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CAPITÁN FANTÁSTICO: DE LA UTOPÍA FAMILIAR A LA RUPTURA SOCIAL

20 abril 2017

En los bosques de Oregon, seis hijos entre los 5 y los 18 años aproximadamente y su padre viven alejados del mundanal ruido y, en consecuencia, del capitalismo salvaje. Cual rito de iniciación, en la primera secuencia el mayor de la familia (George Mackay) caza un venado que servirá de alimento para todos los demás, ante la mirada aprobatoria del padre. Sin electricidad pero con algunos utensilios creados por el homo sapiens, la familia pasa los días ejercitando mente, cuerpo y espíritu, hasta que reciben una triste noticia respecto a la madre y esposa que los obligará a entrar en contacto con la decadente, según ellos, sociedad del siglo XXI.

A diferencia de El pequeño salvaje (Truffaut, 1970), los niños exponen ideas sobre el comunismo, la física cuántica y los derechos civiles; explican con precisión quirúrgica la anatomía humana y leen a Nabokov, mientras festejan el cumpleaños de Chomsky en lugar de la Navidad. Manejan con destreza cuchillos y herramientas, al tiempo que cumplen misiones y se expresan en varios idiomas; en la noche, entre lectura y lectura, se avientan alguna canción al calor de la fogata y gustan de la música clásica, repitiendo consignas contra cualquier cosa que huela a institución, sea política, religiosa o social. Es decir, o todos eran sobre dotados de suyo o las estrategias didácticas del padre funcionaban de manera impecable y habría que patentarlas de inmediato.

Dirigida y escrita por el también actor Matt Ross, Capitán fantástico (EU, 2016) plantea con plena convicción idealista la posibilidad de vivir de manera distinta a las tendencias homogeneizadoras, más allá de las estructuras sociales, y las dificultades que ello implica, considerando las inevitables interacciones con una realidad de asfalto, como sucedía en La aldea (Shyamalan, 2004), y abrumantes comercios de cadena. En la utopía propuesta, se retoma lo mejor de los dos mundos: los desarrollos culturales y científicos para ser aplicados en la vida cotidiana, y el contacto directo con la naturaleza, sin mediaciones de ningún tipo. El conflicto central del filme, equilibradamente tratado, se convierte en eje argumental: la socialización más allá del seno familiar.

El tono indie de la cinta encaja con la propuesta narrativa, salpicada de canciones puntualmente insertadas y una bienvenida combinación de momentos dramáticos y de humor (la actuación frente al policía en el camión, las preguntas del más pequeño), abriendo espacios para que el espectador y los propios personajes se cuestionen acerca de sus realidades. Cierto es que las contradicciones empiezan a aparecer cuando la familia decide emprender el viaje a la civilización como se advierte en los saludos afectuosos a los abuelos, el robo en el supermercado, la sumisión ante el suegro, cierta actitud de superioridad moral, las preguntas sobre el pollo que siendo tan conocedores deberían saber y un autoritarismo mezclado con una actitud democrática hacia los hijos: pero quien esté libre de las incongruencias que aviente la primera lección.

SABER CONVIVIR

Los encuentros en el tráiler park –con ese curioso despertar sexual y romántico-, en la cena con los primos convencionales, en la casa de los abuelos y con la comunidad circundante, le darán cierta perspectiva tanto al jefe de familia como a los hijos, algunos de ellos cuestionando ciertas decisiones pasadas y presentes de su padre. De pronto, algunas reacciones de ciertos personajes se sienten un poco estereotipadas, como para responder a una premisa y cumplir con un rol previsto en torno al sentido del relato, más que a un desarrollo coherente de las propias motivaciones y acciones.

Particularmente interesante (término ambiguo que no le gustaba al Capitán porqueCapitán Fantástico implicaba falta de argumentación) resulta el tema de la escuela, incluso trascendiendo hasta la conclusión de la historia: en la discusión con la hermana y el contraste entre los primos clavados en los videojuegos y cuyo proceso académico pasa de noche, pareciera que se le asigna a la escolarización solo un papel enciclopédico memorístico, aunque después se corrija el tono de repetición mecánica con la petición de que la pequeña explique con sus propias palabras, que sería la envidia del modelo educativo recién propuesto en nuestro país. Pero una vez más, queda la discusión acerca de la socialización como una de las funciones clave de la escuela.

El cuadro actoral, liderado por un estupendo y contrastante Viggo Mortensen, moviéndose de la convicción absoluta a la duda reflexiva, y complementado por Kathryn Hahn, Steve Zahn, Frank Langella y Ann Dowd, le brinda la necesaria cuota de sentido a las diferentes secuencias, provocando que en efecto se perciba la tensión en los breves encuentros cargados de puntos de vista contradictorios. Las interpretaciones del resto de los hijos (Samantha Isler, Analisse Basso, Nicholas Hamilton, Shree Cooks, Charlie Shotwell) cumplen su parte para darle cohesión a la historia, que poco a poco va optando más por la conciliación que por el enfrentamiento: de un radicalismo un cuanto tanto chic y snob, asistimos a una focalizada integración social.

La cinta se beneficia de un estrafalario diseño de vestuario, a tono con la configuración familiar alternativa, la puesta en escena, especialmente llamativa en el hogar del bosque, y una fotografía que sustenta el tránsito emocional del film, ya sea en los parajes naturales, durante los trayectos y hasta en las tomas más cerradas de los sueños del protagonista, en los que su esposa refuerza la bondad del proyecto de familia emprendido por ambos. La cinta consigue despertar el interés (otra vez la palabra prohibida) para dialogar acerca de la manera en la que hemos establecido nuestra relación con el mundo que nos rodea y en qué medida se pueden buscar formas diferentes de organización social y de interacción con la naturaleza.

TRILOGÍA DE LA TRANSFORMACIÓN CHILENA

14 mayo 2013

El triunfo de Salvador Allende en 1970, el golpe de estado tres años después, la dictadura militar de Augusto Pinochet (posteriormente desnudado en toda su dimensión), y el regreso a la democracia en 1990, fueron una serie de sucesos históricos que marcaron a una nación y que de alguna manera se convirtieron en experiencias, algunas luminosas y otras muy oscuras, que en los últimos veinticinco años han sabido aprovechar en términos políticos, económicos y sociales, no obstante las recientes manifestaciones estudiantiles y los problemas que se enfrentan a escala global, también vividos en el país andino.
El director Pablo Larraín, quien debutó con Fuga (06), retomó este contexto histórico para desarrollar una trilogía en la que se internó por un par de historias más bien deprimentes que suceden tras bambalinas, y una más centrada en un hecho crucial: en todos los filmes, los sucesos políticos y sociales funcionan como un caldo de cultivo que influye de manera más o menos directa en el curso de los acontecimientos que conforman relatos de seres marginales, solitarios o incluso patológicos, que de alguna manera son invadidos por estas transformaciones macrosociales.
Las películas tienen en común un estilo visual que contrasta la imagen deslavada y capturada con insistente cámara en mano, buscando primeros planos o bien manteniéndose a la distancia en espera del evento, con encuadres evocativos que enfatizan el aislamiento y la dificultad para la comunicación desde una perspectiva subjetiva, entremezclada con tensos planos y contraplanos con abundancia de desenfoques y una grisácea recreación de la época, ya sean los años setenta u ochenta, con ciertos apuntes sobre la sociedad del espectáculo en su decadente dimensión.
Además, la notable presencia de Alfredo Castro en las tres cintas, recordando por momentos a Al Pacino y a Ricardo Darín, le brinda una inusual fuerza a las secuencias que transcurren de manera pausada: se trata de esos actores capaces de sostener un plano sin pronunciar palabra, transmitiendo múltiples sensaciones que pueden ir del rechazo absoluto hasta la sutil perversidad acomodaticia; junto a él, otros intérpretes como Antonia Zegers, Marcial Tagle y Jaime Vadell, conforman un sólido elenco para darle verosimilitud a los diversos personajes secundarios. Las tres películas disponibles en video, gracias a la oportuna distribución de Canana Films.

PARA NO MORIR DESPUÉS DEL SÁBADO POR LA NOCHE
Tony Manero (2008) es un duro retrato del nivel de amoralidad a la que puede llegar un pobre diablo monstruoso con tal de alcanzar sus objetivos: montar un deplorable show y ganar un concurso televisivo de imitadores del personaje interpretado por John Travolta en Fiebre del sábado por la noche (Badham, 77). Este cincuentón frustrado y violento ve la película continuamente y ensaya en solitario o junto a otras personas que viven alrededor de una fonda en la que presumiblemente se presentará un espectáculo mágico y musical, que poco tiene de ambos y que más bien mueve a la depresión y al malestar anímico.
Vive obsesionado en imitar a un ícono fílmico, al estilo de esas personas que dedican su vida a ser quienes no son, buscando fama, afecto o reconocimiento a partir del disfraz de la estrella mediática. La soberbia actuación de Castro redondea la construcción de uno de los personajes más desagradables y repulsivos que se ha visto en el cine reciente y que por supuesto, no deja a nadie indiferente.
Post Mortem (2010) es un relato tan sórdido como su título: un silencioso y reservado funcionario de la morgue (Castro, otra vez) se enamora de su vecina, una bailarina que parece vivir en otro planeta (Zegers), con amigos altamente politizados. La irrupción del golpe militar provoca que el ejército tome posesión del centro de trabajo y que la presión vaya en aumento; mientras tanto, la mujer ha desaparecido y su casa ha quedado hecha un desastre. El protagonista, a pesar de su contención afectiva, puede reaccionar de formas inesperadas, en medio de la desestabilización nacional.
Los prolongados planos hacen pensar en la necesidad de la inacción, justo cuando el país entra en una fase de persecución política, así como en el cuidado con el que las personas se deben desempeñar en ambientes hostiles. En efecto, ahora los cadáveres que llegan no son producto de muerte natural, sino de un sistema criminal y asesino que está en la disposición de restringir cualquier tipo de disidencia. Con una iluminación que muestra las oscuridades de los pasillos y unos encuadres que capturan las miradas por la ventana, el filme se conduce lentamente hacia un destino desolador.
NOBasada en la obra teatral El plebiscito de Antonio Skármeta, No (2012) es una recreación, con todo y pietaje real, de las campañas políticas en torno a la continuidad de Pinochet, forzado por la presión internacional para convocar a este ejercicio democrático en 1988. La oposición, a pesar de las diferencias por la polémica entre pragmatismo mercadológico y dogmatismo revolucionario, decide contratar a un publicista y padre soltero (Gael García Bernal, convincente), quien propone una campaña fresca, como viendo más para adelante que para atrás, orientada a promover el no del título; del otro lado, su jefe en el despacho (Castro, oportunista) se alinea con el gobierno para apoyar la campaña del sí.
A pesar de que la historia y su desenlace es conocido, Larraín consigue estructurar el relato con la suficiente tensión dramática, a partir de una incansable cámara persecutoria, como para mantener la atención en la forma en la que fue transformándose el proceso político, con todo y los coletazos y estertores del aparato dictatorial; como viene sucediendo desde entonces, las elecciones parecen quedar en manos de los publicistas más que de los candidatos o de las opciones: el tren eléctrico puede descarrilarse en cualquier momento por las presiones internas y el espionaje externo.
Los mensajes en contraposición eran claros: la bonanza económica del país gracias a la mano dura (que también resultó bastante larga, como se supo después), contra la represión y las desapariciones forzadas. Como suele suceder con las dictaduras en las que se cooptan los medios de comunicación, se impiden elecciones libres y se neutralizan las opiniones diferentes, segmentos de la población parecen estar a favor, acaso por las dádivas recibidas, la ignorancia inducida o por la conveniencia egoísta. Un filme que retrata con nitidez éstas y otras siniestras realidades de los regímenes dictatoriales.

LAS VENTAJAS DE JUGAR CON UN DESTINO INVISIBLE

19 marzo 2013

Un par de películas en las que se combina el proceso de crecimiento y superación de eventos desastrosos con un poco de locura, siempre al borde de regresar, como para aderezar las propias vivencias y convertirlas en fundamento para nuevos comienzos sin negar el pasado, sino más bien incorporándolo. Ambas tituladas de manera extraña en español, por decir lo menos, y desprendidas de sendas novelas que aparecen en los estantes de best-sellers, de lectura fluida y atrapante, sin ser hitos literarios ni mucho menos (o sea: ideales para adaptarlos al cine y no apurarse mucho por leerlos). Las dos integran elementos de comedia con drama, romance y relaciones familiares, se apoyan en pertinentes soundtracks y se desarrollan en ciudades cercanas: Filadelfia y Pittsburgh.

EL LADO POSITIVO DE LAS COSAS
Juegos del destinoBasada en la novela de Matthew Quick, con algunos cambios –la amnesia, el intercambio de cartas- pero sustrayendo su esencia, y con guion y dirección efectiva, en particular del cuadro actoral, de David O. Russell (Tres reyes, 99; El peleador, 10), Los juegos del destino (Silver Linings Playbook, EU, 12) constituye un seguimiento a la posibilidad de recuperación de un hombre tras un evento frustrante, buscando siempre el lado positivo de las cosas, como señala su título original, sin perder el ánimo por recuperar lo perdido: un matrimonio fracturado que terminó de romperse por la infidelidad.
Frente a los optimistas irredentos se encuentran los pesimistas confesos: en ambos el juicio crítico parece cancelado y la oportunidad de cambiar el estado de las cosas es muy limitada, dado que para los primeros todo está bien y para los segundos todo seguirá mal. Entre ellos, quizá se ubique un tipo de persona cuyo optimismo le sirve para seguir adelante sin desentenderse de que sigue habiendo cosas por mejorar: la cuerda es muy delgada y resulta sencillo caer de un lado o del otro, desconociendo la realidad. El manejo de la cámara parece reflejar esta dualidad, por momentos encimando a los personajes con nerviosismo y en otros ampliando su perspectiva, como para dar respiro y repensar las cosas.
En este caso parece encontrarse Pat (Bradley Cooper, en su mejor papel), recién salido del hospital psiquiátrico tras una estancia de ocho meses y de regreso a la casa de sus padres (Jacki Weaver y Robert De Niro, estupendos), con miras a recuperar su vida, para lo cual se dedica a leer y hacer ejercicio, dos factores que parecieron haber influido en la ruptura: ferviente creyente de los finales felices, arroja a Hemingway por la ventana como para seguir convenciéndose de que su vida debe terminar bien, con su trabajo de profesor sustituto y al lado de su esposa (Brea Bee), controlando su bipolaridad y sin alterarse por escuchar esa canción de Stevie Wonder
Mientras tanto, será apoyado por su estoica madre, tendrá que convivir con su fanático padre cuya vida se va en apostarle a las Águilas de Filadelfia, y tendrá encuentros ocasionales con su amigo (John Ortiz) y su pesadita mujer (Julia Stiles), con un comprensivo terapeuta (Anupam Kher) y su compañero de hospital (Chris Tucker), además de reencontrarse con su hermano (Shea Whigam) a quien la vida parece sonreírle. Es en este trance donde entronca la comedia romántica a través del personaje de Tiffany (Jennifer Lawrence, explosiva aunque con Oscar sobrevalorado), una viuda locuaz que buscó respuestas en el sexo y que ahora se encuentra, también, en un estanque emocional. Juntos pero no revueltos, emprenderán una constante carrera para encontrarse a sí mismos.

EL OTRO LADO DEL TAPIZ
Con base en su propia novela y su consecuente guion, el cuarentón oriundo de Pittsburgh Stephen Chbosky dirige Las ventajas de ser invisibleLas ventajas de ser invisible (The Perks of Being a Wallflower, EU, 12), que lejos de ser un reiterado mosaico de adolescentes en conflicto, resulta una sensible y evocativa reflexión sobre el duro trance de solventar los traumas (puntuales flashabcks in crescendo), satisfacer el sentido de pertenencia y encontrar tu lugar en un mundo que parece solo interesado en los escandalosos y no en los discretos, tímidos o que pasan desapercibidos: ahora resulta que lo importante es la fama, aunque sea mala.
Las cercanas interpretaciones de los tres personajes centrales (Logan Lerman, Emma Watson y Ezra Miller), cada uno con sus respectivos problemas y angustias, entre los que caben el flechazo del primer amor, el suicidio de un amigo, el desprecio por ser gay y los sueños aún vivos a pesar de los obstáculos, sostienen una historia que intenta sumergirse en motivaciones y sentidos, incluyendo diversas perspectivas adultas como la de los padres, así como apuntes sobre la cultura escolar y juvenil, la trascendencia que puede tener un docente al detectar un interés, los prejuicios de diversa índole, la fundamental importancia de la amistad en esas edades de constante transformación y el papel evocativo que puede jugar la música.
Solo así se podrá atravesar ese túnel festivo mientras resuena, con toda su fuerza, Heroes, la clásica de David Bowie (ni modo que no supieran de quién es aunque fueran de los años noventa), que los podrá acompañar hacia la liberación, al menos momentánea, de sus demonios internos, exorcizados en parte gracias a la escritura epistolar.

AL BORDE DEL ABISMO

23 agosto 2012

Un par de documentales que logran trascender su narrativa más allá de los sujetos y temáticas que presentan, alcanzando a desglosar diversas aristas de la naturaleza humana. Independientemente del interés que uno tenga por el equilibrismo y las carreras de autos, ambos se plantean como textos creativamente articulados que pintan de cuerpo entero a sendos hombres viviendo de acuerdo a sus convicciones, tentando a la muerte sin preguntarse por las razones de estar constantemente al filo de la vida: no como extremismo vacío, sino como una especie de respuesta a un llamado imperceptible para hacer que la adrenalina se desparrame por la pista o el cable.
Enfrentando al vacío como escenario por explorar y a la altura o a la velocidad, según el caso, como condición no solo física sino anímica, convertida en forma de vida, este par de hombres entendían que sus hazañas pasaban más por una serie de convicciones anidadas en la niñez y no como una forma de atraer a los reflectores: en la sencillez de sus planteamientos, como si sus acciones fueran una consecuencia natural de las creencias propias, pareciera estar la clave para entenderlos. Del otro lado de las cámaras, un par de cineastas ingleses cuyo mejor territorio parece ser el del documental. Estos estupendos filmes están disponibles en los videoclubes de la ciudad y si bien nos llegan con retraso, aquí sí aplica el más vale tarde que nunca.

EL HOMBRE EN EL CABLE: NO SIEMPRE HAY UN PORQUÉ
Dirigida por John Marsh, que igual se ha movido en la ficción (El rey, 05; Red Riding: In the Year of Our Lord 1980, 09; Shadow Dancer, 12) que en el documental (Wisconsin Death Trip, 99; Project Nim, 11) y basada en el libro del propio funámbulo convertido en atracción mediática Philippe Petit, Man On Wire: La gran hazaña (RU-EU, 08), ganadora del Oscar en la categoría correspondiente, toma como centro del relato el llamado “crimen artístico del siglo”: atravesar las torres gemelas del World Trade Center neoyorquino en 1974, a través de un cable tendido entre ambas, con el apoyo de una pértiga y de una desbordada capacidad para desafiar todo tipo de lógicas.
Como lo hiciera en The Team (05), donde retrataba a un equipo de fútbol formado por vagabundos que participó en la 1st. Annual Homeless Soccer World Cup en Austria durante el 2003, el director vuelve a retomar a un grupo de outsiders que acompañan al protagonista en su locuaz aventura por los aires, desde los viejos conocidos en su natal Francia, con todo y los momentos de melancolía por la posterior ruptura, incluyendo a su pareja de toda la vida, hasta los estadounidenses que se incorporaron para facilitar el inusual tránsito entre techo y techo, con ciertos toques de humorístico thriller de espías.
A partir de dramatizaciones, pietaje auténtico y la consabida presencia de las cabezas parlantes, puntualmente editadas, las secuencias de ayer y hoy se van estructurando de manera fluida y empática, acompañadas de la incisiva reiteración musical cortesía de Michael Nyman y de una notable capacidad para involucrarnos en esta deliciosa irreverencia. Es inevitable la mirada del film a partir de los sucesos del 11/09, sobre todo por el contraste de épocas: una en la que parecía privar las travesuras con tamiz infantil, en contraste con la barbarie de los aviones comerciales estrellándose contra las simbólicas torres, dándole dramática entrada al nuevo milenio. Como planteaba Petit ante la insistencia de indagar por las razones de su travesía: no hay un porqué.

AYRTON SENNA: POR LA AUTOPISTA DE DIOS
Dirigida por Asif Kapadia (El guerrero, 01; El regreso, 06; Far North, 07) con notable equilibrio entre la acción de la Fórmula Uno, la suciedad política y mercadológica infiltrada en el deporte y la presentación de un tímido hombre creyente, patriótico, filántropo y de firmes propósitos, convertido en estrella mundial, Senna (10) es una mirada con oportunos cambios de velocidad por la trayectoria del piloto brasileño, desde sus inicios en la infancia hasta los años gloriosos en los 80’s y principios de los 90’s, con todo y sus conflictos con Alain Prost y el presidente de la Federación.
Articulada con entrevistas, escenas televisivas y reportajes, la sensible cinta permite adentrarse en el mundo de este hombre no solo como uno de los grandes de las carreras automovilísticas, sino como un tipo que no olvida de dónde viene y no se obnubila por los logros alcanzados, sino al contrario, sigue agradeciendo a Dios y repartiendo parte de sus ganancias entre los menos favorecidos de su querido país carioca. El exhaustivo trabajo de recuperación documental y su oportuno ensamblaje, nos permite conocer de primera mano y con voz propia, la trayectoria de este seguidor incondicional de la velocidad como forma de entender la evolución.

Sirva este texto para recordar al francés Chris Marker (1921-2012), uno de los grandes maestros del documental como forma de expandir la realidad.

LA PIEL QUE HABITO: IDENTIDADES RECICLADAS

30 enero 2012

El cine de Almodóvar se ha decantado por dos grandes tendencias: una que apunta hacia el desenfado y desparpajo, con personajes al límite de una saludable caricatura y con tramas humorísticamente enrarecidas (Mujeres al borde de un ataque de nervios, 88); y la otra, que ha aparecido con más fuerza en los últimos años, en la que se abordan tramas truculentas con alto grado de retorcimiento, en donde el melodrama shock y hasta las dosis de thriller pasional (La mala educación, 04; Los abrazos rotos, 09) han suplantado al espíritu del fenómeno conocido como la Movida ochentera (Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón, 80) surgido cuando España se libró de la dictadura.
Me parece que las mejores películas del manchego son las que han logrado combinar ambas tendencias (Todo sobre mi madre, 99; Hable con ella, 02), donde igual cabe la irreverencia y la emotividad afectiva, la comedia chispeante y la tensión dramática. Se aprecia que un director consolidado y que bien pudiera seguir filmando la misma película todo el tiempo, busque incorporar elementos estilísticos inéditos y salirse del escenario de la comodidad autorreferencial. Claro que en el intento puede haber, paradójicamente, pérdida de identidad y de focalización o bien demasiado peso del trabajo de otros autores.
Con múltiples influencias y referencias, notablemente identificada Los ojos sin cara (60), clásico de horror de Georges Franju; dedicada a la escultora Louise Bourgeois y basada en la novela Tarántula de Thierry Jonquet, La piel que habito (España, 11) es una cinta de locura, venganza, desesperación y amor maldito, que remite a relatos clásicos del vínculo que se establece entre creador-criatura pero también a las historias telenoveleras de confesiones inesperadas en cuanto a parentescos o de forzadas relaciones que se plantean como poco creíbles y, por ende, nada interesantes (la esposa y el medio hermano, por ejemplo).
Aparecen elementos recurrentes como la identidad sexual y sus diversas posibilidades (La ley del deseo, 87; Tacones lejanos, 91), las confesiones de última hora sobre parentescos, personajes que parecen reencarnar en otros (Volver, 06) y pasados que estallan en la cara cuando menos te lo esperas. Otras temáticas como la bioética, la reconstrucción familiar y la creación de vínculos afectivos, quedan de lado para centrarse en la siguiente secuencia que podrá deparar un nuevo giro o una confirmación de nuestras sospechas: lo cierto es que uno como espectador se parece más al científico loco, viendo desde afuera una historia que intentaba invitarnos a verla desde el interior de sus personajes.
Con un continuo aroma a Hitchcock, la trama se desplaza en forma elíptica, rompiendo la linealidad temporal, como marca la moda narrativa, puntualmente indicada con letreros y armando un rompecabezas que por momentos parece excederse en piezas o bien en las formas que van tomando los acontecimientos: de pronto parece que rizar el rizo lejos de aumentar la intriga, la anestesia en detrimento de la fuerza de los personajes, particularmente de aquellos cuya inserción se percibe forzada, como la del medio hermano delincuente o la del colega y su inexplicable amenaza.
El regreso de Antonio Banderas al universo almodovariano resulta discreto como el cirujano plástico al borde del desquiciamiento, aunque las interpretaciones de Elena Anaya y, sobre todo, Marisa Paredes, consiguen darle al filme los mejores momentos, no obstante las críticas que han recibido: la primera en su reclusión con las diversas facetas de odio-amor, resguardándose en el yoga, la escultura en tela y Alice Munro, y la segunda con los gestos propios de quien guarda secretos añejos y que ha aprendido a vivir con ellos.
La música de Alberto Iglesias, con las canciones de rigor ahora cortesía de Buika, enfatiza los estados y los eventos que van descomponiendo la cordura de los personajes a través de un incisivo uso de cuerdas que recuerdan a las películas de terror de los sesenta, mientras que la puesta en escena apunta hacia un preciosismo que en efecto roba cámara, con una cuidada distribución de objetos –en particular dentro de la habitación del personaje transgénero- y la ya característica plasticidad del director, quien gusta de aprovechar una edición que vincule la temporalidad de manera más sutil que el propio relato.
El uso de una cámara al ras se contrasta con los contrapicados para cerrar alguna escena o bien iniciarlo, como dejar en clara la situación inicial o bien la conclusión de una serie de situaciones que toman caminos cada vez más enredosos. El enfático empleo del rojo, en contraposición al blanco y al color Carne trémula (97), se explica a partir de una intencionalidad estilística que no encuentra total eco en la propuesta argumental, aunque convierte el planteamiento visual en una creativa sucesión de imágenes que quizá hubiera quedado mejor en una galería como pieza de videoarte.
La piel solo termina siendo el recubrimiento, aunque sea lo más visible.

LA ISLA SINIESTRA: PSICOLOGÍA DE SOBREVIVENCIA

24 abril 2010

¿Qué sucede cuando la realidad se vuelve intolerable y los recuerdos asaltan nuestra fragilidad mental? ¿Hasta dónde está el límite para continuar instalado en la cordura si el hecho de tener conciencia de los eventos pasados es una permanente batalla de resistencia emocional? ¿Cómo distinguir lo que vemos como verdad objetiva de las construcciones de nuestra psique?
Un excombatiente de la II Guerra Mundial, ahora convertido en detective (DiCaprio, creíble), viaja a la isla-manicomio del título junto a su nuevo compañero (Mark Ruffalo) para investigar la extraña desaparición de una paciente-prisionera (Emily Mortimer). Serán recibidos con sospechosa amabilidad por el director de la institución (Ben Kingsley) y tendrán que lidiar tanto con el decano (el bergmaniano Max Von Sydow), como con el reticente personal y los propios pacientes, con diferente nivel de riesgo.
Después de ver La isla siniestra (Shutter Island, EU, 10), queda claro que Martin Scorsese quiere seguir haciendo cine y del bueno. Dirigida con brío y el ojo clínico de siempre, la cinta asume la compleja tarea de trasladar a imágenes la novela de Dennis Lehane (Río místico), en la que realidad y alucinación se entreveran al grado de confundirse irremediablemente.
El permanente recuerdo de la esposa que se deshace en sus manos (Michelle Williams); la poco explicada presencia del pirómano (Elias Koteas); las confesiones del interno golpeado (Jackie Earle Haley); la inesperada aparición de una doctora en fuga (Patricia Clarkson) y la continua presencia del agua en sus varias manifestaciones, se constituyen como elementos que van acentuando la ruptura entre realidades, colocándonos en un estado similar al que vive el teniente en busca de respuestas sin tener muy en claro las preguntas.
Con enfático empleo de contrastes en el uso de la luz, los colores y las texturas, cortesía del especialista Robert Richardson, se va tejiendo un relato que sucede en muchos lugares a la vez: la mente y los recuerdos del protagónico; las diversas secciones del hospital; la imaginación de los internos siempre en ebullición; un misterioso faro que se eleva entre agresivos peñascos y, desde luego, una época en la que la Guerra fría tomaba forma y la paranoia tenía múltiples caldos de cultivo.
Una cámara desplazándose con firmeza, igual subjetiva que descriptiva, nos va sometiendo paulatinamente al laberinto mental del cual parece ser imposible hallar la salida. Porque la realidad siempre pondrá trabas a nuestros deseos de configurarla según la propia conveniencia.