Archive for 28 junio 2011

AMORES PERDURABLES

28 junio 2011

Un par de películas biográficas que centran su atención no en los personajes más conocidos, sino en las mujeres que los amaron hasta las últimas consecuencias. Hombres contrastantes: un dictador que enferma de poder y un poeta que enferma de sublimación. Mujeres similares: atravesadas por una pasión inocultable que pone en juego incluso la propia sanidad física y mental.
Con todo el riesgo que implica el género dadas sus propias convenciones narrativas y las tentaciones frecuentes cuando se recrea la vida de personas históricas, ambos filmes consiguen envolvernos no solo en las sensaciones de una época, sino en el sufrimiento que implica un romance cuando en verdad se coloca el corazón en la mano. Ambas disponibles en los videoclubes de la ciudad.

PASIÓN FRACTURADA
Dirigida con energía juvenil muy a la italiana por el septuagenario Marco Bellochio (Los puños en los bolsillos, 65; La hora de la religión, 02; Buenos días, noche, 03), La amante de Mussolini (Vincere, Italia, 09), hurga en la existencia de una pasión negada por el sistema autoritario entre una intensa mujer de armas tomar y un joven de arrojo incontenible y liderazgo arrollador: ella era Ida Isler; él, Benito Mussolini, un sindicalista libertario después convertido en aborrecible dictador.
La relación dio como resultado un hijo bastardo extraviado en orfanatos y en su propia mente, y una mujer cegada con la idea de que algún día se iba a reunir con su esposo, ahora solo visible a través de las noticias transmitidas por el cinematógrafo o impresas en el periódico que ella misma financió en el inicio, como para darle presencia política y fuerza económica a su amado, al más puro estilo de El ciudadano Kane (Welles, 41).
El filme es un regreso del director a la principios del siglo XX como en La nodriza (98), pero ahora desde una perspectiva grandilocuente y de estética operística: por la historia que se narra, por el tono utilizado y por el desarrollo de la puesta en escena, siempre acompañada por la música de Carlo Crivelli, por momentos excesiva aunque en general pertinente dada la propuesta argumental y su tratamiento.
La versátil fotografía de Daniele Cipri, con esos encuadres preciosistas impecablemente iluminados, como el de la heroína colgada de la reja, entre muchos otros, nos remite a una continua sensación de injusticia y separación, a un estado de pasiones separadas y de sacrificios místicos –ahí están las secuencias de la crucifixión de Pastrone o la de El chico de Chaplin- desarrollados a partir de una plástica puesta en escena que se desenvuelve a partir de un eficaz empleo de imágenes de archivo, de la elipsis (la nieve, el periódico) y de una reiteración de elementos simbólicos, como la persistencia de la bailarina recluida.
La actuación de la romana Giovanna Mezzogiorno (No digas nada, 05; El último beso, 01) le da una solidez dramática al relato, mientras que Filippo Timi, en doble papel, imita con convicción los tics del Duce, cuyo ascenso y caída funcionan como telón para desglosar la doliente y fracturada pasión de una mujer al fin engañada por casi todos, incluyéndose ella misma: las esporádicas muestras de solidaridad y apoyo serán utilizadas para volver al soliloquio del matrimonio nunca comprobado en papel, aunque siempre presente en la mente laberíntica aún con resistencia.
Las banderas negras cuelgan en Sarajevo: la Europa de las primeras décadas del siglo XX, con toda su carga de nacionalismo convertido en infame justificación bélica; los ideales deshaciéndose entre dictaduras que terminaron superando las atrocidades que pudieran haber reclamado en su momento.

PASIÓN CONTENIDA
Basada en la biografía de Andrew Motion sobre Keats y dirigida por Jane Campion, quien vuelve a los territorios de época como en El piano (93) y Retrato íntimo de una dama (96), El amor de mi vida (Bright Star, RU-Australia-Francia, 09) es un relato como bordado a mano –ahí está la secuencia inicial- acerca del profundo amor que la aspirante a alta costurera Fanny Brawne (Abbie Cornish) va construyendo –y nutriendo por la respuesta obtenida- hacia el enfermizo poeta (Ben Wishaw) entre las veladas resistencias de su propia madre (Kerry Fox) y la insufrible presencia del escritor-protector del melancólico joven con estrella radiante (Paul Schneider), en la primera parte del siglo XIX.
El tono poético cruza la forma y el fondo: cocinado a fuego lento y siempre avanzando en la línea de una casta incertidumbre, el romance va adquiriendo el tono trágico que el caso impone, entre separaciones continuas, esperas cargadas de depresión y reencuentros dubitativos, captados por una fotografía enfática que se constituye como una visualización de la fragilidad apenas vencida por la belleza de los versos que se elevan cual Humo sagrado (99) sobre cualquier enfermedad física o del alma atormentada por la soledad inminente, ya sin Un ángel en mi mesa (93) y padeciendo En carne viva (03) la profunda desdicha de la ausencia definitiva.

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SEGUNDAS PARTES

21 junio 2011

Reza el lugar común que nunca fueron buenas. Existen las excepciones para confirmar la regla (El padrino, Alien, El señor de los anillos –que en realidad, como el libro, era una sola película segmentada para efectos de comercialización-, Toy Story) y muchos casos que en efecto caen en la maldición, sobre todo cuando la intención primordial se convierte en explotación de una franquicia que tuvo éxito en su primera entrega y se supone que lo seguirá teniendo: por éxito, en este caso, se refiere al ingreso en taquilla, nada más, uno de los criterios más importantes para determinar si se realiza una secuela o no.
Una segunda parte camina por el filo de la navaja: las expectativas del público suelen ser altas y espera experimentar una sensación tan grata, al menos, como la que vivió al ver la primera parte. Al tiempo que debe retomar los elementos centrales de su antecesora, necesita darle vuelta a la página: ese doble juego eleva la dificultad tanto argumental como de creación de personajes. Por otro lado, sin embargo, se cuenta con un público asegurado dispuesto a abarrotar las salas, aunque después reniegue del resultado.
Veamos casos recientes: en ¿Qué pasó ayer? 2 (Phillips, EU, 11) no se entendió una premisa básica de la comedia: chiste contado por segunda vez, pierde gracia. Cuando en una reunión se empiezan a contar chistes, el humor se acabó y la risa se vuelve artificial. Si un ingrediente clave del mundo de la comicidad es su espontaneidad, la segunda entrega de los parranderos involuntarios perdió todo el efecto de su antecesora. Otro ejemplo: Buza Caperuza 2 (Disa, EU, 11) carece de ese sentido humorístico que sostuvo a la primera, más allá del argumento, y que sorprendió gratamente por su desfachatez a pesar de copiar la fórmula de Shrek y de no contar con una animación de altos vuelos.
Dos casos en los que la segunda entrega supera a la primera. Sin ser ninguna maravilla y sin estar a la altura de las exigencias de su casa productora, Cars 2 (EU,11) muestra un mayor dinamismo, sobre todo para el público infantil, gracias a su estructura narrativa y a la inclusión de otros vehículos personificados con el cuidado acostumbrado. Claro que su limitante fundamental es la poca conexión que establece con el espectador adulto, característica presente en prácticamente todas las demás cintas de Pixar.
Por momentos parecería que la decisión de hacer una segunda parte fue motivada más por la necesidad de sacarse la espina que por darle continuidad a las aventuras de los autos humanizados: en efecto, la conocida afición de John Lasseter por el mundo del automovilismo lo ha llevado a realizar no una, sino dos películas al respecto cuyo alcance termina por ser reducido, no obstante la lograda transfiguración de coches, aviones, barcos y hasta submarinos, en este nueva entrega que cambia de protagonista. Habrá que tener cuidado, eso sí, cuando se nos acerque una Gremlin o un Pacer.
Por su parte Kung Fu Panda 2 (Eu, 11) acaba por resultar superior a su antecesora, acaso demasiado enfocada a los niños pequeños, gracias a una historia mucho mejor trabajada, con diferentes niveles de interacción, y a una animación que sabe apuntalar los detalles de los personajes y al mismo tiempo abrir escenografías deslumbrantes. Si bien el humor sigue siendo bastante obvio, el personaje central ya no resulta del todo antipático y se le dota de una mayor profundidad, además de insertar logradas secuencias de acción y de cierto reposo meditativo.
La directora Jennifer Yuh, especialista en el diseño de arte, consigue darle fuerza no sólo al relato, sino al propio contexto de acción, considerando un enfático uso de colores para darle una notable viveza a las texturas plasmadas. No se descuida tampoco el tono de comicidad y se atraviesa el tema de la búsqueda de la identidad y el origen como una forma de comprenderse a sí mismo. Uno no hubiera supuesto que se hiciera una segunda parte de esta película pero los cálculos más allá de la lógica de la pantalla indicaban que sí era conveniente.
Al menos comparando estas dos cintas, Dreamworks saca la ventaja sobre Pixar, situación no vista desde que el ogro verde, con toda su carga de irreverencia, dominó los pantanos y las pantallas. Frente a este verano más bien limitado en el nivel de Blockbusters (quizá salvo X-Men), enfocado más a las secuelas y precuelas, unas películas medianitas como la de la grúa-espía y el panda karateca, aparecen como alternativas que al menos se sostienen mientras transcurre la proyección, aunque al salir de la sala sólo quede el recuerdo de cómo las técnicas de animación y la puesta en escena han rebasado a la capacidad argumental, por lo visto en estos casos.

LA NOCHE DEL DEMONIO: VIAJES CON RETORNO INSIDIOSO

15 junio 2011

Género difícil por naturaleza, con lógicas narrativas rígidas y usualmente menospreciado por la crítica especializada, el cine de terror no ha dejado de reflejar los temores de las sociedades del más acá cual espejo del más allá. Ya sea a través de seres fantásticos o malosos de carne y hueso, los filmes procuran generar en el espectador un estado de indefensión, que de pronto puede caer en excesos que terminan en humor involuntario, como para demostrar la vulnerabilidad y fragilidad de la vida misma.
Del maestro Hitchcock al Giallo italiano, de los clásicos de terror de la Warner y del expresionismo alemán al subgénero conocido como Tortura pornográfica, y de ahí al cine oriental y a los seriales del mainstream hollywoodense, este tipo de cine, con todas sus derivaciones que van de la sutileza psicológica a la explosión de vísceras, de pronto parece caer en procesos de estancamiento, advirtiéndose ausencia de renovación y abundancia de repetición de fórmulas que aseguran taquilla pero no necesariamente creatividad.
La noche del demonio (Insidious, EU, 10) es dirigida por el malayo James Wan (Saw: El juego del miedo, 04), quien se ha convertido en puente que conecta el horror oriental con el occidental, considerando los matices según época, país y subgénero. La participación en la producción de Oren Peli (Actividad paranormal, 09) le ha venido a dar ese componente entre esotérico y fantástico al acostumbrado realismo escatológico de Wan, acercando su más reciente propuesta a filmes como Poltergeist: Juegos diabólicos (Hooper, 82).
Escrita por Leigh Whannell (El títere, 09), responsable de los guiones de las tres primeras partes de Saw y acá interpretando a uno de los improbables cazafantasmas que nunca están de acuerdo entre sí, la historia se toma varias licencias que terminan por perdonarse dada la efectividad del argumento, sobre todo en su primera parte, con todo y vuelta de tuerca obligatoria y esperada, según marcan los nuevos cánones del género.
Estamos frente a una familia y una casa en apariencia embrujada. Pronto se van develando causas de los sucesos y las consabidas pistas falsas, escepticismos de rigor y sustos de feria que evitan mantener las palomitas completas. A diferencia de la actitud del protagonista de Sentenciado a morir (Wan, 07) acá el hombre de la casa parece evadirse del problema poniendo de pretexto la revisión de trabajos escolares, al tiempo que su mujer escucha todo tipo de ruidos mientras trata de componer en el piano y cuida al hijo caído en un extraño coma que lo lleva a viajes astrales de dudoso disfrute.
Patrick Wilson y Rose Byrne, de escalofriante delgadez, interpretan con credibilidad al matrimonio en conflicto constante con el más allá que se empieza a traducir en la vida familiar, mientras que Barbara Hershey aparece en la segunda parte revelando secretos junto a una médium que le da un vuelco al desarrollo de la narración: las fotos pueden, ciertamente, revelar la verdadera esencia de las personas.
La cámara se desplaza por los espacios fílmicos para construir acordes atmósferas en función de los momentos del film: ya sea acompañando los andares de los personajes (cual paso por casa de sustos de parque de diversiones) o jugando con el plano-contraplano, de acuerdo a los dos mundos que colisionan en la historia: los del más allá se muestran cada vez más sin pudor alguno, mientras el falsete de Tiny Tim eriza la piel en forma sutil, en contraste con el demonio del título en español, muy parecido, como se ha mencionado, a Darth Maul, señor oscuro de los Sith.
Los fantasmas de Roger Corman y Mario Bava se pasean de manera discreta, como influencias ya incorporadas, mientras que la banda sonora de Joseph Bishara al estilo de Bernard Herrmann (Psicosis, 60), juega su papel disonante como para rendir homenaje y a la vez para apoyar el proceso de poner los pelos de punta. En efecto, esa brusquedad en la aparición del título de la película para abrir y cerrar el film, plantea que estamos frente a una cinta-homenaje (incluyendo el dibujo del villano de la saga Saw en el pizarrón), a una historia de la cual quiere formar parte como un referente importante del nuevo milenio en el que el horror salta fuera de las pantallas.
La artesanía en contraste con el exceso de digitalismo y la ausencia de descuartizamientos frente al aumento de aparecidos que cada vez se esconden menos y recorren la vida de los del más acá, aparece como un recurso constante que pone a prueba primero la atención del espectador y después su ecuanimidad; tanto los maquillajes como las gestualidades (sonrisas, apertura de ojos, sacadas de lengua) operan más en la tradición del cine de horror que buscaba más la inteligencia que la tortura explícita.
La asechanza, que no acechanza, se desglosa cual motivo transversal de los acontecimientos, retomando la apuesta del título original del film: una película tan astuta como insidiosa.

LOS HOMBRES Y SUS CIRCUNSTANCIAS

8 junio 2011

Determinados por sus particulares y extremos contextos, 4 hombres buscan mantenerse a flote mientras conservan su instinto de sobrevivencia que puede alcanzar, en algunos casos, para ayudar a otros. Los primeros insertados en la telaraña del Nazismo y los segundos solos y su alma mandando mensajes de dudosa recepción. Todas las películas disponibles en los videoclubes de la ciudad.

BONDAD A PRUEBA
En Sonata de un hombre bueno (John Rabe, Francia-China-Alemania, 09) se recrea el heroísmo del protagonista que da nombre al film, un empleado de Siemens en territorio chino, durante la masacre de Nanking perpetrada por el ejército imperial japonés cuando se desataba la II Guerra Mundial. En consonancia con La lista de Schindler (Spielberg, 93), estamos frente a un alemán, nazi declarado, que decide ayudar a la gente en su contexto próximo: 200,000 chinos sobrevivieron gracias a su famosa zona de seguridad, ante los embates de los soldados japoneses y la politiquería alemana del nacional socialismo.
Dirigida por Florian Gallenberger (Las sombras del tiempo, 04) la cinta alcanza momentos emotivos y de franco terror, a pesar de que en ciertas secuencias, particularmente en las de acción bélica, se advierte cierta impostura en los efectos. Con una creativa inserción de pietaje real que se va transformando en la cuidada puesta en escena del film, la cinta va de lo contextual a la intimidad de John Rabe, sentidamente interpretado por Ulrich Tukur, quien encuentra justo contrapeso en las actuaciones de Daniel Brühl y Steve Buscemi. Una historia rescatada a pesar de los intentos por hacerla desaparecer.
Por su parte, en Un hombre bueno (Good, RU-Alemania, 08), Viggo Mortensen interpreta con mesura a un profesor de literatura alemán que lidia con una esposa neurótica, dos hijos y una madre senil. Distante de las ideas nazistas, las conversaciones con un amigo (Jason Isaacs) parecen ser su tabla de salvación, hasta que un libro suyo acaba siendo bien visto por la gente en el poder y su carrera prospera de manera inesperada, colocándolo en una encrucijada llena de dilemas morales que acaban por rebasarlo.
La sobria dirección de Vicente Amorim (El camino de las nubes, 03) junto con la correcta adaptación de John Wrathall a la obra de C.P. Taylor, permiten que tanto el diseño de arte como la puesta en escena nos remitan a las tribulaciones de un hombre durante los años 30´s del siglo XX, atrapado entre sus propias lealtades y frustraciones, con los principios valorales siempre a flote: de buenas intenciones está empedrado el camino al reconocimiento.

SOBREVIVENCIA EN SOLITARIO
En Sepultado (Buried, España-Francia-EU, 10) se despliega un creativo ejercicio fílmico gracias al uso de la luz y al juego con el reducido espacio fílmico, considerando el fuera de campo, que acaba por ser notable, más allá de la anécdota que se cuenta: nada fácil sostener una película que transcurre en su totalidad dentro de un ataud, con un tipo haciendo llamadas vía un súper teléfono celular para ver si salva el pellejo, entre una víbora prieta y un encendedor dando de sí.
El contexto, una vez más, lo constituyen las complejas relaciones que se han establecido tras la invasión a Irak, entre rebeldes, soldados estadounidenses y gobiernos de facto. Sorprende gratamente la actuación de Ryan Reynolds, quien además de entregar la mejor actuación de su carrera, logra que nos importe su personaje, un chofer que al parecer ni la debía ni la temía. Esta claustrofóbica historia dirigida por el español Rodrigo Cortés (Concursante, 07) muestra cómo la intensidad de un film no depende de la grandilocuencia de sus recursos visuales, sino de la capacidad para conectarse con las emociones del espectador.
Mientras tanto, James Franco nos regala otra estupenda actuación para sobrevivir durante 127 horas (EU-RU, 10) con el brazo atrapado por una roca en la zona montañosa de Utah. Retomando la historia verdadera del montañista Aron Ralston evitando el Exterminio (02), Danny Boyle (Quisiera ser millonario, 08;) recrea con imaginación esta aventura en solitario, intercalanado recuerdos, alucinaciones, grabaciones y hasta un show televisivo creado por el propio protagonista como para mantener la poca cordura que queda en La vida en el abismo (96) en perpetua Alerta solar (07) y evitando acabar con su Tumba al ras de la tierra (94).
Con edición ráfaga, división de pantalla, score sello de la casa, desplazamientos enérgicos de cámara y continuo juego de planos, la cinta adquiere un dinamismo poco esperado en función de la premisa argumental; cierto, quizá se pierda un poco la profundización que la propia vivencia proponía, como sí sucedía con otros outsiders de Vidas sin reglas (97) vistos en Camino salvaje (Penn, 07) y en El hombre oso (Herzog, 05), aunque no faltan las secuencias difíciles de aguantar en las que se enfatiza el sacrificio en aras de la sobrevivencia.

MICHAEL NYMAN: SONIDO Y VISIÓN

1 junio 2011

Ha reconstruido vasos comunicantes, cual hombre puente, entre las imágenes en movimiento y las notas musicales, entre la fotografía y el análisis musical, entre el análisis de las estructuras sonoras y el manejo de las lentes para capturar la vida en movimiento. Este aliento renacentista lo ha llevado a desarrollarse en distintas disciplinas y, dentro de ellas, en varias áreas: compositor de óperas, ballets, conciertos, soundtracks, cuartetos de cuerda y música de cámara con su banda (fundada en 1977), además de conductor de orquesta, intérprete, fotógrafo (formalmente desde el 2003), cineasta, guionista y crítico musical, sobre todo de 1968 a 1978.
Prolífico como John Zorn, con indudables lazos estilísticos provenientes del minimalismo de Cage y Glass, deudor de clásicos como Purcell y Mozart y compañero de propuestas de Ennio Morricone, Glenn Branca, Steve Reich y Wim Mertens, Michael Nyman (Londres, 1944) es un explorador heredero de las tradiciones inglesas y de las resonancias sonoras anidadas en el siglo XX, cuando la melodía dejó de ser el componente principal de las propuestas musicales para adentrarse en la escultura del sonido como forma moldeable y campo exploratorio con posibilidades atonales y disonantes.
Además de sus reconocidas obras para el cine, vale la pena acercarse al resto de su vasta obra, como el racional The Kiss and Other Movements (85); Six Celan Songs (90), basado en la poesía de Paul Celan e interpretado por Ute Lemper; Exit no Exit (06), obra para clarinete y cuarteto de cuerdas y sus trabajos junto a David McAlmont. En sus óperas, ha visitado temas tan disímbolos como The Man Who Mistook His Wife for a Hat (87) basada en la novela médica de Oliver Sacks; Noises Sounds and Sweet Airs (94) y la monumental Facing Goya (02), por poner sólo algunos ejemplos de su inabarcable catálogo.

CINE EN EL PENTAGRAMA
Muchos de nosotros lo conocimos gracias a las películas de Peter Greenaway de la década de los ochenta (El contrato del dibujante, 82; Drowning By Numbers, 88; El cocinero, el ladrón, su esposa y su amante, 89; Los libros de Próspero, 91), aunque escribía música para cine desde 1976, año en el que apareció su disco Decay Music, producido por Brian Eno y en el que la orientación era más experimental. Como apuntó Alex Ross, su música para Una zeta y dos ceros (85) “da un aire cortesano barroco a resoplantes diseños minimalistas.”
En efecto, el manejo del contrapunteo entreverado con efusivas repeticiones se convirtieron en el sello de la casa: un piano que igual hacía el trabajo rudo que el delicado, con una base rítmica de sostenida emotividad, construye intersecciones con cuerdas enfáticas o alientos adiposos, finalmente convincentes más por elusivos que por insistentes. Las fronteras entre las músicas culta y popular quedaban gratificante difuminadas: ahí están las colaboraciones con músicos ligados al rock o con representantes de las músicas que palpitan alrededor del mundo, más allá de los confines del eurocentrismo.
Su aporte musical para El Piano (Campion, 93) le abrió los conductos auditivos al gran público, dada su emotiva accesibilidad. El trabajo para componer scores se multiplicó: para Gattaca (Niccol, 97) buscó un esquema musical más acorde a los productos de los grandes estudios y dos años después se llenó de chamba: Nabbie no koi (Nakae, 99); Voraz (Bird, 99), junto a Damon Albarn; la sensibilidad a punto con El ocaso de un amor (Jordan, 99); la eficacia en Wonderland (99) y la maestría ecléctica de The Claim (00), ambas de Michael Winterbottom. Su versatilidad le permitía ponerle acordes a propuestas fílmicas de muy distinta ralea y de géneros que al parecer poco tenían en común.
Entre otras muchas cintas, ha musicalizado también Nathalie X (Fontaine, 03); El decadente (Dunmore, 04); Never Forever (Kim, 07) con intensa actuación de Vera Farmiga; el espléndido documental Man on Wire (08) y 9 meses 9 días (Ramírez, 09), texto fílmico mexicano sobre los tres pescadores perdidos y milagrosamente aparecidos: como diría Daniel Sada, porque parece mentira, la verdad nunca se sabe. También le entró al cine de horror fantástico desplegado en Krokodyle (Bessoni, 10). El documental NYman With a Movie Camera (10) retoma su interés por el trabajo del precursor Dziga Vertov y su genial obra silente.
El también escritor del clásico ensayo Experimental Music. Cage and Beyond (74), disponible en la red, decidió recientemente vivir en México: una tierra acorde a su incansable espíritu buscador de sonidos y visiones que sólo acá confluyen con tal intensidad transdisciplinaria. Un no-lugar donde sucede lo que jamás pensamos que podría ocurrir. Con esos lentes de pasta gruesa que parecen verlo todo y la mirada siempre puesta en algún punto fijo, se dejará escuchar el viernes 10 en la sala Netzahualcóyotl de la Ciudad de México.