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LINCOLN: EL ARTE DE LA POLÍTICA COMO MEDIO DE TRANSFORMACIÓN

28 enero 2013

En diversos momentos y a partir de diferentes perspectivas, la figura de este hombre clave en la historia ha sido llevada a la pantalla. En múltiples filmes del periodo mudo fue representado por Benjamin Chapin, mientras que Walter Huston hizo lo propio durante finales de los años veinte y principios de los treinta del siglo pasado. John Ford colocó a Henry Fonda como protagonista en El joven Lincoln (39), periodo comprendido en el film Abe Lincoln en Illinois (Cromwell, 40), de sus años mozos en Kentucky hasta la llegada a la presidencia. Así, a lo largo de los años, las pantallas de cine y televisión han seguido retratando al icónico héroe estadounidense, ya sea como protagonista o de manera tangencial.
Con base en una parte del texto Team of Rivals: The Political Genius of Abraham Lincoln de la investigadora Doris Kearns Goodwin, finamente trasladada a la pantalla gracias al intrincado guion de Tony Kushner (Munich, 05) centrado en los aciagos y trascendentales meses finales del 16to. presidente, Lincoln (EU, 12) se constituye como un clásico instantáneo del cine histórico y acaso la película definitiva sobre el hombre que contribuyó de manera decisiva para acabar con la esclavitud en los Estados Unidos, justo en una época cifrada por una despiadada guerra fraterna, brevemente mostrada al inicio de la cinta, cual antecedente de Rescatando al soldado Ryan (98).
Más que recurrir al cine histórico de bronce, la impecable dirección de Steven Spielberg (en la línea de La lista de Schindler, 93) y la absorbente actuación de Daniel Day Lewis, le brindan al personaje histórico un amplio rango de humanidad, más allá del mausoleo, negociando en lo oscurito en busca de un bien mayor; discutiendo con su esposa sumida en el dolor por la pérdida del vástago (Sally Field, intensa) o consintiendo a su hijo menor (Gulliver McGrath); soltando anécdotas al por mayor con sentido del humor o nostalgia, según el caso, y perdiendo la compostura desgarbada ante la provocación de su hijo mayor (Joseph Gordon Levitt) o de las necedades inmediatistas de algunos de sus interlocutores, interrumpidas con eficaz manotazo.
Con Euclides como sustento de igualdad y colocando la mirada no solo en los esclavos de su época, sino en todos los que estaban por venir, Abraham Lincoln puso todo su empeño en la aprobación de la 13ª Enmienda que prohibía la esclavitud en el territorio estadounidense, aún a costa de la prolongación de la guerra devastadora; de los ignorantes rivales que seguían justificando su racismo por un orden natural; los radicales que buscaban todos los derechos para las personas de raza negra; los conservadores siempre esperando algo a cambio y los prejuicios sociales de la época, que incluían la segregación de la mujer y la participación en la guerra como heroísmo.Lincoln
En este sentido, se trata de una película que dignifica la política como el arte del entendimiento mirando hacia el bien común, muy lejos de lo que vemos por nuestros rumbos, más bien usada de manera mezquina y pensando en el beneficio personal o de grupo (el suyo). Cierto es que a pesar de las contradicciones y los medios no siempre óptimos para conseguir los objetivos, resulta esencial que la política esté al servicio de principios imperturbables: la gran enmienda del siglo XIX se aprueba de manera corrupta, impulsada por el hombre más puro de Estados Unidos, sentencia Thaddeus Stevens (Lee Jones).
A la excelsa dirección artística con notable diseño de interiores y vestuarios, le corresponde una edición capaz de establecer una continuidad anímica que, a pesar de tratarse de un film largo basado en los diálogos, nunca pierde el ritmo de la negociación con el espectador, tal como lo que estamos viendo frente a la pantalla; por supuesto, el manejo de la iluminación, las texturas y los sutiles desplazamientos de cámara del especialista Janusz Kaminski, permiten incorporarse en la mesa de discusión, como si fuéramos un testigo más de los históricos acontecimientos, mientras escuchamos la sutil partitura de John Williams. El fuera de cuadro desempeña un vital papel en el sentido narrativo de la historia, así como ciertos encuadres con simétrico juego de claroscuros.
El realismo del film se fortalece por el trabajo de casting de la incansable Avy Kaufman, quien con los recursos puestos en juego logró construir un notable cuadro actoral en primera, segunda y tercera línea, porque el que aparece dos segundos también resulta creíble. Además de los ya citados, Tommy Lee Jones como el radical que iba por todos los derechos; el trío de negociadores por debajo de la mesa (Tim Blake Nelson, John Hawkes, James Spader); Hal Holbrook como el líder de los conservadores que buscaba el fin de la guerra con los confederados, cuyo vicepresidente encarna Jackie Earle Haley, y David Strathairn como el secretario de estado, redondean y secundan la notable interpretación del protagónico.
Entre El nacimiento de una nación (Griffith, 15) y Lo que el viento se llevó (Fleming, 39), Lincoln es todo un Caballero sin espada (Capra, 39). El cine clásico de Hollywood se resiste a morir.

DJANGO SIN CADENAS: LIBERTAD CON SANGRE

21 enero 2013

Si ya puso a los nazis en su lugar con Bastardos sin gloria (09), por qué no hacerlo con los esclavistas del sur de Estados Unidos durante el siglo XIX, quienes consideraban a seres humanos como posesiones, justificando su racismo con teorías absurdas como la de las diferencias craneanas. Lástima que en ambos casos sea ficción y tanto unos como otros cometieron toda clase de atrocidades al amparo de una legalidad racista y criminal, por paradójico que parezca. En efecto, Quentin Tarantino parece que ha entrado a una fase de justiciero fílmico a partir de su indudable capacidad para el humor negro, la violencia coreográfica y la pepena entrecruzada de géneros considerados como menores.
Un dentista de origen alemán, convertido en caza recompensas hábil para el verbo (Christoph Waltz, hilarante), convence a un esclavo de espíritu rebelde (Jamie Foxx, concentrado), después de “negociar” con los dueños, para que lo acompañe a buscar unas presas, a cambio de darle una corta y su carta de liberación; la asociación parece ir funcionando y un nuevo objetivo se presenta: rescatar a la esposa (Kerry Washington) del ahora hombre, propiedad de un hacendado (Leonardo DiCaprio, desbocado) que gusta de las peleas a muerte entre esclavos además de otras linduras, para lo cual todo un plan se pone en marcha que requiere temple y teatralidad por partes iguales.
Retomando subgéneros marginales ya revisados en su filmografía (Jackie Brown, 97; Kill Bill Vol. 1/Vol. 2, 03/04; A prueba de muerte, 07), Tarantino construye su mirada al personaje central inspirado en el film de Sergio Cobucci de 1966 interpretado por Franco Nero -también apareciendo aquí, a partir de las lógicas narrativas del spagetthi western, con toda la estética visual expresada en los créditos, el uso del zoom y parte de la banda sonora (Luis Bacalov, por ejemplo), aderezada con otras músicas que rompen el molde, desde el hip-hop de RZA (también actor), Tupac Shakur y Rick Ross, hasta Jim Croce, James Brown y Johnny Cash, integrando al maestro Morricone, Verdi y Beethoven, por no dejar.
A manera de complemento, se incorporan claves del black exploitation, género que floreció en los años setenta y que planteaba diferentes manifestaciones de la comunidad negra, particularmente urbana, utilizando el thriller de acción y las músicas propias de la época, interpretadas por artistas afroamericanos. En este cruce de géneros se despliega un diseño artístico que no se detiene para jugar con vestuarios, escenografías y objetos propios de la época, dándoles presencia en los encuadres plásticamente construidos.
DjangoComo le ha sucedido al exempleado de videoclub en sus recientes filmes, desde sus grandes obras Perros de reserva (92) y Tiempos violentos (94), las brillantes secuencias no terminan cuajando en una cinta integral y articulada, sino más bien en excelsos ejercicios de estilo que dada su innecesaria duración, terminan por resultar obras irregulares con momentos geniales de cine en estado de gracia y con otros que denotan una falta de autocrítica y de capacidad de síntesis: como si se supusiera que todo vale la pena integrarlo a la historia, aunque se provoquen derivaciones que muy poco abonan al conjunto.
Argumentalmente, Django sin cadenas (EU, 12) da demasiadas vueltas y no todas las situaciones y personajes terminan por venir al caso (como la hermana del dueño de la plantación), provocando cierta dispersión en la secuencia de los hechos, siempre suplida por diálogos cargados del consabido fino sentido del absurdo y acciones límite que navegan con soltura entre la comedia y el gore, particularmente cuando se recurre al flashback con cambio de textura visual para explicar orígenes o introducirse en el recuerdo angustiante de los personajes (el ataque de los perros, las torturas), encadenados a sus pasados.
Visualmente la cinta no tiene mancha, incluso cuando la sangre parece salpicar hasta la sala de cine; entre travellings indicativos de que se trata de una historia en la que el viaje es la constante, manejo de las sombras como otros personajes y tomas crepusculares muy en la línea de los westerns fordianos, nos colocamos de inmediato en contexto, tanto físico como psicológico, siempre puesto a prueba por el sarcasmo que permea el relato, en contraste con la violencia explícita y hasta la denuncia social, explícitamente representada y, a través de imágenes como los algodonales ensangrentados, sutilmente expuesta.
En efecto, la ironía resulta un catalizador poderoso para la historia: la carreta con la muela danzante, la ingeniosa burla a los fanfarrones del Ku-Klux Klan y las esperadas venganzas hacia todos los capataces ignorantes que hacían del maltrato un estilo de vida. No falta tampoco el apunte crítico hacia los negros traidores vueltos los peores enemigos de su propia gente, representados por la figura del brazo derecho del villano (Samuel L. Jackson), clásico ejemplo de cómo un poco de poder puede convertir a alguien en un ser incapaz de reconocerse a sí mismo y a los suyos.
Más nos vale recordar que cuando nos dirijamos a Django, no pronunciemos la “d”.

AVENTURAS DE SOBREVIVENCIA

14 enero 2013

Filmes que acompañan sorprendentes hazañas para aferrarse a la vida, en condiciones que comúnmente llevan a la muerte. Ya sea retomando un caso real o ficciones literarias que de primera instancia parecían difíciles de trasladar a la pantalla, estamos ante sensibles historias apoyadas por elusivas propuestas visuales, entre impecables efectos especiales y creativo diseño artístico. A pesar de saber de antemano ciertos desenlaces argumentales, la tensión se mantiene y la atención se centra en las diferentes aristas que plantean las narraciones.

SOBREVIVIR AL NAUFRAGIO
Con base en la novela de Yann Martel, guion abarcador, dirigida con espectacular sutileza por Ang Lee (La tormenta de hielo, 97; Lujuria y traición, 07; Bienvenido a Woodstock, 09) y desplegada a partir de una historia que se desdobla en un plano metafórico para que cada quien elija entre el realismo y la fantasía simbólica, Una aventura extraordinaria (Life of Pi, EU-China, 12) es una travesía en altamar que emprende un joven indio cuyo barco se hundió con toda su familia y un zoológico en tránsito, propiedad del padre siempre aconsejando atender la dimensión realista de la vida.Life of Pi
Acompañado de un tigre, como si de un álter ego cargado de la suficiente agresión para seguir viviendo se tratara, y tras ver cómo una hiena mataba a una cebra y a un orangután en la balsa, el protagonista realizó un viaje definitorio para salvar su vida y, de paso, convertirse en el hombre que desde su casa en Canadá rememora la aventura, que incluye el aprendizaje de convivir con una fiera, atreverse a abandonar su vegetarianismo y saber cuándo abandonar una engañosa isla, cual cómodo destino aparente y que puede convertirse en la aniquilación de las expectativas.
Como hiciera con El tigre y el dragón (00) y Hulk (03), el director taiwanés busca profundidad y vuelve a proponer una visualización poética con tintes épicos en los que igual caben imágenes de belleza deslumbrante que de absorbente intensidad – los peces voladores, la ballena, las suricatas- integradas a una propuesta en 3D que sabe sacar provecho de la combinación de planos, incorporando secuencias de reflexión en medio de la batalla por la sobrevivencia. La angustia de ver cómo el viento se lleva las palabras escritas acabará por ser una buena razón para reescribir la historia y poder voltear atrás sin necesidad de despedirse.

SOBREVIVIR AL TIEMPO
Basada en la novela de David Mitchell y dirigida por Tom Tykwer (Corre, Lola, Corre, 98), Lana y Andy Wachowski (Meteoro, 08), en plan colaborativo y con aliento trascendente, no siempre alcanzado en los diversos pasajes entrelazados a través de diferentes épocas, mundos y circunstancias, Cloud Atlas (Alemania-EU-Singapur-Hong Kong, 12) es un amplio entramado de micro y macrohistorias que buscan plantear las consecuencias de las acciones más allá de la inmediatez temporal, eludiendo la lógica elemental del premio castigo o del karma al que se recurre como explicación simplona para entender los eventos presentes.
Cloud Atlas<Los seis mundos retratados van imbricándose de manera equilibrada, sin una secuenciación en principio clara aunque entretejiéndose paulatinamente con interés creciente, viajando de la pretensión filosófica a la revelación de los nexos a través de realidades disímbolas, presentadas a partir de escenografías que logran ubicarnos pronto en la época y de un diseño artístico que funciona para contrastar los contextos retratados.
El arriesgado casting saca adelante la diversidad de papeles, encabezado por un Tom Hanks como probándose a sí mismo y Jim Broadbent divirtiéndose a través del tiempo. Si bien las historias no mantienen el mismo nivel de cohesión, las reflexiones en off y la telaraña narrativa alcanzan para expresar los mensajes principales de ida y vuelta, vislumbrando la temporalidad más como una espiral que como una línea recta.

SOBREVIVIR AL TSUNAMI
Como una alegoría de la unión familiar que sirve de base para seguir adelante frente a una de las catástrofes naturales más fuertes de los tiempos recientes, Lo imposible (España, 12) nos sumerge, literalmente, en el drama del Tsunami del 2004 que arrasó al sudeste asiático, con un notable armado de las secuencias, en particular durante la devastadora primera media hora, para dar paso a una angustiante búsqueda durante el resto de la cinta.
El manejo de la edición del sonido que consolida la experiencia terrorífica, quizá demasiado subrayada por el omnipresente score, así como la combinación de perspectivas, contribuye a que nos integremos a la tragedia y contrastemos las reacciones de los turistas, desde solidarias hasta egoístas, así como los esfuerzos de los locales por apoyar a todos los heridos: las tomas panorámicas dan cuenta puntual del contexto de completa desolación en el que se buscaba encontrar a los seres queridos.
Lo imposible
Las actuaciones colaboran en definitiva para hacernos partícipes del drama familiar: Naomi Watts muestra el dolor y la fuerza de la madre herida; Ewan McGregor encarna el dilema de las decisiones en situaciones extremas y Tom Holland, interpretando al hijo mayor, consigue transmitir con profundo realismo la angustia de un niño a punto de dejar de serlo, a partir de semejante experiencia que se queda instalada para siempre.

EL HOBBIT O CÓMO SALIR DE LA COMODIDAD DEL HOGAR

7 enero 2013

Todo empezó de manera nítida y sencillamente descriptiva: “En un agujero en el suelo, vivía un Hobbit.” De ahí, la imaginación desbordada y apabullante para crear la Tierra Media, fantástico mundo conformado por territorios, razas, criaturas, lenguajes y rituales propios en el que, como sucede en el más acá, las luchas de poder parecen no tener fin. El genio de J.R.R. Tolkien le regalaba a los lectores de todo el planeta, empezando por sus hijos, la posibilidad de vivir otra realidad, justo debajo de nuestras narices, pero con fuertes similitudes al comportamiento humano.
Publicada en 1937 en Londres, la obra sobre este pequeño personaje de pies grandes y peludos, que se embarca sin temerla ni deberla en una aventura de proporciones épicas en compañía de un particular mago y un grupo de enanos, suscitó el interés suficiente para que los editores solicitaran una continuación del universo mitológico esbozado en esta entrega, que recibió el nombre de El señor de los anillos, poderosa alegoría sobre la fuerza corruptora del poder absoluto.
El neozelandés Peter Jackson transitó el proceso al revés. Primero planteó su imponente trilogía de El señor de los anillos (01, 02, 03) y ahora vuelva a la Tierra Media, tras fungir como eficaz productor (Sector 9, 09; Las aventuras de Tintín, 11; West of Memphis, 12), con El Hobbit: Un viaje inesperado (The Hobbit: An Unexpected Journey, EU-NZ, 12), primera entrega de tres que conformarán el traslado a la pantalla de la seminal novela del autor de El Silmarillion y Los hijos de Húrin, editadas y publicadas por Christopher, su tercer hijo.
Con guion de autoría múltiple, incluyendo al propio director y a Guillermo del Toro, el filme abarca los primeros seis capítulos de una forma bastante respetuosa –incluyendo un prólogo-, con la dificultad de poder darle profundidad a los miembros del grupo de enanos para poder presentarlos de manera entrañable y, llegado el momento, nos importe qué suceda con ellos. Pero solo se consigue darle la dimensión necesaria al líder del grupo, sobre todo gracias al puntual flashback, y un poco al más veterano de todos ellos; desde luego, Gandalf (Ian Mckellen ya con el personaje asumido), el Gollum (el camaleónico Andy Serkis) y Bilbo (Martin Freeman, como mandado a hacer) acaparan la atención.
HobbitEn términos de ritmo, el filme arranca con cierta parsimonia que bien pudo aprovecharse mejor para presentarnos con más detalle a los protagonistas de la historia; como percatándose de ello, posteriormente se introducen secuencias de acción cual ráfagas de adrenalina, algunas de las cuales parecerían solo incluirse para lucir al equipo de efectos especiales (como la pelea de los hombres de piedra, cuyo origen queda oscuro), y que no abonan necesariamente al argumento ni se explican dentro del contexto del mismo. No obstante, las cerca de tres horas fluyen sin problema, entre sutiles salpicadas de bienvenido humor y secuencias transicionales de tomas abiertas muy en deuda con la anterior trilogía del cineasta.
Se ha dicho que es una película que solo encantará a los fans. Me parece que no. Funciona como una entretenida iniciación al mundo tolkiano y resulta lo suficientemente transparente para que cualquier no iniciado pueda comprenderlo y, más aún, se interese en profundizar al respecto; claro que conviene saber de antemano que se trata de una primera parte, para no esperar conclusiones y respuestas al por mayor. Se ha comentado también que de pronto uno se siente en un videojuego; me parece que dada la estructura narrativa, la fuerza de algunos personajes –incluyendo las actuaciones- y las posibilidades múltiples de resolución más allá de pasar al siguiente nivel, la analogía no resulta del todo afortunada.
Con todo y sus limitaciones en términos emotivos, por momentos solventados por el score de Howard Shore, la propuesta visual resulta absorbente por el continuo juego de perspectivas. Considerado como el primer largometraje filmado a 48 cuadros por segundo (HFR), la sensación de realismo sí impacta en términos de ubicarnos en la acción: el temor era que de tan alta definición se vieran las costuras, lo que sucede en contadas ocasiones cuando se aprecian personajes sobrepuestos. Continúa la vieja pretensión de buscar el máximo realismo en el cine.
Las criaturas se presentan con un diseño high tech que no obstante las ubica en consonancia con los escenarios gracias a un elusivo empleo del 3D, mientras que las batallas lucen tan inverosímiles como fascinantes, a pesar de la evidente restricción para mostrar escenas más fuertes, como le gustaba al director en sus inicios gore (Mal gusto, 87; Muertos vivos, 92), ya instalado en el mainstream cuya puerta se le abrió con Criaturas celestiales (94), bastante diferentes a las aquí expuestas.
Temáticamente se plantea en primer término la importancia del hogar y la necesidad de luchar por él, así como la disyuntiva de seguir viviendo en un costumbrismo medianamente satisfactorio o bien sazonarlo con alguna aventura estrafalaria en la que incluso no tengas vela en el entierro. La acechanza del mal en sus diversas formas –notable la secuencia del Nigromante- y los rencores largamente cultivados, parecen enfrentarse de manera continua a una paz cuya naturaleza es provisional. Una experiencia fílmica que conviene experimentar para asomarse a la otra Tierra, la Media.

DISCOS 2012

1 enero 2013

No están todos los que son, pero sí son todos los que están.

EN SOLITARIO
 Blunderbuss de Jack White: figura capital del rock postmilenario, firma su primera obra bajo su nombre para convertirla en un clásico instantáneo, con una guitarra de versatilidad absorbente y el amor vuelto una arena de lucha sin límite de tiempo. Para muchos, el disco del año.
 Blues Funeral de Mark Lanegan Band: el ex vocal de Screaming Trees continúa con su notable trayectoria solista, tal como se deja escuchar en esta elaborada producción donde la voz profunda parece sobrevivir a una precisa instrumentación, de texturas absorbentes.
 Silver Age de Bob Mould: la guitarra marca la ruta melódica y firmemente sin descanso, como dictan los cánones; el rock del hombre fuerte de Hüsker Dü y Sugar no conoce fecha de caducidad, cual festejo de plata en formato clásico de power trío.
 Banks de Paul Banks: lejos de los reflectores de Interpol, el de la voz de barítono entrega una obra diferenciada como para reafirmar cuestiones identitarias y, de paso, compartir esperanzas y angustias que más vale expresar a título personal.
 Clear Heart Full Eyes de Craig Finn: con su acostumbrada habilidad narrativa, el vocalista de The Hold Steady nativo de Minnesota, se toma su tiempo para confiarnos algunas historias en tono country, que igual remiten a sus terruños que a otras latitudes.
 Dr Dee de Damon Albarn: entre tanto ruido mediático por la reunión de Blur, apareció este acoplado con el sello de la casa, volteando a ver la tradición del mejor rock inglés con intenciones arty.
 A + E de Graham Coxon: justamente el guitarrista de Blur le mete a los riffs con la esperada convicción en éste su octavo álbum solista; entre que son peras y manzanas, el ruido debe maliciosamente continuar.
 Sunken Condos de Donald Fagen: la mitad de Steely Dan regresa no solo con el talento acostumbrado sino con un alma renovada que se expresa en canciones sensibles aptas para oídos capaces de reconocer el añejamiento como una forma de mantener la calidad.
 Sudden Fiction de Dan Michaelson: instrumentación austera y precisa que se despliega de manera pausada para sostener una vocal firme y en apariencia serena del cantante de The Coastguards, como para escucharse a media luz y con el corazón triste.
 Mid Air de Paul Buchanan: el escocés mejor conocido como el líder de Blue Nile se aventura con calma y vocales susurrantes que se desgranan junto a un piano que parece también contar historias a medio camino entre la tierra y el cielo.
 Simon Felice de Simon Felice: el baterista de The Felice Brothers es un sobreviviente a la tragedia y ésta es su forma de reflejar la inevitable dualidad que tiene la existencia humana, entre el optimismo y el dolor que le puede dar sentido al primero.

DÚOS MIXTOS
 Observator de The Raveonettes: visitando parajes oscuros, la pareja danesa despliega guitarras de resonancia magnética entreveradas con pianos melódicamente enigmáticos y voces saliendo de un fantasmal subsuelo.
 Bloom de Beach House: como para seguir instalado en un mundo que se despierta de noche para encontrar la luminosidad en un pop de ensueño, melódicamente adherente y con la sensibilidad necesaria para que nos sintamos, en efecto, como en un estado onírico.
 The Only Place de Best Coast: en su segunda propuesta, el dueto californiano optó por enclavarse en un pop reconocible más pronto que tarde, puliendo la producción y enfatizando el cuidado en la melodía; diferente a su sorprendente predecesor pero disfrutable en similar proporción.
 Folila de Amadou and Mariam: el matrimonio invidente de Malí amplía horizontes e invitados, ahondado en multiplicidad de géneros pero conservando la encomienda de seguir mostrándonos el mundo a todo color, en todo su esplendor.
 Reign of Terror de Sleigh Bells: el ánimo no se detiene y el dueto formado en Nueva York sigue derrochando energía adolescente que no permite descanso, incluso cuando se supone que llegan los momentos de cierto reposo.
 Love This Giant de David Byrne & St. Vincent: el incansable explorador sonoro, pieza clave del rock, ahora se reúne con una de las principales cantautoras para establecer sinergias compositivas y regalarnos un sorpresivo presente de autoría igualmente inesperada.
 Lucifer de Peaking Lights: con el nacimiento de su hijo como inspiración e integrando su voz, esta pareja grabó su tercer álbum ampliando su ya de por sí rica fórmula, en la que igual cabe el krautrock que el dub sobre una base pop aderezada con sicodelia.

HIJOS DE LA PSICODELIA Y DEMÁS HIPNOTISMOS
 Centipede Hz de Animal Collective: collage polirrítmico con fuerte carga lúdica y tono escapista de este grupo capital del pop contemporáneo, mostrando una vez más que la creatividad consiste en poner a prueba de moldes, incluyendo los propios.
 Mature Themes de Ariel Pink´s Haunted Graffiti: un mundo onírico con inesperadas interrupciones, profecías a punto de cumplirse y una baja fidelidad que se convierte en una inquietante revoltura de colores y sonidos.
 Lonerism de Tame Impala: la segunda entrega de los australianos confirma que lo suyo es llevarnos de paseo por el cosmos, cargados de magia y muy buena vibra, como para que nuestras mentes visiten lugares que nunca imaginamos podían existir.
 Here de Edward Sharpe and the Magnetic Zeros: delicioso sabor sesentero con pop de tonalidades cercanas al arcoíris, descansando sobre aguas templadas bien iluminadas por un sol recargado de paz y amor.
 Twins de Ty Segall: muy prolífico en el año, el joven de San Francisco entregó este disco como elucubrado en la cochera, salpicado con algunos lances de un pop hiperactivo y su reconocible estilo de baja fidelidad. También valen la pena Hair, firmado como Ty Segall & White Fence y Slaughterhouse de Ty Segall Band, con aromatizaciones psicodélicas.
 Fear Fun de Father John Misty: Josh Tillman, ahora baterista de los Fleet Foxes, se crea una personalidad que nos invita a un viaje de hedonismo puro, recorriendo estilos musicales que nos recuerdan la aun existencia de los años sesenta.

DE NOMBRES CONSOLIDADOS
 Away From the World de Dave Matthews Band: el sudafricano y su banda están de regreso, no obstante la dolorosa pérdida, en muy buena forma, combinando cuerdas de diversa estirpe con metales preciosos y los consabidos pasajes melódicos, sello de la casa.
 Port of Morrow de The Shins: como un volver a empezar, James Mercer buscó nuevos cómplices para seguir iluminando la escena indie con su pop luminoso, conocedor de la importancia de ver al mañana como la eterna posibilidad de cambio.
 Love at the Bottom of the Sea de The Magnetic Fields: Stephin Merrit y compañía vuelven a los teclados para expresar que el amor, por si quedara duda, puede sobrevivir incluso en las condiciones más adversas, que quizá sean su mejor ambiente para fortalecerse.
 WIXIW de Liars: en su sexta manifestación, el trío angelino sigue sorprendiendo y reinventándose a través de un dominio de la experimentación no como pose, sino como forma de plantear su arquitectura sonora, ahora sostenida por una electrónica inquietante.
 The Something Rain de Tindersticks: el noveno álbum de los ingleses persiste en desarrollarse a media luz, con una romántica y oscura vocal que se inserta en una instrumentación tan austera como cautivante; la lluvia inunda el cabaret de secretos inconfesables, cantados a coro.
 Always de Xiu Xiu: después de diez años de cantarle odas al drama humano como forma de inspiración, los de San José graban este álbum con dedicatoria a los fans, siempre compartiendo penas y angustias trastocadas en canciones ahora vitales guiadas por el sintetizador.
 Sweet Heart, Sweet Light de Spiritualized: la banda de Jason Pierce insiste con razón en estructurar sus canciones con base en reiteraciones hipnóticas que, ya entrados en gastos, nos pueden llegar a endulzar el corazón y encandilarnos sin problema.
 Heaven de The Walkmen: otros que cumplen diez años en un momento inmejorable, con canciones de rock cada vez mejor afiladas, como las que se desprenden de esta obra que mira con optimismo a un cielo que amplía horizontes y dibuja promesas accesibles.
 Runner de The Sea and Cake: los de Chicago no hacen mucho ruido pero saben confeccionar melodías pop que se quedan en el paladar, gracias al elusivo uso de los teclados como se confirma en este disco, cual corredor de medio fondo que detecta cuándo acelerar y cuándo pausar.
 Swing Lo Magellan de Dirty Projectors: el sucio proyector de David Longstreth parece apostar por brindarnos imágenes más nítidas, sin perder la orientación marcada por el pop experimental en el que tanto ha insistido con originales resultados.

EN VÍAS DE CONSOLIDACIÓN
 Celebration Rock de Japandroids: es en efecto todo un festejo de las posibilidades energéticas del rock propuestas por este dueto de Vancouver, entre una batería incansable, una guitarra de riffs incandescentes y vocales cargadas de adrenalina para recordar que la juventud nos pertenece.
 Babel de Mumford & Sons: folk de intensidad creciente y convincente pasión expresada en una tendencia a la épica rural asequible desde ya, como para dejar de esperar sin esperanza y aprender a amar los cielos bajo los que nos movemos, junto a la mirada de Paul Simon.
 Shields de Grizzly Bear: los de Brooklyn se vuelven a mover entre la estructura compleja y la referencia pronta, manteniendo un sorprendente equilibrio que los convierte en una de las promesas del rock, ya en pleno camino de realidad. Y Paul Simon sigue observando.
 Given to the Wild de The Maccabees: en su tercera acometida, los activos surlondinenses se instalan en la estética indie pero con una denominación de origen que se nota desde los primeros acordes.
 Confess de Twin Shadow: compuesto a partir de un accidente en motocicleta, el originario de República Dominicana mantiene su aliento ochentero para sobrevivir a los tiempos que corren.
 Plumb de Field Music: los hermanos Lewis de Sunderland saben que una sutil mezcla entre el progresivo y el funk puede dar como resultado, sin abusar, una muy saludable andanada sonora para oídos abiertos y personas con historias compartidas.
 Coexist de The XX: existe una resonancia magnética en este segundo álbum de estética pausada, jugando con los espacios entre las notas y produciendo una ambientación de calma solo aparente, para bailar con pasos invisibles.

MÚSICAS NEGRAS
 Black Radio de Robert Glasper Experiment: delicioso recorrido por múltiples géneros –Soul, R&B, Jazz, Hip-Hop- a través de versiones, incluyendo a Nirvana y David Bowie, y canciones propias, con reconocidos invitados que disfrutan la reunión.
 Channel Orange de Frank Ocean: celebrado segundo opus lleno de inventiva, navegando entre el soul y el R&B, con oleaje hipopero y referencias múltiples que parecen irse redescubriendo en cada escucha, como para extraviarse en un mar sonoro de inesperados contrastes.
 Faitfhul Man de Lee Fields and The Expressions: una vocal poderosa proveniente de Carolina del Norte en clave de soul, se eleva para cantarle al sufrimiento y demás condiciones de la vida, siempre soportada por una sólida instrumentación.
 Good kid, m.A.A.d city de Kendrick Lamar: poesía al filo de la banqueta sobre el duro proceso de crecer que se estrella con una realidad de imposible aprehensión, rimada con un verbo imparable cortesía del oriundo de Compton, donde la vida puede no valer nada y la justicia mucho.
 R.A.P. Music de Killer Mike: el miembro del colectivo Southern Rap comparte arengas políticas de ayer que inciden en el presente, sin dejar de mantener un cierto humor para sonreír nerviosamente, con la ayuda de El-P.
 Cancer4Cure de El-P: precisamente el de Brooklyn despliega su habitual poderío paranoico en esta obra de tonalidades cavernosas densamente pobladas, hablando del hip-hop a través de sus mismas estrategias sonoras, complementadas con incisivas estructuras electrónicas
 The Money Store de Death Grips: rap furioso con tintes experimentales de industrialismo agresivo, para ponerle los pelos de punta a propios y extraños; si el fin del mundo hubiera llegado, nada mal aderezarlo con estos sonidos, justo en plena explosión.
 Father Creeper de Spoek Mathambo: el músico sudafricano imbrica tapices electrónicos con destellos funkies, hipoperos y lo que se vaya presentando con una naturalidad poco común y sin dejar la protesta de lado, como para que el fuego siga sacando humo negro.

EXPERIENCIA A GRANEL
 Tempest de Bob Dylan: con título shakespereano, el viejo de Duluth vuelve a levantar tormentas como si el tiempo fuera su mejor aliado. Hay talentos que no caducan ni se agotan, el suyo es de ésos. 35 discos y grabando.
 Wrecking Ball de Bruce Springsteen: energía política para romper los edificios de la injusticia, cortesía del working man hero que ha convertido al nuevo milenio en ideal arena discursiva, con poderosa instrumentación cual bola de derrumbe.
 Old Ideas de Leonard Cohen: el canadiense se hace acompañar de cuerdas elocuentes y coros femeninos para desgranar con su rotunda voz una poética de ideas viejas siempre vigentes. El amor tiende a la oscuridad.
 Psychedelic Pill de Neil Young and Crazy Horse: exhaustivo álbum doble, con todo y un corte de cerca de treinta minutos, en el que se saldan cuentas con las grandes influencias y el folk se trastoca con intensidades a prueba de cansancio.
 Sonik Kicks de Paul Weller: para continuar con esta brillante etapa, su undécimo álbum visita varios géneros –pop, punk, folk, dub- como sansón a las patadas. Música británica en estado puro.
 Bisch Bosch de Scott Walker: el misterioso cantante que aparece y desaparece, completa en tono más feliz de lo habitual la trilogía iniciada en 1995. Percusivo, orquestal y exigente en letras y armonías, como para no quitarle la oreja de encima.
 Locked Down de Dr. John: con especial dedicatoria a Nueva Orleans, ciudad sobreviviente de la tardía colaboración gubernamental, y con ayuda de Dan Auerbach, el setentero cantante le mete con la fe acostumbrada a la rítmica versátil.
 Rebirth de Jimmy Cliff: desde Jamaica y a manera de renacimiento musical, el hombre que apareció antes que Bob Marley nos regala una muestra de que en el mar el reggae, el ska y el soul son más sabrosos.
 The Bravest Man in the Universe de Bobby Womack: el veterano soulero ha firmado uno de sus mejores álbumes, incorporando elementos electrónicos, apoyado por Damon Albarn, y manteniendo su bravura y sensibilidad en la vocal, llena de alma.
 Born To Sing: No Plan B de Van Morrison: en efecto, la vocación puede ser tan fuerte que no permite que haya otras opciones de vida, tal como el de Belfast lo sigue demostrando, ahora con esta obra policromática que se instala pronto en el recuerdo.

DEBUTS
 Django Django de Django Django: una de las mayores sorpresas del año cortesía del grupo originario de Edimburgo, en el que igual cabe un incisivo uso de teclados que parajes progresivos, rítmica tribal que pop adulterado, sonidos arabescos que ecos africanos.
 Toy de Toy: los de Londres toman un aliento cósmico para meterle espesura a su propuesta, saltando de la psicodelia al krautrock y de ahí a un pop ruidoso de saturación constante, aún en los momentos de mayor cadencia.
 Boys & Girls de Alabama Shakes: al frente la poderosa presencia de Brittany Howard y detrás una banda que sostiene una vibra cargada de alma sureña, cual recorrido por las eternas preocupaciones de las personas acá entonadas con el poder de las raíces.
 Jake Bug de Jake Bug: con evidente sabor dylaniano, el joven de Nottingham demuestra entender muy pronto que de las bases del folk se puede desprender una propuesta actual con ecos sesenteros.
 My Head is an Animal de Of Monsters and Men: este sexteto islandés derrite el hielo al estilo de Arcade Fire, con un pop de ritmos vitamínicos y mucha convicción en sus canciones, entonadas con la necesaria inocencia para sumarse a sus acordes.
 An Awesome Wave de Alt-J: conocidos de la Universidad de Leeds y con pretensiones artísticas, estos jóvenes toman al folk como su materia prima y le injertan ADN electrónico pero en miniatura, dando como resultado una por momentos inquietante criatura.

REGRESOS
 Life is People de Bill Fay: una celebración por el retorno de uno de los músicos que más se extrañaban, no obstante que siempre se mantuvo por debajo del radar mediático. La emotividad y belleza de este álbum provienen de una sabiduría que encuentra en la gente a la vida misma.
 One Day I´m Going To Soar de Dexys: más de 25 años de problemas parecen, por el momento, superados por parte de Kevin Rowland, aquí manteniendo talento y humor como en las mejores épocas de los Dexy’s Midnight Runners.
 La Futura de ZZ Top: con la ayuda de otro barbado, Rick Rubin, el trío de rock texano en constante ebullición, está de regreso para seguir poniendo sus barbas a remojar, con el desenfado acostumbrado y la energía renovada.
 This Is PiL de Public Image LTD: quince años transcurrieron para que John Lydon volviera a las andadas, ahora con espíritu renovado recurriendo a diversidad de géneros como para presnetarnos, una vez más, a su banda.
 That´s Why God Made The Radio de The Beach Boys: 20 años para que estuvieran juntos y regresaran en tono agradecido, como limando asperezas y aún con ganas de componer; como se puede advertir en este álbum de pop sesentero con el sello de la casa.
 Oceania de Smashing Pumpkins: después de varios años extraviado en intentos poco afortunados, por fin Billy Corgan, héroe indie de los noventa, vuelve a conectar con esa mezcla de fragilidad y poderío guitarrero como si de un continente en ciernes se tratara.
 Not Your Kind of People de Garbage: siete años en silencio y la banda vuelve como si hubieran dejado de tocar hoy en la mañana, con una enfática Shirley Manson y la precisión acostumbrada de Butch Vig, tanto en la batería como en la producción para el consecuente despliegue de guitarras y teclados.
 King Animal de Soundgarden: mejor acompañados que solos, sobre todo para continuar lo que se quedó pendiente a mediados de los noventa; fiereza recobrada, precisión y mucha convicción en que aún quedan guitarrazos que asestarle a las orejas de los fans.
 Anastasis de Dead Can Dance: los ecos místicos en penumbra vuelven después de lances en solitario y búsquedas alternas; el dueto está de regreso para demostrar que había cuentas pendientes por saldar. Como una resurrección inesperada.

SENSIBILIDAD EN CLAVE FEMENINA
 Banga de Patti Smith: la gran poetisa del rock ha vuelto a la música después de un activismo sorprendente y lo hace en plan reflexivo a través de éste, su undécimo disco; temáticas múltiples narradas sobre una base musical de rockpop, cortesía de viejos conocidos.
 Slipstream de Bonnie Raitt: la vivencia convertida en experiencia musical y el talento para la escritura vuelven a presentarse en esta producción, llena de canciones que nos llevan a parajes llenos de alma en tonos country, como para disfrutar el otoño de la existencia.
 Charmer de Aime Mann: la exvocalista de Til Tuesday continúa con su notable trayectoria solista, explorando sentimientos contradictorios y destilando capacidad melódica y armónica, con esos ecos de pop setentero que parecen pertenecerle.
 The Idler Wilder is Wiser Than teh Driver of the Screw and Whipping Cords Will Serve You More Than Ropes Will Ever Do de Fionna Apple: tan grande como su título, este álbum tardó en llegar pero la espera valió cada minuto; sensibilidad, energía y brillantez en composiciones y letras.
 Sun de Cat Power: luminoso sin dejar de ser realista, Chan Marshall entiende que el equilibrio es la base para la comprensión; lances electrónicos en estructuras acústicas, melancolía y festejo, intimismo y apertura. Como el sol incandescente que también tiene manchas oscuras.
 What We Saw from the Cheap Seats de Regina Spektor: con los acostumbrados juegos vocales y con estructuras musicales que se sostienen en el piano, el sexto álbum de la rusamericana pinta de colores un mundo que de tan real, parece solo imaginario aunque se vea desde gayola.
 Master of My Make-Believe de Santigold: con una sazón particular que le da un sabor dub al pop adornado de beats electrónicos que sale de sus entrañas, Santi White, la mitad de este dueto, despliega toda la amplitud que requiere un álbum tan diverso e impredecible como éste.
 The Haunted Man de Bat for Lashes: hay desnudez que confronta y hay cuidado en la elaboración de las evocativas melodías; estamos frente a Natasha Khan, que sabe cómo expresarse a través de canciones redondas con un piano como detonante de sentimientos múltiples.
 Tramp de Sharon van Etten: explorando la vertiente de un folk con tintes urbanos, la nacida en Nueva Jersey ofrece letras sensibles y cercanas, entonadas a partir de una voz que combina la necesaria tristeza con la suficiente fuerza para envolvernos en su narrativa.
 Cyrk de Cate Le Bon: desde Gales nos llega un delicioso contraste entre letras que tienden más a la oscuridad con instrumentaciones optimistas y francas, por momentos pausadas y con un discreto toque sesentero.
 Ekstasis de Julia Holter: en su segunda entrega, la compositora angelina nos conduce por mundos más allá de lo tangible, a través de teclados misteriosos y cuerdas que parecieran mecernos nerviosamente para invitarnos a quedarnos aquí para siempre.
 Nootropics de Lower Dens: se trata de uno de los proyectos de la cantante y compositora Jana Hunter, en cuyo segundo lance con esta agrupación asentada en Baltimore incorpora más elementos electrónicos pero como pasados por un humo absorbente.
 Young Man in America de Anais Mitchell: moviéndose en los campos del folk alternativo, la de Vermont entrega quizá su disco más completo, integrado por canciones cuyas letras muestran cada vez más filo y las composiciones encuentran siempre belleza melódica.
 Devotion de Jessie Ware: hay mucho de cadencia en este disco cuyas canciones están trabajadas como piezas de fina orfebrería, con exquisitos toques de neo-soul y una particular elegancia de contundente flexibilidad.
 Voyageur de Kathleen Edwards: una irresistible invitación para viajar por los hermosos campos del folkpop, guiados por la voz de la originaria de Ottawa que visita sentimientos encontrados con pizcas de rock nutritivo.
 Perfectly Imperfectly de Elle Varner: mostrando una madurez poco frecuente para quien produce su primera obra, esta joven cantante de R&B no es una promesa, sino una versátil realidad.
 Born To Die de Lana Del Rey: la nueva aspirante al trono pop presenta una colección de canciones encendidas, con agudo sentido melódico e incorporando sonidos electrónicos muy a tono con los tiempos que corren.
 Freedom of Speech de Speech Debelle: la británica levanta literalmente la mano para pedir la palabra y tejer sus elaboradas rimas siempre impulsadas por energéticos beats.

INTENSIDADES DIVERSAS
 Valtari de Sigur Rós: los islandeses regresan con un sexto álbum de una intimidad angustiante, colocando otra vez un velo de tristeza alrededor de la música y olvidando que el sol, aunque sea en su tierra, puede asomarse de vez en vez.
 The Seer de Swans: álbum doble, 11 canciones, más de dos horas por atmósferas trepidantes, oscuras e impredecibles; la reiteración como base para la magnificencia que conduce a extrañas épicas de postrock que juega con la electrónica y pasajes acústicos. Inagotable.
 Open Your Heart de The Men: como para abrir el corazón a punta de guitarra, con discretos respiros acústicos que sirven como para volver a la catarata de intensidades sonoras; los hombres de Brooklyn amplían el menú para instalarse en la vertiente veloz del postpunk.
 On the Impossible Past de The Menzingers: los de Pennsylvania acometen en su tercer disco con un punk que sabe voltear a los orígenes y aderezarlo con innovaciones dentro del contexto de acción, justo para darle una posibilidad al pasado.
 Harmonicraft de Torche: navegando entre la fuerza del metal y la armonía del pop, los de Miami crean atmósferas de vigorosa estructura a través de las cuales se despliega poderío y detalle por partes iguales.
 OFF! de OFF!: el reciente proyecto del experimentado Keith Morris, habitual de los terrenos del hardcore, transcurre sin pedir ni dar cuartel, con la fiereza que el caso amerita y que en efecto funciona como una caja tóxica. Para sacar cero en conducta.
 Attack on Memory de Cloud Nothings: el inicio apunta a un dejo de pesadez ralentizada que pronto da rienda suelta a la velocidad como forma de expresar la urgencia, tal como lo hacían los viejos punks que siguen influyendo desde el más acá.
 777: Cosmosophy de Blut Aus Nord: el fin de la trilogía propuesta por estos franceses que se sumergen en el Black Metal con una intención de corte experimental donde cabe la música industrial y el gótico. El cielo anuncia tormenta y nosotros no estamos del todo preparados.
 Oro: Opus Alter de UFOmammut: intensos gritos lejanos rivalizan con maciza base rítmica y entradas guitarreras que apuestan por trastocar sistemas nerviosos; como un viaje en busca de oro interplanetario a través de un cosmos espeso e inhóspito.

ENTRE EL ESTADIO, LA PISTA DE BAILE Y LA SALA DE LA CASA
 Elysium de Pet Shop Boys: el legendario dueto postmoderno del synthpop continúa mostrando el camino después de todos estos años; ironía en tonos melódicos, sabiduría en texturas coloridas.
 Clockwork Angels de Rush: el trío canadiense no se cansa y sigue dándole con todo, como si se de unos jóvenes con mucho por demostrar se tratara, tal como narran en este álbum conceptual, sello de la casa.
 The 2nd Law de Muse: ya no están para fallarle a nadie y con su reciente entrega demuestran que la presión mediática les viene bien; un disco con la necesaria épica para las multitudes pero con los suficientes detalles para detenerse en su escucha, además de corearlo por todo lo alto.
 Battle Born de The Killers: están de regreso descaradamente épicos, como para abarrotar estadios con carisma y lances que, si uno se deja, pueden contagiarnos de ese espíritu animoso, como para contar todo lo que pase en Las Vegas.
 The Temper Trap de The Temper Trap: pop aderezado de épica que combina guitarra y teclados como indican los cánones para levantar de los asientos al respetable y buscar la emoción sincera y la identificación inmediata.
 Brighter de WhoMadeWho: electrónica danesa que vincula el movimiento con la melodía, la letra cuidada con la instrumentación cercana, calentando la posible frialdad de la digitalización extrema.
 In Our Heads de Hot Chip: en su quinto lance, ya se muestran plenos dominadores de las lógicas pop con tintes bailables; para escucharse sentado o de pie, quieto o en movimiento, de fondo o como centro de atención principal; de todas formas, estará en tu cabeza.
 Some Nights de Fun: para confirmar que la juventud es más una consigna que una etapa vital, qué tal un poco de pop efervescente, inevitablemente pegajoso y, en ciertos momentos, reparador.
 Synthetica de Metric: un poco de new wave y pop sintético dirigido a las multitudes que aún conservan cierta elegancia y sofisticación; imaginería melódica y rítmica para movernos métricamente.

AMERICANA, COUNTRY, ROCK Y DEMÁS
 Mr. M de Lambchop: en honor a su colega y amigo Vic Chesnut, el grupo comandado por Kurt Wagner entrega esta obra que lo confirma como uno de los principales en el terreno del country alternativo.
 3 Pears de Dwight Yoakam: tras una prolongada ausencia, uno de los hombres fuertes del country tradicional vuelve en plan grande, incorporando florituras cercanas al pop pero conservando una esencia que parece expandirse más allá del rodeo.
 Break it Yourself de Andrew Bird: el silbador más simpático de la comarca vuelve a perpetrar un disco cargado de momentos evocativos, ya sea para ponerse a mirar el horizonte o para festejar una puesta de sol sin urbanismo que la interrumpa. Rompedor.
 Words and Music By Saint Etienne de Saint Etienne: pop inteligente que no evade la sensibilidad con una firma clara, tal como indica el título de este disco que marca el regreso de la banda tras seis años de silencio.
 Standing at the Sky´s Edge de Richard Hawley: bebiendo del rock en su estado puro, con una guitarra robusta al frente, el de Sheffield le pone corazón y vitalidad a las canciones que integran esta obra de continuidad absoluta.
 Animal Joy de Shearwater: sólida vocal, sección rítmica elusiva con todo y piano insistente y mucha convicción en las piezas; como para levantar el ánimo aún en tiempos difíciles, listo para el regocijo primigenio.
 Local Business de Titus Andronicus: hay mucha algarabía y talento, entre punk clásico, rock sesentero y animosidad como para inundar el mundo de art rock hecho en casa, justo cuando las transnacionales absorben los negocios locales.
 Life Somewhere Else de Isidore: la dupla Steve Kilbey (The Church) y Jeffrey Cain (Remy Zero) lanzan su segunda colaboración en tonos evocativos, como para buscar vida en cualquier punto del espacio.
 Maraqopa de Damien Jurado: el trovador de Seattle sigue haciendo maravillas a partir de revisar el folk desde diversas perspectivas, tal como sucede en este álbum poderoso y colorido que nos lleva por estados de ánimo impredecibles.

ELECTRÓNICA Y UNDERGROUND

 Until The Quiet Comes de Flying Lotus: en el título lleva la advertencia de lo que no sucederá con la escucha de este álbum que transita experimentalmente por géneros varios, cual viajero en el tiempo.
 R.I.P de Actress: Darren Cuningham moldea los sonidos para construir intensas abstracciones de las que uno no puede salvarse, con un fondo rítmico que funciona para mantenerse alerta en las atmósferas a los que uno es llevado sin remedio.
 America de Dan Deacon: acompañado de orquesta y buscando amplitud sonora, muestra crecimiento y espíritu abierto, con las lógicas informáticas al servicio de la búsqueda de experiencias auditivas con tomas tan abiertas como detalladas.
 Quarantine de Laurel Halo: convertida ya en una de las figuras predominantes de la música electrónica, aquí convierte las tonalidades digitales en beats que cobran vida propia, como una marea que no deja de crecer.
 Visions de Grimes: Claire Boucher combina una electrónica de cierta oscuridad con ciertos lances enclavados en un pop inquietante, con vocales que parecen sobrevivir apenas a la jungla rítmica de atractiva variedad.
 Audience of One de Oren Ambarchi: el prolífico australiano parece nunca detenerse en su trayecto avant-garde; acá nos manda un mensaje que parece personalizado, aunque por momentos pudiera invadir una sensación de soledad.
 Angels of Drakness, Demons of Light Vol. 2 de Earth: igual de ponderosa que su antecesor, esta segunda parte nos vuelve a remitir a dualidades extremas que no siempre son distinguibles a primera vista.