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ENTRE EL HEROÍSMO, LA CRÍTICA Y LA PROPAGANDA

8 abril 2015

El cine se ha usado, en ocasiones, como herramienta ideológica y propaganda política: desde las propuestas soviéticas durante los años veinte y ciertos filmes pro nazis en los treinta, hasta filmes producidos en diversas partes del mundo que responden a una determinada perspectiva de la realidad, como si fuera la única. El caso de buena parte del cine estadounidense referido a la II Guerra Mundial y realizado en los años subsecuentes, rara vez planteaba la visión de los vencidos y tendía a convertir en héroes a los soldados victoriosos.

Actualmente, en países con regímenes totalitarios donde no existen elecciones democráticas y los opositores acaban muertos o en la cárcel, resulta difícil que se puedan ver películas que vayan en contra de las ideas oficiales, a menos que se produzcan fuera del territorio o bien de manera clandestina, con la consecuente privación de la libertad para los creadores, como sucedió con el iraní Jafar Panahi, director de Esto no es una película (2011).

En Estados Unidos, por su parte, también es factible encontrarse con algunas cintas que descaradamente se sustentan en un patrioterismo barato (abundaron en el periodo reaganiano), aunque también otras que plantean críticas directas al poder político propio. Las implicaciones ideológicas de las películas, referidas a cuestiones de raza, religión, género o nacionalidad, exigen un análisis más riguroso, debido a que se pueden presentar de manera soterrada, insertándose en un discurso aparentemente moral y justo pero que esconde exclusión o intolerancia.

En este contexto, el cine bélico plantea interesantes desafíos dada la complejidad de su temática y las tentaciones para convertirse en mero panfleto a favor de uno u otro bando. Por ejemplo, fuera de alguna película que apoyaba la absurda intervención en Vietnam (Boinas Verdes [Wayne, 1968]), predominó el cine crítico (El francotirador, [Cimino, 1978]; Apocalipsis ahora [Coppola, 1979]; Pelotón [Stone, 1986]) a diferencia de lo sucedido en las producciones de los años cuarenta y cincuenta del siglo pasado referidas a la II Guerra Mundial.

En el caso de la engañosa invasión a Irak (La ciudad de la tormentas, [Greengrass, 2010]) la tendencia fílmica se ha orientado más a señalar los abusos (Redacted, [De Palma, 2007]), las adictivas secuelas para los soldados (Zona de miedo [Bigelow, 2008]) y lo absurdo que resulta el envío de tropas hasta en términos prácticos (Soldado anónimo, [Mendes, 2005]), que a enaltecer las inservibles acciones militares; por si no fuera suficiente, ahí está Procedimiento estándar (Morris, 2008) para recordarnos los entretelones de las humillantes fotografías de los prisioneros que le dieron la vuelta al mundo, incluso motivando una exposición de Botero.

EL FRANCOTIRADOR

Así llegamos a la historia de Chris Kyle, un joven con aspiraciones vaqueriles que se compró la idea completa y maniquea de que el mundo se divide en salvajes y civilizados o, de acuerdo con las limitadas enseñanzas de su padre, en lobos, ovejas y perros pastores. Dada su notable habilidad para disparar y su tino casi infalible, desarrolladas desde niño cuando iba a cazar, y al ver encendido su patriotismo, pronto se integró a las fuerzas de la marina conocidas como SEAL para ir a Irak  y hacer justicia desde la azotea o a campo traviesa: de buenas intenciones está empedrado el infierno.

FrancotiradorDirigida con energía de novato por Clint Eastwood con base en el guion de Jason Hall (El poder del dinero, 2013), sustentado a su vez en el libro de McEwen, Defelice y el propio Kyle, El francotirador (American Sniper, EU, 2014) es un filme ambiguo, como lo señaló Jorge Ayala Blanco (Blog de El Financiero, 25/02/15), dado que se puede ver desde una perspectiva antibelicista o bien a partir de una lógica de engrandecimiento del personaje central, aunque habría que considerar que el material base es su autobiografía: en este sentido, el director pareciera más bien plantear la visión de este hombre que se convirtió en leyenda y terminó atrapado en una guerra que nunca previno.

Con su notable capacidad narrativa, aprovechando el uso del flashback y una gramática visual de intencionalidad emotiva, el veterano realizador sienta las bases de la infancia y juventud de su protagónico, en donde se advierte también su disposición para proteger a su hermano, su resistencia al entrenamiento y su romance con la que sería su esposa (Sienna Miller, angustiada) después de ser engañado, para estructurar el relato a partir de las cuatro misiones por Ramandi, Anwar y Bagdad, ciudades en ruinas que padecen la presencia de guerrillas y del ejército estadounidense.

Pero lo difícil parecer ser el regreso a casa, dadas las secuelas que van dejando los sucesos vividos en combate, por más que él se resista a admitirlo: la contemplación de la televisión apagada, la sobre reacción contra la mascota y la ausencia mental frente a los continuos reclamos maritales; apenas el contacto con los excombatientes mutilados parece representar una pequeña posibilidad de encontrarle sentido a la vida civil. Bradley Cooper logra darle realismo a su caracterización, sobre todo cuando sostiene la cámara con su rostro entre presionado y extraviado.

El retrato que el propio Eastwood realizó en su díptico La conquista del honor y Cartas desde Iwo Jima (2006) sí consideraba la mirada a ambos bandos, más allá de preferencias ideológicas; en este caso, como sucede en muchas películas de guerra, solo se atiende a una de las partes, mientras que la otra es anónima e intercambiable, carnicera y traicionera. La historia apenas se detiene a mostrar la familia del durísimo rival iraquí de Kyle/Cooper (que difícilmente se podría conocer), a diferencia de Enemigo al acecho (Annaud, 2001), en la que se jugaba al equilibrio entre ambos rivales.

Una película que más allá de cómo se considere en términos ideológicos, contribuye a mantener el debate acerca de una de las más grandes mentiras en la historia bélica reciente y que finalmente generó una enorme cantidad de costos, en especial para las familias de los involucrados directamente, tanto iraquíes como estadounidenses.

LINCOLN: EL ARTE DE LA POLÍTICA COMO MEDIO DE TRANSFORMACIÓN

28 enero 2013

En diversos momentos y a partir de diferentes perspectivas, la figura de este hombre clave en la historia ha sido llevada a la pantalla. En múltiples filmes del periodo mudo fue representado por Benjamin Chapin, mientras que Walter Huston hizo lo propio durante finales de los años veinte y principios de los treinta del siglo pasado. John Ford colocó a Henry Fonda como protagonista en El joven Lincoln (39), periodo comprendido en el film Abe Lincoln en Illinois (Cromwell, 40), de sus años mozos en Kentucky hasta la llegada a la presidencia. Así, a lo largo de los años, las pantallas de cine y televisión han seguido retratando al icónico héroe estadounidense, ya sea como protagonista o de manera tangencial.
Con base en una parte del texto Team of Rivals: The Political Genius of Abraham Lincoln de la investigadora Doris Kearns Goodwin, finamente trasladada a la pantalla gracias al intrincado guion de Tony Kushner (Munich, 05) centrado en los aciagos y trascendentales meses finales del 16to. presidente, Lincoln (EU, 12) se constituye como un clásico instantáneo del cine histórico y acaso la película definitiva sobre el hombre que contribuyó de manera decisiva para acabar con la esclavitud en los Estados Unidos, justo en una época cifrada por una despiadada guerra fraterna, brevemente mostrada al inicio de la cinta, cual antecedente de Rescatando al soldado Ryan (98).
Más que recurrir al cine histórico de bronce, la impecable dirección de Steven Spielberg (en la línea de La lista de Schindler, 93) y la absorbente actuación de Daniel Day Lewis, le brindan al personaje histórico un amplio rango de humanidad, más allá del mausoleo, negociando en lo oscurito en busca de un bien mayor; discutiendo con su esposa sumida en el dolor por la pérdida del vástago (Sally Field, intensa) o consintiendo a su hijo menor (Gulliver McGrath); soltando anécdotas al por mayor con sentido del humor o nostalgia, según el caso, y perdiendo la compostura desgarbada ante la provocación de su hijo mayor (Joseph Gordon Levitt) o de las necedades inmediatistas de algunos de sus interlocutores, interrumpidas con eficaz manotazo.
Con Euclides como sustento de igualdad y colocando la mirada no solo en los esclavos de su época, sino en todos los que estaban por venir, Abraham Lincoln puso todo su empeño en la aprobación de la 13ª Enmienda que prohibía la esclavitud en el territorio estadounidense, aún a costa de la prolongación de la guerra devastadora; de los ignorantes rivales que seguían justificando su racismo por un orden natural; los radicales que buscaban todos los derechos para las personas de raza negra; los conservadores siempre esperando algo a cambio y los prejuicios sociales de la época, que incluían la segregación de la mujer y la participación en la guerra como heroísmo.Lincoln
En este sentido, se trata de una película que dignifica la política como el arte del entendimiento mirando hacia el bien común, muy lejos de lo que vemos por nuestros rumbos, más bien usada de manera mezquina y pensando en el beneficio personal o de grupo (el suyo). Cierto es que a pesar de las contradicciones y los medios no siempre óptimos para conseguir los objetivos, resulta esencial que la política esté al servicio de principios imperturbables: la gran enmienda del siglo XIX se aprueba de manera corrupta, impulsada por el hombre más puro de Estados Unidos, sentencia Thaddeus Stevens (Lee Jones).
A la excelsa dirección artística con notable diseño de interiores y vestuarios, le corresponde una edición capaz de establecer una continuidad anímica que, a pesar de tratarse de un film largo basado en los diálogos, nunca pierde el ritmo de la negociación con el espectador, tal como lo que estamos viendo frente a la pantalla; por supuesto, el manejo de la iluminación, las texturas y los sutiles desplazamientos de cámara del especialista Janusz Kaminski, permiten incorporarse en la mesa de discusión, como si fuéramos un testigo más de los históricos acontecimientos, mientras escuchamos la sutil partitura de John Williams. El fuera de cuadro desempeña un vital papel en el sentido narrativo de la historia, así como ciertos encuadres con simétrico juego de claroscuros.
El realismo del film se fortalece por el trabajo de casting de la incansable Avy Kaufman, quien con los recursos puestos en juego logró construir un notable cuadro actoral en primera, segunda y tercera línea, porque el que aparece dos segundos también resulta creíble. Además de los ya citados, Tommy Lee Jones como el radical que iba por todos los derechos; el trío de negociadores por debajo de la mesa (Tim Blake Nelson, John Hawkes, James Spader); Hal Holbrook como el líder de los conservadores que buscaba el fin de la guerra con los confederados, cuyo vicepresidente encarna Jackie Earle Haley, y David Strathairn como el secretario de estado, redondean y secundan la notable interpretación del protagónico.
Entre El nacimiento de una nación (Griffith, 15) y Lo que el viento se llevó (Fleming, 39), Lincoln es todo un Caballero sin espada (Capra, 39). El cine clásico de Hollywood se resiste a morir.

AMORES PERDURABLES

28 junio 2011

Un par de películas biográficas que centran su atención no en los personajes más conocidos, sino en las mujeres que los amaron hasta las últimas consecuencias. Hombres contrastantes: un dictador que enferma de poder y un poeta que enferma de sublimación. Mujeres similares: atravesadas por una pasión inocultable que pone en juego incluso la propia sanidad física y mental.
Con todo el riesgo que implica el género dadas sus propias convenciones narrativas y las tentaciones frecuentes cuando se recrea la vida de personas históricas, ambos filmes consiguen envolvernos no solo en las sensaciones de una época, sino en el sufrimiento que implica un romance cuando en verdad se coloca el corazón en la mano. Ambas disponibles en los videoclubes de la ciudad.

PASIÓN FRACTURADA
Dirigida con energía juvenil muy a la italiana por el septuagenario Marco Bellochio (Los puños en los bolsillos, 65; La hora de la religión, 02; Buenos días, noche, 03), La amante de Mussolini (Vincere, Italia, 09), hurga en la existencia de una pasión negada por el sistema autoritario entre una intensa mujer de armas tomar y un joven de arrojo incontenible y liderazgo arrollador: ella era Ida Isler; él, Benito Mussolini, un sindicalista libertario después convertido en aborrecible dictador.
La relación dio como resultado un hijo bastardo extraviado en orfanatos y en su propia mente, y una mujer cegada con la idea de que algún día se iba a reunir con su esposo, ahora solo visible a través de las noticias transmitidas por el cinematógrafo o impresas en el periódico que ella misma financió en el inicio, como para darle presencia política y fuerza económica a su amado, al más puro estilo de El ciudadano Kane (Welles, 41).
El filme es un regreso del director a la principios del siglo XX como en La nodriza (98), pero ahora desde una perspectiva grandilocuente y de estética operística: por la historia que se narra, por el tono utilizado y por el desarrollo de la puesta en escena, siempre acompañada por la música de Carlo Crivelli, por momentos excesiva aunque en general pertinente dada la propuesta argumental y su tratamiento.
La versátil fotografía de Daniele Cipri, con esos encuadres preciosistas impecablemente iluminados, como el de la heroína colgada de la reja, entre muchos otros, nos remite a una continua sensación de injusticia y separación, a un estado de pasiones separadas y de sacrificios místicos –ahí están las secuencias de la crucifixión de Pastrone o la de El chico de Chaplin- desarrollados a partir de una plástica puesta en escena que se desenvuelve a partir de un eficaz empleo de imágenes de archivo, de la elipsis (la nieve, el periódico) y de una reiteración de elementos simbólicos, como la persistencia de la bailarina recluida.
La actuación de la romana Giovanna Mezzogiorno (No digas nada, 05; El último beso, 01) le da una solidez dramática al relato, mientras que Filippo Timi, en doble papel, imita con convicción los tics del Duce, cuyo ascenso y caída funcionan como telón para desglosar la doliente y fracturada pasión de una mujer al fin engañada por casi todos, incluyéndose ella misma: las esporádicas muestras de solidaridad y apoyo serán utilizadas para volver al soliloquio del matrimonio nunca comprobado en papel, aunque siempre presente en la mente laberíntica aún con resistencia.
Las banderas negras cuelgan en Sarajevo: la Europa de las primeras décadas del siglo XX, con toda su carga de nacionalismo convertido en infame justificación bélica; los ideales deshaciéndose entre dictaduras que terminaron superando las atrocidades que pudieran haber reclamado en su momento.

PASIÓN CONTENIDA
Basada en la biografía de Andrew Motion sobre Keats y dirigida por Jane Campion, quien vuelve a los territorios de época como en El piano (93) y Retrato íntimo de una dama (96), El amor de mi vida (Bright Star, RU-Australia-Francia, 09) es un relato como bordado a mano –ahí está la secuencia inicial- acerca del profundo amor que la aspirante a alta costurera Fanny Brawne (Abbie Cornish) va construyendo –y nutriendo por la respuesta obtenida- hacia el enfermizo poeta (Ben Wishaw) entre las veladas resistencias de su propia madre (Kerry Fox) y la insufrible presencia del escritor-protector del melancólico joven con estrella radiante (Paul Schneider), en la primera parte del siglo XIX.
El tono poético cruza la forma y el fondo: cocinado a fuego lento y siempre avanzando en la línea de una casta incertidumbre, el romance va adquiriendo el tono trágico que el caso impone, entre separaciones continuas, esperas cargadas de depresión y reencuentros dubitativos, captados por una fotografía enfática que se constituye como una visualización de la fragilidad apenas vencida por la belleza de los versos que se elevan cual Humo sagrado (99) sobre cualquier enfermedad física o del alma atormentada por la soledad inminente, ya sin Un ángel en mi mesa (93) y padeciendo En carne viva (03) la profunda desdicha de la ausencia definitiva.

LOS HOMBRES Y SUS CIRCUNSTANCIAS

8 junio 2011

Determinados por sus particulares y extremos contextos, 4 hombres buscan mantenerse a flote mientras conservan su instinto de sobrevivencia que puede alcanzar, en algunos casos, para ayudar a otros. Los primeros insertados en la telaraña del Nazismo y los segundos solos y su alma mandando mensajes de dudosa recepción. Todas las películas disponibles en los videoclubes de la ciudad.

BONDAD A PRUEBA
En Sonata de un hombre bueno (John Rabe, Francia-China-Alemania, 09) se recrea el heroísmo del protagonista que da nombre al film, un empleado de Siemens en territorio chino, durante la masacre de Nanking perpetrada por el ejército imperial japonés cuando se desataba la II Guerra Mundial. En consonancia con La lista de Schindler (Spielberg, 93), estamos frente a un alemán, nazi declarado, que decide ayudar a la gente en su contexto próximo: 200,000 chinos sobrevivieron gracias a su famosa zona de seguridad, ante los embates de los soldados japoneses y la politiquería alemana del nacional socialismo.
Dirigida por Florian Gallenberger (Las sombras del tiempo, 04) la cinta alcanza momentos emotivos y de franco terror, a pesar de que en ciertas secuencias, particularmente en las de acción bélica, se advierte cierta impostura en los efectos. Con una creativa inserción de pietaje real que se va transformando en la cuidada puesta en escena del film, la cinta va de lo contextual a la intimidad de John Rabe, sentidamente interpretado por Ulrich Tukur, quien encuentra justo contrapeso en las actuaciones de Daniel Brühl y Steve Buscemi. Una historia rescatada a pesar de los intentos por hacerla desaparecer.
Por su parte, en Un hombre bueno (Good, RU-Alemania, 08), Viggo Mortensen interpreta con mesura a un profesor de literatura alemán que lidia con una esposa neurótica, dos hijos y una madre senil. Distante de las ideas nazistas, las conversaciones con un amigo (Jason Isaacs) parecen ser su tabla de salvación, hasta que un libro suyo acaba siendo bien visto por la gente en el poder y su carrera prospera de manera inesperada, colocándolo en una encrucijada llena de dilemas morales que acaban por rebasarlo.
La sobria dirección de Vicente Amorim (El camino de las nubes, 03) junto con la correcta adaptación de John Wrathall a la obra de C.P. Taylor, permiten que tanto el diseño de arte como la puesta en escena nos remitan a las tribulaciones de un hombre durante los años 30´s del siglo XX, atrapado entre sus propias lealtades y frustraciones, con los principios valorales siempre a flote: de buenas intenciones está empedrado el camino al reconocimiento.

SOBREVIVENCIA EN SOLITARIO
En Sepultado (Buried, España-Francia-EU, 10) se despliega un creativo ejercicio fílmico gracias al uso de la luz y al juego con el reducido espacio fílmico, considerando el fuera de campo, que acaba por ser notable, más allá de la anécdota que se cuenta: nada fácil sostener una película que transcurre en su totalidad dentro de un ataud, con un tipo haciendo llamadas vía un súper teléfono celular para ver si salva el pellejo, entre una víbora prieta y un encendedor dando de sí.
El contexto, una vez más, lo constituyen las complejas relaciones que se han establecido tras la invasión a Irak, entre rebeldes, soldados estadounidenses y gobiernos de facto. Sorprende gratamente la actuación de Ryan Reynolds, quien además de entregar la mejor actuación de su carrera, logra que nos importe su personaje, un chofer que al parecer ni la debía ni la temía. Esta claustrofóbica historia dirigida por el español Rodrigo Cortés (Concursante, 07) muestra cómo la intensidad de un film no depende de la grandilocuencia de sus recursos visuales, sino de la capacidad para conectarse con las emociones del espectador.
Mientras tanto, James Franco nos regala otra estupenda actuación para sobrevivir durante 127 horas (EU-RU, 10) con el brazo atrapado por una roca en la zona montañosa de Utah. Retomando la historia verdadera del montañista Aron Ralston evitando el Exterminio (02), Danny Boyle (Quisiera ser millonario, 08;) recrea con imaginación esta aventura en solitario, intercalanado recuerdos, alucinaciones, grabaciones y hasta un show televisivo creado por el propio protagonista como para mantener la poca cordura que queda en La vida en el abismo (96) en perpetua Alerta solar (07) y evitando acabar con su Tumba al ras de la tierra (94).
Con edición ráfaga, división de pantalla, score sello de la casa, desplazamientos enérgicos de cámara y continuo juego de planos, la cinta adquiere un dinamismo poco esperado en función de la premisa argumental; cierto, quizá se pierda un poco la profundización que la propia vivencia proponía, como sí sucedía con otros outsiders de Vidas sin reglas (97) vistos en Camino salvaje (Penn, 07) y en El hombre oso (Herzog, 05), aunque no faltan las secuencias difíciles de aguantar en las que se enfatiza el sacrificio en aras de la sobrevivencia.