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BIENVENIDOS SONIDOS DIVERSOS

31 agosto 2019

A partir de géneros varios como la electrónica, el jazz y el metal con toques exploradores, músicos que andan por tierras mexicanas despliegan sus propuestas para compartirlas con nosotros y alterar orejas, nervios o pies, según el caso: o todos las anteriores. Y además, un trío formado por acá que vale mucho la pena. Veamos.

PISTA INTENSA EN CÓDIGO FEMENINO

Con formación clásica, la treintañera Laurel Halo, originaria de Michigan ahora asentada en Berlín, gusta de entrarle a las labores propias de DJ y de explorar diversos territorios dentro del universo de la electrónica, a partir de los influjos de Detroit, esa ciudad donde ahora solo los amantes sobreviven. Tras asimilar diversas culturas eléctricas, debutó con el intrigante Quarantine (2012), tapizado por ensoñaciones oscuras que servían de base para la evolución de traslapadas vocalizaciones desafiantes, como emergidas de ambientes vaporosos. Siguieron Chance of Rain (2013), de carácter más inasible y evasivo, y el indicativo In Situ (2015), como para confirmar el contexto de realización y la continuidad en referencia a su predecesor.

Incorporando elementos del R&B y apuntes jazzísticos vertebrados con notas del popart, en el marco de los sonidos digitales, presentó Dust (2017), volviendo a compartir su voz a sabiendas que en eso nos convertiremos, en tanto Raw Silk Uncut Wood (2018), mi favorito, se enfocó en las instrumentaciones con un carácter más avant-garde, potenciadas por la contribución del chelista Oliver Coates y el percusionista Eli Keszler. Tras colaborar con músicos notables y ser parte de diversas celebraciones, acaba de grabar DJ-Kicks (2019), su aporte a la famosa serie de remixes de música electrónica para la disquera ¡K7 Records, en la que participan varios colegas y que ha contado con participantes cabecillas del género.

También con rigurosa formación clásica en vías de expansión, la chelista y compositora Lori Goldston creció en Long Island y se mudó a Seatlle a mediados de los ochenta, donde fundó pocos años después la Black Cat Orchestra, que fusionaba sonidos varios de diferentes partes del mundo y que grabó un par de álbumes, además de funcionar como soporte para varios artistas como David Byrne y Mirah. Como solista, dado el prestigio construido y la amplitud de miras, colbaoró con grupos como Nirvana y Earth, ahí nomás. Estampando su firma, grabó Film scores (2013), poniéndole sonidos a imágenes que refieren a situaciones cargadas de incertidumbre.

Tras seguir con sus contribuciones, produjo Creekside: solo cello (2014), en el que se da vuelo sin necesidad de atender exigencias externas: solamente su inspiración casi surgida en el momento, que termina por ser hipnótica. Después grabó The Seawall (2017) junto con Dan Sasaski, y Études no. 11 (2017), además de participar en el disco de The Passion of Joan of Arc (2018), al lado de Baker y Belfi. Su arco interpretativo es amplio, no solo en términos técnicos, sino de estilos emanados de diversas partes del mundo, además de aprovechar los espacios y recursos como el del pizzicato para la improvisación creativa.

DEL GRUPO AL INDIVIDUO

Stephen O’Malley es el conocido líder del grupo de doom/drone/metal Sunn O))), entre otros proyectos, pero también ha desarrollado una carrera en solitario digna de escucharse, sobre todo por las atmósferas cavernarias que consigue crear a partir del empleo de instrumentaciones y secuencias que nos llevan adentro de la cueva, no obstante su orientación vanguardista. En plan individual resulta más calmo, como se advierte en 6 Degree F Skyquake (2008), Keep an Eye Out (2008), Cocon & Oiseau De Nuit (2010) y Romeo (2011), álbumes en los que indaga acerca de emociones más contenidas que explosivas, más implícitas que explícitas, más sugeridas que expresadas.

Al parejo de sus otros trabajos en equipo, siguió grabando discos como el contenido St. Francis Duo (2012),  seguido por Shade Themes From Kairos (2014), perpetrado junto con los brillantes exploradores Oren Ambarchi y Randall Dunn, en tono pausado e introspectivo. Después de grabar el inquietante y continuista Gruidés (2015), produjo Eternelle Idole (2015), invitando a través de tres piezas a escaparse de la inmediatez y sumergirse en una realidad de sonidos impredecibles pero siempre absorbentes: nos coloca, cual debe, en una posición de espera para adentrarnos en el disfrute de la experiencia sonora.

En tanto, desde Nueva Orleans, el ex vocal de Pantera Phil Anselmo, ahora con su grupo The Illegals,plantando cara a las recientes políticas del vecino del norte, llega con bríos intactos para, a través de Walk Troughts Exits Only (2013), volver a explotar con vocales guturales y riffs calculados con velocidad incomparable en estado creciente, abriendo espacios para el movimiento descontrolado. Claro, con Choosing Mental Ilness (2018) confirmó que los estados mentales alterados convienen para seguir caminando por este valle de sombras, pedaleando hasta que el cuerpo aguante: tanta razón suena desfasada y poco útil para asimilar estas intensidades neurológicas.

UN POCO DE JAZZ ENTREMEZCLADO

Love Electric es un trío internacional de fusión que revisita con robusta soltura el rock y el jazz, compuesto por el estadounidense Todd Clouser (voz, guitarra), el argentino asentado en la CDMX Hernan Hecht (batería y producción) y el chilango Aaron Cruz (bajo), que han contado con la presencia incombustible del afamado tecladista John Medeski. Grabaron el consistente Son For a Hero (2014) y se dieron a conocer, sobre todo, a partir del sólido Psychmonde (2016), de dinámica contagiante y recordando los influjos setenteros de la música que traspasaba fronteras genéricas, incluso dándose tiempo para los pasajes poéticos cargados de sensibilidad

HOLLYWOOD: DE LAS SOMBRAS A LA DECADENCIA

24 agosto 2019

No es fácil definir a Hollywood: puede ser un reluciente conjunto de grandes estudios fílmicos, un paraíso decadente, una zona delimitada donde se vive el sueño americano o un aparato ideológico que implica grandes ganancias económicas. Un camino oscuro y sinuoso de mundos alternativos, cual película de Lynch; la edulcoración de las producciones cinematográficas o el sustento de este arte popular, el más de todos. Lo cierto es que se trata de un entramado heterogéneo –decir que una película es hollywoodense no alcanza a definirla en absoluto- donde caben propuestas que van desde la fórmula mejor calculada para la taquilla, productos pronto olvidables y hasta cintas que se vuelven clásicas al paso del tiempo.

Los setenta atestiguaron la renovación del star system con la aparición de directores fundamentales: Coppola, Spielberg, Scorsese, Altman y Allen, entre otros, retomando ya los influjos de cintas que advertían los tiempos de cambio producidas a finales de los sesenta, todavía con distribución marginal. Pero en el último año de la década descrita terminó la inocencia del amor y paz, con flores en las orejas y, en buena medida, la fantasía hippie: una secta, liderada por un tipo siniestro, perpetró un crimen salvaje en el que murieron una actriz, esposa de un director famoso, y sus acompañantes: la utopía de las margaritas y girasoles mostraba su lado enajenadamente salvaje, como bien lo advirtió The Velvet Undergorund.

DECEPCIÓN AMERICANA

Más que una historia del todo articulada, Había una vez en Hollywood (Once Upon a Time in Hollywood, EU-RU-China, 2019), que dicho sea de paso hubiera sido mejor utilizar el “érase” en lugar del “había”, se sustenta en viñetas alegóricas, brillantes la mayor parte de ellas; incluso en un momento determinado, como consecuencia de darle cauce al curso de los acontecimientos, se recurre a un narrador para explicar el destino del protagonista en cierta etapa de su carrera, siempre al borde del olvido o de caer irremediablemente en picada. Todavía se hacía una gran distinción, a diferencia de los tiempos que corren, entre el cine y la televisión: ahora las grandes luminarias, casi todas, aparecen en la pantalla chica y en la grande. Si se me permite la distinción longitudinal.

La novena película del escritor, actor y director Quentin Tarantino, sin contar sus intervenciones en otras producciones como Cuatro habitaciones (1995), La ciudad del pecado (2005) y Grindhouse (2007), vuelve a retomar un periodo histórico o suceso real, como en el caso de Bastardos sin gloria (2009) y Django sin cadenas (2012), para buscar cierta rectificación o transformación de los sucesos verídicos, acaso en consonancia con los deseos de muchos y en una tesitura de explotación, aprovechando la estética del cine B para explorar otras posibilidades narrativas y estilísticas, insertando secuencias de violencia directa sin demasiada conmiseración y para el agrado del respetable. Tarantino busca el aplauso de la tribuna.

Leonardo Di Caprio entrega una actuación notable como el patético actor de cine de western que va dando pasos hacia abajo, según la consideración de la época, directo a las series de televisión y de ahí a las películas de género en Italia (hoy ser parte de un programa televisivo no es nada mal visto); Brad Pitt, trabajando como doble, funciona muy buen en cuanto complemento afectivo, sobre todo fuera de la pantalla, sirviendo en tareas diversas que incluyen arreglar la antena del televisor –mientras sueña un duelo con Bruce Lee- chofer, carga maletas, acompañante de borracheras y cuidador de la mansión- todavía rescatable pero en la idea de las pinturas de David Hockney, enfatizando la soledad de las estrellas.

Algunos de los personajes están inspirados en hombres y mujeres reales y en general contribuyen a la construcción de la recreación de la época, como el productor encarnado por  Al Pacino (en plan de Caracortada de bar); Bruce Dern, como el viejo sometido que acoge a la secta, actuando como Geroge Spahn. También están el de Dakota Fanning, como intentando controlar todo el asunto cual pelirroja invisible y el de la adolescente Margaret Qualley, simbolizando la manera en la que la secta entre satánica y hippie se fue involucrando en el territorio de las estrellas. Los diálogos resultan tan eficaces como las distintas puestas en escena, sobre todo las que involucran, especialidad del director, peleas y violencias con su respectiva cuota de absurdo.

Una buena referencia para adentrarse en la cinta es la novela de la debutante Emma Cline, Las chicas (Anagrama, 2016), en la que se devela el proceso de convocatoria por parte de la secta hacia jóvenes solitarias e incomprendidas, detonadas por si hiciera falta, por la película de El bebé de Rosemary (1966), en la que justamente un culto tenía que cuidar al hijo del diablo. Por su parte, Damian Lewis, asumiendo el papel de Steve McQueen, aparece deseando lo imposible y esperando el gran escape, en tanto Emile Hirsch, incondicional y eterno enamorado de la actriz, junto con la pareja de amigos de Polanski, se mantienen en la casa del susodicho. Y en reparto de las jóvenes manipuladas por esa mente diabólica, se presentan actuadas

Hay referencias a Lancer, interpretada por James Stacy (Timothy Olyphant), en la que el villano realiza una notable secuencia bien reconocida por la niña actriz, como para recuperar la confianza, y en la que también aparece Luke Perry, encarnando a Wayne Maunder. Hay homenajes a series como Bonanza, FBI y el Avispón verde, y se hace referencia directa  a los asesinos y a la enfermiza secta de Charles Manson. Bienvenidas son las intervenciones de Kurt Russell, lidiando entre los empleados y la esposa; además de un homenaje a Natalie Wood, fallecida en extrañas circunstancias (lo que se suele decir cuando alguien poderoso la mató. Entre Hullabaloo homenjare y Vicio propio (Anderson, 2014), nos extraviamos en el final de los años secretos.

La cámara se desplaza con elegancia, gracias al efectivo uso de grúas que se elevan y descienden en los escenarios, para brindar un panorama de los contextos y saltar barreras entre casas de lujo, sets de grabación y calles curvas que bien se aprovechan para meter el acelerador; también se posa en los zapatos o directamente en el suelo, como para dar idea de que todos tenemos, aunque no lo queramos, los pies en la tierra: tiempos de velocidad desenfrenada en los que jovencitas pueden pedir aventón sin temor a ser descabezadas. Son años de cierta inocencia, a pesar de que se crea que se está transgrediendo los límites culturales: pura imaginería hippie.

La recreación de época para construir el espíritu de los sesenta en su fase final es notables, sobre todo en una ciudad como los Ángeles, tal como se muestras en la secuencia de la manera en la que se van prendiendo los locales correspondientes, considerando las referencias a nosotros como mexicanos, más allá de quienes reciben el coche; por supuesto, suena el folkpop de Simon & Garfunkel, la motivación de Neil Diamond, el ímpetu de Bob Seger, la pesadez de Deep Purple y en particular Paul Revere & The Raiders, colocando el sonido necesario para establecer el ambiente propuesto desde la expresión visual.

Revisionismo parece ser la palabra para Tarantino. Desde sus épocas atendiendo un videoclub hasta su consagración como director de altos vuelos, ha sabido incorporar tendencias y proponer un sello propio. Ni el genio que se supone, ni el copiador simplista: la justa medida aplica para el cine de este hombre que ama las imágenes en movimiento y que, si bien se le puede acusar de experto imitador en ciertos círculos, le ha inyectado al cine norteamericano una buena dosis de alternativa expresiva, que tanto gusta a los europeos. No es el gran renovador, pero tampoco el simple reproductor de estilos. Es una cosa y otra.

SUBTERRÁNEOS: DOPPELGÄNGERS Y COCODRILOS

19 agosto 2019

Dos películas que se sumergen o se entierran, según el caso, para descubrir un mundo que acecha a los de arriba, solo esperando que las condiciones sean propicias para hacerse presentes y atacar a destajo, formando alianzas para que la cacería sea más eficaz. El agua a torrentes y los espejos oscuros, cual vehículos para acceder a una realidad deseada, en donde las presas luchan por conservar primero la vida y después, si se puede, los privilegios acostumbrados. Curiosamente, otro de los lazos entre ambas cintas es Tiburón (1975), el clásico de Spielberg que remite a los ataques de los cocodrilos en una, y a las secuencias de la playa, en la otra, con todo y playera incluida; además, está Espejos siniestros (2002), relacionada con la primera cinta comentada y dirigida por el realizador de la segunda, como si de un riesgoso puente se tratara.

JUEGO DE ESPEJOS

Al doble siniestro de una persona viva sin vínculo sanguíneo se le denomina con el vocablo alemán doppelgänger, usualmente acechante y portador de mala suerte. La idea es en sí misma terrorífica: pensar que hay una entidad como yo que no soy yo pero es igual a mí, mueve a cierta sensación de ruptura, de dislocación, de cierta angustia existencial. El espejo no siempre refleja la imagen que nos gustaría e incluso, como se aprecia en las ideas borgianas y en los cuadros La reproducción prohibida y El falso espejo del pintor surrealista belga René Magritte, nos puede dar la sensación de que el reflejo está en la misma posición que nosotros, mirando al frente, cobrando vida propia e independiente. Acaso como sucede en el universo de los sueños, a veces trastocados en pesadillas.

Nosotros (Us, EU, 2019) la segunda película de Jordan Peele, también comediante metido al cine de terror cargado de alegorías sociales, parte de una premisa inquietante en la que el enemigo es una versión pervertida de los propios protagonistas. Una niña de vacaciones con sus padres se extravía en una casa de espejos, en donde advierte que su reflejo cobra vida. Al salir de ahí y tras vivir esa experiencia, manifiesta dificultades para comunicarse y expresar emociones. Años después, ya como mamá (Lupita Nyong’o, entre angustiada, afónica y desquiciada) va al mismo lugar de descanso con su esposo (Winston Duke, distendido) y sus dos hijos (Evan Alex y Shahadi Wright Joseph), donde conviven con otro matrimonio y sus hijas gemelas.

Si en ¡Huye! (Get Out, 2017), su debut fílmico como director, el tono de metáfora sutil funcionaba de manera impecable para ejemplificar a los blancos dizque progresistas, salvo su improbable desenlace, acá la trama se desliza paulatinamente hacia un trazo más grueso, enfocada en la lucha de la familia justamente para volverse huidiza y sobrevivir ante la invasión de sus símiles en plenas vacaciones: un papá vociferante, un hijo pirómano/canino llamado Pluto, una hija de sonrisa macabra y la mamá, única que puede hablar con vocalizaciones forzadas y quien parece dirigir el asalto al hogar de la familia y a toda la ciudad de Santa Cruz en California, al grito de Hands Across America y bajo la profecía de Jeremías, advirtiendo el castigo ineludible por más que se clame piedad.

A diferencia del enfoque de comedia surrealista de El ladrón de orquídeas (Jonze, 2002), de Una vez en la vida (Dead Ringers, Cronenberg, 1988), donde los gemelos hacen alianza hasta que una mujer trastoca su vínculo y más cerca del thriller El otro (Mulligan, 1972), con hermanos tomando caminos morales distintos, y del suspenso sicológico de Doble amante, amante doble (Ozon, 2017), la historia se sacude del tono convencional en su parte media, pasada la premisa inicial, con una conclusión que vuelve a reflexionar en torno a la otredad en términos síquicos y a la meritocracia desde una perspectiva social, en la que se puede cuestionar qué le corresponde a cada quién en el entramado de las sociedades contemporáneas. Claro que abundan las referencias fílmicas de los ochenta y a la cultura del Hip-Hop: ahí está la llamada para que suene el clásico de N.W.A.

Al inicio se anuncia que existe una buena cantidad de túneles e instalaciones abandonadas de las que poco se sabe, mientras que en los créditos de apertura aparecen varios conejos blancos en jaulas y se observa uno de otro color; algunas secuencias se desarrollan en esos sitios, entre una estética aséptica y lúgubre, siempre sospechosa, donde se expone el otro lado del espejo, lleno de seres que parecen truncos, dominados por una fuerza exterior como si de zombis se tratara y emulando lo que sucede en el exterior, allá arriba, sin entender del todo que existe esa otra realidad más colorida y disfrutable, donde se pueden pintar los labios (notable en la brevedad Elisabeth Moss) o usar una cómoda bata (Tim Heidecker, en modo superfluo).

JUEGO DE REFLEJOS

Dirigida con notable destreza técnica y amplio sentido de la angustia por el parisino Alexandre Aja (Furia, 1999; Cuernos, 2013; La resurrección de Louis Drax, 2016), Infierno en la tormenta (Crawl, EU-Francia-Serbia, 2019) centra su atención en cómo la fuerza de la naturaleza, cada vez más alterada por la intervención del ser humano provocando el calentamiento global, se dirige directamente contra la propia sobrevivencia de nuestra especie a través, en este caso, de lluvias torrenciales, a nivel de huracán categoría 5, que convierten calles y casas en territorio dominado por hambrientos cocodrilos, quizá representando esa molestia del planeta asfixiado, que aprovechan la circunstancia para ampliar los márgenes de su voracidad.

Una joven nadadora (Kaya Scodelario, como pez en el agua) se lanza al rescate de su padre (Barry Pepper) en medio de un ambiente altamente peligroso por la fuerza, justamente, de la tormenta que azota una región pantanosa en Florida; al llegar a la casa de éste, encuentra al perro y decide ir al hogar donde vivían antes, cuando todavía estaban juntas las hermanas, la madre y el susodicho, quien a la vez era el entrenador de natación de su luchona hija. Es ahí en donde tendrán que vérselas con la inundación que parece interminable y con el peligro que encierra la proliferación de los lagartos, cuya conducta está bien estudiada por el guion, identificando sus debilidades y fortalezas, en función de la presencia o no de agua.

Con una edición que mantiene la tensión y concisión narrativa y un desplazamiento de cámaras efectivo y ágil, tanto por arriba como por debajo del agua y en interiores y exteriores, jugando con las diferentes perspectivas de los involucrados en la catástrofe, incluyendo los temibles reptiles dedicados a lo suyo, la cinta consigue construir el escenario de claustrofobia y, sin caer en demasiados sentimentalismos, se orienta a escudriñar las ganas de seguir viviendo del padre y de su hija, a pesar de encontrarse en ese contexto de claustrofobia y completa angustia, tal como el realizador lo había trabajado en El despertar del miedo (Haute Tension, 2003), Despertar del diablo (The Hills Have Eyes, 2006) y Piraña 3D (2010).

JÓVENES AL FILO: BATALLAS

11 agosto 2019

Personajes que buscan resolver sus conflictos y seguir adelante, cayendo y levantando para encontrarle sentido a su existencia. Luchando contra las drogas, las rutinas asfixiantes o las limitaciones para alcanzar propósitos más allá de lo que se vislumbra como plausible. Todas las cintas se encuentran a la mano en las plataformas de confianza o físicamente en el formato de DVD o Blue Ray.

BATALLA CONTRA LA ADICCIÓN

Un par de películas que plantean la lucha que sostienen sendos jóvenes contra la dependencia a las drogas, no obstante contar con padre o madre cercanos y tener cualidades más allá de la mayoría. Interpretados por dos brillantes actores que ya despuntan en el mundo fílmico (nominados al Oscar), bien arropados por un reparto de experiencia asumiendo el rol de sus padres, los personajes encarnados muestran la fragilidad ante la dependencia aún cuando no se observan de manera nítida las causas para caer en estas terribles garras. En ambos casos cuentan con progenitores razonables que están en su segundo matrimonio, con hermanos menores que los aprecian y extrañan, y que se mantienen emocionalmente cerca de ellos.

Dirigida por Peter Hedges (Momentos de perdón, 2003; Dan en la vida real, 2007; La extraña vida de Timothy Green, 2012), Regresa a mí (Ben is Back, EU, 2018) es una mirada en 24 horas de cómo una madre (Julia Roberts, siempre al pendiente), confía y busca convencerse de que su hijo adicto (Lucas Hedges, ansioso), sorpresivamente recién llegado para la navidad, puede mantenerse sobrio para el festejo, conviviendo con su hermana distante (Kathryn Newton, conocida por su papel en Big Little Lies) y sus dos pequeños medio hermanos afroamericanos, producto del nuevo matrimonio de su madre con Neal (Courtney B. Vance), también incrédulo frente a la visita inesperada.

En un poblado bañado por la nieve de carácter premeditadamente conservador, con todo y discretos apuntes raciales (“si fuera negro, estaría en la cárcel”), se revisan, a partir de una puesta en escena funcional y ciertos pasajes fotográficos que enfatizan la soledad interna del personaje, a pesar de buscar el hogar como refugio, mascota incluida, las diferentes tentaciones que los contextos presentan para las recaídas o para la ruptura, una vez más, de la confianza que siempre una madre mantiene como estandarte: esta vez sí va a ser diferente, contra lo que el resto de los allegados pudiera pensar. Así el amor materno.

Dirigida por el belga Felix van Groeningen (Bélgica, 2016; El círculo roto, 2012), Beautiful Boy: siempre serás mi hijo (EU, 2018), se basa en el texto autobiográfico del periodista independiente David Sheff y de su hijo Nic (Timothée Chalamet, frágil y huidizo a la vez) , quienes narran los difíciles momentos de adicción del joven y el doloroso acompañamiento de su padre (Steve Carell, sensible), soportado por su actual esposa (Maura Tierney, comprensiva) y de la madre del susodicho (Amy Ryan, estoica), sosteniendo la esperanza de recuperación del extraviado vástago, no obstante las evidencias contundentes en contra, caracterizadas por las recaídas, las mentiras y los robos con tal de evitar la abstinencia.

Lejos de señalar culpables, víctimas o victimarios, la historia se enfoca en la manera en la que los distintos sujetos involucrados van buscando alternativas para la resolución de los problemas, inevitablemente generando conflictos entre ellos, rendiciones, dudas y esperanzas frente a la posible recuperación de un joven talentoso que no sabe, ni él mismo, porqué terminó cayendo en el infierno de la adicción. Con canciones exactas, flashbacks oportunos que enfatizan la relación padre-hijo y notables actuaciones, somos testigos de los esfuerzos y retrocesos, parte del proceso curativo, para escaparse de este problema cuyo origen, por incierto, se convierte en más difícil de solucionar.

BATALLA CONTRA LA RUTINA

Dos filmes que retoman casos reales en los que se plantean ciertas condiciones de jóvenes acomodados en Europa, lidiando con la relación parental y la búsqueda de satisfactores que se presentan al alcance de la mano pero no terminan por llenar las expectativas, sobre todo porque puede no saberse, en el fondo, qué es lo que se quiere de la vida; mientras tanto, seguir el curso de los acontecimientos y acogerse a la procrastinación como fórmula para irla llevando en lo que algo del espacio exterior manda señales para reaccionar en algún sentido, cualquiera que éste sea.

Realizada con el acostumbrado tono directo por Fien Troch (Kid, 2012; Unspoken, 2008), Hogar (Bélgica, 2016) retoma un caso real para centrarse en el contexto de un grupo de jóvenes en torno a un centro escolar que pasa el tiempo entre patinetas, algo de droga y acercamientos sexuales, en un contexto donde los padres o están desaparecidos o, en un caso, abusan del hijo en cuestión; el regreso de un joven que había estado detenido por conductas violentas, suma un elemento disonante al ambiente que parece estar bajo un letargo generalizado, entre las rutinas de las labores y las escapadas juveniles de rigor.

La tensión va creciendo dados los conflictos particulares y la supuesta normalidad, siempre escondiendo perversiones, se romperá frente a un hecho previsiblemente violento, en el que se involucran algunos de los jóvenes, que además de lidiar con sus propias dificultades existenciales, ahora se enfrentan a un hecho que los rebasa. Con fotografía dirigida a capturar los interiores de las casas, como para develar lo que sucede tras la fachada de la cotidianidad, la historia se va convirtiendo en una olla de presión que tarde o temprano tendrá que explotar en un entorno donde, en apariencia, nada sucede.

Dirigida y escrita por la debutante en largometrajes Eva Husson, Bang Gang (Una moderna historia de amor) (Francia, 2015), retoma un caso real de un grupo de adolescentes clasemedieros de Biarritz, Francia, que ven la vida pasar entre encuentros sexuales y drogas. George (Marilyn Lima) muestra interés por Alex (Finnegan Oldfield) después de un encuentro y junto con otros amigos de la escuela, como una forma de generar celos, empieza a promover una actividad grupal, que da título al filme, en el que se involucran ideas orgiásticas: poco a poco se van sumando más estudiantes gracias a la novedad del “ejercicio” (retomado del famoso juego de la botella), que irrumpe dentro de sus rutinarias vidas, aunque a fin de cuentas también se vuelva parte de la cotidianidad.

PLANTAS NUCLEARES O EL OSCURO TIEMPO CIRCULAR

3 agosto 2019

Un par de programas televisivos de lograda manufactura, una miniserie de cinco episodios y una serie de dos temporadas al momento, rondan las problemáticas surgidas alrededor de la energía nuclear y los avances de la física, desde la recuperación de un tristemente célebre evento, sucedido en la década de los ochenta del siglo pasado, años que también retoma, en una de sus épocas, la otra producción a partir de la ciencia ficción, articulada por la antigua idea de los viajes a través del tiempo: en ambos casos, se observan las estructuras sociales implicadas, las relaciones de poder, los vínculos personales puestos a prueba y las consecuencias específicas que viven los sujetos en contextos de anomalía absoluta.

En el espléndido y cercano para los mortales Lo que no podemos saber (Acantilado, 2018), el matemático londinense Marcus de Sautoy, plantea diversas temáticas científicas que se encuentran en la frontera del conocimiento y que incluso rebasan la propia capacidad de comprensión: así parecen estar los personajes involucrados de estas series, atrapados en mundos que escapan al entendimiento pero que al mismo tiempo los impelen y les exigen acciones con base en lo que se sabe, casi nunca suficiente para tener certezas acerca de la toma de decisiones y sus consecuencias, tanto en el terreno de la realidad como de la contexto sobrenatural. Entonces, surgen las mentiras y los secretos como armas temporales, al final falibles, para enfrentar las eventualidades.

TIEMPO ATRAPADO

Creada por Craig Mazin, dirigida por Johan Renck –con sólida trayectoria en la televisión y en los videos musicales- y producida por la cadena HBO con el habitual sello de calidad de la casa, Chernobyl (EU-RU, 2019) es una concisa recreación del terrible accidente ocurrido el 26 de abril de 1986 en el rector 4 de la planta nuclear, cercana a la ciudad de Pripyat al norte de Ucrania: a lo largo de los cinco episodios se exponen los principales sucesos conocidos tiempo después a cuentagotas, así como el desarrollo de algunos personajes, tanto de los directamente involucrados con los círculos de poder como de personas comunes, las cuales encontraron voz en las emotivas entrevistas de la premio Nobel Svetlana Alexievich, desde una lógica periodística, organizadas en Voces de Chernóbil (1997).

El hilo conductor lo llevan el convencido y lacónico científico Valery Legasov y el enérgico y pragmático Boris Shcherbina, enviado desde el Kremlin para tratar de resolver la situación e identificar culpables, interpretados con gravedad adecuada por Jared Harris y Stellan Skarsgård, respectivamente; al principio renuentes y distantes entre sí, van conformando una mancuerna decisiva para evitar que la tragedia se extendiera aún más de lo que lo hizo; a ellos se les suma Ulana Khomyuk, un personaje ficticio que se incluyó en la trama como un homenaje a todos los hombres y mujeres de ciencia que trabajaron para contener las secuelas de la explosión, bien asumido por Emily Watson en constante estado de urgencia.

Se insertan además algunos relatos colaterales muy significativos como el de los encargados de exterminar a los perros; el del jefe de los mineros y su equipo; el de la esposa que pierde a su marido que fue a atender el estallamiento y el de la mujer que se resiste a evacuar mientras ordeña a su vaca. El drama, el thriller político y la televisión de juzgado articulan los diferentes capítulos con notable equilibrio narrativo y emotivo, soportados por un impresionante diseño de arte que incluye escenarios, vestuarios y utensilios cuidadosamente ambientados a la época que refiere, además de una fotografía que acentúa el tono críptico y angustioso del suceso relatado, musicalizado gélidamente por Hildur Guðnadóttir.

En términos de discurso ideológico, la miniserie ha sido señalada de contar con una mirada demasiado occidentalizada –incluso es hablada en inglés-, orientando su crítica a un sistema totalitario y caduco como el principal responsable de la catástrofe: si bien la estructura burocrática centralizada y vertical provoca la intención de tapar errores y evadir responsabilidades, también se muestran a los héroes dispuestos a arriesgar sus vidas para solucionar la catástrofe; es decir, pareciera que este tipo de jerarquización y disciplina puede ser un arma de doble filo. Por supuesto está también la disputa entre la perspectiva técnica y científica en contraposición a la política y de control de información, tan común en los días que corren.

TIEMPO LIBERADO

Dirigida por Baran bo Odar, también fungiendo como creador junto con Jantje Friese, Dark (Alemania-EU, 2017 – ) es una serie que posa su atención en cómo el ser humano busca encontrar su sentido e identidad entre ideas preconcebidas sobre la predestinación y la imposibilidad de cambiar no solo el pasado, sino un presente lleno de preguntas que difícilmente encuentran una respuesta en la lógica racional. El escenario es un pueblo alemán llamado Winden, en el que varias familiar conviven, tienen conflictos y mantienen vínculos que siempre parecen estar caracterizados por misterios que van más allá de la propia comprensión tanto de padres como de hijos.

Dos familias relacionadas con infidelidad y suicidio incluidos, además de la desaparición misteriosa de un niño, parecen funcionar como el epicentro de una trama con múltiples tentáculos argumentales en los que aparecen un misterioso cura que convence a un niño de seguirlo; un policía intrigado a lo largo de los años, padre de la directora de la planta nuclear; varios jóvenes que viven entre el despertar del amor y los secretos acechantes y otros núcleos familiares y personajes que van y vienen dentro de la trama y, en algunos casos, a través de las épocas que presenta el relato: principios de los años veinte, las que forman el loop cada 33 años como la duración de la vida de Jesús (1953, 1986 y 2019) y hasta un futuro a la Mad Max.

Por supuesto, los viajes en el tiempo generan diversas paradojas de los sucesos vividos como de las relaciones entre los personajes e incluso personales, al grado de poder dialogar con el yo joven, siendo viejo o niño y viceversa: con notable habilidad para tejer la maraña de relaciones, sucesos y diferencias entre los distintos tiempos, a pesar de que por momentos algunos personajes pueden quedar un poco abandonados, la serie se lanza sin demasiado pudor a buscar la reflexión filosófica-existencialista, religiosa y científica, a partir sobre todo de los descubrimientos de la física cuántica, como el bosón de Higgs, también conocida como la partícula de Dios, los agujeros de gusano relacionados con los viajes en el tiempo y los agujeros negros que todo lo desaparecen.

Para ayudar a la comprensión de la trama, se aprovecha una edición fulminante que relaciona a los personajes en sus diferentes edades y momentos, además de basarse en un logrado casting que trasciende los parecidos físicos; los dramas propiamente humanos se entrelazan con la vertiente cienciaficcional que aporta un notable interés narrativo, también logrado por el trazo de los sujetos involucrados en las diversas situaciones, lejos de cualquier maniqueísmo. Los misterios se administran cuidadosamente a lo largo de la trama y el soporte musical de Ben Frost y las canciones que acompañan las secuencias paralelas, aportan un sensible sustento auditivo a la contundente fotografía que hace olvidar las limitaciones de los efectos especiales.