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MEDIANOCHE EN PARÍS: NO TODO TIEMPO PASADO FUE MEJOR

30 septiembre 2011

Se le puede criticar de reiterativo o de ya no estar a la altura de sus mejores obras de los 70´s y 80´s; se puede argumentar que sus obsesiones ya están demasiado vistas y que su vis cómica ha menguado notablemente. Pero cuando parecería que ya lo ha dicho todo y que más bien debería pensar en el retiro, nos vuelve a sorprender con una gran película dentro de su compulsiva trayectoria que desde 1966 nos ha regalado casi un film al año: 42 obras y contando.
Si por cada cinco filmes nos regala cuatro agradables y uno notable, adelante. Que ya no va a volver a hacer películas La última noche de Boris Grushenko(75), Annie Hall (77), Manhattan (79) o Zelig (83), qué importa, si vamos a poder disfrutar de cintas tan redondas como Crímenes y pecados (89), Poderosa Afrodita (95) y Match Point (05), por mencionar algunas posteriores a su etapa más creativa: el genio permanece, aunque no se manifieste con la misma constancia que antaño.
Muy pocos artistas son capaces de mantenerse en un estándar de realización como el que conserva Woody Allen: aún en sus propuestas menos apreciadas, uno siempre suelta alguna sonrisa o se queda con una línea de diálogo para la posteridad. Influido por los Hermanos Marx y por Ingmar Bergman, entre otros grandes nombres, el director de Robó, huyó y lo pescaron (69) e Interiores (78) ha transitado del terreno de la comedia crítica al drama cerebral.
Medianoche en París (EU-Francia, 11), cuya primera auto referencia es La rosa púrpura del Cairo (85), llega después de Así pasa cuando sucede (09) y Conocerás al hombre de tus sueños (10), ya comentadas en este espacio, y representa su mejor comedia en los últimos 15 años, no solo por la ingeniosa premisa del viaje por el tiempo, sino por las caracterizaciones de los diferentes personajes, tanto reales como ficticios, que se encuentran en un mundo posible pero improbable, buscando lo mismo pero oteando hacia diferentes horizontes.
Un escritor en busca de inspiración y de paso preparar su boda, viaja a la capital francesa junto a su frívola novia cual turista típica de postal que rehúye a la lluvia (Rachel McAdams) y sus republicanos suegros (Kurt Fuller y Mimi Kennedy), unas verdaderas joyitas de criterio disminuido e intolerancia ampliada, capaces de contrata a un detective para seguir a su sospechoso yerno.
Muy pronto la pareja toma caminos distintos: ella se encandila con un insufrible conocido dizque experto en arte (Michael Sheen) que fastidia hasta a la amable guía de turistas (Carla Bruni) y él empieza a deambular en las noches para descubrir la posibilidad de viajar no a otro lugar, sino al mismo París pero de los años veintes, en plena ebullición creativa, capturado con una cámara siempre bien colocada y desarrollado a partir de una evocativa puesta en escena.
A través de un misterioso automóvil que lo recoge a la medianoche, el escritor hará realidad su sueño: toparse de frente con la inspiración buscada, materializada en artistas arquetípicos como la pareja Fitzgerald; Cole Porter al piano; la bailarina Josephine Baker; Picasso en pos de la trascendencia; Hemingway y su tendencia a la agresión; Gertrude Stein cual matriarca comunitaria junto a Alice B. Toklas; T.S. Eliot y Matisse.
No podía faltar un encuentro con los surrealistas, sobre todo tratándose de una historia en la que los sueños parecen jugar un papel central: Dalí y su obsesión con los rinocerontes, el director fílmico Man Ray y, desde luego, un joven de apellido Buñuel que todavía no se planteaba la posibilidad de crear una película en la que los invitados no se pudieran ir de la fiesta, simplemente porque no se podían ir: la referencia, claro, apuntaba hacia el argumento de El ángel exterminador (62), una de sus películas más notables.
Y en estos viajes por el pasado artístico, aparece el interés romántico en la figura de una modelo ficticia (Marion Cotillard) amante del pintor cubista y convertida en un motivo poderoso para querer permanecer atrapado en los veintes del siglo pasado, aunque como cabría esperar, ella también tendría la intención de ir al pasado del pasado y toparse con Toulouse-Lautrec, Degas y Gauguin. No podía faltar el sólido cuadro actoral, cual sello de la casa, entre quienes aparece Owen Wilson en perfecta interpretación de Woody Allen.
La comedia romántica-fantástica se pregunta por las épocas y sus circunstancias, por la idealización continua de pasados que nunca volverán y por la dificultad de encontrar el sentido en el tiempo presente, donde a uno le tocó vivir. Como esa idea que parte del supuesto de que la felicidad está en otra parte o con personas distintas o realizando otras actividades. Quizá valdría la pena encontrar a alguien que disfrute un paseo bajo la lluvia, sin paraguas.

FESTIVAL RADAR

25 septiembre 2011

Primero fue parte del Festival de México y ahora, con el apoyo de la UNAM, se plantea más que como un renacimiento, como una nueva etapa. Si aquí en León destacan los esfuerzos ciudadanos por mantener los circuitos abiertos del arte contemporáneo (léase FLAI), allá fue la Dirección General de Música de la Universidad Nacional Autónoma de México la que le entró al quite para mantener esta dinámica fiesta de los sonidos y silencios, alejada de las tendencias predominantes y abriendo oportunidades a otro tipo de manifestaciones musicales, más cercanas a la experimentación.
Del 27 de septiembre al 2 de octubre se abren los canales auditivos para escuchar diversas propuestas que desafían las convenciones melódicas, armónicas y rítmicas para buscar caminos alternos a la sensibilidad sonora: maleabilidad y ruptura, improvisación y extremismo para crear nuevos significados en las experiencias estéticas de los escuchas, dispuestos al desafío que implica transitar de los terrenos conocidos a otros que pueden deparar epifanías auditivas. Una rápida mirada a algunos de los artesanos que participarán.

MORTON SUBOTNICK
Nacido en Los Ángeles hace 78 años e interesado desde hace 55 en los vínculos entre la música y las herramientas tecnológicas digitales, tiene entre sus múltiples logros haber grabado el primer disco de música electrónica para una compañía disquera reconocida: el resultado fue Silver Apples of the Moon (67) obra clave en el desarrollo ulterior del género y editada por la prestigiosa Nonesuch; seguirían Until the Spring (68) y The Wild Bull (68), piezas que han servido de base a sendos ejercicios coreográficos. El trabajo de la década de los sesenta concluiría con Touch for synthetizer (69).
El co-fundador del San Francisco Tape Music Center junto a Ramon Sender, en el que rondaban compositores como Terry Riley y Steve Reich, continuó durante los setenta grabando obras como Sidewinder (1971) Four Butterflies (1973) A Sky of Cloudless Sulfur (76), escritas para instrumentos tradicionales entreverados con apuntes digitales y utilizando 4 pistas y el sintetizador Buchla, en cuyo diseño se vio involucrado.
Con Two Life Histories (77), Liquid strata (77), A Fluttering of Wings for string quartet (1979) y, sobre todo, Ascent into Air (81) desarrolló la tecnología conocida como Ghost Score, a través de la cual podía modular sonidos en vivo con apoyo de un programa computacional. A través de manipulación sonora, sintetizadores arreglados, secuencias que rompen con la idea tradicional de melodía, sin patrones fijos y por momentos con rítmica asequible como para darnos un respiro, aparecieron An Arsenal of Defense (1982), Return A Triumph of Reason (84), The Key to Songs (85), Jacob’s Room (1986) In Two Rooms (87) y And the butterflies begin to sing (1988).
Constituido como uno de los patriarcas del ruidismo como forma de manifestación, y del corta y pega como estrategia constructiva, mantuvo ese juego temporal entre el uso de computadoras primigenias y laptops, aventurándose en la creación de CD-Roms como en All My Hummingbirds Have Alibis (1991), Morton Subotnick’s Creating Music (95), Echoes From the Silent Call of Girona (98) y Gestures it begins with colours, surround piece (99-01), en algunas de las cuales ha colaborado con sus vocalizaciones Joan La Barbara, esposa del explorador sonoro.

NOBUKAZU TAKEMURA
Pinchadiscos en sus inicios cercano al Hip-Hop a partir de la mitad de los ochenta y de ahí empezó a explorar atmósferas diversas que van del acid jazz al house y de ahí a la estética del glitch (uso de artefactos sónicos). Debutó en solitario con Child´s View (94) al que le siguió un remix y Child & Magic (97), aún enmarcados en rítmicas alrededor del dance y con cierta tendencia a ubicarse en los clubes de cierta sofisticación.
El cambio de ruta empezó justo cuando el siglo se extinguía, entrando en contacto con la banda Tortoise y presentando un triplete que lo colocó en la mira de vanguardistas auditivos: Funfair (99), Milano (99) y el rocoso e intransigente Scope (99), una de sus obras más importantes y que más exige del escucha en términos de profundización para desentrañar los intrincados patrones que lo conforman. Lindando las fronteras entre lo que se puede considerar música y aquello que se plantea como ruido, el artista japonés transita por esta línea divisoria tan delgada como discutible.
Para hacerse presente en el XXI, grabó Hoshi No Koe (01) y otro triplete para el año siguiente: Water’s Suite (02), Animate (02) y Assembler 1 (02), seguidos por el engañosamente accesible 10th (03) y por Assembler 2 (03). El originario de Osaka está en plena actitud de indagación a sus 43 años, integrando alternativas sonoras que lo lleven a descubrir nuevos derroteros para su desarrollo como artista.

El ROCK SALTA A LA PISTA DE BAILE

17 septiembre 2011

Un grupo que vive una reciente adultez y otro que cumple sus diez años en el circuito nos hacen los honores esta semana: enfocados a públicos de edades y gustos si no antagónicos, sí distintos, comparten la idea del dance desde perspectivas que se podrían ubicar dentro de un continuum que va de principios de los noventa, cuando el rock y la música de club no se llevaban muy bien, a la primera década del siglo XXI, ya en plena integración y produciendo retoños de alto voltaje.

PRIMAL SCREAM: ACIDEZ PARA LAS NOCHES DE CLUB
Mediados de los ochenta. El baterista de Jesus and Mary Chain conocido como Bobby Gillespie forma su propia banda junto a los guitarristas Andrew Innes y Robert Young; con una orientación más cercana al hard rock, graban Sonic Flower Groove (87) y Primal Scream (89) sin mayores resonancias en comparación a contemporáneos como los Stone Roses: parecía que se estuvieran guardando para hacer verdad la vieja frase de “la tercera es la vencida”.
Screamadelica (91) es “el disco que cambió la cara del rock en los noventa y que puso de manifiesto que la música era un mundo de fronteras borrosas y los estilos, simples arcaísmos de conveniencia… tuvo el mismo efecto que tirar una piedra en el centro de un estanque” (Pablo G. Polite, en Los 200 mejores discos del siglo XX, 2002). Se trata de esos álbumes que son más recordados por su trascendencia que por sus canciones en sí mismas, desde luego de una riquísima consistencia, como se muestra desde la stoniana Movin’on Up hasta la cerradora Shine Like Stars, pasando por Loaded y demás cortes de efusiva orientación.
En efecto, una primera escucha de esta obra en los tiempos que corren, puede confundirnos: suena a un disco actual, sólido y celebratorio, pero no del todo diferente a lo que podría circular en los 2000’s: por ello, hay que fijarse en el año y comparar con lo que se estaba haciendo previamente. Es más, si recordamos otros discos de principios de los noventa, nos daremos cuenta de que este álbum clave de los escoceses formó parte de un importante proceso de innovación e integración entre la electrónica y el rock, pareja que ha seguido estable y dinámica, si cabe, hasta nuestros días.
Tras este álbum ya inscrito entre los más influyentes de la historia del rock, volvieron inexplicablemente a sus inicios con Give Out But Don´t Give Up (94) para recomponer el camino ya como quinteto con Vanishing Point (97) y su versión Echo Deck (97): mismas canciones pero pasadas por las manos y orejas de Adrian Sherwood. Todo listo para su segunda obra maestra, el macizo y contundente XTRMNTR (00), como avisando que para el nuevo siglo ellos no estaban jugando: aunque no tuvieran dinero, tenían alma, cual exterminador acelerado; el combustible todavía alcanzó para Evil Heat (02), con todo y sus abrasivos acordes.
Riot City Blues (06) los devolvió al terreno stoniano y Beautiful City (08), a pesar de mostrar fisuras, cuenta con algunos cortes de validez oficial; o quizá fue un ejercicio para tomar vuelo y volver a dar otro grito primigenio que se incruste en nuestras memorias. En su presentación en México le rendirán un homenaje a su obra cumbre ya convertida en toda una veinteañera.

LADYTRON: GRAVITACIONES SINTETIZADAS
Con una propuesta que combina el pop de sintetizador con influjos provenientes del New Wave, este cuarteto mixto formado en Liverpool hacia finales del siglo pasado con nombre que homenajea a Roxy Music, ha recorrido toda la década de los 00’s con la suficiente frescura para distinguirse del cúmulo de bandas que andan en las mismas. Su primer largo, titulado 604 (01), los puso en la mira con esa mezcla de elementos diversos que van del sonido de cabaret a la contenida experimentación y de ahí al pop de espíritu digital.
Siguieron con el más elaborado Light & Magic (02) y con Softcore Jukebox (03), colección de cortes que parecían mostrar por dónde andaban sus principales influencias, entre quienes estaba My Bloody Valentine y toda la corriente del shoegaze, caracterizada por la forma de tocar viendo a los zapatos y las envolventes atmósferas guitarreras autoalimentándose. Hacia allá suena Witching Hour (05) disco que representó, por su parte, el punto más elevado de su trayectoria, continuada por el oscuro Velocifero (08).
Gravity the Seducer (11), es una obra que marca el regreso a los sondios del sintetizador con formato pop. Los teclados crean cascadas auditivas y a la vez melodías que se conducen a través de las vocales en femenino: Helen Marnie, Mira Aroyo, Daniel Hunt y Reuben Wu parecen haber encontrado una estructura orgánica en la que cada parte funciona de acuerdo a las necesidades estéticas del conjunto, en continua revisión y movimiento.

DÚOS DINÁMICOS

13 septiembre 2011

Han proliferado, dentro del amplio espectro del rock, grupos conformados por una pareja mixta como alineación básica para desplegar su propuesta musical. Claro que siempre han existido este tipo de duetos, pero ahora vienen varios a la mente que, desde diferentes subgéneros, conforman una nueva camada para los públicos atentos a las tendencias y vericuetos que va tomando la escena, no solo en términos de sonidos, sino también de configuraciones grupales.
Del blues cochambroso de los White Stripes al folk de inquietante reposo cortesía de She & Him, y de ahí al ruido energético de Sleigh Bells y a la electrónica de Crystal Castles, pasando por The Knife y su pop sintético de heladas texturas: felices combinaciones mujer-hombre, más allá de parentescos y formas de relación. Entre estas bandas, desde luego, también podemos contar a The Kills y a Best Coast, quienes nos hacen los honores esta semana para brindar sendos conciertos con el inconveniente de que coinciden en hora y día (miércoles 14 en la noche), pero no en espacio.

BLUES PERPRETADO EN LA COCHERA
Muy en la línea de los mencionados White Stripes y poniendo por delante una desarmante sensualidad agresiva que se refleja tanto en las vocalizaciones como en los riffs guitarreros, The Kills se conforma por Alison Mosshart, quien participó en la banda Discount y ha contribuido con The Dead Weather, y por el multiinstrumentista británico Jamie Hince (a la fecha, marido de Kate Moss). Con un disco cada tres años muestra de consistencia creativa, su trayectoria se ha mantenido en un alto estándar de expresión talentosa, a pesar de atreverse a incorporar elementos que en principio parecerían ajenos a su esencia.
Empezaron con su ruido en el 2001 y a pasearse por algunos escenarios: desde entonces, plasmaron sus coordenadas estéticas apoyadas en una feminidad a flor piel y una estructura armónica machacante, de aparente sencillez pero llena de matices. Bebiendo de la tradición blusera, pisan al mismo tiempo los terrenos que rudamente cosecharon, en tiempos de amor y paz, los padrinos de Velvet Underground, como bien se denota en el EP Black Rooster (02), heraldo de lo que estaba por venir.
Ya instalados en Londres, grabaron Keep On Your Mean Side (03), primer largo que muy pronto los colocó como una banda a seguir dentro de la tendencia del revival: como ejecutado en el garaje sin pensárselo demasiado, denotaba esa inmediatez y urgencia propia de quienes tienen que expulsar múltiples sentimientos y afectos largamente contenidos. Los sonidos de la guitarra, de amplia efervescencia, establecen un lucidor duelo con esa voz abrasiva que busca la poesía en momentos de incertidumbre.
Seguirían No Wow (05) en similar tesitura, pero ahora ampliando el número de cortes y explorando los mismos parajes que su predecesor y el más electrónico Midnight Boom (08), desarrollado a partir de estructuras más cercanas al pop pero manteniendo ese espíritu rebelde ahora escapándose entre algunos beats y programaciones que lejos de entregarse al artificio, se integraban de manera orgánica al cuerpo de las canciones.
Su cuarta entrega, Blood Pressures (11), arranca con Future Starts Slow, anunciando el tono musical y letrístico, revisando un futuro que parece no ser demasiado promisorio; Satellite desdobla una guitarra en distorsión que rivaliza con las dos voces y una rítmica espesa. Heart is Beating Drum sigue la lógica de parecer compuesta con cochambre y a media velocidad solo rota por las piruetas de las cuerdas, despertadas en la rítmica Nail in my Coffin, como para ponerle fin al asunto que aún parece respirar en la engañosa calma de la paradójica Wild Charms.
El álbum continúa con DNA, pieza bien titulada que representa la evolución del dueto sin perder su capacidad para conectarse directamente con el escucha, tal como sucede en Baby Says o en la melódica The Last Goodbye, preciso y precioso encuentro entre voz y piano con declaraciones de asumido dolor. El cierre transita por la entrecortada Damned if She Do, que juguetea con You Don´t Own the Road y Pots and Pants, en clave ceremoniosa.

SURFEANDO AL RAS DE LA ARMONÍADentro de la corriente conocida como lo-fi, donde la naturalidad es buscada más allá de artilugios, y retomando el rock sesentero que evoca las piruetas sobre las olas, Best Coast es una banda formada en el 2009 por Bethany Cosentino y por Bobb Bruno, quienes tras realizar el EP Where the Boys Are (09), sorprendieron con la brillante simpleza de Crazy For You (10), con joyas enterradas en la playa como When I´m With You.
Un disco que “nos convierte en confidentes de sus desgracias amorosas, contadas con humor, resignación y un reducido campo semántico y transformadas en una irresistible colección de singles” (Marta Salicrú, Rockdelux 288, 2010). Como para estar en la costa californiana y conocer cuáles son los ecos actuales que resuenan en la puesta inesperada del sol.

LA CURA ESTÁ AL ALCANCE DE LA MANO

6 septiembre 2011

Personajes a punto de perderlo todo. Las alternativas más cercanas son las más difíciles de ver porque están frente a nuestras narices y la mirada suele posarse en las grandes perspectivas o de plano ensombrecerse, sin posibilidad de enfocar las soluciones a la mano, usualmente las más efectivas. Cambios inesperados e indeseables en la rutina a la que se quiere volver, depresiones inclementes o la necedad oculta de seguir transitando una ruta que no ofrece sino decepciones, parecen conjugarse para bloquear los posibles procesos de crecimiento o reajuste. Veamos.

SALIRSE DE UNO MISMO, PERO NO DEMASIADO
La depresión es un enemigo implacable: su invisibilidad y su capacidad para insertarse tanto en el aparato psicológico como en el físico, la convierte en una fuerza maligna que mientras más inexplicable, más letal. Las curas pueden tomar varias formas pero no siempre funcionan: incluso alguna que sirvió en el pasado, puede ser que ahora no lo haga. Así es la enfermedad: como un mutante que se transforma para permanecer ahí, fastidiando la vida del sujeto y de quienes lo rodean.
Dirigida por la famosa actriz angelina Jodie Foster (Mentes que brillan, 91), en tono de drama familiar con sus respectivos claroscuros, Mi otro yo (The Beaver, EU, 11) sigue a un hombre casado con dos hijos y dueño de una juguetería que heredó de su padre, se encuentra sumergido en una aguda crisis depresiva por motivos que no aparecen de manera clara en la superficie. Su esposa intenta ayudarlo mientras sigue con su chamba de diseño ingenieril, su vástago menor lo extraña mientras es víctima de bullying y el mayor, una especie de clon de Cyrano de Bergerac postmoderno, lo evade por temor a parecerse a él, al tiempo que empieza a enamorarse de una compañera.
Ante la insostenible situación, deja la casa y se encuentra en un bote de basura a un castor de juguete, que funciona inesperadamente como un objeto para el desplazamiento de la pulsión de muerte. Como si se tratara de una especie de freudiano superyó punitivo o un álter ego que en un principio se convierte en tabla de salvación, la marioneta con forma de castor empieza a suplir al hombre ahora en franca recuperación, pero cada vez más dependiente de la marioneta de peluche que habita en su mano.
El desarrollo argumental intenta romper la estructura clásica del conflicto, al menos en su secuenciación, y permite que las tribulaciones de los personajes se planteen con la suficiente profundidad. Destaca de manera particular la mirada sobre la relación padre-hijo, la renovada actitud empresarial y el análisis de los procesos de sanación, que raramente siguen una línea ascendente y en pocas ocasiones resultan definitivos.
Una funcional dirección y una eficiente edición colaboran para que tanto diálogos como situaciones acompañadas de música pertinente, en un adecuado ejercicio de síntesis que quizá impida profundizar, muevan nuestras emociones. Mel Gibson consigue la actuación de su carrera en un doble papel lleno de matices, con todo y esa particular situación en la que el actor casi se interpreta a sí mismo, mientras es bien arropado, en todos sentidos, por la directora y por las interpretaciones de los jóvenes Anton Yelchin y Jennifer Lawrence, como la compañera escolar y grafitera de clóset.
Abandonar la jaula de la propia miseria autocomplaciente y atreverse a dejar de pretender para revalorar todo aquello que se convirtió, sin que nos diéramos cuenta, en aburrida rutina o parte del monótono decorado vital.

VOLVER A UNO MISMO, PERO DIFERENTE
Tres soldados con alguna herida física o emocional emprenden el retorno de la Guerra de Irak para reencontrarse con sus vidas o bien empezarlas de nuevo: un hombre casado con un hijo, otro más en pos de reencontrarse con su novia y una joven en busca de la familia de su novio muerto en combate, para devolverles su preciada guitarra. El destino quiso que este improbable trío compartiera el trayecto, prolongado por problemas de transporte y por inesperados eventos que los van poniendo en perspectiva.
Dirigida por Neil Burger (El Ilusionista, 06; Sin límites, 11), Regreso a casa (The Lucky Ones, EU, 08) toma la forma de una road movie en cuanto a su estructura narrativa y al desarrollo de sus personajes, interpretados por Tim Robbins, Michael Peña y Rachel McAdams; además del abordaje de los conflictos individuales, el film se da tiempo para reflexionar sobre el sinsentido de la guerra, como en El mensajero (Moverman, 09), la imagen de los soldados frente a distinto tipo de ciudadanos estadounidenses y los duros procesos de reinserción social.
Con un inteligente desenlace que elude la complacencia, una fotografía que combina con lograda articulación los planos abiertos y las tomas al interior del vehículo, y una puesta en escena reposada pero nunca perdiendo la intensidad, el filme consigue invitarnos a que acompañemos a estos soldados en su travesía más emocional que geográfica.