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SÚPER TAZÓN LI: FICCIÓN PREDECIBLE, REALIDAD INESPERADA

8 febrero 2017

Si hubiera sido una película, respondería a la fórmula triunfalista y motivacional que tantas veces hemos visto en el cine deportivo, en donde se revierte una gran cantidad de obstáculos con base en el sacrificio, la confianza en sí mismos y hasta una fuerza más allá de la comprensión. Un equipo castigado y su jugador estrella suspendido varios partidos al inicio de la temporada de manera injusta (según ellos), logra vencer dificultades y califica a la postemporada con la mejor marca de la conferencia americana, gracias a una labor de conjunto con experimentada dirección.

Tras ganar sus dos compromisos siguientes sin muchas dificultades, llega al Súper Tazón para enfrentarse a una temible ofensiva de cascos negros que viene arrasando a cuanto rival se ponga enfrente. La primera mitad es una pesadilla para los héroes del filme: pérdidas de balón, pases mal lanzados o soltados de las manos, carreras predecibles y una línea ofensiva que ni abre huecos ni le da el tiempo suficiente a su mariscal de campo. En tanto, los de enfrente celebran todo (antes de tiempo, empezando por su dueño), obtienen una ventaja considerable de 18 puntos y se van al descanso muy confiados, quizá demasiado por su inexperiencia en este tipo de partidos.

El guion del filme nos mostraría qué sucedió en los vestidores mientras alguna estrella musical hacía su show, canción de protesta incluida muy en consonancia con los trumpianos tiempos que corren (This Land is Your Land), sobrevolando en botas altas y traje espacial por los confines del estadio, promoviendo la diversidad sexual y confesando un mal romance con cara de póker. Imaginemos al hosco Belichick, sensible en el fondo, soltando un fuerte discurso entre llamada de atención e iluminadora esperanza, recordando lo grandes que son y cómo han superado pruebas de todo tipo, mientras que los rivales toman una postura sobrada, ya sintiendo el poder del famoso anillo en sus dedos.

Para la segunda parte, el escenario se plantea ideal para la gesta épica: todas las estadísticas en contra y la posibilidad de remontar la mayor ventaja en la historia del juego por el título de la NFL; incluso al terminar el tercer cuarto la distancia se amplió a 19 puntos, o sea, dos touchdowns con sendas conversiones de dos puntos y un gol de campo. Cumpliendo su papel de víctimas propiciatorias según señalaba el guion, los Halcones desaparecieron del partido para dar paso al dramático regreso de los protagonistas del filme: por supuesto que lograron los puntos necesarios para mandar el partido a tiempo extra por primera vez en la historia y, desde luego, finiquitar la gesta a las primeras de cambio.

Como epílogo, el villano favorito del equipo campeón (el comisionado Goodell) entrega el trofeo Vince Lombardi en medio de una buena rechifla y después le otorga el premio del jugador más valioso a Tom Brady, el hombre castigado por el asunto de los balones desinflados. Y como cabría esperar, la estrella del equipo cede el automóvil de premio a su compañero James White, tal como lo hizo dos atrás con Malcolm Butler, quien realizó la intercepción clave para ganarle a los otros Halcones, los marinos. Pero lo curioso del asunto, es que todo lo aquí descrito sucedió en la realidad, como si ésta hubiera copiado a las múltiples ficciones de empalagosa sensiblería.

LA EMOCIÓN QUE HACÍA FALTA

La postemporada había resultado demasiado predecible, condición mortal para mantener el interés en cualquier deporte. Salvo el partido entre Green Bay y Dallas, el resto se decidió muy pronto y con escasa emoción: ya sabemos que la clave para que cualquier deporte se sostenga es la posibilidad constante de una sorpresa y el equilibrio de fuerzas. Además, la NFL no se la ha visto fácil con la reducción del raiting y con el tema retomado en el filme La verdad oculta (Concussion, Landesman, 2015), sobre todo por el temor de los padres de familia ante la opción de que sus hijos jueguen fútbol americano.

En el volado inicial, los de Georgia eligieron patear en lugar de meter desde el principio a su poderoso ataque, suponiendo que sería mejor recibir la bola al inicio de la segunda parte; como sea y contra lo esperado, los puntos no llegaron en todo el primer cuarto. Pero en el segundo y comandados por Matt Ryan, el jugador más valioso de la temporada, los Halcones anotaron 21 puntos, 14 de los cuales se derivaron de errores de los Patriotas, hasta ese momento completamente desconocidos: ellos parecían los inexperimentados con un plan de juego predecible y varios errores en la ejecución. No obstante, antes del descanso lograron 3 puntos que significaron la ruptura mental de estar atrapados en la inoperancia.

Las primeras ofensivas de ambos equipos al regreso tampoco funcionaron y fueron los de rojo quienes volvieron a anotar, poniendo el marcador en un inalcanzable margen de 25 puntos, reducido por una anotación de seis que ahí se quedó por la falla del extra. Y aquí empezó a jugar la inverosimilitud: una mala patada corta de los de Foxboro, cuya posición de campo fue desperdiciada por los habitantes del Georgia Dome, ya en proceso de mudanza; una oportunidad clara para marcar un gol de campo que haría la diferencia definitiva, echada por la borda y un inexplicable derrotismo a la defensiva que se volvió incapaz de detener a los rivales en cinco series consecutivas, mientras su ofensiva no consumía nada de tiempo.

En contraparte, los Patriotas despertaron una eficacia que había estado dormida durante casi todo el juego: la línea empezó a dar más tiempo al mariscal, quien afinó la puntería y leyó mejor las opciones; los receptores hicieron malabares para quedarse con los balones y hasta en las conversiones de dos puntos se percibía una confianza absoluta: llegó un momento, cuando todavía estaban lejos del empate, que la sensación generalizada es que iban a alcanzar a los alicaídos Halcones, que parecían anestesiados como en un plan de auto saboteo ante el síndrome del objetivo alcanzado. Se les olvidó que los partidos son de cuatro periodos y no de tres.

Eso sí, más allá de filias y fobias, habrá que reconocer que cuando el conjunto representativo de Nueva Inglaterra juega el Súper Tazón, casi siempre resulta un juego lleno de emociones al límite que se decide al filo del reloj. Y claro que también se agradecen los efusivos comentarios de Martellus Bennett, ala cerrada de los Patriotas y quien declaró que no irá a la Casa Blanca a la celebración con Trump: “¡Derriben ese muro! ¡Te amo México!”

EL ESGRIMISTA O LA PEDAGOGÍA DEL TOUCHÉ

11 agosto 2016

La vieja confrontación entre el individuo y el sistema; el sujeto en aras de convertirse en agente, es decir, con capacidad para tomar decisiones sobre el curso de su vida y modificar los contextos en los que se desenvuelve, frente a las estructuras que obstaculizan su desarrollo o bien, en determinados y felices casos, que lo potencian. Sin caer en determinismos absolutistas, la persona tiene algún margen de maniobra, incluso en las sociedades más dictatoriales, aunque en ello se ponga en riesgo la existencia.

La experiencia del estalinismo es reveladora en este sentido. Ahí están Shostakovich y su atribulada relación con el poder unipersonal de Stalin, magistralmente novelada por Julian Barnes en El ruido del tiempo (Anagrama, 2016); o el caso de Vida y destino (De bolsillo, 2007), obra cumbre de Vasily Grossman que sobrevivió gracias a las fotografías clandestinas tomadas al borrador, y el premio Nobel Solzhenitsyn, dando a conocer sus vivencias en el Gulag y abriendo los ojos del mundo ante uno de los mayores horrores de la historia.

CONSTRUYENDO LA VOCACIÓN

Abundan las películas sobre entrenadores de equipos de fútbol, beisbol, fútbol americano, básquetbol y rugby, con todo y sus tribulaciones para convertir a sus equipos en dignos contendientes; también la figura docente ha sido revisitada de múltiples maneras, desde el profesor motivador al límite de lo creíble, hasta quienes padecen dificultades más realistas para poder acompañar a los alumnos en su aprendizaje. Pero combinar estas dos vertientes no ha sido común en el cine y tampoco retomando la práctica del esgrima.

Basada en el caso real del estoniano Endel Elis y dirigida por Klaus Härö El último duelo – El esgrimista (Finlandia-Estonia-Alemania, 2015) presenta la historia de un hombre inscrito forzadamente de joven en las filas nazis tras la conquista de la provincia de Estonia –como sucedía con muchos adolescentes en esa época, Gunther Grass incluido- que tiene que dejar Leningrado, una vez que el ejército rojo tomó el control de la situación, para evitar caer preso en los infernales campos de trabajo forzado, situación descrita en Koba el terrible (2004), libro de Martin Amis en clave personal con desgarradora puntualidad y dura crítica a los intelectuales de occidente.

Tratando de pasar desapercibido, quien alguna vez fuera un esgrimista reconocido (Märt Avandi, ecuánime) ingresa a una escuela para hacerse cargo del club de deportes. Alentado por Marta (Liisa Koppel, de mirada decidida), una enjundiosa niña de ánimo inquebrantable, se pone a dar clases los sábados ante un grupo sorpresivamente numeroso: son niños que soportaron, en muchos casos, la pérdida de sus padres en la guerra y buscan de alguna manera tanto figuras tutelares como referentes afectuosos en su vida. De esta forma, la sencilla escuela del pequeño pueblo ya contará con El maestro de esgrima (Olea, 1992)

EsgrimistaEl improvisado profesor se enfrenta primero a la resistencia en la misma escuela, encarnada por un burócrata prototípico de grises tonalidades que hará cualquier cosa por salvar el pellejo, sin ningún tipo de interés por la innovación y siempre apoyado por un asistente con aspecto copiado del jefe supremo incluyendo bigotito ridículo, quien se hace presente, además, en todos los cuadros visibles de las estructuras gubernamentales.

Como sucedía en Los coristas (Barratier, 2004), la fuerza del proyecto se empezará a abrir paso gracias también al apoyo de los familiares participando en una inusual votación considerando la dominante cultura autoritaria, en particular la de un abuelo (Lembit Ulfsak, sereno), cuyo nieto es de los alumnos más entusiastas con el nuevo club deportivo (Joonas Koff). Finalmente, hasta el mismísimo Marx practicó este deporte en sus juventudes.

Una cámara pausadamente persecutoria sigue al protagonista, mientras hace los recorridos rumbo a la escuela o en busca de algún destino que le devuelva el sentido y el gusto por vivir: la docencia en un inicio parecía no ser la mejor alternativa para tal efecto, aunque paulatinamente, al ver a los niños interesados en aprender, la perspectiva va cambiando, además de iniciar una relación amorosa que lo saca un poco de su ensimismamiento. Pero eso sí, que en una clase opcional el salón esté lleno de rostros llenos de expectativas, resulta ser una fuerte motivación para cualquier profesor.

Sin recursos suficientes para la enseñanza, se buscan las opciones: varas humedecidas en lugar de floretes y, sobre todo, expresar el gusto por el contenido y ayudarle a los pequeños estudiantes a que encuentren los significados que puede tener para sus propias vidas. En cierta forma, compartir sus saberes para los elegantes desplazamientos, la defensa y el ataque, revive un entrañable pasado en el improvisado maestro: el touché pedagógico, acompañado de un suspensivo score de Gert Wilden Jr., terminará en promesas vueltas compromisos formativos.

Vale asumir los errores en la práctica docente, como el excesivo regaño o la autolimitación, pedir ayuda a la colega con más experiencia (Ursula Ratasepp), detonando de paso un vínculo romántico, y actuar en consecuencia para mejorar y acompañar los despertares de estos niños, asombrados con la llegada del equipo para practicar el esgrima, cortesía del amigo esgrimista, como cuando los pequeños chinos recibían los gises de colores en Ni uno menos (Yimou, 1999). La estación del tren, siempre tan evocativa, se convierte en espacio para despedidas y encuentros anhelados.

La relación entre la gran ciudad y la periferia se plasma de manera conmovedora en el viaje que realizan los niños seleccionados para participar en el torneo de esgrima: fotografía salpicada de nieve y emoción que captura el logro de los pequeños, festejados también por los compañeros que no fueron elegidos. Los primeros años de la década de los cincuenta se ambienta no solo a partir del diseño artístico, sino también en el perfil de los personajes, con esas miradas de cierta tristeza aún en los momentos de alegría.

BASE POR BOLAS: LA PELOTA CALIENTE EN EL CINE

8 noviembre 2013

Ahora que mis queridos y barbados Medias Rojas de Boston han vuelto a coronarse, aprovecho para hacer un recorrido por algunas cintas que de una u otra forma han recuperado la temática beisbolera dentro de su argumento. La mal llamada Serie Mundial (Estados Unidos todavía no es todo el mundo) atrae miradas de todos los rincones del planeta, a pesar de tratarse de un deporte poco global: son muchas las implicaciones que están detrás de este tipo de celebraciones en apariencia locales.
El cine norteamericano, con esa condición de omnipresencia, ha abordado el béisbol desde diferentes perspectivas y con distintas intenciones: desde la exaltación de valores propios de la sociedad estadounidense, hasta ciertos retratos sicológicos de mayor hondura. Empecemos con el recorrido.Boston

LANZAMIENTOS AUTOBIOGRÁFICOS
Slide, Kelly, Slide (1927), aún dentro del cine silente, fue dirigida por Edward Sedgwick y es una de las películas más memorables dentro del subgénero, en la que se aborda la historia de un arrogante jugador que tras una serie de experiencias consigue transformarse. Un año después, Speedy (Ted Wilde, 1928), representó la última comedia silente de Harold Loyd, en la que su desmedida pasión por el béisbol le hacía perder cuanto trabajo encontraba; incluso se incluye un cameo de, ni más ni menos, Babe Ruth.
No podían faltar las biografías: en El orgullo de los yanquis (The pride of the Yankees, Sam Wood, 1942), se siguen las hazañas de Lou Gehrig, interpretado con solvencia por Gary Cooper; en The Court Martial of Jackie Robinson (Peerce, 1990), cinta para televisión, se dejaba en claro la injusticia en contra del primer jugador negro en las Grandes Ligas, vida retomada en 42 (Helgeland, 2013) sobre Jackie Robinson, el primer jugador afroamericano en la era moderna todavía con los prejuicios raciales inundando la caja de bateo, con Harrison Ford; por su parte, en El ídolo (The Babe, Hiller, 1992), el legendario Babe Ruth es encarnado por John Goodman.
En Fears Strikes Out (Robert Mulligan, 57), Anthony Perkins interpretó al problemático Jimmy Piersall, pelotero que llegó a jugar con los Red Sox y que se recuerda por su crudeza; y en el documental Hank Aaron: Chasing the Dream (Tollin, 95), se muestra a uno de los grandes de todas las épocas, luchador contra el racismo y jonronero de excepción. Mientras tanto, en el documental The Life and Times of Hank Greenberg (Kempner, 1999), se retoman las vicissitudes de la primera estrella beisbolera judía.
El escandaloso caso de corrupción en la Serie Mundial de 1919, fue recuperado por John Sayles en Eight Men Out (1988), tal como se presenta en Up for Grabs (Wranovics, 2004), acerca el debate legal sobre quién era el dueño de la bola que voló Barry Bonds. Como contraste, en El juego perfecto (Dear, 2009) se recupera la hazaña del equipo infantil de Monterrey al ganar un importante torneo infantil en Estados Unidos.

RECREANDO EL DIAMANTE
Volviendo a la ficción, en La mujer del año (1942), George Stevens dirige a Spencer Tracy y Katharine Hepburn, quienes son columnistas de deportes y política respectivamente: inolvidable la divertida secuencia en la que él la lleva a su primer partido de béisbol. Los equipos infantiles han sido también rescatados: en Pandilla de pícaros (The Bad News Bears, Ritchie, 1976) Walter Matthau, entre puros y cervezas, dirige a un equipo de la liga infantil que incluía en la alineación a Tatum O’Neal. El tema dio para secuelas y para una versión con Billy Bob Thornton titulada Los osos de la mala suerte (Linklater, 2005), además de influenciar a El reto (Hardball, 2011), estelarizada por Keanu Reeves y dirigida por Brian Robbins.
Charlie Brown, por su parte, también le entró al quite en aquel famoso corto animado de 1966 dirigido por Bill Melendez y la amistad se vio reflejada en Muerte de un jugador (Bang the Drum Slowly, Hancock, 73), con las actuaciones de Robert De Niro, quien después protagonizara a un siniestro seguidor de un pelotero (Wesley Snipes) en El fanático (1996) de Tony Scott. Y hablando de fanáticos, ahí está Amor en juego (Fever Pitch, Hermanos Farrelly, 2005) en la que un vértice del triángulo amoroso es el equipo de las Medias Rojas.

ENTRES SUEÑOS Y REGRESOS
Al que le ha gustado la temática ha sido a Kevin Costner: La bella y el campeón (Bull Durham, Shelton, 1988) lo unía con una periodista fan interpretada por Susan Sarandon; Campo de sueños (Fields of Dreams, 1989) lo colocaba ante el reto de construir un diamante en un sembradío y Adorablemente enojada (Upside Anger, Binder, 2005), le daba la oportunidad, como jugador retirado, de enamorarse de su vecina (Joan Allen), madre de cuatro hijas. La mujer del bateador (The Slugger´s Wife, Ashby, 1985) presenta la relación entre una cantante y un pelotero, enfrentados al dilema de elegir entre el matrimonio o el desarrollo profesional, desde una perspectiva demasiado tibia.
Hablando de mujeres, en Major League (88), una viuda se hace cargo del equipo propiedad de su marido y, con base en un hecho real en la época de la Segunda Guerra Mundial, A League of Their Own (Penny Marshall, 92) nos dejaba ver a Geena Davies y Madonna, entre otras, pegar de palos supervisadas siempre por Tom Hanks. Sugar (Boden y Fleck, 2008), plantea la historia de un jugador de Dominicana y su odisea en el mundo de las ligas menores.
Para cerrar, los regresos: en El mejor (The natural, Barry Levinson, 84), Robert Redford vuelve por sus fueros en busca de viejas glorias, como dirían los cronistas; El novato (The Rookie, Hancock, 02) nos mostraba al añoso Dennis Quaid buscando triunfos olvidados y, en tono de comedia, Mr. 3000 (Stone, 2004) coloca a Bernie Mac en la necesidad de regresar al ruedo porque le anularon 3 hits que le evitan ingresar al Salón de la Fama. Sólo su novia (Angela Bassett) creía en este holgazán cerca de cumplir el medio siglo de vida.
Terminamos con la estupenda Moneyball (Miller, 2011), en la que se retoma el caso del manager de los Atléticos de Oakland y sus innovadoras estrategias de reclutamiento, también vistas en Las curvas de la vida (Trouble With de Curve, Lorenz 2012), con Clint Eastwood en plan refunfuñón dejándose ayudar por Amy Adams para observar talentos al bate.

No son todas pero de alguna manera es una muestra de cómo se ha abordado el béisbol en el cine: biografías, comedias románticas, dramas deportivos, vehículos propagandísticos, cine de denuncia… de todo un poco para acompañar al deporte nacional de los Estados Unidos. Que juegue la pelota.

CINE Y JUEGOS OLÍMPICOS

27 julio 2012

El gran cineasta chino Zhang Yimou fue el responsable del magno espectáculo que acompañó a la inauguración oficial de los Juegos Olímpicos de Pekín del 2008. Ahora tocó el turno a Danny Boyle, el oriundo de Manchester, darle forma a la muy representativa ceremonia del espíritu inglés y de sus contribuciones al mundo, desde la revolución industrial al típico humor inglés; de Chaplin al 007 acompañando a la inexplicable perpetuidad del culto a la realeza; de la invención de la WWW a la consolidación y desarrollo del rock como música popular de alcance mundial y de ahí a los clásicos de la literatura infantil, sello de la casa.
No obstante, la inevitable mirada política a los Juegos ha estado presente de manera continua, ahora con especial énfasis en la situación económica de Europa. Y si hacemos un recorrido fílmico del tema, tendríamos que empezar por esa obra maestra conocida como Olimpíada (38), imponente documento de la genial y cuestionada por partes iguales Leni Riefenstahl, quizá la directora más dotada en la historia del cine que carga con el estigma de haber servido al régimen Nazi. Dividida en dos partes, El festival de los pueblos y El festival de la belleza, el film navega entre la propaganda y la poética del movimiento, con un inusual despliegue técnico y una plástica imponente.
Considerada como la obra cumbre del cine deportivo, la cinta también instituyó la tradición de que cada celebración contara con su propio documental. Directores tan notables como Kon Ichikawa, Milos Forman, Claude Lelouch, John Schlesinger, Yuri Ozerov y Carlos Saura, entre otros, contribuyeron con su talento para perpetuar los principales sucesos de la historia de este encuentro deportivo, el más importante de la humanidad a pesar de poderosos enemigos como los boicots, el mercantilismo, la burocracia y el dopaje.
Memorable resultó también Carros de Fuego (Hudson, 81), historia centrada en la Olimpiada de París en 1924, donde un corredor judío y otro cristiano se enfrentan a sus propias convicciones y a las presiones dentro del contingente inglés: ahí quedan las imágenes de los atletas corriendo en la playa mientras se escucha la clásica partitura de Vangelis (secuencia aprovechada en la inauguración para insertar jocosamente a Mr. Bean). Estamos frente a un clásico del cine no sólo olímpico, sino mundial.
Dos deportistas indoamericanos fueron recuperados en sendas películas: Jim Thorpe. All American (52), cinta dirigida por Michael Curtiz con la interpretación de Burt Lancaster, en la que se planteó el ascenso y caída de este mítico atleta que terminó solo y en la ruina, y Running Brave (Everett, 83), que recuperó la vida de Billy Mills, ganador de la medalla de oro en los 10,000 metros durante los Juegos de Tokio 1964.
El género del biopic ha encontrado campo fértil en los atletas olímpicos: ahí está el docudrama The Bob Mathias Story (Lyon, 54), donde el ganador a los 17 años en Londres 1948 y Helsinki 1952 dentro de la prueba del decatlón, se interpreta a sí mismo; o el par de cintas sobre Steve Prefontaine (Sin límites, Towne, 98 y Prefontaine, James, 97), participante en Munich 1972 y que falleciera de manera prematura a los 24 años. Las imparables velocistas Wilma Rudolph y Gail Devers, así como el rompesquemas Jesse Owens fueron también sujetos de sendas producciones televisivas, así como Roger Bannister, primero en recorrer la distancia de una milla en menos de cuatro minutos.
Un desconocido Michael Mann dirigió un telefilm titulado La milla de Jericó (79), sobre un condenado a cadena perpetua que encuentra en el acto de correr una escapatoria a su situación y una oportunidad para participar en una olimpiada; en este tenor, Michael Douglas interpretó en Running (Stern, 79) a un veterano corredor cargado de problemas que busca competir en Montreal 1976. Steven Spielberg, por su parte, recuperó en Munich (05) la tragedia ocurrida en los juegos olímpicos de 1972, en los que el grupo Septiembre Negro secuestró y mató atletas judíos, provocando la sistemática venganza de los israelitas, evento recreado en 21 horas en Munich (Graham, 76) con William Holden como el policía en jefe.
Personal Best (Towne, 82), transcurre entre amoríos y entrenamientos para los Juegos de 1980, mientras que Perfect Body (Barr, 97), explora la tentación de las sustancias ilegales para tener el peso adecuado y poder formar parte del equipo olímpico, tal como lo intentó un doctor neo-nazi con su hija en La chica de oro (Sargent, 79). El mejor del mundo (Coll, 70) presenta a un joven corredor español que busca a toda costa participar en la olimpiada de 1968 en México y en Doble triunfo (Forbes, 78), secuela de Fuego de juventud (Brown, 44), una huérfana aspira a participar en las pruebas de equitación de los juegos.
Por su parte, La prueba del valor (The Games Winner, 70) se centra en el proceso de preparación de cuatro corredores de diferentes nacionalidades que participarían en el Maratón: las motivaciones y condiciones personales, los contrastantes entornos y el adecuado desarrollo de los personajes, consiguen hacer de esta cinta un certero retrato de cómo se construyen los anhelos desde la perspectiva de los atletas y a qué presiones pueden estar sometidos. Esta prueba, cuyo origen se puede ver en La batalla de maratón (Tourner, 59), sirve como temática central al sólido documental El espíritu del maratón (Dunham, 07).
Cerramos este minimaratón filmicolímpico recordando a Astérix en los juegos olímpicos (Forestier y Langmann, 08) y con The First Olympics: Athens 1896 (Rakoff, 84), ilustrativa miniserie en la que se recrea el proceso y los prolegómenos de la primera olimpiada moderna con el espíritu olímpico más o menos intacto, antes de enfrentarse a marcas voraces, politiquería de cuarta, manipulación que quisiera convertirlos en Los juegos del hambre (Ross, 12), sustancias al borde de la legalidad y transmisiones televisivas cargadas de un humor inaguantable y prefabricado. No obstante, los Juegos sobreviven y el pebetero permanece encendido.

FÚTBOL Y CINE: ENCUENTROS EN EL TERRENO DE JUEGO

5 junio 2010

Se han convertido en dos fenómenos que han trascendido su propio origen: mientras que el cine ha llegado a ser mucho más que una curiosidad científica, el fútbol va más allá de ser un mero juego. Comparten varias características: son un espectáculo masivo de alcance mundial; son poderosas industrias que mueven mucho dinero; pueden ser analizados desde diversas perspectivas y niveles, y casi todos hablamos de ambos como si supiéramos; en un momento dado, pueden ser arte y van de lo sublime a lo ridículo.
Sin embargo, todavía seguimos esperando la gran película futbolera de ficción. De hecho, los mejores films sobre el fútbol son documentales que atrapan algunos elementos clave del juego (goles, faltas, atajadas, jugadas, jugadores) o relacionados con gestas históricas, ya sean en los mundiales o en los torneos locales, rivalidades acendradas incluidas.

LOS ONCE PASOS
Empezamos el recorrido con la silente alemana Los once diablos (Cordan, 27), en donde se recupera la historia de un equipo conformado por trabajadores y animado por una mujer de corte angelical. El miedo del portero ante el penalty (72) de Wim Wenders, sigue a un arquero que, tras dejarse meter un gol, abandona todo y se dedica a deambular sin sentido aparente; el mítico tiro desde los once pasos, especie de fusilamiento civilizado, sirvió de pretexto para Tiro Penal (Skolnick, 00), El penalty más largo del mundo (Santiago, 05) y Pena Máxima (Echeverri, 03). Un par de niños son protagonistas en la sueca Fimpen (Widerberm, 73) y en Bando et le Ballon D’or (Doukouré, 93) de Guinea.
El cine mexicano se ha ocupado poco del asunto, a pesar de la popularidad de este deporte en nuestro País; algunos ejemplos: Los hijos de Don Venancio (44) con Pardavé y Casarín; Tirando a Goool (66); El chanfle I/II (79/82), Atlético San Pancho (Loza, 01), la mejorcita, y Rudo y cursi (07), en cuyo nombre llevó la penitencia.

CINEFILIA Y PAMBOLERISMO
Glosando el libro Fútbol y cine de Carlos Marañón, Jaime Iglesias (en Cinepremier, junio del 2006) apunta las 11 películas del cinéfilo futbolista según el autor: el thriller detectivesco The Arsenal Stadium Mystery (Dickinson, 40); el homenaje a uno de los grandes en Garrincha, alegria do povo (Pedro de Andrade, Brasil, 62); Pelota de trapo (Torres Ríos, Argentina 48), en la que se siguen los sueños de infancia; la española Once pares de de botas (Rovira, 54), enclavada en las dificultades de un jugador y el problema del soborno.
La lista continúa con Bloomfield (Harris, 71), filmada en Israel y en la que se recupera la relación entre un niño y su héroe futbolero; Escape a la victoria (Huston, 81), que recuerda al clásico de John Sturges El gran escape (63); Ultra (Tognazzi, 90), en clave de tragedia con tifosis incluidos; Fever Pitch (Evans, 97) y el sentido de pertenencia con un grupo de fans; La copa (Norbu, 97), en la que un grupo de monjes budistas quiere ver la final del mundial; Shaolin Soccer (Chow, 01), entremezclando temáticas y artes marciales con fútbol, y Jugando con el destino (Chadha, 02), en la que una niña hindú sueña en ser como Beckham.

A NIVEL CANCHA
También se han recuperado algunas curiosidades como en Peladao (04), del alemán Schoppe, cinta que presenta el torneo más grande del mundo celebrado en Brasil, en el que participan más de 1000 equipos con todo y concurso de belleza; o La otra final (03), del holandés Johan Kramer, en la que se enfrentan Bután y Montserrat, los dos últimos equipos según el siempre dudoso ranking de la FIFA; o el documental sobre las hazañas de Corea del Norte en el mundial de Inglaterra, narrado por algunos de los protagonistas; la tragedia del Dynamo de Kiev durante la invasión nazi a Rusia; Best (McGuckian, 00), sobre la vida extra cancha del famoso jugador; Adelante muchachas (Harzer y Stayman, 03), en donde un par de equipos femeniles juegan en Tegucigalpa. Los dos más grandes jugadores de la historia han sido motivos de sendos documentales: Pelé eterno (Massaini Neto, 04) y Maradona By Kusturica (08) por si hiciera falta.

ENTRE ENSOÑACIONES Y PESADILLAS
Recientemente hemos sido testigos de algunas cintas que recuperan, con mayor o menor fortuna, la temática futbolera, como Historias de fútbol (Wood, 97), articulada a partir de tres episodios en los que este deporte sirve como telón de fondo; la nostálgica Boleiros (Giorgetti, 98), estructurada a partir de recuerdos; Días de fútbol (Serrano, 03), concibiendo el equipo de antaño para resolver las vidas; Desde las profundidades del espacio (Menhert, 04), sobre los recuerdos de un anciano; la emotiva El Milagro de Bern (Wortmann, 2004), y la trilogía ¡Goool! (Cannon, 05; Collet Serra, 07; Morahan, 09), transitando de más a menos, muy al estilo de la forma de juego en nuestros torneos.
Por su parte, los tristemente célebres fanáticos ingleses y la violencia han sido retratados en obras como The Football Factory (Love, 04) y Hooligans (Alexander, 05), intento de mirada cercana a estos exacerbados seguidores de los equipos de la Liga Premier que incluso mereció una secuela. En contraste, Sesenta y seis (Weiland, 06) plantea entre comedia y drama la coincidencia entre una celebración de un niño judío y el juego clave del mundial de aquel año, celebrado en Inglaterra.

REIVINDICACIÓN

16 abril 2009

Dos hombres buscan regresar a la posición en la que se creían más felices sin acaso aceptar del todo los errores por la que la perdieron. Hasta que no queda más remedio: convertidos en sus propios jueces, más allá del clamor mediático y popular, se enfrentan a sí mismos en una dura e íntima batalla para poder encarar a los demás y solicitar, indirectamente, su comprensión. Perdedores de cepa que frente al triunfo, regresan a su condición original. Se trata de Richard Nixon y de Randy “The Ram” Robinson.

LA ENTREVISTA DEL ESCÁNDALO: ENTRE LA FAMA Y LA REDENCIÓN

Basada en la obra teatral de Peter Morgan y dirigida con astucia y en clave de docudrama por Ron Howard, quien consigue presentar su mejor película a la fecha, Frost/Nixon: La entrevista del escándalo (EU, 08) es una realista recreación del encuentro y sus circunstancias entre el mañoso ex presidente caído y el hábil pero en apariencia anodino conductor televisivo, convincentemente interpretados por Frank Langella y Michael Sheen, más preocupados por meterse en la piel de los sujetos que simplemente por parecérseles.

Colaboran para el despliegue actoral las sólidas presencias del reparto, representando los sendos equipos de apoyo del entrevistado y entrevistador, no exento éste último de acres discusiones al interior. Como una pelea boxística a cuatro asaltos entre dos pesos de diferentes divisiones y con los consabidos arreglos previos, el encuentro se irá desarrollando entre golpes francos, aparentes KnockOuts e impredecibles regresos de la lona, siempre manteniendo un resquicio de caballerosidad.

Además de las puntuales reflexiones sobre la fuerza de la televisión –capaz de reducir en un primer plano toda una vida-, como apreciamos en el díptico de George Clooney Buenas noches, Buena suerte (05) y Confesiones de una mente peligrosa (02), los diálogos nos conducen por los intrincados territorios del poder, la importancia de la imagen, las vertientes del periodismo, la lealtad, la seducción del dinero a cualquier nivel y la conciencia personal.

Una edición sorprendentemente eficaz que permite fluidez sin perder detalles, iluminación en un doble plano, para las entrevistas y para el propio film, y una puesta en escena que nos involucra en la época y en el ambiente social, redondean esta obra cual entrevista reveladora, autoanalítica y de contundente desenlace. Quizá no era una última oportunidad para ambos pero sí una decisiva. Ahí están los zapatos afeminados para corroborarlo.

EL LUCHADOR: LOS ABISMOS DE LA TERCERA CUERDA

Dirigida por Darren Aronofsky, tras su discutida La fuente de la vida (06), e interpretada por Mickey Rourke haciéndose uno con su personaje, El luchador (The Wrestler, EU, 08) es un viaje depresivo, con algunas paradas esperanzadoras rápidamente difuminadas, por la vida de un hombre roto y de estoica tolerancia que se ha quedado al margen después de ser estrella ochentera del ring. Ahora enfrenta sus más terribles batallas más allá del cuadrángulo: con su descenso sin escalas, con el desprecio de su hija (Evan Rachel Wood) y con la indefinición de su amiga nudista (Marisa Tomei), vuelto interés romántico.

Sin poder entrar a su casa, ocasional diversión de los niños del vecindario, vendedor de autógrafos y paciente despachador de supermercado según el estado de ánimo, mantiene su presencia en el amigable pero aún salvaje mundo de las luchas de segundo nivel. Como marcan las exigencias del medio, mantenerse en forma implica emplear medios artificiales, sobre todo cuando el cuerpo ya no está para esos trotes: camas de bronceado, sustancias de dudosa legalidad y cabellera de lucidora falsedad.

En contraste con sus acostumbradas pirotecnias visuales expuestas en Pi, el orden del caos (98) y Réquiem por un sueño (00), Aronofsky apuesta por la sencillez en la forma para que sea el contenido lo que resalte, en particular la constante imposibilidad del protagónico por establecer nuevas formas de mantenerse en pie fuera del mundo al que perteneció y que no puede dejar, acaso porque la vida transcurre más bien dentro del encordado y en los vestidores de atmósfera solidaria.

No es casual que suenen olvidados grupos hardrockeros de melena cuidadosamente despeinada para dejar que Bruce Springsteen ponga punto final con su canción homónima: la parafernalia siempre será tan espectacular como efímera. No existe corazón que resista el desprecio ajeno combinado con el propio; quizá uno u otro, pero nunca ambos: es como un salto desde la tercera cuerda a un vacío largamente construido.