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GRAN TORINO: CARROCERÍA LUMINOSA

28 marzo 2009

Es un modelo clásico, orgullosamente estadounidense y a prueba del tiempo. De impecable manufactura, su maquinaria está en perfecto estado, a pesar de los años, y cuidadosamente engrasada. Nada más de verlo impone de inmediato: su sola presencia ilumina y su vejez lo hace cada vez más interesante. La fuerza de su motor se mantiene intacta y conforme pasan los años, su valía se engrandece: provoca admiración justamente ganada. Es el Gran Torino. Es Clint Eastwood.
De cómo Harry el sucio pasó de rudo y poco expresivo actor a brillante director de dramas poliédricos sigue siendo un misterio: sobre todo a partir de Los imperdonables (92) y realizando poderosas cintas como Los puentes de Madison (95), Río Místico (03), Golpes del destino (04) y Cartas de Iwo Jima (06), el también músico se ha vuelto un personaje capital del cine contemporáneo, acaso como el último gran clásico.
Un hosco excombatiente de la guerra de Corea, con marcadas actitudes xenofóbicas, ha quedado viudo. De origen polaco y jubilado de la Ford, Walt –checar nombre- tendrá que enfrentar su soledad cargando recuerdos, culpas, prejuicios y necedades, un poco como le sucedía al personaje de Las flores del cerezo (Dörrie, 08). Lejos de caer en depresiones, el tipo parece seguir en guerra: contra sus vecinos, nietos, recuerdos, pandilleros, iglesia… su territorio es el césped, único bien cortado.
Distante de sus dos hijos con quienes de plano no se entiende, vive en un barrio que poco a poco se ha poblado de Hmongs, una etnia integrada por personas de diferentes países que fue desplazada por los comunistas tras la guerra de Vietnam y apoyada por Estados Unidos. Por circunstancias extrañas, Walt se convertirá en héroe involuntario de sus vecinos –todos son como chinitos, raros, sucios y poco identificables entre sí- y así empezará su proceso de cambio.
Escrita por Nick Shenk y producida, dirigida e interpretada por Clint Eastwood, Gran Torino (EU, 08) se articula a partir de la posibilidad de transformación personal en el ocaso de la vida, no obstante los enraizados prejuicios con los que uno va construyendo sus certezas, acaso para sobrevivir. Un hombre viviendo en su propia casa pero en un entorno que lo rebasa y que sólo alcanza a observar cómo la realidad se mueve mucho más rápido que su capacidad de adaptación: lo único que queda es soltar gruñidos o mascullar amenazas.
Con pinceladas de humor (la secuencia didáctica para hablar como hombre en la peluquería), ciertos apuntes costumbristas y sólido desarrollo de diálogos y sucesos –ahí están los hermanos (Bee Vang y Ahney Su) con quienes el protagónico construye una especial relación- el film se desarrolla con la soltura narrativa sello de la casa, a partir de una puesta en escena sobria y funcional, y con una edición que permite centrarse en el relato y darle fluido cauce.
Desde el arranque, quedan sentadas las bases para el desarrollo de una historia que gracias a lo impredecible de su desenlace y a la empatía creada por los personajes, nos mantiene siempre cerca, desplegando esa extraña cualidad de colocarnos en diversos estados de ánimo, desde la risa cómplice hasta la angustia y enojo por el curso de los acontecimientos, hasta la reflexión en torno a las conversaciones.
No se descuida el complicado proceso de cambio que va experimentando el protagónico desde sus motivaciones y certezas: aprovechando al personaje del joven sacerdote católico (Christopher Carley), cual improbable espejo que a fuerza de cumplir la misión encomendada por la esposa muerta va poco a poco arrancándole ciertas reflexiones al viejo testarudo, somos testigos del creíble replanteamiento vital que va construyendo este hombre apenas afectuoso con la mascota.
La construcción de ese microcosmos en Michigan queda como reflejo de un mundo multicultural que sigue siendo injusto: aunque eso sí, la herencia de un hombre puede terminar transitando plácidamente por los caminos del destino, aguantando los golpes que sólo consiguen abollar, en pequeña medida, la luminosa carrocería.

Nos leemos después.
Comentarios: cuecaz

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