LAS FLORES DEL CEREZO: SUCESOS EFÍMEROS, RECUERDOS PERMANENTES

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La muerte del ser más próximo conduce irremediablemente a la tristeza y a la angustia de no volver a mirar el mundo de la misma forma. Sin embargo, cabe la posibilidad de la transformación personal y buscar, en apariencia de forma solitaria, la vivencia de los deseos incumplidos y lejanos, en su momento, de la persona que se fue o que quizá espera, desde algún estado en suspenso, ver cumplidos sus sueños a través de quien se queda: incluso poder, con la fuerza de la imaginación o la fe, hacerse de alguna manera presente para despedirse.

Dirigida con sensibilidad y regocijo por la experimentada directora alemana Doris Dörrie (Nadie me quiere, 94; Desnudos, 02), Las flores del cerezo (Alemania-Francia, 08) sigue a un metódico y rutinario teutón de provincia (Elmar Wepper) que se queda dolorosamente viudo después de visitar, con su esposa (Hannelore Elsner), a los distantes hijos. Atrapado en la soledad y la tristeza, iniciará un reconocimiento póstumo de su mujer, esa fiera enjaulada, a través de un proceso de comprensión vital que lo llevará hasta Japón, donde vive su otro hijo también atrapado en la lógica laboral y donde siempre quiso estar su pareja.

La realizadora alemana vuelve para proponer a Japón, tras la notable Iluminación garantizada (2000), como terreno de búsqueda y muestra una vez más su capacidad para profundizar en la psicología masculina como lo hiciera en su famosa comedia Hombres (85), que la colocó como realizadora visible del cine europeo. Con cámara directa, combina tomas cerradas en las que los personajes y sus contextos cercanos se desarrollan, así como panorámicas de las ciudades y de la grandiosa timidez del monte Fuji, resistente a mostrarse en los primeros encuentros.

Múltiples temáticas se van entrecruzando conforme avanza la trama, además de la ruptura generacional entre padres e hijos, mirándose como extraños e incapaces de mostrar lo que sentían hace años; mientras que los nietos, instalados en el siglo XXI, tienden todavía a un mayor aislamiento emocional. Más empatía recibirán de la novia de la hija, como más cercanía encontrará el viudo, ya en Japón y perdido en la traducción (Coppola, 05), con la joven bailarina callejera de la danza Butoh (Aya Irizuki), pasión de su esposa.

El espíritu de Ozu, el gran maestro japonés de la minimalista comedia familiar, sobrevuela a través de su Historia de Tokio (53), inspiración reconocida por la propia directora teutona, quien enfatiza los contrastes entre Alemania y Japón –occidente y oriente-, insertados en el progreso pero con diferentes resquicios para mirar hacia la trascendencia: contraste del lugar de origen con la cosmopolita Berlín o la bulliciosa capital nipona, entre los edificios interminables y la celebración de las tradiciones.

Las lágrimas caen en el pañuelo o se deslizan mientras se desarrolla la danza, como oportunidad única para dialogar con la sombra cual personaje independiente y con voluntad propia; la música de Claus Bantzer se inserta continuamente en los trances emotivos del hombre ahora solitario con vestimenta femenina como compañía oculta, en camino de la comprensión propia y de la mujer retratada en todas las fases de la gestualización.

La belleza como estado efímero encuentra en las flores del cerezo una celebración a su transitoriedad, en contraste con los recuerdos, usualmente permanentes y presentes. Pero también la fugacidad se refleja en la pasión por vivir todo en un instante como la mosca que ha escapado de la mano para cumplir su inmediato destino cotidiano. Aún después de la muerte, se presenta la oportunidad de reencontrarse en esa belleza calladamente construida, silenciosamente bailada.

Una pareja de viejos que como dos rollos de col, colocados juntos, han sido sorprendidos por la muerte que avisa su llegada a uno pero visita primero a la otra. De cualquier manera, tendrán la oportunidad de danzar juntos, desde distintos mundos, entrelazados con las sombras que los reflejan, que los trascienden. Una película hermosa.

Nos leemos después.

Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx

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