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REDENCIONES: CRIMINALIDAD BOSTONIANA

16 enero 2011

Habitualmente concebida como una de las ciudades más cultas, refinadas y de mayor tradición en los Estados Unidos, con todo y algunas de las mejores instituciones educativas del mundo, la casa de los Medias Rojas, los Celtics y casi de los Patriotas, ha sido retratada recientemente en el cine como la cuna de bandas criminales o de psicópatas que asolan las calles de notable armonía con el paisaje urbano que ha logrado integrar en su configuración épocas y estilos arquitectónicos de amplio abanico.
En películas como Río Místico (Eastwood, 03), Los infiltrados (Scorsese, 06) y Al filo de la oscuridad (Campbell, 10), vemos cómo la criminalidad, en ocasiones también insertada en la policía, despliega sus tentáculos por las arterias citadinas de esta hermosa urbe nunca exenta de los males que aquejan a las grandes concentraciones humanas. Un par de películas al respecto, una en la cartelera y otra circulando por los videoclubes de la ciudad. Veamos.

REDENCIÓN EN LA LEJANÍA
En Atracción peligrosa (The Town, EU, 10) Boston se convierte en un escenario vivo, particularmente el barrio de Charlestown, donde se desarrolla esta conocida historia de policías y ladrones con pertinentes tintes de drama. Las continuas tomas áreas funcionan como contextualización pero también como contraste para mostrar la gran ciudad y sus pequeños vericuetos, incluyendo una mirada a las entrañas del mítico monstruo conocido como Fenway Park y a diversos sitios que se convierten en parte del desarrollo dramático.
Más allá del fallido título en español, ahora se confirma que lo que vimos en Desapareció una noche (Gone Baby Gone, 07), el sorprendente debut de Ben Affleck que adaptó con soltura la novela de Denis Lehane, no fue un afortunado tiro al aire que dio en el blanco, sino el sólido arranque de un director que parece tener mucho más qué decir detrás de cámaras que frente a ellas. En esta ocasión, se retoma Prince of Thieves de Chuck Hogan para narrar la historia de un asaltante que termina relacionándose con la gerente del banco a la que sometió en uno de sus atracos, con todas las implicaciones del caso.
En efecto, Affleck toma la cámara por los cuernos y consigue construir un enérgico relato en el que caben un par de secuencias de acción firmemente filmadas junto a pasajes que se detienen en los personajes, a pesar de basarse en sujetos arquetípicos: el pillo que busca cambiar y termina en lo mismo (Ben Affleck) casi como un asunto heredado por su padre (Chris Cooper); el ladrón agresivo que da la vida y nunca ve más allá (Jeremy Renner, aún en su Zona de Miedo), el siniestro viejo titiritero que mueve los hilos (el recién fallecido Pete Postlethwaite); la enamorada que se mantiene a pesar de conocer a qué se dedica su galán (Rebecca Hall, estupenda); el sabueso que persigue fines sin importar los medios (Jon Hamm, como todo Mad Men) y la mujer extraviada entre las drogas y el abandono afectivo (Black Lively).
Hay un poco del thriller policiaco de los setenta aderezado con los recursos tecnológicos actuales, incluyendo una lograda edición de sonido y una versatilidad en la edición, gracias a la suma inteligente de perspectivas según requiere la intensidad dramática de la secuencia, apuntalada por un score siempre ambiental. Si bien el desenlace puede parecer convencional, el despliegue y énfasis de los momentos argumentales, más allá de la tensión provocada por los tiroteos y persecuciones, consigue que al espectador le importen los personajes.
¿Puede un romance transformar la vida de un hombre? “Por más que cambies, no puedes dejar de cargar con tu pasado y con las consecuencias de tus actos”: más o menos así reflexiona el protagónico con voz en off, llevándonos a pensar si en efecto, la criminalidad se va heredando de generación en generación como si se tratara de un lunar imposible de eliminar de la piel simplemente porque se trae tatuada en los genes.

REDENCIÓN EN LA SOMBRA
Dirigida por Brian Goodman, Lo que no te mata (What Doesn´t Kill You, EU, 08) sigue a dos ladrones del sur de Boston conocidos desde la infancia que parecen estar predeterminados a vivir del crimen, casi como si fuera un asunto genético, tal como se expone en Atracción peligrosa. Como suele ocurrir, ambos le rinden cuentas a un jefe que mira los toros desde la barrera mientras sus muchachos se ponen a trabajar, atrapados en un circuito de robo, violencia y adicción.
A partir de una consistencia narrativa que incluye ciertas rupturas temporales, vemos los esfuerzos por cambiar con escasa probabilidad de alcanzar el objetivo; la búsqueda de redención aparece como más compleja que cualquier atraco que se presente, incluyendo los camiones blindados. Encontrar una sana cotidianidad no es búsqueda sencilla, sobre todo cuando no se encuentra en el esquema vital de la persona. Mark Ruffalo consigue una sentida actuación, así como Amanda Peet, su crédula esposa, mientras que Ethan Hawke vuelve a realizar el mismo papel desde hace algunos años.
Blog: cinematices.wordpress.com

PERMISO PARA MATAR: POLICÍAS AL BORDE DE UN ATAQUE…

23 agosto 2010

Un trío de policías neoyorquinos, cada quien por su lado, vive momentos de angustia por diferentes motivos: económicos, afectivos, profesionales y de seguridad. Mientras que uno de ellos necesita dinero para cambiarse de casa con su esposa enferma e hijos, otro está al borde del retiro con la soledad tocando su puerta y el fantasma de la mediocridad rondando su trayectoria, al tiempo que el tercero en cuestión se encuentra infiltrado en una banda de narcotraficantes, siendo testigo de cómo su relación matrimonial se diluye sin remedio y es usado a capricho del jefe o la jefa en turno.
Estos tres tipos de personajes policiacos los hemos visto en incontables films del género y series de televisión; de hecho, se han convertido en una especie de prototipo –algunos críticos les han llamado cliché- para desarrollar historias que mezclan dramas existenciales, acción violenta, suspenso y análisis social de la delincuencia, apenas esbozado.
Dirigida por Antoine Fuqua (Asesinos sustitutos, 98; Carnada, 00; Lágrimas del sol, 03; Rey Arturo, 04; Tirador, 07) quien se iniciara en la temática con Día de entrenamiento (01), Permiso para matar (Brooklyn’s Finest, EU, 09) deja la impresión de que podía convertirse en una de las películas recordables del género policiaco, pero pierde la oportunidad por su incapacidad para sostener un discurso consistente a lo largo del metraje, excesivo para narrar lo que termina contando.
Nueva York es un escenario recurrente para este tipo de films incluso ahora en la etapa post-Giuliani, época en la que transcurren estos claustrofóbicos eventos salpicados de sangre, droga y explotación sexual. La cámara se pasea por algunas zonas de la ciudad como dar contexto y sigue con puntualidad a los personajes principales en sus diferentes recorridos, apuntalados por un score inquietante.
Richard Gere, Ethan Hawke y Don Cheadle consiguen interpretaciones creíbles, redondeadas por el apoyo de un solvente cuadro de actores de reparto, incluyendo el regreso de Wesley Snipes a una película que pasa por las salas de cine. No obstante, los personajes de pronto se sienten forzados en sus motivaciones, acciones y diálogos: parecen más un esquema preestablecido que seres tridimensionales, distinguibles y únicos. El ritmo e intensidad del desarrollo argumental termina siendo disparejo y por momentos la articulación de las tres historias pierde equilibrio.

CÓDIGO DE FAMILIA: LEALTAD A LA VERDAD

6 diciembre 2008

Frente a las incontables teleseries policíacas/detectivescas de lograda manufactura, realizar un film que ronde esta temática, además muchas veces recreada en pantalla, implica un reto vinculado a la creatividad y a la verosimilitud de la puesta en escena. La serie televisiva cuenta con muchos capítulos para desarrollar personajes, plantear situaciones y dejar correr las emociones: una película sólo tiene dos horas para lograrlo y, por si fuera poco, que alguna arista –guión, puesta en escena, personajes, etcétera- resulte eficazmente innovadora.
Si bien Código de familia (Pride and Glory, 08) no pretende renovar el género ni apuesta por la originalidad como consigna, sí consigue desarrollar una premisa de manera consistente, sobre todo gracias al cuidado en el desarrollo de los personajes, antes que buscar la acción por sí misma, insertada de manera puntual y con algunas tomas de fuerte contenido gráfico.
De ahí que la cinta transcurra básicamente a partir de diálogos, más que de secuencias de persecuciones o balaceras: incluso cuando dos de los personajes se lían a golpes, pareciera más una conversación con los puños que una elusiva coreografía violenta. La trama, sin embargo, no está exenta de momentos fuertes y de alta tensión (la forma de arrancar una confesión), con una constante presencia de ventanas o cristales cual manchados testigos inquebrantables de trágicos sucesos.
Con guión del especialista Joe Carnahan, quien ya había rondado el tema como director de Calles peligrosas (03), la historia retoma lugares comunes de este tipo de filmes pero los intenta contrapuntear con el contexto familiar de todos los personajes, dándole tiempo a sentidas conversaciones entre las parejas o a momentos propios de la intimidad en casa: es permanente el discurso contrastante en el que se plantea la conducta escindida de ser un padre de familia en apariencia amoroso y un torturador corrupto al mismo tiempo.
Dentro de la galería de personajes, el más interesante resulta Francis, interpretado por Noah Emmerich; mientras que Ray (Edward Norton, quien ya aprendió que la sobriedad es la clave) está en trance de superar pasado traumático; Jimmy (Colin Farell) es decididamente maloso y el pater familias (John Voight) se debate entre la tradición del deber y el mantenimiento de la buena imagen, Francis elude todo maniqueísmo y se ubica en una zona vital compleja, con una esposa moribunda y un equipo penetrado por la corrupción.
La trama en general nos suena familiar: complicidades entre narcotraficantes y policías; luchas territoriales, favoritismos hacia uno u otro grupo criminal, defensores de la ley extraviados en la ambición del dinero. Claro que el asunto se centra en narcomenudistas y no aborda esas relaciones sumamente perversas de plata o plomo que establecen los grandes capos, en las que parece no haber escapatoria: no es sólo un asunto de principios éticos de los policías, sino de sistemas que impidan la compra obligada de favores.
La dirección del irlandés Gavin O´Connor (The Miracle, 04) es funcional: opta por el desenfoque más que por el juego plano-contraplano en las conversaciones; la fotografía insiste en texturas deslavadas, con iluminación casi natural, buscando hosquedad en la paleta cromática, soportada por una cámara que busca perspectivas contrastantes; la música de Mark Isham, mientras tanto, se mantiene como discreto telón de fondo.
Varias temáticas se desgranan de la historia con mayor o menor énfasis: la relación padre-hijo y la dificultad de la independencia emocional; la presencia femenina, aunque discreta, vista como ancla de referencia familiar (ahí está el diálogo sobre el cambio necesario para ser un padre medianamente digno); el vínculo fraterno y los abusos de las relaciones familiares; el adormecimiento de la capacidad de sentir culpa. A medio camino quedó la forma en la que la prensa entra en este entramado de aniquilación de la ley, así como las conflictivas relaciones multiculturales.
Una película que, si bien genérica, consigue atisbar en el mundo de sus propios personajes y el contexto que los rodea, tan cercano y tan parecido al que nos ha tocado vivir, por desgracia.

Nos leemos después.
Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx

TROPA DE ÉLITE: APOCALIPSIS AQUÍ Y AHORA

16 agosto 2008

Cinta tristemente oportuna y pertinente al contexto tanto local como nacional que estamos viviendo en nuestro País. Si en Ciudad de Dios (Meirelles-Lund, 02) la mirada se posaba sobre los casi niños vueltos delincuentes por predestinación, ahora nos topamos de frente contra las corporaciones policíacas y sus complejas redes de corrupción, simulaciones y complicidades con las que operan en las favelas de Río de Janeiro, territorios donde la pobreza se sienta a la mesa con el narcotráfico y, a pesar de lo que se podría pensar, con un juvenil espíritu celebratorio.

Basada en el texto de André Batista, coescrita y dirigida por el documentalista José Padhila debutando en el cine de ficción, Tropa de Élite (Brasil, 07), ganadora del Oso de Oro en el 58º Festival de Berlín, es un descenso a los frágiles equilibrios infernales de una favela, trastocados por la visita del Papa en 1997 y su petición de pernoctar ahí, con la consecuente necesidad de limpiar la atmósfera al menos durante esa noche, en la que no se pueden escuchar ni las rencillas ni los habituales disparos que parten el efímero silencio del enturbiado ambiente.

Con prólogo en el que el implacable comandante Nascimento (Wagner Mora) presenta con voz en off la situación que pronto se desarrollará, seguimos a dos posibles sucesores del susodicho, quien ha decidido dejar el puesto por la próxima paternidad y la evidente afectación psicológica que padece. Como parte de la BOPE (Batallón de Operaciones Policíacas Especiales), corporación que va contra todo y contra todos (narcos, policías corruptos, vigilantes y hasta civiles si es necesario), empleando cualquier medio con tal de alcanzar el fin, tortura incluida, el comandante requiere un digno sustituto que haya decidido entrar a la guerra y convertirla en casi su única razón de vida.

Tras un cruento proceso de entrenamiento, que recuerda los que hemos visto en las cintas sobre la guerra de Vietnam, sólo dos han resultado candidatos viables para suceder al comandante con esporádicos ataques de culpa frente a una madre que ha perdido a su hijo: un joven impulsivo que parece dispuesto a morir por nada (Caio Junqueiro) y un cerebral e idealista novato (André Ramiro) que también estudia para abogado con algunos compañeros aburguesados que participan a manera de limpiaconciencias en una ONG incrustada en el torbellino.

Mientras desde la comodidad del salón de clase se discuten las tesis de Foucault sobre los micropoderes y sus vínculos perversos, en el campo de batalla no hay tiempo para teorizar sino sólo para buscar la sobrevivencia con la única consigna de nunca dejarse matar. Las pirámides de corrupción en los cuerpos policíacos y sus acuerdos con los distribuidores de droga se han convertido en una pasmosa e inamovible normalidad, con la consecuente degradación moral que a todos invade: no hay héroes, sólo guerreros. No hay quien tire la primera piedra.

La pretensión de verismo permea todo el relato, con el dinamismo nervioso de la cámara de Lulha Carvalo, un cromatismo deslavado y una edición implacable a manera de espiral en la que también caben las secuencias paralelas, así como una permanente combinación de planos contextuales o de mirada de francotirador, junto a los que nos permiten adentrarnos en las casuchas y callejuelas, mientras la música eleva peligrosamente la tensión entre gritos distantes y balas nunca perdidas.

La realidad, conocida por nosotros, nos va estallando en el rostro como el balazo terminal con el que se pone fin a un proceso, sólo para abrir múltiples puertas de un terror que parece no conocer salidas definitivas. El campo de batalla lo ha invadido todo: el hogar con la esposa reclamante, la escuela como punto de venta, la oficina enrarecida por la tensión y hasta las posibles relaciones personales y amorosas, ya trastocadas en definitiva por las llamas de un infierno que no se detiene: el Apocalipsis aquí y ahora.

Nos leemos después

Comentarios: cuecaz@prodigy.net.mx