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FIAC 2019: TERRY RILEY EN LEÓN

23 noviembre 2019

Músico esencial de las vanguardias del siglo XX, particularmente la vinculada con el minimalismo, ha visitado con mente abierta diversos géneros y especies derivadas, tanto de las estéticas predominantes de occidente como de las propuestas sonoras de oriente, sobre todo de las reiteraciones meditativas provenientes de la India que entran por los oídos e invaden todo el sistema nervioso para colocarlo en otra dimensión. Sus famosas sesiones que duraban toda la noche hasta el amanecer, se convertían en una especie de viajes astrales cuyo vehículo era esa creación de una envolvente atmósfera sonora capaz de trasladarnos a (im)posibles mundos mentales.

Terry Riley (California, 1935) empezó a tocar piano en los años cincuenta del siglo pasado, mientras estudiaba composición en Berkeley, donde tuvo de compañero a La Monte Young, otro prominente exponente del avant-garde. Con una mano puesta en las ideas minimalistas de John Cage, compartidas con Philip Glass, y con la otra en el jazz que ampliaba sus fronteras justo en esos años buscando atonalidades significativas, compuso Mescalin Mix (1960), aprovechando las posibilidades de la música concreta en cuanto a tratar ciertas secuencias de sonido en forma separada, para después realizar innovadores procesos de cortar y pegar, insertando las reconocidas repeticiones que terminan por ser hipnóticas.

Compuso Music for the Gift (1963) para la obra de Ken Dewey que abrió paso para el clásico In C , compuesto en 1964 aunque editado en disco en 1968, una de las obras pioneras del minimalismo integrada por 53 fraseos rigurosamente organizados que podrían ser interpretados por un grupo numeroso de músicos: insignes colegas como Steve Reich, Jon Gibson, Pauline Oliveros y Morton Subotnick fueron de los primero en interpretar la hipnótica pieza. Una notable recreación de la obra fue la que se realizó Malí por parte de Africa Express, uno de los múltiples proyectos apoyados por Damon Albarn, líder de Blur (https://www.youtube.com/watch?v=_FXQ68ZkWVw).

Fueron años de producciones clave con la incorporación del saxofón como instrumento distintivo que entraba como anillo a la partitura de absorbentes loops: Poppy Nogood and the Phantom Band (1968), conformado por un solo corte en continua involución cual escalera que parece ir hacia abajo o para arriba pero nunca se sabe (cual dibujo de Escher) y el mayúsculo A Rainbow in Curved Air (1969), muy a tono con los tiempos progresivos y sicodélicos que se respiraban en el ambiente, cerraron la década en la que Riley cimentó su propuesta musical y, aun sin saberlo, su enorme legado para la música por venir.

Empezaron los viajes a la India y entretanto produjo con John Cale (The Velvet Underground) Church of Anthrax (1971), seguido de Les Yeux Fermes (Happy Ending) (1972), oscuro soundtrack para el corto francés homónimo y Persian Surgery Dervishes (1972), capturando un par de narcóticos conciertos de órgano. Vinieron después el score Le Secret de la Vie (Lifespan, 1975),  Descending Moonshine Dervishes (1975) y Songs for the Ten Voices of the Two Prophets (1983), experimentando con sintetizadores y acaso buscando clamar en los distintos ámbitos musicales los nuevos sonidos por venir.

El feliz encuentro con David Harrington del mítico Kronos Quartet derivó en varias presentaciones y grabaciones de impecable interpretación y cautivante composición como se deja escuchar en Terry Riley: Cadenza on the Night Plain (1985), el afamado Salome Dances for Peace (1989), Terry Riley: Requiem for Adam (2001), Sun Rings (2002), The Cusp Of Magic (2004) y G Song (2015), éstos últimos para celebrar su septuagésimo y octagésimo cumpleaños, respectivamente. El prestigiado cuarteto le rindió un homenaje vía One Earth, One People, One Love (2015), una caja de 5 discos que es todo un tesoro.

Vendría Aleph (2012), desplegado a partir del sintetizador y creado para un proyecto del Museo contemporáneo judío de San Francisco, si bien puede remitir a sumergirse un par de horas en el famoso concepto borgiano. Con su hijo Gyan, después del álbum Live (2011), compuso el score para el filme canadiense Hochelaga, Land of Souls (2017) y Way Out Yonder (2019); a partir de un entusiasta piano, presentó The Lion’s Throne (2019) con la cantante Amelia Cuni en una especie de diálogo litúrgico. Su presencia en nuestra ciudad por segunda vez, todo un acontecimiento cultural.

Shri Camel (1980), The Harp of New Albion (1986) y Terry Riley and Krishna Bhatt (1984), en conjunto con el maestro de la cítara indio, son muy buenos ejemplos de la lograda imbricación de elementos musicales provenientes de tradiciones distintas, interviniendo el órgano para experimentar con sonidos y secuencias, y aludiendo a los espíritus de la India para crear paisajes de inquietante relajación. Continuó grabando en diversas direcciones como lo muestran el paisajismo del destierro de No Man´s Land (1985) y Chanting the Light of Foresight (1987), explorando pequeñas frecuencias con el Rova Saxophone Quartet.

Entre guitarras españolas y tangos argentinos, grabó The Book of Abbeyozzud (1999), seguido por el casi imposible de conseguir en físico Atlantis Nath (2001); con el poeta Michael McClure grabó I Like Your Eyes Liberty (2005) y con el bajista experimental Stefano Scodanibbio hizo lo propio en Lazy Afternoon Among the Crocodiles (1997) y Diamond Fiddle Language (2005); siguieron Reed Streams (2007) con todo y enfáticos mantras; Banana Humberto (2008), concierto de piano de corte más lúdico con Paul Dresher, y Autodreamographical (2010), en el que se volvió hombre equipo, incluso narrando historias.

MUTEK 2019: FEMINISMOS INTERCULTURALES

18 noviembre 2019

La 16ª edición de esta fiesta de artes visuales, creatividad digital, performance y música cuyo origen se remonta a Montreal, llega a la Ciudad de México nuevamente, como uno de los centros urbanos donde se desarrolla, junto a Tokyo, Buenos Aires, Barcelona, San Francisco y Dubai; además algunos de los artistas, aprovechando el viaje, visitan otras ciudades de nuestro país. En esta entrega, un breve recuento sobre algunas de las distinguidas participantes.

DONDE LA VIDA SÍ VALE MÁS QUE ALGO

Orgullosamente leonesa y haciendo carrera en Guadalajara y la Ciudad de México, Concepción Huerta (1986) se ha movido por los terrenos de la experimentación tanto visual como sonora, igual en proyectos individuales que colectivos: aprovecha casi cualquier ruido para convertirlo en fuente de creación. Recientemente publicó el álbum Personal Territories (2019), transitando por un rasposo noise plagado de entrecortes que deconstruye paisajes de alteración impredecible, configurados por orgánicas estructuras digitales y análogas, según el medio empleado. De acuerdo con la página del festival, presentará un performance titulado A-way From Fiction, representación en la que confluyen varios elementos audiovisuales y escénicos para contar diversas historias de personajes inventados.

En tanto, la italiana asentada en Berlín Caterina Barbieri (Boloña, 1990), quien estudió en el conservatorio de su ciudad natal y se especializó en Estocolmo, gusta de jugar con ritmos e instrumentos, entreverando tiempos, secuencias y arreglos, recurriendo a secuencias de teclados que parecen permanecer y drones que ponen gravedad en el sonido, brindando una sensación de rítmica dislocada, como se advierte en el prematuro Vertical (2014) y sobre todo en Patterns of Consciousness (2017), álbum matizado de lances experimentales entre teclados y apuntes electrónicos para despertar, en efecto, patrones orientados a detonar los impulsos de conciencia personal y colectiva (si se vale el oxímoron).

Tras participar en diversas presentaciones y festivales, grabó junto con Carlo Maria el EP Remote Sensing (2017), tratando de ir a la médula y abriendo boca para Born Again in the Voltage (2018), en el que incorporó otros elementos tanto instrumentales como vocales, enriqueciendo su apuesta cual si se tratara de un renacimiento eléctrico; ese mismo año grabó otro álbum con Eleh, artista que se mantiene en las penumbras. Ecstatic Computation (2019), en tanto, se orienta a un sonido de carácter más informático, casi desnudo pero que juega con las temporalidades que transitan entre la falsa calma y el movimiento imprevisto.

Originaria de Nueva York y con formación clásica, la ecléctica compositora Kelly Moran (1988) se ha movido de manera natural por géneros tan contrastantes como el dream pop y el black metal, pasando por la electrónica y el jazz; gusta de trabajar con pianos preparados a los que les exprime diversas posibilidades sónicas y que terminan sumergidos en un ambient que, a su vez, deja una cierta sensación de alterada quietud, buscando las contradicciones desde los ecos auditivos que se van generando, a partir de un disfrazado minimalismo.

Debutó con Optimist (2016), de manufactura casera, en el que ya lanzaba sus ideas musicales entre el avant-garde y el énfasis electroacústico; presentó posteriormente Bloodroot (2017), apuntando hacia esa conjunción de atmósferas calmas que esperan el momento para escaparse de la tierra y se adentró a buscar la invisibilidad en Ultraviolet (2018), indagando sobre tonos y vibraciones para expandir el oído. Entre colaboraciones con otros artistas, se dio tiempo para mantener la producción propia en activo y grabó el EP Origin (2019) con un enfoque temático más naturista, entre noches reflexivas y aves de múltiples intenciones que se reflejan en el duelo entre las teclas y los rasgueos de las cuerdas.

RAÍCES Y ESPÍRITUS

Por su parte, la multifacética Deena Abdelwahed (Qatar, 1989), quien llegó a Francia a los 26 años, inserta sus orígenes tunecinos en texturas electrónicas para construir intrigantes y sinuosos callejones sonoros, como si se atravesaran esas enigmáticas edificaciones que conviven con ambientes arenosos: produjo el EP Klabb (2016) para poner en práctica su estética urbana que logró desarrollar en su debut largo titulado Khonnar (2018), álbum de nueve cortes en los que conviven rítmicas electrónicas de cierto frenesí, matizadas por improntas arabescas que sostienen unas intermitentes vocalizaciones.

Por su parte, la nacida en Suiza Aïsha Devi, quien durante los primeros años del nuevo milenio se dio a conocer en los circuitos de la electrónica como Kate Wax (álbumes Reflections on the Dark Heat, 2005; The Dark Heat Collection vol. 2, 2007), regresó a sus orígenes tibetanos ubicados en los vericuetos de los montes de Nepal, cual viaje a la semilla, para integrar los sonidos electrónicos con un enfoque espiritual, buscando conexiones significativas entre una estética musical que usualmente ha estado más asociada al cuerpo que al alma, más al movimiento que a la quietud, más a la respiración pausada y profunda que al frenesí.

Con el EP Aura 4 Everyone (2013) nos puso en plan meditativo, al que le siguieron algunos sencillos y el EP Conscious Cunt (2015), abriendo justamente el pensamiento con orientación feminista, continuada en Aurat (2015), otro EP que, junto con los dos anteriores, se integraron en el debut largo Of Matter and Spirit (2015), tecno reflexivo de largo alcance insertándose en la eterna dualidad cuando el espíritu está dispuesto pero el cuerpo apunta hacia otros derroteros. Tras otro EP de remezclas, grabó DNA Feelings (2018) entre coros infantiles, teclados efervescentes y cánticos ancestrales, acaso buscando el origen imposible de afectos ocultos siempre impredecibles.

CORONA CAPITAL 2019: DOS MOVIMIENTOS

16 noviembre 2019

MOVIMIENTO CÓSMICO

Tomando su nombre de un cierto tipo de peinados en forma de colmena, The B-52’s se formó como un lúdico quinteto mixto en Atenas, Georgia, a mediados de los setenta del siglo pasado. Los hermanos Ricky (guitarra) y Cindy Wilson (voz y percusiones), Keith Strickland (multiinstrumentista), Fred Schneider (vocales) y Kate Pierson (voz y teclados) decidieron formar una banda un poco de la nada y confiando en ir aprendiendo sobre la marcha, basados en la coincidencia de sus gustos por Yoko Ono, sus inclinaciones retro, sus aficiones cienciaficcionales de serie B y sus tendencias kitsch, enfatizadas en vestuarios y peinados.

Inesperadamente, debutaron con el clásico homónimo The B-52’s (1979), cual sueño bailable en tonos fosforescentes, vividos a través de cortes como Planet Claire, donde podrían crecer flores parlantes y por supuesto, las afamadas 52 Girls y, sobre todo, Rock Lobster, lanzándonos gozosamente de regreso a los años sesenta y que todavía sigue sonando en toda fiesta que se digne de ser recordada. Muy pronto nos volvieron a llevar de viaje con su peculiar combinación de voces casi en forma de alocada conversación en Wild Planet (1980), manteniendo el nivel de su efusiva obra predecesora con Private Idaho como corte pronto identificable.

Después del EP Party Mix! (1981), integrado por seis remixes que le metían buena vibra las conocidas canciones, y colaborar con David Byrne, presentaron Whammy! (1983) con fuerte tendencia new wave muy en consonancia con los tiempos que corrían, incluso explorando ciertos acentos postpunk, como se deja escuchar en Legal Tender. Vendría posteriormente la trágica muerte de Ricky Wilson a causa del SIDA en 1985 y el resto de los integrantes terminaron Bouncing Off the Satellites (1986), el disco que estaban grabando cuando sucedió la desgracia, acaso a manera de homenaje póstumo: desde luego, la pérdida sacudió a la banda.

Tras un periodo de duelo, se volvieron a reunir apoyados por una experimentada producción para entregar Cosmic Thing (1989), sonando fuerte y claro con Love Shack y Roam como sencillos que los volvían a poner en el radar de la efusividad acostumbrada, buscando los colores en los objetos no identificados; sin Cindy Wilson y en formato de trío, grabaron Good Stuff (1992), que pasó más o menos desapercibido y tras algunas grabaciones de sencillos, la propia Wilson volvió para producir dos temas nuevos que se integraron en el muy completo recopilatorio Time Capsule: Songs for a Future Generation (1998). Tras actividades diversas, se reunieron una década más tarde para generar el más electrónico Funplex (2008), último disco en estudio de este grupo que tanto nos ha puesto en movimiento retrocósmico. Están por despedirse de los escenarios.

MOVIMIENTO GEEK A COLORES

Colocados entre las vertientes guitarrera postgrunge y el artpop que levanta a la tribuna, pero con facha de empleados de algún gran corporativo de Silicon Valley, Weezer es un cuarteto liderado por Rivers Cuomo, un estudiante de arte que empezó a tocar en bandas de metal al mudarse a Los Ángeles de Massachusetts, y que al conocer al bajista Matt Sharp y al baterista Patrick Wilson formó la banda a la cual se sumó el guitarrista Brian Bell, poco después de empezar a grabar su álbum debut, bajo las órdenes de Ric Ocasek, ni más ni menos; por si fuera poco, Spike Jonze les dirigió el video de Undone (The Sweater Song), pieza integrada en Weezer  [Blue Album] (1994), su imparable primer disco con Say It Ain’t So y Buddy Holly como canciones que le dieron la vuelta al mundo.

Mantuvieron el listón a tono con Pinkerton (1996), salpicado de punkpop y revalorado tiempo después, maltratado en su momento de salida. De pronto el silencio: otros proyectos, rumores de ruptura definitiva y bloqueos creativos, entre otras causas. Pero contra todo pronóstico, volvieron a presentarse en sociedad, salvo Sharp, suplido por Mikey Welsh (bajista de Juliana Hatfield), para entregar Weezer [Green Album] (2001), un bienvenido regreso otra vez de la mano de Ocasek que incluyó canciones como Hash Pipe e Island in the Sun, confirmando que se mantenían en forma para ponerle la suficiente cadencia a las cascadas de guitarras. En aquella época, Welsh enfermó y murió en el 2011; fue sustituido por Scott Shriner, quien se integró para grabar el roquero Maladroit (2002), su siguiente álbum de estudio, cual ejercicio de búsqueda.

Tras algunos otros lances en paralelo y proyectos alternos y alguna edición especial, la banda se reagrupó para entregar Make Believe (2005), mostrando cierto enmohecimiento a pesar de contar con la mano experta de Rick Rubin y algunas canciones de rápido disfrute como Beverly Hills; más cohesionado y participativo resultó Weezer [Red Album] (2008), pronto seguido de Raditude (2009), con todo y can saltando fuera de la foto, y de Hurley on Epitaph (2010), con el famoso y entrañable personaje de la serie Lost sonriendo en la portada: ambos discos, desde la independencia, buscaron volver a las bases del sonido del grupo.

Retornaron bajo las órdenes del recientemente fallecido exlíder de The Cars para, de manera más cuidada, tejer un estimable y equilibrado poprock desparramado en Everything Will Be Alright in the End (2014), brindando impulso creativo que alcanzó para Weezer [White Album] (2016), incluyendo agradecimientos directos (Thank God for Girls) y preguntas sin rodeos (Do You Want to Get High?). Pacific Daydream (2017) pareció un intento por buscar nuevos caminos que se quedó en eso: salvo algunas canciones, el conjunto se asienta en la normalidad que indica quizá apresuramiento. Y para no perder el ritmo, grabaron Weezer [Teal Album] (2019), integrado por versiones en tonalidades verde azulosas de canciones del gusto popular y Weezer [Black Album] (2019), en tesitura luminosa como curándose las heridas de tiempos oscuros donde todo parecía perdido.

RESPLANDORES EN TIERRA DE ZOMBIES

9 noviembre 2019

Un par se secuelas no del todo esperadas, dado el tiempo transcurrido a partir de la realización de sus predecesoras, con enfoques contrastantes que recurren a sus mejores armas para alcanzar sus propósitos. El terror combinado con la fantasía y la comedia, según el caso, con resultados acordes a lo esperado.

DOCTOR SUEÑO: HASTA EL ÚLTIMO ALIENTO

Al igual que la lograda Blade Runner 2049 (Villeneuve, 2017), su realización cargaba con el peso de ser la continuación de un clásico absoluto del género y a partir de ahí, el nivel de riesgo era alto; una buena alternativa era asumirse como un tributo al filme sin descuidar su referente literario y al mismo tiempo desmarcarse y buscar nuevas vías narrativas: acertada decisión no del todo llevada con eficacia a la práctica, sobre todo por ciertos episodios que se antojan derivativos y algunas resoluciones fáciles que carecen de justificación, aún en la propia fantasía de la trama (el protagonista de pronto experto tirador, transiciones que pierden nociones temporales).

Si bien se supo que al estimable Stephen King no le gustó El resplandor (1980), obra maestra de terror con toda la carga obsesiva de Kubrick, la película se volvió un referente argumental y visual, no solo para el género, sino para el mundo del cine en general. Incluso hubo una miniserie televisiva de tres episodios que pasó relativamente desapercibida en 1997 apoyada por King sobre su novela: cada quien sus gustos. Después, el que quizá sea el escritor más conocido del mundo, publicó una continuación de su célebre relato en el 2013, base para el filme homónimo Doctor sueño (EU, 2019), escrito y dirigido por el oriundo de Salem Mike Flanagan (Oculus, 2013; El juego de Gerald, 2017), quien se encarga de la serie La maldición de Hill House (2018-2020).

La historia sigue a Dan Torrance (Ewan McGregor, ejercitando la contención) en su etapa adulta, el pequeño que sobrevivió a la locura de su padre en el hotel Overlook (el brillantemente desquiciado Jack Nicholson), con saltos que van y vienen en el tiempo que regresan a su infancia en Florida, ya sin su madre en vida, ahora buscando la misión imposible de huir de sí mismo entre el alcohol, la vagancia, pleitos de billar y mujeres ocasionales, apenas contando con el apoyo del viejo cocinero que habita todavía en su cabeza, hasta que termina asentándose en un pueblo de New Hampshire gracias a un comprensivo hombre que lo apoya (Cliff Curtis), capaz de reconocer cuando alguien está extraviado.

Consigue alojamiento y algunas chambas entre las que se encuentra la de fungir como enfermero para acompañar a personas moribundas, labor de donde se deriva, gracias a uno de los pacientes que está por lanzar un último suspiro, su sobrenombre de Doctor sueño, en complicidad con un sagaz gato de habilidades premonitorias que le avisa el momento justo para servir como especie de Caronte gratuito y benévolo a los pacientes para guiarlos hacia el más allá, brindándoles la esperanza que necesiten, ya sea que existe algo más o que se reencontrarán con quien los están esperando: el sueño eterno.

En tanto, un grupo conocido como The True Knot acecha, liderados por una especie de hechicera entre encantadora y siniestra (Rebecca Ferguson, en tesitura precisa): aunque al argumento le falta información sobre el origen de estos personajes que andan cual gitanos en casas rodantes cuya personalidad queda un poco difuminada, salvo el abuelo y el apodado cuervo, se trata de una especie de secta que se alimenta del temor de los niños que tienen el don de la telepatía y de meterse en la cabeza de los demás, para lo cual los atrapan y se alimentan de su vapor o bien lo guardan en recipientes por si se ofrece en tiempos de escasez. Andan por ahí de ociosos alrededor de fogatas en bosques o playas sin mayor oficio o beneficio.

No son inmortales pero pueden vivir mucho tiempo y necesitan detectar a quienes tengan lo que el protagonista llama, justamente, el resplandor, ya sea para sumarlos a su clan, como en el caso de la joven vengadora contra pederastas (Emily Alyn Lind), aprovechando la función de Casablanca, o para devorarlos hasta su último aliento, y los torturan con el fin de alimentarse del vapor que exhalan mientras son lastimados, como se muestra en la dura escena con el niño que adivinaba los lanzamientos del pitcher rival (Jacob Tremblay, padeciendo La habitación una vez más) o la ingenua pequeña que va a recoger flores en la tensa secuencia inicial.

La trama se entrelaza cuando una puberta (Kyliegh Curran) con fuertes poderes relacionados con la telequinesis entra en contacto con Dan para advertirle sobre los crímenes del susodicho grupo, a la vez que es detectada por éste, particularmente por su lideresa, y se vuelve oscuro objeto de su deseo en aras de su sobrevivencia, volviéndose casi asunto personal: quedan atados los cabos argumentales, acaso un poco tarde, pero que terminan siendo recuperados en la secuencia climática que regresa a donde todo comenzó, como suele suceder en la vida de toda persona con o sin resplandor, en la infancia que transita los pasillos montada en un triciclo buscando la aventura de la existencia donde se abren y cierran cajas según las posibilidades de la mente.

La propuesta visual se apoya en su referente kubrickiano, apostando por las transiciones difuminadas, los desplazamientos de cámara con acercamientos y alejamientos enfáticos y los picados reiterados, como para ubicar los contextos de incertidumbre de los personajes, incluyendo explosiones como el viaje astral que modifica la lógica de la física: no saber dónde se está, si en la realidad tangible o en la cabeza de alguien más, si se trata de un truco o de una situación que implica peligro corporal. Especial atención se puso en la similitud de los actores y las escenografías, así como en los movimientos y acciones, como por ejemplo en la famosa secuencia del padre caminando con el hacha; la banda sonora remasterizada e incidental, hace su parte para este trabajo de recreación, en parte, y de búsqueda de diferenciación.

ZOMBIELAND: GRACIAS POR EL TIRO

Dirigida con soltura por Ruben Fleischer, retomando al equipo original salvo Bill Murray que hace un cameo postcréditos por no dejar, Zombieland: tiro de gracia (EU, 2019) es una tardía pero entretenida secuela de su Tierra de Zombies (2009), que conserva la frescura de su predecesora y transmite la humorística interacción entre sus integrantes, con adhesiones oportunas (Rosario Dawson, Zoey Deutch, Avan Jogia, Luke Wilson) y un tono que se mantiene en la tesitura justa entre la comedia y la aventura, sin pretender excederse en la segunda; tiene la virtud, también, de no entrar al territorio del melodrama o la camaradería excesiva, o la acción angustiante.

Peca, quizá que el guion parece no ir a ninguna parte y resultar convencional, articulándose a partir de un conjunto de viñetas propias de la fórmula de “nos vamos”, “te buscamos”, “te encontramos” y “nos regresamos”, pero se sostiene por la inserción de personajes que aparecen y desaparecen en los momentos precisos, algunos diálogos ingeniosos e interacciones que capturan el interés en el contexto de un mundo devastado y los absurdos que ello provoca, con buenos efectos y maquillajes que ya quisieran series al respecto que vienen a la baja. Cuando intérpretes como Harrelson, Stone, Eisenberg y Breslin se divierten y disfrutan su trabajo, lo transmiten a la audiencia. Se nota.

Colaboraron: Gonzalo y Max Cuevas.