Archive for 25 febrero 2010

NUEVA YORK, BERLÍN: AMORES, ODIOS

25 febrero 2010

NUEVA YORK, TE AMO
Es la ciudad cinematográfica por antonomasia: Martin Scorsese, Woody Allen y Abel Ferrara la han retratado de múltiples y magistrales maneras, desde su fundación hasta el cúmulo de afectos y desencuentros que fluyen por sus imponentes estructuras, visitadas por King Kong o por perdurables romances ya retratados por Seaton, Donen, Wylder o McCarey. Alto y bajo mundo más todo lo que flote en medio de Manhattan (79) recorrido con un Taxi Driver (76) en el precipicio de la soledad, cual Rey de Nueva York (90).
En forma de homenaje, al estilo de la irregular París, te amo (06), el mosaico aquí desarrollado se articula a partir de relatos ensamblados con lucidores desplazamientos de cámara y música siempre contextual, que nos dan un panorama de las arterias, nervios y músculos de la ciudad, sobreviviente de ataques externos y de su propia descomposición interna, aunque conservando su corazón en taquicardia continua.
Ensoñaciones interculturales (Nair); traviesas simulaciones entre carteristas, actrices de método y fumadores (Wen, Attal, Rattner); crímenes y castigos de final feliz (Iwai); artistas rebasados por la realidad siempre queriéndola atrapar (Akin, Balsmeyer); intentos para prolongar las coincidencias (Hughes); fantasmas suicidas que regresan a épocas mejores (Kapur) y un énfasis en las relaciones personales de pareja o paterno-filiales (Portman, Marston), antes que en el frenesí apenas advertido.
Si bien es cierto que no todos los episodios son igual de redondos, en cierta forma consiguen ensamblarse en la premisa general del film, más orientada hacia los habitantes de a pie que a las estructuras sociales e institucionales que sostienen la vida citadina. En la frontera del romance y la cursilería, siempre tan tenue como las relaciones entre los segmentos, el rompecabezas emocional se despliega ante la mirada cómplice de la selva de asfalto convertida en amoroso ecosistema.

BERLÍN, PARTIDO EN DOS
Finales de los sesenta y principios de los setenta. Surge el movimiento conocido como Nuevo cine alemán y las tensiones políticas están a tope: un grupo extremista ha puesto de cabeza al gobierno de la República Federal y el atentado en las olimpiadas de Munich termina por tensar la estabilidad social. De los movimientos juveniles y el ideal del guerrillero que rompe con el estatus quo, a la renuncia absoluta (incluyendo la maternidad) y el entrenamiento en Jordania para verificar que no hay vuelta atrás, surge la Facción del Ejército Rojo.
Basada en el libro de Stefan Aust y dirigida por Uli Edel cual continuación del reciente cine alemán que revisa críticamente su pasado, La banda Baader Meinhof (coproducción, 08) muestra con precisión cómo los extremos se encuentran y se va recrudeciendo el discurso hasta volverlo dogmático, sin posibilidad alguna de diálogo y menos de disentimiento: cada vez más parecidos a quienes combaten. Así, el estado represor y el grupo guerrillero empiezan a ser dos caras de la misma moneda: la violencia como método, el poder como fin por sí mismo.
Interpretaciones intensas al nivel de la temática, recreación de época convincente y una puesta en escena con juego de texturas y énfasis cromáticos que atrapa desde la primera secuencia de la manifestación contra el Sha de Irán: desde ahí queda claro que el filme va en serio y por todo. A pesar de cierta reiteración en el episodio del encarcelamiento, las secuencias en paralelo de los actos de la nueva generación del grupo, expresa la dificultad para mantener los ideales originales y cómo puede llegar un momento, entre consignas y arengas, que ya no resulte tan nítido el sentido de la lucha.

AMOR SIN ESCALAS: DESPIDO (IN) JUSTIFICADO

17 febrero 2010

Uno de los rasgos de las empresas modernas es la tendencia hacia la descentralización y subcontratación de funciones (outsourcing), tales como la seguridad, limpieza, gestión informática y la administración de recursos humanos, entre otras. Dentro de ésta última, se puede esconder una estrategia opaca: una persona puede ser contratada por una organización y trabajar para otra, por lo que al momento del despido, el empleador no es quien parece ser y quien da la cara, cuando la da, es otra entidad.
Ahora existen esas organizaciones dedicadas a bajar los gastos de las empresas (downsizing), específicamente encargándose de la dura labor de reducción de personal: “lamentamos informarle que su puesto ya no está disponible; en este folleto encontrará toda la información que necesita.” Además de comunicar la mala noticia, toca dar esperanzas y de alguna manera convencer al susodicho de que, a fin de cuentas, puede abrirse un nuevo horizonte de desarrollo.
Para desarrollar el trabajo, qué tal contar con un experto viajero nunca Turista accidental (Kasdan, 88), trasladándose por toda la Unión Americana con todo tipo de ventajas corporativas, siempre libre de compromisos emocionales, ataduras afectivas o sentimientos de culpa, sobre todo ante la diversidad de reacciones que debe enfrentar de las personas despedidas, manteniendo la frialdad y nunca permitiendo que se vuelva personal.
Jugando en apariencia un papel ingrato como el del protagónico de Gracias por fumar (Reitman, 05) y combinando su chamba de portador de malas noticias con conferencias motivacionales de frágil argumentación (viajar ligero y vaciar la backpack), Ryan Bingham (George Clooney, lleno de sutiles matices) vive cómodamente en glamoroso tránsito y aspira alcanzar una cifra dorada de millas por el simple gusto de hacerlo, aunque justo en el momento anhelado, se presente el síndrome del vacío ante el objetivo alcanzado.
Toda su seguridad soportada por innumerables plásticos, relaciones pasajeras y trato preferencial, se pondrá a prueba por tres eventos: el encuentro con una mujer que pareciera funcionar como espejo (Vera Farmiga); la instrucción de su jefe (Jason Bateman) para que le enseñe el trabajo de campo a una joven de reciente ingreso con ganas de incorporar cambios, aprovechando las nuevas tecnologías (Anna Kendrick) y, finalmente, el contradictorio papel que le toca jugar en la boda de su hermana, a la que no veía en años y a cuyo galán ni conocía: a regañadientes cargaba con el cartón de ambos para tomarle fotos en diversos sitios, como en Amélie (Jeunet, 01).
Basada en la novela de Walter Kim y dirigida por Jason Reitman con su habitual talento precoz, la muy mal nombrada en español Amor sin escalas (Up in the Air, EU, 09), resulta ser una mirada agridulce de las relaciones personales y laborales en las sociedades desarrolladas, expresadas en el desarraigo emocional y en la sensación de que cada vez es menos necesario el compromiso a largo plazo: incluso un noviazgo o un vínculo laboral pueden terminarse a través de un mensaje de texto o una videoconferencia.
Considerada como una road movie a 20,000 pies de altura (Scott Foundas en Filmcomment, 11/12, 2009), la cinta se articula a partir de una puesta en escena precisa, sobre todo en las secuencias de aeropuerto, y una edición que permite elevar el vuelo y aterrizar con fluidez, en especial cuando los cortes entre toma y toma se aceleran, enfatizando el estilo de vida del personaje y mostrando las reacciones de los empleados despedidos ante la mirada entre pétrea o de falso duelo por parte del mensajero.
En ciertos momentos, la inserción de canciones country/folk acompaña al desplazamiento ligero y elegante de la cámara, contextualizando el desarrollo de los personajes en esos ambientes tan pulcros como impersonales en los que se está rodeado de gente pero al fin solo, condición de disfrute para algunos y de angustia para otros. Una comedia inteligente y pertinente para los tiempos que corren, esparciendo críticas y provocando reflexiones entre sonrisas levemente esbozadas.

VIDEOPCIONES: REESCRIBIR LA VIDA

9 febrero 2010

Películas en las que los protagonistas llevan sus existencias a los terrenos pantanosos ya sea de la ficción o del recuerdo, colapsando la débil frontera entre realidad e imaginación. Veamos.

NUEVA YORK A ESCENA
Dirigida por el excelso guionista Charlie Kaufman, regresando a los vericuetos de la identidad de ¿Quieres ser John Malkovich? (99); a la crisis creativa de El ladrón de orquídeas (02), ambas dirigidas por Spike Jonze, y a la confusión profunda entre las realidades de Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Gondry, 04), Nueva York a escena (Synecdoche, New York, EU, 09) es una desdoblada representación de la vida de un dramaturgo (Philip Seymour Hoffman, elocuente en el desamparo) en proceso de continua pérdida: ciertas funciones vitales, poder creativo, independencia afectiva y capacidad para distinguir los pedazos de realidad objetiva con los inventados a partir de su condición.
Después de ser abandonado por su esposa (Catherine Keener, bien asumida como pintora de cuadros miniatura), quien además se llevó a su hija, desiste de la adaptación con la que trabajaba e inicia un megalómano proyecto teatral, aprovechando una beca, que terminará confundiéndose con su propia existencia, incluyendo pasajes salidos de su subconsciente, apenas tratados con una terapista más bien interesada en su bestseller (Hope Davis). La muerte, el sexo, la paternidad y los remordimientos, formarán parte integral de la obra sin público atrapada en una bodega cual ejemplo de toda la realidad urbana.
Con notable cuadro de actrices de soporte que acompañan al protagónico (Samantha Morton, Emily Watson, Michelle Williams, Dianne Wiest), Kaufman da rienda suelta a su imaginería tanto argumental como visual, desarrollando una expresiva puesta en escena de la propia obra como del film, apenas distinguiendo una de otra como se supondría coexisten en la cabeza del autoindulgente realizador, dejando a Arthur Miller para entregarse de lleno a su locura y a la de quienes lo rodean.
Una película que se inscribe en las que reflexionan sobre la condición artística (8 ½ de Fellini) y que plantea un delicioso y confuso panorama para el espectador, dadas las posibilidades explicativas en simultáneo que brinda emplear una parte para describir el todo (sinécdoque) y por la forma en la que podemos involucrarnos en esta representación dentro de la representación: jugar con el traslape del tiempo y las etapas vitales; con los personajes y los sujetos a quienes escenifican; con la realidad, en suma, que se configura no sólo a partir de hechos sino de las percepciones que éstos detonan.

MEMORIAS FUGITIVAS
Basada en la novela de Anne Michaels y dirigida por el reaparecido realizador canadiense Jeremy Podeswa (Eclipse, 95; Cinco sentidos, 99), también responsable de capítulos de Six Feet Under, The Tudors, Nip/Tuck, Queer as Folk, Rome y Dexter, entre otras, Memorias fugitivas (Fugitive Pieces, Canadá-Grecia, 07) es una mirada a cómo la culpa infantil, más generada que real, acompaña la vida hasta que se le confronta en la etapa adulta, justo en sus propios territorios.
Con una estructura narrativa que combina el presente con un pasado de fuerte intensidad, la cinta consigue involucrarnos con sensibilidad y tono poético en el abrumador conflicto del protagónico (Stephen Dillane): un niño testigo de la destrucción de su familia a manos de los nazis (Robbie Kay) es rescatado por un hombre vuelto tutor (Rade Serbedzija) que lo lleva a Canadá, donde es acechado por las sombras a pesar de la jovialidad de su novia fugaz (Rosamund Pike) y la presencia de los vecinos, un matrimonio judío con un hijo que se vuelve, a su vez, objeto de sus cuidados (Ed Stoppard), sirviendo de puente para conocer a una curadora definitoria en su vida (Ayelet Zurer).
Porque “el misterio de la madera no es que arda, sino que flote”, el fantasma de la hermana pianista y el regreso a donde todo empezó, lo conducirán entre reflexiones propias en off de emotividad liberadora y sensibilidad beethoviana, a enfrentar sus heridas aún supurantes para atreverse a pensar en la trascendencia vía la paternidad, impulsado por la sensualidad mediterránea, y la escritura, aquí como acto de curación indispensable.

PHOENIX O CÓMO SUENA VERSALLES EN EL SIGLO XXI

2 febrero 2010

Como parte de los sonidos insertados en la electrónica cocinados por bandas francesas (Air, Daft Punk, Cassius, St. Germain, Justice) aunque con tesituras más presentes de la estética ochentera y su pop adherible, que en ellos suena con cierto aire cool como trasfondo ad hoc para fiestas de elaborada coctelería, a mediados de los noventa en el barrio parisino de Versalles apareció Phoenix, integrado por la vocal elegante y despreocupada de Thomas Mars, el bajo jugetón y los teclados tecnopop de Deck d’Arcy y las guitarras saltarinas de los hermanos Christian y Branco Mazzalai.
Después de caseramente imprimir un sencillo y telonear a los creadores de Moon Safari (98), se presentaron formalmente en sociedad con United (00), álbum que en la sencillez de su estructura encontraba su principal atributo, acercándose sin mayores obstáculos a oídos con ganas de disfrutar canciones de fina manufactura sin mayores rebuscamientos.
Con esta obra, el cuarteto se colocaba en el mapa sonoro, apoyados en parte por su origen, por su presencia en Perdidos en Tokio (Sofia Coppola, 03) y por su capacidad para inyectar frescura a fórmulas ya conocidas: digamos que ya habíamos probado el coctel pero éste deja un cierto sabor distintivo al final, provocando que uno se anime a pedir otro.
Asumiéndose como si hubieran sido el grupo elegido de María Antonieta, si hubieran coincidido en época, presentaron Alphabetical (04), opus dos que mantuvo nivel y profundizó en su estilo, dejando un poco de lado influencias tempranas; con el ingreso de Laurent Brancowitz y sin Branco, se asumieron aún más como banda apta para acompañar celebraciones del mundo de la moda y del cine; claro, su propuesta a nadie molestaba: por el contrario, resultaba ideal para tomar ciertos aires de sofisticación y soltar sonrisas entre personajes desconocidos.
Posterior a un álbum en vivo y manteniendo el gusto por contar con músicos invitados cual cómplices de su sonido versallesco, grabaron It´s Never Been Like That (06), ya en completo dominio de los terrenos que bien habían abonado durante diez años, incluyendo sutiles partículas provenientes del house, apenas perceptibles dentro de la atractiva y luminosa estructura armónica rendida a un pop astuto. El título del disco se haría completa realidad poco tiempo después.
En efecto, la cosecha por fin rindió los frutos esperados: con delicado humor y un sentido melódico cuidadosamente afilado cual exposición artística digna de visitar, compusieron Wolfgang Amadeus Phoenix (09), álbum que figuró en prácticamente todas las listas de lo mejor del año: no es para menos, se trata de la mejor obra de los parisinos a la fecha.
Su escucha es una delicia desde el dinamismo de Lisztomanía, 1901 y el glamour apenas asomándose de Fences, hasta la instrumentación muda y creciente, muy propia de la electrónica gala, de Love Like A Sunset Part I, entroncando con cierta ruptura de tonalidad e intención con la parte II y esa cálida guitarra como dando la bienvenida a una muestra de pop art de Jeff Koons en la casa de Luis XIV, inspiración para la confección del álbum.
Para la segunda mitad del disco, la vitalidad vuelve con Lasso para trastocarse en la contrastante Rome, una de las mejores del disco con repeticiones del título y astuto juego de intensidades, extendido a Countdown, cual cuenta final para una relación enferma de un mal en apariencia incurable; cierran el disco Girlfriend, más optimista en su sonido que en su letra y Armistice, invitación a firmar acuerdos para cerrar el disco y la grata experiencia de haberlo recorrido.
Phoenix se presenta el martes 2 y el viernes 5 en el D.F. y el miércoles 3 en Zapopan. Como para llegar con estilo casual pero acicalado y prepararse para vivir, aunque sea a la distancia, una noche en el suburbio de Versalles con los aromas parisinos invadiendo la atmósfera.

ALGUNOS DE LOS DISCOS DEL 2009

1 febrero 2010

Recorrido fugaz por algunos de los sonidos de este difícil año que esperemos hayan funcionado como tabla de salvación en los momentos complicados. Escuchemos.
DAMAS PRIMERO
Las gemelas Tegan & Sara armaron su fiesta personal con Santihood, transportándonos a los años ochenta casi sin darnos cuenta, para seguirnos de largo con La Roux y su álbum homónimo al alimón con Rihanna y su Rated R, recordándonos a Grace Jones, y con Lily Allen firmando It´s Not me, It´s You, capaz de ubicar en quién recae el fracaso de la relación sin filtro alguno. El folk en femenino tuvo en To Be Still de Alela Diane, una necesaria escucha.
Por sonidos más cercanos a un engañoso pop de ensoñación y aires indie, St. Vincent grabó Actor, segundo álbum de esta mujer con dulce fachada pero sensaciones torrenciales, al tiempo que Ida Maria hacia lo propio con Fortress Round My Heart. PJ Harvey no quita el dedo de la llaga, como lo muestra en A Woman A Man Walked By, ahora en compañía de John Parish y Karen O le puso música, junto a Carter Burwell, a la nueva película de Spike Jonze conocida como Where the Wild Things Are, basada en el clásico infantil.

LOS VIEJOS VAN AL CAMPO
Levon Helm regresa con muy buen ánimo y abriendo las puertas de su casa vía Electric Dirt, con fuerte aroma a campo entre el porche y los sembradíos recién abonados, como bien se expresa en la portada. Por esos rumbos, John Fogerty hace lo propio con The Blue Ridge Rangers y sus invitados de lujo, entre quienes está Bruce Springsteen, también activo en el año con Working On A Dream, cual mensaje esperanzador del nuevo rumbo que puede ir tomando su patria.
Y si de actividad se trata, ahí está Bob Dylan para mostrar que la edad en efecto es mental: Together Through Life y hasta un disco navideño quedan como evidencia más bien optimista del gran poeta del rock. Iggy Pop y su Préliminaires contrasta con las recientes andanadas de los Stooges; Steve Earle sigue en interminable plan creativo como lo muestra Townes y el viejo Van Morrison revivió su obra cumbre en Astral Weeks Live At the Hollywood Bowl. Elvis Costello, prolífico a más no poder, levantó la mano con Secret, Profane & Sugarcane.

DE LAS ISLAS BRITÁNICAS
En los terrenos del britpop, Doves confirmó su constancia creativa con Kingdom of Rust y los Manic Street Preachers conservan su ánimo contestatario plasmado en Journal For Plague Lovers. En la misma línea pero más tendientes al punk, Gallows presentó Grey Britain. Con mucho eclecticismo y anotando seis puntos, Brakesbrakesbrakes se la jugaron en cuarta oportunidad con Touchdown, mientras que Franz Ferdinand no la tuvo fácil con Tonight: Franz Ferdinand, álbum que dividió opiniones.
Los Arctic Monkeys se pusieron pensativos en Humbug y a Muse le dio por la grandilocuencia con The Resistance. The Cribs han mostrado que no son flor de un día con Ignore the Ignorant que hasta consejo incluye y The Prodigy, buscando salir de sus recuerdos noventeros, acuñó Invaders Must Die. El regreso del año corrió por cuenta de Madness a través de The Liberty Of Norton Folgate, obra conceptual en la que los chicos ska muestran que todavía no lo habían dicho todo.

LAS INSTITUCIONES
U2 regresó con bríos renovados; No Line On the Horizon (disco del año para la Rolling Stone) es su mejor obra desde Achtung Baby: era cuestión de hacerle caso al tándem Eno/Lanois. The Flaming Lips se vuelve a desatar con el prolongado y laberíntico Embyonic. Sonic Youth no se cansa y sigue moldeando el ruido para hacer arte: como muestra, ahí está The Eternal. Pet Shop Boys y Depeche Mode, sin entregar lo mejor de sus carreras, perpetuaron su entrañable presencia con Yes y Sounds of the Universe, respectivamente.
La Dave Matthews Band, en plan festivo y nutritivo, nos ofreció Big Whiskey and the Groogrux King, recuperándose de su anterior obra en estudio y sobrellevando la pérdida del saxofonista LeRoi Moore. Incansables: Yo La Tengo vía Popular Songs y Pearl Jam a través de Back Spacer, siguen mostrando convencimiento, talento y necesidad de expresarse, como si hubieran debutado apenas ayer. En busca de progresiones extraviadas, The Mars Volta con Octahedron, Tortoise con Beacons of Ancestorship y Dream Theater con Black Clouds & Silver Linings, lanzaron sonoridades interminables de consistencia a punto.

CAMINOS ALTERNATIVOS ENTRONCANDO CON EL MAINSTREAM
El dúo noruego Kings of Conveniencie firmó su Declaration of Dependence, álbum cuya inspiración parece encontrarse en la quietud de los cuerpos de agua para, guitarra en mano y coordinación impecable, convocarnos a formar parte de la susodicha declaración; por los mismos lares nórdicos, Röyksopp hizo lo propio con Junior, cimentado en una electrónica de sofá. Antony and The Johnsons demostró con The Crying Light que en efecto, hasta la posible iluminación vital derrama lágrimas que se pierden en la oscuridad de la melancolía extrema. Vetiver, como tranquilizando el drama, nos regaló Tight Knit.
Manteniendo un fresco segundo aire, Dinosaur Jr. firmó Farm y Built To Spill grabó There Is No Enemy, sólidas obras de continuidad en el resbaloso terreno del indie. Mike Snow con álbum homónimo asume cierta desfachatez en contraste con The Mountain Goats, quienes incursionaron en territorios bíblicos con The Life of the World to Come. Richmond Fontaine continuó su narrativa musicalizada en We Used To Think the Freeway Sounded Like a River y entre la licantropía y el deseo, Eels entregó Hombre lobo. Devendra Banhart, cual postmoderno trovador psicodélico, se hizo presente con What Will We Be.
The Avett Brothers ingresó al mainstream conservando estilo con I and Love and You; Metric nos ayudó a escaparnos un poco de la realidad con Fantasies, mientras que Wolfmother siguió en el revival de melena esponjada con Cosmic Egg, incluyendo una portada que ya envidiaría el hábil publicista de famosa empresa del ramo. Green Day le dio continuidad al retrato de su sociedad postmilenarista en tiempos aciagos con 21st Century Breakdown y el power trío White Denim, vía su segunda entrega titulada Fits, se erige como una promesa en pos de realidades.

SOLISTAS Y SUPERGRUPOS
Varias aventuras emprendieron algunos líderes sin sus respectivos grupos, como buscando expresar emociones particulares: Julian Casablancas, sin ser del gusto generalizado, estampó Phrazes for the Young; Graham Coxon se mantuvo en The Spinning Top; Jim O’Rourke, sin Sonic Youth, presentó The Visitor y Paul Banks, bajo el seudónimo de Julian Plenti Is…, entregó Skyscraper. El sobreviviente Ian Brown marcó ruta en My Way, conservando una sólida trayectoria solista fuera de los reflectores.
Este año volvió la tendencia de conformar asociaciones de nombres conocidos que usualmente resultan efímeras aunque disfrutables mientras duran. Them Crooked Vultures, formado por Dave Grohl (Foo Fighters) John Paul Jones (Led Zeppelin) y Josh Homme (Queens Of The Stone Age), presentaron álbum homónimo; por su parte, Chickenfoot, integrado por los ex-Van Halen Sammy Hagar y Michael Anthony, Chad Smith (Red Hot Chili Peppers) y Joe Satriani, le entró a esto de unir fuerzas disímbolas con disco ídem.
Monsters of Folk, conformado por Jim James de My Morning Jacket, Conor Oberst y Mike Mogis de Bright Eyes y M. Ward (quien también entregó Hold Time), armaron un disco del tamaño de su pretencioso nombre; Alison Mosshart (The Kills), Dean Fertita (Queens of the Stone Age), Jack Lawrence (The Racounters y The Greenhornes) y el mil proyectos Jack White, formaron The Dead Weather de cuya sinergia creativa surgió el jugoso Horehound.

MÚSICAS NEGRAS
Jay-Z terminó la trilogía que iniciara con uno de los imprescindibles de la década vía Blueprint III, al tiempo que Raekwon presentaba Only Built 4 Cuban Linx, PT. II y The-Dream planteaba disyuntiva clave con Love vs. Money. Con Tongue N’ Cheek, su cuarto disco, Dizzee Rascal sólo confirma su estatus como figura predominante del rap del nuevo milenio, desde las húmedas aceras londinenses.
A manera de puentes entre las músicas africanas y sus posteriores desarrollos en occidente, K´Naan con Troubadour y Raphael Saadiq con The Way I See It, nos obsequiaron sendas colecciones de sonidos enclavados en las tradiciones sonoras con miras hacia algún futuro aún por desentrañar. Y desde Malí, Bassekou Kouyate And Ngoni Ba, recoge toda una tradición de grandes músicos y la pone al servicio de I Speak Fula.

LAS 29 MEJORES SORPRESAS
Algunos gratos momentos en un año olvidable en lo general, excepto por obras como éstas, entre otros recuerdos salvadores.
Phoenix nos invita con su cuarto disco, Wolfgang Amadeus Phoenix, a darnos una lúdica vuelta por una exposición artística plagada de un pop incisivo, con pasajes de intención hipnotizante y acaso inspirándose en los clásicos a los que alude en el título y en la canción inicial. Dirty Projectors entran a las grandes ligas con Bitte Orca, una atrevida colección de estilos, juegos vocales, cuartetos de cuerdas y un escapismo que los hace inclasificables. The Horrors con su opus 2 Primary Colors (disco del año según NME) se apunta como la banda oscura a la que habría que seguirle la huella.
Otra vez la fauna: amigos de Paul Simon, Grizzly Bear con su Veckatimest lanza sus trayectorias entre la estética americana, pasajes progresivos y sensibilidad a la altura de las emociones vividas, como Merriweather Post Pavilion, firmada por Animal Collective, sin duda la manada más importante de la década (disco del año para MOJO, SPIN y UNCUT). Para cerrar el mundo de las bestias melódicas, vale la pena prestar orejas a Dark Days / Light Years de los Super Furry Animals como para encontrar la luz en estos días eclipsados y a Wild Beasts con Two Dancers, dándole rienda suelta a sus exploraciones acerca del sexo y derivados.
Florence and the Machine con Lungs y Bat for Lashes con Two Suns, se constituyeron como dos joyas femeninas de inspirada construcción melódica, pasión desgranada en cada vocalización y una expresividad que sólo las mujeres son capaces de manifestar. Y ya en plena madurez artística, Yeah Yeah Yeahs alcanzó una cima con It´s Blitz! y la sensibilidad de Camera Obscura encontró ideal manifestación con My Maudlin Career.
Tres debuts como para escucharse al filo del fin de la fiesta y como para empezar a sobrellevar el calvario posterior: Album, firmado por Girls; To Lose My Life de White Lies y XX de The XX. Y en el nudo de la convivencia, Kasabian ofrece un salto cualitativo con West Ryder Pauper Lunatic Asylum (disco del año de acuerdo a Q); tanto Fever Ray y su disco ídem como Fuck Buttons con Tarot Sport, exploran las posibilidades de la electrónica a la mano, mientras que los también debutantes The Phantom Band nos provocaron bienvenidas emociones como del más allá con Checkmate Savage.
Wilco permanece bien y de buenas, para fortuna de la música popular: ahora nos regala el estupendo Wilco (The Album), consistente obra que los confirma como una de las bandas claves del nuevo milenio. Viejos amigos que hicieron de las suyas en Pulp, Richard Hawley con Gutter Truelove y Jarvis Cocker con Further Complications, sostienen una muy apreciada trayectoria solista, el primero desde la estética sesentera y el segundo con la capacidad para darle una mirada ácida a nuestra sociedad y sus necedades.
El también actor Mos Def, vía Ecstatic, entregó el disco de hip hop del año y Mastodon hizo lo propio en terrenos pesados con Crack the Skye, aventura por la Rusia zarista entre osos y hechiceros cercanos al poder. Y ya que estamos en densidades mayores, Sunn O))) y su obra Monoliths & Diamonds nos sumergieron en regiones underground de las que es casi imposible salir ileso.
Neko Case no deja de tomar vuelo y elevarse por las atmósferas del country alternativo como lo expresa en Middle Cyclone, justo como lo hace The Low Anthem, enclavado en la corriente Americana, tal como se deja escuchar en Oh My God, Charlie Darwin, en cuyo título lleva la ironía. Bill Calahan, ya sea solo o bien acompañado, parece no cansarse de derrochar talento como lo confirma Sometimes I Wish We Were An Eagle.
Levantando arenas sonoras del Sahara, Tinariwen edificó Imidiwan: Companions, fascinante mosaico auditivo que confirma la riqueza de las diferencias cuando se pueden compartir. Amadou & Mariam continuaron mostrando mucha lucidez y hospitalidad con Welcome to Mali.

Buen año. Que haya más música que crisis en el próximo.