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CUANDO LOS HIJOS MUEREN

27 abril 2017

La vida se convierte en sobrevivencia, en una batalla cotidiana frente a la tentación de morir lo más pronto posible y encontrarle algún sentido al hecho de seguir despertando cada mañana. Al dolor de la pérdida, se le suma el frecuente enfriamiento emocional entre los padres y la dificultad de continuar adelante con los otros hijos, si es el caso. El sentimiento de culpa, mientras tanto, ronda con crueldad los pensamientos incluso cuando no hay justificación, acechando constantemente y atacando el frágil equilibrio a la menor provocación. Un par de filmes en los que el tema se aborda desde perspectivas distintas. Como dice alguno de los personajes, la muerte de un hijo es como tener un permanente grito atorado en las entrañas.

LO QUE PERDIMOS EN EL FUEGO NO ESTÁ EN LAS CENIZAS

Escrita y dirigida con amplio sentido realista por Kenneth Lonergan (Margaret, 2011), dándose tiempo para hacer una breve aparición frente a cámaras increpando al protagonista, Manchester junto al mar (Manchester By the Sea, EU, 2016) es un contenido drama acerca de la pérdida más dura de sobrellevar, que incluso se atreve a insertar un sutil humor sin perder fuerza y que contribuye, al contrario, para profundizar en la cercanía de las situaciones y reacciones de los diferentes personajes y los cambios en los vínculos que establecen entre sí, en particular después de la tragedia central del relato.

Un hosco milusos que atiende los departamentos de varios edificios, recibe la noticia del fallecimiento de su hermano y la consecuente solicitud de que se convierta en el tutor de su sobrino, un adolescente entre simpático, listo, demandante y conflictivo (o sea, un adolescente). Como cabría esperar, la dinámica entre tío y sobrino, que convivían y jugaban años atrás, resulta en principio espinosa y áspera pero al fin afectuosa: ambos se encuentran con una circunstancia que no saben manejar pero que tendrán que afrontar, al menos mientras se ajustan las cuestiones legales y se toman las decisiones sobre el destino del joven.

Con ruptura de la linealidad temporal, más como una estrategia narrativa que como un mero artilugio desgastado, conocemos pasado y presente de este hombre, alguna vez casado y padre de dos hijas, parte de la comunidad y con una relación cercana con su hermano mayor, en dificultades matrimoniales por el alcoholismo de la esposa. Hoy carga una culpa imposible de digerir que asalta sus recuerdos y busca ser castigado, ya sea provocando peleas en los bares o aislándose de cualquier posibilidad de establecer una relación personal, en tanto su ex esposa ha intentado reconstruirse con una nueva pareja.

A la discretamente dolorosa interpretación de Casey Affleck, en la línea de sus papeles en El asesinato de Jesse James por el cobarde Tom Ford (Dominik, 2007), Desapareció una noche (Affleck, 2007) y El asesino dentro de mí (Winterbottom, 2010) se añaden notables secundarios como el joven Lucas Hedges, entre el sarcasmo y el miedo al congelamiento; Kyle Chandler como el hermano apoyador y Michelle Williams, conduciendo notablemente a su personaje a través de un proceso de transformación.

Una foto paisajística y recurrente, acompañada de Handel y Albinioni, contrastando con Ray Charles, Bob Dylan y Ella Fitzgerald, captura los parajes nevados que congelan la posibilidad de seguir adelante, expresada en las miradas extraviadas del protagonista, al tiempo que la notable edición contribuye al ensamble de las secuencias viajando en doble dirección temporal, con el necesario tono dramático y costumbrista, orientado a construir personajes que a pesar de todo terminan por ser entrañables.

ManchesterEl director vuelve a explorar las dificultades del regreso a casa como en Puedes contar conmigo (2000), ahora ubicando el contexto geográfico en Manchester-by-the Sea, un pequeño pueblo de Essex, Massachusetts, nombrado así a partir de 1989 y habitado por poco más de 5,000 personas (censo del 2010), en su mayoría de raza blanca. En este ámbito donde es difícil que exista el anonimato, los intentos por reinsertarse después de haber pasado tiempo fuera y con el estigma de la dolorosa experiencia, serán víctimas de los prejuicios y del auto sabotaje.

Acaso se tiene la esperanza de reparar el pequeño barco como vehículo para explorar los alrededores marítimos y, en su caso, escapar de una realidad incierta y apremiante, apenas soportada por el apoyo de alguna pareja de amigos y la necesidad de resolver trámites pendientes, cual terapia ocupacional siempre interrumpida por algún recuerdo que se clava en el alma: olvidar dónde se dejó el coche, jugar con una pelota y mirar directo hacia el mar, esperando que puedan emerger respuestas o, al menos, sumergir la tristeza en el horizonte.

SUPERAR EL DOLOR

Dirigida con buen sentido de la tensión por Karyn Kusama, La invitación (EU, 2015) aborda desde la lógica del thriller el duro tránsito de una ex pareja, actualmente en compañía de otras personas, para superar la muerte de su hijo. Tras dos años de separación, Eden (Tammy Blanchard) y su novio actual (Michiel Huisman) organizan una cena a la que asiste el ex marido Will (Logan Marshall-Green) y su pareja (Emayatzy Corinealdi), entre otros viejos amigos; a la reunión llega una joven extrañamente confianzuda (Lindsay Burdge), de esas que te dicen que te quieren sin conocerte y un misterioso hombre (John Carroll Lynch), quien cuenta una triste historia acerca de su esposa, demasiado personal para estar frente a un grupo de desconocidos.

La reunión va tomando un giro inesperado cuando los anfitriones muestran un video de alguien que muere pacíficamente para después proponer algunos ejercicios grupales sobre confesiones de secretos, deseos y asuntos por el estilo, a la manera de grupos de autoayuda sospechosamente sectarios. Will intuye que algo raro flota en el ambiente: ya no reconoce a su ex mujer, todos se comportan muy amables y tendrá que dilucidar que está pasando, mientras el dolor de la muerte de su hijo lo invade sin misericordia, sobre todo ahora que volvió a la casa donde lo crió.

De premisa interesante, si bien por momentos predecible y recurriendo a algunas reacciones incomprensibles (como la de no salirse de la reunión cuando surgen las dudas, como sí lo hizo una de las invitadas), el filme funciona con su mezcla de drama familiar, angustia existencial y crítica directa a las puertas falsas y soluciones únicas, sobre todo cuando se quieren imponer a los demás, manipulando con dogmatismos sacados de la manga y tomando decisiones que invaden la alternativa de vivir el propio dolor.

 

FOXCATCHER: POBRE NIÑO RICO

6 junio 2015

El cineasta Bennett Miller (Nueva York, 1966), con solamente cuatro largometrajes en su trayectoria, se ha constituido como un especialista para recrear hechos y personajes de la vida real más allá de la mera descripción, a través de una cuidadosa construcción de personajes y contextos, soportada por una sólida dirección de actores, y una verosímil propuesta narrativa que conlleva a puestas en escena representativas de épocas y momentos. Un artista que hace cine de verdad, en todos sentidos, aprovechando temáticas diversas para revisar la condición humana.

Estas capacidades las puso en juego desde su documental The Cruise (1998), cinta sobre Timothy “Speed” Levitch, un chofer-guía de turistas en Nueva York que es un espectáculo en sí mismo, para continuar sus certeros retratos en Capote (2005), con un enorme Philip Seymour Hoffman, y en la beisbolera El juego de la fortuna (Moneyball, 2011), con Brad Pitt en el protagónico. Además, codirigió el documental corto The Question (2012), acerca de Tyrese, un sobreviviente de un nacimiento prematuro.

Con base en un guion de E. Max Frye y Dan Futterman, quien colaboró con el director en Capote, Foxcatcher (EU, 2014) es una de las mejores películas del año, gracias a una dirección sumamente enfocada que le mereció la Palma de oro a Miller, a un casting brillante y a una narrativa que trasciende la relatoría de un suceso de alguna página roja o revista escandalosa de la farándula, para convertirlo en un detenido análisis microsocial que alcanza la condición psicológica de los involucrados.

DUPONT Y SU HEREDERO

Dupont es una de las empresas emblemáticas de los Estados Unidos con 200 años de vida; de acuerdo al texto de Bárbara Anderson (Milenio, 24/03/2015), México fue el primer país en donde abrió una filial hace 90 años. Ha entrado fuerte al campo de la energía, alimentos y protección, además de los tradicionales polímeros. La biotecnología será también parte de su ámbito de negocios y parecen saberse adaptar con velocidad a estos tiempos globalizados.

La historia sigue al heredero John du Pont y el vínculo que establece con los hermanos Schultz: primero con Mark, ganador de la medalla de oro en Los Ángeles 1984 y de los mundiales de Budapest y Clermot Ferrand, y después con Mark, el entrenador y mentor de éste. La idea es que se incorporen a su equipo de lucha grecorromana y prepararse para varios torneos y en especial la Olimpiada en Seúl de 1988. Fanático de este deporte, tiene su propio equipo, que le da nombre al film, y se dedica a reclutar candidatos para convertirlos veladamente en su propiedad, como en los resabios de la época esclavista.

De manera paralela asiste a celebraciones de beneficencia y apoya proyectos diversos, haciendo caravana con sombrero ajeno gracias a su apellido, al tiempo que cultiva su gusto por las aves y su interés por las colecciones; de mentalidad conservadora y peligrosamente nacionalista, pregona un discurso anacrónico. La gran actuación de Steve Carell nos conduce por su personalidad contradictoria, entre violenta, cercana y prepotente, sojuzgado por su madre y al fin falsamente filántropo, con inclinaciones hacia el consumo de la cocaína y a creer que la realidad se debe adaptar a él.

Todo está bien siempre y cuando los demás hagan lo que él quiere; mientras su voluntad sea cumplida y se mantenga la obediencia a sus dictados y caprichos, las relaciones con sus luchadores fluirán, no obstante la evidente compra de voluntades: una necesidad de ganar al punto de construir farsas para que algún juez le otorgue un triunfo frente a rivales también comprados. Y si hay dudas, ahí está la presencia de un tanque de guerra en su propiedad, nomás porque sí, la elaboración de un documental autobiográfico y la petición de que Mark se dirigiera a él como Águila dorada.

En el filme no se menciona que estuvo casado por un breve periodo, dado que su cónyuge lo dejó después de que la intentó asesinar, y durante los años noventa su frágil equilibrio mental terminó por fracturarse dado su comportamiento paranoico y megalómano, aunado a la confusión entre la realidad y la fantasía. Claro que el análisis puede alcanzar la relación con su padre, quien lo abandonó, y con su madre, de personalidad impositiva; además, está el caso de  Robert H. Richards IV, otro miembro de la familia sentenciado por abuso sexual a su propia hija.

FoxcatcherPor su parte, Chaning Tatum entrega también una intensa interpretación del luchador que alcanzó la gloria entre 1984 y 1986, para recorrer un camino de franco descenso tanto en autoestima como en independencia emocional y económica, sobre todo después de ser despedido como entrenador en Stanford. Mark Ruffalo, encarnando al hermano mayor y mentor del medallista olímpico, muestra su camaleónica capacidad para meterse en la piel de cualquier tipo, en este caso un hábil coach padre de familia y felizmente casado: Sienna Miller cumple con el breve papel de su esposa

Queda el magistral manejo de los silencios que acompañan a una cámara flotante, como en la simbólica secuencia donde libera a los caballos propiedad de su madre y recuerdo de su padre, interpretada con enfática y breve contundencia por la gran Vanessa Redgrave. El trabajo de edición da la pausa necesaria para que la historia se desarrolle a partir de una fotografía que refleja la angustia existencial de estos hombres, acaso atrapados en una extraña red social ausente de meritocracia, tejida con un score que acrecienta el desasosiego moral.

El tono del filme es contenido, evitando en todo momento el maniqueísmo o el desplante melodramático. Más bien construye con precisión el contexto relacional de estos personajes extraviados, cada uno por diferentes motivos, que terminan por encontrarse y alejarse sin terminar de resolver sus respectivas carencias. Se trata de una decidida reflexión acerca de la locura, el (falso) poder del dinero, la pérdida de la gloria y la dificultad para establecer vínculos afectivos más allá de la contaminación del egoísmo o de la imposición de las necesidades no resueltas.

EL REGRESO A CASA COMO SIGNIFICADO DE LA LIBERTAD

28 marzo 2014

A lo largo de nuestra historia como especie, hemos justificado y tratado de legitimar nuestra deshumanización de diversas maneras: creando leyes injustas y abusivas, (mal)interpretando a conveniencia los avances científicos y, una de nuestras favoritas, refugiándonos en una voluntad divina manejada con criterios absurdos y según los propios beneficios. Los genocidios y la barbarie perpetrada por una raza, etnia, religión o país sobre quien piensa o es diferente, encuentran una explicación que en realidad esconde las razones de fondo, más vinculadas con el poder y la hegemonía.
Con el paso de los siglos, estas formas de dominación se han desarrollados de manera más sutil, casi invisible: de ahí la importancia del concepto de violencia simbólica acuñado por el sociólogo francés Pierre Bourdieu. Una violencia que de pronto queda legitimada no solo por el victimario, sino incluso por la víctima y por la normativa imperante; digamos que se legaliza y los actos abusivos no se ven como tales, sino como parte de la convivencia normalizada. El arte puede ser, en este sentido, una posibilidad para develar este tipo de abusos silenciosos y socialmente permitidos que al final terminan por destruir todo intento por construir un tejido social armónico.
Tal es el caso del artista visual Steve McQueen (1969), quien además de consolidarse como un gran director fílmico, se ha distinguido por sus instalaciones visuales que le han dado la vuelta al mundo a través de varias exposiciones museísticas. De las mejores exhibiciones del 2013 en el área del video, según un par de críticos y curadores de la revista Art Forum, fueron Charlotte y View of Steve McQueen presentadas en el Schaulager de Basilea, en colaboración con el Art Institute of Chicago. En ambas, el espíritu transgresor se despliega a través de una edición absorbente: en efecto, uno se queda pasmado, exigido, intrigado y completamente atrapado por las imágenes y sus secuencias.
En el ámbito propiamente cinematográfico, el realizador londinense ha retratado el sufrimiento a partir de ciertas convicciones políticas, vía la desgarradora Hambre (2008), y detonado por una adicción al sexo que imposibilita el compromiso afectivo en Shame: Deseos culpables (2011). En ambos casos, la propuesta visual implica un reto para el espectador no por un tremendismo gratuito, sino por la intensa carga dramática del dolor, en diferentes contextos, expresados por estos personajes al fin librando una batalla en solitario, encarnados por su actor cómplice Michael Fassbender.
Ahora, con la producción de Brad Pitt, quien interpreta un papel tan breve como fundamental, McQueen presenta 12 años esclavo (12 Years a Slave, EU-GB, 2013), historia basada en las memorias de Solomon Northup, un hombre libre que vive con su esposa e hijos en Nueva York en 1841 y que acaba siendo engañado y secuestrado en Washington para ser vendido como esclavo en un humillante mercado manejado por un labioso gestor (Paul Giamatti, incontenible), veinte años antes de que estallara la guerra civil estadounidense, periodo conocido como antebellum.
Con la mira puesta en volver algún día a casa, el ahora esclavo en la región de Louisiana mantiene una postura contenida que lo lleva a enfrentar fuertes dilemas morales, primero en la plantación algodonera de un consecuente patrón al fin esclavista (Benedict Cumberbatch), incapaz de controlar a su propio supervisor (Paul D’ano), y después en la de un desequilibrado hombre que Biblia en mano justifica sus actos (el propio Fassbender, explosivo), mientras lidia con su cruel mujer (Sarah Poulson, implacable) y se encapricha con una atormentada esclava (Lupita Nyong’o, desgarradora), para quien la muerte en los pantanos resulta ser el mejor destino posible.

12 AÑOS ESCLAVO, EL RESTO ABOLICIONISTA
La estructura narrativa basada en el guion del también novelista John Ridley, integra una serie de flashbacks que presentan la vida en libertad del protagonista como un doloroso recuerdo que no consigue aliviar su situación actual de padecimientos y cautiverio, aunque lo motiva para no sumergirse en la absoluta depresión. Desde que viaja hacia su cautiverio, conoce las dos alternativas encarnadas por sendos compañeros de angustias: pelear o asumir, íntimamente relacionadas con la disyuntiva entre vivir o solamente sobrevivir.
En una plantación de caña de azúcar donde pasó algún tiempo, la cámara avanza entre la maleza abriéndose paso para revelarnos una jornada en la nueva vida del protagonista, que termina con el intento fallido de escritura y un incierto encuentro sexual. Gracias a la puntual edición, el armado de la tragedia que atrapa a Solomon transcurre con creciente intensidad dramática, a la que contribuye la notable interpretación de Chiwetel Ejiofor, capaz de sostener la cámara con el rostro derrotado o bien elevando paulatinamente el canto y quien entrega la actuación de su carrera.
Con el visceral sello de la casa a pesar de entregar su filme más convencional, McQueen dirige desde las entrañas resaltando el dolor en la carne y el espíritu, ya sea sosteniendo la cámara con firmeza en los momentos más difíciles y proponiendo encuadres de una dolorosa belleza plástica, cual composición lastimosa siempre con una iluminación de contrastes cortesía del cómplice Sean Bobbit –con quien trabajó en la instalación Western Deep en Sudáfrica y en sus filmes anteriores-, aprovechando los fondos oscuros para resaltar los amarillos emanados de las lámparas (la secuencia donde el patrón le reclama el intento de enviar una carta) y los azules nocturnos que prevalecen cuando todo aparenta estar en calma, aunque las almas sigan padeciendo las vejaciones resistidas a lo largo del día y esperando la misma rutina por el resto de la vida.
El filme se inserta en la vertiente del cine estadounidense reciente que coloca el tema de la esclavitud o de la represión racial en el centro del discurso, aunque ha sido un tema recurrente desde hace muchos años, como en Lincoln (Spielberg, 2013), El mayordomo de la Casa Blanca (The Buttler, Daniels, 2013) y Django sin cadenas (Tarantino, 2013), así como de cineastas que han insistido en darle espacio a esta vergüenza nacional, como el caso del director Spike Lee. No obstante, la obra consigue trascender los contornos específicos del contexto abarcado para convertirse en un canto de protesta hacia las injusticias que comete un grupo humano sobre otro, sea por motivos raciales, religiosos, económicos o sociales.12 años esclavo
Las ideas abolicionistas y la puerta de esperanza pueden venir desde donde menos se espera: un canadiense errante con un discurso de avanzada, hábil para construir donde todo parece que se derrumba, empezando por los lazos mínimos de humanidad. Quizá Dios a su debido tiempo se encargue de cada uno, como plantea Mistress Shaw (Alfre Woodard), pero mientras la justicia parece nunca llegar acá en la Tierra, la expectativa se mantiene intentando negociar el envío de una carta o escapándose alrededor de los bayous solo para confirmar que la muerte acecha en cualquier páramo.
Un violín ahora destrozado que solo sirvió para acompañar bailes de máscaras o falsos festejos en los que únicamente se puede danzar alrededor de la injusticia y la melancolía forzada, exaltada de manera auténtica en los cánticos que acompañan la pizca de algodón o el triste entierro y que dieron origen a uno de los géneros musicales de mayor riqueza en la actualidad. La época histórica se recrea no solo desde el énfasis en los vestuarios y utensilios, sino en la expresión de la mentalidad imperante, así como en los usos y costumbres.
El emotivo tema central de la banda sonora compuesta por Hans Zimmer aparece de manera recurrente, por momentos para acompañar las penurias experimentadas por los esclavos y en otros para elevarse junto con ciertas tomas contextuales, meciéndose junto a los tristes árboles cargados de musgo colgante que bloquean la oportunidad de poder mirar directamente al cielo y preguntar qué es lo que está sucediendo con la humanidad.

MUD: EL RÍO COMO HOGAR Y ESCAPE

23 septiembre 2013

Entre las diversas vertientes fílmicas estadounidenses, el llamado cine independiente tuvo un auge importante durante la década de los noventa del siglo pasado (aunque heredero de las obras de finales de los sesenta), sobre todo porque empezó a llegar a un mayor público y tuvo una difusión que trascendió el territorio de los festivales.
Un cine en el que prevalecen los retratos de gente común, alejado de grandes producciones y centrado en las emociones, vivencias y experiencias de los personajes, interpretados primero por actores desconocidos y después por rostros reconocibles, que alternan las cintas mainstream de los estudios con producciones más discretas, aunque con frecuencia de mayor profundidad.
En esta tendencia se inscribe El niño y el fugitivo, (Mud, EU, 2012), notable ejemplo de cómo contar un historia a través de imágenes evocativas, cargada de diálogos sensibles y creíbles, con motivos e intenciones claramente visibles e inteligentemente develados: una serie de situaciones cocinadas a fuego lento en las que se van involucrando hechos pasados con consecuencias presentes y miradas hacia un incierto horizonte de futuro, a pesar de las cruces protectoras contra los malos espíritus.
Escrita y dirigida por Jeff Nichols (Shotgun Sories, 2007), quien vuelve a posar su mirada en una comunidad entre la ruralidad y el urbanismo como lo hiciera con Atormentado (Take Shelter, 2011), la cinta se centra en la relación que establece un hombre en estado de huida con dos preadolescentes que deciden ayudarlo para cumplir con sus propósitos: el vínculo se va fortaleciendo, además, porque este efímero Robinson Crusoe comparte con uno de ellos la difícil toma de conciencia acerca de la finitud de las relaciones amorosas: por más que duela, en determinadas circunstancias, conviene sepultarlas.
Es así como se va entendiendo que el amor no puede ser sencillo: la historia termina siendo un proceso de intensa educación sentimental, conformado por momentos de alcance poético –las aves en el cielo y en las manos, el beso silencioso- con otros de violencia directa que deja marcas en el rostro y en el alma apenas insertándose en el campo de batalla de las relaciones de pareja. Pero también la terquedad de la realidad termina por ser contundente para aprender a desaparecer con lacónico despido a la distancia, cuando ya no hay nada más que construir.
El conflicto central se instala para empezar a incorporar otro tipo de problemas, como si se tratara de una serpiente de río apoderándose del contexto cargado de rencillas añejas, vínculos fracturados y secretos por develarse. En el asoleado panorama, cada vez quedan menos espacios para esconderse, incluso para las ostras irremediablemente capturadas por ese buzo de cabeza metálica con luces incandescentes. El hogar queda a expensas de la destrucción simbólica y la balsa sobre el árbol se convierte en la última esperanza para navegar por otras aguas.
MudMientras que el espíritu de Mark Twain se pasea libremente por los parajes agrestes, justo como el Mississippi, la historia va incrementando la tensión de manera paulatina, como dando tiempo a que las situaciones queden por completo narradas y las relaciones totalmente establecidas: este ritmo narrativo le confiere al film una particular emotividad que se desliza casi de manera silenciosa pero que llegado el momento de la conclusión, ya estamos metidos hasta el cuello en las emociones generadas.
La música country, particularmente expresada a través de sutiles guitarras que abren o cierran episodios definitorios, contribuye a la creación de la atmósfera del Estados Unidos alejado de las grandes ciudades y los suburbios relucientes, retratado en filmes recientes como Una niña maravillosa (Zeitlin, 2012); Invierno profundo (Granik, 2010), Río Helado (Hunt, 2008), Río maldito (Estes, 2004) y, desde luego, Cuenta conmigo (Reiner, 1986), basada en la novela de Stephen King: en efecto, detrás del poderío imperial subsisten pequeñas comunidades a las que la mano invisible del mercado parece nunca haber tocado, como ésta ubicada en Arkansas.
El director sabe sacar provecho de sus intérpretes tanto adultos como infantiles: Matthew McConaughey entrega una sólida actuación como este forajido eterna y enfermamente enamorado, mientras que Tye Sheridan (El árbol de la vida) encarna con verosimilitud al joven en proceso de soltar los puños y abrir los ojos al mundo, junto a su inseparable amigo (el debutante Jacob Lofland), al tiempo que resiste una relación a punto de romperse entre sus bienintencionados padres (Sarah Paulson y Ray McKinnon).
Además, el filme es una muestra de cómo presentar y desarrollar a personajes secundarios: ahí está el hermano vengador y su padre, alejados de la hueca figura de los villanos inmisericordes; de la novia detonadora del conflicto (Reese Witherspoon, buscando el anti-glamour); del tío buscador de joyas en el mar (Michael Shannon, viejo conocido del director) y del misterioso vecino solitario (el gran Sam Sheppard): todos ellos encuentran un sitio justo y pertinente en el desarrollo argumental, con la implícita carga de misterio que los acompaña.
Las tomas abiertas de coherente transición, mostrando paisajes de angustiosa quietud o montadas en los vehículos por agua y tierra, permiten acentuar las expectativas y acompañar a los personajes en sus procesos de toma de decisiones, además de aquéllas movidas por el impulso inmediato, detonador de consecuencias que difícilmente pueden preverse y que conducen a la necesidad de seguir actuando al filo del río, donde se puede encontrar mucha basura pero de vez en vez, objetos valiosos: como la posibilidad de volver a creer en los demás.

AMOUR: HASTA QUE LA MUERTE NOS REÚNA

29 junio 2013

Se trata de una pequeña palabra quizá inabarcable. Es un acto de la voluntad y una decisión, pero también una invasión de sentimientos que puede ser incontrolable, inexplicable y profundamente espiritual, lejos de toda racionalidad. Se le ha relacionado con el erotismo y su llama doble (Octavio Paz) o se le ha considerado un arte (Erich Fromm); vinculado con el placer, la satisfacción y el sentido de la vida, también se imbrica con el sacrificio, el dolor y la muerte, transición que nos lleva al mayor acto de amor posible, según algunas creencias. No hay amor más grande que dar la vida por los demás, plantea la sabiduría evangélica; las grandes religiones lo tienen como sustento, aunque no falten los fanáticos de todos los signos que maten al que no piensa como ellos en su nombre.

Por amor o por lo que uno cree que es amor, también se cometen locuras o se llega a suponer que lo mejor para el otro es lo mismo que para uno mismo. Esbozar en las manifestaciones artísticas los significados del amor siempre ha implicado un desafío mayúsculo: en el cine, tratar de plasmar en imágenes semejante cúmulo de afectos, parece estar reservado para unos cuantos realizadores, porque no se trata únicamente de hacer una película romántica y listo, sino de envolver al espectador en la experiencia que están viviendo los personajes en torno al amor, en sus diversas manifestaciones, y que puedan, en cierta forma y con las mediaciones del caso, hacerla propia.

En este sentido, el cine de Michael Haneke (71 fragmentos para una cronología del azar, 94; El tiempo de lobo, 03) es penetrante y al mismo tiempo sugerente: busca ahondar en las razones y motivaciones de los comportamientos definitorios de la especia humana, como la proclividad al mal por sí mismo (Juegos sádicos, 97/07) la necesidad de venganza y el eterno regreso al pasado (Caché: El observador oculto, 05), la patología (auto)destructiva (La pianista, 02), la enajenación de la realidad (El video de Benny, 92) y la configuración de las relaciones sociales a partir de las condiciones contextuales (El listón blanco, 09), usualmente esbozadas de manera implícita. No deja títere con cabeza y la obviedad comunicativa no forma parte de su estructura narrativa (Código desconocido, 00), a la que estamos invitados a sumergirnos para profundizar en los detalles, justo donde está el diablo.Amour

Un grupo de bomberos, guiados por un vecino, entra por la fuerza a un departamento para descubrir a una anciana muerta en su cama, cuidadosamente rodeada de flores: el escenario ha quedado abierto y nosotros lo invadimos abruptamente. Y una toma frontal en la que se observa al público acomodándose en un recinto, entre quienes se encuentra la misma anciana con su esposo, sirven de prólogo a este relato tierno y crudo a la vez sobre una pareja de ancianos, elitistas profesores de música económicamente solventes, que llevan muchos años de compartir la vida en un acogedor y elegante departamento, convertido en contexto central del filme, en el cual reciben visitas ocasionales de su hija, entre distante y obsesiva (Isabelle Huppert, implacable y frágil a la vez) y de algún alumno aventajado ya con disco grabado.

Palma de oro en el Festival de Cannes y Oscar al mejor filme extranjero, Amour (Francia-Alemania-Austria, 12) es un retrato de un cada vez más reducido sector de la vejez, con posibilidades económicas, y las consecuentes enfermedades por la ampliación de las expectativas de vida en las grandes capitales del mundo, donde el estado de bienestar pasa por tiempos de crisis y la calidad de la atención depende principalmente de la posición económica, no obstante los beneficios sociales que aún se mantienen en algunas naciones.

Si bien la mirada amplia está presente de manera indirecta, Haneke nos invita a encerrarnos en esta realidad microsocial en la que la esposa empieza a enfermarse de manera irremediable y, por ende, a volverse por completo dependiente de los cuidados de los demás, su marido en primer término y en segundo, alguna enfermera emergente u otra pronto despedida en una pequeña confrontación de clases sociales. En definitiva, la actuación de Emmanuelle Riva –a quien la academia estadounidense debió premiar y de paso homenajear- le brinda una fuerza absorbente a su personaje, aún en la decadencia física y siempre apoyada por la interpretación al nivel de Jean-Louis Trintignant.

Una paloma entra y sale cual mensajera de indescifrables comunicados provenientes de un exterior que parece totalmente ajeno, sobre todo por la inmersión que implica enfrentar la enfermedad y el inevitable deterioro de la persona amada, movilizando los sentimientos hacia caminos casi siempre sin salidas y marcados por la confrontación. La angustia, desesperación y constante arrepentimiento por el trato brusco, se apoderan sin piedad del anciano ya viviendo en función de su amada y dispuesto a cumplir su promesa de no llevarla a ninguna parte y asumir la misión de cuidarla.

La cámara se posa con sobria quietud para enfatizar una perspectiva o una ausencia; recorre los pasillos del apartamento con seguridad contrastante para encontrarse en los diferentes espacios, llenos de Schubert, Beethoven o Bach, como la sala con el piano de cola y los libreros llenos, la discreta cocina con el desayunador, la recámara vuelta escenario fúnebre y el baño testigo de la dolorosa pérdida del sentido de realidad, apenas regresando a través de canciones balbuceadas que sobreviven a la parálisis física, pero nunca emocional.

Una obra maestra de uno de los artistas fundamentales de nuestro tiempo.

ESCAPES

7 junio 2013

Películas disponibles en los videoclubes o en las tiendas de confianza que exploran diversas condiciones en las que personas intentan, con sus limitados recursos, abrirse paso entre la siempre discutible frontera de la moralidad, cargada de decisiones difíciles que generan la necesaria discusión acerca de lo que podemos o debemos hacer.

ROBÓ, HUYÓ Y ¿LO PESCARON?

Dirigida por Benjamin Heisenberg y basada en la novela de Martin Prinz, El ladrón (Austria-Alemania, 10) persigue, literalmente, la historia real de Johann Rettenberger (Andreas Lust, imperturbable), un robabancos que continuó entrenando durante los seis años de permanencia en la cárcel, corriendo obsesivamente en el grisáceo patio; al salir, contacta a una vieja conocida y empieza a participar en maratones, mientras es puntualmente acompañado por el funcionario responsable de su inserción sociolaboral. Muy pronto vuelve a las andadas y sin mayores cuestionamientos, empieza a cometer diversos atracos.
El ladrónEstamos frente a un relato seco que otorga pocas concesiones en el que se plantea la soledad asumida como forma de vida y la imposibilidad de cambiar la predestinación, como si se tratara de una fuerza imperceptible que lo impulsa a seguir corriendo y asaltando bancos, sin quedar claras las razones y motivaciones. La fotografía premeditadamente opaca resulta ser un reflejo de la dificultad que enfrenta el individuo en las sociedades desarrolladas y en cómo la ruptura de las normas se convierte en fatal alternativa frente a las imposiciones sociales: el Estado de bienestar puesto a prueba, una vez más.

RECICLANDO PASADOS

Del perdón al olvido (Life During Wartime, EU, 09) es otro retrato mordaz de Todd Solondz, quien se instaló de sólida forma en el terreno del cine independiente estadounidense con Bienvenidos a la casa de muñecas (95) y Happiness (98), en el que presenta un segmento judío clasemediero de la sociedad en un suburbio soleado y aséptico de Florida, sumergiéndose en la profundidad de su país a través de una colorida puesta en escena que va de un humor oscuro a una controlada decadencia.
Con música versátil que igual revisa a Handel que a Devendra Banhart, diversos personajes familiarmente unidos de alguna manera luchan con pasados turbulentos, pedofilia incluida, fantasmas que se resisten a desaparecer del todo y encuentros casuales cuasi destructivos, muy en la vena del director de Storytelling: Historias de ironía y perversión (01) y Palíndromes (04): repartos corales con vínculos como en cadena cuyos eslabones siempre están a punto de romperse por patologías afectivas o ausencias emocionales.
Por su parte, Triage (Irlanda-España-Bélgica-Francia, 09) es una película de Danis Tanovic (Tierra de nadie, 01; El infierno, 05) en la que un par de fotógrafos viven intensas experiencias juntos, retratando mundos arriesgados y altamente peligrosos en los que la cámara se dispara en contraposición con las armas. En un evento trágico, uno de ellos desaparece y el otro se bloquea como una estrategia de sobrevivencia (Colin Farrell); ya de regreso, junto con su esposa (Paz Vega) y la de su colega, apoyado por un extraño terapeuta (Christopher Lee) con pasado turbulento, intentará reconstruir los sucesos y afrontar la verdad para encontrar algún tipo de consuelo. Funcional puesta en escena y actuaciones convincentes, además de contar una historia de dolorosa actualidad.

PROYECTOS PARA RENOVARSE

Dirigida con naturalidad, sencillez y perspectiva femenina sin extremos por la neozelandesa Christine Jeffs (Rain, 01; Sylvia, 04), Negocios brillantes (Sunshine Cleaning, EU, 08) sigue a dos hermanas en Albuquerque (Amy Adams y Emily Blunt) y a su padre (Alan Arkin) en su lucha para poner un negocio metafóricamente de lavado de espacios, particularmente donde hubo alguna muerte, y reencontrarse en sus respectivas vidas, ya sea juntos o por separado. Sin demasiada suerte en cuestión de amores –una explora su condición lésbica y la otra sigue siendo el plato de segunda mesa- están en el momento de reinventarse en definitiva o morir en vida haciendo lo mismos de siempre.
Dirigida por Michael Schroeder, quien demuestra su talento tras una filmografía en general olvidable, Nunca es demasiado tarde (Man in the Chair, 07), juega con las texturas y una cámara nerviosa que por momentos ve doble, para proponer de manera emotiva el rescate de la vejez, de la antigua forma de hacer cine (ahí están las referencias al guionista olvidado y a Hitchcock, Capra y Welles) y de ciertas modas, así como del espíritu de creación que puede aparecer aún en medios familiares hostiles. Christopher Plummer nos regala como de costumbre una gran actuación que contagia a Michael Angarano como el aspirante a cineasta, acompañado de logrados personajes (el padrastro y la mamá del protagonista) y ciertos apuntes contextuales que refieren a Los Ángeles o a Nietzche: ahí están los perros sacrificados y la posibilidad de salvarlos como alegoría del rescate de los abandonados.

THE MASTER: DEL RECUERDO A LA IMAGINACIÓN

28 mayo 2013

Dos hombres que representan el estado de una nación después de la II Guerra Mundial, buscando respuestas o inventando preguntas; aunque la batalla se ganó, pareciera que los combatientes perdieron su centro y ahora buscan adaptarse a un contexto que los considera héroes la primera semana para después dejarlos en el limbo de la sospecha y la desconfianza. Ante el extravío absoluto, una improbable embarcación se puede convertir en la guía rumbo a cualquier parte, desde el análisis de vida pasadas hasta la imaginería de nuevos universos: da igual, súbete al barco y mañana a ver qué se nos ocurre para reparar tu torcida mente.
Un país en el que empiezan a proliferar las sectas alternativas a las grandes religiones y a las teorías psicológicas dominantes, sustentadas en principios pseudocientíficos, mientras la sociedad industrial entra en un auge económico creciente. Terapias al uso, despojando de la responsabilidad al individuo (la culpa es de una vida anterior o alguna entidad ajena a ti), usando el recuerdo y la repetición como analgésico o la imaginación como escapatoria, y agotando física y mentalmente al paciente para que pueda ser programado sin oponer resistencia alguna, entregándose a los preceptos y al endiosamiento del gurú de amable apariencia.
Un líder carismático que sí se la cree (al estilo del “dianético” L. Ron Hubbard), de evidente simpatía y paciencia, con exabruptos incluidos,, navega entre la auto convencida charlatanería, la curación de insondables males del alma, y hasta algunos del cuerpo según él, y la exploración de verdades trascendentales al vapor; su secta está formada por allegados y parientes, entre quienes se encuentra la sutilmente controladora esposa actual (Amy Adams, de congelante dulzura), la hija mosca muerta (Ambyr Childers) y su inocuo prometido después casados por las leyes de La Causa (que ha sido comparada con la Cienciología, aunque en ningún momento se menciona), y su reservado hijo que parece seguir los designios de su padre sin oponer resistencia ni expresar mayor entusiasmo (Jesse Plemons).
Después de andar deambulando por la vida y tener problemas en sus actividades anteriores –como fotógrafo en un gran almacén y en la cosecha de coles- un ex marine traumatizado y alcohólico, obsesionado con el sexo, de volátil carácter y gesto paralizado, se sube al barco que lleva al grupo y pronto es aceptado por el jefe cósmico, quien le pide que siga preparando las bebidas con solventes, perfumes o lo que haya, y que se someta a una de sus terapias: sin más, lo convierte en su conejillo de indias y su protegido, iniciando una extraña relación que incluirá el sometimiento a ejercicios de repetición absurda, un paso por la cárcel con efervescente discusión incluida, defensas mutuas frente a las críticas y necesarias rupturas para seguir adelante.
Escrita y dirigida por Paul Thomas Anderson (Sidney, 96; Punch-Drunk Love, 02) con arrasadora fuerza expresiva y con el aliento de las grandes obras cinematográficas que con el paso del tiempo se irán valorando cada vez más, como sucedió con El ciudadano Kane (Welles, 41), The Master: todo hombre necesita un guía (EU, 12), es una profunda mirada a los contextos relacionales de un hombre roto y de una secta a principios de los años cincuenta, cual microcosmos que al momento de entrar en contacto con el mundo exterior, experimenta los rechazos por las lógicas distintas de entender la vida o las adhesiones absolutas y acríticas: frente a los dogmas y al maniqueísmo no existen los grises y cualquier cuestionamiento, cuando viene de afuera, no puede generar reflexión, sino solo rechazo a gritos y sombrerazos.The Master
Con una narrativa argumental dislocada, premeditadamente episódica y aprovechando las elipsis para tensar un amplio arco en el que los personajes se desarrollan con profundidad, enfatizando su humanidad cargada de convicciones, contradicciones y formas de vincularse entre sí, con las pulsiones de vida y muerte en batalla campal, el filme se articula a partir de brillantes planos secuencia y tomas abiertas que se entremezclan con una abundancia de primeros planos soberbiamente sostenidos por el implacable duelo de actuaciones: Joaquin Phoenix, quien venía de hacer el falso documental I´m Still Here (Affleck, 10), le imprime una psicótica fuerza angustiante a Freddie Quell y confirma sus altísimos vuelos actorales, mientras que Philip Seymour Hoffman despliega su enorme solvencia en la piel de Lancaster Dodd, como si se tratara de Elmer Gentry (Brooks, 60) o El Apóstol (Duvall, 97), filmes con los que se le ha relacionado.
El argumento alcanza niveles de complejidad que ameritan diversas perspectivas de índole social y psicológica, orientadas a la revisión del comportamiento de las sectas y su devenir histórico; las secuelas de las guerras y los procesos de reinserción; las adicciones evasivas, la megalomanía pseudoreligiosa y las reacciones sociales frente a estos líderes carismáticos que van de la veneración traducida en apoyo económico, como en el caso de la benefactora tímidamente cuestionadora (Laura Dern), a la confrontación directa, señalando que el libro al fin publicado, pudiera haber sido un panfleto de tres hojas para repartirse en el Metro.
La mujer de arena, compañía silenciosa y concreta de principio a fin, contrasta con la novia ya inasible e imposible de recuperar, con la modelo de tienda departamental, con las telefonistas recibiendo recaditos o con las convidadas al baile que se van desnudando en su mente como en un cuadro renacentista de alguna escena de la mitología griega. La moto cual vehículo para la liberación o la llamada telefónica en la sala cinematográfica vacía. Anderson, cuyas influencias incluyen a Malick y Altman, vuelve a la mirada fundacional de Petróleo sangriento (07), al retrato sociocoral de Magnolia (99) y a la intromisión de un submundo particular como en Boogie Nights: Juegos de placer (97).
El score avant-garde de Jonny Greenwood se inserta en la notable captura del espíritu de una época, con dejos de objetivismo que propugna la primacía del individuo para pensar que su cura está al alcance de la mano, con el debido soporte económico y la sumisión del caso: si no eres profeta en tu tierra, ahí está Inglaterra o cualquier otro destino donde los acólitos y la aceptación social se manifiesten en los discursos y las sanaciones grupales. The Master es, valga la redundancia, toda una obra maestra compleja, intensa, difícil, absorbente, fascinante, y su creador, Paul Thomas Anderson, uno de los directores imprescindibles de nuestros días.

CUANDO EL CINE SE ANTICIPA A LA REALIDAD

7 marzo 2013

El asteroide 2012 DA14 pasó por la Tierra a solo 28164 kilómetros de distancia, según informó la NASA, el pasado 15 de febrero; mientras tanto, un meteorito provocó pánico y cientos de heridos al caer en la zona de los Montes Urales en Rusia: coincidencia cósmica, aunque suene esotérico, porque según han dicho los especialistas, no hay una relación entre ambos fenómenos. Por otra parte, Benedicto XVI anunció en días pasados su dimisión como Papa, situación que no se presentaba desde hace 598 años cuando Gregorio XII hizo lo propio en 1415. En un acto de humildad, Joseph Ratzinger reconoció que sus capacidades no eran suficientes para atender la profunda crisis de credibilidad que vive la jerarquía católica.
Dos de los principales directores europeos contemporáneos, pertenecientes a diferentes tendencias fílmicas, presentaron sendas películas en las que de una u otra forma este par de eventualidades con bajo grado de probabilidad fueron objeto del argumento central: primero las películas y después la realidad. Si se decía que el cine es mejor que la vida, en estos casos podemos suponer que el cine es antes que la vida, como si de extrañas premoniciones se tratara o de invisibles conexiones entre arte y realidad, cual reflejos y extensiones mutuas a la manera de vasos comunicantes. Ambas disponibles en los videoclubes de la ciudad.

MELANCOLÍA

El hecho de ser habitados por una nostalgia incomprensible sería, al fin y al cabo, el indicio de que hay un más allá”. (Eugène Ionesco)

Dirigida y escrita en tono de ciencia ficción dramática por el explosivo, lacerante e impredecible Lars Von Trier (El elemento del crimen, 84; Anticristo, 09), gustoso de las trilogías y cada vez más alejado del Dogma 95, su propio manifiesto al parecer planteado justamente para romperse, e interpretada de manera absorbente por Kristen Dunst, quien entrega la actuación de su carrera, Melancolía (Melancholia, Dinamarca-Suecia-Francia-Alemania, 11) es un relato que conecta las dolorosas emociones humanas con fenómenos más allá de nuestra órbita, en el sentido que El árbol de la vida (Malick, 11) proponía para hacer emerger conexiones presentes pero habitualmente invisibles.
Con un hiperrealismo inicial de fuerte e intenso colorido, plagado de imágenes tan hermosas como inquietantes que dibujan anticipaciones notablemente acompañadas por sonidos wagnerianos, la cinta se estructura en dos episodios nombrados como las hermanas protagonistas. Primero nos instalamos en el día de la boda de la inestable y depresiva Justine (Dunst), sostenida con pinzas por su temerosa hermana Claire (Charlotte Gainsbourg) y su aparentemente racional esposo (Kiefer Sutherland), en cuya mansión se celebra el banquete. Melancolía
Durante La celebración (Vinterberg, 98) empiezan a saltar conflictos por todas partes que transforman lo que se supone un día de iniciación feliz en un momento casi terminal. Una familia que externa su disfuncionalidad entre discusiones de los papás de la novia (John Hurt y Charlotte Rampling), al tiempo que toda la planeación de la boda se va desarrollando de manera forzada, como si con ello se lograra sostener una relación de pasmosa fragilidad, como la vida misma en la Tierra. En la segunda parte, Claire recibe a su hermana en profundo estado depresivo y juntas enfrentan, junto al hijo de la primera, la angustia de ver cómo el planeta llamado Melancolía, de un azul hipnótico, se va acercando peligrosamente a la Tierra, mientras el marido insiste en que nada pasará, dado que ya fue así anunciado por los científicos (la ciencia cual nueva religión). Pero el mencionado planeta parece que te consume por dentro, al punto de acabar con las ganas de ponerte de pie, de abrir los ojos para despertar o de llevarte a la boca un alimento; o bien, es una presencia que te mantiene en estado de angustia y miedo a la muerte, imposibilitándote para disfrutar cualquier actividad o relación afectiva, como si te devorara las ganas de vivir, apenas paliadas por un círculo mágico.

HABEMUS PAPAM
Habemus Papam<
Dirigida en tono satírico y con un dejo tragicómico por Nanni Moretti, quien se interna en los pasillos y entretelones de El Vaticano –como realizador del filme e intérprete del psicólogo que atiende al recién elegido Papa- Habemus Papam (Italia-Francia, 11) sigue el cónclave para elegir al nuevo jefe de la Iglesia Católica y la posterior crisis que aqueja al elegido (Michel Piccoli, estupendo), entre el temor de la responsabilidad, la angustia de llevar adelante el papado y la nostalgia de no haber sido actor, profesión que le hubiera gustado desempeñar (como quizá a Joseph Ratzinger seguir siendo escritor y teólogo).
Mientras el Papa sale de su paralizante sorpresa, la encerrona en El Vaticano transcurre entre juegos de cartas, un torneo interno de volibol, un guardia que finge ser el pontífice encerrado en su cuarto, conversaciones de diversa índole y teorías acerca de lo que sucederá después. En busca de respuestas, el elegido se escabulle por las calles de Roma para asistir con otra terapeuta y de paso entra en contacto con la cotidianidad de las personas, como recordando la sencillez del mundo que fácilmente se puede perder cuando te dejas atrapar por tu jerarquía. Notable la secuencia de la elección y los pensamientos en off, así como el énfasis en proponer el necesario acercamiento de la jerarquía católica con la gente que viaja en metro.

AVENTURAS DE SOBREVIVENCIA

14 enero 2013

Filmes que acompañan sorprendentes hazañas para aferrarse a la vida, en condiciones que comúnmente llevan a la muerte. Ya sea retomando un caso real o ficciones literarias que de primera instancia parecían difíciles de trasladar a la pantalla, estamos ante sensibles historias apoyadas por elusivas propuestas visuales, entre impecables efectos especiales y creativo diseño artístico. A pesar de saber de antemano ciertos desenlaces argumentales, la tensión se mantiene y la atención se centra en las diferentes aristas que plantean las narraciones.

SOBREVIVIR AL NAUFRAGIO
Con base en la novela de Yann Martel, guion abarcador, dirigida con espectacular sutileza por Ang Lee (La tormenta de hielo, 97; Lujuria y traición, 07; Bienvenido a Woodstock, 09) y desplegada a partir de una historia que se desdobla en un plano metafórico para que cada quien elija entre el realismo y la fantasía simbólica, Una aventura extraordinaria (Life of Pi, EU-China, 12) es una travesía en altamar que emprende un joven indio cuyo barco se hundió con toda su familia y un zoológico en tránsito, propiedad del padre siempre aconsejando atender la dimensión realista de la vida.Life of Pi
Acompañado de un tigre, como si de un álter ego cargado de la suficiente agresión para seguir viviendo se tratara, y tras ver cómo una hiena mataba a una cebra y a un orangután en la balsa, el protagonista realizó un viaje definitorio para salvar su vida y, de paso, convertirse en el hombre que desde su casa en Canadá rememora la aventura, que incluye el aprendizaje de convivir con una fiera, atreverse a abandonar su vegetarianismo y saber cuándo abandonar una engañosa isla, cual cómodo destino aparente y que puede convertirse en la aniquilación de las expectativas.
Como hiciera con El tigre y el dragón (00) y Hulk (03), el director taiwanés busca profundidad y vuelve a proponer una visualización poética con tintes épicos en los que igual caben imágenes de belleza deslumbrante que de absorbente intensidad – los peces voladores, la ballena, las suricatas- integradas a una propuesta en 3D que sabe sacar provecho de la combinación de planos, incorporando secuencias de reflexión en medio de la batalla por la sobrevivencia. La angustia de ver cómo el viento se lleva las palabras escritas acabará por ser una buena razón para reescribir la historia y poder voltear atrás sin necesidad de despedirse.

SOBREVIVIR AL TIEMPO
Basada en la novela de David Mitchell y dirigida por Tom Tykwer (Corre, Lola, Corre, 98), Lana y Andy Wachowski (Meteoro, 08), en plan colaborativo y con aliento trascendente, no siempre alcanzado en los diversos pasajes entrelazados a través de diferentes épocas, mundos y circunstancias, Cloud Atlas (Alemania-EU-Singapur-Hong Kong, 12) es un amplio entramado de micro y macrohistorias que buscan plantear las consecuencias de las acciones más allá de la inmediatez temporal, eludiendo la lógica elemental del premio castigo o del karma al que se recurre como explicación simplona para entender los eventos presentes.
Cloud Atlas<Los seis mundos retratados van imbricándose de manera equilibrada, sin una secuenciación en principio clara aunque entretejiéndose paulatinamente con interés creciente, viajando de la pretensión filosófica a la revelación de los nexos a través de realidades disímbolas, presentadas a partir de escenografías que logran ubicarnos pronto en la época y de un diseño artístico que funciona para contrastar los contextos retratados.
El arriesgado casting saca adelante la diversidad de papeles, encabezado por un Tom Hanks como probándose a sí mismo y Jim Broadbent divirtiéndose a través del tiempo. Si bien las historias no mantienen el mismo nivel de cohesión, las reflexiones en off y la telaraña narrativa alcanzan para expresar los mensajes principales de ida y vuelta, vislumbrando la temporalidad más como una espiral que como una línea recta.

SOBREVIVIR AL TSUNAMI
Como una alegoría de la unión familiar que sirve de base para seguir adelante frente a una de las catástrofes naturales más fuertes de los tiempos recientes, Lo imposible (España, 12) nos sumerge, literalmente, en el drama del Tsunami del 2004 que arrasó al sudeste asiático, con un notable armado de las secuencias, en particular durante la devastadora primera media hora, para dar paso a una angustiante búsqueda durante el resto de la cinta.
El manejo de la edición del sonido que consolida la experiencia terrorífica, quizá demasiado subrayada por el omnipresente score, así como la combinación de perspectivas, contribuye a que nos integremos a la tragedia y contrastemos las reacciones de los turistas, desde solidarias hasta egoístas, así como los esfuerzos de los locales por apoyar a todos los heridos: las tomas panorámicas dan cuenta puntual del contexto de completa desolación en el que se buscaba encontrar a los seres queridos.
Lo imposible
Las actuaciones colaboran en definitiva para hacernos partícipes del drama familiar: Naomi Watts muestra el dolor y la fuerza de la madre herida; Ewan McGregor encarna el dilema de las decisiones en situaciones extremas y Tom Holland, interpretando al hijo mayor, consigue transmitir con profundo realismo la angustia de un niño a punto de dejar de serlo, a partir de semejante experiencia que se queda instalada para siempre.

TOUR DE CINE FRANCÉS EN LEÓN: ACCIDENTES

4 diciembre 2012

No siempre son evitables aunque uno pone las condiciones para que sean más probables. Cambian el curso de la vida quizá para siempre y trastocan cualquier planeación que se tuviera, así como formas y costumbres largamente cultivadas. Suelen ser dolorosos y trágicos pero a largo plazo pueden significar la mejor oportunidad para convertirse en una mejor persona o bien, según cómo se enfrenten, arruinarnos la existencia hasta el fin de los tiempos. Un par de películas que forman parte del siempre bienvenido Tour de Cine Francés, ahora en su 16ª edición, cuyas tramas se detonan a partir, justamente, de sendos accidentes.

METAL Y HUESO
Adaptada de los relatos Rust and Bone de Craig Davidson, a la que el guion del propio realizador y de Thomas Bidegain le propone modificaciones argumentales y de personajes, y dirigida con el brío acostumbrado por el parisino Jacques Audiard (Mira a los hombres caer, 94; Un héroe muy discreto, 96; El latido de mi corazón, 05; Un profeta, 09), Metal y hueso (De rouille et d’os, Francia, 12) es una emotiva mirada que busca anteponer el realismo al esquematismo sentimental, sobre dos seres extraviados que en circunstancias particulares se encuentran para soportar transiciones dolorosas, al fin convertidas en afectos que van más allá de la conveniencia inmediata, un poco como sucedía en Lee mis labios (01Ella es una entrenadora de orcas que pierde las piernas en un accidente (Marion Cotillard, arriesgada) y él es un tipo simple de reducida afectividad que se va ganando la vida como puede (Matthias Schoenaerts), entre chambas ocasionales y peleas clandestinas. En compañía de su hijo pequeño (Armand Verdure), llega a casa de su hermana y su cuñado para conseguir trabajo como guardia de seguridad en un antro. El trazo contrastante de los personajes elude el reduccionismo de plantear que los polos opuestos se atraen: más bien la clave está en la forma en la que se van transformando mutuamente y creciendo emocionalmente.).Metal y hueso
Las secuencias de franco dramatismo como el hecho de descubrirse lisiada, el rencuentro con la orca, la mirada a ras de piso de las piernas metálicas o la angustia vivida en el hielo, le brindan al relato la fuerza necesaria para sostenerlo desde una perspectiva emotiva, mientras que la forma de ir construyendo la relación entre los personajes, consigue plantearse cercana y creíble: de cómo la satisfacción inmediata de necesidades sin compromisos prefijados –salir al mar, el sexo, hacerse compañía- se va convirtiendo en una red de sentimientos que ni siquiera ellos mismos acaban de entender.
Además, se integran ciertos apuntes sociales como los referidos al mundo laboral y la lucha entre patrones y trabajadores; la importancia de la seguridad social y la fuerte inversión que ésta requiere; las dificultades para incorporarse a la sociedad con una discapacidad y la integración de una comunidad interracial al norte de Francia donde varios submundos y estratos conviven, mientras la gente va resolviendo sus pequeños o grandes problemas del día a día con sus recursos y lógicas de acción.
El manejo de la ralentización en escenas de aparente calma, así como el expresivo uso de la elipsis –la secuencia de la carretera, por ejemplo- y el score de Alexandre Desplat, ya dominando el espacio fílmico en su componente musical, envuelven un relato que nos invita a visitar estados de ánimo diversos, ya sea brindados por la vivencia infantil o por los procesos de recuperación y enamoramiento, acaso adquiriendo una conciencia sobre la importancia de pensar en los demás como seres que requieren de ti, más allá de la disposición a ayudar o actuar sin pensar en las consecuencias: las piernas perdidas o las manos destrozadas se convierten en simbólicas rutas hacia nuevas formas de entender el mundo.

TRES MUNDOS

Un joven a punto de casarse recibe la noticia de que será el encargado de la agencia automotriz de su suegro. Sale de fiesta con compañeros de la chamba y atropella a un hombre que muere poco después; su esposa, una joven inmigrante de Moldavia, queda desolada, mientras que el conductor huye pero es asaltado por un fuerte remordimiento. Una estudiante de medicina atestigua el accidente y se ve envuelta en todo el conflicto posterior. Un conflicto, por cierto, en el que chocan estos tres mundos que cohabitan en Francia y que se mueven por la culpa, la codicia, el poder y el rencor étnico y de clase social.
Dirigida por Catherine Corsini (Poker, 87; Partir, 09), Tres mundos (Trois mondes, Francia, 12) plantea con certeza las reacciones de los personajes aunque, como suele suceder con este tipo de filmes que buscan entreverar historias, por momentos ciertas situaciones parecen un cuanto tanto forzadas y las resoluciones no siempre parecerían las más probables. De cualquier manera, el efectivo trabajo actoral, así como la funcional puesta en escena, permite que la historia avance y nosotros vayamos junto a ella, compartiendo y tomando partido por alguno de los personajes. Un accidente que puede hacerte perderlo todo: queda el dilema si conservar el estatus alcanzado o la moral intacta.