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2015: OCTOGÉSIMA SÉPTIMA ENTREGA DEL OSCAR

23 febrero 2015

Son más prestigiosos, en términos estrictamente cinematográficos, los premios ganados en los Festivales –particularmente Cannes, Berlín y Venecia- que los que se obtienen en las entregas de las academias nacionales. La diferencia entre el Oscar y el resto de las premiaciones nacionales como los BAFTA, Goya, César, Premios Sur, David de Donatello, Sophia y hasta nuestros arieles, ya muy veniditos a menos, es la fuerte presencia mediática del cine estadounidense, además de que siguen siendo, en términos de industria y hablando en general, los más fuertes. Así es que los óscares son un espectáculo, ni más ni menos, que se puede disfrutar en su justa dimensión, entendiendo la racionalidad con la que operan y desde qué lógicas deciden los miembros de la Academia estadounidense: ni considerarlos como la última palabra de la calidad fílmica, ni suponer que solamente se trata de una suma de frivolidades con fuerte carga mercadológica. Para no ir más lejos, basta ver las películas que fueron nominadas este año: nada de superproducciones o blockbusters, todas valen la pena y casi cualquiera merecía quedarse con el premio mayor. Se puede estar o no de acuerdo con los resultados pero al menos no se dieron las injusticias flagrantes que se han presentado en entregas anteriores (ver el artículo de Nicolás Alvarado publicado el martes 24 en Milenio). Como en años pasados, la tendencia fue la distribución más que el arrasamiento. La última película que llenó el costal de estatuillas fue la tercera entrega de El señor de los anillos: El retorno del rey (Jackson, 2003), con once premios, y la ganadora más reciente de los cuatro reconocimientos considerados mayores (actor, actriz, director y película) fue El silencio de los inocentes (Demme, 1991), hace casi 25 años.

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A partir de ahí, hemos visto cómo los premios se reparten salomónicamente, quizá con la excepción de Quisiera ser millonario (Boyle/Tandan, 2008), que se llevó ocho galardones. De hecho, en lo que va de la década, las películas ganadoras han alcanzado entre tres y cinco premios, no más. Este año no fue la excepción. Birdman, la mejor película de G. Iñárritu aunque no la que más me gustó de las nominadas, obtuvo cuatro óscares importantes (notable lo de lo Lubezki y bien dicho el asunto de los migrantes), mismo número que El gran hotel Budapest (mi favorita), aunque el peso de unos y otros es distinto.

La que mejor rendimiento tuvo en cuanto a la relación entre nominaciones y triunfos fue la estupenda Whiplash (5 a 3), Oscar 2015mientras que El Código enigma fue la más baja (8 a 1), situación que no le resta ningún valor como la gran obra fílmica que es, al igual que a las también sólidas Foxcatcher, Mr. Turner, Boyhood o El francotirador, quedándose con una o ninguna estatuilla. Aquí queda claro que no porque una gane y otras pierdan se determina la calidad inferior o superior de unas y otras: estamos frente a un juego que puede ser divertido si no nos lo tomamos en serio. A pesar del buen desempeño del anfitrión, la ceremonia tuvo sus altibajos y ciertos pasajes empezaban a provocar el descenso de los párpados. Se intentó hacer un número que uniera a las abuelitas (La novicia rebelde) con las nietas (Lady Gaga) sin resultados demasiado atractivos, más allá de corroborar que la cantante sí tiene voz, y determinados números musicales y discursos quedaron listos para el olvido inmediato. Sin embargo, algunos momentos de buen humor y las diatribas políticas y sociales –igualdad racial, no discriminación sexual, salarios justos para las mujeres, buen trato a los migrantes, dedicatoria a personas que padecen alguna enfermedad, mantener la comunicación con los padres- le insuflaron vida a una entrega que empieza a acusar falta de sorpresa: ya sabemos que cuando alguna celebración de este tipo se vuelve predecible, entonces pierde interés; difícil disfrutar de un partido cuando sabemos el resultado de antemano. Por ejemplo, los premios por actuación eran crónica de un reconocimiento anunciado, al igual que el galardón a la canción Glory del filme Selma (absurdamente ninguneada en varias categorías, aunque no creo que por conspirativas cuestiones raciales); a la película animada ganada por Grandes héroes (le iba a El cuento de la princesa Kaguya y no entendí por qué no apareció Lego: la película) y a efectos especiales para Interestelar, que quizá merecía estar en la lista de mejor película. También extrañé una mayor presencia de Vicio propio. Quizá lo más importante en términos cinematográficos de esta ceremonia es la oportunidad que se le abre a ciertas películas para alcanzar una mayor distribución, particularmente en el caso de los cortometrajes, los documentales y las cintas de otras latitudes: así, películas como la polaca Ida, los documentales Citizen Four y Crisis Hot Line: Veterans Press 1, y los cortos The Phone Call y Feast, además del resto de los nominados, tendrán mayores posibilidades de llegar a más ojos alrededor del mundo. Además, un poco desapercibidos pero muy importantes son los premios honorarios, que en este año fueron para el brillante guionista y teórico Jean-Claude Carrière, colaborador de Luis Buñuel; la reconocida actriz y cantante Maureen O’Hara, y el gigante de la animación mundial, el sensible director Hayao Miyazaki que recién anunció su retiro: ojalá lo reconsidere. Esperemos que para los galardonados esta noche, el reconocimiento se convierta en un acicate para seguir mejorando y no, como hemos visto en muchos casos, una especie de maldición del objetivo alcanzado: con el Oscar en su chimenea pero con su carrera dando penosos tumbos o, simplemente, desaparecida.

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EL EMPLEO COMO DESAFÍO

14 febrero 2015

Las estructuras y los mercados laborales se han venido reconfigurando de manera dramática durante las recientes décadas. La idea básica del trabajo asalariado seguro y para toda la vida, se ha desvanecido. Las sociedades enfrentan serias dificultades que tiene que ver no solo con el creciente número de desempleados, sino con la precariedad de los empleos disponibles, la informalidad en la que se desarrollan las actividades laborales y con la consecuente desigualdad en la distribución del ingreso.

Parece que los modelos propuestos están rebasados: el neoliberalismo económico no ha resultado tan mágico como se esperaba y la famosa autorregulación de los mercados sigue siendo una ilusión, como se muestra en Trabajo confidencial (Inside Job, Ferguson, 2010); por su parte, el estado de bienestar se tambalea frente a las crecientes necesidades de la población y la excesiva intervención estatal parece tampoco ser la solución para alcanzar sociedades más justas: claro que en todos los casos se cierne el fantasma de la corrupción.

El cine ha posado sus cámaras sobre el fenómeno laboral. Eisenstein contrapunteaba a los obreros con la guardia zarista en La huelga (1924); Chaplin anunciaba los peligros de la automatización en Tiempos modernos (1936); por su parte, De Sica exploraba las angustias para conservar un empleo en Ladrón de bicicletas (1948) y Clouzot presentaba la necesidad de aceptar un trabajo de alto riesgo como única alternativa en El salario del miedo (1953), temática después retomada en el documental La muerte del trabajador (Glawogger, 2005).

Cintas más recientes muestran, desde diversos enfoques, las dificultades que enfrentamos como comunidad para que el trabajo no solo alcance, sino que resulte significativo: ahí están, por ejemplo, Lloviendo piedras (1993), Nubes pasajeras (Kaurismäki, 1996), Todo o nada (Cattaneo, 1997), Recursos humanos (Cantet, 1999), El lado izquierdo del refrigerador (Falardeau, 2000), Los lunes al sol (León de Aranoa, 2002), Power Trip (Delvin, 2003), Próxima salida (Tuozzo, 2004), Arcadia (Costa-Gavras, 2005), Amor sin escalas (Reitman, 2009) y Come, duerme, muere (Pichler, 2012).

UN FIN DE SEMANA DECISIVO

Con una estética eminentemente documental, género que desarrollaron durante varios años (de Le chant du rossignol, 1978 a Regard Jonathan/Jean Louvet, son oeuvre, 1983), los hermanos belgas Jean-Pierre y Luc Dardenne debutaron en el campo de los largometrajes de ficción con el drama bélico-familiar Falsch (1987), para después volverse habituales ganadores en el Festival de Cannes; se han constituido como pilares del cine con fuerte conciencia crítica, retomando importantes tendencias fílmicas como el Free cinema inglés, el neorrealismo italiano, el Direct cinema y el Cinéma vérité.

Han retratado con mirada etnográfica las difíciles realidades migratorias (La promesa, 1996; El silencio de Lorna, 2008), laborales (Je pense à vous, 1992; Rosetta, 1999) y familiares (El niño, 2005; El hijo, 2002; El chico de la bicicleta, 2011) que enfrentan las clases trabajadoras, presentando casos particulares susceptibles de generalizarse a contextos más amplios, no solo en Europa sino en buena parte del mundo. En efecto, las historias micro se convierten en materia de reflexión y análisis global, siempre atravesadas por una compleja encrucijada para los protagonistas y dejando que sea el espectador quien asuma una posición al respecto.

En Dos días y una noche (Bélgica-Francia-Italia, 2014), derivada de una anécdota escuchada por los directores, continúan planteando un dilema moral como centro argumental del cual se detonan las diferentes decisiones que van tomando los personajes con racionalidades diversas, en medio de estructuras sociales e institucionales que parecen rígidas e inamovibles. Los márgenes de maniobra del individuo frente a estas entidades no son siempre los mismos: varían en función de las propias características de las personas, su origen, sus recursos y sus capacidades para solventar problemas y enfrentar imponderables.

Dos díasEn este caso, la historia sigue a Sandra, una mujer casada y madre de dos hijos que estaba empleada en una fábrica de paneles solares; tras sufrir una especie de colapso, intenta regresar a su trabajo, pero el supervisor le plantea la disyuntiva clave del argumento: para recuperar su empleo, tendría que convencer a sus compañeros para que renuncien a un bono de €1000 y revertir la determinación tomada. Tiene como plazo un fin de semana.

Es así como inicia un recorrido que dura el tiempo referido en el título para intentar hablar con sus dieciséis colegas y plantearles la situación. Los diálogos mantienen un absoluto realismo y las razones de unos y otros para apoyarla o no resultan coherentes. Uno de ellos esboza el cuestionamiento clave: ¿Por qué la empresa no mantiene nuestro bono y también tu empleo? Entonces vemos cómo los trabajadores se debaten en difíciles decisiones que afectan la relación entre ellos, mientras que quien realmente tiene la responsabilidad se lava las manos y deposita en otros el peso de la determinación acerca del destino de los recursos.

La capacidad de los Dardenne para dirigir actores se vuelve a poner en evidencia: si bien Marion Cotillard es una intérprete consumada que vuelve a demostrar porqué es una de las actrices más importantes de la actualidad (esos cambios de registro de la depresión al atisbo de esperanza), el resto del reparto acompaña y secunda con solidez los ires y venires de la protagonista, desde el esposo apoyador y figura clave del relato (Fabrizio Rongione), hasta todos los colegas del trabajo que va visitando para hacerles la solicitud planteada.

Las calles y colonias populares de Seraing, en la provincia belga de Lieja, se convierten en el escenario de los desplazamientos físicos y emocionales que realiza esta mujer siempre al borde de la desesperanza, apenas sostenida por antidepresivos, el ímpetu del esposo y ciertas muestras de solidaridad provenientes de algunos de sus compañeros de trabajo, cada uno con sus propias necesidades, intereses, prejuicios y valores.

De esta manera, observamos también el heterogéneo mosaico de los trabajadores, sus situaciones familiares y las condiciones en las que viven. Con una edición brusca y sin artilugios, la cámara sigue de manera convencida a los intentos de una mujer y su esposo no solo por conservar un empleo como medio de sobrevivencia, sino el espíritu de seguir adelante con dignidad, en un contexto socio laboral que parece diseñado justamente para lo contrario pero en el cabe, sin embargo, la posibilidad de sacrificarse por el prójimo.

INVENTORES ANIMADOS

7 febrero 2015

Un par de películas de animación con evidente espíritu japonés: una realizada allá y otra inspirada en la isla que comparten como centro argumental la pérdida y la posibilidad de innovación creativa como para darle sentido al mundo: o más allá, para crear un entorno diferente donde la luz brille por encima de las calamidades. Ahí, justo donde el recuerdo inspire o el viento nos anuncie la necesidad de mantenernos dispuestos a optar por la vida.

DEBEMOS INTENTAR VIVIR

Se levanta el viento (Japón, 2013) representa un elocuente final de trayectoria artística llena de imaginación, puesta al servicio del cine como vehículo expresivo, específicamente a través de la animación hermosamente artesanal. El gran realizador nipón Haya Miyazaky ha declarado que la cinta biográfica basada en su propio cómic sobre Jirô Horikoshi, el diseñador de aviones durante la II Guerra Mundial, es la última que dirige: inevitable resulta encontrar ciertas comparaciones entre ambos, particularmente las vinculadas al espíritu creativo y a la búsqueda de la belleza ya sea en los aeroplanos o en las películas animadas, según sea el caso.

La historia sigue justamente a este ingenioso diseñador desde su infancia hasta su etapa adulta, ya convertido en un visionario diseñador aeronáutico, pasando por su juventud con todo y las inspiraciones oníricas de Caproni, un creador italiano de aviones por completo anticipado a su época, así como su ingreso a una compañía creadora de aviones en 1927, su relación matrimonial con Nahoko y su vínculo amistoso con su colega Honjo. El argumento se contextualiza a partir de eventos catastróficos como el terremoto de 1923 y la dura epidemia de tuberculosis.

En su undécimo largometraje, el también realizador de notables cortos como Pan-dane to Tamago-hime (2010), propone unSe levanta el viento héroe masculino de la vida real, en contraste con sus habituales protagonistas femeninas insertas en mundos complejos –Nausicaä, Sheeta, Kanta/Michicko, Kiki, Mononoke, Chihiro, Sofî, Ponyo-, y se inclina más al realismo que a la fantasía, solo incorporada a través del onirismo recreado en el mundo del futuro inventor: el poder de la inspiración atraviesa la convicción de que los sueños pueden transformarse en estética realidad.

Una vertiente narrativa que complementa el argumento central del filme, posa su atención en el matrimonio del protagonista con una sensible pintora de frágil estado de salud: esta dimensión entre romántica y dramática contribuye a entender de manera más integral al personaje, considerando todo el desarrollo en la empresa y con su buen amigo y colega, mostrando la obsesión por convertir el sueño recurrente en prístina realidad.

La temática de la guerra vuelve a desplegarse como en El castillo vagabundo (2004) y se plantea la disyuntiva de crear artefactos para la destrucción o para engrandecer al ser humano (de hecho estos aviones Zero se usaron en Pearl Harbor). La reflexión también se formula en torno a la manera en la que la cultura japonesa se fue transformando en términos de calidad: de los aviones malhechos en casa, a la necesidad de construir artefactos impecables en funcionamiento y en forma; no es casual que se describa esa capacidad nipona para retomar buenas ideas de otras partes del mundo y engrandecerlas.

Una vez más la animación es deslumbrante por la capacidad de absorbernos y colocarnos justo ahí, en el terremoto de Kanto; en el aire, el cielo, el campo y la lluvia; en los sueños del niño y en las difíciles condiciones que se vivían en aquellos años: la paleta cromática busca los claroscuros y tanto los paisajes como los interiores son labrados con delicadeza pictórica. La banda sonora termina por ampliar la recreación de una época y un momento particular en los márgenes de la terrible guerra.

En su poema El cementerio marino de 1922, Paul Valery concluye que “El viento se levanta! … ¡Hay que intentar vivir! / Mi libro cierra, inmenso, luego lo vuelve a abrir, / ¡De las olas deshechas nuevas olas derivan! / ¡Vuelen, vuelen ustedes, páginas deslumbradas! / ¡Rompan, olas! ¡Rompan con aguas exaltadas / Este techo tranquilo donde los foques iban!” Como las velas que se enfrentan a la tormenta, pareciera que la proyección vital puede mirar hacia un horizonte donde, en efecto, el viento nos pueda dar un nuevo impulso, cuando todo parece perdido.

DEBEMOS INTENTAR RENOVARNOS

Con una impronta japonesa desde la ambientación y nombre de la urbe donde se desarrollan los sucesos (San Fransokyo), Grandes Héroes (Big Hero 6, EU, 2014) es una sensible y entretenida cinta de animación que se sustenta en la relación que establecen un niño genio rebelde y una especie de robot cual muñeco de nieve inflable de irresistible simpatía. Es de hecho este personaje el que resulta clave para que el filme consiga trascender más allá del disfrute momentáneo, además de la integración de un cierto dramatismo.

Dirigida por Don Hall y Chris Williams con guion armado por una multitud, la cinta sigue la línea estética desarrollada en Ralph (Moore, 2012) y Frozen (Buck y Lee, 2013), estableciéndose como una propuesta de Disney paralela a Pixar, tratando de diferenciarse y al mismo tiempo de incorporar ideas que alimenten este tipo de filmes de animación. Además de una buena dosis de emoción y humor, la historia se articular a partir de diálogos inteligentes y una edición eficaz, soportada por una animación que integra ciudades y nos lleva a un mundo extrañamente familiar.