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CHAMPIONS 2016: MADRID EN MILÁN

31 mayo 2016

En una imagen para el registro de la deslocalización, en este caso temporal, una comunidad se desplaza a otra ciudad para convertirla, por un momento, en una especie de extensión de su espíritu. Milán, ciudad que también alberga a un par de equipos de jerarquía, abre sus puertas a la pasión madrileña, a través de su esplendoroso e histórico estadio San Siro para disfrutar de un enfrentamiento entre sus dos conjuntos, finalistas de toda Europa como si estuviéramos entre los siglos XV y XVI.

Las individualidades contra el conjunto; el equipo conformado desde hace tiempo, con una base fija y jugadores que se venden al mejor postor, enfrentando a un cuadro en reconstrucción, como tratando de sacar la casta después de algunas decisiones equivocadas. El juego hosco interpretado por nota versus la impredecible levedad de las estrellas: disciplina táctica en contraposición a la ocurrencia según el estado de ánimo.

Detrás de todo ello, historias de conciudadanos que contrastan en la lógica de la abundancia hasta la simpatía por el sufrimiento. Desde la Cibeles a la Neptuno, a ver de qué fuente salían más festejos, porque si bien el Barcelona se atraviesa como un rival clásico para ambos, los partidos en familia (pensando en términos de ciudadanía) acaban siendo los más feroces, sobre todo cuando se alcanza cierto equilibrio de fuerzas, como es el caso.

En el banquillo, dos baluartes de la historia del fútbol, tratando de extender la forma en la que entienden este deporte, con sus asegunes: la exquisitez de Zidane, que al menos en estos primeros meses parece apostar más a lo segurito que a lo que él mismo intentaba en la cancha, y el empuje de Simeone, ahí sí funcionando como espejo de la manera en la que se desempeñaba en la cancha, con una convicción a prueba de complejo de inferioridad y una dureza siempre tentando el reglamento.

Primer aviso apenas pasados los cinco minutos de juego y salvada en la línea por parte del arquero; un centro peinado por el chongo de Bale, que dio gran partido aún lastimado, llega al área y entre jalones defensivos y posición adelantada de Ramos, la pelota se cuela a las redes, reflejando el completo dominio de los de blanco ante unos rayados que pagaban así su desconcierto en el campo, como si todavía lamentaran haberse quedado sin poder conquistar el torneo local.

En lugar de insistir, el Real Madrid pareció bajar la intensidad y retrasar ligeramente las líneas, mientras que sus acérrimos rivales se empezaban a acomodar en la cancha, muy poco a poco. Apenas un par de disparos fuera del área más para anunciar que estaban en el partido que para colocar la necesaria cuota de peligro. Los minutos terminaron de correr y la primera parte se apagó con las expectativas aún al borde de la tribuna.

Con la ventaja, el equipo merengue empezó a apostar por la estrategia de la espera, como si no se supiera que si juegas a que no te anoten, tus probabilidades bajan de que puedas marcar un gol. Era el momento de Simeone para demostrar de qué está hecho un conjunto que ya no sorprende a nadie estando presente en las últimas instancias de cuanto torneo forma parte.

REACCIÓN ESPERADA

En la segunda mitad, los colchoneros salieron dispuestos a saldar cuentas no solo de la primera parte, sino de muchos años de historia. Un dudoso penal prematuro, cortesía de Pepe que quizá es el peor jugador para dramatizar las jugadas, les daba la oportunidad de empatar el marcador pero el balón lanzado por Griezmann fue directo al travesaño: como para que no fuera tan fácil, mejor seguir padeciendo.

Era el momento para que los anfitriones del Santiago Bernabéu se lanzaran ante el bajón de moral del rival para buscar un segundo tanto que pondría el asunto casi en la zona de la certidumbre. Algunos intentos tibios, salvo una clara de Benzema que sigue un poco distraído, pero escasa convicción al frente en cuanto a la frecuencia de juego, mientras que los del Manzanares mantenían la esperanza provocando llegadas con cierto nivel de inquietud.

El conjunto merengue tuvo otra oportunidad clara que no acabó en gol gracias a la capacidad para revolverse de la defensa colchonera; un instante después, el incansable Juanfran consigue mandar un centro preciso bien rematado por Ferreira Carrasco, habilidoso joven jugador de nacionalidad belga: tras el gol, muy pronto corrió a las gradas para celebrar con beso de por medio con su novia. Faltaba más. El empate se instaló, como hace un par de años, para dar pie a los tiempos extra.

Con varios jugadores disminuidos, sobre todo del Real Madrid, y un calor que parece invadir todo el planeta, se jugaron los 30 minutos complementarios con apenas algunos avisos que presagiaban la resolución desde los once pasos. Incluso el árbitro, de notable manejo de partido a pesar de las decisiones polémicas y la discutible contención en las tarjetas (que al final benefició al juego), dio un respiro entre tiempo y tiempo.

En la tanda de penales, predominaron las impecables ejecuciones ante la tardía reacción de los arqueros, hasta que llegó la paradoja del partido: Juanfran nos regaló un juegazo no solo en defensa, junto con Godín, sino también al frente poniendo el pase a gol. Cristiano pasó desapercibido la mayor parte del juego y nos obsequió muy poco de su gran talento. El primero falló el tiro desde los once pasos y el segundo anotó el decisivo.

Conmovedores los llantos en cascada desde la tribuna, pero más aún ver el quiebre de los rudos jugadores de playera rayada que se desplomaban en los brazos de su entrenador, intentando brindar cierto consuelo y, en simultáneo, encontrar cierta calma frente a la tribulación de una derrota que se inserta en la memoria. Del otro lado, buscar acomodo para la undécima, festejar y ponerse a pensar en un futuro que, dada la historia, sigue exigiéndolo todo.

 

Lee Konitz / Brad Mehldau / Charlie Haden / Paul Motian: Live at Birdland, ECM, 2011.

22 mayo 2016

Es un disco en el que intervienen cuatro grandes jazzistas de nuestro tiempo. Los experimentados Lee Konitz (saxofón alto) y Charlie Haden (contrabajo), se unen a Brad Mehldau (piano) el más joven de todos pero ya consolidado, y a Paul Motian (batería), quien murió en el 2011 tras una brillante trayectoria como músico de sesión y líder de grupo. Grabada en vivo durante diciembre del 2009 en Nueva York, dentro del recinto conocido como Birdland, esta obra se conforma por 6 piezas que se desarrollan a partir de un tema base pero que dan pie para el arte de la improvisación. Trabajo la analogía con tres piezas.

ANALOGÍA

El disco es como una conversación entre viejos amigos. Toma la palabra el saxofón y empieza a narrar las vicisitudes de la vida, mientras los demás escuchan con atención, quizá haciendo algunas breves intervenciones. En particular, Paul Motianplatica una experiencia romántica que lo dejó marcado. De pronto, el contrabajo contrasta la historia con otra anécdota sobre un amor perdido, que se le había escapado de la memoria: el piano asiente y la batería parece recordar en un discreto murmullo; nuevamente el saxofón interviene para retomar lo dicho por el contrabajo y relacionarlo con su propio suceso: ahora parece más melancólico que antes, quizá más bien está rememorando con un dejo de satisfacción, sobre todo cuando el piano lo acompaña con algunas preguntas que lo hacen detallar aún más su historia (Lover Man).

Cambiando de tema, el piano inicia una discusión contenida sobre cómo podría entrar al mundo de los sueños de una forma más consciente; de inmediato, la batería interviene para proponer alternativas mismas que se convierten en materia de diálogo con el saxofón, quien parece tomar un cierto protagonismo que lejos de molestar le pone mucho sabor a la plática; el contrabajo, por su parte, se muestra expectante: tiene fama de ser un gran escuchador. El tema se desvía pero el piano vuelve a retomar su idea inicial e invita al resto a sumarse al diálogo en primer término complementado por la batería, seguida del contrabajo quien de pronto se queda solo, atrayendo la atención de todos con un discurso sutil, muy reflexionado. (Lullaby of Birdland).

Tras un pequeño silencio, en el que los amigos parecen sumirse en sus pensamientos, el saxofón regresa para compartir algunas ideas acerca de la importancia de la luz y de cómo el sol va a dejar de existir en algún momento: muy pronto todos salen de su ensimismamiento y entran a la polémica, imaginando un mundo a oscuras. Se advierte cierto nerviosismo en la plática, aunque el joven piano parece poner cierta tranquilidad, bien aprovechada por un comentario de la batería que da pie a la intervención del contrabajo, misma que parece tranquilizar a todos y dotar de cierto optimismo a la reunión, como si en efecto estuvieran agradeciendo por la existencia plena de la estrella que nos cobija (Solar).

EL PEQUEÑO GENIECILLO DE MINNEAPOLIS

15 mayo 2016

Prolífico para producir y componer, al grado de dar y regalar canciones a sus colegas o protegidos; talentoso para la interpretación con el instrumento que se le pusiera enfrente; ecléctico para crear su imaginería visual y auditiva, alrededor de una apuesta por la sensualidad; incansable para girar por el mundo, desparramando ritmo y buena vibra; trascendente a juzgar por las incontables influencias escuchadas en músicos de su generación y de las posteriores: “suena a Prince”, solemos decir.

ENTRE EL ECLECTICISMO Y LA TRANSGRESIÓN

Los ochentas fueron, en buena parte, suyos, después de alzar la mano para hacerse presente a finales de los setenta con For You (1978), en el que se hizo cargo de todos los instrumentos y composiciones, y el homónimo Prince (1979), centrado en un funk de sustento pop. Ya se reflejaba su notable rango vocal, que puede ir de una agudeza chirriante a una serenidad esotérica, y algunas de sus preocupaciones temáticas como el sexo y el amor, la espiritualidad y la condición de raza, entre otras, además de su ojo clínico para el gancho melódico y la rítmica voluptuosa.

Grabó obras maestras alejadas de la popularidad y grandes discos enclavados en la lógicaPrince 1 del mainstream, revisitando una multiplicidad de géneros con el funk como piedra angular para de ahí dispararse con absoluta soltura por los terrenos del folk, el pop, la new wave ochentera, el jazz y el soul: las músicas negras encontraron a su nuevo abanderado, navegando entre el espíritu experimentador y la seguridad cohesiva del hit irreprochable.

Durante los noventa no dejó de componer y se enfrentó junto con su banda The New Power Generation, al poder de las disqueras; una conversión religiosa a principios del milenio marcó parte de su propuesta musical a lo largo de la primera década de los dosmiles, manteniéndose presente pero un cuanto tanto al margen de los reflectores, al igual que los años subsiguientes, sin dejar de producir y reencarnar según el signo de los tiempos.

Prince Rogers Nelson (Minnesota, 1958–2016) fue, como cabría esperarse, un niño genio que aprendió a tocar el piano de oído. Nombrado así por la banda en la que tocaba su padre, un aspirante a músico de jazz, se volvió multiinstrumentista cuando todavía no le cambiaba del todo la voz y en sus primeras presentaciones escolares prefería no cantar. Sus notables influencias empezaban a revelarse: de Jimmy Hendrix a The Beatles y de James Brown a Parliament/Funkadelic, pasando por el gigante Duke Ellington y Stevie Wonder, por mencionar algunos notables.

Con la transgresión como bandera, en particular acerca de las convenciones y roles sexuales, asumió el púrpura como color distintivo, a saber si por ínfulas monárquicas, mero gusto o por cierta referencia hacia los Vikingos de Minnesota, el equipo de fútbol americano del cual fue fan y al que le compuso la pieza Purple and Gold. No faltaron a lo largo de su trayectoria mujeres a las que protegía e impulsaba musicalmente, incluso hasta sus últimos discos.

MY NAME IS PRINCE

El inmediatista y descarnado Dirty Mind (1980) fue su primera gran obra, integrando géneros y estilos con sorprendente fluidez y organicidad, girando temáticamente alrededor del sexo; Controversy (1981) transitó por caminos similares en términos musicales con abundancia de sintetizadores y su enfoque temático se orientó más al ámbito político y de protesta social, sin dejar del todo la vertiente sexual.

Con 1999 (1982) se dio a conocer, sobre todo con la pieza titular, entre públicos más allá del circuito del funk, abriendo la puerta para Purple Rain (1984), uno de los discos más vendidos en la historia y que produjo, en contraste con su brillantez, una película de dudosa manufactura que pronto se volvió gusto culposo de más de uno. Junto con su banda The Revolution, las canciones destilaban un pop de sensible y efusiva orientación: a partir de aquí, la lluvia cambió de tonalidades.

Con Paisley Park, Raspberry Beret y Pop Life incendiando la radio, grabó Around the World in Day (1985), seguido por Parade (1986), fungiendo como el soundtrack de la olvidable película Under the Cherry Moon; ambos se orientaron hacia la búsqueda de nuevas fronteras donde colindaba la psicodelia y el rock de pretensiones artísticas con todo y la oda funky al beso. Por estos años compuso el clásico Nothing Compares 2 U, que hiciera famosa unos cuantos años después Sinnéad O’Connor con sentida interpretación.

Al parecer, estos discos resultaron ser preparatorios para el enorme en todos sentidos Sign ‘O’ the Times (1987), otro de sus álbumes esenciales y uno de los discos clave de la década en el que sobrevuela un espíritu góspel, además de la consabida integración estilística. El aliento alcanzó para que al final del año apareciera The Black Album (1988), con una reedición oficial en 1994, direccionado por su característico funk potenciado por sonidos prestados del rock.

Pero como lo suyo era desconcertar a propios y extraños, pronto dio una vuelta de timón con Lovesexy (1988), que pasó más o menos desapercibido con todo y su muy particular portada, en contraste con Batman (1989), efervescente soundtrack para la película de Tim Burton con un Jack Nicholson desatado. La secuela de Purple Rain se llamó Graffiti Bridge (1990), disco altamente disfrutable con la presencia de George Clinton, pero poco apreciado por el mercado; para seguir neceando, se acompañó de una película que resulta fácil de olvidar.

EL PODER DEL SÍMBOLO

Los ochenta quedaron atrás y las predominantes tendencias musicales de fin de milenio le daban la bienvenida a la electrónica, al hip-hop, al indie y al grunge, entre otras. Fuera de ellas, seguían surgiendo grupos nuevos y se mantenían los sobrevivientes más allá de las vetas socorridas. Prince continuó en plan chambeador con el notable Diamonds and Pearls (1991), interpretado con su nueva banda que le brindaba una robusta sonoridad basada en una orientación hacia el R&B.

El disco conocido como “The Love Symbol Album” (1992), de rítmica contagiante con alguna salpicada de reggae, empezó a marcar sus disputas contra los consorcios musicales, en particular con Warner, y a favor de la libertad del artista, asediada por los cronogramas y dictados de la empresa: incluso cambió su nombre al símbolo que parece ser una letra p con las referencias a los íconos que representan lo masculino y femenino.

Con la finalidad de cubrir el acuerdo previo con la disquera, apareció el cumplidor Come (1994), firmado como Prince: libre de ataduras contractuales volvió a nombrarse como el símbolo identificador en Gold Experiencie (1995), una especie de demostración de lo que todavía era capaz de hacer: entregar un disco que podía llamar la atención, redondo a lo largo de los cortes y con The Most Beautiful Girl in the World como sencillo pegador. Curiosamente, una voz femenina en español anunciaba que El artista estaba muerto.

El siguiente año resultó, para variar, sumamente prolífico. Compuso el soundtrack Girl 6 (1996) de la floja película dirigida por Spike Lee; reafirmó su estatus de independencia con Chaos & Disorder (1996) y se destapó con la cuchara grande grabando el álbum triple Emancipation (1996), dándole un prolongado e incesante toque funky al espíritu libertario, propulsado por un poco de dance hall, jazz disfrazado de R&B y pop de rítmica irresistible.

Una colección de cortes que no habían aparecido anteriormente se integró en Crystal Ball (1998), que mostró ciertas dificultades para la distribución, al igual que New Power Soul (1998), pasando desapercibido incluso para quienes más o menos habían seguido la trayectoria del artista, no solo en los momentos de fuerte presencia mediática. La década cerró con Vault: Old Friends 4 Sale (1999) colección de su etapa con Warner y con Rave Un2 the Joy Fantastic (1999), más largo que memorable, con algún invitado y de baladera orientación.

CH-CH-CHANGES

Ya en el nuevo milenio, el inagotable compositor y virtuoso instrumentista decidió convertirse en Testigo de Jehová y empezó a cambiar de imagen, enfoque musical y de algunos colaboradores y protegidas: para muestra ahí está la interesante rareza Rainbow Children (2001), anunciando su nueva fe con una envoltura jazzera de inesperada tesitura. Este mismo año apareció The Very Best of Prince (2001), acaso la mejor compilación de su obra.

One Nite Alone (2002) fue grabado en solitario con todo y un cover de A Case of You de Joni Mitchell, encontrando su contraparte en un disco en vivo. Siguieron los instrumentales Xpectation (2003) y N.E.W.S. (2003), integrado por cuatro piezas como si de un divertimento se tratara. Todavía por los linderos de la producción comercial, grabó un par de álbumes bajo el título de Trax from The NPG Music Club, Volume 1: The Chocolate Invasion (2004) y Volume 2: The Slaughterhouse (2004).

Prince 2Después de esta etapa al margen, volvería al mundo del mainstream, bien conocido por él, con Musicology (2004), su mejor obra desde inicios de los noventa, recordando su etapa de mediados de los ochenta, y con el sólido 3121 (2006), acompañado de la cantante Támar y de Maceo Parker. El impulso creativo alcanzó para Planet Earth (2007), cual relajado y convencido canto para la casa de todos, entre citas esotéricas y música confeccionada con el sabor de la experiencia.

El guitarrero LotusFlow3r (2009) se integró a otros dos discos para conformar otro triplete: el funketo retro MPLSound y Elixer, firmado también por la vocalista de R&B Bria Valente, una de sus múltiples discípulas. Una vez más usando diarios y revistas como medios de distribución, al igual que en el caso de Planet Earth, presentó 20Ten (2010), ahora convertido en un disco difícil de conseguir que seguía la tendencia surcada entre el soul, el funkpop, el acento roquero y el R&B.

Tras una reconciliación con Warner Bros. y la realización de diversos sencillos, regresó al formato largo, moda afro incluida, con el disfrutable Art Official Age (2014) y PlectrumElectrum (2014), secundado por el energético trío femenino3rdEyeGirl. Y para cerrar la trayectoria, otro doblete: HITnRUN: Phase One (2015) y HITnRUN: Phase Two (2015), álbumes que antecedieron la intención de salir de gira bajo la lógica del piano y el micrófono misma que no podrá disfrutarse en este planeta, acaso en algún otro microcosmos de elusivas tonalidades doradas.

Después de 38 álbumes en estudio, más los que se vayan acumulando a través de las grabaciones que dejó en el tintero; una presencia cargada de una iconografía por completo distinguible; reflexiones constantes sobre el papel del artista en el mundo de las mercancías y transacciones y, sobre todo, la trascendencia estética frecuentemente identificable en múltiples propuestas actuales, el pequeño geniecillo de Minneapolis se ha despedido para emprender su viaje intergaláctico, de cósmicas resonancias.

OMNIPRESENCIA DE LOS SUPERHÉROES

8 mayo 2016

Los superhéroes comiqueros han tomado las pantallas grande, chica y pequeña por asalto, para regocijo de unos y hartazgo de otros. Los maniqueísmos no se han hecho esperar: de los que no resisten que alguna película o serie pueda ser criticada negativamente, a quienes no están dispuestos a aceptar que una de ellas valga la pena en términos cinematográficos; están también los fans duros que no permiten un solo cambio en relación con el cómic, ni siquiera en la combinación de universos.

METRÓPOLIS

Una película que ejemplifica la situación descrita es Batman vs. Superman: El origen de la justicia (EU, 2016), vapuleada por la mayor parte de la crítica pero con aceptables resultados en taquilla y en el gusto de cierto sector de público. Para uno que no es fan, como mi caso, me parece que se trata de un filme que no está al nivel de las cintas del hombre murciélago de Nolan o Burton, ni de cerca, pero tampoco a ras de piso como las de Los cuatro fantásticos (Story, 2005, Trank, 2015) o Linterna verde (Campbel, 2011).

MegalópolisEl principal problema de la cinta de Zack Snyder es su indefinición e incapacidad de síntesis: no sabe si ser el inicio de una saga o concentrarse en contar una historia redonda en sí misma. Tiene sus momentos de interés pero en general se aprecia deshilvanada, soltando apuntes en diversos sentidos sin conseguir la tan ansiada coherencia narrativa. El reparto es cumplidor al igual que la puesta en escena, fuertemente potenciada por un score que se emociona más que lo que termina por suceder.

CIUDAD GÓTICA

Aprovechando el formato y alcance de la serie televisiva, algunos personajes y contextos del mundo del cómic han encontrado buen refugio en este medio. Creada por Bruno Heller, Gotham (EU, 2014- ) se centra en la trayectoria del comisario Gordon, desde que empieza como un eficaz detective hasta que va tomando el liderazgo de la justicia en una ciudad dominada por la corrupción y las componendas entre autoridades y delincuentes: no hay que preocuparse, lo bueno es que es ficción.

Con ágil desarrollo argumental y salpicadas de humor, vamos conociendo a todos losGotham famosos y deschavetados personajes haciendo sus pininos, incluyendo un Bruce Wayne preadolescente apenas superando la muerte de sus padres en compañía de Alfred. Con producción cuidada y un casting adecuado, la serie responde a la expectativa de conocer los orígenes, motivaciones y experiencias de los malhechores y héroes de Ciudad Gótica, todavía dividida en mafias identificables y convencionales.

HELL’S KITCHEN

De regreso al mundo Marvel, particularmente en el contexto del barrio Hell´s Kitchen, un par de series han llamado la atención, con todo y su contenido subidito de tono en comparación con lo que se podría esperar de un programa enfocado a preadolescentes (que igual disfrutamos los que creemos haber superado esa etapa). Se trata de héroes de menor alcance mediático que los conocidos más allá del planeta cómic, accidentados y potenciados por una material radioactivo, pero que igual valen alguna temporada, o dos.

Por una parte, el serial creado por Melissa Roseberg, Jessica Jones (2015- ) aborda la vida de una joven que tras sufrir un accidente desarrolló una fuerza notable y, con traumático pasado a cuestas, sobrevive casi siempre de mal humor y con botella en mano como detective privada sin quererse mostrar demasiado, sobre todo por el asedio que recibe de un villano controlador de mentes y comportamiento infantiloide. Con buen ritmo y diálogos que redondean a los personajes en la medida de lo necesario, uno acaba por interesarse de los eventos en el barrio.

Krystten Ritter asume con soltura el papel protagónico a lo largo de los diferentes capítulos en los que se plantean casos alrededor de la confrontación entre la joven heroína renegada y el maloso en turno conocido como Kilgrave, como si se tratara de una Sherlock y su némesis Moriarty, interpretado con buena dosis de capricho por David Tennant. Alrededor, personajes entre aliados y con dobles agendas que circundan a la protagonista, siempre metida en algún lío de puertas abiertas.

Hell´s KitchenPor la otra, Daredevil (2015- ) regresa a las pantallas al justiciero ciego, que recuerda a Zatoichi, después de aquella olvidable película del 2003 en la que Ben Affleck, ahora probando fortuna como el señor Wayne, encarnó al invidente. El personaje de sentidos agudizados vive una doble existencia: como abogado de un despacho en ciernes, junto con su amigo de la carrera, poniendo la cuota de buen humor, y su asistente con la tensión romántica contenida, y como noctámbulo impartidor de justicia a golpe limpio.

Creada por Drew Goddard, director de La cabaña del terror (2012) y guionista de Guerra mundial Z (2013) y Misión rescate (2015), la serie busca romper el maniqueísmo típico de buenos y malos sin matices, planteando la idea de la violencia como el camino para lograr los propósitos deseados: los diálogos con el cura y el mentor Stick, así como las disertaciones del villano, interpretado con pausada y deliciosa sobreactuación por Vincent D’Onofrio, en contraste con Charlie Cox quien parece tomarse muy en serio su papel, al igual que el héroe que representa, rompen la lógica habitual de este tipo de enfrentamientos.

EL HOLOCAUSTO JUDÍO: LA MIRADA HÚNGARA

1 mayo 2016

Hitler lanzó la operación Margarethe en marzo de 1944 para ocupar Hungría, objetivo alcanzado sin enfrentar mayor problema, y pronto los nazis empezaron a deportar judíos a los campos de exterminio; se calcula que alrededor de 600,000 personas fueron asesinadas con el apoyo del nuevo gobierno magiar. Una vez terminada la II Guerra Mundial, el país cayó bajo el régimen estalinista a partir de 1948, que intentó ser derrocado por una rebelión en 1956, sanguinariamente aplastada por la URSS. En el panorama político actual se vive la amenaza de Jobbick, un partido político de extrema derecha antisemita y antigitano.

ImreEl brillante escritor húngaro Imre Kertész (Budapest, 1929–2016), premio Nobel cuya literatura se siente a flor de piel, sobrevivió a un campo de concentración y al régimen estalinista. Con base en sus vivencias aunque sin ser propiamente una autobiografía, escribió a lo largo de trece años una novela hoy clásica llamada Sin destino (1975, Acantilado, 2001), desdramatizando la experiencia de un adolescente judío en Auschwitz, epítome de uno de estos infernales sitios donde uno de cada tres muertos era de nacionalidad húngara.

Con guion del propio autor de Diario en la galera (1992, Acantilado, 2004), la novela fue llevada a la pantalla por el cinefotógrafo Lajos Koltai bajo el nombre de Campos de esperanza (2005), digna adaptación que consigue capturar el tono de su referente literario y poner en imágenes las precisas descripciones y eventos descritos con mirada profunda y de largo alcance, trascendiendo el hecho concreto para convertirlo en piedra de toque que ayudara a repensar el significado de ser parte de la especie humana, potenciada por obras como Yo, Otro. Una crónica del cambio (1997, Acantilado, 2002).

CUANDO LOS MUERTOS ENTIERRAN A SUS MUERTOS

Ahora llega la asfixiante y dolorosamente reflexiva cinta El hijo de Saúl (Hungría-Francia-EU-Israel-Bosnia Herzegovina, 2015), ganadora del Oscar y el Globo de oro a la mejor película de habla no inglesa, entre muchos otros reconocimientos, en la que acompañamos en forma cercanísima, literalmente, a un hombre que vive este horror y empieza a perder el sentido de realidad, acaso como el único camino para mantenerse de pie, asiéndose a un propósito que contrasta con los sucesos que se van presentando a su alrededor.

La historia se desarrolla durante un par de días en los que el Saúl del título (Géza Röhrig, extraviado pero concentrado) funge como miembro del sonderkommando, nombre que se les dio al grupo de prisioneros que hacían el trabajo sucio para organizar la muerte de sus congéneres, al tiempo que intenta encontrar a un rabino para que le dé judía sepultura a un joven que toma como su propio vástago, recordando a Kaddish por el hijo no nacido (Kertész, Acantilado, 2001), quien sobrevivió a la cámara de gas pero que fue posteriormente asfixiado por el médico en turno.

Mientras tanto, como siniestro telón de fondo, vemos con determinados desenfoques laEl hijo de Saúl manera en la que se desarrolla el exterminio, así como las formas en las que los cadáveres ahogados por el gas mortífero van siendo mutilados y quemados, solamente para dar espacio a los que están por venir, previa extracción de objetos que pudieran ser valiosos. Además, está presente la simbólica labor de cavar para que la tierra guarde la memoria del joven o de algunos de los prisioneros ejecutados.

László Nemes, asistente del gran director Béla Tarr y convertido en aprendiz avanzado de acuerdo con lo visto en su debut, dirige su primer largometraje con una intensidad acorde a los sucesos que retrata, a partir de una persecutoria cámara en mano que fija con claridad su objetivo visual e incluso se posa para esperar su aparición, referenciando el proceso de exterminio, como si de una aterradora fábrica de muerte se tratara, expresada también a través de una poderosa edición sonora. La obediencia sumisa y el silencio frente a la humillación cultural –el baile del oficial nazi- son parte de la estrategia para seguir adelante con su objetivo.

El explícito manejo del fuera de campo incide en el tono de angustia permanente, así como el constante uso del primer plano, siguiendo al protagonista en su obsesiva búsqueda que paradójicamente parece enajenarlo del horror vivido, al tiempo que se fragua un intento de rebelión por parte de los guardias-presos, recordando a Kapó (Pontecorvo, 1960) y al documental Sobibór (2001) de Claude Lanzmann (Shoah, 1985; El último de los injustos, 2013), quien ha procurado el análisis en torno al Holocausto, como en su momento lo hiciera Alain Resnais con su imprescindible Noche y niebla (1955).

La cinta se erige como una de las imprescindibles del holocausto judío, ajena a triunfalismo alguno y mucho menos a dejar entrar una brisa de humor, tal como lo han hecho otras propuestas. No se advierte, tampoco, intentos por conmover al espectador o generar un shock lastimero, ni siquiera por envolver la macabra situación en una historia de heroísmo. Los sucesos se presentan sin filtros edulcorantes o tremendistas para que seamos nosotros quienes tomemos postura frente al horror plasmado, abrumadora y desgarradoramente real.