Archive for 21 octubre 2019

CAGE THE ELEPHANT: ROCK FUERA DE LA CAJA

21 octubre 2019

Con un rock de energética frescura rozando con escondidos matices punketos, atravesado por acentos pop de rutas alternativas e influenciados, según se ha señalado, por Pixies, Oasis, The White Stripes, Black Keys, Arctic Monkeys y, sobre todo, por el sello indeleble de Beck, los originarios de Bowling Green (Kentucky) se mudaron a Londres para lanzar su carrera, de notable consistencia a la fecha, con su álbum largo debut, el homónimo guitarrero Cage the Elephant (2009), partiendo de Ain’t No Rest for the Wicked como canción estandarte de texturas oblicuas que invitaban a orientar las orejas en esa dirección, reforzada por la emotiva Cover Me Again, aderezada por unas cuerdas que contrastaban con el resto de las piezas, más de índole incisiva.

Antes, Matt Shultz (vocal), Brad Shultz (guitarra rítmica), Jared Champion (batería), Lincoln Parish (guitarra), Matthan Minster (teclados, guitarra) y Daniel Tichenor (bajo), sexteto ya muy bien conocido como Cage the Elephant, habían presentado el sencillo Free Love en el 2007. Conservando sus raíces estadounidenses y respirando los sonidos británicos, grabaron el inmediatamente identificable y ampliamente sacudidor Thank You Happy Birthday (2011), espolvoreado con toques de electrónica y manteniendo la tensión vocal intacta para sostener pasajes melódicos o de áspera gravedad que explotan alrededor de la cabeza; le siguió el directo Live from the Vic in Chicago (2012), capturando un par de logradas presentaciones en las que se advertía ya la sólida compenetración del quinteto.

Con la entusiasta presencia invitada de Alison Mosshart (The Kills, The Dead Weather) en el roquero corte It’s Just Forever, entregaron el espléndido Melophobia (2013), superándose a sí mismos y compartiendo composiciones de mayor alcance, como se advierte en Come a Little Closer, pegadora canción que invadió ondas radiales para solicitar cercanía, así como el sensible clasicismo puesto en la mira de Telescope, en la abridora Spiderhead, cual buscando arañas en la cabeza y en la cerradora Cigarette Daydreams, efectivamente en tesitura onírica. Su mejor disco a la fecha, aunque en el transcurso Lincoln Parish salió de la banda para emprender algunos proyectos de producción.

Volvieron al ruedo con el más reposado pero sólido Tell Me I’m Pretty (2016), bien encauzados en la producción por la mano especialista de Dan Auerbach (Black Keys), logrando diversos reconocimientos y asumiendo un enfoque orgánico y de cierta soltura; pareciera que se dejaron llevar por sus instintos pero con miras claras hacia un horizonte común, como se expresa claramente en Mess Around para acabar como Punchin’ Bag y, en otro sentido, a través de la calma paradójica de Trouble, la indefensión asumida en Too Late to Say Goodbye y el pausado reconocimiento de How Are You True.

Continuaron con el álbum en vivo de carácter intimista Unpeeled (2017), recogiendo cortes de diversas presentaciones de carácter más cercano, incluyendo versiones ajenas a la electricidad, para dar paso a Social Cues (2019), cual válvula de escape emocional y temáticamente inundado del divorcio de Matt Shultz’s, como queda de manifiesto en la inicial Broken Boy, ya aceptando la propia condición, pero todavía confiando en que Love’s The Only Way y The War Is Over; en la confesional Ready to Let Go, reconociendo que hay que soltar amarras a partir de atreverse a decir Goodbye, y en Night Running donde figura Beck, uno de sus grandes ídolos como invitado especial para sumarse en esta travesía por la sensación de fracaso que implica una ruptura matrimonial y analizar en qué nos vamos convirtiendo: seguramente en algo que no quisiéramos.

Ubicando al elefante en el cuarto, visitan nuestro país en estos días.

SONIDOS DE NUEVA YORK

15 octubre 2019

Un par de grupos esenciales del nuevo milenio visitan nuestro país; de sólidas trayectorias en las que mantienen un nivel compositivo y creativo en el que no bajan la guardia, han contribuido a mantener de manera decisiva el gusto por el rock en sus diversas variantes. Ambos se formaron en algunos de los barrios de Nueva York para dejarse escuchar en el resto del planeta. Reconocen y no ocultan sus elevadas influencias, más bien las aprovechan para fortalecer sus enfoques y buscar nuevos derroteros dentro de los contornos de sus respectivos estilos: por supuesto, en sus sonidos resuenan los gigantes Velvet Underground y Paul Simon.

LOS PROBLEMAS DE LA BESTIA

De las cenizas del grupo punketo Nancy de Cleveland, el compositor y vocalista de tonos gruesos y melancólicos a la vez Matt Berninger, junto con el guitarrista y bajista Aaron Dessner y los hermanos Scott (bajo, guitarra) y Bryan Devendorf (batería), surgió The National, saliendo de la alberca cuando se mudaron a Brooklyn para grabar su álbum debut con el apoyo del gemelo Bryce Dessner (ya parte del grupo), titulado simplemente The National (2001), como para levantar la mano y anunciar una presencia de tristeza contenida, en la línea del slowcore de grupos como Low. Estudiantes distinguidos todos, cimentaron la base de la banda que corría en contrasentido de las tendencias imperantes del revivalismo del nuevo milenio.

Sad Songs for Dirty Lovers (2003) incorporó influencias del country alternativo embalado con un pop orquestal y letras de perdedores reconfortados, ya profusamente potenciado en el EP Cherry Tree (2004) y enfatizando el uso de cuerdas cargadas de lágrimas contenidas en Alligator (2005), su tercer disco largo en el que se asomaba esa característica mirada apesumbrada con ciertos parajes luminosos; fue con Boxer (2007) que lograron abrir las orejas de públicos amplios, procurando que la introspección explotara como en el clásico Fake Empire, buen ejemplo de la propuesta instrumental de la banda ya nutrida con música de viento y un excelso uso de los teclados, así como del amplio rango letrístico tanto desde la perspectiva temática como poética, confirmada con el EP The Virginia (2008), integrado por cortes de diverso origen.

Con ese tono de áspera melancolía confrontada con elocuentes melodías surgidas de narrativas en penumbras, entregaron High Violet (2010), su quinta obra, ya confirmándose como grupo imprescindible del nuevo milenio. Terrible Love va dominando sigilosamente el espacio sonoro, tal como sucede en las relaciones abrasadoras, por más que busquemos el arrepentimiento: Sorrow coloca al frente la gruesa vocal de Berninger, en la tesitura de un Nick Cave reflexivo y de Leonard Cohen apesadumbrado, cobijada por la característica instrumentación austera, por completo puntual, extendida a Anyone´s Ghost y Little Faith.

De la obsesión paranoica expresada en Afraid of Everyone, al romanticismo apenas esbozado en Bloodbuzz Ohio, para de ahí entroncar con una segunda parte que cierra con la bella contención de England y la discreta euforia de Vanderlyle Crybaby Geeks. Uno de los discos de aquel año en el que participaron también Richard Reed Parry (Arcade Fire), Nadia Sirota, Nico Muhly y Justin Vernon (Bon Iver). Continuando con su inclinación a servir como anfitriones de varios invitados, grabaron Trouble Will Find Me (2013) con la presencia de Thomas Bartlett (Doveman), Sufjan Stevens, Sharon Van Etten, Nona Marie Invie y Annie Clark, prestando éstas tres últimas sus voces y acaso buscando reflejos imposibles en los que se pudiera advertirse el origen de los conflictos afectivos.

En tono experimental, presentaron durante seis horas la canción Sorrow en el MoMA, repitiéndola tantas veces como fuera necesario para cubrir el tiempo establecido. Vendrían después varios proyectos personales: Bryan Devendorf, Danny Seim (Menomena) y Dave Nelson (David Byrne y St. Vincent) formaron Pfarmers, firmando los discos Gunnera (2015) y Our Puram (2016); Berninger se reunió con Brent Knopf (Menomena, Ramona Falls) para integrar un dueto llamado EL VY, que generó el apreciable Return to the Moon (2015), y bajo el nombre de LNZNDRF, Bryan y Scott Devendorf unieron fuerzas con Ben Lanz (Beirut) para grabar el homónimo LNZNDRF (2016) y el EP Green Roses (2016).

Volvieron al estudio para entregar el notable Sleep Well Beast (2017), salpicado de tristeza al filo de las banquetas cargadas de culpa, apenas iluminadas por los focos de las licorerías y despertadas por rítmica inquieta y ráfagas guitarreras pronto acalladas por la presencia de la desolación para dejar que, en efecto, la bestia no se despierte más allá del daño irreparable, con la muerte esperando paciente su turno. Después del directo Boxer: Live in Brussels (2018), entregaron I Am Easy to Find (2019), especie de continuación de su entrega anterior pero ahora mostrándose de frente, impulsados por el cineasta Mike Mills y las voces invitadas, entre las que se encuentran Gail Ann Dorsey, Eve Owen y Sharon Van Etten.

PENUMBRAS LUMINOSAS: YA ES VIERNES

Retomando la estética del afropop e incorporando matices del ska y el del hip-hop, Vampire Weekend es una banda que gusta de la sutileza en la composición y de la multiplicidad de ritmos acotados. Estudiantes en Columbia, Ezra Koenig (vocal, guitarra), quien filmó un corto que dio título a la banda, Rostam Batmanglij (entrándole a lo que haga falta), Chris Baio (batería) y Chris Tomson (bajo), decidieron unir talentos sonoros expresados en el EP Vampire Weekend (2007), anunciando lo que vendría después con su largo debut, el ya clásico postmilenario también ídem Vampire Weekend (2008), álbum que revitalizó el escenario musical con esa particular dulzura que explota de manera cercana en los tímpanos. Uno de los grandes debuts del nuevo milenio.

Volvieron al estudio para grabar Contra (2010), a partir del cual el agua de horchata sabría diferente y a los primos se les iba a visualizar de otra manera, entre lances de festiva cadencia y superando con creces la prueba del segundo disco. Incorporando sonidos de sofisticada estructuración, articulados en un pop que se eleva sobre rítmica africana y de cierto clasicismo roquero, presentaron el brillante Modern Vampires of the City (2013), su tercera entrega con la que consiguieron ampliar sus márgenes estéticos y, de paso, entregarnos uno de los grandes discos de aquel año, plagado de melodías evocativas y armonías que muestran un par de colmillos cada vez más largos y penetrantes. 

Tras la salida de Batmanglij en el 2016, la banda empezó a trabajar en su siguiente álbum, en el que contarían con la presencia de Dave Longstreth (Dirty Projectors), Rechtshaid, Justin Meldal-Johnsen y Danielle Haim; una vez escuchado y disfrutado Father of the Bride (2019), queda claro que la espera de seis años valió aboslutamente la pena. Desde el emotivo inicio con Hold You Now y sus coros infantiles, siguiendo con la efusiva Harmony Hall y las otras 16 canciones que integran este álbum doble, se denota que la capacidad compositiva cobijada por el reconocible estilo se mantiene en elusivos niveles, jugando con sutileza rítmica y melodías evocativas.

JAMES GRAY Y SUS EPOPEYAS AL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS

5 octubre 2019

Gran realizador neoyorquino que se ha mantenido relativamente fuera del radiar mediático, James Gray (corto Cowboys and Angels, 1991) ganó en el festival de Venecia con Little Odessa (1994), su debut cuando apenas contaba con 25 años. Sin prisa, dirigió La traición (2000), Los dueños de la noche (2007), Amantes (2008) y Sueños de libertad (2013), sólidos dramas que integraban crimen, romance, lealtades familiares y apuntes políticos, entre cuyos repartos la constante fue la presencia de Joaquin Phoenix, hoy convertido en el actor de moda. Pero como lo hiciera Coppola en Apocalipsis ahora (1979) y muchos más, sus dos películas recientes retoman en cierto sentido el clásico texto de Joseph Conrad, cada una representando al mítico Kurtz de diferente forma.

DEL AMAZONAS A NEPTUNO

En efecto, el director y también escritor coloca a sendos hombres en situaciones de partida hacia destinos inciertos pero inevitables: uno se obsesiona con llegar a una ciudad en medio de la jungla amazónica, después de haber encontrado vestigios en viajes anteriores, y el otro asume la misión de encontrar a su padre en los confines del sistema solar, en donde presumiblemente se encuentra vivo tras muchos años de extravío. Ambos tienen el temple necesario para efectuar los prolongados viajes y parecen estar dispuestos a desaparecer de su vida cotidiana el tiempo que sea necesario, si bien los recuerdos y pensamientos de sus seres cercanos los invaden en momentos de reposo o angustia: o sea, siempre.

Con base en el libro de David Grann, Z. La ciudad perdida (The Lost City of Z, 2016), retoma la vida aventurera durante los primeros 25 años del siglo XX del coronel británico Percival Fawcett en busca de reconocimientos (Charlie Hunnam, convencido), enviado primero por la Royal Geographical Society a resolver cartográficamente un conflicto entre la frontera de Brasil y Bolivia, bien apoyado por su colega (Robert Pattinson, resolutivo), y después continuando las expediciones por su cuenta por diferencias con uno de los involucrados, incluso acompañado por su hijo distante al final cercano (Tom Holland), para encontrar esa mítica ciudad con la que se obsesionó y que lo hacía separarse de su esposa (Sienna Miller, estoica) por periodos prolongados.

Por su parte, Ad Astra: Hacia las estrellas (EU, 2019) cuenta la historia en un futuro cercano del eficaz astronauta Roy McBride (Brad Pitt, sensible y controlado a la vez), a quien se le encarga, bajo la vigilancia de un viejo lobo de mar (Donald Sutherland), el proyecto de averiguar qué sucedió con una misión enviada varios años atrás para buscar vida inteligente, encabezada por su padre (Tommy Lee Jones en plan Kurtz espacial), con la que se perdió toda comunicación. El trayecto implicará una parada en la base de la luna y otra en Marte, última instalación humana, en donde empezará a descubrir secretos, y continuará con diversos eventos que pondrán a prueba su estabilidad física y emocional, incluyendo la aparición sorpresiva de unos simios como si estuviera navegando por el río africano de Conrad hacia el encuentro existencial.

EL TRAYECTO ES EL DESTINO

El cine de Gray se caracteriza por el cuidado en el desarrollo de los personajes y en la construcción narrativa pausada, acelerando cuando se debe pero deteniéndose en motivaciones, contextos emocionales y dilemas de difícil resolución. En los dos filmes, los protagonistas se enfrentan a estructuras que les impiden seguir con sus objetivos y, a pesar de ello, buscan continuar con sus planes aludiendo a otras posibilidades y encontrando aliados fuera de las esferas de poder que los intentan coartar. La temática de la paternidad es crucial en las dos películas: qué tanto un padre es responsable de estar cerca de sus hijos y qué tanto de cumplir las trascendentes misiones que se le encargan, sobre todo cuando implican ausencias prolongadas. Y aquí surge la reflexión sobre la contención materna como exigencia socialmente asumida.

Fawcett empezó mostrando su capacidad cazando un venado en situaciones complicadas y aceptó un encargo que en principio parecía intrascendente: pero el Amazonas cual pulmón del mundo, en peligro ahora que no lo cuida el obtuso presidente de Brasil, encanta a cualquiera y más en aquellos años. Su sencillez y capacidad de admiración lo llevó a establecer buenas relaciones con los indígenas, intercambiando regalos y tratando de hablar en su idioma, mostrando una humildad inexistente en su nación de origen, soberbia desde la ignorancia construida sin conocer el campo de acción ni entendiendo que las diferencias culturales son la riqueza de la humanidad como especie.

McBride se ve envuelto en un proyecto corporativo, bien delineado por el guion que incluye situaciones y personajes que le imprimen al filme un halo de misterio, entre la rebelión y la obediencia institucional. Al final, la soledad en un inabarcable espacio exterior, determinará las reflexiones del astronauta añorante, como sucedía con En la luna (Jones, 2009) y las obras cumbres del género espacial-existencial de Kubrick y Tarkovsky. Como suele suceder, el hombre será una pieza necesaria por un momento pero igual desechable después para lograr los fines propuestos: no hay mucho heroísmo allá fuera, solo cumplimiento del deber y, si se puede, introspección absoluta.

RECREACIONES Y TRANSICIONES

A la par de la manera en la que los personajes asumen las transformaciones que implican sus interminables viajes sin resultados a la vista, la propuesta visual de los filmes apuestan por la elegancia en la edición –como los trenes y naves espaciales que cobran vida a partir de un detalle visual- y por indagar por las perspectivas más adecuadas para la imagen: espejos y reflejos expresando dualidad; horizontes abiertos que reflejan la pequeñez del humano ante la vastedad del entorno selvático o espacial; interiores de cuidado detalle en su diseño y ambientación que nos coloca en el contexto y época descritas. Las esporádicas secuencias de acción están filmadas con brío: ataque de nativos, enfrentamientos en la superficie lunar o durante la I Guerra Mundial y asedios de animales hambrientos.

Las secuencias con las tribus amazónicas resultan certeras en cuanto a la relación que establecen con los occidentales recién llegados, así como en sus celebraciones. De igual forma, la Inglaterra de principios del siglo XX queda puntualmente retratada, sobre todo en términos de pensamiento dominante: los salvajes son los otros, a pesar del irracional pensamiento colonial que tanto fustigó el explorador protagónico que, con todo y su evolucionada forma de pensar, todavía quería a su mujer en casa. En tanto, las instalaciones lunares y marcianas están diseñadas con una asepsia escalofriante de precisión evaluativa infalible, donde parece no existir el error o la desviación, salvo cuando en la intimidad de las naves se suscitan eventos que pueden acabar en tragedia y rompen la lógica estructural.

En síntesis, dos hombres enfrentados a un destino en primera instancia impuesto del exterior pero después asumido como propio, ya en posibilidad de elección pero a estas altura vuelto casi obsesión, construida por la propia percepción del mundo: parece que la vida juega en ambos sentidos, proponiendo alternativas, obligando por momentos y posteriormente dejando que el individuo decida por cuál río navegar o por cuál curso planetario volar para encontrarse de frente con ese corazón que ilumine las tinieblas o bien, que termine por confirmar que el trayecto era más importante que el punto de llegada, señalando que la vuelta a casa es en realidad el fin último de la existencia.