Posts Tagged ‘Cine en el cine’

ADENTRO O AFUERA: LEJOS DEL MUNDANAL SILENCIO

28 junio 2016

El espacio vital como referente para construir la visión sobre el mundo con las limitaciones y posibilidades del caso. Fortalezas para salvaguardar la integridad frente a un campo externo corrompido, como si de un castillo de la pureza se tratara (Ripstein, 1973), sin pensar que en los pasillos internos la podredumbre también se puede ir anidando, acaso por la ausencia de viento fresco. El afuera visto como el hábitat del enemigo a vencer y el adentro como el capullo donde todo puede florecer prístinamente.

COLMILLOS: LA FAMILIA COMO REFERENTE ÚNICO

Dirigida y coescrita por el realizador originario de Atenas Yorgos Lanthimos (Los suplantadores, 2009), Colmillos (2009) es una reflexión sobre el aislamiento como una forma de construcción de valores y referentes únicos, donde la realidad se reduce al entorno familiar. Un hombre de mediana edad (Christos Stergioglou) mantiene a sus tres hijos jóvenes en casa, junto con su mujer, mientras sale a trabajar y provee de lo necesario a su clan, incluyendo la satisfacción de la necesidad sexual del joven varón, aquí vista como un requerimiento natural y desapasionado; para tal efecto, lleva a una mujer que trabaja en la empresa como guardia de seguridad, constituyéndose como la única persona del exterior que irrumpe en el planeta familiar.

A través de rutinas diversas transcurre la vida al interior de una casa grande donde caenColmillos aviones de juguete que simulan ser reales; el momento de salir al mundo será cuando a los hijos se les caigan los colmillos, de ahí el título, como muestra de una madurez que nunca llegará, al menos que se fuerce. Con una cámara quieta que retrata esta especie de burbuja en constante peligro de implosión, donde el significado de las palabras se va transformando y la comprensión del mundo, por ende, se manipula según los designios, arrebatos y cosmovisión paternos, nos volvemos testigos de los efectos que se generan cuando la libertad queda reducida a los radicalismos de alguien que se considera moralmente superior.

THE WOLFPACK: EL CINE COMO VENTANA

La realizadora Crytsal Moselle debuta como directora con el documental Wolfpack: Lobos de Manhattan (EU, 2015), que nos introduce a un universo entre mágico y bizarro creado por la familia Angulo que vive enclaustrada en su departamento del este del barrio neoyorquino, cual cápsula aparentemente purificadora. La madre educó al interior de la casa por lo cual recibía una compensación económica que les permitía subsistir sin buscar el sustento fuera de las cuatro paredes.

Los siete hijos –seis varones y una mujer- desarrollaron una comprensión del mundo, sobre todo, a través del cine, como si fuera mejor que la vida: reproducen secuencias, dramatizan momentos diversos, elaboran disfraces y han pasado buena parte de su vida viendo películas. Rara vez salen a la ciudad, más o menos una vez al año y solo los hombres, y no obstante mantienen un sorprendente nivel de cordialidad hasta donde se alcanza a ver.

Pero el interés y la curiosidad por conocer el mundo, ya no a través de una pantalla, se mantienen presentes y la escapatoria de uno de los jóvenes de la manada, modificará el forzado equilibrio impuesto hasta ahora por un padre peruano ex guía de turistas en Machu Pichu con ideas relacionadas con el krishnaismo y su esposa, una mujer entre sumisa y cómplice que lo conoció en un viaje cuando se ostentaba como hippie. Los cuestionamientos no se permiten y la cámara parece convertirse en una válvula de escape para los miembros de este particular conglomerado familiar increíblemente real.

LA CREENCIA COMO PRISIÓN

Basado en el libro de Lawrence Wright y dirigido por el especialista Alex Gibney (Enron, 2005; Freakonomics, 2010; La mentira de Armstrong, 2013), Going Clear: Scientology and the Prison of Belief (EU, 2015) es un texto que cuestiona las formas y propósitos de la iglesia en cuestión, a través de duros testimonios de ex miembros de dicha organización, algunos de ellos muy conocidos (el director Paul Haggis) y otros que en algún momento alcanzaron puestos de muy alto nivel. En simultáneo, se propone un recorrido histórico aderezado con imágenes de archivo que soportan visualmente el discurso crítico hacia el objeto de análisis: la institución que controla al individuo sin que éste logre ser consciente.

La manipulación y coacción, revisadas también en Jesus Camp (Ewing y Grady, 2006), los intereses económicos detrás de los rituales, la invasión de la vida privada y familiar y las amenazas hacia los desertores, van siendo temáticas que las cabezas parlantes van comentando, además de una acuciosa investigación tanto de campo como documental que permite contar con una perspectiva, que no habría de considerarse como única, acerca de esta cuestionada organización en la que participan Tom Cruise y John Travolta como personajes visibles.

Las coincidencias con la gran película The Master (Anderson, 2012), interpretada por Philip Seymour Hoffman y Joaquin Phoenix, son evidentes tanto en las actitudes del líder fundador de la organización religiosa como en las del heredero al trono: el escritor cienciaficcional Ron Hubbard y David Miscavige, respectivamente. Una película que permite reflexionar sobre el papel de las creencias en la configuración de las sociedades humanas y cómo la posibilidad de discutir las ideas y dialogar con el otro, sin pretender imponer verdades absolutistas, sigue siendo la esperanza para nuestra especie.

 

EL CINE COMO INDUSTRIA

11 febrero 2013

Entre muchas otras dimensiones, el cine se ha constituido como un negocio en el que participan diversos agentes, desde los grandes estudios hasta los espectadores, pasando por los productores, realizadores, actores, guionistas, administrativos, fotógrafos, consultores y exhibidores, entre otros; de ahí que las películas que vemos en la sala, que llegan por medio del video, se van directo a los canales de televisión o se distribuyen por otros medios, son producto de una serie de decisiones en las que participa más gente de la que suponemos, a veces para bien y otras no tanto. Claro que en los tiempos que corren, la diversificación en los canales de distribución se ha ampliado y las formas de producción ya no son únicas: se puede hacer una película con una computadora en la sala de la casa.
Gracias a la comercialización podemos disfrutar de una gran diversidad de películas, aunque en ocasiones, justamente por usar solo criterios de rentabilidad, nos perdemos de otras que bien valen la pena, aunque no sean masivamente vendibles. Que una película sea comercial no tiene nada de malo ni de bueno en sí mismo; sin embargo, que se piense primero en ver cómo se puede vender mejor y en función de ello realizarla, puede convertirla en un mero producto de fórmula así como limitar su alcance artístico o de entretenimiento, que por otra parte no necesariamente son atributos excluyentes: una obra maestra puede ser taquillera a más no poder, al igual que un filme chatarrero, y un bodrio pretensioso puede funcionar solo como engañabobos o apantallatontos.
Películas que miran desde diferentes perspectivas, en términos de metacine, algunos de estos procesos.

HITCHCOCK PARA PRINCIPIANTES
Dirigida por Sacha Gervasi en tono ligero y sin profundizar en los procesos de creación ni en la intrincada personalidad de su personaje central, Hitchcok, el maestro del suspenso (EU, 12) es una revisión casi didáctica de cómo se realizó la seminal obra Psicosis (60) y en qué medida influyó la figura de Alma Reville, esposa del genial director, tomándose algunas licencias históricas pero al fin poniendo sobre la mesa cómo se las gastan los estudios, productores y censores al momento de intervenir en la realización de un film.
Con las interpretaciones de Anthony Hopkins y Helen Mirren, quienes parecen disfrutar de sus papeles más que tomárselos demasiado en serio, la película puede funcionar como un primer acercamiento a la figura del director, a los usos y costumbres en materia de producción fílmica durante los últimos años de la década de los cincuenta y en la forma en la que Hitchcock, un gran mirón que se sabía la estrella del escenario, se relacionaba con actrices y actores, productores, censores y, desde luego, con su esposa y quienes la usaban para acercarse a su redonda figura.
Queda clara la gran capacidad de riesgo y de no quedarse en la zona cómoda de las películas y géneros prefabricados, así como el ojo clínico para identificar qué secuencia habría de mantenerse a toda costa, aunque se sacrificara todo lo demás: ahí está la toma de Hitchcock husmeando hacia el interior de la sala, soltando cuchillazos al aire y disfrutando de la reacción del público, tal como la había muchas veces imaginado.

ENTRE ÍNFULAS
Dirigida por Barry Levinson, cuyas películas más recientes se han ido directamente al circuito de video, Los realizadores (What Just Happened, EU, 08) sigue las vicisitudes de un productor en Hollywood a lo largo de algunos días, luchando para sacar a flote su película y llevarla al festival de Cannes, entre la inflexible postura del estudio, las infantiles excentricidades de los actores y las poses del director, todos al parecer empeñados en que el asunto no salga adelante. Además de lidiar con sus problemas familiares, el protagonista convive con sus propias ínfulas.
Sin llegar al nivel de El ejecutivo (Altman, 92), el filme da una muestra de cómo funcionan las relaciones en algunos de los grandes estudios hollywoodenses y de cómo, al final, los poderosos nunca pierden, por más que tiendan a victimizarse. Con reparto multiestelar que denota conocimiento sobre el tema por quizá haber vivido estas situaciones alguna vez, el filme no alcanza a ser todo lo afilado que quisiera pero termina siendo un retrato más o menos certero de la industria y sus entresijos.

For Your ConsiderationLA IMPORTANCIA DE LLAMARSE OSCAR
Dirigida por Christopher Guest en tono independiente, Yo quiero ganar un Oscar (For Your Consideration, EU, 06) retrata la manera en la que los rumores, ahora soltados por Internet, pueden crear oleadas de opinión para favorecer a una película y de alguna forma moldear la percepción que se tiene sobre ella. Acá vemos cómo una cinta discreta de pronto sale a la luz porque se supone que sus dos actrices y el actor de medio pelo, pueden recibir una nominación al Oscar, lo que transformaría radicalmente sus formas de distribución y de recibimiento.

EL ARTISTA: SONIDO Y SILENCIO

1 marzo 2012

La transformación tecnológica más importante que ha experimentado el cinematógrafo fue la inserción del sonido, incluso por encima de la llegada del color, del cinemascope, de la digitalización y de la ahora renacida tercera dimensión, cuyas posibilidades fueron bien aprovechadas por James Cameron y Martin Scorsese. Pero como las alternativas para desarrollar una película no se van excluyendo, sino más bien sumando, y la historia no es lineal, siempre queda el campo abierto para que en la segunda década del siglo XXI se produzca un film con las lógicas de hace noventa años.
Cierto es que la aparición del sonido supuso, como ninguna otra innovación, una mirada estética alternativa pero sobre todo un fuerte impulso de carácter comercial: el cine como industria y la noción de clasicismo se consolidaron durante la década de los treinta del siglo XX y los estudios hollywoodenses empezaron a constituirse como emporios de largo alcance; aunque fue a partir de los cuarenta, sobre todo, que el lenguaje fílmico como tal dio un salto cuántico: “la fotografía plana es sustituida por la profundidad de campo, el montaje rápido y las figuras repartidas por el plano desaparecen a favor de los encuadres más compuestos y los grupos de personajes situados a diferentes distancias de la cámara. En los años treinta lo más habitual es que los personajes se recorten sobre fondos difusos o indefinidos. En los cuarenta empezamos a ver espacios: perspectivas.” (Losilla, Carlos. La invención de Hollywood. Ed. Paidós, 2003, p.13).
También la llegada del sonido, a partir de la exhibición de The Jazz Singer (Alan Crosland, 1927), provocó que algunos artistas se quedaran en el museo del cine mudo, unos lograran dar el salto y que otros aparecieran para configurar lo que se conoció como el star system, alrededor del cual rondaba un fuerte potencial económico y un cambio social en la forma de entender la cultura de la fama y el estrellato. No obstante, las obras maestras del cine mudo y sus creadores aún permanecen con la vigencia y trascendencia intactas: Murnau, Lang, Griffith, Melies, Wienes, Clair, Epstein, Dulac, Sjöström, Chaplin, Keaton, Lloyd, Vertov, Eisenstein y Pabst, por mencionar algunos apellidos, siguen siendo referencia obligada para cinéfilos y nuevos creadores.
Es así como El artista (Francia-Bélgica, 2011), se inscribe en el ámbito del metacine o del cine visto por el cine y en el de las cintas que prescinden de diálogos hablados como Tuvalu (Helmer, 1999). A través de la historia de una actor (Jean Dujardin, gesticulante) que ve cómo su trayectoria entra en decadencia con la llegada del sonido, inversamente proporcional a la de su compañera (Bérénice Bejo, mostrando habilidades para la mímica y la comedia física), el director aparecido como de la nada Michel Hazanavicius, realizador de cintas de espías y ahora con flamante Oscar en la repisa de su casa, propone una mirada entre nostálgica, cómica y melodramática de aquellos años en los que el cine cambió para siempre.
Sin embargo y a pesar de que el filme es mudo –no silente por la presencia continua de la música indicativa y algunos sonidos ocasionales como en la pesadilla donde el protagónico se queda sin voz- parece rendírsele homenaje también a grandes nombres que fortalecieron su carrera a partir de los cuarenta, como Wilder, Hitchcock (partitura prestada) y Welles (la secuencia del desayuno con Penelope Ann Miller, la esposa distanciada) y hasta a directores posteriores como Brooks y su cinta La última locura de Mel Brooks (Silent Movie, 1976).
El artista en depresión total ya sin esposa, con objetos en subasta, haciendo películas soporíferas y sin el respaldo del estudio dirigido con criterios más mercadológicos que artísticos por un dubitativo ejecutivo (John Goodman), será apoyado hasta las últimas instancias por su fiel perro, el chofer que se resiste a dejarlo a pesar de la falta de pago (John Cronwell) y, desde luego, su silenciosa enamorada con lunar impuesto, ahora vuelta diva de la pantalla gracias a su capacidad para sortear el cambio del silencio al sonido.
El blanco y negro, la inserción de letreros, el vestuario exacto y la fluida edición aún usando la mirilla para embonar las secuencias, consiguen que nos traslademos a la época propuesta en términos cronológicos y afectivos: en los encuadres se combinan las distancias –el de las escaleras, los close-ups- y las formas de la composición, en las que los elementos presentes interactúan en diferentes planos según la necesidad comunicativa de la toma.
El baile como alternativa se va anunciando paulatinamente, como presagiando la entrada del musical y, en particular, el fuerte impacto que tuvo Fred Astaire y Ginger Rogers, al grado que hasta Fellini los recordó en su Ginger & Fred (1986). Claro, mientras se le pueda dar al público lo que pida, o convencerlo de que le gusten los productos ofrecidos, puede resucitar una estrella que aunque los jóvenes no conocen, podrán aplaudirle gracias a su innegable talento histriónico.

LOS PLACERES DEL CINÉFILO: SCORSESE INVITA AL MUNDO DE LOS SUEÑOS

6 febrero 2012

Además de ser uno de los más grandes directores de la historia del cine, Martin Scorsese es un cinéfilo empedernido, un sólido puente entre el cine europeo y estadounidense, y un gran rescatador no solo de la cultura fílmica, sino también de la música popular, como se manifiesta en la serie discográfica sobre los imperdibles del Blues y el episodio Feel Like Going Home: The Blues from Africa to the New World (03), así como en sus documentales sobre The Band (El último vals, 78); Bob Dylan (No Direction Home, 05); The Rolling Stones (Shine a Light, 08) y George Harrison (Living in the Material World, 11).
Y su pasión por el cine ha quedado plasmada en A Personal Journey with Martin Scorsese Through American Movies (95), filme en el que además de plantear puntos de vista sobre estética cinematográfica, quedan claras influencias y admiraciones; en Il mio viaggio in Italia (99), recorrido absorbente por la historia del cine italiano, con énfasis en el neorrealismo y la aparición disruptiva de Antonioni, y en el corto/anuncio La clave reserva (07), en donde aprovecha la realización de un comercial de Freixenet para rendirle un homenaje a Hitchcock.
A raíz de que fue invitado como redactor del número 500 de la mítica revista Cahiers du Cinéma en 1996, se publicó el volumen Mis placeres de cinéfilo (Paidós, 2000), en el que este habitante de Little Italy recorre una buena parte de su intensa relación con el mundo del séptimo arte: se trata de una obra clave para comprender el contexto y la manera en la que se desarrolla una trayectoria artística mayor: dedicación, talento, visión propia, intensidad reconstructiva y enorme conocimiento del medio en el que se desenvuelve, en este caso, el cine y por extensión, la cultura popular.
De ahí que su reciente película, La invención de Hugo Cabret (Hugo, EU, 11), es una sensible expresión de un largo y emotivo vínculo entre Scorsese y el poder mágico del cine, cual vehículo para viajar al mundo de los sueños tal como lo promulgaba Georges Méliès, a quien se le rinde sentido homenaje en el film y que, ni más ni menos, descubrió que el cinematógrafo no solo servía para registrar, sino sobre todo, para narrar: el cine espectáculo tiene su origen en este visionario francés que, junto con parte de su obra, fue rescatado del olvido gracias a un periodista que lo encontró atendiendo una juguetería en la estación de Montparnasse en 1928, una vez que los monopolios y la I Guerra Mundial lo habían obligado a deshacerse de sus películas y sus fantásticas escenografías.
Siguiendo las artes de prestidigitador del director de La conquista del Polo (1912), a quien ya su tocayo Georges Franju había homenajeado en El gran Méliès (53), Scorsese aprovecha de manera brillante la 3D para darle elusividad y profundidad visual a la aventura de un niño huérfano (Asa Butterfield) que vive en las entrañas de la estación de trenes supliendo a su fallecido tío (Ray Winstone), intentando reactivar a un autómata probable portavoz de un mensaje de su padre fallecido (Jude Law), para lo cual contará con la ayuda de Isabel (Chloë Grace Moretz), cuyo malhumorado abuelo atiende, justamente, la juguetería de la estación (Ben Kingsley, conmovido). De hecho, su nieta escribió una biografía en 1973 titulada Méliès l’enchaunter, de alguna manera sugerida en el film.
La adaptación del hermosamente ilustrado libro de Brian Selznick por parte del guionista John Logan (Gladiador, 00; El aviador, 04; Rango, 11), consigue capturar la esencia del relato eliminando algún personaje -el amigo de Isabel, por ejemplo- y sirve de firme sustento para una puesta en escena de fantasía en la que la iluminadora cámara de Robert Richardson, cumpliendo 30 años como cinefotógrafo, se desplaza por los intramuros de la estación, siempre husmeados por el agente de seguridad (Sacha Baron Cohen, de risa contenida) con su perro-espejo y habitados por la pareja otoñal, la florista (Emily Mortimer), el bibliotecario (Christopher Lee, enorme) y el grupo de Django Reinhardt (Emil Lager), o bien se asoma de manera panorámica a París y se entromete al departamento del abuelo para encontrarse con su esposa o para capturar la exhibición de la mítica Viaje a la luna (1903), gracias al escritor fan (Michael Stuhlbarg, el hombre serio de los hermanos Coen), cual el propio Scorsese de finales de los 20´s y principios de los 30´s, efusivamente recreados con todo y la presencia de Joyce y Dalí.
La edición funciona como relojito para articular las secuencias de acción y angustia onírica, musicalizadas exhaustivamente por Howard Shore, con momentos de nostalgia pura, en los que el homenaje alcanza a varios de los pioneros del cine como Griffith, Porter, Wiene, Harold Lloyd, Chaplin, Buster Keaton y Douglas Fairbanks, entre otros. Cambiando de registro, Martin Scorsese ha realizado una familiar obra maestra para cinéfilos con llave de corazón, como el suyo o el de Méliès, con la imaginación suficiente para soñar frente a la pantalla.

UNA GUERRA DE PELÍCULA O CÓMO REÍRSE DE SÍ MISMO

27 septiembre 2008

La autocrítica siempre será bienvenida, sobre todo cuando se confecciona con humor y no tanto como un “me tiro para que me levanten”. La capacidad para no tomarse demasiado en serio y reírse de sí mismo, denota inteligencia, como aquella máxima de Groucho en la que afirmaba de manera categórica que él jamás pertenecería a un club donde lo aceptaran como socio; o cuando Kevin Spacey, en Belleza americana (Mendes, 00), le decía a su interlocutor que no se preocupara por no recordarlo, porque de cualquier manera él no se acordaría tampoco de sí mismo.
Algo así consigue Una guerra de película (Tropic Thunder, EU, 08), dirigida e interpretada por Ben Stiller (La dura realidad, 94; Dr. Cable: El desastre llama, 96; Zoolander, 01), en la que a partir de una serie de estereotipos y viñetas le da una buena repasada al mainstream hollywoodense y a varios de sus clichés, tics y perversiones, en un tono que contrasta con otras propuestas críticas como la magnífica El ejecutivo (Altman, 92) o las insondables propuestas recientes de David Lynch.
Feria de personajes: el desquiciado responsable de los efectos especiales (Danny McBride); el director teatral inglés que no sabe en la que se metió y que de todas formas es prescindible (Steve Coogan); el productor gandalla que sólo se comunica con insultos (Tom Cruise en muy buena forma, como en Magnolia) y su asistonto reducido a mico (Bill Hader); el falso héroe de guerra (Nick Nolte); el insulso representante actoral en crisis de conciencia (Matthew McConaughey) y toda la banda asiática de narcotraficantes dirigida por un niño (Brandon Soo Hoo), faltaba más, admirador improbable del propio Stiller.
Desde luego, los insufribles actores: el héroe de acción caído que ha tratado de ampliar su rango haciendo el ridículo (Ben Rambo Stiller); el que cree que puede con cualquier papel gracias a su talento, dando consejos y nunca dejando de actuar (Robert Downey Jr. de australiano a negro); el que llama más la atención por sus problemas personales y sus flatulencias que por su trabajo (Jack Black); el que está que si sale del clóset o no (Brandon T. Jackson como Alpa Chino) y el que aspira a convertirse en gigoló por el simple hecho de volverse actor (Jay Baruchel).
Las referencias a un par de grandes películas sobre la guerra de Vietnam –Apocalipsis ahora, Pelotón- muestra cómo algunos estudios sólo refritean ideas y las hacen pasar como propias, desarrollándolas de manera descontextualizada. El proceso de producción, como cabía esperar, depende de dos hilos: el carácter del bailarín productor y la rentabilidad económica del producto, ya ni siquiera concebida como obra fílmica.
No podían faltar las referencias a la entrega del Oscar y a las transformaciones de los intérpretes que creen descubrir el sentido de sus vidas. Además del irónico y humorístico trazo de los personajes con todo y las ingeniosas líneas de diálogo, la producción de la película sobre una película que nunca terminó siendo una película, acaba resultando eficaz, con los volátiles desplazamientos de cámara y una fluida edición que sigue los diferentes frentes abiertos en el desarrollo de la historia.
A diferencia de las rutinarias películas paródicas que se sustentan en burdas recreaciones sobre otros filmes, aquí estamos frente a una propuesta que lanza sus envenenados dardos hacia los sistemas de producción y comercialización que privan en varios de los estudios de Hollywood. Quizá ya lo sabíamos, pero he aquí la oportunidad de verlo en vivo y a todo color, siguiendo los mismos esquemas que se critican.

PAUL NEWMAN (1925-2008)
Lo vimos por última vez en Camino a la perdición (02) y lo escuchamos en Cars (06). De la mano de Scorsese se llevó el Oscar por su actuación en El color del dinero (87) y nos regaló una memorable interpretación en El veredicto (Lumet, 82). Se consagró con Butch Cassidy and the Sundance Kid (69) y El golpe (73), junto a Robert Redford. Alumno aventajado del Actor’s Studio, debutó en las tablas de Broadway en los cincuenta y de ahí cimentó una prolífica y contundente carrera cinematográfica.
Casado con Joanne Woodward durante 50 años –periodo inusual en la feria de vanidades holywoodense- mostró compromiso político en todo momento: su línea de productos alimenticios sirvió para causas humanitarias, en consonancia con su sólida conciencia social. La profunda mirada azul quedará plasmada no sólo en la pantalla, sino en la búsqueda de convertir este mundo en un mejor lugar para todos. Un gran actor. Un mejor hombre.

Nos leemos después.
Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx

FÁBRICA DE SUEÑOS O PRODUCTORA DE PESADILLAS

28 agosto 2008

La fama, como buen animal traicionero, puede revertirse en cualquier momento, sobre todo cuando se busca como fin en sí mismo. La obsesión de convertirse en alguien conocido más allá del vecindario, sea como sea, provoca que se inicie un recorrido sobre una cuerda floja y veleidosa, siempre a expensas de los poderes mediáticos y de las conveniencias monetarias de quienes, usualmente desde el anonimato, la balancean según indiquen los vientos mercantilistas. Cuando el o la candidata a famosa ya no reditúa, simplemente la cuerda se quita para recibir a la próxima y efímera superestrella.

Interesantes análisis sobre la fama, la influencia de los medios masivos de comunicación, las camarillas alrededor del arte y la propia condición humana, se pueden desprender de Fábrica de sueños (Factory Girl, EU, 07), biopic puntualmente contextualizado acerca de los años neoyorquinos de la pobre niña rica aspirante a artista Edie Sedgwick, interpretada con brío y plena convicción por Sienna Miller, en los que se involucró con un abusivo-pasivo Andy Warhol (Guy Pearce) y su Factoría por una parte y, por la otra, con un famoso cantante innombrable –no se permitió que se usara el nombre de Bob Dylan- (Hayden Christensen) de pedantería inaguantable.

Dirigida por el documentalista y fotógrafo George Hickenlooper (El hombre de los placeres, 01), la cinta inicia con el recorrido frenético de una mujer extraviada para regresar con ella justo al momento de abandonar a su compañero (Shawn Hatosy) y a su escuelita de arte para irse, junto a su arribista amigo Chuck (Jimmy Fallon), al ambiente convulso de la Gran manzana a mediados de los sesenta, en donde la guerra de Vietnam sólo pasa en un canal de televisión que no hay porqué ver, teniendo la opción de Mi bella genio.

Pronto ensalzada por Warhol como fetiche actriz fílmica (Pobre niña rica, Vinilo y Caballo), por el mundo de la moda y por el cantante famoso, Edie se introduce en un laberinto de drogas y fama en el que su propia fragilidad y su dramático pasado familiar le estallan en la cara –recordado por las preguntas frente a cámara de su supuesto amigo-, destrozando los sueños de grandeza que sólo sobrevivían en el imaginario de su inadvertida inocencia, incapaz de percatarse de los riesgos implícitos que acechan en un ambiente tan selvático como el artístico.

Al igual que la caótica vida que se representa, el guión parece ir navegando sin un rumbo determinado, mientras que la apuesta visual combina texturas y formatos en función de la secuencia presentada, imprimiéndole un aliento documentalista y buscando introducirse con verosimilitud en la psique del personaje central, quien va narrándole con cierta tranquilidad diversos sucesos a una terapeuta: esta estructura de collage, si bien disminuye la intensidad del relato, permite contar con un panorama amplio de la vida de la malograda socialité, al final rechazada por todos, ella incluida.

Si bien se obvian personajes y se suponen algunos hechos no del todo comprobados, la recreación de la época y la iconografía de ambientes y personas, consiguen trasladarnos a aquellos años de efervescencia artística que nos dejó, en el ámbito del rock, a Velvet Underground con todo y la gélida Nico, sustituta de la Sedgwick en las preferencias del ambiguo patriarca del popart, además de su madre, claro.

El fenómeno de la fama devoradora lo vemos hoy más que nunca en casos sobremediatizados como el de Britney Spears o Amy Winehouse, o en los concursos orientados a crear ídolos desechables que sólo sirvan para engordar carteras y entretener a públicos babeantes, sedientos de desagracias ajenas y descensos en caída libre, mientras aparece el nuevo numerito de moda.

Nos leemos después.

Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx