Posts Tagged ‘Vejez’

JUNTOS CON CLAUDE BERRI

19 enero 2009

La primera dolorosa noticia fílmica del año que recién empieza fue el fallecimiento de un gran productor, director, guionista y actor francés: un hombre de cine, en el preciso sentido del término. A partir de su cortometraje Le puolet (1962), premiado con un Oscar en 1965, y analizando toda su trayectoria, no es difícil percatarse qué caracterizó su prolongada y nutritiva carrera: films de calidad, cercanos a los grandes públicos y estructurados a partir de los grandes géneros –comedia y drama- con algunas variantes, como la mirada histórica o literaria, plasmada en cintas como El manantial de las colinas (86) y Germinal (93). Fue productor de una lista pesada de directores: Polanski (Tess, 79), Costa-Gavras (Amen, 02) y sus compatriotas Pialat (La infancia desnuda, 68), Chéreau (El hombre herido, 83; La reina Margot, 84), Annaud (El oso, 88; El amante, 92), Sautet (El camarero, 83) y Miller (La pequeña ladrona, 88), entre otros. También se animó para apoyar el traslado del cómic de Asterix y Obelix a la pantalla, mientras que igual podía aparecer en cuadro con desparpajo como en De qué se ríen las mujeres (99) o ponerse nostálgicamente autobiográfico como en El viejo y el niño (67), El enchufado (69), El cine de papá (70) y Sex Shop (72). Claude Berri murió a los 74 años el pasado lunes 12 de enero y cual homenaje acaso involuntario, llega a nuestras pantallas Juntos, nada más (Ensemble c’est tout, Francia, 2007), sencilla y evocativa comedia de búsqueda en la que una serie de personajes van construyendo una pequeña comunidad afectiva que los ayuda a encontrar lo mejor de sí mismos, sobre todo cuando empiezan a pensar más en los demás que en sus propias angustias. El también conocido como último sultán del cine francés, nos presenta a tres personajes atravesando esa etapa en la vida dentro de la que se supone empiezan las definiciones más duraderas: una trabajadora de limpieza delgada en extremo (Audrey Tatou), un vendedor de postales afuera de algún museo (Laurent Stocker) y un cocinero agobiado siempre con relaciones fugaces (Guillaume Canet). Con base en la novela homónima de Anna Gavalda, el director de Uno se queda, el otro se va (05), muestra las dotes que tenía para la adaptación de los textos literarios a los fílmicos. Alrededor de ellos, la madre amargada de la primera, la familia ultra religiosa del segundo y la abuela del tercero (Francoise Bertin), personaje al fin clave que ahora desde luego remite al propio director del film. Es la anciana la que de alguna manera funciona como pivote para que estos tres seres un cuanto tanto extraviados en sus propias certezas, empiecen a dejar la rutina como forma de sobrevivencia y aventarse a vislumbrar otras posibilidades vitales. Este trío se encuentra para darse cuenta que la vida puede tomar otro curso y casi de manera fortuita, como de pronto se presentan las señales orientadoras, establecen una comunidad no exenta de conflictos en la que se pondrá a prueba la durísima necesidad de aprender a vivir juntos. El director de Adiós Pelele (83) cuida y desarrolla con afecto a sus personajes, evitando cualquier estridencia dramática y todo tipo de chantaje fácil: propone a personas como tú y yo para que los acompañemos en este trance que resultará definitorio. Con algunas irrupciones musicales para abrir secuencias, un ritmo pausado y funcional, actuaciones solventes y una puesta en escena sencilla bien capturada por una cámara parsimoniosa, que siempre sabe donde ponerse, el film se deja ver como una reflexión al alcance de la mano, nada rebuscado ni de profundidades insondables, acerca de cómo se configuran las decisiones y de qué manera el otro puede ser no sólo un espejo, sino una especie de diario ruta para transitar por este paraje extraño y sorpresivo que llamamos vida. Sirva como homenaje póstumo la llegada de este film a nuestras tierras. Nos leemos después. Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx

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LEJOS DE ELLA: AMOR AÚN EN EL OLVIDO

25 julio 2008

La memoria es uno de los cimientos de la relación de pareja, aún cuando entre algunos de los recuerdos se desgrane cierto dolor: la historia construida en común, con sus episodios luminosos y los obstáculos salvados más por el amor que la costumbre, sostiene el vínculo justo cuando las cosas se ponen más complicadas de los roces habituales. Pero cuando el olvido involuntario (¿existe otro?) se empieza a entrometer en la convivencia, acaso nos damos cuenta que la felicidad puede encontrarse nuevamente y concebirse de manera distinta, aunque sea en mundos paralelos que allá en una improbable distancia modifiquen su órbita para reencontrarse.

Basada en el relato Ver las orejas al lobo (The Bear Came Over the Mountain) incluido en el libro Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio (RBA, Barcelona, 2001) de la brillante escritora canadiense Alice Munro, especialista en la brevedad profunda, y dirigida por la actriz debutante tras de cámaras Sarah Polley, recordada por sus emotivas interpretaciones en las películas Mi vida sin mí y La vida secreta de las palabras, ambas dirigidas por Isabel Coixet, Lejos de ella (Away From Her, Canadá, 07) es una inmersión al matrimonio sobreviviente y a los recovecos de la memoria recreada en pareja.

Un matrimonio ha sobrellevado una relación funcional a lo largo de cincuenta años. La vejez empieza a cobrar las facturas en la memoria de Fiona (Julie Christie, notable), que muestra síntomas de Alzheimer, situación que la lleva a solicitarle a su marido Grant (Gordon Pinsent, contenido) que la ingrese a un centro especializado para recibir la atención necesaria, donde establecerá un vínculo especial con otro paciente (Michael Murphy) mientras que su esposo, ante el olvido, se mantiene estoico y convive con la esposa de éste (Olimpia Dukakis, derrochando sabiduría pragmática) y una de las enfermeras.

Como sucedía en Iris (Eyre, 01), la biopic sobre la famosa escritora, y en la sentimental Diario de una pasión (Cassavetes, 04), la relación matrimonial se topará frente a la prueba definitiva: la ruptura que implica dejar de ser reconocible para el otro. Quizá con un uso reducido del flashback, que impide una mayor compenetración con la vida de la pareja, vamos descubriendo que el trayecto no ha sido fácil y que han existido extravíos, como la búsqueda ya imposible para regresar a casa.

La construcción narrativa rompe la linealidad y entremezcla las lecturas de poemas con imágenes que buscan escenificar la tragedia del olvido y la esperanza del recuerdo. El empleo de cuidadosos encuadres y de la luz natural que se cuela por las ventanas o que estalla en los campos nevados, remite a la posibilidad de que la oscuridad de la desmemoria pueda ser vencida en algún momento, por más que las evidencias vayan en sentido contrario.

Un libro sobre Islandia apenas funcionará como salvavidas en el indeseado traslado al segundo piso cuando la condición de la protagonista ha empeorado. No obstante que estamos frente a un drama que bien podría derrapar en exageraciones argumentales y actorales, la dirección de la aún veinteañera Polley consigue mantener a sus personajes como seres humanos cercanos, sin juzgarlos de antemano y permitiendo que sean sus propias decisiones las que los definan: es en los diálogos en donde mejor funciona la adaptación del texto de Munro.

Y aunque el abandono y el desamor acecharan, siempre quedará el agradecimiento de la permanencia, a diferencia de tomar el camino fácil y al fin equivocado de evitar la trascendencia como pareja, vuelta compromiso liberador.

Nos leemos después.

Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx