Archive for 29 agosto 2014

NEBRASKA: GEOGRAFÍA DEL RECONOCIMIENTO

29 agosto 2014

Es todavía el medio oeste norteamericano, donde se dice que empieza el este, entre parajes fríos de árboles que son puras ramas, acentuando la frondosidad de los pinos, y pequeñas ciudades diseñadas con una funcionalidad tal, que el paso del tiempo no cambia las lógicas de vida: nada es viejo y nada es nuevo. Se palpa el Estados Unidos profundo, en donde la vida transcurre desde la carretera, en la barra de alguna taberna húmeda con rutinas establecidas o en la atención de un negocio que dejó de serlo hace muchos años.

Pero Nebraska, además de ser un estado asediado por tornados, también es el título de una de las obras clave de Bruce Springsteen, grabada con la austeridad del caso con una armónica de tonos lluviosos y en la que desfilan delincuentes, asesinos sin convicción y seres extraviados en las aceras de algún conglomerado urbano, muy lejos del brillo de Atlantic City.

Un hombre mayor camina por la acera con la cabellera apuntando a todas partes. Da la impresión de estar extraviado sin saber que lo está. Un policía lo alcanza y le hace dos de las preguntas que nos resultan más difíciles de contestar: ¿A dónde vas? y ¿De dónde vienes? Para contestar ambas, el anciano señala con la mano hacia el frente y hacia atrás. La introducción nos da la pauta de la propuesta argumental, aunque después de todo permanezcan las preguntas y solamente cambie el sentido de las respuestas.

Con Nebraska (EU, 2013), obra integral que apuesta por un discurso sensible sin sobresaltos y con buenas dosis de humor siempre imbricado a la historia, Alexander Payne, nacido en Omaha, retoma la obsesión por una meta que no parece tener mucho caso como en La trampa (Election, 1999); la búsqueda de sentido durante la vejez propuesta en Las confesiones del Sr. Schmidt (2002); la estructura narrativa del viaje cuyo propósito no está del todo determinado como en Entre copas (Sideways, 2004); y la reedición de los afectos familiares expresados en Los descendientes (2011).

De Billings, Montana a Lincoln, Nebraska: un largo trayecto para recoger el premio de un millón de dólares a todas luces inexistente que se convierte en el objeto de la necedad del anciano alcohólico, medio ausente pero con momentos de lucidez que se dedicaba a arreglar aviones y cuyo deseo ahora es tener una camioneta y una compresora de aire. Interpretado magistralmente por Bruce Dern, de mirada perdida pronto recuperada, el personaje recuerda al tozudo viejo de Una historia sencilla (The Straight Story, Lynch, 1999), encarnado por Richard Farnsworth.Nebraska

Su hijo recién separado de su robusta novia y empleado de una tienda de aparatos de video y sonido (Will Forte), accede a llevarlo a pesar de la reticencia de su elocuente y asertiva madre (June Squibb, sensacional sin pelos en la lengua) y de su hermano presentador de noticias (Bob Odenkirk, el cínico abogado de Breaking Bad), aunque después se unan un momento al disparatado periplo que acaba siendo un reencuentro con un pasado que sigue siendo el mismo.

EL PREMIO ESTÁ EN OTRA PARTE

Sin embargo, esta aventura acaba siendo toda una revelación para el hijo, sobre todo cuando se entera de un pasado oculto y se da cuenta que en el pueblo todos conocen a su padre y ahora hasta le aplauden por su condición de millonario, desde el aprovechado exsocio (Stacy Keach) hasta la exnovia (Angela McEwan), ahora manejando el diario local, pasando por quien simplemente le desea suerte en la calle.

De alguna manera, la road movie se convierte en un historia de reconocimiento, nunca sentimentaloide aunque sí emotiva, de un padre y su hijo, salpicada de apuntes humorísticos (la escena del cementerio, el “asalto” para robar el comprobante del premio, el robo confuso de la compresora de aire) y de sarcasmo e ironía (el regalo de la gorra, la pérdida de los dientes). Se percibe una extraña melancolía en la que se inmiscuye una saludable sátira, como si fuera una especie de capacidad para reírse de sí mismo: ahí están los indicativos encuadres como el que presenta a todos los hermanos del protagonista viendo el fútbol americano.

La edición de Kevin Tent se ajusta con pertinencia a la propuesta episódica del guion, entre paradas a descansar, ver la montaña de los presidentes inacabados, escaparse hacia algún bar medio muerto o bien tener que pasar a casa del hermano, también en su mundo, y su esposa, hablando por todos, con los dos gruesos hijos buenos para nada, burlándose del tiempo que le tomó al primo llegar hasta ahí, como si ello fuera un buen motivo para sostener una conversación, únicamente aumentada con el tema de los coches.

Miembro del Tin Hat Trio, el guitarrista Mark Orton (Una buena chica, 2002; Sueños de vida, 2005) musicaliza las secuencias transicionales del film, complementando la natural y evocativa fotografía en blanco y negro, ya sea en las tomas abiertas de la carretera con paisajes de formas por imaginar o en las miradas a las ciudades que sirven de estancia provisional a este recorrido, en el que lo importante no es el destino ni el motivo, sino el proceso y el impulso implícito del viaje, acaso nunca pensado de antemano pero en palpable construcción afectiva.

Los diversos tonos de grises, por momentos luminosos y en otros tendientes más hacia la oscuridad, reflejan con precisión el amplio enfoque de la historia, evitando los maniqueos blancos y negros para dar paso a personajes capaces de alegrarse por la suerte ajena, envidiarla o intentar aprovecharla, según sea el caso: porque la novedad, aunque sea falsa, es digna de aparecer en el periódico local. Y si el desmentido provoca burlas, el paseo silencioso en la camioneta se convierte en el antídoto perfecto contra el escarnio y, de paso, en la recuperación de un ánimo escondido.

CÓMO SER DIVA EN HOLLYWOOD Y NO MORIR EN EL INTENTO

16 agosto 2014

A poco más de un mes de cumplir noventa años, la actriz neoyorkina de mirada paralizante y gestualidad cargada de un fatalismo desarmante (como seguramente lo experimentó Humphrey Bogart, su marido hasta que la muerte los separó, desde el momento mismo en que la conoció), dejó este mundo sin irse del todo, sobre todo por las películas que podemos seguir disfrutando no obstante el paso del tiempo. Primero trabajó en Broadway y en labores de modelaje pero pronto la pantalla se reveló como su hábitat natural.

Lauren Bacall (Betty Joan Perske, 16/09/1924 – 12/08/2014) debutó en Tener y no tener (To Have and Have Not, 1944) una aventurera comedia romántica de Howard Hawks, ambientada en  la II Guerra Mundial y basada en la novela de Hemingway, al lado del mítico Bogart, con quien se casó al año siguiente y procreó dos hijos; juntos tuvieron a bien regalarnos tres grandes actuaciones en sendos clásicos fílmicos: El gran sueño (The Big Sleep, 1946), una de las crestas del cine noir también dirigida por Hawks, con guion de Faulkner basado en la novela de Chandler en la que conocimos al incomparable detective Marlow, que tanto ha influenciado a la novela negra actual.

Las otras dos cintas referidas fueron el thriller justiciero La senda tenebrosa (Dark Passage, Daves, 1947), en la que Bacall interpreta a una mujer que ayuda al protagonista un poco en recuerdo de su padre, y la asfixiante Huracán de pasiones (Key Largo, 1948) de John Huston, drama gansteril en el que curiosamente la actuación femenina que más llamó la atención fue la de Claire Trevor, mientras que Bacall interpretó a una viuda amiga del personaje central. También intervino en Agente confidencial (Shumlin, 1945), basada en la novela de Graham Greene.Lauren Bacall 1

Bogart y Lauren Bacall se convirtieron en una de las parejas cinematográficas más talentosas y mediáticas, gracias a sus dotes actorales para encarnar personajes construidos a partir de un misterioso atractivo y a sus personalidades propias del característico star system, cimiento del mito de Hollywood como ese no-lugar poblado por luminarias industriales invadidas por sombras indescifrables. Su célebre esposo murió en 1957 pero ella siguió adelante en su vocación actoral hasta el fin de sus días.

Durante los cincuenta, además de hacer presencia en varias películas y series televisivas, participó con Kirk Douglas y Doris Day en Música en el alma (Young Man With a Horn, 1950), realizada por Michael Curtiz y en el drama Semillas de venganza (Bright Leaf, 1950), sobre la naciente industria del tabaco a fines del siglo XIX. Filmó Blood Alley (Wellman, 1955) coprotagonizada por John Wayne, a quien acompañó en Gatillero (The Shooter, 1976), dirigida por Don Siegel y que significó la última película del antológico vaquero.

Jean Negulesco dirigió a Bacall en un trío de cintas: Cómo pescar un millonario (1953), comedia con toques de drama en donde interpretó a una de las tres modelos en compañía de Marilyn Monroe y Bettty Grable: ella, claro, era la sofisticada; Woman´s World (1954), retrato del papel de las esposas en el mundo laboral de los hombres y en The Gift of Love (1958), con su respectiva carga de angustia que implica una enfermedad terminal.

MADURAR CON DIGNIDAD

Actuó bajo las órdenes de directores notables como Douglas Sirk en Escrito sobre el viento (1957), asumiendo el rol de una esposa infeliz, y de Vincente Minnelli en The Cobweb (1955), desarrollada en una clínica siquiátrica y en la comedia romántica Designios de mujer (1957), destilando glamour en complicidad con Gregory Peck. Cerró la década con la película Kalapur (1959), filme de aventura con tintes de drama dirigido por J. Lee Thompson, ambientado en la India cuando era colonia británica.

A partir de esta época sus protagónicos disminuyeron, aunque no su actividad, si bien las películas en las que intervino ya no tenían el cartel de los años anteriores. En los años sesenta estuvo casada con Jason Robards y tuvo un hijo. Filmó Conspiración diabólica (Shock Treatment, Sanders, 1964) sobre un investigador privado husmeando en un hospital siquiátrico; la hoy inocua El sexo y la joven soltera (Quine, 1964), del brazo de Tony Curtis y Natalie Wood, y El blanco móvil (Harper, 1966), volviendo a los terrenos del cine negro con Paul Newman como inigualable cómplice.

Después de varios años de ausencia en el cine, volvió como la señora Hubbard en Asesinato en el Expreso de oriente (1974), otra cinta detectivesca dirigida por Sidney Lumet, ahora en una averiguación previa del perspicazmente encantador Hercule Poirot (Albert Finney), rechoncho detective creado por Agatha Christie, de quien se adaptó con menor fortuna Cita con la muerte (Appointment With Death, Winner, 1988) también con la presencia de Bacall aquí como Lady Westholme y Peter Ustinov dándole vida al infalible detective.

Lauren Bacall 2Con la dirección de Robert Altman actuó en HealtH (1980) y en la paródica Caprichos de la moda (Prêt-à-Porter, 1994), e interpretó a una actriz que se vuelve el objeto de la patología de un vendedor en Obsesión pasional (The Fan, Bianchi, 1981), salpicada de cierto horror. Los años ochenta terminó filmando obras sin mayor trascendencia como la comedia Mr. North (Danny Huston, 1988), y el drama Tree of Hands (Foster, 1989). La siguiente década inició con un sólido rol secundario en Miseria (Reiner, 1990) y con la romántica A Star for Two (Kaufman, 1991), haciendo pareja con Anthony Quinn.

Además de mantener su presencia en producciones televisivas, participó en la olvidable El mejor regalo (All I Want for Christmas, 1991) para dar paso a los papeles de madre: en El amor tiene dos caras (The Mirror Has Two Faces, 1996), dirigida e interpretada por Barbra Streisand y en Dogville (2003) y Manderlay (2005), ambas dirigidas por el polémico Lars Von Trier, en las que encarnó a la dura mamá de Nicole Kidman; entre una y otra, apareció en Reencarnación (Birth, 2004), también junto a Kidman.

Vinieron roles en filmes poco conocidos como la comedia política My Fellow Americans (Segal, 1996); la desastrosa El día y la noche (Lévi, 1997); Presence of Mind (Aly, 1999), basada en el cuento de terror de Henry James; Diamonds (Asher, 1999) otra vez junto a Kirk Douglas muchos años después, navegando entre la comedia y el misterio y The Venice Project (Dornhelm, 1999), drama al que se incorporó Dennis Hopper.

Tras un papel secundario en These Foolish Things (Taylor-Stanley, 2005), mostró su inacabada elegancia en The Walker: El acompañante (2007), bajo la dirección de Paul Schrader. Wide Blue Yonder (Young, 2010), comedia de senectud vivaz con la intervención de Brian Cox y The Forger (Roeck, 2012), fueron sus últimos largometrajes, aunque al parecer se encontraba filmando Trouble Is My Business (Konkle, 2014), otra cinta de crimen y aventura.

Notables resultaron sus aportaciones vocales en cintas animadas como El castillo vagabundo (2004) del genio en retiro Hayao Miyazaki y en Ernest and Celestine (Aubier, Pattar y Renner, 2012). Fue tardíamente reconocida por los premios Oscar en 2009 con una estatuilla honoraria y hasta en Los Soprano hizo un cameo destilando esa particular áurea que solo las divas pueden llevar hasta el final de sus días, sin importar edades o épocas.

WELCOME TO THE HOTEL BUDAPEST

12 agosto 2014

El hotel como personaje y objeto de narración, espacio para convivencias efímeras pero trascendentes, se ha presentado en filmes tan notables como Gran Hotel (Goulding, 1932), mezcla de drama y romance con ambiente berlinés como fondo: Greta Garbo, John Barrymore y una muy joven Joan Crawford, transitaban entre pasillos, afectos y dinámica hotelera, también presente en los enredos de los hermanos Marx para montar una obra teatral en la clásica El hotel de los líos (Seiter, 1938).

Enclavada en el realismo poético francés, Hotel du Nord (Carné, 1935) funciona como escenario irónico a personajes cargados de historias dignas de contarse; o bien en cuanto a escenografía de grandes relatos épicos y románticos como el Hotel des Bains de Muerte en Venecia (Visconti, 1971). Ahí está el oscuro proyecto conjunto entre Bono y Wim Wenders titulado Million Dollar Hotel (2000), así como el humor retorcido de Hotel New Hampshire (Richardson, 1984), basada en la famosa novela de John Irving. Para rejuvenecer sin necesidad de pócimas mágicas, El exótico hotel Marigold (Madden, 2011) puede ser una buena opción.

LA BELLEZA DE LA DECADENCIA

Dirigida por Wes Anderson (Los excéntricos Tenenbaum, 2001; Vida acuática, 2004; Viaje a Darjeeling, 2007), referente ineludible del cine estadounidense contemporáneo ya poseedor de un estilo propio, de inmediato reconocible y muy pronto trascendente, El gran hotel Budapest (EU, 2014) es un filme que se mueve entre una lógica posmoderna cargada de una colorida nostalgia y un romanticismo a flor de piel, expresado en la incorporación poética y la pintura del periodo (ahí está la presencia del pintor Caspar David Friedrich), y en la idea de rescatar al individuo por encima de sus circunstancias.

La historia transcurre en la provincia inventada de Zubrówka, que además de ser una marca de vodka polaco, hace las veces de región del este de Europa. Seguimos las vicisitudes del conserje buen amante de octogenarias y recitador poético medio histérico Monsieur Gustave (Ralph Fiennes, dando los matices necesarios a su personaje) y su fiel botones Zero (Tony Revolori, de bigote irrisorio), leídas en los 70´s por una joven lectora frente al busto del escritor (Tom Wilkinson), quien después cuenta cómo supo de la historia para trasladarnos a la conversación entre él cuando era joven (Jude Law) y el Monsiuer Moustafa (F. Murray Abraham, elocuente), en los 60´s, cuando le cuenta todo el relato sucedido entreguerras.

No faltan en la historia elementos narrativos clásicos casi hitchconianos: la misteriosa muerte de una viejilla millonaria con mal esmalte de uñas (Tilda Swinton), llena de familiares buitres, entre quienes están las hijas y su siniestro vástago (Adrien Brody, encendido) y su matón cuasivampírico por aquello de Transilvania (Willem Dafoe); una estancia y escape carcelario con gigante salvador y líder descamisado (Harvey Kietel); un policía llegando un segundo después y emergiendo del subsuelo (Edward Norton); testigos en peligro como el abogado encargado de la herencia (Jeff Goldblum) y el típico mayordomo sospechoso (Mathieu Amalric), secundado por la sirvienta chismosona (Léa Seydoux).

Un guion que remite a la circularidad de Un reino bajo la luna (2012) y que se basa en los escritos de Stefan Zwieg, más como un homenaje a su obra completa que a un texto en específico, y una dirección de fotografía que provoca de inmediato estados de ánimo entre añorantes y cómicos, aderezados por la música lúdica de Alexander Desplat, siempre en modus vivendis. Las referencias indirectas a la época van desde la política (el ZZ en lugar de la SS), a la pintura (Klimt), pasando por la arquitectura y, desde luego, la poesía inmiscuida en los sucesos cotidianos y en el destino de los personajes.

Es así como el filme transcurre con múltiples referencias no solo cinéfilas, con el director alemán Ernst Lubitsch a la cabeza, sino también de otras artes y del devenir histórico y cultural donde se inserta. Anderson crea mundos en contextos específicos pero con un cierto halo de irrealidad, entre surrealistas y paralelos pero con fuertes vínculos con ese mundo al que finalmente se pertenece: ahí está toda la exasperante, para el personaje central, secuencia de los monjes misteriosos, así como la aparición de mensajes indicativos solo para el espectador.

EL PODER DE LA RECREACIÓN

Como plantea Alfredo Leal (La Tempestad, No. 97, julio-agosto, 2014), Anderson hace películas que como formas de adaptación no solo explican el mundo, sino también las posibilidades que se concentran en dicha explicación. En efecto, para el director de Ladrón que roba ladrón (1996), la realidad se convierte en fuente susceptible de retomarse, moldearse, manipularse y reconstruirse para crear una nueva atmósfera que se debe, paradójicamente, a esa realidad base: de ahí que se integre la presencia de un narrador identificable y después pareciera desaparecer ante el cúmulo de eventos que se suceden con independencia.

Un buen ejemplo de este juego de perspectivas que gusta tanto al director originario de Houston, es el gran valor que tiene el cuadro inexistente El niño y la manzana atribuido a un pintor ficticio pero con todo el estilo de la época, sustituido por un cuadro de dos mujeres tocándose sexualmente que remite de inmediato a la estética del artista Egon Schiele. Un mundo en el que se enfrenta la codicia frente al aparente pudor romántico.

Hotel BudapestAdemás, están los encuadres claustrofóbicos pero cómodos del elevador, el camarote, el comedor de los empleados y la habitación, guardando una simetría de carcajada, con cachetes encimados y narices sangrantes. De paso, se agradece el guiño del lunar con forma del mapa de México que luce la pastelera y hábil cómplice/novia del botones (Saoirse Ronan). Los acostumbrados travellings casi caricaturescos muy bien explotados en El fantástico seño zorro (2009), se integran con las tomas frontales que nos ponen en diálogo directo con los personajes y sus circunstancias.

En este universo andersoniano, confeccionado a partir de la combinación de formatos en los que  aparecen pantallas cuadradas (secuencias más oscuras o en exteriores) y rectangulares, según el momento y escenario, cabe un permanente énfasis en las texturas y los colores: los naranjas y amarillos que predominan en los interiores del hotel implican un contraste completo con los azules y verdes de la cárcel y los blancos fantasmagóricos de los exteriores, tanto en los montes nevados como en el acostumbrado correr del tren. Claro que aparecen los rojos intensos cuando la pasión contenida quiere aparecer, ante el reiterado ordenamiento de no coquetear con la mujer ajena.

Pero el tono de comedia profunda emparentada con el cine de Aki Kaurismäki, termina por ser fundamental, sobre todo por las hilarantes secuencias reiteradas del movimiento de cortinillas y de; de la sociedad secreta de las llaves en la que participan, casi a manera de cameo, Bill Murray, Bob Balaban, Fisher Stevens, Waris Ahluwalia y Wally Wolodarsky, y por la desternillante persecución en las instalaciones abandonadas de los juegos de invierno, en las que tanto persecutores como perseguidos no tienen ninguna razón para hacer lo que están haciendo. No faltan los cameos de los habituales Owen Wilson y Jason Schwartzman, como para recordarnos el sello de la casa.

Un hotel en el que puedes checar la entrada cuando quieras pero del que nunca te podrás ir. Al menos en tus recuerdos como sucede en la canción de The Eagles y en El resplandor (Kubrick, 1980). La mejor película que he visto este año.