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LIBROS 2018 (III): ESTABAN ALGUNOS MEXICANOS CON UN PAR DE ARGENTINOS…

29 abril 2019

Llegamos a la tercera entrega de los libros publicados en el 2018, siguiendo el recorrido por algunas de las líneas publicadas el año anterior.

Con Ahora me rindo y eso es todo (Anagrama, 2018), el estimado Álvaro Enrigue (Guadalajara, 1969), trenza una soberbia mezcla de vertientes narrativas, incluyendo una que se mira a sí misma en plan metaliterario, y su infaltable y sutil sentido del humor: novela abarcadora y sincrética que va de las particularidades de sus personajes, construidos con sumo nivel de detalle, al trazo preciso de los contextos históricos y sociales en los que se inserta el relato (o los relatos), atravesados por una frontera desértica cargada de historias épicas en los que igual aparecen los colonos sintiéndose dueños, que los apaches; una mujer que huye de sí misma y un hombre que persigue; misioneros buscando transmitir una fe que parece humo y pobladores de lugares vacíos y algún escritor que busca en las grietas de Chihuahua y sus confines hacia el norte, elementos para compartir con un lector que ya llegará. Gran libro.

Un crítico literario aspirante a poeta vive con su novia, escritora a su vez; al querer rentar un departamento conoce al hijo de su futura casera, un tipo de ésos que siempre traen agendas propias entre manos, pero nunca se sabe cuáles y todo se trastoca. En El oficio de la venganza (Alfaguara, 2018), Luis Muñoz Oliveira (México) construye un relato que parte de la conocida situación en la que un tipo normal se ve envuelta en una trama fuera de lo común, para centrarse en la búsqueda de la venganza como sentido de vida, pero sin tener claros los medios y los fines: personajes estrafalarios, sectas prehispánicas y una lógica de sacrificio que únicamente se entiende en la charlatanería como forma de enajenamiento.

Es de esas novelas personales cuya sombra debe ser arrasada para ver la luz: rupturas, herencias no pedidas y conexiones vitales de tres generaciones, escritas por el representante de la tercera que, en un acto necesario de distanciamiento y acaso de redimensionamiento, cuando habla de él lo hace en primera persona y se asume como interlocutor, no tanto en términos de saga familiar, sino más bien como un acuerdo con el propio origen. Corre sangre irlandesa por las venas de la rama materna: el abuelo fingió su muerte, consiguiendo un cadáver y provocando una explosión del negocio del cuñado; el padre se va de Sinaloa a Guerrero y se vuelve guerrillero para terminar como escultor, en tanto el hijo, quien elabora esta catártica y absorbente historia, lidiando con la enfermedad, su linaje y su imaginación para volverse escritor y No contar todo (Random House, 2018), firmando como Emiliano Monge (Ciudad de México, 1978).

También de nietos y abuelos, linajes que se trastocan y herencias que se transfiguran. Un simbólico gusano misterioso que parece dictar la trama que empieza con dos pubertos que huyen a Suecia de la invasión nazi a Dinamarca; de ahí llegan a México y al paso de los años, uno de ellos tiene un nieto de su mismo nombre, al final protagonista de esta historia circular, entre amores con distinto nivel de correspondencia, sustancias recreativas y placeres múltiples, atravesados por la creación teatral y fílmica: la intrigante escritura de Pablo Soler Frost (Ciudad de México, 1965) se entremezcla, cual serpiente sigilosa, con herencias judías intervenidas por nuevas formas de adoración. Europa y los faunos (Random House, 2018) es un recorrido de ida y muchas vueltas por territorios fascinantes. Ignacio Solares (Ciudad Juárez, 1945) nos recetó el muy disfrutable Prolongación de la noche (Alfaguara, 2018), delicioso recuento de cuentos breves para paliar esas prolongadas oscuridades en las que uno acaba irremediablemente solo, y Martín Solares (Tampico, 1970) en tonalidades detectivescas nos entregó Catorce colmillos (Random House, 2018), como para clavarle el diente e ir identificando culpables e inocentes en los oscuros pasillos de París.

Desde Argentina un par de novelas: con nervio casi audiovisual desprendido por Kike Ferrari (Buenos Aires, 1972), que destila con velocidad y veracidad completa a uno de esos personajes despreciables que abundan en Latinoamérica, con eternos cadáveres en el clóset, que se envuelven en su poder y se sienten capaces de todo, muy bien desarrollado en Que de lejos parecen moscas (Alfaguara , 2018, y El libro de las mentiras (Alfaguara, 2018), tejida por Gastón García Marinozzi (Córdoba, 1974) a manera de establecer un presente en su país, contrastando a un joven aspirante a artista con un genocida de la dictadura, representando un pasado que sigue persiguiendo anhelos y esperanzas estudiantiles.

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JESUCRISTO EN EL CINE DEL SIGLO XXI

20 abril 2019

En anteriores colaboraciones revisamos las principales cintas que se han realizado en torno a la figura de Jesús y de temática religiosa en general. En esta oportunidad, daremos un recorrido por algunas obras rodadas en el nuevo milenio, dentro de las cuales todavía no se encuentra alguna que esté al nivel de la profundidad social con orientaciones marxistas de El evangelio según San Mateo (Pasolini, 1964); de la imaginativa irreverencia desparramada en La vida de Brian (Jones, 1977), obra del famoso grupo de comedia inglesa Monty Phyton, que termina por sugerir mirar el lado bueno de la vida por más que estés crucificado: basta con silbar. Y sin la articulación entre las dimensiones humana y divina de Jesús de Nazareth (1977), obra demostrativa del director católico Franco Zeffirelli.

Por supuesto, tampoco al nivel de La última tentación de Cristo (1989), un clásico del cine religioso dirigido con absoluta convicción por Martin Scorsese, apoyado en el guion de Paul Schrader basado, a su vez, en la gran novela de Nikos Kazantzakis, recuperando en su centro narrativo el gran dilema moral y los cuestionamientos de alcance místico a los que se enfrenta Cristo (Willem Dafoe), entre los acordes de Peter Gabriel y, finalmente, a la alegoría propuesta en Jesús de Montreal (Arcand, 1989), en la que una compañía de teatro formada por un actor contratado por la iglesia, empieza a representar la vida de Cristo que inevitablemente se entremezcla con la realidad presente.

Casi un subgénero en sí mismo, el cine relacionado con este hombre, para sus seguidores de naturaleza también divina, presenta varios desafíos, dado el peso histórico y la enorme trascendencia de la figura en cuestión, más allá de las creencias depositadas en ella por cada quien. La excesiva distancia y veneración con los relatos pueden derivar en acartonados panfletos, en la búsqueda del morbo o de las versiones complotistas que corren el riesgo de acabar como versiones de un insulso amarillismo: en general las biopics se enfrentan a estos problemas de navegar entre la santificación absoluta o el detalle irrelevante.

SIGUIENDO LA TRADICIÓN

Para cerrar el siglo, una lograda aventura que combina momentos de animación, sobre todo en los relatos de los eventos milagrosos, con personajes y escenarios de plastilina, cobró forma en El hombre que hacía milagros (Sokolov y Hayes, 1999), contando con la voz de Ralph Fiennes como Jesús. La cinta italiana para televisión Amigos de Jesús – Tomás (Mertes y Marchetti, 2001), se centró en los apóstoles y las dudas generadas después de la muerte de su maestro y el legado de propagar el evangelio por el mundo. El evangelio según San Juan (Saville, 2003) es una épica de tres horas narrada por Christopher Plummer, retomando en su totalidad el texto descrito.

En contraste, La pasión (2004), controvertida cinta de Mel Gibson, apostó por una cuidada producción de realismo extremo, incorporando diálogos en arameo y mostrando sin recato el sufrimiento vivido por Jesús (Jim Caviezel) en sus últimos días: para algunos resultó una mirada cercana al subgénero gore y racista (coincidiendo con un suceso personal de Gibson en el que se mostró antisemita), en donde predomina la sangre, el sufrimiento y la violencia sobre la palabra y las enseñanzas; para otros se trató de un retrato fiel y necesario de este periodo final de la vida del nazareno. En el otro extremo vital, la directora Catherine Hardwicke realizó Jesús, el nacimiento (Nativity Story, 2006), adoptando un tono más bien descriptivo de los momentos que rodearon al origen de lo que hoy conocemos como Navidad.

The Disciple (Ruiz Barrachina, 2010) intentó explorar sin demasiada fortuna el lado humano de Jesús y la TV cinta María de Nazaret (Campiotti, 2012), de escasa difusión, colocó a la madre de Jesús como la protagonista, en tanto El hijo de Dios (Spencer, 2014) se basó en la miniserie del canal History Channel y se inscribe en la lógica del blockbuster para presentar la conocida narración evangélica; también por el medio televisivo, se produjo Killing Jesus (Menaul, 2015), con cierto énfasis conspiratorio y apostando por la vertiente política de los sucesos relacionados con la muerte del proclamado hijo de Dios.

A partir de una polvosa fotografía de Lubezki y dirección de Rodrigo García, Últimos días en el desierto (2015) es una meditación sobre vínculos familiares, retomando el pasaje de los cuarenta días que Jesús pasó en una tierra inhóspita. Con algunos valiosos momentos de reflexión sobre esta relación paterno-filial, la cinta presenta a Jesús y al Diablo, ambos interpretados por Ewan McGregor (como después lo haría con los gemelos en la serie Fargo), así como a Ciarán Hinds y Taye Sheridan, como padre e hijo en conflicto. Por su parte, La espina de Dios (Parra de Carrizosa, 2015) recorre los años de predicación desde la perspectiva de los apóstoles, en contraste con El Mesías (Nowrasteh, 2016), orientándose a seguir la infancia de Jesús, ese periodo desconocido, presentándolo a los siete años y viviendo en Egipto, pronto para regresar a Nazaret.

Un tribuno romano encarnado por Joseph Fiennes es comisionado para averiguar qué sucedió con el cuerpo de Jesús en La resurrección de Cristo (Reynolds, 2016), en tanto la española Santiago Apóstol (Coton, 2017) resultó una lograda revisión del personaje en cuestión. Jim Caviezel volvió al tema de la cristiandad interpretando a Lucas en Pablo, apóstol de Cristo (Hyatt, 2018), quien visita al famoso converso atrapado en una celda tras ser torturado y sentenciado a muerte: el médico de almas escribirá un libro fundacional de la iglesia, antes de que Nerón pretenda acabar con los seguidores de Cristo. Dirigida con sobriedad y acaso con cierta falta de emoción, si bien incorporando la perspectiva feminista en forma explícita, María Magdalena (Davis, 2018), contó con las actuaciones de  Rooney Mara y Joaquin Phoenix para presentar la vida de esta mujer que tantas versiones ha generado en torno a su interacción con Jesús.

ACTUALIZANDO

Los dos miles iniciaron de manera inesperada con Jesucristo cazador de vampiros (Demarbre, 2001), cinta canadiense de serie B que buscó el sampler entre vampirismo, actos mesiánicos insertados entre un kung-fu de banqueta, y hasta la presencia nuestro querido Santo, el enmascarado de plata, acá para ayudarle al predicador en su se segunda venida para propagar su mensaje: todo un absurdo de factura casera por momentos disfrutable; en esta vertiente, el corto español Fist of Jesus (Muñoz y Cardona, 2012), enfrentó al salvador ante un grupo de zombies a partir de la resurrección de Lázaro. En otro tono y trayendo el conocido relato a tiempos actuales, Chris Cullen dirigió con aliento alternativo Jesús, el remake (2012), en la que el mesías es un rockero que gana adeptos con sus canciones y vía las redes sociales, al tiempo que algunos curas se alarman por la pérdida de su poder y deciden poner manos a la obra.

El documental ¿Qué compraría Jesús? (Van Alkemade, 2007) sigue al reverendo Billy y su congregación que busca detener el mercantilismo en el que ha caído la navidad y en la comedia alemana Jesús me ama (Fidz, 2012), basada en la novela de David Safier, una mujer sin mucha fortuna en las relaciones sentimentales se enamora de un hombre que dice ser Jesús, remitiéndonos a la siempre polémica María Magdalena. Por su parte, la comedia El nuevo nuevo testamento (Van Dormael, 2015) encuentra un imaginativo tono satírico para presentar a Dios como un tipo que vive en Bruselas, casado, malhumorado y ocioso, usualmente en bata y sin rasurar, dedicado a fastidiar a sus criaturas: su hijo anda predicando, cual debe, y su hija de diez años decide hacer la travesura de avisarle a todo mundo la fecha de su muerte, generando reacciones diversas, de tragicómicas proporciones.

LIBROS 2018 (SEGUNDA PARTE): VIVOS, MUERTOS Y FEMINISMO

13 abril 2019

Seguimos el recorrido por algunas de las páginas que alumbraron el año anterior. Nos tomamos algunas licencias con libros que llegaron en el 2018 aunque su inscripción diga 2017): asuntos de la industria y distribución editoriales.

ENTRE DOS DIMENSIONES VITALES

Escrita por Eka Kurniawan (Tasikmalaya, Indonesia, 1975), La belleza de una herida (2017, Lumen, 2018) es una historia familiar que renace con la aparición de su protagonista, recién llegada del mundo de los muertos y en donde se contextuliza, con notable mezcla de fantasía y realismo social, la historia de una familia y los acontecimientos íntimos,  políticos y sociales que la definieron; en tanto, Jesmyn Ward (Misisipi, 1977) obtuvo el National Book Award con la novela La canción de los vivos y los muertos (2017; Sexto piso, 2018), en la que una familia interracial busca dialogar con quienes ya se fueron e integrarse en entre sí, transitando por pasajes de constantes pruebas emocionales: profunda y emotiva.

Armada ingeniosamente con destellos satíricos a partir de viñetas interconectadas a nivel global, Kentukis (Random Hosue, 2018) de Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) funciona como una alegoría de los vínculos humanos que se establecen con las herramientas tecnológicas, vueltas aquí más fines que medios y corporeizadas por los personajes del titulo, que pueden cobrar formas distintas y se venden bien, aunque tengan estatus de ciudadanía: son invitados a la intimidad del hogar con todo lo que ello implica. Ahora somos huéspedes e invitados inesperados, complicando las relaciones humanas mediadas por las nuevas aplicaciones.

La gran escritora Rachel Cusk (Ontario, 1967) entregó Prestigio (Libros del Asteroide, 1968) a manera de conclusión de su íntima trilogía que confirma la importancia de las conversaciones casuales: una obra clave del año que confirma a su autora como una de las grandes escritoras de su generación. En tanto, Ania tiene que cumplir un encargo de su padre que al mismo tiempo puede ser liberador: despedir a un tío para lo cual hará un viaje de absoluto crecimiento. O no. Alejandra Costamagna (Santiago de Chile, 1970) entrega El sistema del tacto (Anagrama, 2018), saltando en tiempos y memorias alrededor de la protagonista, insertándonos en su periplo, recuerdos y pensamientos por más que nos resistamos.

RELACIONES PELIGROSAS

Un par de amigas desde la infancia que buscan ser bailarinas de ballet se conocen desde muy temprana edad: pero, como suele suceder, los obstáculos son múltiples, desde sociales y personales hasta familiares. La pluma privilegiada de Zadie Smih (Londres, 1975), desata los cordones de las zapatillas y nos pone a pensar, reír y reflexionar en Tiempos de Zwing (2016; Salmandra, 2017), mientras que Kamila Shamsie (Karachoi, Pakistán, 1973) escribió, en absoluta pertinencia en los tiempos que corren, Los desterrados (2017, Malpaso, 2018), en la que una familia sigue atrapada entre sus propias convicciones que representan las crisis entre la intención totalizadora de occidente y los grupos terroristas de oriente.

María Fernanda Ampuero (Guayaquil, 1974) escribió descarnadamente a través de su Pelea de gallos (Páginas de espuma, 2018), un vívido retrato de los que sucede cuando la puerta se cierra en una casa, con todo y la indefensión que ello implica; por su parte, Wendy Guerra (La Habana, 1970) recupera la historia de Adrián Falcón (seudónimo) en El mercenario que coleccionaba obras de arte (Alfaguara, 2017), personaje singular que transitó entre la guerrilla latinoamericana y el espionaje estadounidense: acá el retrato es más personal que político, como para acercarse a un hombre escurridizo que parecía estar en todas partes, sin tomar parte, valga la redundancia.

En la ágil Cara de pan (Anagrama, 2018), Sara Mesa (Madrid, 1976), establece una relación tan extraña como entrañable: una adolescentes que se va de pinta de la escuela y un hombre que va al parque para observar los pájaros. Si bien todo puede suceder, el vínculo entre ambos termina por ser enternecedor. Martine Desjardins (Montréal, 1957) nos entrega un delicioso relato costumbrista en La cámara verde (2016, Impedimenta, 2018), retrato de una familia más o menos críptica y llena de secretos a la que llega una inquilina que invadirá incluso los misterios mejor guardados: novela del siglo  XXI con la gracia y picaresca del XIX.

Alma Delia Murillo (Ciudad de México, 1979) explora la amista de tres niños, recordando la obra maestra Nunca me abandones de Ishiguro, que se expande con soltura hasta la etapa adulta de los personajes, cargando muertes, fantasías, esperanzas y culpas: escritura limpia y personajes entrañables, tanto adultos como pequeños que inevitablemente podrías ser tú que estallan en El niño que fuimos (Alfaguara, 2018), cuestionando que siempre infancia sea destino; por su parte Cristina Morales (Granada, 1985) entregó Lectura fácil (2017; Anagrama, 2018), ganadora del premio Herralde de Novela y en donde las cuatro protagonistas encarnan un feminismo a prueba de patriarcados y superando sus propias limitaciones, sin dejar pie con bola en una Barcelona con vientos de cambio.

Otra mujer que se rebeló fue Tara Waestover (Idaho (1986), quien decidió escaparse de su entorno familiar para ir a la escuela, “travesura” que cuenta en Una educación (Lumen, 2018): no es gran literatura pero que parea efectos de quien esto escribe resulta relevante. En este sentido, se rescata El prado de Rosinka (1974, Impedimenta, 2018), otro experimento familiar para vivir en el bosque, lejos del mundanal ruido, escrito por Gudrun Pausewang (pseudónimo de Gudrun Wilcke, Alemania, 1928). Julie Buntin (Michigan) escribió Marlena, una amistad peligrosa (2017; Seix Barral, 2018), en donde consigue plantear el conflicto que genera la adolescencia a partir de un vínculo intenso y conflictivo.

LIBROS 2018 (PRIMERA): BORD(E)ANDO LA LEY

10 abril 2019

TEJIDO FINO

Frédérique Audoin-Rouzeau, mejor conocida como Fred Vargas (París, 1957), se ha convertido en una de las escritoras más importantes del mundo detectivesco, como lo confirma Cuando sale la reclusa (2017; Siruela, 2018), un duro caso para el comisario Jean-Baptiste Adamsberg, acá de vacaciones pero pronto solicitado para resolver el caso de la muerte de tres ancianos provocada por la picadura (¿o mordedura?) de una araña, que da título al libro funcionando como alegoría del proceso de indagación: lúcida hasta la admiración, sólidamente documentada, justo lo necesario, y diabólicamente fluida. De Louise Penny (Toronto, 1958) apareció, con referencias ineludibles a El nombre de la Rosa de Eco, Un bello misterio (2012; Salamandra, 2018), novela de logrados contextos en la que los inspectores Armand Gamche y Jean-Guy Beauvior deben indagar la muerte del prior de un convento impenetrable en todos sentidos.

Laura Restrepo (Bogotá, 1950) retomó el caso de la desaparición y asesinato de una niña perpetrado por un arquitecto treintón de clase acomodada, que conmocionó a la sociedad colombiana en Los divinos (Alfaguara, 2018): muy pertinente en tiempos de atención a los feminicidios; por su parte, Josefina Licitra (La Plata, 1975) realizó una concienzuda investigación para documentar el caso real de una fuga de mujeres –tupamaras militantes- en Montevideo a principios de los años setenta: 38 estrellas: la mayor fuga de una cárcel de mujeres en la historia (Seix Barral, 2018) es la intensa crónica de tal suceso. Texas Blues (2017; Alianza de novelas, 2017) es un thriller policial en clave campirana, atravesado por elementos racistas de la versátil Attica Locke (Houston, 1974), en el que un par de crímenes remueven el frágil equilibrio social.

Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988) recurre a la tensión sicológica con rasgos de terror en Mandíbula (Candaya, 2018), particularmente en clave femenina con sus diversas aristas, para revisitar las relaciones que empujan a las protagonistas –unas estudiantes y su maestra- a realizar ciertos actos extremos, atravesadas por los vínculos maternos y de docencia; entretanto, surge una nueva detective con fuerte personalidad y gustos bien definidos: se trata de Elena Blanco, creación de una tal Carmen Mola (seudónimo), que despliega sus gustos y habilidades en La novia gitana (Alfaguara, 2018), tratando de encontrar la relación entre dos asesinatos de hermanas gitanas a punto de casarse con siete años de diferencia: explosiva y gratamente sorprendente.

Y de Yesterday cierra el abecedario de la detective Kinsey Millhone por el lamentable fallecimiento de su creadora, Sue Grafton (Louisville, 1940 – Santa Bárbara, 2017): aquí un crimen en una fiesta escolar en 1979 tiene repercusiones diez años después y nuestra heroína, al mismo tiempo, está siendo acechada por un asesino no tan “X”. En Los niños desaparecidos (Principal de los libros, 2018) de Patricia Gibney (Mullingar, 1962), la inspectora Lottie Parker tendrá que poner en juego sus habilidades retroactivas para remontarse a la infancia de dos personas encontradas muertas, a las que se suma un par de adolescentes desaparecidos.

TEJIDO INVISIBLE

Los falsificadores (2014; Siruela, 2018) de Bradford Morrow (Baltimore, 1951), se enclava en el género con asesinato inesperado de por medio y los homenajes de rigor, en el mundo del mercado de libros especiales y los timadores que pululan a su alrededor. Ritmo, sospechosos comunes y un acertado entramado que busca leer entre líneas, en tanto del recientemente fallecido Philip Kerr (Edimburgo, 1956 – Londres, 2018), se publicaron Azul de Prusia (2017; RBA, 2018), aventura de su afamado investigador Bernie Gunther en los alrededores del nazismo y la II Guerra mundial, saltando antes y después del conflicto armado, y Falso nueve (2016, RBA, 2018), culminando con la trilogía en el contexto futbolero con el entrenador indagador Scott Manson, quien combina estrategias dentro y fuera del campo de juego para abrir espacios por los extremos y encontrar al jugador extaviado.

Ian Rankin (Cardenden, 1960) entregó Mejor el diablo (2016; RBA, 2018) con el inspector Jon Rebus aquí bien acompañado por Malcolm Fox y Shioban Clark para sumergirse en líos de mafiosos, además de lidiar con una caso añejo que se niega a cerrarse, como el desarrollado en El cuarto mono (Destino, 2018), relato que sigue al asesino serial del título que envía a los padres de sus víctimas tres cajas blancas en las que guarda los ojos, la lengua y una oreja: el detective Sam Porter de Chicago está tras él: J. D. Barker (Lombard, 1971) sabe de adrenalina y de ritmo, además de creación de situaciones espeluznantes. En el terreno del espionaje Mike Herron (Newcastle, 1963) escribió Caballos lentos (2010; Salamandra, 2018), refiriéndose a un sitio dirigido por Jackson Lamb donde son enviados los agentes que han fallado: desde ahí, River Cartwright todavía con esperanza, descubre la amenaza de una decapitación en directo: humor negro inglés y buena dosis de angustia.

Antonio Manzini  (Roma, 1964) coloca al hosco subjefe Rocco Schiavone en una situación complicada, tanto personal, por la partida de su pareja, como legal y moral: 7-7-2007 (2016; Salamandra, 2018) es el recuento que el protagonista tiene que hacer frente a las extensas relaciones que ha ido cultivando a lo largo de su trayectoria, siempre al filo de la ley si bien intentando hacer que se cumpla. Jo Nesbø (Oslo, 1960) se aventura a recrear un clásico en Macbeth (Lumen, 2018), con escenarios plagados de bandas, magnates vengativos, mujeres fatales y algún policía que todavía cree en la justicia y que de paso le da título a esta recreación, parte del proyecto Hogarth, en el que varios escritores retoman las obras de Shakespeare.

Leonardo Padura (La Habana, 1955) nos entregó la ambiciosa La transparencia del tiempo (Tusquets, 2018), hábilmente estructurada en capítulos que entrelazan diversos años de ida y vuelta; el detective Mario Conde va llegando a los sesenta con todas las dudas a cuestas pero también con las premoniciones bien afiladas: enfrenta un peculiar asunto que data desde 1291 y estalla en la Habana actual, a partir de una legendaria historia de la estatua de una virgen negra robada a un amigo. Más cercano al thriller que propiamente a la novela negra, aunque por supuesto haya materia investigativa, John Connolly (Dublín, 1968) lanzó a su detective Charlie Parker a explorar Tiempos oscuros (Tusquets, 2018), relato amplio en el que el protagonista con nombre jazzístico recurre a sus compinches para ayudar a un hombre dedicado al negocio de la joyería que termina hundido en la cárcel de manera injusta, además de ser acechado por un extraño culto que parece fuera de este mundo: la incisiva prosa del escritor irlandés vuelve a sumergirnos en los vericuetos del mal.

Cerramos con el gran Benjamin Black (a. k. a. John Banville, Wexford, 1945), que si bien su libro apareció en el 2017, llegó por estos lares hasta el año pasado; se trata de Pecado (RBA, 1917), la ganadora del premio de dicha editorial en la que aparece un nuevo inspector conocido como Strattford, joven treintón que en esta primera vez se encarga de averiguar qué realmente sucedió en una mansión donde un reverendo fue asesinado y castrado en los años cincuenta: con su brillante estilo para construir épocas y personajes, la trama se desliza con una suavidad que recuerda premeditadamente a los clásicos del género.

LOS DISCOS DEL 2018

7 abril 2019

Por acá el tradicional recorrido por algunas de las obras sonoras que marcaron el año recién terminado.

A) DE APRENDICES AVANZADOS A EXPERTOS CONSUMADOS

Como si de una comunidad de aprendizaje se tratara, van los prometedores discos de los novatos y los de quienes ya saben más por viejos.

1. INICIO PROMETEDOR

Desde Kentucky, Tomberlin se estrenó con At Weddings, a partir de un folk de celebraciones, mientras que la joven de Baltimore Lindsey Jordan, apenas de 18 años y conocida como Snail Mail, se puso reflexiva con el emotivamente contenido y muy elogiado Lush, en la línea de Miya Folick, anunciando con vocal intensa en Premonitions que ha asimilado bien las lecciones de sus colegas más experimentadas, en tanto Ashley McBryde, retomando la música de raíces desde Arkansas y con voz rasposa, se presentó con Girl Going Nowhere.

Boygenius, súper grupo integrado por las cantautoras Julien Baker, Phoebe Bridgers y Lucy Dacus, dejó constancia de cómo aprovechar talentos individuales para la causa común en el ídem EP Boygenius. Jess Williamson voltea con oportunidad hacia atrás para asumir las influencias varias (PJ Harvey, por ejemplo) y aprovecha el gesto recibido de arriba para estrenarse con Cosmik Wink, en efecto todo un guiño femenino, en tanto la galesa Gwenifer Raymond mostró seguridad narrativa con guitarra y banjo bien puestos para hacer aclaraciones pertinentes, a partir de las instrumentaciones, en You Never Were Much of a Dancer.

Cardi B se colocó en la mira mediática con su exitosísimo Invasion to Privacy, similar al conseguido por Kali Uchis en Isolation, muy bien acompañada con todo y su sabor latino; SOPHIE le entró a la experimentación popera con Oil For Every Pearl’s Un-Insides y se dejó escuchar Room 25 de la poetisa-rapera de Chicago conocida como No Name, constituyéndose quizá como el debut del año; en esta vertiente lírica, la oriunda de Filadelfia Tierra Whack entregó Whack World, integrado por 15 reflexiones de un minuto cada una en clave Hip-Hop y R&B. El cuarteto femenino japonés Chai mostró prematura habilidad para combinar géneros y llegar a finales felices en Pink, porque el mundo, en efecto, puede ser color de rosa.

El trío neozelandés The Beths se presentó con Future Me Hates Me, de aliento colegial con salpicadas retro, en similar tesitura que Dream Wife, las chicas de Sussex que le pusieron su cuota de intensidad al homónimo Dream Wife y las londinenses de Goat Girl entregando como para registrar la marca el ídem Goat Girl, tejido con creativa combinación de géneros. Oriundo de Cardiff, el cuarteto Boy Azooga entregó el revitalizante 1 2 Kung Fu!, combinando momentos festivos con efluvios roqueros y el cantautor británico Matt Maltese se estrenó con Bad Constestant. En tanto, los jóvenes británicos conocidos como The Orielles, nos regaló el colorido Silver Dollar Moment.

El cuarteto mixto de Manchester Pale Waves entregó el memorioso My Mind Makes Noises, escuchando los ochenteros sonidos internos, también animados por Ross From Friends y su house festivo destilado en Family Portrait, bien complementado por León Vynehall, que tras algunos sencillos y EP’s, nos sacó a bailar entre penumbras pausadas con Nothing is Still No Name y por los de Brooklyn conocidos como Bodega, adhiriendo la reflexión a su dance-punk en Endless Scroll. Como si de una criatura compleja se tratara, el octeto multicultural Superorganism empezó su trayectoria a partir de un elaborado pop de intrincadas texturas plasmadas en el ídem Superorganism y después de andar experimentando en la pista de baile desde hace rato, Lotic integró su declaración de principios a través de Power, para arriesgarse en el exclusivo club de los sonidos impredecibles.

Amnesia Scanner articuló la voz del futuro con el álbum Another Life, en efecto ubicado en una realidad que no parece de estos contextos. El chelo de Clarice Jensen se diversificó en For This From That Will Be Filled, bien cobijado por capas electrónicas que refuerzan la creación de ambientes. Guttersnipe, dueto de Leeds, produjo su primer largo titulado My Mother the Vent, saturado de un ruidismo que no da respiro, como en estado poseso. Asentado en Glasgow, Cucina Povera desgranó minimalmente Hilja, con juegos vocales a cuentagotas,

Desde Australia surgió una esperanzadora camada de música: Rolling Blackouts Coastal Fever roquearon a gusto con Hope Downs, de los grandes debuts del año, en consonancia con Tropical Fuck Storm, armando un buen relajo punketo con A Laughing Death in Meatspace y dejando que la fiesta continuara gracias al cuarteto Confidence Man, estrenándose con el festivo Confident Music for Confident People, mientras que Middle Kids en calve indiepop nos manda un recordatorio vital lleno de guitarras enriquecidas a través de Lost Friends, bien complementado por el roquero Flow State, el primer largo de la veinteañera Tash Sultana, después de un EP que atrajo buena atención desde el rincón del mundo.

El escocés Proc Fiskal levantó la mano con Insula, dentro del sonido grime tal como el prometedor rimador surlondinense Novelist y su disco, para no dejar dudas del nombre de referencia, titulado Novelist Guy; en esta vertiente, Serpentwithfeet le puso sensibilidad R&B a Soil, su primer largo, tras algunos sencillos.Y  apareció Songs of Praise, firmado por los del sur de Londres Shame, con nombre de programa televisivo en el que retomaron el postpunk con la acostumbrada cuota de rebeldía. The Magic Gang, incorporando con buena capacidad de aprendizaje las influencias sonoras de Weezer, de acuerdo con ellos, firmó el homónimo The Magic Gang.

2. CONTINUIDAD A LARGO PLAZO, EL GRAN DESAFÍO

Uno de mis preferidos: convertida en una reina hada y gitana y armando equipo con Nick Cave, Warren y Rob Ellis, Ed Harcourt y Mark Lanegan, entre otros notables, Marianne Faitfhull grabó con la sensibilidad a flor de piel Negative Capability, entre cuerdas y vientos que apoyan a una voz que destila sabiduría: el disco femenino del año. Por su parte, Barbra Streisand exploró su mente en Walls, con el teatral sello vocal de la casa y la punketa eterna Alice Bag produjo el indicativo cromático Blueprint, su segundo álbum solista tras larga carrera grupal, conservando energía y mirada rebelde.

Joan Baez, con sesenta años de carrera, nos obsequió el evocativo Whistle Down the Wind; y la permanente Loretta Lynn produjo Wouldn’t It Be Great, nutriendo su country clásico con sonidos provenientes de diversos compartimentos de la música popular estadounidnese, en la línea de la folklorista y poeta texana Eliza Gilkyson, conservando propuesta y creatividad con Secularia, disco que confirma su inacabada intención de seguir pensando el mundo, mientras que la experimentada Bettye Lavette retomó a Dylan con alma, corazón y ritmo para producir Things Have Changed.

Otro de mis favoritos: Elvis Costello regresó con Look Now, incluyendo participaciones de Burt Bacharach y Carole King y plagado de composiciones intervenidas por un espíritu jazzero, a través de las que desfilan personajes que cobran vida conforme las sentidas orquestaciones se van desenvolviendo. Paul Weller siguió con su imparable racha creativa vía True Meanings, dándole significado a los sonidos para construir sentidos y Graham Parker buscó en el cielo las interpretaciones necesarias para el Cloud Symbols: ambos con la vena creativa palpitando reposadamente entre el rock, el folk, el blues y acentos jazzeros, campo bien cosechado por Van Morrison and Joey Defrancesco en el revitalizador y confesional You´re Driving Me Crazy.

Richard Thompson siguió con su folk británico que nunca se agota con 13 Rivers, en tanto el kink Ray Davies continuó con su mirada a los Estados Unidos en Our Country: Americana, act. 2; la cabeza parlante principal David Byrne divisó la esperanza con espíritu bailador en American Utopia, apoyado por el patriarca Brian Eno y, cada vez se más lejos que nunca, sin posibilidad de marcar rumbo por los muros impuestos; por no dejar, el ex ZZTop Billy Gibbons con la barba inconfundible, entregó el rocoso The Big Bad Blues y el líder de Dire Straits Mark Knopfler, alejado desde hace tiempo de los reflectores del mainstream, compuso Down The Road Wherever, ya en completo estado country sin ambiciones de reconocimiento masivo, como Rod Stewart en plan ahora de crooner otoñal entregando Blood and Roses.

El ancestral John Prine regresó tras diez años de no grabar canciones nuevas con The Tree for Forgiveness, bien sostenido por raíces largamente plantadas y Paul McCartney mantuvo el tono jovial y genial en Egypt Station, aprovechando que su olfato melódico no caduca a pesar de no tener nada más que demostrar a sus 76 añitos. La leyenda americana Willie Nelson nos recordó que sigue firme y de pie en The Last Man Standing, dejando que Ry Cooder, icónico guitarrista todoterreno, abordara en lenguaje de parábola los regresos filiales vía góspel, country y folk en The Prodigal Son. Coleccionando una serie de covers y versiones, John Mellencamp se dio tiempo para entregar Other People’s Stuff.

B) CONSOLIDADOS, REGRESOS Y POSTMILENARIOS

Vamos con la segunda entrega del recorrido por los discos del año. Van integradas las producciones de grupos y solistas que llevan tiempo con nosotros, algunos que se fueron pero al fin volvieron y los que surgieron en el siglo que corre con envidiable continuidad.

3. DE LO 80’S Y 90’S PARA ACÁ: AÚN SONANDO

Spritualized advirtió con el bello Nothing Hurt que hay paliativos melódicos de alta eficacia, sobre todo cuando se atisba el sentido de vida. There’s a Riot Going On, décimo quinto álbum del trío vuelto ya institución Yo La Tengo, es buen ejemplo de cómo seguir moldeando el ruido para darle un enfoque sensible y reposado, en tanto el trío Beak> con la presencia de Geoff Barrow (Portishead), produjo >>>, como señalando una mayor condensación en sus lances progresivos alimentados con la esencia del krautrock. Ondeando la bandera de la independencia, Superchunk grabó What a Time to be Alive, como sorprendiéndose en clave guitarrera por los tiempos que corren y los galeses de Stereophonics rockearon sin obstáculos en Scream Above the Sounds.

Como afirma George Saunders (el escritor premiado por el Man Booker por su gran novela Lincoln en el Bardo), el reciente disco de Jeff Tweedy (Wilco) se conecta directamente con la gente: Warm es un puente para compartir emociones comunes en ambiente de calidez y de cuestionamiento. El ex Super Fury Animals Gruff Rhys grabó el orquestal Babelsberg, acaso buscando el idioma común y el también ex Supergrass Gaz Coombes entregó su cuarto disco solista titulado World’s Strongest Man, acaso en ánimo confirmatorio. Damien Jurado abrió perspectiva irónica con The Horizon Just Laughed y bordeando una de las líneas divisorias con más vertientes en el mundo, Alejandro Escovedo With Don Antonio realizó The Crossing, virtuoso country pop, mientras que Calexico volvió a levantar polvo fronterizo con The Thread That Keeps Us

El disco del año para algunas publicaciones (UNCUT, Rockdelux) y mencionado en casi todas las listas (MOJO, Pitchfork) y con mucha razón, fue el Double Negative del trío de Minnesota Low, que en el nombre lleva la penitencia, ahora distorsionando la quietud gélida acostumbrada y produciendo una obra clave de los primeros años del siglo XXI. Stephen Malkmus & The Jicks dejaron su huella de rock noventero refinado con Sparkle Hard, al igual que The Smashing Pumpkins, reagrupándose en su mayoría y grabando de la mano de Billy Corgan Shiny and Oh So Bright, Vol. 1: No Past. No Future. No Sun, con ese espíritu noventero entre el rock y la emoción epidérmica que busca el presente.

Steve Perry, el reconocido vocalista de Journey, volvió después de un largo silencio de casi 25 años con Traces, muy disfrutable quizá por su tiempo de reposo, en tanto Simple Minds consiguieron contrastar realidades en Walk Between the Worlds. Desde Manchester, James nos recordó las particularidades de época actual con su pop emocional distribuido en Living In Extraordinary Times y They Might Be Giants se sigue divirtiendo como desde hace más de treinta años: I Like Fun es la muestra de su privilegiada infantil imaginación. La Dave Matthews Band se hizo presente con Come Tomorrow, recurriendo a su eficaz fusión de pop, rock, jazz y funk. Death Cab for Cutie, que iniciaron su actividad en 1999, confeccionó Thank You for Today, rock indie que no olvida agradecer a sus influencias, en tanto que Snow Patrol, banda que debutó en 1998, le puso el sentimiento acostumbrado a Wildness.

Dead Can Dance volvió de la aparente muerte bailable para entregarnos su mezcla de misticismo mortuorio y rock oscuro en Dionysius, con todo y cráneo mexicano en su portada. Otro regreso muy afortunado fue el de The Breeders con alineación completa desde 1994 para entregar All Nerve, mostrando esa vena noventera de guitarras primigenias y todavía vigentes,. The Prodigy siguió moviendo consolas y apretando teclados con énfasis roquero en No Tourists, levantando la voz de muchos ciudadanos que habitan lugares poblados efímeramente por seres temporales usualmente descuidados. The Jayhawks continuaron sus interminables recorridos carreteros con Back Roads and Abandoned Motels, para seguir contando la historia (norte)americana lejos de las grandes ciudades.

El cuarteto canadiense Cowboy Junkies volvió después de seis años con All That Reckoning, enclavado en la tendencia conocida como americana que tanto han cultivado y apelando al recuerdo necesario, como Belle and Sebastian, integrando sus anteriores EP´s en el pop de falso optimismo y Suede empezó a dar el anuncio de que The Blue Hour está llegando, a partir de un sensible britpop, en la ruta de los Manic Street Preachers y su efervescente pop empaquetado en Resistance is Futile, alertando sobre las peligrosas falsas expectativas. Tracy Anne & Danny, sensible dueto formado por Tracyanne Campbell (Camera Obscura) y Danny Coughlan (Crybaby), compusieron el hermoso disco homónimo Tracy Anne & Danny, de melódica y mordaz apuesta sonora.

4. ALGO DEL SIGLO XXI

Father John Misty continuó su imparable producción solista con God’s Favorite Customer, ya en plan de compositor clave del momento y Arctic Monkeys se pusieron elegantes con Tranquility Base Hotel + Casino, retomando a Roxy Music con reverencia e innovación, en tanto Interpol produjo Marauder, conservando el revival como estilo y abordando al personaje que da título al disco, tal como Franz Ferdinand y su positivo Always Ascending, y el disco de MGMT titulado con cierto dejo de parodia Little Dark Age, pasado por una ingeniosa mezcla de atmósferas. The Decemberists cultivaron su folkrock de aire campirano en I’ll Be Your Girl y Django Django hicieron Marble Skies, con ciertos tintes entre roqueros progresivos y bocanadas folk.

El también productor Richard Swift realizó The Hex, integrando estética roquera y country, y por medio de su proyecto conocido como Amen Dunes, Damon McMahon elaboró el evocativo Freedom, gravitando alrededor de una cierta nostalgia que se resiste al encarcelamiento, tal como Dev Haynes y su apelativo Blood Orange, cercano a los conflictos recientes expresados en Negro Swan, navegando con soltura entre el dance y el rock. Kurt Vile sigue mostrándose como uno de los cantautores clave del siglo XXI con Bottle It In, como Ryley Walker lo denota en Deafman Glance, con poco espacio para el optimismo y amplio campo para la reflexión, sin rasgarse la camisa a cuadros ni mucho menos.

El proyecto de Mathew Houck conocido como Phosphorescent, volvió en aparente reposado plan country con C’est La Vie, séptimo disco en estudio que rompió un silencio de cinco años; el quinteto de folk londinense Stick in the Wheel abrió fronteras con Follow Them True, mientras que Beach House, haciendo honor a su agrupación, entretejió su dreampop en Bella Union y Field Music entregó Open Here, ensanchando los márgenes del pop fino con alternativas melódicas que permiten abrir puertas hacia otros derroteros. Formado en Brooklyn, el trío Sunflower Bean trabajó su segundo álbum con aliento rockindie y de ahí el título: Twentytwoinblue, porque crecer duele.

Dirty Projectors regresan al terreno más cercano del sonido indie, sin dejar la sutil experimentación en Lamp Lit Prose, mientras  Go-Kart Mozart presentó Mozart’s Mini-Mart, en efecto lanzando canciones de breve y entusiasta duración, mientras que el trío del sur de Londres Virginia Wing dio en la diana para ensanchar su extático enfoque artpop vía Ecstatic Arrow, buscando trayectorias divergentes. The 1975 se sumergió en los vínculos actuales a la sombra de las redes virtuales en su aclamado A Brief Inquiry into Online Relationships. Gweeno realizó Le Kov, segundo disco más enclavado en una psicodelia proveniente de tierras ignotas; por su parte, The Lemon Twigs se introducen en el mundo de la escuela juvenil con Go To School, su segunda entrega en clave roquera-emocional. Troye Sivan

C) LA VOZ FEMENINA

En esta entrega se repasan algunas de las obras llenas de talento, intuición y convicción concebidas por mujeres, cuya presencia en la música sigue creciendo para fortuna del desarrollo cultural de nuestra especie. Las más veteranas se incluyeron en la primera parte y otras se integran, según el género musical, en otras entregas. Vamos para allá.

5. LAS CONSOLIDADAS

Neko Kase nos condujo por los caminos internos de la duda infernal que suele quemar por dentro a través del luminoso Hell-On, en tanto Tracey Horn, incorporando su bagaje tecnopop, se pregunta sobre la vivencia para la mujer madura en la sociedad actual con el brillante Record: dos de los grandes discos del año. El proyecto de Chan Marshall conocido como Cat Power por fin regresó con Wanderer, refinando canciones y alegorías, en tanto con Rebound, la ex The Fiery Furnaces Eleanor de Friedberger transita entre el análisis calmo sobre los tiempos idos. Ezra Furman, con el pasional Transangelic Exodus, nos conduce por cuerdas sensibles hacia la tierra prometida.

Laura Veirs nos puso de nuevo en la mira con  The Lookout, su décimo disco en el que confirma su convicción por el amor y la sutileza en la composición. Joan as a Police Woman advirtió los peligros de la admiración con Damned Devotion, mostrando las cicatrices en lucha por cerrar y Florence + The Machine volvió a levantar el ánimo con High As Hope, lo suficientemente exultante para tiempos inciertos. La canadiense Mélissa Laveaux retoma raíces haitianas en Radio Siwel, obra que implica atención para ingresar en sus tejidos profundos, como Alela Diane y su obra Cusp, enclavada en un folk de diversas alternativas melódicas y letrísticas, aunado al de Georgia Anne Muldrow, continuando su exploración los recovecos del R&B con el sentido Overload.

6. ORÍGENES DIVERSOS Y ELECTRÓNICA

Un encuentro afortunadamente creativo de una artista total y un conjunto de cuerdas con ecléctico y largo recorrido por tierras y sonidos: Laurie Anderson & The Kronos Quartet produjeron Landfall, entre recitaciones anunciando la esperada y siempre anhelante llegada y las habituales cuerdas absorbentes, mientras que la maliense Fatoumata Diawara, asentada en Italia, grabó el globalista Fenfo con intuitiva mezcla de sabores locales y aromas internacionales, como a la que nos tiene acostumbrados Angelique Kidjo, acá mostrada en Remain in Light. Levantando la mano, Julia Holter entregó Aviary, confirmando su talento para la experimentación entre jazzera, electrónica y folkie orientada a crear desasosiego, en tanto Josephine Foster grabó el sincero y evocador Faithful Fairy Harmony.

Asentada en Estambul, la bajista/cantante/compositora Ipek Gordon, nos envió el usurpador e incisivo Ecce Homo y la japonesa Eiko Ishibashi realizó The Dream My Bones Dream, incorporando la noción occidental del rock a la mano; la de Minnesota Anne Guthrie realizó Brass Orchids, de escucha que amerita una inmersión en los sonidos apenas encontrados, como si se tratara de un trabajo arqueológico, y la oriunda de Hamburgo Helena Hauff produjo el igualmente inquietante Qualm, en la tendencia que ha trabajado Jlin, (Jerrilynn Patton), la joven de Chicago ahora produciendo el intrincado y dancístico Autobiography, como para romper la banqueta a zapatazos. Nordra, apelativo de Monika Khot,ensambló el contrastante Pylon II, opus dos donde imbrican capas sonoras en plan ascendente.

La nipona Phew se encarnó en Voice Hardcore, usando su cuerpo y vocales como fuentes sonoras, envueltas en efectos electrónicos que producen una sensación grata de desasosiego, mientras que  Elysia Crampton, retomando sus raíces bolivianas, se introdujo por rítmicas de orígenes múltiples que avanzan entre sentencias repetidas en el homónimo Elysia Crampton. Por su parte, Whitney Johnson, conocida como As Matchess, grabó Sacracorpa a manera de cierre de una trilogía, abriéndose paso entre tinieblas y ritmos definidamente cortantes. Firmando como Lolina, Inga Copeland se puso en cierto plan disipador con The Smoke, insertando ciertas disonancias bañadas por influjos jazzeros y Ultraviolet, obra de Kelly Moran, también busca rutas alternas para encontrarse con paisajes oníricos.

Desde Canadá, Marie Davidson conversa y reflexiona sobre una electrónica sinuosa en Working Class Woman, abordando temáticas cercanas a su realidad y Sarah Davachi hizo lo propio por partida doble con Let Night Come On Bells End The Day y Gave in Rest, adentrándose en los contornos de la estética digital en vibrante comunicación con la organicidad de los sonidos acústicos. En Metal Aether, Lea Bertucci, confeccionó sonidos alterados y saxofones gozando de absoluta libertad a través de una cuarteta de piezas. Elizabeth Bernholz compuso Pastoral, firmando como Gazelle Twin e imbricando cánticos misteriosos con una rítmica cortante y Laurel Halo, ya habituada a estos ecosistemas electrónicos, grabó el incierto Raw Silk Uncut Wood.

7. POP, COUNTRY, ROCK, R&B: MUJERES EN INTERACCIÓN

Desde Suecia, Lykke Li y su sugerente synthpop inundaron So Sad So Sexy, de aparente contradicción, y Robyn volvió a ponernos en festiva pista de baile con Honey, tras siete años de silencio; compartiendo vertiente, Christine and the Queens, el grupo de la francesa Héloïse Letissier, presentó Chris y también desde tierras galas, Melody’s Echo Chamber entregó el onírico Bon Voyage, para trasladarse por rutas variadas con tintes de sicodelia y dreampop. En tanto, Amanda Shires nos ilumina desde el horizonte con To the Sunset y su reconfortante pop melódicamente consumado, como Lily Allen y su directo No Shame. La actriz emergente y ya cantante en vías de consolidación Janelle Monáe produjo su tercer disco bajo el título de Dirty Computer, bien cobijada por insignes convidados y desparramando un pop salpicado de negritud.

El country pop alcanzó una de sus cimas con el impecablemente producido Golden Hour, tercer álbum de Kacey Musgraves, en el que en cierta forma somos partícipes de alguna de sus canciones, línea a la que se suman Interstate Gospel, integrando raíces y también tercera entrega del trío Pistol Annies; apareció el conciliador By the Way, I Forgive You de Brandi Carlile, plagado de hermosas composiciones que se conectan con el corazón vía cuerdas y vocales por completo entregadas a la causa afectiva, y el conmovedor Sparrow, en el que Ashley Monroe se vuelve mujer ave paseriforme.

Con Be the Cowboy (disco del año para Pitchfork), la japonesa-estadounidense Mitski se instala en el feminismo cuestionador, con intensidades y sensibilidades a tope. Desde Melbourne, Courtney Barnett nos hizo una petición con canciones directas y sin rodeos vía Tell Me How You Really Feel, mientras queMeg Remy entregó el diverso In a Poem Unlimited, firmando como U. S. Girls y combinando con soltura covers y piezas propias, en la línea de tUnE-yArDs, nombre de presentación de Merrill Garbus, también apostando por los caminos inesperados vía I Can Feel You Creep Into My Private Life, como Lucy Dacus aventurándose a producir Historian, su segundo álbum entre la guitarra chirriante y el tono confesional.

I’m All Ear’s del dueto femenino Let’s Eat Grandma, encontró el equilibrio entre el tecnopop y el folk de avanzada, en tanto Natalie Prass viajó  a través de tiempos idos y venidos en The Future and the Pass, y KT Tunstall se derretía en Wax, obra de absoluta continuidad; la experimentada Mary Gauthier confirmó su  capacidad para expresar sentimientos con Rifles and Rosary Beads y la ex The Pipettes, ahora conocida como Gwenno entregó Le Kov, su segundo disco en el que integra un toque atmosférico pero sin separar los pies de la tierra, en contraste con la escocesa Kathryn Joseph, quien compuso en clave oscura con el piano de frente From When I Wake the Want Is, lleno de sentimiento desencarnado.

Dawn Landes siguió en el carril del country con el elusivo Meet Me at the River, mientras que la cantautora Adrianne Lenker (Big Thief) bajó la luz y nos sumergió en Abyskiss, mayormente acústico para enfatizar las emociones cotidianas. Courtney Marie Andrews grabó su etéreo May Your Kindness Remain, coincidiendo con la sutileza de Olivia Chaney expresada en Shelter. Anna Calvi nos persiguió con Hunter, apuntando hacia el conflicto de géneros con la intensidad ya reconocida y Soccer Mommy entregó Clean, uno de los álbumes más celebrados del año, con todo y su acusado espíritu indie.

D) NEGRITUDES Y FORMAS DEL ROCK

Seguimos el recorrido sonoro por las obras producidas en el año recién terminado.

8. UNA RIMA Y UN RTIMO PARA EXPLICAR EL MUNDO

El angelino Earl Sweatshirt produjo Some Rap Songs, uno de los álbumes imprescindibles del género en el año, tal como el FM! de Vince Staples, ya dueño de un beat distintivo; el personalísimo Astroworld de Travis Scott; el melódicamente incisivo Cocoa Sugar de Young Fathers, y el consistente y de rima virtuosa Daytona de Pusha T. Por su parte, Saba aprovechó la coyuntura para plasmar necesidades en Care for Me, porque también uno necesita de pronto ser atendido y el colectivo BROCKHAMPTON entregó Iridescence, con la creatividad bien iluminada y en una feliz asociación, Jean Grae / Quelle Chris nos tranquilizaron con Everything’s Fine. La rapera de Chicago CupcakKe brilló con Ephorize, compartiendo certezas y dudas.

Los veteranos de Cypress Hill se viajaron con Elephant in Acid, acaso rememorando a esa obra maestra fílmica llamada Dumbo y Eminem, el superventas del año, se lanzó al vacío con Kamikaze. Después de sendos discos ventilando dimes y diretes matrimoniales, las mega estrellas Beyence y Jay-Z se confabularon para concebir Everything is Love bajo el nombre unionista de The Carters, como sucedió con Kids See Ghosts, el tándem de West y Kudi entregando el homónimo, como si de un filme de Shyamalan se tratara, Kids See Ghosts. Con energía y mostrando liderazgo a batacazo limpio, Chris Dave and the Drumhedz junto con varios invitados de lujo, integró el homónimo Chris Dave and the Drumhedz.

Por su parte, el reconocido productor asentado en Los Ángeles que gusta de vivir en la provocación conocido como JPEGMAFIA, entregó Veteran, cargado de sátira letrística y retadoras articulaciones instrumentales, en tanto Rae Sremmurd confeccionó SR3MM, un triplete en solitario y en compañía de Swae Lee y Slim Jxmmi.  The Internet grabó Hive Mind, jugando con soltura entre el R&B bienpensante, el soul de tiempos inciertos, visto con optimismo por Leon Bridges,desparramado sentimientos afectuosos y positivos con su cuota de melancolía en Good Thing y Nao volvió después de su aclamado debut con Sturn, haciendo su parte con esencia funkie envuelta en un R&B.

9. DISFRUTABLE PESADEZ

Trayendo a colación a Graham Greene, Ordinary Corrupt Human Love fue el aporte de Deafheaven, banda clave de la escena metalera actual en continuo proceso de búsqueda, acá abordando los diversos sentimientos que rodean al amor, en tanto Sleep,los roqueros de piedra de toque directamente de San José, California, entregaron The Sciences, macizo y bien puesto para no dejar resquicio al silencio. En su octava entrega, el trío de Oregon conocido como Yob produjo Our Raw Heart, directo, desencarnado y sin posibilidad alguna de cocción previa para evitar simulaciones. Los veteranos canadienses de Voivod, le pusieron velocidad progresiva a su trash en The Wake, despertando como si el tiempo no pasara; también de aquellas tierras con sazón asiática, llegó el metal progresivo con tintes sicodélicos capturados en Dirt, obra de Yamantaka // Sonic Titan. La banda polaca de progresivo conocida como Riverside, a pesar de perder a uno de sus miembros, decidió seguir adelante y produjo Wasteland

El quinteto Rolo Tomassi con su Time Will Die and Love Will Bury It, colocó la garganta fuera de control para pensar sobre tiempos y amores, como el disco Holly Hell, de los ingleses Architects, primero sin su fallecido líder Tom Searie y octavo de su trayectoria, bien insertado en su tradicional metalcore y el I Love You At Your Darkest de Behemoth, enérgica declaración de amor que no deja duda de que va para siempre., desde tierras nórdicas, los suecos de Ghost y Therion presentaron Prequelle y Beloved Antichrist respectivamente, con el habitual espacio para la orquestación y el lance teatral, entre musculosos guitarrazos y efusivas vocalizaciones. El subgénero del doom estuvo bien representado por el guturalmente profundo Magus de Thou y el revulsivo Eternal Return de Windhand.

10. ROCK, PUNK Y DERIVADOS

Ty Segall suelta la energía en el prolongado Freedom’s Goblin, mezclando géneros y dejando libre al duende para que haga de las suyas y vía Snares Like a Haircut, el dueto noise No Age, mantuvieron vivo ese punto de tensión entre el rock y la explosión. Jeff Rosenstock produjo con la bravura del punk y el talento melódico acostumbrado POST-PRC-353, mientras que Black Rebel Motorcycle Club generó Wrong Creatures, con la oscuridad suficiente, y Smote Reverser de Thee Oh Sees insiste en la intención de la banda: explorar las fronteras ente géneros y producir un rock de directrices multiplicadoras sin tiempo para el descanso. Screaming Females nos puso en fila dinámica con su roquero All At Once y Whyte Horses le puso dos rayitas de sicodelia a Empty Words, como mostrando que no tienen llenadera.

Los revival punks de Idles siguieron haciendo ruido con Joy As an Act of Resistance, segundo disco que pone al disfrute en el campo del anti-sistema, mientras que Car Seat Headrest reformuló Twin Fantasy del original grabado en el 2011 con sentido de actualidad y búsqueda de innovación. Los roqueros de Hookworms entregaron el consistente Microshift, al parecer su disco final, tras las acusaciones por abuso en contra de su líder. Parquet Courts siguió su notable producción con Wide Awake!, sexto disco de creciente talento para confeccionar canciones que despiertan con sentido y el cuarteto Hop Along insertó su punk actualizado en Bark Your Head Off, Dog, tercer disco en su cuenta. Elephant Micah participó confirmando consistencia roquera con Genericana y los daneses de Iceage entregaron Beyondless, cuarto disco más pulido sin perder filo en el más acá.

E) ELECTRÓNICOS Y EXPLORADORES

Llegamos a la penúltima entrega (se agradece la paciencia) del repaso de la música del 2018 que cada vez se aleja más en el tiempo, pero no lo suficiente como para seguir recuperando la riqueza sonora que se produjo y, sobre todo, la posibilidad de creciente acceso gracias al desarrollo de las tecnologías de la información y los procesos de mundialización: en tiempos donde se escuchan canciones, aquí la propuesta de los discos como objeto artístico y unidad expresiva. Veamos

11. ENTRE BITS Y BYTES LATE UN CORAZÓN

El experimentado dueto Autechre plasmó una sesión integral en el afortundamanete interminable NTS Sessions 1-4, toda una experiencia sonora de largo aliento, en tanto Moby regresa, después de sumergirse en el ambient, a la electrónica emotiva con tintes soul a través de Everything Was Beautiful, And Nothing Hurt, acaso buscando el lado amable de la vida sin necesariamente encontrarlo. Aphex Twin le entró a la lógica de aprovechar el error o lo imprevisto para moldearlo como obra musical en Collapse y ADULT nos colocó en perspectiva con su nocturno bailador de tonalidades dark This Behavior, como cuando los pasados de años quieren seguir la fiesta pero a media luz, como le pasa a mis conocidos (claro, nunca a mí).

El germano DJ Koze, con invitados diversos, concretó en Konck Knock, toda una llamada para abrir las puertas irresistibles fuerzas digitales con texturas orgánicas, en tanto Against All Logic, criatura de Nicolas Jaar, recuperó propuestas de alcance amplio en 2012/2017. Yves Tumor (bautizado Sean Bowie) urdió Save in the Hands of Love, ya en disquera más o menos grande pero manteniendo el espíritu experimental a través de una exigente yuxtaposición de géneros con base en una electrónica subterránea; por su parte, Jon Hopkins construyó Singularity buscando, como suele hacerlo, el apunte distintivo en la era de la digitalización y Harmony Rockets hizo lo propio con el bien desarrollado digitalmente hablando Lachesis/Clotho/Atropos.

Tim Hecker articuló Konoyo a partir de una variante constante de atmósferas, como si estuviéramos en un mundo extraño. Ryan Lee West, mejor conocido como Rival Consoles, entregó el intrigante e hipnóticamente bailable Persona y Nils Frahm puso quietud y reflexión con el absorbente All Melody, incluyendo coros sutiles y discretas notas jazzística, en la línea del proyecto de Wolfgang Voigt conocido como Gas, ahora produciendo el oscuro y por momentos triste Rausch, armonizado a partir de notas e instrumentaciones que nos llevan a un contexto de difícil introspección. Shy Layers nos invitó a disfrutar la noche de manera más pausada que eufórica en Midnight Marker, muy agradable combinación de colores y aromas que despiertan en la oscuridad brillando con luz propia.

Daniel Lanois / Venetian Snares, en otras de esas asociaciones que ayudan a hacer de la vida un trámite mucho más intrincado, produjeron el ídem Daniel Lanois / Venetian Snares, salapicado de las virtudes de ambas partes, mientras que con el sabor inglés de los clubes, Demdike Stare lanzó electrónica con los laberintos correspondientes y sonidos propios del grime y de la jungla iluminada con luces intermitentes en Passion; por su parte, Fire-Toolz nos lleva a un viaje con rumbos inciertos a través de Skinless X-1, de pronto tomando rumbos más asequibles pero a la menor provocación cambiando de ruta a partir de una brújula gutural de miedo.

12. BUSCADORES DE SONIDOS

Oneohtrix Point Never, proyecto ya muy consolidado de Daniel Lopatin, siguió combinando géneros con toques futuristas en Age Of, justamente para no ceñirse a época alguna y mantenernos en ascuas con cada secuencia musical propuesta. El prolífico Fred Thomas, que parece no dormir, ahora ensambló el versátil Aftering, entre un garage que busca la salida hacia la experimentación y ciertos paisajes de reconocimiento mediato y Colin Self armonizó –es un decir-  diversas formas cual si de un patchwork contrastante se tratara, para consolidar Siblings, siempre impredecible y por ello inquietante.

En explosiva asociación del respetado japonés vanguardista y el trío metalero estadounidense-canadiense, Keiji Haino & Sumac perpetraron el pesadísimo y extremo American Dollar Bill – Keep Facing Sideways, You’re Too Hideous To Look at Face On, explorando territorios poco frecuentados y ampliando los márgenes del frenesí, sin entregar una sola concesión, como cabría esperar, en tanto Body/Head, el dueto formado por Kim Gordon y Bill Nace, produjeron The Switch, prendiendo y apagando espacios de un rock inasible y poderoso a la vez. Seth Graham, después de grabar un casete, presentó el experimentador Gasp, colocándonos en esos extraños espacios tan bien expresados por la pintura surrealista de Giorgio de Chirico.

Desde Egipto, Zuli combinó electrónica, Hip-Hop, industrial y lo que estuviera a la mano para producir Terminal y el dueto indonesio Senyawa grabó el sincrético Sujud, entre apuntes roqueros que se inoculan en sonidos autóctonos. Sebastian Gainsborough, el, entregó Queen of Golden Dogs, tercer disco bajo el nombre de Vessel, acá contrastando épocas y estilos, intenciones y resultados, clasicismo y electrónica, generados desde desde Bristol como el homónimo Young Echo, álbum que gusta de combinar géneros y especies, apostando a juventudes que se resisten a irse y confeccionado por el colectivo Young Echo.

El experimentado ambient del primero, la sobrada experiencia en la producción del otro y la electrónica alterna de los terceros, muy bien integrados por las diagonales tal como se muestra Laraaji / Arji OceAnanda / Dallas Acid, produjeron el aparentemente tranquilizador Arrive Without Leaving, aunque no habría que confiarse demasiado, sobre todo después de los efectos tras escucharlo. Por lo que a él le corresponde, el innovador percusionista y baterista Tyshawn Sorey se destapó con casi cuatro horas de música encapsuladas en su triplete llamado Pillars, como para dejarse ir por las continuas sorpresas estilísticas entre ritmos y cuerdas.

F. JAZZ

Cerramos el recorrido por algunos de los discos que inundaron de gratos sonidos el recién terminado 2018. Toca el turno al jazz como esa música que nació popular y poco a poco ha ido abarcando el espacio de todo tipo de oídos.

13. FEMINIDAD

Meshell Ndegeocello retomó composiciones de otros para reconfigurarlas en Ventriloquism, con deliciosos toques entre R&B y jazzeros, también retomados por Cécile McLorin Salvant en el desenvuelto The Window, haciendo equipo con Sullivan Fortneer en el piano y asomándose a clásicos del género con sentida mirada, mientras que desde una perspectiva crítica, Neneh Cherry desde una plataforma electrónica que sirve de base para la integración de géneros, produjo Broken Politics, su tercer álbum como solista. La experimentada cantante inglesa Norma Winstone nos invitó al cine con sus interpretaciones de varios clásicos concentrados en Descansado: Songs for Films.

La gran compositora y pianista acá nombrada como Myra Melford’s Snowy Egret y bien cobijada por su quinteto de excepción, incluyendo la presencia del baterista Tyshawn Sorey, entregó el desenfadado y explorador The Other Side of Air, dándole la vuelta a vientos inesperados, como Mary Halvorson y su ecléctico Code Girl, superponiendo sonidos del free jazz, el noise y el pop tejidos por una guitarra que sabe acompañarse por un equipo de lujo. Elina Duni retoma varias piezas tradicionales en Partir, para darles un tratamiento con discretos apuntes jazzísticos y volviéndose mujer equipo cantando y tocando el piano, la guitarra y las percusiones, en la línea de la carioca Luciana Souza y su disco The Book of Longing, con la presencia poética de Leonard Cohen.

14. EXPERIENCIA

El hallazgo del año, cual descubrimiento arqueológico como bien lo expresó el venerable Sonny Rollins, fue el Both Directions at Once: The Lost Album del gigante John Coltrane, recuperando material grabado en 1963 con su excepcional cuarteto, en tanto Wayne Shorter entregó paquete completo denominado Emanon, consistente en un disco grabado en compañía de la Orpheus Chamber Orchestra, un par grabados en vivo con su cuarteto en Londres y, por no dejar, una novela gráfica: todo un entramado artístico que da cuenta de los alcances de este legendario saxofonista, como Listening to Pictures, invitación del octogenario trompetista e investigador Jon Hassell, en su interminable postura indagatoria.

Por su parte, el Kenny Barron Quintet dibujó con elusivo compás de tradición el Concentric Circles y el vanguardista Henry Threadgill se destapó por partida doble, entregando Double Up, Plays Double Up Plus en formato de peculiar octeto y Dirt and More Dirt, bajo el nombre de Henry Threadgill 14 OR 15 Kestra: AGG, buscando sonidos reveladores hasta por debajo de las piedras. Mientras esto sucedía, puros jefes se confabulan (Evan Parker, Craig Taborn y Ches Smith), bajo la tutela del patriarca del bajo Dave Holland para grabar Uncharted Territories, cartografía sonora que permite adentrarse en los terrenos jazzeros que siguen produciendo metales preciosos.

Joe Lovano & Dave Douglas Sound Prints volvieron a hacer equipo para producir Scandal, en el que saxofón y trompeta incandescente trascienden el volumen para, en efecto, dejar huella. A ratos juguetón y por momentos nostálgico, el sax y clarinete del veterano inglés John Surman se dejan acompañar por el piano del carioca Nelson Ayres y del percusionista neoyorquino Rob Waring en Invisible Threads, álbum de fino bordado, como el country jazz desplegado por Charles Lloyd and The Marvels + Lucinda Williams en el memorioso Vanished Gardens, todo un recorrido por los olores y sabores de la música de raíces y su feliz conjunción.

15. SOLIDEZ

El consolidado Brad Mehldau Trio entregó en carrito de supermercado el delicioso Seymour Reads The Constitution!, mientras que en clave de dream team, Joshua Redman, Ron Miles, Scott Colley, Brian Blade entregaron Still Dreaming, en referencia al padre del primero y con un estructura que invita a dejar la realidad por unos buenos y gustosos momentos. En tono cerebral y como cuarteto, el pianista Florian Weber grabó Lucent Waters, irrigando diferentes áreas sensoriales que se despiertan de manera pausada, abriendo paso al guitarrista austriaco Wolfgang Muthspiel para que desarrolle el viajero Where the Rivers Goes, a partir de una alineación de quinteto; mientras, el saxofonista Miguel Zenón con el Spektral Quartet declaró Yo soy la tradición, título de su elusivo y fortificado álbum retomando rítmica autóctona.

Un par de tercias: Bobo Stenson Trio, liderado por el experimentado pianista sueco, grabó Contra la Indecisión, homenajeando a Silvio Rodríguez desde el título mismo, en tanto el Tord Gustavsen Trio, comandado por el emotivo pianista noruego, volvió para seguir pintando paisajes diversos en The Other Side, ahora cambiando de perspectiva; su compatriota Trygve Seim soltó su saxofón a manera de homenaje en Helsinki Songs y el tecladista suizo Nik Bärtsch continuó su trayectoria extendida a lo largo del siglo con Awase, de minimalista estampa como para incorporarse paulatinamente. Cadenciosa y distintiva, Romaria es la segunda entrega del refinado Andy Sheppard Quartet, si bien el saxofonista británico ya lleva treinta años de carrera

16. BÚSQUEDA

El prolífico guitarrista Bill Frisell se lanzó en solitario para dialogar con sus cuerdas y generar el desnudo Music Is, en tanto The Nels Cline 4 hacía lo propio con el intrincado Currents, Constellations, aunque bien acompañado por, entre otros, el también guitarrista Julian Lage, quien entregó Modern Lore en clave de trío y con ciertos apuntes rockeros. Ambrose Akinmusire produjo el fascinante Origami Harvest, escudriñando en las relaciones dicotómicas de la vida por medio de la intersección de música clásica, jazz, avant-garde y hip-hop, dibujando pasajes de experimentación o belleza melódica, según la cosecha correspondiente. Y el trompetista Arve Henriksen, bien arropado para formar un cuarteto, entregó espacios corales entretejidos de suavidad reflexiva hilvanados en The Height of the Reeds.

Salpicado de diversas músicas negras, Sons of Kemet se convirtió en la revelación con su Your Queen is a Reptile (disco del año para la revista The Wire). El trío australiano The Necks, ya sonando por más de veinte años, entregó Body con su improvisadora energía en continua transformación y el gigante Kamasi Washington, saxofonista que encarna parte del futuro del género en conexión con otros territorios, nos regaló el monumental Heaven and Earth, incorporando la influencia de las figuras que habitan allá arriba y trayéndolas a un presente convulso y rocoso, de revulsivo espíritu cósmico, espacio en el que se mueve también Sonic Fiction, firmado por el Matthew Shipp Quartet featuring Mat Walerian.

Seun Kuti & Egypt 80 propusieron el abiertamente político Black Times, con su cuota de afropop, y justo en momentos turbulentos con regresos explícitos de los discursos xenófobos, sexistas, racistas y anti ambientalistas emanados desde el poder, Marc Ribot hace su parte con Songs of Resistance 1942 – 2018, colección de conocidas piezas interpretadas por ilustres e intervenidas con el toque disonante de quien firma el disco; por no dejar, también se presentó como el Marc Ribot Trio junto con Henry Grimes y Chad Taylor para ser capturado en Live At the Village Vanguard, mítico espacio donde también vio la luz el álbum de Steve Coleman and the Five Elements, otros investigadores de sonidos novedosos, titulado Live at the Village Vanguard , Vol. 1 (The Embedded Sets).

SCOTT WALKER Y SUS SILENCIOS: EL HOMBRE DEL SIGLO XXX

2 abril 2019

Pocas transformaciones artísticas como la de este primero ídolo adolescente, después intérprete efusivo y finalmente veterano vanguardista, transitando de asumir su papel como Scotty Engel a finales de los cincuenta y principios de los sesenta, a erigirse como Scott Walker (Ohio, 1943- Londres, 2019), todo un referente del avant-garde y el artrock, influyendo a grandes nombres como Leonard Cohen, David Bowie, Brian Eno, Bryan Ferry, Jarvis Cocker, Nick Cave, Thom Yorke, Marc Almond y Alex Turner, entre otros. Largos periodos de ausencia que fueron recompensados por obras mayúsculas cargadas de sonoros desafíos, caracterizaron su serpenteante y elíptica trayectoria, solidificándose en términos de continuidad y exploración hacia el término de la misma.

Formó The Walker Brothers -nombre extraño que no reflejaba las características del grupo- junto con John Maus y Gary Leeds y se mudó a Inglaterra a mediados de la década de los sesenta: el trío gozó de cierta atención, a pesar de la presencia de las bandas inscritas en la invasión británica, con los álbumes Take It Easy With The Walker Brothers (1965), Portrait (1966) e Images (1967), que se dejaban escuchar sin problema; tras la ruptura, inició su carrera solista en forma con Scott (1967), presentándose como un crooner cobijado con orquestaciones que le brindaban nueva vida a versiones de piezas originales compuestas por Brel, Hardin, Weil, Previn y Wells, entre otros, con algunas incursiones propias.

Paulatinamente fue tomando confianza para construir un estilo propio con todo y su aliento bergmaniano: en el exitoso Scott 2 (1968) incorporó a su repertorio habitual una versión de David/Bacharach y otra de Mancini, además de una mayor presencia de las suyas, en tanto Scott 3 (1969) mantuvo la tesitura planteada y Scott 4 (1969), ya compuesto completamente por el firmante, se adentró en un terreno más arriesgado que incluyó letras de visceralidad latente plagadas de existencialismo y hasta de crítica política, sobre todo dirigida a regímenes que gustan de coartar la libertad.

Grabó posteriormente los prescindibles Scott Sings Songs from His TV Series (1969) y ‘Till the Band Comes In (1970), como enfocándose a una faceta más de intérprete tradicional que sonaba como un retroceso en relación con los logros mostrados en su anterior obra; siguieron The Moviegoer (1972), con algunos estandars fílmicos de Mancini, Rota y Schifrin; Any Day Now (1973), integrado por versiones de Caetano Veloso, Paul Williams, David Gates, Paul Anka y Randy Newman; el salpicado de country Strecht (1973) y We Had It All (1974), que terminaro por formar parte de un periodo que recibió poca atención.

Después de la numeralia para titular sus discos y los primeros años de los 70’s, se presentó el primer silencio, apenas paliado con un regreso de los Walker que generó No Regrets (1975), Lines (1976) y el trascendente Nite Flights (1978), acaso el disco más importante del grupo. Climate of Hunter (1984) representó la vuelta del músico en solitario y abrió su nueva faceta de indagador y buscador de alternativas, entre cierto aliento minimal y vocalizaciones cercanas al lamento decidido, ése que no pide misericordia, acompañadas por las incursiones del saxofonista Evan Parker. Segundo silencio: más de una década después huyendo de cualquier tipo de reflector, presentó Tilt (1995), agudizando sus intenciones con gravedad vocal y tecno reptante de oscuridad magnética, al que le seguiría el soundtrack para Pola X (Carax, 1999), así como contribuciones para exposiciones o como productor.

Tercer silencio: roto por The Drift (2006), acaso su obra más consistente y apostando tal cual a intrincadas derivaciones que nos ponen al límite, construyendo laberintos sonoros de trémula oscuridad; continuó con el EP  Who Shall Go to the Ball? And What Shall Go to the Ball? (2007) para un ballet y en el 2008 se presentó Drifting and Tilting: The Songs of Scott Walker en formato teatral con interpretaciones de Damon Albarn, Dot Allison y Jarvis Cocker. Con la participación de Laurie Anderson en la música, entre otras artistas, se presentó el documental Scott Walker: 30 Century Man (2009), reflejando la condición vanguardista el artista.

Después de colaborar en el disco Two Suns de Bat for Lashes en el 2009, realizó la música para el corto Threads (Hastie, 2011), al que le siguió la composición del tenebroso álbum Bish Bosch (2012), cerrando la trilogía integrada por sus dos discos previos. En intensa y esperada colaboración con los doom metaleros Sunn 0))), presentó Soused (2014), integrado por cinco piezas prolongadas en las que el dramatismo de la voz se confronta con drones y texturas propias del subsuelo, criticando las formas del totalitarismo. Los soundtracks de The Childhood of a Leader (2016) y Vox Lux: el precio de la fama (2018), ambas dirigidas por Brady Corbet, fueron sus partituras finales para la pantalla. El siglo XXX lo espera con las orejas abiertas.