Archive for 28 junio 2016

ADENTRO O AFUERA: LEJOS DEL MUNDANAL SILENCIO

28 junio 2016

El espacio vital como referente para construir la visión sobre el mundo con las limitaciones y posibilidades del caso. Fortalezas para salvaguardar la integridad frente a un campo externo corrompido, como si de un castillo de la pureza se tratara (Ripstein, 1973), sin pensar que en los pasillos internos la podredumbre también se puede ir anidando, acaso por la ausencia de viento fresco. El afuera visto como el hábitat del enemigo a vencer y el adentro como el capullo donde todo puede florecer prístinamente.

COLMILLOS: LA FAMILIA COMO REFERENTE ÚNICO

Dirigida y coescrita por el realizador originario de Atenas Yorgos Lanthimos (Los suplantadores, 2009), Colmillos (2009) es una reflexión sobre el aislamiento como una forma de construcción de valores y referentes únicos, donde la realidad se reduce al entorno familiar. Un hombre de mediana edad (Christos Stergioglou) mantiene a sus tres hijos jóvenes en casa, junto con su mujer, mientras sale a trabajar y provee de lo necesario a su clan, incluyendo la satisfacción de la necesidad sexual del joven varón, aquí vista como un requerimiento natural y desapasionado; para tal efecto, lleva a una mujer que trabaja en la empresa como guardia de seguridad, constituyéndose como la única persona del exterior que irrumpe en el planeta familiar.

A través de rutinas diversas transcurre la vida al interior de una casa grande donde caenColmillos aviones de juguete que simulan ser reales; el momento de salir al mundo será cuando a los hijos se les caigan los colmillos, de ahí el título, como muestra de una madurez que nunca llegará, al menos que se fuerce. Con una cámara quieta que retrata esta especie de burbuja en constante peligro de implosión, donde el significado de las palabras se va transformando y la comprensión del mundo, por ende, se manipula según los designios, arrebatos y cosmovisión paternos, nos volvemos testigos de los efectos que se generan cuando la libertad queda reducida a los radicalismos de alguien que se considera moralmente superior.

THE WOLFPACK: EL CINE COMO VENTANA

La realizadora Crytsal Moselle debuta como directora con el documental Wolfpack: Lobos de Manhattan (EU, 2015), que nos introduce a un universo entre mágico y bizarro creado por la familia Angulo que vive enclaustrada en su departamento del este del barrio neoyorquino, cual cápsula aparentemente purificadora. La madre educó al interior de la casa por lo cual recibía una compensación económica que les permitía subsistir sin buscar el sustento fuera de las cuatro paredes.

Los siete hijos –seis varones y una mujer- desarrollaron una comprensión del mundo, sobre todo, a través del cine, como si fuera mejor que la vida: reproducen secuencias, dramatizan momentos diversos, elaboran disfraces y han pasado buena parte de su vida viendo películas. Rara vez salen a la ciudad, más o menos una vez al año y solo los hombres, y no obstante mantienen un sorprendente nivel de cordialidad hasta donde se alcanza a ver.

Pero el interés y la curiosidad por conocer el mundo, ya no a través de una pantalla, se mantienen presentes y la escapatoria de uno de los jóvenes de la manada, modificará el forzado equilibrio impuesto hasta ahora por un padre peruano ex guía de turistas en Machu Pichu con ideas relacionadas con el krishnaismo y su esposa, una mujer entre sumisa y cómplice que lo conoció en un viaje cuando se ostentaba como hippie. Los cuestionamientos no se permiten y la cámara parece convertirse en una válvula de escape para los miembros de este particular conglomerado familiar increíblemente real.

LA CREENCIA COMO PRISIÓN

Basado en el libro de Lawrence Wright y dirigido por el especialista Alex Gibney (Enron, 2005; Freakonomics, 2010; La mentira de Armstrong, 2013), Going Clear: Scientology and the Prison of Belief (EU, 2015) es un texto que cuestiona las formas y propósitos de la iglesia en cuestión, a través de duros testimonios de ex miembros de dicha organización, algunos de ellos muy conocidos (el director Paul Haggis) y otros que en algún momento alcanzaron puestos de muy alto nivel. En simultáneo, se propone un recorrido histórico aderezado con imágenes de archivo que soportan visualmente el discurso crítico hacia el objeto de análisis: la institución que controla al individuo sin que éste logre ser consciente.

La manipulación y coacción, revisadas también en Jesus Camp (Ewing y Grady, 2006), los intereses económicos detrás de los rituales, la invasión de la vida privada y familiar y las amenazas hacia los desertores, van siendo temáticas que las cabezas parlantes van comentando, además de una acuciosa investigación tanto de campo como documental que permite contar con una perspectiva, que no habría de considerarse como única, acerca de esta cuestionada organización en la que participan Tom Cruise y John Travolta como personajes visibles.

Las coincidencias con la gran película The Master (Anderson, 2012), interpretada por Philip Seymour Hoffman y Joaquin Phoenix, son evidentes tanto en las actitudes del líder fundador de la organización religiosa como en las del heredero al trono: el escritor cienciaficcional Ron Hubbard y David Miscavige, respectivamente. Una película que permite reflexionar sobre el papel de las creencias en la configuración de las sociedades humanas y cómo la posibilidad de discutir las ideas y dialogar con el otro, sin pretender imponer verdades absolutistas, sigue siendo la esperanza para nuestra especie.

 

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ANOMALISA: EXTRAÑO EN TODAS PARTES O EL INFIERNO ES UNO MISMO

21 junio 2016

De pronto la sensación de confusa soledad se apodera de las motivaciones vitales. Si el infierno son los otros, como decía Sartre, los vínculos afectivos van convirtiéndose en un problema irresoluble y una carga fastidiosamente pesada. Aunque sabemos que las llamas más abrasivas son las que van creciendo en el interior, el contacto con los demás termina por avivarlas en un sentido destructivo. Los escenarios en los que se protagonizan las rutinas sucumben ante una monotonía absoluta, de una impersonalidad aplastante donde da igual estar en casa que en un hotel ubicado en cualquier parte del mundo.

Todas las voces del exterior se homogenizan como si de un agotado coro uniforma se tratara, tratando de ser complacientes o de plano exigentes, pero nunca cercanas (voz exactamente cansina de Tom Noonan). El timbre y tono son los mismos, más allá de quien se trate, porque los demás han dejado de ser individuos para convertirse en una masa informe e indistinguible, repitiendo los mismos esquemas y las frases prefabricadas: acaso el problema no está en los otros, sino en la propia incapacidad de encontrarle significado a los discursos del de enfrente, para lo que es necesario, desde luego, dejarse de ver el ombligo al menos por un momento.

No hay escapatoria posible por más que se intente reencontrarse con un pasado que parecía mejor; con un presente anodino del que solo se puede reportar estar casado y tener un hijo, o con un futuro que no se alcanza siquiera a vislumbrar. Solo queda asomarse a la ventana para ver la personificación del autoerotismo frente a la mirada de la computadora, o bien vivir una pesadilla con personal obediente dispuesto a entregarse sin pasión, mientras que la máscara se desprende a la mitad de la escapada.

LA ESPERANZA DE LA ANOMALÍA

Escrita y dirigida por el neoyorquino Charlie Kaufman (How and Why, 2014) con el apoyo de Duke Johnson, Anomalisa (EU, 2015) abre con una pantalla en negro acompañada de ruido ambiental en el que se escuchan voces sin algún significado perceptible, como anticipando la ausencia de comprensión hacia sí mismo y los demás, vivida por el protagonista de esta desencantada y realista experiencia que busca la anomalía como tabla de salvación rupturista en un mundo de angustiante similitud.

Michael Stone (voz precisa de David Thewlis) es un conferenciante de origen inglés afincado en Los Ángeles con libro publicado en mano sobre la calidad en el servicio; llega a la ciudad de Cleveland para dar una ponencia al respecto, insertando temas manidos como la importancia de la sonrisa aunque no se sienta uno feliz, como si el asunto se resolviera con simulaciones permanentes que terminan volviéndose costumbre. Quizá esa vacuidad de premisas simplonas termina por poner al protagonista en un proceso de indefensión ante el sentido de su propia existencia.

Lo acompañamos desde que va en el avión, junto a un tipo que le agarra la mano por la costumbre de dormir con la esposa, hasta que hace el check inn en el pulcro y funcional hotel donde todos pueden ser anónimos, pasando por la fila para recoger el equipaje y el trayecto en taxi, escuchando recomendaciones turísticas y culinarias entre dificultades para darse a entender, a pesar de tratarse del mismo idioma. Escucha sugerencias turísticas como visitar el zoológico de la ciudad y disfrutar del chili con carne, si bien nadie le recomienda visitar el museo de arte, ir a un partido de los Bengalíes, si es temporada, o de los Rojos.

Ya en la habitación empieza a sentir el peso de la soledad afectiva: un trago mitigador del minibar con cena pedida, solicitud de servicio al cuarto, alguna llamada a la novia que regresaba a la memoria desde el vuelo, con el consecuente encuentro en el bar del hotel y, finalmente, la fortuita reunión con dos mujeres que viajaron varias horas para escuchar a este gurú volando bajo. Con una de ellas, la menos agraciada, surgirá una especial conexión que podría parecer la respuesta a sus dubitativas preguntas. Lisa (Jennfer Jason Leigh) se convertirá, con todo y su baja autoestima, en la personificación de la autenticidad al menos un tiempo, contando su día o cantando el clásico ochentero Girls Just Want To Have Fun de Cindy Lauper.

LA FUERZA DE LA ANIMACIÓN

Si en Nueva York a escena (2008) el dramaturgo se extraviaba entre las etapas de su vida y de su conciencia, aquí el expositor en depresión queda atrapado en un estado de aislamiento emocional vivido hace tiempo pero apenas asumido, corriendo por los pasillos inermes del hotel en busca de compañía que pudiera derivar en un encuentro sexual, suponiendo que la intimidad física pudiera paliar la ausencia de sentido. Difícil trastornar la realidad como proponía el propio guion de Kaufman en los guiones de ¿Quieres ser John Malkovich? (1999) y El ladrón de orquídeas (2002), ambas dirigidas por Spike Jonze.

AnomalisaLa animación en stop motion, aderezada por un score a cuentagotas, destaca por dar una notable sensación de realismo, no tanto por su trazo visual o proporcionalidad, sino por su intención de crear escenografías que se reconocen de inmediato, como los espacios típicos de las calles, los asépticos hoteles de cadena, la fría calma de los aeropuertos y el bullicio de las casas. Los colores marrones, anaranjados y amarillentos acentúan esa sensación de estar en cualquier parte y en ninguna, además del gesto idéntico de todos los personajes, salvo los protagónicos, sin importar el rol social desempeñado.

La cámara enfatiza la perspectiva central del sentido emocional de cada escena, logrando que nos olvidemos que, a fin de cuentas, estamos viendo una película de animación capaz de retratar con inusual profundidad al profesionista independiente del siglo XXI, atrapado en sus propias contradicciones entre el discurso de la amabilidad y la sonrisa pronta, y el contraste con la evidente infelicidad que va cargando a cuestas, incapaz de llevar a la práctica inmediata alguna de las ideas que plasma en conferencias y publicaciones.

El regalo al hijo se vuelve como un requisito tanto para el padre como para el vástago, que solo le interesa la compra compensatoria de la ausencia paterna: da igual que sea una antigüedad japonesa de una tienda de juguetes sexuales, porque la recompensa es inmediata o no es. Llegar a la propia casa se puede convertir en un Eterno resplandor de una mente sin recuerdos (Gondry, 2004), con tipos deambulando por ahí y diciéndote que les da mucho gusto cuando ni siquiera los conoces. No queda más que sentarse en las escaleras para ver si se escucha alguna voz diferente o, ya de plano, ponerse los audífonos para evitar la confusión proveniente del ruido ambiental.

COMPAÑEROS INESPERADOS

14 junio 2016

Un par de películas que abrevan del buddy film en el sentido tradicional del género con improbables asociaciones, choque de personalidades y química poco a poco construida, navegando entre la acción y la comedia y apostando por las habilidades actorales de sus intérpretes. Mientras que una logra trascender los márgenes propios del género al viejo estilo de las cintas setenteras y ochenteras, la otra depende demasiado de la interacción entre sus protagonistas.

DOS TIPOS DE CUIDADO

En Los Ángeles la fiesta todavía continuaba en los setenta, justo antes de la gran cruda ochentera que trajo al SIDA y un neoconservadurismo totalizador, por mencionar algunas calamidades. Pero un poco antes, todavía quedaban ciertos resabios de la ideología hippie, entre otras cosmogonías sectarias, que trasnochaba con protestas al filo de la banqueta, entre sustancias voladoras y amor libre, donde lo de menos era el motivo de la movilización o la lógica de las demandas.

Como se leía y veía en Vicio propio, novela de Pynchon llevada al cine por P. T. Anderson, eran tiempos de complots cósmicos, grupúsculos deschavetados esperando lo imposible y pequeños conflictos personales, los de siempre, que pueden resonar más allá del ámbito familiar, susceptibles de ser indagados al margen de la ley por detectives privados de dudosa procedencia pero muy a tono con el espíritu de la época.

Escrita y dirigida por Shane Black, más cerca de Entre besos y tiros (2005) que de Iron Man 3 (2013), Dos tipos peligrosos (The Nice Guys, EU, 2016) arranca con elusivo prólogo que nos pone a tono –el niño robando la revista porno del cuarto de sus papás justo cuando un coche cae a su casa con la modelo retratada en ella- en cuanto a que la realidad se puede parecer mucho a su representación, aunque se trate de las fantasiosas publicaciones para adultos. Cómo estarán las cosas que incluso hacer una película XXX puede considerarse como un acto de protesta.

De ahí nos vamos al desarrollo de la trama, en la que un investigador (Ryan Gosling, mostrando dotes no vistos para la comedia física) y padre soltero con hija perspicaz (Angourie Rice) es contratado para averiguar acerca del posible suicidio de una estrella del cine porno; en su camino se cruza un golpeador a sueldo que de paso castiga abusadores (Russell Crowe, dejando los papeles lacrimógenos) y juntos a fuerza tendrán que colaborar para ahora también encontrar a una joven extraviada (Margaret Qualley, la chica de The Leftlovers), que resulta ser la hija de la jefa de la policía (Kim Basinger en el lado opuesto de Los Ángeles al desnudo).

Dos tipos peligrososEn medio de las indagatorias, aparecen grupos y personajes con agendas propias, algún asesino a sueldo (Matt Bomer), una anciana que no ve fantasmas, un adolescente medio vivales y varios enredos que nutren un guion capaz de trascender el mero asunto de la pareja dispareja, logrando desarrollar a sus personajes, encontrar momentos de franco humor negro y crear una atmósfera que remite a una época de una maliciosa inocencia, si cabe el oxímoron. Y en el centro del filme, un par de actores dispuestos a salirse de sus territorios conocidos para crear momentos de bienvenida hilaridad.

Con edición que ayuda a detener y acelerar la trama justo cuando se requiere, evitando caer en una sucesión de piruetas y peleas sin fondo, el filme mantiene su enfoque básico de comedia aderezado con algunas balaceras y persecuciones, pero siempre privilegiando los diálogos sobre los puños. La recreación de la época con sus colores y humores se fortalece con un cuidado trabajo de vestuario y utilería, más como trasfondo y sirviendo a la historia que buscando llamar la atención más de lo necesario.

En cierto sentido, Black actualiza su modelo general de Arma mortal (Donner, 1987), partiendo de un vínculo laboral y afectivo que parte del enfrentamiento para evolucionar hacia el aprovechamiento de las diferencias, orientado a resolver los turbios casos que se presentan e ir salpicando de humor los procesos de indagación, al ritmo de Kool & The Gang, Eart, Wind & Fire, Bee Gees, Herb Alpert & The Tijuana Brass, The Band y America, entre otros sonidos inconfundiblemente setenteros.

UN ESPÍA Y MEDIO

En una escuela nos encontramos con el estudiante popular que todo lo gana y con el que es sujeto de acoso por parte de sus compañeros. El primero es festejado en la ceremonia de fin de cursos y el segundo es lanzado desnudo a la duela, luciendo su exceso de peso. Años después se reencuentran: uno se ha convertido en un contador casado con la novia preparatoriana, escasamente satisfecho con sus logros (como si ello fuera un fracaso) y el otro ha desarrollado un físico impresionante y se dedica, básicamente, a salvar al mundo.

Dirigida en trazo grueso por Rawson Marshall Thurber (¿Quién *&$%! son los Miller?, 2013), Un espía y medio (Central Intelligence, EU, 2016) carece de una historia interesante y se refugia, por una parte, en la interacción de sus dos protagonistas, Kevin Hart en el ajo de su histeria y Dwayne Johnson, explotando su simpatía natural aquí siempre ubicuo, y por la otra, en algunas secuencias de acción que combinan con buen timing la adrenalina con el humor. La presencia de Amy Ryan y Jason Bateman refresca una cinta que juega a lo seguro con resoluciones fáciles, aunque cumpliendo exactamente lo que promete.

UNA BUENA NOTICIA

Después de seis años, la Muestra de Cine en León, ahora en su sexagésima edición, se vuelve a proyectar en una sala cinematográfica, como debe ser. Ahora faltaría que estuviera en más horarios, pero vamos paso por paso. Felicidades a los gestores tanto de Cinemex como del Instituto Cultural de León para que tal cosa ocurriera.

AQUELARRE MORAL

7 junio 2016

Vivir constantemente bajo el manto de la culpa, adquirida por el simple hecho de nacer como ser humano, puede generar un caldo de cultivo para que el mal, con todo y su angustiante abstracción, se anide en forma permanente cual orientador de conductas no deseadas. El fanatismo religioso opera en contra: en lugar de acercarnos a la divinidad cuyo conducto es el amor al prójimo, nos coloca en la posición de acusar al de junto a partir de los propios prejuicios y orientarnos, en consecuencia, hacia el destino contrario.

Si la existencia se entiende a partir de ciertas ideas religiosas que conciben a Dios como una entidad vigilante y castigadora, prácticamente todas las acciones y situaciones se convierten en motivo de pecado, explicadas por la presencia y manipulación del maligno: así que las personas se reducen a marionetas que actúan por designios más allá de su responsabilidad y el asunto se trata solamente de resistir las tentaciones aunque ya de entrada sean templos pecaminosos.

EN LO PROFUNDO DEL BOSQUE

Dirigida y escrita en inquietante tono austero y contenido por David Eggers (cortos Hansel y Gretel, 2007; El corazón cuentacuentos, 2008), La bruja (The Witch, A New England Folktale, EU-Canadá-RU-Brasil, 2015) es un relato que se inserta en la tradición del género de horror, pero con miras a nutrirlo desde una perspectiva histórico-social con resonancias actuales, y a partir de una profundización en las racionalidades de sus personajes, dominados por una apabullante ideología religiosa. No es un miedo de sobresaltos, sino de angustias existenciales.

En la Nueva Inglaterra de 1630 una familia de puritanismo extremo, si cabe, termina expulsada de su comunidad por diferencias religiosas; se instala a orillas de un bosque, cual espacio representativo de los embates hacia sus creencias y explicaciones que pronto dejan de alcanzar para justificar los eventos desafortunados. De la difícil condición de migrantes, los padres y sus cinco hijos ahora se convierten en exiliados, buscando asentarse y encontrar cierta paz en territorio de salvaje sobrenaturalidad.

Pero las dificultades se presentan de inmediato: el recién nacido desaparece, mientras estaba al cuidado de su hermana mayor aún adolescente (Anya Taylor-Joy, ambigua), a manos de una siniestra entidad femenina. La pérdida sume en la depresión a la madre (Kate Dickie, desolada) y las tensiones van creciendo, reforzadas por una mala cosecha, la puesta de trampas para animales que no funcionan, con todo y la liebre escapista, y la aparición de mentiras piadosas que suelta el creyente padre (Ralph Ineson, atribulado) para no complicar más la situación.

En tanto, los pequeños gemelos (Ellie Grainger y Lucas Dawson) canturrean y hacen travesuras en compañía del macho cabrío negro Black Phillip, y el otro hijo en plena pubertad (Harvey Scrimshaw), empieza a cuestionarse los designios divinos y a convertirse en el apoyo del rol del proveedor, sobre todo ahora que los alimentos escasean y el jefe de la familia está cada vez más atribulado. De manera simultánea, el naciente deseo sexual experimentado, asomándose en cada oportunidad, puede convertirse en una trampa o en una mortal liberación.

Si bien la premisa de arranque suena conocida –una familia en medio de la nada acechada por alguna presencia atormentadora- el desarrollo transita por caminos alejados de cualquier efectismo y, por ende, mucho más inquietante, además del expresivo diseño de producción que nos envuelve en una atmósfera lúgubre donde no parecen existir alternativas para cambiar el curso de los acontecimientos, ni siquiera en sueños efímeros pronto convertidos en pesadilla tangible.

UN CUENTO SIN MORALEJA

Los diálogos expresados de acuerdo con el contexto lingüístico de la época le brindan el necesario realismo a las conversaciones, en particular cuando surgen las acusaciones mutuas, los reproches y las búsquedas de culpables en el propio seno familiar, contrastando con los momentos de oración comunitaria. El convencido desempeño actoral, incluyendo a los hijos en quienes recaen sucesos centrales de no fácil interpretación, redondea la intención de verosimilitud.

La cámara se desplaza con acercamientos paulatinos que parecen introducirse tanto en las razones y motivaciones como en las dudas y angustias; el movimiento inicia con frecuencia a espaldas de los personajes para posarse sin prisa y de frente en los rostros devastados, o bien se aleja para presentar imágenes contextuales que dan cuenta de la difícil circunstancia en la que la familia quedó atrapada. El score de Mark Korven incide en el ánimo con su intensidad percusiva y esas vocalizaciones extáticas que terminan por encontrar la alteración nerviosa pretendida.

BrujaEl naturalismo como estética narrativa y gráfica remite a encuadres pictóricos con decidida focalización en el contraste y el punto de fuga: aprovechando la luz de las velas y su rango de iluminación, se construyen puestas en escena que contribuyen a la inmersión no solo de la época, sino del momento emocional de la familia en pleno derrumbamiento, vinculado a ese maíz podrido o los animales extraviados. Incluso cuando es de día, las tonalidades grises y verdes apagadas acentúan la sensación de absoluto desamparo, sin que se advierta alguna solución factible.

A finales del siglo XVII, en parte causada por la malinterpretación de estas leyendas en las que se basa el filme, cuyas raíces se pueden rastrear en el clásico docudrama La hechicería a través de los siglos (Häxan, Christensen, 1922), y a manera de buscar chivos expiatorios frente a las desgracias comunitarias, se desató la famosa cacería de Brujas en Massachusetts, que tuvo su mayor presencia en Salem, comunidad en la que se anidó una histeria colectiva enraizada en una equivocada religiosidad (cuando a Dios se le usa como pretexto…).

Aquellos juicios se han convertido en toda una alegoría, potenciada por la obra teatral de Arthur Miller inspiradora de los filmes Les sorcières de Salem (Rouleau, 1957) y Las brujas de Salem (Hytner, 1996), por la obra de Nathaniel Hawthorne y por el texto de Shirley Jackson, acerca de la intolerancia y la injusticia que, por lo visto, continúan en la actualidad globalizada como bien se puede constatar en algunas redes virtuales que gustan del juicio fácil, rápido, lapidario y sin sustento.

Al filme se le ha comparado con la impresionante El listón blanco (Haneke, 2009) por la forma en cómo el mal se va introduciendo casi de manera imperceptible en los vínculos familiares y comunitarios, en contrapunto de la trilogía de Dario Argento (Suspiria, 1976; Inferno, 1980; La madre de las lágrimas, 2007), que apuesta más bien por un tono impresionista con abundancia de hemoglobina. Las tentaciones circundantes, como la de la necesidad de éxito del marido en El bebé de Rosemary (Polanski, 1968), rondan entre los impávidos pinos que saturan el bosque.

Cortar leña como fallida actividad evasiva o despojarse de los ropajes para levantarse sobre la tierra y poder disfrutar de todas las tentaciones propuestas, sin tiempo para plantearse las posibles consecuencias. Regresar a la comunidad sin oportunidad para el orgullo o enfrentar la amenaza de frente, aunque ésta prefiera atacar de manera oblicua, sin previo aviso. La película de horror del año.