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LA PIEL QUE HABITO: IDENTIDADES RECICLADAS

30 enero 2012

El cine de Almodóvar se ha decantado por dos grandes tendencias: una que apunta hacia el desenfado y desparpajo, con personajes al límite de una saludable caricatura y con tramas humorísticamente enrarecidas (Mujeres al borde de un ataque de nervios, 88); y la otra, que ha aparecido con más fuerza en los últimos años, en la que se abordan tramas truculentas con alto grado de retorcimiento, en donde el melodrama shock y hasta las dosis de thriller pasional (La mala educación, 04; Los abrazos rotos, 09) han suplantado al espíritu del fenómeno conocido como la Movida ochentera (Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, 80) surgido cuando España se libró de la dictadura.
Me parece que las mejores películas del manchego son las que han logrado combinar ambas tendencias (Todo sobre mi madre, 99; Hable con ella, 02), donde igual cabe la irreverencia y la emotividad afectiva, la comedia chispeante y la tensión dramática. Se aprecia que un director consolidado y que bien pudiera seguir filmando la misma película todo el tiempo, busque incorporar elementos estilísticos inéditos y salirse del escenario de la comodidad autorreferencial. Claro que en el intento puede haber, paradójicamente, pérdida de identidad y de focalización o bien demasiado peso del trabajo de otros autores.
Con múltiples influencias y referencias, notablemente identificada Los ojos sin cara (60), clásico de horror de Georges Franju; dedicada a la escultora Louise Bourgeois y basada en la novela Tarántula de Thierry Jonquet, La piel que habito (España, 11) es una cinta de locura, venganza, desesperación y amor maldito, que remite a relatos clásicos del vínculo que se establece entre creador-criatura pero también a las historias telenoveleras de confesiones inesperadas en cuanto a parentescos o de forzadas relaciones que se plantean como poco creíbles y, por ende, nada interesantes (la esposa y el medio hermano, por ejemplo).
Aparecen elementos recurrentes como la identidad sexual y sus diversas posibilidades (La ley del deseo, 87; Tacones lejanos, 91), las confesiones de última hora sobre parentescos, personajes que parecen reencarnar en otros (Volver, 06) y pasados que estallan en la cara cuando menos te lo esperas. Otras temáticas como la bioética, la reconstrucción familiar y la creación de vínculos afectivos, quedan de lado para centrarse en la siguiente secuencia que podrá deparar un nuevo giro o una confirmación de nuestras sospechas: lo cierto es que uno como espectador se parece más al científico loco, viendo desde afuera una historia que intentaba invitarnos a verla desde el interior de sus personajes.
Con un continuo aroma a Hitchcock, la trama se desplaza en forma elíptica, rompiendo la linealidad temporal, como marca la moda narrativa, puntualmente indicada con letreros y armando un rompecabezas que por momentos parece excederse en piezas o bien en las formas que van tomando los acontecimientos: de pronto parece que rizar el rizo lejos de aumentar la intriga, la anestesia en detrimento de la fuerza de los personajes, particularmente de aquellos cuya inserción se percibe forzada, como la del medio hermano delincuente o la del colega y su inexplicable amenaza.
El regreso de Antonio Banderas al universo almodovariano resulta discreto como el cirujano plástico al borde del desquiciamiento, aunque las interpretaciones de Elena Anaya y, sobre todo, Marisa Paredes, consiguen darle al filme los mejores momentos, no obstante las críticas que han recibido: la primera en su reclusión con las diversas facetas de odio-amor, resguardándose en el yoga, la escultura en tela y Alice Munro, y la segunda con los gestos propios de quien guarda secretos añejos y que ha aprendido a vivir con ellos.
La música de Alberto Iglesias, con las canciones de rigor ahora cortesía de Buika, enfatiza los estados y los eventos que van descomponiendo la cordura de los personajes a través de un incisivo uso de cuerdas que recuerdan a las películas de terror de los sesenta, mientras que la puesta en escena apunta hacia un preciosismo que en efecto roba cámara, con una cuidada distribución de objetos –en particular dentro de la habitación del personaje transgénero- y la ya característica plasticidad del director, quien gusta de aprovechar una edición que vincule la temporalidad de manera más sutil que el propio relato.
El uso de una cámara al ras se contrasta con los contrapicados para cerrar alguna escena o bien iniciarlo, como dejar en clara la situación inicial o bien la conclusión de una serie de situaciones que toman caminos cada vez más enredosos. El enfático empleo del rojo, en contraposición al blanco y al color Carne trémula (97), se explica a partir de una intencionalidad estilística que no encuentra total eco en la propuesta argumental, aunque convierte el planteamiento visual en una creativa sucesión de imágenes que quizá hubiera quedado mejor en una galería como pieza de videoarte.
La piel solo termina siendo el recubrimiento, aunque sea lo más visible.

COMPLICIDADES, ABUSOS Y SECRETOS

22 enero 2012

Un trío de mujeres buscando justicia, indagando tiempos pasados y tratando de ponerse en paz con su presente. Filmes que se sumergen en los sótanos de los sistemas de seguridad y justicia: policías secretas, experimentos genéticos, complicidades aterradoras y procesos de deshumanización explotando en los pasillos subterráneos del abuso tolerado. En clave de thriller y en alguna de ellas retomando un caso real, las cintas presentan impecable producción quizá en ligero detrimento del desarrollo de personajes. Veamos.

AL FILO DE LA MENTIRA

Escrita por Matthew Vaughn (Kick-ass, 10; X-Men: Primera generación, 11) y dirigida con energía por John Madden (Mrs.Brown, 97; Shakespeare enamorado, 98; La prueba, 05; Tiro mortal, 08), con base en el filme israelí Ha-hov (Bernstein, 07), Al filo de la mentira (The Debt, 10) sigue a tres agentes del Mossad en dos tiempos: cuando tenían que capturar a un siniestro médico nazi en los sesenta y treinta años después, en los momentos en que aquellos sucesos regresaron cual resistentes fantasmas dispuestos a pelear contra el olvido o, en su caso, ante la tergiversación de los hechos. Notables resultan las atmósferas construidas al interior del departamento en el Berlín comunista y en los encuentros dentro del consultorio del ahora ginecólogo.

Armada a manera de rompecabezas a partir de una afilada edición, recreación de época funcional y con logradas interpretaciones entre las que destacan las de Helen Mirren, Jessica Chastain y, sobre todo, Jesper Christensen, el thriller de espionaje combina momentos de tensión creciente con ciertos apuntes de profundización en los personajes, no obstante que se advierten ciertos problemas de congruencia en los personajes jóvenes y viejos, no sólo en términos de parecido físico, sino incluso de personalidad: no es que no cambiemos en el tiempo, pero sin duda hay rasgos conductuales presentados en los agentes jóvenes, que uno supondría con carácter más o menos permanente y que nos se identifican con claridad al paso del tiempo.

SECRETOS PELIGROSOS

El primer largometraje de Larysa Kondracki, originaria de Toronto, se basa en el caso de una mujer policía de Nebraska que acepta un trabajo en Bosnia, con miras a poder recuperar la custodia de su hija, como observadora de la ONU para ayudar a mantener la paz en la región de los Balcanes, tras el terrible proceso de limpieza étnica y la consecuente descomposición social que se reflejaba, entre otros problemas, en la trata de personas orientada al comercio sexual, como se veía en Las alas de la vida (Moodysson, 02), La vida secreta de las palabras (Coixet, 05) y Promesas peligrosas (Cronenberg, 07).

Enfocada al curso de los acontecimientos más que a las emociones de los personajes, si bien expresadas no profundizadas, Secretos peligrosos (The Whistleblower, Alemania-Canadá, 10) dirige sus dardos a señalar las complicidades y participaciones directas de alguna multinacional, la policía local e incluso algunos miembros del cuerpo de paz de la ONU, quienes se suponía tendrían que procurar, justamente, lo contrario, en este execrable tipo de abuso.

Rachel Weisz, cobijada por un sólido reparto, interpreta con gran convicción a Kathryn Bolkovac –como anteriormente lo hizo con Hypatia-, mujer cuya historia es la fuente del guión de este filme que busca, como premisa central, mostrar el vergonzoso papel de los representantes de la ONU, quienes se bifurcaban entre considerar que es más difícil ganar la paz que la guerra y, ante los abusos hacia jóvenes indefensas, concebirlas como rameras de guerra.

HANNA (SIN SUS HERMANAS)

En franco cambio de registro tras Orgullo y prejuicio (05), la estupenda Expiación, deseo y pecado (07) y El solista (09), el londinense Joe Wright acomete una historia que parece combinar a Nikita (Besson, 90) con los cuentos clásicos de hadas con todo y el enfrentamiento entre la princesa y la bruja (Cate Blanchet), con simbólicos ciervos, algún ayudante de la malvada (Tom Hollander) y padre protector en medio (Eric Bana), y por fortuna, sin romántico príncipe salvador: aquí la protagonista de la historia sabe defenderse sola, a pesar de su inocencia y del desconocimiento de la “civilización”. Una joven en pleno momento de emancipación preparada para la dura sobrevivencia, pero con muchos aprendizajes por construir, particularmente los relacionados al autoconocimiento.

Al ritmo de los Chemical Brothers, con vistosas composiciones en los encuadres (en la feria desolada, en el búnker de la CIA, en las montañas nevadas), enfático contraste en los colores y una pertinentemente gélida interpretación de Saoirse Ronan, Hanna (EU-GB-Alemania, 11) funciona como un thriller más de acción que de suspenso, en el que no hay demasiado tiempo para detenerse en las motivaciones y decisiones de los personajes: se opta por establecer una estructura narrativa de persecución continua, en la que finalmente la joven que da título al film está buscando lo que cualquier otro adolescente: su identidad y su lugar en un mundo que parece escindido, aún con posibilidades para la amistad.

LA CHICA DEL DRAGÓN TATUADO: QUÉ BONITA FAMILIA

17 enero 2012

Locura escondida en una aparente normalidad que más tarde que temprano explota entre las manos para develar pasados que permanecen soterrados: encierros y aislamientos como formas de conservar la seguridad o de preservar el criminal legado contra las mujeres, entre referencias bíblicas, desprecio xenófobo y demás linduras que usualmente vienen en paquete. El abuso visto como una manera siempre equivocada de sentirse superior, sin caer en cuenta que lo único que se consigue es el propio envilecimiento.
Comentábamos que la trilogía escrita por Stieg Larsson se convirtió en un fenómeno equiparable al de Harry Potter, solo que para adultos: narrativa envolvente sin ser gran literatura, con una trama bien urdida y personajes memorables. Una digna versión fílmica sueca no tardó mucho en aparecer, respetando en esencia su referente literario, a pesar del necesario trabajo de poda que por momentos rompía el hilo narrativo. Con actuaciones consistentes, dirección firme de Niels Arden Oplev, puesta en escena funcional y sobrio despliegue de recursos, las tres cintas parecían redondear las historias de quien moriría sin ver cómo sus obras se volvían tema de conversación alrededor del mundo.
Duda razonable: ¿no era ya suficiente de Millenium y novela negra nórdica? Pues según los cálculos de los estudios MGM, no: la franquicia daba para más, sobre todo si se conseguía la presencia en la dirección de David Fincher, la de un actor famoso como Daniel Craig y la de un guionista altamente cotizado como Steven Zaillian (El juego de la fortuna, 11; Gánster americano, 07; La lista de Schindler, 93), quien de paso se apuntó como productor ejecutivo. El colmillo mercadológico hizo el resto, aprovechando que las novelas se siguen vendiendo y que quienes ya las leímos y ya vimos las películas suecas, muy probablemente nos lanzaríamos a ver la versión estadounidense por las razones que fueran: comparar, mantener el culto, seguir el trabajo de Fincher, morbo o simple inercia.
Es así como La chica del dragón tatuado (The Girl With the Dragon Tattoo, EU-Suecia-Alemania-GB, 11), estrenada casualmente en el año de este ser mitológico según el calendario chino, enfrentaba varios retos: expectativas altas, mala fama de las versiones estadounidenses con respecto a obras europeas –aunque ahí está la consistente cinta vampírica Déjame entrar (Reeves, 10)-, conocimiento de la trama por parte de todo mundo y probable sensación de ya chole con respecto a la historia en cuestión.
Pero Fincher pone en hábil juego su capacidad para el retrato sórdido (El club de la pelea, 97), el de asesinos seriales (Seven, 95; Zodiaco, 06) y las intrigas socio-empresariales (Red social, 10), elementos que integran buena parte de la columna narrativa del argumento; el guión equilibra a los dos personajes centrales, elimina algunas subtramas y personajes (como la mamá de Lisbeth) y modifica ciertos elementos como el destino de la joven desaparecida 40 años antes, alcanzando una apreciable cohesión y evitando el tono demasiado episódico.
La clara intención de presentar una atmósfera sueca se consigue gracias a la ambientación de interiores, las locaciones y el conjunto de extras (American Cinematographer, January 2012), mientras que el manejo de las épocas es claramente diferenciado a partir del uso de texturas contrastantes; los diversos contextos se enfatizan a partir del uso de colores que van de tonos amarillos y verdes para resaltar la oscuridad de Salander a los grises y azules, enfocados a puntualizar la frialdad no solo climática, sino afectiva. El uso de las cámaras establece la necesaria complementariedad de puntos de vista, frecuentemente editados a partir de una lógica paralela.
Rooney Mara se topaba con un listón puesto muy alto por Noomi Rapace en Los hombres que no amaban a las mujeres (09), quien resultó ser toda una revelación y consiguió transmitir las contradicciones del particular personaje, entre una fragilidad profunda y una fiereza a flor de piel. La joven neoyorkina asumió el reto y de igual forma ha logrado plantear los matices presentes en Lisbeth Salander, con miradas que pueden ir de una gélida indiferencia a un intenso odio y con gestualidades que transitan de un sutil afecto a una seguridad desarmante, pasando por el dolor de la vejación.
La interacción actoral establecida con Daniel Craig, quien se coloca con firmeza en el papel del periodista de investigación Mikael Blomkvist, responde al tipo de relación que uno se imagina tras haber leído la novela, sobre todo cuando aparecen el deseo sexual y las expectativas de un afecto romántico. La brevedad de la presencia de Christopher Plummer y de Robin Wright no hacen sino confirmar su solvencia inmediata para encarnar al patriarca Vanger y a la jefa editora Erika Berger, con menor peso específico que en el libro, mientras que Stellan Skarsgård captura de manera notable la dualidad de su personaje.
Fincher recurrió a cómplices conocidos: para fortalecer la construcción de emociones, despuntan los sonidos electrónicos de Trent Reznor –con todo y el discreto homenaje a Nine Inch Nails vía la playera del cómplice hacker- y Atticus Ross, combinando vitalidad con tenebrosidad, según la secuencia correspondiente, y a tono con la propuesta visual de Jeff Cronenweth, saliendo y entrando de La habitación del pánico (02) o bien persiguiendo puntualmente las acciones cruciales. Como sustento temático, un alegato en contra de cualquier forma de impunidad y abuso.

DISCOS DEL 2011 PARA ESTAR A TONO

10 enero 2012

Vayamos a la tercera entrega de esta revisión panorámica de los discos que nos acompañaron en este difícil 2011.

ELECTRÓNICA, MÚSICA NEGRA Y DENSIDADES
tUnE-yArDs con Whokill hizo un poco de todo, como una característica propuesta de los tiempos que corren, mezclando géneros y especies, como Wu Lyf prendiendo la mecha vía Go Tell Fire the Mountain; al tiempo que los suecos de Little Dragon le metieron estilo chic a Ritual Union. Real Estate revisitó pasados luminosos en Days, mientras que Washed Out, con Within and Without, amalgamaron sonidos reconocibles con propuestas de nueva y agradable digitalización; M83 nos invitó en Hurry Up, We´re Dreaming a ponernos en plan onírico, tal como Atlas Sound compartió sueños y penumbras en Parallax.
Gang Gang Dance nos sacó a la pista de baile con Eye Contact, de exquisito sabor retro. Con toques de sicodelia, Unkown Mortal Orchestra presentó álbum homónimo y el veinteañero James Black confeccionó, vía disco ídem, uno de los más interesantes armados dentro de la electrónica. El rap, el country y el corta y pega se dan cita en Return of 4Eva de Big K.R.I.T y el dubstep encontró en SBTRKT a su mejor ejemplar con su disco homónimo; el rap de Das Racist discurrió en Relax, en paralelo a Danny Brown con XXX, quien rapea con disfraz de roquero de los ochenta, mientras que Shabazz Palaces le mete protesta racial a la pista de baile en Black Up.
Drake nos pone avisos en tono R&B para enfrentar los tiempos que corren con Take Care, línea asumida tanto por The Weeknd con House of Ballons / Thursday como por Frank Ocean con Nostalgia, Ultra; a la manera de un nuevo Prince, Raphael Saadiq se instala en el soul con tintes roqueros en Stone Rollin’, mientras que Jonathan Wilson, inserto en el movimiento llamado Americana, muestra olfato para absorber influencias y atisbar un sonido propio en Gentle Spirit. Active Child nos puso en estado de ensoñación con vocales profundas en You Are All I See, como Apparat y su The Devil´s Walk, cual invitación a pasear, y Youth Lagoon transitó con bella calma en The Year of Hibernation.
En terrenos más densos los daneses de Iceage vía New Brigade, destilan energía adolescente con tintes de oscuridad, entre mitos paganos al borde del deshielo. Arabrot y su Solar Anus nos lanza a un cosmos oscuro, de voces profundas y sonidos que impiden cualquier escapatoria, como los propuestos por Mastodon en The Hunter, cimbrando tímpanos desde un Heavy Metal clásico llevado a las lógicas de la posmodernidad. Arbouretum abrió puertas a la percepción con el ponchador The Gattering y Fucked Up mantuvo energía intacta con David Comes to Life (disco del año para SPIN).

BUENOS POR CONOCIDOS
Girls vuelve a mostrar alto sentido melódico en Father, Son, Holy Ghost, como proclamando la paz para todos. TV On the Radio mantuvo brillantez en Nine Types of Light y el punk bailable de The Rapture encontró en In the Grace of Your Love un buen momento para la reflexión; The War on Drugs puede ir de lo épico a lo íntimo sin red de contención en Slave Ambient. Wild Beasts mantiene un inusual talento, vía Smother, para puentear las tendencias de los ochenta con los tiempos que corren, como lo es el también tercer disco de Metronomy, quien nos invita por un paseo de pura frescura en The English Riviera, su obra más redonda. Otro sólido tercer opus: el Skying de The Horrors, cuyo líder se dio tiempo para desarrollar el proyecto de Cat´s Eyes, cuyo disco homónimo transita entre la oscuridad y tenues chispas de luz,
The Pains of Being Pure at Heart siguieron de azotados con Belong, entre amores corrientes y un pop que quema por dentro. The Strokes siguió con su andar como iconos del nuevo milenio con Angles, mientras que Artic Monkeys propuso su cuarta entrega bajo el nombre de Suck It and See y su líder Alex Turner se dio tiempo para ponerle música a la película Submarine. Noel Gallagher’s High Flying Birds pareció cómodo sin el peso de la banda con álbum ídem y sin Arab Strap, Bill Wells & Aidan Moffat presentaron Everything’s Getting Older con toque de jazz. Apparat nos invitó a un evocativo paseo con The Devil’s Walk y The Battles trastocó la fórmula con Gloss Drop.
En tonos de enigmática pausa, The Field siguió abriendo panoramas de aparente placidez con Looping State of Mind, Tim Hecker con Ravedeath, 1972 mira al pasado en tono ceremonioso y dentro de un ambiente eclesial. Cornershop featuring Bubbley Kaur destiló aromas de la India en Cornershop And the Double-O Groove Of y Tinariwen, cual voz que clama en el desierto, confirmó su estatus de colectivo esplendoroso con Tassili. Beirut siguió explorando sonidos más allá de las geografías habituales en The Rip Tide.

DISCOS DEL 2011: TROVADORES Y VETERANOS

6 enero 2012

Paul Simon volvió demostrar, por si había duda, que es uno de los grandes escritores de canciones de la música popular, tal como se deja escuchar en el brillante So Beautiful Or So What, al tiempo que Nick Lowe presentó The Old Magic, cual muestra del talento para confeccionar canciones a partir del dominio de los géneros. Ry Cooder levantó la mano como indignado con Pull Up Some Dust And Sit Down, Gregg Allman le puso vitamina en Low Country Blues y Glen Campbell, en clave country-pop, presentó Ghost On the Canvas, manifiesto de que continua en su lucha contra el Alzheimer.
Tom Waits, cual peligroso hechicero pelirrojo y rostro de mil vidas, nos invita al riesgo con Bad As Me, como para probarnos un poco, en contraste con Charles Bradley quien nos recuerda que la vida sigue a través de No Time for Dreaming y con Booker T. Jones, quien presentó The Road From Memphis con invitados de prestigio. Gil Scott-Heron, fallecido recientemente, presentó We´re New Here junto a Jamie XX, a manera de epitafio inolvidable y cual spoken word para la perpetuidad. Lindsey Buckingham confeccionó Seeds We Sow a través de un pop barroco exquisito y Duane Eddy le puso experiencia y talento a Road Trip.
Jay-Z y Kanye West se voltearon a ver, en explosiva batalla de egos y talentos, a través de Watch the Throne, cuyo título no permite dudas. Wild Flag con álbum homónimo reunió a personal de Sleater-Kinney y Helium y la banda conocida como SuperHeavy reunió en disco ídem a Mick Jagger, Damian Marley, Joss Stone y A.R. Rahman. Lou Reed y Metallica hicieron impensable equipo para grabar el teatral Lulu.
Para nostálgicos ochenteros, ahí quedó el dinámico regreso The Cars con Move Like This, y para los noventeros, Jane´s Addiction con The Great Escape Artist y Primus con Green Naugahyde, hicieron lo propio. Wire volvió con envidiable precisión y agallas vía Red-Barked Tree, los Beastie Boys rapearon con intensidad en Hot Sauce Committee Part Two y los Red Hot Chili Peppers aventaban su funk al oído en I’m With You. Volvió el consistente rock de VHS or Beta con Diamonds and Death y el de Gomez con Whatever’s On Your Mind.
Radiohead se autoproclamó The King of Limbs, obra de consolidaciones por si hiciera falta y R.E.M. se despidió con Collapse into Now: tristeza y agradecimiento a uno de los grandes. The Waterboys continuaron sus lances poéticos con Appointment With Mr. Yeats. Coldplay pasó lista sin demasiado ruido con Mylo Xyloto, en contraste con Mogwai y su envolvente Hardcore Will Never Die, But You Will y con Elbow y el luminoso Build A Rocket Boys!
Josh T Pearson se aventuró en solitario con Last of the Country Gentlemen, al igual que Bill Callahan con el narrativo Apocalypse; Thurston Moore con Demolished Thoughts, urdida como una pequeña e íntima obra folk, cuyo par podría ser Ashes and Fire de Ryan Adams, y Kurt Vile con el espléndido Smoke Ring for My Halo. Bon Iver con disco homónimo volvió a poner al folk en los terrenos del arte grande, Cass McCombs le puso humor y placidez por partida doble en Wit´s End y Humor Risk y Glenn Jones colocó su alma de frente en The Wanting. King Creosote & Jon Hopkins firmaron Diamond Mine en una lógica conceptual, casi etnográfica.
Iron and Wine, cual profeta barbado, siguió en plan grande con Kiss Each Other Clean y Low reforzó su prédica con C´Mon; The Jayhawks volaron alto con Mockingbird Time, como The Low Anthem con Smart Flesh, mientras que Hiss Golden Messenger le colocó un poco de atmósfera a su propuesta en From Country Hai East Cotton. Destroyer tejió un pop de altura escapista con Kaputt.
Demostrando que su debut no fue flor de un día, Fleet Foxes mantuvieron un nivel de ensueño en Helplessness y Stephen Malkmus and The Jicks dieron cátedra de rock y anexas con Mirror Traffic. The Decemberists anunciaron cambios en el reinado de la música con el espléndido The King Is Dead; My Morning Jacket volvió a casa con Circuital y Wilco confirmó que es una de las bandas fundamentales de la actualidad gracias al brillante The Whole Love.
Rockblues, psicodelia y, en algunos casos, tintes de punk: combinaciones que dieron jugosos frutos durante este año como The Black Keys, quienes rubricaron uno de los mejores álbumes con El Camino, por el que también transitaron The Kills y su Blood Pressures, mientras que la banda texana conocida como White Denim hizo lo propio con D, su mejor obra a la fecha y Drive-By Truckers siguió contándonos cercanas historias de carretera en Go-Go Boots.

LOS DISCOS DEL 2011: CLAVE FEMENINA

3 enero 2012

Un gran año para la música firmada por mujeres. 50 discos que acompañaron el 2011 con un poderoso sello femenino de la pasión descarnada a la crítica social, del sentimiento explosivo a la sabiduría que dan los años plagados de aprendizajes. Solo ellas saben cómo le hacen.

TALENTO (RE) CONOCIDO
PJ Harvey le dio una rotunda sacudida a su natal Inglaterra, desde una perspectiva bélica-histórica con el cariño que se le tiene a la propia tierra: arpa en mano, voz versátil en función de la temática y acompañada de dialogantes vocales masculinas, incluida la del viejo cómplice John Parish, grabó Let England Shake (mejor disco del año para MOJO y UNCUT), una obra de total madurez artística en la que las composiciones y la propuesta letrística se enfocan con notable intención al concepto del álbum, como emergido de las entrañas de una nación enferma con posibilidades de cura.
Kate Bush, envuelta en un halo de blanquísima inspiración, firmó 50 Words For Snow, obra compuesta por 7 cortes de tránsito delicado, guiados por el piano puesto al centro, por una voz que atraviesa los campos aún nevados e ilustres invitados. K.D. Lang levantó la mano con el reconfortante Sing It Loud y Bjork construyó con Biophilia todo un fascinante concepto artístico que busca vínculos entre la vida y las tecnologías, el ADN y la inmensidad de la Tierra y otros nexos en apariencia distantes o contradictorios; Tori Amos firmó desde una estética clasicista Night of Hunters y Stevie Nicks, la reina gitana, nos regaló un bienvenido regreso con In Your Dreams.

DE FOLK, COUNTRY Y OTRAS NUTRITIVAS RAÍCES
Un movimiento de jóvenes que retoman actitud y estética de la música que les dio gran voz en los sesentas a sus predecesoras (Joan Baez, por ejemplo). Laura Marling, de sorprendente capacidad para la escritura a pesar de sus tiernos 21 años, propuso A Creature I Don´t Know, su tercer álbum que la prefigura como una sensible narradora de pérdidas y encuentros que se pensaban imposibles, a través de un folk bitánico en estado natural, como el de Bella Hardy desplegado en Songs Lost & Stolen y el de Mary Waterson con la compañía de Oliver Knight en The Days That Shapped Me. En este mismo tenor, Jackie Oates confeccionó Saturnine y Mary Hampton respondió con Folly.
Eilen Jewell, por su parte, grabó el hermoso Queen of Minor Key, al igual que las delicadas Emily Arin con Patch of land, Heidi Spencer y su banda The Rare Birds con Under Street Light Glow y Sarah Lee Guthrie, de insigne estirpe, con Bright examples. En contraste, Naomi Bedford exploró ambientes poco amables en formato de balada a través de Tales From the Weeping Willow y Miranda Lambert, tanto con el trío Pistol Annes (Hell on Heels) como en solitario (Four the Record), se hizo presente con la prestancia acostumbrada.
Emergidas de Seattle, Jesse Sykes supo mirar al pasado en Marble Son y Zoe Muth firmó su segundo trabajo como Starlight hotel en tono efervescente y junto a The Lost High Rollers. Desde el centro gravitacional de Nashville, Diana Jones despliega melancolía en High Atmosphere, mientras que desde Texas, Jolie Holland incorpora con tino emotividad eléctrica en Pint of blood, y más cercana al rock, Sarabeth Tucek propuso Get well soon.
Ya sin cocinarse al primer hervor, aunque con el talento más afilado que nunca, Gillian Welch regresó después de ocho años de andar acompañando a The Decembrists, con The Harrow & the Harvest, uno de los grandes discos del año, al igual que las propuestas de Susan Tedeschi ahora conocida como Tedeschi Trucks Band, ya en plena complicidad con su ilustre marido, y de Alison Krauss & Union Station, tituladas Revelator y Paper airplane, respectivamente, en las que otros sonidos tradicionales se advierten desde la primera escucha.
Incorporándose al ahora género conocido como Americana, la veteranísima Wanda Jackson grabó, con una pequeña ayuda de Jack White, The Party Ain´t Over, mientras que Emmylou Harris, otra leyenda aún viva, confeccionó Hard Bargain y la gran June Tabor grabó en solitario Ashore y con su Oysterband, Ragged Kingdom; Lucinda Williams, figura central de esta corriente musical, contribuyó y mantuvo nivel con Blessed. Y desde Malí nos llegó la energía de Fatoumata Diawara con Fatou, obra que va del pop africano al blues con tremenda frescura, al tiempo que en el universo del jazz, Kate Williams y su septeto tejieron Made Up y la guitarrista/cantante Madeleine Peyroux desgranó Standing on the Rooftop con la clase acostumbrada. Jill Scott navegó con cadencia en las aguas del neosoul y del R&B con The Cage of the Sun.

VOCES DEL SIGLO XXI
Desde la península nórdica, la noruega Jenny Hval nos envía el muy actual Viscera, combinando elementos electrónicos, folklóricos y de performance, mientras que la sueca Lykke Li confirmó con Wounded Rhymes la capacidad de cercanía escuchada en su debut. Julianna Barwick nos condujo por un viaje de fascinante exploración en The Magic Place, al igual que Zola Jesus con el enigmático Conatus; Ema demostró capacidad para el eclecticismo con el poderoso Past Life Mrtyred Saints y St. Vincent (a.k.a. Annie Clark) escrituró Strange Mercy, obra de confirmación pura como de gran promesa fue Only in Dreams de las Dum Dum Girls.
Adele nos regaló la canción más popular del año, integrada en el estupendo 21 (disco del año para Rolling Stone), donde resuena una voz de convincente energía, misma que destilan Anna Calvi con álbum homónimo para escucharse cuando la noche necesita entrar en terrenos de intensidad melodramática, así como Florence & The Machine con su bombástico Ceremonials y Feist encumbrándose con su celebrado Metals, seguida por Russian Red (a.k.a. Lourdes Hernández) y su Fuerteventura y Cristina Perri con Lovestrong.
Cómo habrá estado el año de interesante que hasta las excesivamente mediatizadas Rihanna (Talk That Talk), Lady Gaga (Born This Way) y Beyoncé (4) dieron de qué hablar gracias a sus discos y no solo por el monstruo de la fama que cargan a cuestas.