Los asesinatos se dirigen a miembros de una banda delincuencial que salieron libres de un caso de indescriptible horror en el que parecían estar involucrados; las pesquisas llevan a un laboratorio de experimentación con animales en el que se hacían pruebas para verificar, justamente, la ecuación del título: ¿somos capaces de soportar dolores extremos y dar la vida por un ser querido, antes que matarlo? Es el proceso de la investigación y las propias motivaciones de los involucrados los ejes argumentales que sostienen la inquietante premisa.
Con cámara en mano siempre alterada y continuos close-ups, se retratan las calles neoyorquinas (filmadas en Belfast) saturadas de podredumbre y miedo: las tomas se desarrollan con la inmediatez de un falso documental, acechando cual miedo que se respira en el ambiente. No faltan las escenas shock, incluyendo tormentosos flashbacks, sólo aptas para estómagos fuertes en las que se enfatiza la angustia por matar y no morir, cuando sólo se tienen esas dos opciones.
El transcurrir nocturno no da cabida a ningún tipo de combinación cromática: las texturas son áridas, deslavadas, cochambrosas. Las interpretaciones, incluyendo a Selma Blair, consiguen expresar la asfixia existencial de los personajes en un contexto donde el sol se resiste a salir. Premeditadamente, sabemos poco de los policías y del resto de los involucrados, atrapados en una espiral de la que se han convertido en causa y efecto.
La violencia explícita nunca es gratuita, si consideramos las intencionalidades narrativas, y el despliegue del discurso de la venganza se propone como un entramado que se orienta a justificarla, acaso confirmando la mentada ecuación. Más allá de El juego del miedo de carácter justiciero en abstracto, estamos frente a una reacción que dado el daño causado, nos pone a pensar acerca de los principios relacionados con la máxima de poner la otra mejilla.
Una madre que no se sacrifica por su hijo, un nieto que prefiere matar a la querida abuela, policías que dejan correr la sangre y una serie de situaciones en las que la maldad se impone como forma de relación. Estamos frente a una película de fuerte contenido y de apabullante puesta en escena de la cual es imposible salir ileso. Para revolver entrañas y conciencias. Para sentir miedo frente a la pantalla.

Nos leemos después.
Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx

ESPEJOS EXTRAÑOS E INVISIBLES

18 octubre 2008

Cintas que rondan el intangible fenómeno del mal con desigual fortuna, aprovechando premisas inquietantes o desperdiciándolas, según el caso. Veamos.

LA CASA TOMADA
Inspirada, según se plantea al inicio, en sucesos reales, Los extraños (EU, 08) marca el afortunado debut de Bryan Bertino quien consigue construir una inquietante atmósfera en la supuesta seguridad del hogar, como ya lo habían explorado filmes como Funny Games (97), Ellos (06) y muchas más orientadas al terror más convencional. La maldad sin razón alguna invade la casa y convierte una ya previamente fallida cena romántica, en un macabro evento sin ningún sentido aparente.
La vuelta a la reflexión sobre la banalidad del mal encuentra en esta práctica narrativa un referente claro, no obstante el fallido e innecesario desenlace. ¿Por qué? Es la pregunta que se formula una pareja en trance de ruptura (Lyv Tyler y Scott Speedman, creíbles) que sólo espera pasar la noche para que cada quien tome su camino: algo sucedió en la fiesta previa que provocó un cambio radical de planes, aunque la historia no explica de manera satisfactoria porqué seguían juntos.
Notables resultan el manejo del tiempo fílmico y el encuadre en extenso, plagado de planos medios que capturan la angustia de la que irremediablemente formamos parte, así como el parsimonioso desplazamiento de la cámara que permite ubicar a los asesinos enmascarados acechando tranquilamente a las víctimas. El juego del gato y el ratón se trasciende por la incertidumbre de las motivaciones y por la metáfora del encierro como única y dudosa posibilidad de salvamento. El mal anónimo y sin causa alguna, haciendo que gire la vieja tornamesa.

EL ESPEJO SE RAJÓ DE PARTE A PARTE
Si la idea central hubiera retomado por lo menos una de las ideas de Borges acerca de los espejos, otra película nos cantaría. En cambio, se optó por un guión lleno de incongruencias, arbitrariedades y sin ningún tipo de profundización, apenas interesante por la vuelta de tuerca final: lástima, la historia ya nos había perdido y lo que sucediera con los personajes había dejado de preocuparnos, no obstante ciertas secuencias impactantes y visualmente bien construidas.
Dirigida por Alexandre Aja (El despertar del miedo, 03; El despertar del diablo, 06), Espejos siniestros (EU-Rumania, 08) recurre a una serie de clichés, desde las características del personaje protagónico (Kiefer Sutherland) hasta el desarrollo de los eventos, en los que se percibe cierto desperdicio de una atractiva premisa base cuyo potencial era enorme. No alcanzan la adecuada edición y los efectivos recursos visuales para salvar esta obra que se quedó en el intento o que optó más por la taquilla inmediata que por la trascendencia.

CULPAS SOBRE LAS OLAS
Recién llegada en formato de video, Amenaza invisible (Invisible Waves, Tailandia, 06) es una extraña película que combina cierto humor con una historia de culpa en la que seguimos a un hombre, del que sabemos muy poco, en proceso de huída tras haber envenenado a la pareja de su jefe, por órdenes de éste, y con quien tuvo una aventura. La invisibilidad como último refugio para evadir culpas y amenazas.
Dirigida por Pen-Ek Ratanaruang (La última vida del universo, 03) la cinta se estructura a partir de un largo y anticlimático flashback que entronca con el prólogo, para dirigirse a una inquietante resolución. Una cinta que apuesta al desconcierto, entre el absurdo y la mirada pausada.

Nos leemos después.
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EL CABALLERO DE LA NOCHE: DE HÉROE A VIGILANTE

19 julio 2008

La nueva saga cinematográfica de Batman ha tomado un camino más oscuro y realista que la realizada por el maestro Tim Burton. En la primera entrega (Batman inicia, 05) nos fuimos al origen del personaje con toda su carga de vengador anónimo obligado a llevar una doble vida, como suele sucederle a los héroes de tal envergadura: la misión autoimpuesta se vuelve liberadora y esclavizante por partes iguales. La imposibilidad de llevar una vida normal es causa y efecto de su propia maldición.

Christopher Nolan ha construido una trayectoria fílmica en la que los personajes han sufrido pérdidas y cargan con un sentimiento destructivo, además de verse envueltos en laberintos indescifrables: un escritor persecutorio se vuelve víctima de la persecución (Following, 98); un vendedor de seguros atrapado en la desmemoria sólo encuentra sentido en una frenética carrera vengativa (Amnesia, 00); un policía insomne padece los estragos de una culpa corrosiva (Insomnia, 02); un mago acorralado en perpetua competencia inalcanzable frente a su adversario, buscando El gran truco (06).

Batman: El caballero de la noche (EU, 08) consigue llevar al cine basado en historietas a un sitio que ninguna otra cinta del subgénero había alcanzado. Con una inusual densidad dramática y profundidad argumental, la reciente entrega del yuppie de día, justiciero de noche, entra en los pantanosos terrenos de la supuesta ausencia de grises en el comportamiento moral; en la figura del guasón se ejemplifica la banalidad del mal: no hay razones aparentes ni motivaciones claras, sólo la sociopatía de la destrucción; el caos y la anarquía como banderas de vida.

Convertido en su propia pesadilla, representada por murciélagos implacables, Batman es una cara de la moneda, complementada por el Guasón, su antagonista por antonomasia: son tan opuestos y tan parecidos, como lo simboliza un tercer personaje, acaso encarnando ambos lados: Harvey Dent es un héroe pero puede ser un monstruo, puede ser uno u otro o los dos al mismo tiempo. Este triángulo de personajes resulta ser la base para el desarrollo de una historia que sabe soltar diversos cabos e irlos amarrando de manera consistente, por más pequeños que sean.

Con el apoyo de ciertas secuencias filmadas en el formato IMAX, como la del asalto al banco por ejemplo, que le brindan a la propuesta fílmica una sensación de absorbente visualidad, y una combinación enfática de tonalidades que van del verde azulado al rojo y de ahí a cierta predominancia de negros y blancos, el filme termina siendo un espectáculo cargado de sentido. La fotografía de Wally Pfister, aprovechando los juegos de iluminación para fortalecer la dualidad de los personajes, consigue involucrarnos en los diversos contextos, empleando la profundidad de campo del búnker de Batman, retratando los laberintos al interior de los edificios e intercalando tomas panorámicas a manera de falsa calma.

El diseño de arte opta por fortalecer el realismo de la propuesta con escenografías de grandes centros urbanos y vestuarios que contrastan a la ciudadanía en general, incluyendo a los mafias de diversos grupos étnicos, con los freaks circundantes, particularmente el Guasón con todo y siniestro maquillaje descompuesto. Para provocar una experiencia fílmica total, la fluida edición sorprende por su capacidad para convertir las más de dos horas de duración en un suspiro, mientras que la banda sonora juega un papel crucial, tanto por los efectos de sonido como por la música incidental y el tensionante efecto de un teclado amenazador.

La notable interpretación de Heath Ledger, cuya muerte reciente le imprime un tono aún más perturbador, se acompaña de un sólido reparto encabezado por los eficaces Christian Bale y Aaron Eckhart, así como los siempre solventes Michael Caine, Morgan Freeman y Gary Oldman. A diferencia de la anterior entrega, el rol femenino cobra mucha importancia (acá interpretado por Maggie Gyllenhall) en un entorno saturado de testosterona en el que no se escatima la violencia gráfica y el correr de la adrenalina.

Acaso estamos frente a la mejor película que se ha realizado sobre un cómic y que se convertirá en un modelo fílmico a la hora de incorporar estos personajes normalmente tratados de manera esquemática y maniquea. No se había llegado, en este tipo de films, a inmiscuirse en la condición humana, como lo ha logrado esta nueva entrega de un héroe no querido, pero sí necesario.

Nos leemos después.

Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx