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JAMES GRAY Y SUS EPOPEYAS AL CORAZÓN DE LAS TINIEBLAS

5 octubre 2019

Gran realizador neoyorquino que se ha mantenido relativamente fuera del radiar mediático, James Gray (corto Cowboys and Angels, 1991) ganó en el festival de Venecia con Little Odessa (1994), su debut cuando apenas contaba con 25 años. Sin prisa, dirigió La traición (2000), Los dueños de la noche (2007), Amantes (2008) y Sueños de libertad (2013), sólidos dramas que integraban crimen, romance, lealtades familiares y apuntes políticos, entre cuyos repartos la constante fue la presencia de Joaquin Phoenix, hoy convertido en el actor de moda. Pero como lo hiciera Coppola en Apocalipsis ahora (1979) y muchos más, sus dos películas recientes retoman en cierto sentido el clásico texto de Joseph Conrad, cada una representando al mítico Kurtz de diferente forma.

DEL AMAZONAS A NEPTUNO

En efecto, el director y también escritor coloca a sendos hombres en situaciones de partida hacia destinos inciertos pero inevitables: uno se obsesiona con llegar a una ciudad en medio de la jungla amazónica, después de haber encontrado vestigios en viajes anteriores, y el otro asume la misión de encontrar a su padre en los confines del sistema solar, en donde presumiblemente se encuentra vivo tras muchos años de extravío. Ambos tienen el temple necesario para efectuar los prolongados viajes y parecen estar dispuestos a desaparecer de su vida cotidiana el tiempo que sea necesario, si bien los recuerdos y pensamientos de sus seres cercanos los invaden en momentos de reposo o angustia: o sea, siempre.

Con base en el libro de David Grann, Z. La ciudad perdida (The Lost City of Z, 2016), retoma la vida aventurera durante los primeros 25 años del siglo XX del coronel británico Percival Fawcett en busca de reconocimientos (Charlie Hunnam, convencido), enviado primero por la Royal Geographical Society a resolver cartográficamente un conflicto entre la frontera de Brasil y Bolivia, bien apoyado por su colega (Robert Pattinson, resolutivo), y después continuando las expediciones por su cuenta por diferencias con uno de los involucrados, incluso acompañado por su hijo distante al final cercano (Tom Holland), para encontrar esa mítica ciudad con la que se obsesionó y que lo hacía separarse de su esposa (Sienna Miller, estoica) por periodos prolongados.

Por su parte, Ad Astra: Hacia las estrellas (EU, 2019) cuenta la historia en un futuro cercano del eficaz astronauta Roy McBride (Brad Pitt, sensible y controlado a la vez), a quien se le encarga, bajo la vigilancia de un viejo lobo de mar (Donald Sutherland), el proyecto de averiguar qué sucedió con una misión enviada varios años atrás para buscar vida inteligente, encabezada por su padre (Tommy Lee Jones en plan Kurtz espacial), con la que se perdió toda comunicación. El trayecto implicará una parada en la base de la luna y otra en Marte, última instalación humana, en donde empezará a descubrir secretos, y continuará con diversos eventos que pondrán a prueba su estabilidad física y emocional, incluyendo la aparición sorpresiva de unos simios como si estuviera navegando por el río africano de Conrad hacia el encuentro existencial.

EL TRAYECTO ES EL DESTINO

El cine de Gray se caracteriza por el cuidado en el desarrollo de los personajes y en la construcción narrativa pausada, acelerando cuando se debe pero deteniéndose en motivaciones, contextos emocionales y dilemas de difícil resolución. En los dos filmes, los protagonistas se enfrentan a estructuras que les impiden seguir con sus objetivos y, a pesar de ello, buscan continuar con sus planes aludiendo a otras posibilidades y encontrando aliados fuera de las esferas de poder que los intentan coartar. La temática de la paternidad es crucial en las dos películas: qué tanto un padre es responsable de estar cerca de sus hijos y qué tanto de cumplir las trascendentes misiones que se le encargan, sobre todo cuando implican ausencias prolongadas. Y aquí surge la reflexión sobre la contención materna como exigencia socialmente asumida.

Fawcett empezó mostrando su capacidad cazando un venado en situaciones complicadas y aceptó un encargo que en principio parecía intrascendente: pero el Amazonas cual pulmón del mundo, en peligro ahora que no lo cuida el obtuso presidente de Brasil, encanta a cualquiera y más en aquellos años. Su sencillez y capacidad de admiración lo llevó a establecer buenas relaciones con los indígenas, intercambiando regalos y tratando de hablar en su idioma, mostrando una humildad inexistente en su nación de origen, soberbia desde la ignorancia construida sin conocer el campo de acción ni entendiendo que las diferencias culturales son la riqueza de la humanidad como especie.

McBride se ve envuelto en un proyecto corporativo, bien delineado por el guion que incluye situaciones y personajes que le imprimen al filme un halo de misterio, entre la rebelión y la obediencia institucional. Al final, la soledad en un inabarcable espacio exterior, determinará las reflexiones del astronauta añorante, como sucedía con En la luna (Jones, 2009) y las obras cumbres del género espacial-existencial de Kubrick y Tarkovsky. Como suele suceder, el hombre será una pieza necesaria por un momento pero igual desechable después para lograr los fines propuestos: no hay mucho heroísmo allá fuera, solo cumplimiento del deber y, si se puede, introspección absoluta.

RECREACIONES Y TRANSICIONES

A la par de la manera en la que los personajes asumen las transformaciones que implican sus interminables viajes sin resultados a la vista, la propuesta visual de los filmes apuestan por la elegancia en la edición –como los trenes y naves espaciales que cobran vida a partir de un detalle visual- y por indagar por las perspectivas más adecuadas para la imagen: espejos y reflejos expresando dualidad; horizontes abiertos que reflejan la pequeñez del humano ante la vastedad del entorno selvático o espacial; interiores de cuidado detalle en su diseño y ambientación que nos coloca en el contexto y época descritas. Las esporádicas secuencias de acción están filmadas con brío: ataque de nativos, enfrentamientos en la superficie lunar o durante la I Guerra Mundial y asedios de animales hambrientos.

Las secuencias con las tribus amazónicas resultan certeras en cuanto a la relación que establecen con los occidentales recién llegados, así como en sus celebraciones. De igual forma, la Inglaterra de principios del siglo XX queda puntualmente retratada, sobre todo en términos de pensamiento dominante: los salvajes son los otros, a pesar del irracional pensamiento colonial que tanto fustigó el explorador protagónico que, con todo y su evolucionada forma de pensar, todavía quería a su mujer en casa. En tanto, las instalaciones lunares y marcianas están diseñadas con una asepsia escalofriante de precisión evaluativa infalible, donde parece no existir el error o la desviación, salvo cuando en la intimidad de las naves se suscitan eventos que pueden acabar en tragedia y rompen la lógica estructural.

En síntesis, dos hombres enfrentados a un destino en primera instancia impuesto del exterior pero después asumido como propio, ya en posibilidad de elección pero a estas altura vuelto casi obsesión, construida por la propia percepción del mundo: parece que la vida juega en ambos sentidos, proponiendo alternativas, obligando por momentos y posteriormente dejando que el individuo decida por cuál río navegar o por cuál curso planetario volar para encontrarse de frente con ese corazón que ilumine las tinieblas o bien, que termine por confirmar que el trayecto era más importante que el punto de llegada, señalando que la vuelta a casa es en realidad el fin último de la existencia.

CINE NÓRDICO OSCAREABLE

21 junio 2013

A la memoria de mi padre José Manuel Cuevas, recordando la última película que vimos juntos.

En la reciente entrega de premios de la Academia estadounidense, la poderosa cinta Amor (12) de Michael Haneke, se llevó la estatuilla por mejor película extranjera. Entre las otras candidatas se encontraban dos filmes manufacturados en la península nórdica, zona de larga tradición fílmica y una de las regiones que más ha aportado a la cinematografía mundial. Por fortuna, dichas nominaciones le abrieron las puertas a estas películas al grado que llegaron a la cartelera de nuestra ciudad: se trata de cintas accesibles, producidas con solvencia y recursos y centradas en hechos reales.

LA REINA INFIEL

Para mantener ese particular gusto que tienen los sajones por la realeza –también los españoles, cierto- el cine producido en aquellos países ha aprovechado las historias de ayer y hoy, cargadas de intrigas, traiciones, locuras, romances, engaños, guerras y lo que venga en el próximo escándalo, para producir una gran cantidad de películas que usualmente se recrean en el diseño artístico, con vestuarios fastuosos, maquillajes históricamente adecuados y logrados encuadres para mostrar los interminables jardines y los laberínticos castillos donde acostumbraban recrearse estas personas privilegiadas por obra y gracia del poder hereditario.

Basada en la novela de Bodil Steensen-Leth y dirigida por Nikolaj Arcel (La isla de las almas perdidas, 07), escritor del guion de la primera entrega de la saga Milennium (09), La reina infiel (A Love Affair, Dinamarca-Suecia-República Checa, 12) sigue la historia real del romance revolucionario entre la princesa británica Carolina (Alicia Vikander), comprometida con el locuaz Christian VII de Dinamarca (Mikkel Boe Følsgaard), y el médico de la realeza (Mads Mikkelsen, el actor nórdico de moda) un hombre con ideales más allá de la monarquía y preocupado por el bien común, de pronto ubicado en una posición de privilegio para poder cumplir con sus preceptos sociales.

Como cabría esperar, esta forma de pensar no generaría precisamente demasiadas simpatías entre los típicos personajes siniestros que se arrastran tras bambalinas, incluyendo a la madre del desbalagado rey (Trine Dyrholm). Con diálogos cargados de realismo y una capacidad manifiesta para la creación de personajes convincentes, el filme trasciende el acostumbrado acartonamiento de este tipo de relatos y propone situaciones y circunstancias que aún hoy, en diferente contexto, pueden ser apreciadas.

Las actuaciones le brindan a los personajes el suficiente tono épico y dramático como para que nos involucremos en los recovecos de pasillo, alcoba y plaza: entre el amor y el movimiento libertario, parece solo haber un paso. Dicen que las grandes naciones se forjan en los oscuros rincones de la intimidad. Con tratamiento histórico apegado, con su toque novelístico, el relato termina por emocionar a pesar de parecer distante en el tiempo y en el lugar: la construcción de escenarios no tiene desperdicio.

UN VIAJE FANTÁSTICO

Kon TikiEl explorador Thor Heyerdal (Pål Sverre Hagen) fue un niño de sueños en campos helados y se convirtió en un hombre de ideales en territorios exóticos, con sus dosis necesarias de necedad, intuición y tesón. Su mayor desafío fue navegar 8,000 kilómetros de Perú a las islas polinesias en una balsa de madera, acompañado por un puñado de hombres, para demostrar que tal travesía fue posible antes de que Cristóbal Colón llegara a América. Durante 101 días en 1947, este reducido grupo de aventureros rubios desafió a la incandescencia del sol, al atribulado mar y, sobre todo, a la lógica más elemental, mientras el mundo se empezaba a recuperar después de la II Guerra Mundial.

Padre de dos hijos y con una esposa que entendió la naturaleza de su marido, el aventurero con nombre de dios consiguió los fondos necesarios para el viaje, así como el arrojo un cuanto tanto inconsciente de sus colegas para emprender también Una aventura extraordinaria (Lee, 12) que puso a prueba no solo posturas históricas sumamente arraigadas, sin que las lograra contradecir por completo, sino la importancia secundaria de los avances tecnológicos, en comparación con la capacidad de riesgo y el talento marítimo de estos hombres.

Dirigida por Joachim Rønning y Espen Sandberg, Un viaje fantástico (Kon Tiki, Noruega-Inglaterra-Francia-Suecia, 12) retoma la historia de una mirada que imagina la posibilidad de darle la vuelta al mundo para encontrarse con la de la persona amada. Titulada con el nombre del dios del sol para los incas, el filme transcurre de manera convencional, con correctísima ambientación y un énfasis en dos partes: la preparación del viaje, con todo y las negativas apelando a una racionalidad lógica, y el propio trayecto, con todo y una fotografía inspiradora que no se resiste a ser acompañada por música de cuerdas como para potenciar la emoción.

Esta épica fue grabada en vivo por Thor y ganó un Oscar por mejor documental en 1951, además de convertirse en un libro que resultó ser un best seller: a la humanidad siempre le han gustado las historias imposibles que terminan bien o los relatos que desafían la lógica aplastante de la cotidianidad, como si se tratara de una ventana hacia posibilidades reales de llevar a cabo hazañas extraordinarias a pesar de nuestra ordinariez. Las perspectivas de la cámara muestran con amplitud la pequeñez humana en comparación con la majestuosidad de un cosmos que todavía cobija nuestra Tierra.

CINE Y VIDEOJUEGO

11 junio 2010

Como una fuente para la realización de películas, sumándose a la literatura, el teatro, la propia realidad y demás (atracción de parque incluida), ha surgido con fuerza el videojuego, en particular si consideramos la fuerte penetración que ha tenido entre los niños y jóvenes primero de condición económica desahogada pero cada vez más llegando a otros sectores. Gracias al sorprendente desarrollo tecnológico y a la creatividad puesta al servicio del diseño, hoy estamos muy lejos de aquellos inicios en los que dos rectángulos le pegaban a un punto como juego de ping-pong.
Entre estos dos medios ha surgido una relación de ida vuelta, como de vasos comunicantes: el cine ha aprovechado algunos videojuegos para confeccionar películas y viceversa, cintas famosas después se trasladan a algunas de las consolas para convertirse en entretenimiento interactivo. El mercado parece buscar cualquier alternativa para no dejarnos escapar: si a los niños (o a sus papás) les gustó mucho una película, seguro le estarán echando el ojo al juego y al revés.
Esta relación no ha estado exenta de problemas, sobre todo por la distinta naturaleza de ambos: mientras que uno es de carácter narrativo –casi siempre- y requiere un involucramiento entre emocional y racional, el otro se basa más bien en la diversión basada en la intervención y participación directa. En efecto, el fuerte de los videojuegos no es su argumento, mientras que la principal virtud de las películas no es precisamente que uno como espectador se asuma como el héroe, aunque nos identifiquemos con él o con ella.
Así, los mejores videojuegos no provienen de películas y las cintas que se han realizado con base en uno de ellos, presentan problemas de solidez argumental y de continuidad narrativa: basta recordar a Lara Croft: Tomb Rider (01), Fantasía final (01), Resident Evil (02/04/07), Oscuridad demoniaca (05), Silent Hill (06) y Max Pyne (08), por mencionar algunos ejemplos de variado nivel de calidad fílmica, más toda la producción japonesa, pionera en el campo.
Todo lo anterior viene a cuento por el estreno de El príncipe de Persia: las arenas del tiempo (Newell, EU, 10), basada en el juego que inició en 1987 y estructurada de tal forma que se retoman elementos cinematográficos típicos de matiné (aventura, acrobacia, romance y heroísmo), dejando la lógica y estética del videojuego sólo en algunos pasajes, más bien evitables. Ben Kingsley y Alfred Molina se dan vuelo en sus exquisitas sobreactuaciones, mientras que Jake Gyllenhaal cambia de su registro habitual y Gemma Arterton cumple como la enigmática princesa. Esquemática, cierto, pero entretenida al fin, con todo y saltos temporales.

AUSTRALIA: TIERRA DE PASIONES

4 enero 2009

Dos películas que comparten diversas estructuras, tanto narrativas como visuales, se centran en sendos romances de difícil continuidad por los contextos adversos en los que se desarrollan. Pero buscándole encontraremos muchas más similitudes, tanto en sus componentes rescatables como en los fallidos. En términos generales funcionan a medias, sobre todo porque estaban pensadas para más: acaso el problema en las dos fue el engolosinamiento que provocó cierto abandono de sus propios argumentos y personajes.

Se trata de Australia (EU-Australia, 08), épica romántica anticolonialista del barroco Baz Luhrman (Romeo + Julieta, Moulin Rouge! 01) y de Tierra de pasiones (Nouvelle France, Canadá-RU-Francia, 04), drama de época cortesía del veterano realizador más conocido en el mundo televisivo, Jean Beaudin (J.A. Martin fotógrafo, 77; Mario, 84; corto Golpes de noche, 97), que nos llega de manera tardía a través de la opción del video (no confundir con la telenovela de igual título, ¡por favor!).

Mientras que la primera transcurre durante la II Guerra Mundial, cuando todavía existía una fuerte segregación hacia los aborígenes australianos, la segunda se desarrolla hacia 1758 en los territorios canadienses, al momento en que los ingleses empezaban a sustituir a los franceses como amos de aquellas tierras. Las ambientaciones de época contrastan: en Australia es cuidadosa y apuesta por buscar un realismo escénico, mientras que en Tierra de pasiones por momentos funciona pero en algunas secuencias se nota la construcción del set tipo TV.

Dentro de estos contextos histórico-sociales, un par de romances entre personas de diferente condición económica van cobrando forma: la de una dama inglesa (Nicole Kidman) con un “drover” (Hugh Jackman), y la de un rico heredero (David La Haye, el de El violín rojo) con una campesina (Noémie Godin-Vigneau). En Australia se aprovecha al máximo la presencia de dos estrellas que en efecto logran, como sucedía hace cincuenta años en este tipo de films, arrancar suspiros del respetable (la ceja arqueada de él, la mirada profunda de ella) que corresponde sin poner mucha resistencia a los encantos de ambos.

Alrededor de estas parejas, en las dos tramas participan niños con fuerte protagonismo, mujeres en papeles secundarios al fin solidarias y hombres de fe que intervienen en el curso de los acontecimientos. Por supuesto están los antagonistas y las referencias a las injusticias cometidas por quienes detentan el poder político o económico, en particular contra los habitantes originales de las respectivas tierras.

En las dos cintas se advierte cierta dificultad para equilibrar los dramas personales y los sucesos históricos, lo que provoca que no sea fácil involucrarse con las tristezas y alegrías de los personajes. Si bien, a pesar de su duración, las dos cintas fluyen sin empantanarse y tanto la estructura lineal de Australia como el recurso del flashback en Tierra de pasiones le dan cierta solidez a las respectivas construcciones argumentales, se percibe una expectativa no cubierta por abarcar mucho que termina apretando poco.

Películas sobre territorios y sus circunstancias, la primera se inscribe en el terreno abonado por La reina africana y África Mía con un toque de estilización en la fotografía y riesgo de caer en la categoría de publirreportaje con el Mago de Oz como guía de turistas; la segunda está más cerca de los telefilmes un cuanto tanto acartonados que con tanta frecuencia nos llegan por diversos canales y que aún así, se dejan ver sin mucho esfuerzo.

En cualquier caso, ambas alternativas resultan ideales para verse con la abuela, suegra, mamá o tía favorita (mayor de 50); también puede funcionar en la situación de primeras citas, antes de mostrar los verdaderos gustos fílmicos que siempre le pueden causar suspicacias al galán o a la princesa en puerta, según sea el caso. Dos películas aptas para iniciar el año sin demasiados sobresaltos, sobre todo tomando en cuenta los augurios que se oyen por todos lados.

Nos leemos después.

Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx