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SÚPER TAZÓN LI: FICCIÓN PREDECIBLE, REALIDAD INESPERADA

8 febrero 2017

Si hubiera sido una película, respondería a la fórmula triunfalista y motivacional que tantas veces hemos visto en el cine deportivo, en donde se revierte una gran cantidad de obstáculos con base en el sacrificio, la confianza en sí mismos y hasta una fuerza más allá de la comprensión. Un equipo castigado y su jugador estrella suspendido varios partidos al inicio de la temporada de manera injusta (según ellos), logra vencer dificultades y califica a la postemporada con la mejor marca de la conferencia americana, gracias a una labor de conjunto con experimentada dirección.

Tras ganar sus dos compromisos siguientes sin muchas dificultades, llega al Súper Tazón para enfrentarse a una temible ofensiva de cascos negros que viene arrasando a cuanto rival se ponga enfrente. La primera mitad es una pesadilla para los héroes del filme: pérdidas de balón, pases mal lanzados o soltados de las manos, carreras predecibles y una línea ofensiva que ni abre huecos ni le da el tiempo suficiente a su mariscal de campo. En tanto, los de enfrente celebran todo (antes de tiempo, empezando por su dueño), obtienen una ventaja considerable de 18 puntos y se van al descanso muy confiados, quizá demasiado por su inexperiencia en este tipo de partidos.

El guion del filme nos mostraría qué sucedió en los vestidores mientras alguna estrella musical hacía su show, canción de protesta incluida muy en consonancia con los trumpianos tiempos que corren (This Land is Your Land), sobrevolando en botas altas y traje espacial por los confines del estadio, promoviendo la diversidad sexual y confesando un mal romance con cara de póker. Imaginemos al hosco Belichick, sensible en el fondo, soltando un fuerte discurso entre llamada de atención e iluminadora esperanza, recordando lo grandes que son y cómo han superado pruebas de todo tipo, mientras que los rivales toman una postura sobrada, ya sintiendo el poder del famoso anillo en sus dedos.

Para la segunda parte, el escenario se plantea ideal para la gesta épica: todas las estadísticas en contra y la posibilidad de remontar la mayor ventaja en la historia del juego por el título de la NFL; incluso al terminar el tercer cuarto la distancia se amplió a 19 puntos, o sea, dos touchdowns con sendas conversiones de dos puntos y un gol de campo. Cumpliendo su papel de víctimas propiciatorias según señalaba el guion, los Halcones desaparecieron del partido para dar paso al dramático regreso de los protagonistas del filme: por supuesto que lograron los puntos necesarios para mandar el partido a tiempo extra por primera vez en la historia y, desde luego, finiquitar la gesta a las primeras de cambio.

Como epílogo, el villano favorito del equipo campeón (el comisionado Goodell) entrega el trofeo Vince Lombardi en medio de una buena rechifla y después le otorga el premio del jugador más valioso a Tom Brady, el hombre castigado por el asunto de los balones desinflados. Y como cabría esperar, la estrella del equipo cede el automóvil de premio a su compañero James White, tal como lo hizo dos atrás con Malcolm Butler, quien realizó la intercepción clave para ganarle a los otros Halcones, los marinos. Pero lo curioso del asunto, es que todo lo aquí descrito sucedió en la realidad, como si ésta hubiera copiado a las múltiples ficciones de empalagosa sensiblería.

LA EMOCIÓN QUE HACÍA FALTA

La postemporada había resultado demasiado predecible, condición mortal para mantener el interés en cualquier deporte. Salvo el partido entre Green Bay y Dallas, el resto se decidió muy pronto y con escasa emoción: ya sabemos que la clave para que cualquier deporte se sostenga es la posibilidad constante de una sorpresa y el equilibrio de fuerzas. Además, la NFL no se la ha visto fácil con la reducción del raiting y con el tema retomado en el filme La verdad oculta (Concussion, Landesman, 2015), sobre todo por el temor de los padres de familia ante la opción de que sus hijos jueguen fútbol americano.

En el volado inicial, los de Georgia eligieron patear en lugar de meter desde el principio a su poderoso ataque, suponiendo que sería mejor recibir la bola al inicio de la segunda parte; como sea y contra lo esperado, los puntos no llegaron en todo el primer cuarto. Pero en el segundo y comandados por Matt Ryan, el jugador más valioso de la temporada, los Halcones anotaron 21 puntos, 14 de los cuales se derivaron de errores de los Patriotas, hasta ese momento completamente desconocidos: ellos parecían los inexperimentados con un plan de juego predecible y varios errores en la ejecución. No obstante, antes del descanso lograron 3 puntos que significaron la ruptura mental de estar atrapados en la inoperancia.

Las primeras ofensivas de ambos equipos al regreso tampoco funcionaron y fueron los de rojo quienes volvieron a anotar, poniendo el marcador en un inalcanzable margen de 25 puntos, reducido por una anotación de seis que ahí se quedó por la falla del extra. Y aquí empezó a jugar la inverosimilitud: una mala patada corta de los de Foxboro, cuya posición de campo fue desperdiciada por los habitantes del Georgia Dome, ya en proceso de mudanza; una oportunidad clara para marcar un gol de campo que haría la diferencia definitiva, echada por la borda y un inexplicable derrotismo a la defensiva que se volvió incapaz de detener a los rivales en cinco series consecutivas, mientras su ofensiva no consumía nada de tiempo.

En contraparte, los Patriotas despertaron una eficacia que había estado dormida durante casi todo el juego: la línea empezó a dar más tiempo al mariscal, quien afinó la puntería y leyó mejor las opciones; los receptores hicieron malabares para quedarse con los balones y hasta en las conversiones de dos puntos se percibía una confianza absoluta: llegó un momento, cuando todavía estaban lejos del empate, que la sensación generalizada es que iban a alcanzar a los alicaídos Halcones, que parecían anestesiados como en un plan de auto saboteo ante el síndrome del objetivo alcanzado. Se les olvidó que los partidos son de cuatro periodos y no de tres.

Eso sí, más allá de filias y fobias, habrá que reconocer que cuando el conjunto representativo de Nueva Inglaterra juega el Súper Tazón, casi siempre resulta un juego lleno de emociones al límite que se decide al filo del reloj. Y claro que también se agradecen los efusivos comentarios de Martellus Bennett, ala cerrada de los Patriotas y quien declaró que no irá a la Casa Blanca a la celebración con Trump: “¡Derriben ese muro! ¡Te amo México!”

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